Carta · tomo I
A LUISA DE MARILLAC
59 [56,I,93-94] A LUISA DE MARILLAC Señorita: La gracia de Jesucristo Nuestro Señor sea siempre con nosotros.
Recibí su última el sábado pasado, al salir camino de Maubuisson 1, y pedí al señor de la Salle que la respondiera.
La presente será para asegurar directamente a usted de que su hijo se encuentra bien, habiéndomelo así indicado el señor Bourdoise 2, Y para manifestarle el consuelo que he recibido con su mejoría, y que deseo mucho su perfecta curación; pero ¿cómo podrá ser hablando tanto como habla usted, y con un aire tan fresco y su catarro?
Ciertamente, si ha recobrado su perfecta salud, menester será decir que Dios la ha curado.
Espero tener hoy o mañana nuevas noticias.
La señorita du Fay acaba de enviar a su criada para saberlas, y me gustaría tener seguridad de que tendremos buenas nuevas que enviarle.
El sábado pasado le comuniqué lo que me dijo usted para ella, con lo que quedó consolada.
¿No lo está también su corazón, señorita, al ver que ha sido juzgado digno delante de Dios de sufrir en su servicio?
Le debe usted ciertamente una gratitud especial y hacer todo lo posible para pedirle la gracia de hacer buen uso de ello.
Desea usted saber si tiene que hablar a la Caridad personalmente.
Así me gustaría, ciertamente; pero no sé si será fácil y oportuno. ________ Carta 59 (CA).
— Archivo de las Hijas de la Caridad, original. 1.
Cerca de Pontoise (Seine-et-Oise). 2.
Adriano Bourdoise, nacido el 1 de julio de 1584 en Brou (Eure-etLoir), muerto en París el 19 de julio de 1655, fue uno de los más celosos reformadores del clero en el siglo XVII.
Fundó una comunidad de sacerdotes, los sacerdotes de Saint-Nicolas-du-Chardonnet o Nicolaítas, por el nombre de la parroquia de París en donde residían.
Hizo uno de sus retiros en san Lázaro.
Este hecho y el consejo que le dio al duque de Liancourt, patrono de varios beneficios, para que se atuviera al juicio de san Vicente en la elección de los beneficiarios, demuestran cuánta era su estima por el santo.
Este le apreciaba igualmente mucho: «Oh señores les decía un día a sus misioneros, ¡qué gran cosa es un buen sacerdote!
¿Qué no puede hacer un buen eclesiástico?
¿Qué conversión no puede procurar?
Vean al señor Bourdoise, ese excelente sacerdote, ¿qué es lo que hace y qué es lo que puede hacer?» (L.
A BELL Y, o. c..
II, cap.
V , 298).
Habría mucho que hablar sobre las relaciones de estos dos hombres.
Puede consultarse con provecho una vida manuscrita de M.
Bourdoise de 1694 (Bibl.
Maz., ms. 2.453), 2, 667, 671, 673 la obra citada de S CHOENER, 96, 111, 113, 118, 129; J.
D ARCHE E, Le saint abbé Bourdoise 1883,- 2 vol., 536; II, 25, 284.
Como siempre, la leyenda se ha mezclado con la historia; pero no es esta la ocasión de separarlas. 155
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