LECTURAS Y
REFLEXIÓN DE LA PALABRA DE DIOS DE TODOS LOS DÍAS

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Evangelio y Lecturas del Viernes de la XVII Semana del Tiempo Ordinario

julio 31

“El dolor de Jesús ante la indiferencia de los suyos”

Viernes de la 17.ª semana del Tiempo Ordinario | 31 de julio de 2026 Color litúrgico: Blanco Memoria: San Ignacio de Loyola, presbítero Citas de las lecturas: Jer 26, 1-9 | Sal 68 | Mt 13, 54-58

Señor, hoy no quiero acercarme a tu Palabra solamente para leerla. Quiero permitir que ella me lea, me cuestione y transforme mi manera de vivir.

Lecturas del día

Lectura de la profecía de Jeremías (26,1-9):
Al comienzo del reinado de Joaquín, hijo de Josías, rey de Judá, vino esta palabra del Señor a Jeremías: «Así dice el Señor: Ponte en el atrio del templo y di a todos los ciudadanos de Judá que entran en el templo para adorar, las palabras que yo te mande decirles; no dejes ni una sola. A ver si escuchan y se convierte cada cual de su mala conducta, y me arrepiento del mal que medito hacerles a causa de sus malas acciones. Les dirás: Así dice el Señor: Si no me obedecéis, cumpliendo la ley que os di en vuestra presencia, y escuchando las palabras de mis siervos, los profetas, que os enviaba sin cesar (y vosotros no escuchabais), entonces trataré a este templo como al de Silo, a esta ciudad la haré fórmula de maldición para todos los pueblos de la tierra.»
Los profetas, los sacerdotes y el pueblo oyeron a Jeremías decir estas palabras, en el templo del Señor. Y, cuando terminó Jeremías de decir cuanto el Señor le había mandado decir al pueblo, lo agarraron los sacerdotes y los profetas y el pueblo, diciendo: «Eres reo de muerte. ¿Por qué profetizas en nombre del Señor que este templo será como el de Silo, y esta ciudad quedará en ruinas, deshabitada?»
Y el pueblo se juntó contra Jeremías en el templo del Señor.

Palabra de Dios

Sal 68

R/. Que me escuche tu gran bondad, Señor.

Más que los pelos de mi cabeza
son los que me odian sin razón;
más duros que mis huesos,
los que me atacan injustamente.
¿Es que voy a devolver lo que no he robado? R/.

Por ti he aguantado afrentas,
la vergüenza cubrió mi rostro.
Soy un extraño para mis hermanos,
un extranjero para los hijos de mi madre;
porque me devora el celo de tu templo,
y las afrentas con que te afrentan caen sobre mí. R/.

Pero mi oración se dirige a ti,
Dios mío, el día de tu favor;
que me escuche tu gran bondad,
que tu fidelidad me ayude. R/.

Evangelio (Mt 13, 54-58) En aquel tiempo, Jesús llegó a su tierra y se puso a enseñar a la gente en la sinagoga, de tal forma que todos estaban asombrados y decían: «¿De dónde saca éste esa sabiduría y esos milagros? ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No es su madre María, y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? ¿No viven aquí entre nosotros todas sus hermanas? Entonces, ¿de dónde saca todo esto?». Y se escandalizaban de él. Pero Jesús les dijo: «Sólo en su tierra y en su casa desprecian a un profeta». Y no hizo allí muchos milagros, por la falta de fe de ellos.

Palabra que ilumina el día “Y no hizo allí muchos milagros, por la falta de fe de ellos.”

Antes de meditar

¿Dónde se encuentra Jesús? Después de recorrer otras ciudades predicando y sanando, vuelve a Nazaret, el pueblo donde creció. ¿A quién se dirige? A sus vecinos, a la gente que lo vio jugar de niño y trabajar como carpintero. ¿Cuál es el conflicto central? El contraste entre la sabiduría divina de Jesús y la ceguera de sus paisanos. Ellos están asombrados, pero en lugar de abrirse a la gracia, se dejan vencer por el prejuicio: creen conocerlo tan bien que les resulta imposible aceptar que Dios pueda actuar a través de alguien tan «común» y cercano.

Meditación principal

Lo que sucede en el Evangelio El Evangelio de hoy nos presenta una de las escenas más dolorosas en la vida de Jesús: el rechazo de su propia gente. Cristo entra en la sinagoga de Nazaret y enseña con autoridad. Los vecinos reconocen que hay algo extraordinario en sus palabras y en sus obras, pero rápidamente un obstáculo bloquea su corazón: la familiaridad. Empiezan a sacar su «árbol genealógico»: conocen a su madre, a sus parientes, conocen su oficio. Lo etiquetan y lo encasillan. Se escandalizan de que Dios haya elegido la normalidad de un carpintero para manifestar su grandeza. El texto termina con una afirmación triste y contundente: Jesús no pudo hacer allí muchos milagros. No porque perdiera su poder, sino porque el amor de Dios respeta nuestra libertad; donde no hay fe, donde la puerta está cerrada por el prejuicio, la gracia no irrumpe por la fuerza.

Lo que puede estar sucediendo en nosotros Esta Palabra nos toca muy de cerca, especialmente a quienes llevamos tiempo en la Iglesia o en una comunidad. Corremos el inmenso riesgo de «acostumbrarnos» a Dios. Lo encasillamos. Creemos que ya sabemos cómo actúa, qué nos va a decir y a quiénes va a utilizar. Al igual que los habitantes de Nazaret, muchas veces anulamos a las personas que tenemos más cerca. En nuestras familias o comunidades somos rápidos para juzgar: «¿Acaso este no es el que antes era un desastre? ¿No conozco yo sus defectos? ¿Qué me va a venir a enseñar?». Las etiquetas que ponemos a nuestros esposos, hijos, hermanos de comunidad o compañeros de trabajo se convierten en muros. Al negarnos a ver que Dios puede transformarlos y hablar a través de ellos, terminamos atando las manos de Jesús y le impedimos hacer milagros en nuestras propias casas.

Lo que Jesús nos revela Este viernes, mirando hacia la cruz, Jesús nos revela que el sufrimiento no solo proviene de los latigazos o los clavos; el primer gran dolor de Cristo es el rechazo, la indiferencia y la incredulidad de aquellos a quienes ama. Sin embargo, Jesús nos muestra una mansedumbre extraordinaria. No discute, no lanza fuego del cielo sobre Nazaret, no impone su divinidad a la fuerza. Jesús nos revela el rostro de un Dios que asume la fragilidad, que se esconde en lo ordinario, en lo sencillo, en el trabajador manual. Un Dios humilde que pide permiso para entrar y transformar nuestra vida, esperando pacientemente nuestra respuesta de fe.

La respuesta que la Palabra espera La Palabra hoy nos ruega que recuperemos la capacidad de asombro. Nos invita a romper las etiquetas con las que hemos condenado a los demás. Se nos pide tener una fe expectante, capaz de descubrir a Dios actuando en la sencillez de lo cotidiano, en la fragilidad de nuestros hermanos y en la rutina de nuestra propia vida. Si abrimos esa puerta de la confianza, Jesús volverá a hacer milagros en nuestra «Nazaret».

En clave vicentina

San Vicente de Paúl meditaba frecuentemente en los «treinta años de vida oculta» de Jesús en Nazaret. Le fascinaba que el Hijo de Dios pasara la mayor parte de su vida terrena sin hacer ruido, trabajando con sus manos y sometido a la aparente monotonía de un pueblo pequeño. En una de sus repeticiones de oración, san Vicente recordaba a los misioneros y a las Hijas de la Caridad que no debían buscar ministerios deslumbrantes ni el aplauso del mundo, sino imitar esta sencillez divina: «Acerquémonos al estado de anonadamiento del Hijo de Dios… Él quiso pasar por un simple artesano, por el hijo de un carpintero». Para el carisma vicentino, el Evangelio de hoy es una llamada de atención: nunca debemos despreciar lo ordinario, ni a las personas sencillas o rústicas, porque es precisamente en la aparente pobreza y normalidad (el obrero, el campesino, el enfermo) donde Dios ha decidido esconder su presencia y su poder.

Para llevar la Palabra al corazón

  • Pregunta personal: ¿Me he «acostumbrado» a mi fe, al punto de que el Evangelio ya no me asombra ni me cuestiona?
  • Pregunta comunitaria: ¿A quién en mi familia o comunidad tengo «etiquetado» y no le permito la oportunidad de cambiar o de enseñarme algo nuevo?
  • Pregunta misionera: ¿De qué manera mis propios prejuicios están impidiendo que Jesús haga milagros de sanación y perdón en mi entorno?

Propósito para hoy

Misión del día: Identifica hoy a esa persona de tu familia, comunidad o trabajo a la que sueles criticar o subestimar. Durante este día, abstente de cualquier comentario negativo sobre ella y esfuérzate por descubrir un talento o un rasgo positivo en su vida, dando gracias a Dios por eso.

Oración final

Señor Jesús, tú conoces mis búsquedas, mis cansancios y mis resistencias. Muchas veces escucho tu Palabra, pero continúo viviendo como si nada hubiera sucedido. Entra hoy en mi corazón y arranca mis prejuicios. Perdóname por las veces que te he cerrado la puerta, por mi falta de fe y por etiquetar a mis hermanos, impidiéndote hacer milagros en mi propia casa. Muéstrame aquello que debo abandonar, el asombro que necesito recuperar, la persona a la que debo mirar con ojos nuevos y el servicio que no debo seguir aplazando. Dame un corazón sencillo para reconocerte en lo ordinario, humilde para dejarme sorprender por tu gracia, y generoso para servirte en los hermanos, especialmente en los más pobres. Que tu Palabra no termine cuando cierre esta página. Que continúe resonando en mis decisiones, en mis conversaciones y en cada encuentro de este día. Amén.

El santo del día

Memoria de San Ignacio de Loyola, presbítero Nacido en 1491 en el castillo de Loyola (España), Íñigo fue un caballero obsesionado con la gloria militar y los honores del mundo. En 1521, una bala de cañón en la batalla de Pamplona le destrozó la pierna y sus planes. Durante su larga convalecencia, a falta de novelas de caballería, leyó la vida de Cristo y de los santos. Allí descubrió que las cosas de Dios le dejaban una paz duradera, mientras que las fantasías del mundo lo dejaban vacío. Fue el inicio de su conversión. Fundó la Compañía de Jesús (Jesuitas) con el lema «Para la mayor gloria de Dios». Su mayor legado a la Iglesia son los Ejercicios Espirituales, un método profundo de discernimiento que ha ayudado a millones de almas a encontrar la voluntad de Dios. A diferencia de los vecinos de Nazaret en el Evangelio de hoy, que no supieron ver a Dios en su propio pueblo, Ignacio nos enseñó a «buscar y hallar a Dios en todas las cosas», descubriendo su presencia tanto en la oración silenciosa como en el trabajo más ruidoso de la ciudad. La vida de este santo nos recuerda que la santidad no consiste en realizar cosas extraordinarias todos los días, sino en permitir que Dios transforme nuestras decisiones ordinarias, enseñándonos a discernir su voz en cada acontecimiento.

Frase destacada «Cuando etiquetamos a los demás y cerramos la puerta por el prejuicio, atamos las manos de Jesús impidiéndole hacer milagros en nuestra casa.»

Para compartir Hoy Jesús nos recuerda que no estamos llamados a mirar a nuestros hermanos con los ojos de la costumbre. La fe verdadera siempre nos permite sorprendernos con la obra de Dios en el otro.

(Audiolectio, Video breve e Imagen del día: Preparados para inserción en plataforma).

Invitación final: Comparte esta Lectio con una persona que necesite encontrarse hoy con la Palabra de Dios y recuperar la capacidad de asombro ante el Señor.

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Detalles

  • Fecha: julio 31
  • Categoría de Evento: