Carta · tomo II
A LUISA DE MARILLAC
Creo que no hay ningún inconveniente en que reciba usted a esa dama, después de que le haya indicado su nombre y su condición.
No sé cuál es su marido.
Será difícil que el padre Soufliers pueda ir mañana a atender a las hermanas.
Se lo pediré al padre Dehorgny o a algún otro.
Saldré para Nanterre mañana por la mañana, si Dios quiere, y espero volver el domingo por la tarde.
Luego tendremos ocasión de vernos.
Dígame lo que [piensa] 2 la señora marquesa de Maignelay sobre una maestra de escuela para ese sitio.
Adiós señorita.
Soy su muy humilde servidor. 557 [534,II,179-180] A LUISA DE MARILLAC Martes por la mañana [1641] 1 Señorita: ¡La gracia de nuestro Señor sea siempre con nosotros!
No sé qué decirle de Juanita 2, a no ser que conviene decirle algo de esa tentación del pañuelo; en fin, ya le avisaremos cuando venga para las fiestas 3. ________ 2.
Palabra olvidada en el original.
Carta 557 (CA).
— Archivo de las Hijas de la Caridad, original. 1.
Esta carta parece que ha de situarse cerca de la (560).
Es de la época en que las hermanas tenían todavía la casa madre en La Chapelle. 2.
Juana Lepeintre. 3.
El vestido de las primeras Hijas de la Caridad, casi todas ellas procedentes de los alrededores de París, era el que llevaban cuando se presentaban a Luisa de Marillac para formar parte de su comunidad.
Las que venían de más lejos se vestían, para que hubiera cierta uniformidad, como las aldeanas de cerca de París: se ponían un vestido gris largo, muy parecido al que las hermanas llevaban antes de la reciente reforma, un cuello no tan largo como el que luego tomaron, y se cubrían con una toca.
Las Hijas de la Caridad eran y tenían que seguir siendo, en la mente del santo fundador, mujeres aldeanas.
Quería que fueran seglares y no religiosas y, por tanto, deseaba que fueran vestidas como las «femme du commun», según su propia expresión.
Sin embargo, como la toca no les abrigaba bastante la cabeza, el santo les permitió en 1646 a las más delicadas, especialmente a Juana Lepeintre, que padecía de la vista, que añadiesen a su tocado, como lo hacían también muchas aldeanas, la papalina blanca, trozo de tela sin almidón, levantado por delante y que caía 152
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