Carta · tomo II

NICOLAS PAVILLON, OBISPO DE ALET, A SAN VICENTE

Tipo
Carta
Tomo
II
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523
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demás, si quiere usted conocer los síntomas de una próxima separación del alma y del cuerpo, pídale a algún cirujano o a alguna otra persona que esté presente que lo haga, ya que habría menos peligro que si lo hiciera usted mismo; o bien, infórmese de lo que piensa el médico; pero, pase lo que pase, no se ponga usted nunca a tocar ni a una joven ni a una mujer, con cualquier pretexto que sea 789 [752,II,523-524] NICOLAS PAVILLON, OBISPO DE ALET, A SAN VICENTE Padre: Está ahora por ahí el señor de Beauregard, deán de nuestra iglesia catedral, que es también consejero del parlamento de Toulouse y ha sido nombrado por la provincia de Narbona agente general del clero.

Me ha escrito que ya ha tenido el honor de hablar con usted, pero que cree sin embargo que una carta mía le dará más confianza y libertad para tratar con usted, cuando los negocios de su cargo de agente o alguna otra ocasión le obliguen a hacerlo.

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Aunque ya sé que no le faltan apoyos más poderosos que mi recomendación, no puedo negársela, y se la hago con todo el afecto que me es posible; le agradeceré, padre, que le dé a conocer que ha tenido usted en consideración estas pocas líneas que le he dirigido en su favor, así como también que crea que soy para siempre, padre, su muy humilde y muy obediente servidor.

N ICOLÁS o[bispo] de Alet.

Alet, 24 de mayo de 1645 Dirección: Al padre Vicente, superior general de la congregación de sacerdotes de la Misión, en San Lázaro.

París. 790 [753,II,524-525] LUISA DE MARILLAC A SAN VICENTE Jueves [25 de mayo de 1645] 1 Padre: Le ruego a Dios que me conceda la gracia de que mis importunidades no le resulten demasiado cargantes a su caridad, y le pido ________ Carta 789 (CA).

— Archivo de la Misión, original.

Carta 790 (CA).

— Archivo de las Hijas de la Caridad, original. 1.

Cfr. nota 2. 445

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perdón por las preocupaciones que le he causado en mis necesidades.

Le suplico, por amor de Dios, que me indique una o varias de las consideraciones que he de hacer durante el retiro, y que me conceda la gracia de poder escuchar mañana su santa misa para recibir su paternal bendición.

La gran fiesta que pronto celebraremos es para mí una ocasión especial para reconocer las gracias tan señaladas que Dios ha concedido a su Iglesia y, para mí especialmente, la que me concedió hace 22 años, cuando me dio la dicha de entregarme a él de la forma que usted sabe 2.

Siento en mi interior no sé qué disposición que, según creo, me quiere unir a Dios más fuertemente; pero no sé cómo.

Haga el favor de decirme, mi veneradísimo ________ 2.

En una nota que acompañaba a su carta (Lettres de Louise de Marillac, 186), la fundadora habla de una «ley» que Dios puso en su corazón el día de Pentecostés y que «nunca jamás salió de él».

He aquí, según sus propios escritos (Arch. de la Misión), el hecho al que hace alusión: «El año 1623, el día de santa Mónica, Dios me concedió la gracia de hacer el voto de viudez, si Dios llamaba a mi marido.

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El siguiente día de la Ascensión, sentí un gran abatimiento de espíritu, ante la duda que tenía de si tendría que abandonar a mi marido, como lo deseaba muy ardientemente, para reparar mi primer voto y tener mayor libertad para servir a Dios y al prójimo.

Además sentía la duda de si el apego que le tenía a mi director me impediría tomar otro, ya que él estaba ausente para mucho tiempo, y temía estar obligada a ello.

Sentía también una gran pena por las dudas que tenía sobre la inmortalidad del alma.

Esto me hizo estar, desde el día de la Ascensión hasta el de Pentecostés, en una pena increíble.

El día de Pentecostés, mientras oía la santa misa o mientras hacía oración en la iglesia, en un instante mi espíritu se vio lleno de luz en medio de sus dudas, y se me comunicó que debería seguir viviendo con mi marido y que llegaría el tiempo en que podría hacer el voto de pobreza, castidad y obediencia, y que esto sería en una pequeña comunidad en donde habría otras que harían lo mismo.

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Entonces entendí que se trataba de un lugar para servir al prójimo, aunque no comprendía cómo podría hacerse esto, ya que habría que hacerlo yendo y viniendo.

También se me aseguró que debería estar tranquila en cuanto a mi director, ya que Dios me proporcionaría uno, al que me hizo ver entonces, según creo; y aunque sentí cierta repugnancia en admitirlo, consentí en ello; y me pareció que por entonces todavía no debería tener lugar ese cambio.

La tercera pena se me quitó por la seguridad que sentí en mi espíritu de que era Dios el que me lo enseñaba y que, estando Dios de por medio, no cabía dudar de nada más.

Siempre he creído que le debo esta gracia al bienaventurado obispo de Ginebra, por haber tenido muchas ganas, antes de su muerte. de comunicarle estas penas y haberle tenido luego mucha devoción, recibiendo por su intercesión muchas gracias; y en esta ocasión tuve motivos para creerlo así, aunque ahora no me acuerdo muy bien de ello». 446

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VINCENTIUS es una herramienta de consulta. Para trabajos académicos recomendamos verificar siempre la referencia en la edición original indicada.

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