Carta · tomo II

AL COMENDADOR DE SILLERY

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Carta
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II
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y teniendo en cuenta solamente la voluntad de Dios, a quien someto mi voluntad y mi juicio, sin dudar de que es esa la voluntad de Dios, ya que es la de nuestra digna madre, que es tan madre mía como si fuera la única, a quien honro y amo con más ternura que jamás hijo alguno tuvo para con su madre después de nuestro Señor; y me parece que este afecto llega hasta el punto de que tengo suficiente estima y amor para dar a todo el mundo; y en ello no creo que haya ninguna exageración.

Así pues, con este espíritu filial, mi querida madre, le envío mis saludos y le doy las gracias continuamente por esos grandes favores maternales que les concede a esos sus queridos hijos misioneros, y soy en el amor de nuestro Señor y de su santa Madre su muy humilde y muy obediente hijo y servidor.

V ICENTE DEPAUL Dirección: A la reverenda madre de Chantal, superiora del primer monasterio de Annecy. 487 [466,II,97-88] AL COMENDADOR DE SILLERY [1640] Señor: ¡Realmente hay que confesar que Dios hace maravillas con usted!

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Esa prontitud en obedecer los movimientos de la gracia apenas se le propone alguna cosa que pueda ser más agradable a Dios, aniquilando para siempre todas las razones de su elevada y exquisita prudencia, es evidentemente un continuo sacrificio hecho a Dios, que da un excelente olor y una admirable edificación a todos aquellos que conocen tan hermosas acciones. ________ Carta 487.

— Vie de l'illustre serviteur de Dieu Noel Brûlart de Sillery , 128.

Los misioneros, que se establecieron al principio en la aldea de Sancey, pasaron el 25 de agosto de 1640 a Troyes, a una casa que les regaló el comendador de Sillery, en la parte derecha del barrio Croncels, por la calle de Bas-Clos.

Mientras el comendador se ocupaba de arreglar y preparar la casa, san Vicente vino a esta ciudad.

Le pareció el alojamiento demasiado lujoso y le pidió a Brûlart de Sillery que dejase vivir a los misioneros con la sencillez y pobreza de su estado, según el espíritu del evangelio, y que retirase todo lo que pudiera parecer lujoso.

Sus súplicas fueron tan apremiantes que el comendador no tuvo más remedio que ceder a ellas. 74

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