Carta · tomo I

EL ABAD DE SAINT-CYRAN 1 A SAN VICENTE

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I
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podrá durar hasta la noche.

Sin embargo, pasaré por casa de la señora Goussault, a la que no he visto desde hace tres días.

Hoy no tiene tanta fiebre; pero la han sangrado esta mañana.

Es una doble-terciana, cuyo día más molesto es hoy.

Siento mucho no poder ir a ver a la buena María 2 Lo haré mañana, con la ayuda de Dios.

Entretanto le mando saludos por medio de su hermano 3, a quien le envío.

He tenido miedo de que, al volver a casa de la señora Goussault, recayese lo mismo que cuando su primera visita.

Póngase fuerte; lo necesita usted o, de todos modos, la gente.

Buenos días, Señorita.

Soy Dirección: A la Señorita Le Gras V.

D . 292 [281,I,401-406] EL ABAD DE SAINT-CYRAN 1 A SAN VICENTE Padre: Desde la última vez que tuve el honor de verle he estado siempre enfermo, durante, un mes, de una impresión maligna que me había ________ 2.

María Bécu. 3.

Benito Bécu.

Carta 292.— F .

PINTHEREAULes reliques de Messire Jean du Verger de Hauranne, abbé de Saint-Cyran.

Louvain 1646, en 8.º, P . 347 s. 1.

Juan du Verger de Hauranne, abad de Saint Cyran, nació en Bayona en 1581.

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El abad de Saint Cyran conoció a san Vicente en París hacia 1622 y no tardo en hacerse amigo suyo.

Según dice su sobrino Barcos, le hizo al santo señalados servicios; la Congregación de la Misión le debería, en cierta medida, la posesión del colegio de Bons-Enfants y la de san Lázaro, según él ( Défense de feu M.

Vincent de Paul, p. 11), así como la bula de aprobación obtenida de la corte de Roma.

Lo cierto es que las entrevistas, tan frecuentes en el tiempo en que el santo vivía en Bons Enfants, se fueron haciendo cada vez más raras a partir de 1632 y casi cesaron en 1634.

El motivo es fácil de adivinar.

Mientras el santo tuvo alguna esperanza de conducir a Saint Cyran a las ideas tradicionales de la iglesia, accedió a escuchar proposiciones que herían sus sentimientos más íntimos; pero cuando tuvo la convicción de que aquel espíritu tan profundamente alterado no se rendiría a sus instancias ni a sus razonamientos, prefirió distanciar sus visitas.

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En agosto de 1637, casi en vísperas de la partida a Poitou de Saint Cyran, san Vicente fue a verlo en su casa, le suplicó que renunciase a cuatro errores que se le atribuían y, ante la 415

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producido, según creo, una persona moribunda a la que asistí durante toda una noche 2.

No sabiendo cuándo terminaría mi mal, que soportaba sin irme a la cama, he tenido diversos pensamientos, en el caso que pluguiese a Dios ponerme en vísperas de mi muerte, y como entonces tenía en el espíritu los últimos discursos que conmigo tuvo, deseaba hacerle saber por escrito que, por la gracia de Dios, no sentía ni mucho menos mi corazón cargado con esas cuatro cosas que me vino a decir, pero que tenía otras en el alma, que usted ignora 3, por las que tengo motivos para temer los juicios de Dios, que reciben una especie de lenitivo en la acusación de esas verdades católicas, que pasaban por mentiras y falsedades entre los que preferían el destello y el resplandor más que la luz y la verdad de la virtud.

La disposición de humildad que tiene usted en el fondo de su corazón para ver lo que se le hiciera ver en los libros santos me da a conocer bastante bien que no había nada tan fácil como hacer que consintiese, por el testimonio mismo de sus ojos, en lo que ahora detesta como error.

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Pero cuando le oí, tras su fraternal admonición, que lo veía mal y añadió esa quinta corrección a las otras cuatro, porque yo le había dicho alguna vez en particular que deseaba hacer un buen ________ reacción que provocaban sus palabras, se excusó mansamente y le rogó que aceptase un caballo para el viaje.

El abad no se justificó hasta el 20 de noviembre de 1637 por medio de la carta adjunta.

Algunos meses después el 15 de mayo de 1638, Saint-Cyran fue detenido y encerrado en el castillo de Vincennes.

Entre los papeles hallados en su casa se encontraba una copia de la carta del 20 de noviembre.

En sus deseos de acumular cargos contra su prisionero, Richelieu quiso escuchar a un testigo tan meritorio como san Vicente.

Lo citó ante el señor de Laubardemont, maestre de las peticiones; luego, ante su negativa a responder ante un juez laico, lo interrogó él mismo.

Los jansenistas han pretendido que el santo compareció finalmente ante Lescot, confesor del cardenal, y han publicado una copia de su deposición, escrita — según dicen — por su mano.

Este documento, que creemos auténtico, está ciertamente alterado y es incompleto.

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El encarcelamiento de Saint-Cyran fue obra personal de Richelieu.

Cuando el cardenal murió, Luis XIII le permitió al prisionero comunicar con las personas de fuera.

A esta medida de clemencia le siguió pronto otra: el 16 de febrero de 1643, Saint-Cyran fue puesto en libertad.

No gozó mucho tiempo del favor real: murió de un ataque de apoplejía el 11 de octubre de 1643.

Se ha dicho, apoyándose en una frase equívoca de Barcos, que Vicente de Paúl asistió a sus funerales.

El hecho no es exacto, y el propio Barcos declaró que le habían comprendido mal (cfr. nuestro estudio sobre Rapports de Saint Vincent avec l'abbé de Saint-Cyran.

Toulouse 1914, en 8.º). 2.

La señora de Andilly (Interrogatorio de Saint-Cyran, cuestión 9). 3.

Sus pecados (Interrogatorio, cuestión 12). 416

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servicio y a toda su casa, creí entonces que no era aquel el mejor tiempo para defenderme y para demostrarle, incluso con pruebas sensibles y artificiales, esas cosas que juzgan malas hasta llegar a condenarlas audazmente sin entenderlas.

Esto ha sido causa de que estuviese como en una pendiente, en medio de la gran pasión y agitación que sentía por hablarle y hacerle ver la falsedad de las cosas que me reprocha, más bien para excusarle por haberme abandonado en el tiempo de la persecución, como a un criminal, que por alguna mala opinión que tuviese de mí.

Esto lo he soportado fácilmente de un hombre que me había honrado largo tiempo con su amistad y que estaba considerado en París como un perfecto hombre de bien con una fama que no podía empañarse sin herir la caridad.

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Sólo ha quedado en mi alma la extrañeza de ver cómo usted, que hace profesión de mansedumbre y es considerado como tal por todos, haya tomado pie de una conjuración que han tramado contra mí una triple cábala 4 y por intereses harto conocidos, para decirme cosas que no se habría atrevido a decir antes, y que así, en lugar del consuelo que podía esperar de usted, haya demostrado una osadía extraordinaria, contra su inclinación y costumbre, uniéndose a los demás para hundirme, añadiendo eso de más al exceso de los otros, que ha osado venir a decírmelo a mí mismo en mi propia casa, como ninguno de los otros se ha atrevido a hacer.

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He creído que faltaría a la franqueza de la amistad e incluso a la caridad del Evangelio, si, después de haber dejado pasar el tiempo necesario para evaporar el calor que se me había subido a la cabeza, no le manifestase a usted sólo esta queja, desde la casa de un excelente obispo 5, desde la que le escribo 6, Y que dará de mí un testimonio muy distinto, si es preciso, en toda la Italia, donde es conocido, sin hablar de Francia, donde por gracia de Dios no tengo ninguna necesidad; porque, cuando la facción desaparezca y hayan pasado los intereses bastardos, fuente de las pasiones y de los discursos que se han tenido contra mi, yo quedaré por ese lado tan limpio e irreprochable delante de los hombres como pretendo serlo delante de Dios que, por ser la verdad esencial, siente una especial oposición a toda clase de ignorancia y de falsedad que de allí deriva; y esto me ________ 4.

El abad de Priéres, Sebastián Zamet, obispo de Langres, y los padres jesuitas, a los que se unieron algunos oratorianos (Interrogatorio, cuestión 91). 5.

Enrique-Luis Chasteigner de la Rocheposay, obispo de Poitiers. 6.

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Saint-Cyran escribía su carta desde Dissay, ayuntamiento de la Vienne, cerca de Poitiers.

Luis Chasteigner tenía una casa de campo en esta localidad. 417

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lo permite decir la duquesa de Longueville 7, a la que habían sublevado contra mí, sin orgullecerme de la copiosa reparación que me ha ofrecido, un mes antes de morir, ante una persona de renombre que gobierna a algunas otras que no le son totalmente desconocidas; y después de ella, el señor Cardenal de La Valette, quien habiendo sido informado detalladamente de estas acusaciones, las ha despreciado y he dado en mi favor, sin que yo me haya mezclado en ello, un testimonio de mí y de lo que se me imputa tan ventajoso que me daría vergüenza decirlo.

Prefiero designar a uno de sus amigos al cual se lo dijo. y de quien puede saberlo cuando quiera: y me atrevo a decirle que no hay ninguno de esos señores prelados que tratan con ustedes, con el que no esté yo de acuerdo y con cuyos sufragios no pueda yo rubricar y autorizar todas mis opiniones, cuando pueda hablar despacio con ellos, porque, al ser tan luminosos y la verdadera fuente, gracias a sus predecesores, de toda la disciplina que hay que observar con las almas, tan lejos estarán de oponerse a mi que, por el contrario, se sentirán arrebatados y me darán las gracias.

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Se lo digo solamente para hacerle saber con cuánta seguridad le hablo, sin que pretenda en lo más mínimo alterarle en el honor que ellos le manifiestan y en el reposo de que goza en su trato y conversación.

Pues, por lo que respecta a su casa, usted ha creído que le hacia un buen servicio impidiendo el que yo deseaba hacerle.

Tan lejos estoy de haberme molestado por ello, que le agradezco afectuosamente por haberme librado de ese trabajo, sin disminuir quizá por ello el favor que Dios me ha concedido de la buena voluntad que me había dado de poder servirle tanto en lo espiritual como en lo temporal, aunque bien sabe que lo hice sin haberme mezclado en los comienzos por los que se estableció usted en los lugares en que está, en los que no hubiera querido participar por nada del mundo 8.

Esto, más que cualquier otra cosa, le debería dar a conocer cuán poco apegado estoy a mi sentir y dispuesto a ceder ante mis amigos, contra el juicio de mi conciencia, que no me permitiría jamás hacer tales cosas.

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Y o las he sostenido por medio de una discusión pública, hasta hacer cambiar de opinión, a base de razones y de importunidades, a aquel ante quien está ________ 7.

Luisa de Bourbon, hermana del último conde de Soissons, esposa de Enrique II, duque de Longueville, muy amiga de Port-Royal, muerta el 9 de septiembre de 1637. 8.

En san Lázaro.

No es que el establecimiento de san Vicente en san Lázaro le repugnase a Saint-Cyran, sino que tenía como principio no ocuparse en los asuntos temporales ajenos (Interrogatorio, cuestiones 37 y 108). 418

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tan obligado 9.

Todo esto lo alego solamente por necesidad y en esta sola ocasión, para hacer que recuerde mi condescendencia y que ceda de la opinión que los otros le han dado de mi rigidez y severidad.

Porque me atrevo a decir que merezco tan poco esta reputación, a juicio de los que me conocen y de la verdad, que si le propusiese a ese mismo personaje y a su colega los cuatro o cinco reproches que me ha hecho, se reirían de ellos y de ese modo, sin decir una palabra, aplacarían toda la cólera que por ello he tenido.

Tengo mucho interés, señor, en perdonarle y en decirle dentro de mi corazón una parte de las palabras que el Hijo de Dios les dijo a los que le maltrataban.

Espero, y lo digo con confianza, que no será eso lo que me hará enrojecer en su juicio, y que, por el contrario, espero algún favor de su misericordia si sigo manteniendo y adorando en mi corazón lo que la sucesión de la doctrina apostólica, por la que condenamos a los herejes y sin la que no puede subsistir la Iglesia, me ha enseñado, por el órgano de esa misma Iglesia universal y católica, desde hace 25 ó 30 años.

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Le ruego que tome a bien lo que tan pronto como he podido, y después de una dolorosa enfermedad que me sorprendió en Cléry 10 y que todavía me dura, le he dicho salido del corazón, a fin de tratarle como amigo y como cristiano, sin dejar en el fondo del alma nada amargo que pueda alterar en lo más mínimo nuestra amistad, que me gustaría conservar hasta el fin de mi vida.

Le he dado testimonio de ello, después de este sensible disgusto, por la carta que le he escrito al señor Obispo de Poitiers, y le hubiera dado otro testimonio mayor, si hubiese sentido que se acercaba mi muerte, dirigiéndole algunos artículos sobre algunas cosas que encuentro inaceptables en su instituto, a fin de hacerle ver, al menos después de mi muerte, las causas que tenía para ofrecerle mis servicios, que usted ha estimado en tan poco que ha tomado la simple propuesta que le hice por una prueba de la verdad de las cuatro cosas de que me ha acusado.

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Y muy feliz me siento si Dios no me acusa, sino que acepta como suya la caridad con la que pretendía separarle de ciertas prácticas que siempre había tolerado en su disciplina, viendo el apego que les tiene, con una resolución tanto más fuerte de mantenerse en ellas cuanto que estaban autorizadas por el parecer de los grandes personajes que consultaba 11, Después de lo cual, yo no me recato en manifestar mi pensamiento de que a Dios, según creo. no le agradan. ________ 9.

Jerónimo Bignon, abogado general. 10.

Cantón de Loiret. 11.

Saint-Cyran sólo pretende hablar aquí de Andrés Duval (Interrogatorio, cuestión 119). 419

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VINCENTIUS es una herramienta de consulta. Para trabajos académicos recomendamos verificar siempre la referencia en la edición original indicada.

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