Beato Luis José François, C.M.

Beato Luis José François, C.M.

El beato Luis José François fue sacerdote de la Congregación de la Misión, educador del clero y superior de Saint-Firmin. Su martirio muestra que la firmeza cristiana puede estar unida a la serenidad, al cuidado de la comunidad y a la negativa a convertir la conciencia en instrumento del poder.

Nacimiento: 3 de febrero de 1751, Busigny, Francia
Familia: Congregación de la Misión
Martirio: 3 de septiembre de 1792, Saint-Firmin, París
Memoria litúrgica: 2 de septiembre

Beato Luis José François, C.M.: el superior de Saint-Firmin que permaneció con sus hermanos hasta el martirio

La historia del beato Luis José François, C.M., está unida a uno de los lugares más queridos y, al mismo tiempo, más dolorosos de la memoria vicentina: el antiguo Colegio de los Bons-Enfants, más tarde conocido como seminario de Saint-Firmin. Allí donde san Vicente de Paúl había dado algunos de los primeros pasos de la Congregación de la Misión, más de siglo y medio después varios de sus hijos sellaron con su sangre la fidelidad al Evangelio y a la Iglesia.

Luis José François no fue solamente una víctima de las matanzas revolucionarias de septiembre de 1792. Fue educador, formador de sacerdotes, superior, predicador y uno de los autores católicos más activos en el debate suscitado por la Constitución civil del clero. Cuando llegó la persecución, la misma casa en la que había formado y acompañado sacerdotes se convirtió primero en refugio para quienes habían sido expulsados de sus ministerios y después en prisión. François pudo buscar su propia seguridad, pero optó por permanecer al lado de quienes estaban confiados a su responsabilidad. Allí encontró la muerte el 3 de septiembre de 1792. 

De Busigny a la familia de san Vicente

Louis-Joseph François nació el 3 de febrero de 1751 en Busigny, cerca de Cambrai, en el norte de Francia. Era hijo de Joseph François y Anne Legrand, una familia campesina de recursos modestos. Recibió su educación con los jesuitas en Le Cateau-Cambrésis y muy pronto manifestó su deseo de consagrarse a Dios dentro de la obra fundada por san Vicente de Paúl. 

El 4 de octubre de 1766 entró en el seminario interno de la Congregación de la Misión en San Lázaro de París. Tenía solamente quince años y medio. Su juventud fue tal que, una vez terminado el tiempo inicial de formación, tuvo que esperar hasta alcanzar la edad requerida para emitir los votos. La vocación vicentina tocó también profundamente a su familia: dos de sus hermanos ingresarían igualmente en la Congregación de la Misión y una hermana lo haría entre las Hijas de la Caridad. 

La Postulación General de la Congregación sitúa su ordenación sacerdotal en 1773. Sus superiores percibieron pronto sus capacidades intelectuales y pedagógicas y lo orientaron particularmente hacia la formación del clero. La educación sacerdotal no era una actividad secundaria para los hijos de san Vicente. Desde el siglo XVII, la Congregación había hecho de los seminarios, los ejercicios para ordenandos y la formación permanente de los sacerdotes uno de sus grandes campos apostólicos. Al ingresar François, los misioneros dirigían más de medio centenar de seminarios mayores en Francia. 

Formador de sacerdotes y predicador

Después de su ordenación fue destinado a la enseñanza. Su capacidad para tratar con los jóvenes y su preparación intelectual hicieron que, cuando apenas rondaba los treinta años, recibiera una responsabilidad considerable: la dirección del seminario mayor de Troyes. Durante unos cinco años estuvo al frente de aquella institución, dedicado a la preparación espiritual, intelectual y pastoral del clero diocesano. 

En 1786 fue llamado a París y nombrado secretario general de la Congregación de la Misión, lo que lo puso en contacto directo con el gobierno de la Compañía y con una parte importante de la vida eclesiástica de la capital francesa. Al mismo tiempo desarrolló una reconocida actividad como predicador. Thomas Davitt, C.M., historiador vicentino que estudió detenidamente su vida, señala que François era solicitado para predicaciones solemnes y que cuando intervenía en las tradicionales Conferencias de los Martes —aquellas reuniones para sacerdotes iniciadas por san Vicente de Paúl— la asistencia era particularmente numerosa. 

No estamos, por tanto, ante un hombre cuya importancia comenzó con la persecución. Antes de la Revolución, François ya había consolidado un ministerio centrado en una de las grandes preocupaciones de san Vicente: formar buenos sacerdotes para evangelizar al pueblo.

Superior de Saint-Firmin

En 1788 recibió el encargo que terminaría marcando definitivamente su nombre: fue nombrado superior de Saint-Firmin, el antiguo Collège des Bons-Enfants.

El lugar poseía un enorme significado para la Congregación. San Vicente de Paúl había recibido el Colegio de los Bons-Enfants en 1624, y allí se instalaría aquella primera comunidad de sacerdotes misioneros que poco después tomaría forma institucional como Congregación de la Misión. Por eso Saint-Firmin no era una casa cualquiera: formaba parte de las raíces mismas de la historia vicentina. 

François encontró una institución que requería organización y renovación y procuró mantener regularmente la vida del seminario incluso mientras el ambiente social y político se volvía cada vez más incierto.

Pero Francia estaba entrando en una transformación mucho más profunda.

La Revolución y la Constitución civil del clero

La Revolución francesa tuvo causas sociales, económicas, políticas e intelectuales muy complejas y no debe reducirse únicamente a un conflicto religioso. Sin embargo, en su desarrollo se produjo una creciente confrontación entre determinadas autoridades revolucionarias y la Iglesia católica.

Un momento decisivo fue la aprobación, el 12 de julio de 1790, de la Constitución civil del clero. La legislación reorganizaba profundamente la estructura de la Iglesia en Francia: modificaba las diócesis, establecía la elección civil de obispos y párrocos y alteraba la relación de la Iglesia francesa con la autoridad pontificia. Posteriormente se exigió a miembros del clero prestar juramento al nuevo orden. Pío VI terminó condenando la Constitución en 1791. 

Muchos sacerdotes se encontraron entonces ante un drama de conciencia. Algunos prestaron el juramento; otros lo hicieron con reservas; otros se retractaron posteriormente, y muchos se negaron completamente. Esta división dio lugar a las conocidas categorías de sacerdotes «juramentados» y «refractarios» o «no juramentados».

François se situó claramente entre quienes consideraban que determinadas exigencias de la Constitución eran incompatibles con la naturaleza de la Iglesia y con la comunión con Roma.

La pluma de un misionero

Aquí aparece una dimensión muy importante de su personalidad que con frecuencia desaparece cuando se resume su vida únicamente como «mártir de la Revolución»: Luis José François fue escritor.

No tomó las armas ni organizó una rebelión. Su principal instrumento de intervención pública fue la palabra.

Escribió una serie de folletos destinados especialmente a ayudar a los sacerdotes y a los fieles a comprender qué estaba realmente en juego en el juramento. Thomas Davitt contabiliza alrededor de diez publicaciones relacionadas con aquellas controversias. Algunas alcanzaron varias ediciones, algo significativo para las posibilidades editoriales del siglo XVIII. 

Entre ellas destacó Mon Apologie, en la que explicaba las razones por las que se negaba a prestar el juramento y argumentaba por qué consideraba que un sacerdote no podía aceptarlo en conciencia. La obra conoció por lo menos siete ediciones. La Biblioteca Nacional de Francia conserva además registros bibliográficos de otras intervenciones suyas, como su Apologie du veto apposé par le Roi…, publicada en París en 1791. 

Escribió igualmente contra la renuncia de los sacerdotes a sus ministerios como solución al conflicto y dirigió uno de sus escritos a quienes ya habían jurado, invitándolos a reconsiderar su decisión.

Esta actividad explica por qué François era una figura conocida. Joseph Boullangier, ecónomo de Saint-Firmin y superviviente de los acontecimientos, lo recordaría como uno de los defensores más activos de la fe católica frente al juramento impuesto al clero. 

Pero reducirlo a un polemista sería injusto. Detrás de sus escritos estaba el formador. El sacerdote que durante años había preparado a otros sacerdotes intentaba ahora acompañarlos cuando muchos de ellos debían decidir entre conservar una posición pública o seguir lo que consideraban un deber de conciencia.

Saint-Firmin se convierte en refugio

Para 1792 la situación se había deteriorado considerablemente y la actividad ordinaria del seminario prácticamente había desaparecido. Como numerosas habitaciones estaban disponibles, François comenzó a recibir en Saint-Firmin a sacerdotes que habían tenido que abandonar sus parroquias o comunidades.

Así, el seminario se transformó espontáneamente en una casa de acogida.

Aquello resulta profundamente vicentino: la institución destinada a formar sacerdotes terminó convirtiéndose en refugio para sacerdotes perseguidos.

François había conservado relaciones relativamente correctas con las autoridades civiles locales. Incluso algunos espacios del edificio eran utilizados por funcionarios de la sección administrativa del barrio. Esto hace todavía más dramático lo que sucedería después. 

Conviene aquí corregir una imprecisión que se repite en algunas biografías: Saint-Firmin no fue simplemente convertido en prisión desde 1789. El cambio decisivo ocurrió en agosto de 1792. El día 13 se colocó vigilancia en las puertas y las personas que se encontraban dentro quedaron, de hecho, prisioneras. Durante las semanas siguientes fueron llegando otros sacerdotes detenidos. A finales de agosto las fuentes hablan de aproximadamente noventa o más personas recluidas allí. 

El superior de una casa vicentina se había convertido en el responsable de una comunidad de hombres que esperaban lo peor.

La noche anterior al martirio

Durante los primeros días de septiembre corrieron noticias terribles por París. El 2 de septiembre comenzaron las matanzas en diversas prisiones, entre ellas el convento de los Carmelitas, donde fueron asesinados numerosos eclesiásticos.

En Saint-Firmin comprendieron que podían ser los siguientes.

Las fuentes vicentinas conservan un detalle especialmente significativo. Joseph Boullangier recibió aviso de que el seminario sería atacado y tuvo la posibilidad de salir. Antes de hacerlo buscó al P. François y le comunicó el peligro. Había una posibilidad real de escapar.

François decidió permanecer.

La razón que transmite la tradición no es una búsqueda voluntaria de la muerte. Era más sencilla y, a la vez, más exigente: él era el superior de aquella casa y no consideraba correcto abandonar a quienes permanecían dentro

Durante aquellas horas varios sacerdotes se confesaron y se prepararon espiritualmente. François había escuchado confesiones y él mismo realizó un retiro y una confesión general. La preparación para la muerte comenzó así como habían vivido durante años: celebrando la fe y acompañándose unos a otros. 

3 de septiembre de 1792

En la madrugada del 3 de septiembre de 1792, Saint-Firmin fue asaltado.

Los relatos de supervivientes describen una violencia extraordinaria. Algunos lograron esconderse o escapar por tejados y muros. François, en cambio, buscó a los responsables civiles instalados en el propio edificio e intentó obtener protección para las personas recluidas.

No estaba negociando solamente su propia vida.

Pedía por todos.

Finalmente fue capturado. Las fuentes sobre Saint-Firmin señalan que fue arrojado por una ventana y, ya en la calle, golpeado hasta morir. Tenía 41 años

Aquella mañana fueron asesinadas 72 personas en Saint-Firmin que posteriormente serían reconocidas entre los mártires de septiembre. El actual Martirologio las recuerda como hombres muertos «en odio a la Iglesia» después de haber sido recluidos en el seminario convertido en prisión. 

La casa que había acogido los comienzos de la Congregación de la Misión terminó así convertida en uno de los grandes lugares del martirio católico durante la Revolución francesa.

Los otros mártires vicentinos de Saint-Firmin

Luis José François no estaba solo. Entre los mártires de aquel 3 de septiembre encontramos otros tres hombres vinculados profundamente a la Congregación de la Misión.

Beato Juan Enrique Gruyer, C.M.

Jean-Henri Gruyer había nacido en Dole el 13 de junio de 1734. Primero fue sacerdote diocesano y posteriormente, a los 37 años, pidió ingresar en la Congregación de la Misión. Comenzó su seminario interno en San Lázaro en enero de 1771 e hizo sus votos en Angers en 1773. Buena parte de su ministerio vicentino transcurrió después en las parroquias confiadas a la Congregación en Versalles. 

Cuando Saint-Louis de Versalles pasó a manos del clero constitucional, Gruyer abandonó su ministerio y regresó temporalmente a su región natal. En 1792 volvió hacia París. Saint-Firmin le ofreció alojamiento y allí lo recibió fraternalmente François. Casi inmediatamente la casa quedó cerrada y Gruyer pasó de huésped a prisionero. Murió durante la matanza del 3 de septiembre. Los historiadores reconocen que, a diferencia de François, no se conocen con certeza los detalles concretos de sus últimos instantes. 

Beato Nicolás Colin, C.M.

Nicolas Colin nació en Grenant el 12 de diciembre de 1730 e ingresó muy joven en la Congregación de la Misión, haciendo sus votos en 1749. Durante más de veinte años se dedicó a las misiones populares y llegó a ser conocido como buen predicador. Posteriormente recibió el cuidado pastoral de la parroquia de Genevrières. 

La Revolución lo puso ante el problema del juramento. Colin distinguió inicialmente entre la obediencia debida al Estado en el orden civil y aquello que afectaba a la autoridad espiritual de la Iglesia. Finalmente tuvo que abandonar su parroquia y marchó a París. En Saint-Firmin volvió a vivir junto a hombres de la Congregación y allí compartió el destino de François y Gruyer el 3 de septiembre. 

Beato Juan Carlos Caron, C.M.

Jean-Charles Caron nació en Auchel a finales de diciembre de 1730 e ingresó en la Congregación de la Misión en 1750. Durante aproximadamente veintinueve años estuvo dedicado especialmente al ministerio de las misiones. Más adelante ejerció como párroco en Collégien. 

También él rechazó el juramento que consideraba incompatible con su conciencia sacerdotal. Expulsado de su parroquia, encontró refugio en Saint-Firmin. Allí terminó formando parte de aquella comunidad involuntaria de confesores de la fe y murió con los demás el 3 de septiembre de 1792. 

Existe una pequeña cuestión historiográfica sobre Caron y Colin porque documentos antiguos relacionados con la beatificación los presentaron como sacerdotes diocesanos debido al modo en que ejercían sus respectivos ministerios parroquiales. La tradición vicentina posterior y el Martirologio Romano los identifican expresamente como sacerdotes de la Misión, y la Postulación General de la Congregación los incluye actualmente junto a François y Gruyer entre sus beatos. 

La Iglesia reconoce su martirio

Tras largos trabajos históricos y canónicos, los mártires de las matanzas de septiembre fueron llevados a los altares. El 17 de octubre de 1926, el papa Pío XI beatificó a 191 mártires de septiembre de 1792, entre ellos los cuatro vicentinos muertos en Saint-Firmin. Pocas semanas después, el mismo Pío XI se referiría públicamente a aquella beatificación y destacaría la fidelidad de quienes prefirieron sufrir antes que separarse de la comunión de la Iglesia. 

La Congregación de la Misión celebra su memoria el 2 de septiembre, comienzo de las grandes matanzas parisinas. A los cuatro mártires de Saint-Firmin se une litúrgicamente otro hijo de san Vicente: el beato Pedro Renato Rogue, C.M., martirizado en Vannes el 3 de marzo de 1796 y beatificado por Pío XI en 1934. Por eso la memoria vicentina actual comprende cinco nombres, aunque solamente cuatro pertenecen al martirio de Saint-Firmin. 

Permanecer cuando sería más fácil marcharse

La grandeza espiritual de Luis José François quizá no se encuentre en una frase pronunciada antes de morir, porque no necesitamos inventársela.

Está en sus decisiones.

Había dedicado su juventud a la formación sacerdotal. Cuando la Iglesia francesa entró en crisis, utilizó su inteligencia para ayudar a otros a discernir. Cuando los sacerdotes fueron expulsados de sus lugares de ministerio, les abrió la casa. Cuando aquella casa fue convertida en prisión, permaneció con ellos. Cuando tuvo la posibilidad de buscar su propia salvación, no quiso abandonar a aquellos por quienes, como superior, se sentía responsable. Y cuando llegó la violencia, intentó interceder por la vida de los demás.

Su martirio no puede utilizarse para alimentar resentimientos históricos ni para simplificar un período tan complejo como la Revolución francesa. La Iglesia no lo venera por pertenecer a una determinada opción política, sino porque reconoce en su muerte el testimonio de un sacerdote que quiso permanecer fiel a Cristo, a su conciencia y a la comunión de la Iglesia hasta el final.

Hay en él algo profundamente vicentino. San Vicente había enseñado a sus misioneros que el amor debía hacerse efectivo, asumir responsabilidades y permanecer junto a los demás cuando la caridad se vuelve costosa. Más de ciento cincuenta años después, en la misma casa donde había comenzado aquella aventura misionera, Luis José François llevó esa lógica hasta sus últimas consecuencias.

Saint-Firmin había sido cuna de misioneros.

El 3 de septiembre de 1792 se convirtió también en tierra de mártires.

Y desde entonces los nombres de Luis José François, Juan Enrique Gruyer, Nicolás Colin y Juan Carlos Caronpermanecen unidos a una de las páginas más dolorosas, pero también más luminosas, de la historia de la Congregación de la Misión.

Beatos mártires vicentinos de Saint-Firmin, rueguen por nosotros.

Para una publicación histórica, considero especialmente valiosas la investigación de Thomas Davitt, C.M., conservada en el repositorio de DePaul University, la documentación de la Postulación General de la Congregación de la Misión, el registro del Martirologio difundido por la Iglesia en Francia y el catálogo de la Bibliothèque nationale de France sobre los escritos originales de François. 

Una memoria que ilumina el presente

Su figura invita a quienes ejercen responsabilidades pastorales a no abandonar a la comunidad en los momentos difíciles. Para la Familia Vicenciana, su testimonio recuerda que formar, acompañar y sostener también son obras de misericordia. La verdad del Evangelio se defiende sin odio: con conciencia recta, paciencia y disponibilidad para permanecer al lado de los demás.

Señor Jesús, que sostuviste a Beato Luis José François, C.M. en la hora de la prueba, concédenos una fe humilde, una caridad valiente y un corazón dispuesto a servir. Que su testimonio nos ayude a reconocerte en los pobres y a permanecer fieles al Evangelio. Amén.


Semblanza original preparada por Corazón de Paúl. Fuentes históricas consultadas: archivo de la Congregación de la Misión; Compañía de las Hijas de la Caridad, dossier sobre los mártires de la Revolución francesa; documentación litúrgica de los mártires de septiembre. El texto distingue los hechos documentados de la reflexión pastoral y no reproduce artículos de terceros.

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