Carta · tomo III
A CLAUDIO DUFOUR, SACERDOTE DE LA MISION, EN SAINTES
el favor de atender a este inconveniente; pues para los que estudian en casa de ustedes o en algún otro sitio, o que están fuera del seminario y no han residido nunca en él, yo nunca he puesto dificultades, sino que he dicho solamente, en plan de consejo, que habría que dejar de admitirlos hasta que la diócesis estuviera bien provista de los necesarios.
Este es mi humilde parecer, que someto por completo al suyo.
Entretanto le doy mil millones de gracias por la molestia que se ha tomado en enviarnos al señor Brandon 2 para Périgueux que finalmente ha recibido la bendición de Dios.
Espero que él quedará glorificado y usted bien recompensado.
Y puesto que mi diócesis participa de ese bien por causa de la vecindad entre ambas diócesis, le ruego que, si usted lo juzga conveniente le diga a Su Majestad, la reina, cuando la vea, que le doy por ello muy humildes gracias.
Le pido a Dios que le dé la gracia de proveer siempre de buenos pastores a las diócesis de este reino Soy siempre, padre, etcétera.
A LANO, obispo de Cahors. 1103 [1054,III,345-347] A CLAUDIO DUFOUR, SACERDOTE DE LA MISION, EN SAINTES Recibí su carta con alegría, al ver la fidelidad con que usted me ha descubierto los pensamientos que agitan su corazón.
No es extraño que sufra usted tentaciones; al contrario, lo raro sería que no las sufriera, ya que la vida de los hombres no es más que tentación y nadie está exento de ellas, especialmente los que se han entregado a Dios; su propio Hijo tuvo que pasar por esta prueba.
Pero si se trata de una necesidad para todos es también una ocasión de mérito para las personas a quienes ________ 2.
Cfr. carta 454, nota 13 (t.
II).
Carta 1103.
— Reg.. 2.31. 318
Dios ha concedido convertirlo todo en bien, como usted ha hecho.
Ya sabe, padre, que sin los desórdenes no habría reglamentos; pero nuestras inclinaciones nos llevan al mal de tantas maneras que corresponde a la prudencia divina y humana oponerles remedios específicos.
Por eso el Antiguo y el Nuevo Testamento están llenos de mandamientos, de consejos y de reglas de salvación; por eso la Iglesia ha dado tantas normas y decretos; por eso los jurisconsultos han establecido leyes para los asuntos civiles.
Las reglas que ustedes tienen son máximas evangélicas y medios para guardarlas, poco más o menos los mismos que aquí, en donde gracias a Dios, nunca se ha quejado nadie de ellas.
Y si el número le parece excesivo, le ruego considere cuán grande es el de los preceptos divinos, los cánones, decretos, leyes y admoniciones de los que acabo de hablar, que no pueden contener varios gruesos volúmenes.
Pudiera ser, sin embargo, que le costase a usted la diversidad de cosas que se le recomiendan y que le urgiesen demasiado para observarlas.
Por eso me alegra mucho que me haya escrito, ya que así les pediré a los visitadores que pongan mucha atención en no ordenar en adelante nada que no venga muy a propósito; también le ruego a su superior 1 que le trate a usted amablemente, si es que hasta ahora no lo ha hecho así, y que incluso le cambie de lugar, si usted lo desea.
La Compañía siempre ha estado muy contenta de su comportamiento; los que aquí le conocieron están muy edificados de usted y, por lo que sé, también lo están los que ahora viven con usted.
Esto me hace creer que la pequeña repugnancia que usted siente es producto del espíritu maligno que desea molestarle en el buen camino.
Le ruego, padre, que no lo escuche; pues si hay dos o tres reglas que le disgustan porque las cree superfluas respecto a usted, algún otro las apreciará porque le convienen.
Los hijos de Nuestro Señor caminan tranquilamente por sus caminos; tienen confianza en él; cuando caen, él los levanta; y si en vez de pararse para refunfuñar contra la piedra en que han tropezado, se humillan en su caída, él les hace avanzar a grandes pasos en su amor.
Así lo espero de usted, que es totalmente suyo, por su misericordia, y que no respira más que su santa voluntad. ________ 1.
Luis Rivet. 319
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