Carta · tomo III

A LUISA DE MARILLAC

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III
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¡Que Dios llene cada vez más su espíritu, mi querida hermana!

Soy en su amor su muy humilde servidor, VICENTE DEPAUL París, 3 septiembre 1648. 1113 [1063,III,360-361] A LUISA DE MARILLAC París, 5 septiembre 1648.

¡Bendito sea Dios, señorita, por la solicitud que le da Nuestro Señor por sus queridas hijas y por mí en medio de estas agitaciones populares! 1 Todos estamos bien, gracias a Dios, sin que Nuestro Señor nos haya hecho dignos de sufrir nada por él en esta ocasión Esté segura, por lo demás, de que he dicho todo lo que creía que debía decir gracias a Dios; me refiero a todas las cosas.

Lo malo es que Dios no ha bendecido mis palabras, aunque me parece que es falso lo que se rumorea de la persona que usted sabe 2.

Es verdad que yo procuro decirlas de la manera que las ________ Carta 1113 (CA).

— Original en el Berceau de san Vicente de Paúl. 1.

San Vicente alude aquí a las jornadas del 26, 27 y 28 de agosto.

La noticia del arresto de Broussel, consejero de la Cámara Alta, había sublevado al pueblo contra la corte.

Se levantaron barricadas en la calle.

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La milicia popular, llamada a las armas para establecer el orden, simpatizaban con los insurrectos.

La reina tuvo que ceder y mandó volver a Broussel, que ya estaba en camino hacia Sedán. 2.

Es difícil señalar aquí exactamente a qué alude san Vicente.

¿Sería a las relaciones entre Mazarino y Ana de Austria?

Corrió el rumor, extendido por los de la Fronda, de que la reina y su ministro se habían unido por un matrimonio de conciencia; algunos añadían que era san Vicente el que había bendecido esa unión.

Se habló de ello en San Lázaro, y el hermano Robineau se atrevió a hablar de ello al santo, que respondió: «Eso es tan falso como el diablo» (Cuaderno manuscrito del hermano Robineau, 10, en el archivo de la Misión).

La cuestión del matrimonio secreto ha sido estudiada por J.

L OISELEUR , Problèmes historiques.

Mazarin a-t-il épousé Anne d'Autriche?

Gabrielle d'Estrées est-elle morte empoisonnée?, Paris 1867, y por V .

M OLINIER, Notice sur cette question historique Anne d'Autriche et Mazarin étaient-ils secretement mariés?Paris 1887.

Parece seguro que Mazarino no había recibido órdenes sagradas. (Cfr.

A.

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CHERUEL, Lettres du cardinal Mazarin, 9 vols., Paris 18721906, I, p.

XVI, nota 2). 332

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dicen los ángeles de la guarda, que proponen las cosas sin turbarse cuando no se hace caso de sus ilustraciones.

Esta fue la lección que me enseñó el bienaventurado cardenal de Bérulle y que me ha inculcado la experiencia, pues carezco de gracia y lo estropeo todo cuando obro de otra manera.

Si desea usted pasar por casa de la señora de Saint-Simon 3, ¿por qué no hacerlo?

Las cosas van tranquilas por aquí.

Las enfermas empiezan a mejorar.

Procuraré decirle unas palabras al señor conde de Maure 4.

Pero tengo miedo de estropear las cosas con mi miseria.

No bajaré a detalles; sin embargo, Nuestro Señor suplirá lo que a mí me falta, como espero.

Alabo a Dios por lo que me dice de su visita a las Caridades.

¡Cuánto siento no poder visitarlas yo!

Nuestro Señor proveerá a ello, si así es su voluntad.

Soy en su amor, señorita, su muy humilde y obediente servidor, V ICENTE DEPAUL, i. s. d. l.

M.

París, el... 1114 [1064,III,362-374] A JUAN DEHORGNY Orsigny, 10 septiembre 1648 Padre: La gracia de Nuestro Señor sea siempre con nosotros.

Recibí la suya del 17 de agosto 1, que era para acabar de ________ 3.

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Luisa de Crussol, casada en segundas nupcias con el marqués de Saint-Simon, que llegó a ser lugarteniente general de los ejércitos del rey, gobernador y bailí de Senlis y capitán del castillo de Chantilly. 4.

Pariente colateral de santa Luisa.

Tomó parte activa en las luchas de la Fronda.

¿Querría san Vicente darle algunos consejos de prudencia política?

Carta 1114.— Arch. dép. de Vaucluse, D 296, copia del siglo XVII O XVIII.

Publicaron este texto con algunas variantes en marzo de 1726 las Mémoires de Trévoux, p. 448.

M el manuscrito de los archivos departamentales ni las Mémoires de Trévouxdan la postdata, que hemos sacado de las Lettres et conférences de 5.

Vincent de Paul, 70: el editor de este 333

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responder a la mía sobre las diferencias de opinión a propósito del libro de La communion 2.

En respuesta a ella le diré, padre, que puede ser, como usted indica, que algunas personas se hayan aprovechado de este libro en Francia y en Italia, pero de un centenar que quizás hayan sacado algún provecho en París, consiguiendo mayor respeto en el uso de este sacramento, habrá por lo menos diez mil a quienes les ha perjudicado apartándoles completamente de él; alabo a Dios de que actúe usted como yo, no hablando de estas cosas en familia y de que todos ustedes actúen en Roma lo mismo que por aquí.

Es verdad lo que usted dice, que san Carlos Borromeo suscitó el espíritu de penitencia en su diócesis, en su tiempo, y que hizo que se observaran sus normas, lo cual hizo que la gente se amotinara contra él, lo mismo que los buenos religiosos, por causa de la novedad.

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Pero él no hizo consistir la penitencia o, sea lo que fuere, la satisfacción, en retirarse de la santa confesión y de la adorable comunión, a no ser en los casos comprendidos en los cánones, que nosotros procuramos observar en el caso de ocasiones próximas, de enemistades y de pecados públicos; pero está muy lejos de haber hecho lo que se dice, que ordenó penitencias públicas por los pecados secretos y que obligó a la satisfacción antes de la absolución, como pretende asegurar el libro en cuestión.

Pasemos a los detalles.

Es cierto, padre, a pesar de lo que usted me dice, que el libro de La fréquente communion ha sido compuesto principalmente para renovar la penitencia antigua como consecuencia para entrar en la gracia de Dios; pues, aunque el autor parece en varios lugares proponer esta practica antigua solamente como más útil, lo cierto es que la juzga necesaria, ya que todo su libro la presenta como una de las grandes verdades ________ suplemento tuvo en sus manos el original de esta carta, que le había comunicado la señorita de Haussonville y que no hemos podido encontrar. 1.

Mémoires: 7 de agosto. 2.

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La obra tenía por título De la fréquente communion, ou les sentiments des Pères, des Papes et des Conciles touchant l'usage des sacrements de Pénitence et d'Eucharistie sont fidèlement exposés, pour servir d'addresse aux personnes qui pensent sérieusement a se convertir a Dieu, et aux pasteurs et confesseurs zélez pour le bien des âmes, par M.

Antoine Arnauld, docteur en théologie, de la maison de Sorbone.

— Sancta Sanctis.

— A Paris, chez Antoine Vitré, 1643. 334

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de nuestra religión, como práctica de los apóstoles y de toda la iglesia durante doce siglos, como una tradición inmutable, como una institución de Jesucristo, y continuamente está dando a entender que él se siente obligado a guardarla y ataca siempre que puede a los que se oponen al restablecimiento de esta penitencia.

Por otra parte, enseña manifiestamente que en la antigüedad no existía ninguna otra penitencia para toda clase de pecados mortales más que la pública, como se ve por el capítulo 3 de la segunda parte, en donde acepta como verdad la opinión que afirma que en los antiguos Padres, y principalmente en Tertuliano, no se encuentra más que la penitencia pública en la que la iglesia ejerciese el poder de las llaves; de ahí se sigue por una consecuencia muy clara que el señor Arnauld desea establecer la penitencia pública para toda clase de pecados mortales y que no es una calumnia acusarle de ello, sino una verdad que se deduce fácilmente de su libro, con tal que no se lea con prejuicio alguno.

Me dice, usted, padre, que esto es falso.

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Se le puede excusar, ya que no conoce usted el fondo de las máximas de su autor y de todas sus doctrinas, que era reducir a la iglesia a sus primeras costumbres, afirmando que la iglesia ha dejado de existir desde aquellos tiempos.

Dos de los corifeos de estas opiniones 3 dijeron a la superiora de Santa María de París 4, que les había dado motivos para que esperasen atraerla a sus opiniones, que hacía cinco siglos que no existía la iglesia; ella me lo ha dicho por escrito.

Me dice usted en segundo lugar que es falso que el señor Arnauld haya querido introducir el uso de hacer penitencia antes de recibir la absolución los grandes pecadores.

Le respondo que el señor Arnauld no sólo desea introducir la penitencia antes de la absolución para los grandes pecadores, sino que hace de ello una ley para todos los que son culpables de pecado mortal, tal como se ve por sus palabras sacadas de la segunda parte, capítulo 8: «¿Quién no ve cómo este Papa cree necesario que el pecador haga penitencia de sus pecados, no sólo antes de comulgar, sino incluso antes de recibir la absolución?»

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Y un poco más adelante añade: «¿No nos demuestran estas palabras claramen________ 3.

¿No sería el señor de Saint-Cyran uno de estos corifeos? 4.

Elena Angélica Lhuillier. 335

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te que, según las santas reglas que dio este Papa a toda la iglesia, tras haberlas aprendido en la tradición perpetua de la misma iglesia, los sacerdotes tienen que guardar, en la ejecución de la facultad que el Salvador les concedió de atar y desatar las almas, la norma de no absolver a los pecadores más que después de haberlos dejado entre gemidos y lágrimas y haberles hecho cumplir una penitencia proporcionada a la cualidad de sus pecados?»

Hay que ser ciego para no ver en estas palabras y en otras muchas que siguen cómo el señor Anauld cree que es necesario retrasar la absolución para todos los pecados mortales hasta el cumplimiento de la penitencia; en efecto, es lo que yo mismo le he visto practicar al abad de Saint-Cyran, y lo siguen haciendo así todos los que acatan por entero sus principios.

Pero esta opinión es una herejía manifiesta.

Por lo que se refiere a la absolución declaratoria, me dice usted que basta sólo con leer su primer libro para que se vea lo contrario, y me alega usted tres o cuatro autoridades para ello.

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Le respondo que no es de maravillar que el señor Arnauld hable a veces como los demás católicos; no hace en esto más que imitar a Calvino, que por treinta veces niega que haga a Dios autor del pecado, aunque en otros lugares pone todo su empeño en establecer esta máxima detestable, que todos los católicos le atribuyen.

Todos los innovadores hacen lo mismo: siembran de contradicciones sus libros para que, si alguien los reprende en algún punto, puedan escaparse diciendo que en otra parte mantienen lo contrario.

Le he oído decir al difunto abad de Saint-Cyran que, después de haber dicho ciertas verdades en una habitación a algunas personas que fueran capaces de ellas, al pasar a otra donde hubiera otras incapaces, les diría lo contrario; que Nuestro Señor obraba de ese modo y recomendaba que se hiciese lo mismo 5. ________ 5.

R.

ALLIER , La cabale des dévots , Paris 1902, 165 no acaba de creer que Saint-Cyran tuviera estos propósitos.

Prefiere admitir que lo comprendió mal san Vicente.

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Escribe: «Saint-Cyran sabía tan bien que su pensamiento estaba en contra de las opiniones corrientes que, para evitar las condenaciones sumarias y los escándalos inútiles, sólo se confiaba a los amigos seguros y capaces de comprenderle».

A eso se reduciría lo que Saint-Cyran le dijo a san Vicente.

San Vicente estaba allí mismo, presente ante el abate, cuando éste hablaba; tal como lo conocemos, sabemos 336

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¿Cómo puede el señor Arnauld sostener seriamente que la absolución borra verdaderamente los pecados, si enseña, como acabo de demostrar, que el sacerdote no debe dar la absolución al pecador hasta haber cumplido la penitencia, y que la razón principal por la que quiere que se observe esta norma es la de dar tiempo al pecador para expiar sus crímenes con una satisfacción saludable, tal como demuestra ampliamente en el capítulo 2 de la segunda parte?

Un hombre juicioso, que desea que se expíen los pecados por medio de una satisfacción saludable, antes de recibir la absolución, ¿puede creer seriamente que los pecados son expiados por medio de la absolución?

Me indica usted que el señor Arnauld afirma que la iglesia conserva en su corazón el deseo de que los pecadores hagan penitencia según las reglas antiguas, y que afirma también que la práctica antigua y la nueva de la iglesia son las dos buenas, pero que la antigua es mejor, y que ella, como buena madre que sólo busca el mayor bien de sus hijos, les desea siempre lo mejor, al menos en su corazón.

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Le respondo que no hay que confundir la disciplina eclesiástica con los desórdenes que se pueden encontra r.

Todo el mundo condena esos desórdenes; los casuistas no dejan de quejarse continuamente de ellos y de señalarlos para que todos los conozcan; pero es abusivo decir que el no practicar la penitencia del señor Arnauld es un relajamiento que la iglesia tolera de mala gana.

No conozco muy bien la práctica de la iglesia de Oriente de la que me habla usted, pero sabemos que en toda Europa se practican los sacramentos de la forma que el señor Arnauld condena, y que el Papa y todos los obispos aprueban la costumbre de dar la absolución después de la confesión, sin hacer penitencia pública más que para los pecados públicos.

¿No es una ceguera intolerable preferir en cosas de tanta importancia las ideas de un joven sin experiencia alguna en la dirección de las almas, como era la suya cuando escribió ese libro, antes que la práctica universal de toda la cristiandad?

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Si la práctica de la penitencia pública duró en Alemania hasta el tiempo de Lutero, como usted indica, no fue más que para ________ que se inclinaba más bien a excusar que a acusar, a atenuar la gravedad de los actos o de las palabras reprensibles que a exagerarlas.

Creemos que su autoridad es de más peso que la de Raúl A LLIER. 337

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los pecados públicos y nadie ve mal que se restablezca esa penitencia en todas partes, ya que el concilio de Trento lo ordena expresamente 6 ¿Y qué tiene que ver la norma de san Ignacio, que usted también señala con la práctica de los que alejan de la comunión, no ya por ocho o diez días, sino por cinco o seis meses, no sólo a los grandes pecadores, sino incluso a las buenas religiosas que viven con gran pureza, como sabemos por la carta del obispo de Langres al de Saint-Malo? 7 No es pararse en naderías señalar desórdenes tan notables y que sólo pretenden arruinar por completo la santa comunión.

Y las gentes de bien, no sólo no han de practicar esas máximas perniciosas, sino incluso despreciarlas y forjarse una mala opinión de quienes las autorizan.

San Carlos no las aprobaba ni mucho menos, ya que no hay nada que recomiende tanto en sus concilios y en sus actas como la comunión frecuente y amenaza en varias ocasiones con graves penas a los predicadores que aparten a los fieles directa o indirectamente de la frecuente comunión.

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Y en ningún lugar se encontrará que haya establecido la penitencia pública o el alejamiento de la comunión para toda clase de pecados mortales, ni que haya querido que pasasen tres o cuatro meses entre la confesión y la absolución, tal como practican con frecuencia y en los pecados ordinarios estas nuevos reformadores; de modo que, aunque pudiera haber excesos en dar fácilmente la absolución a toda clase de pecadores, que es lo que san Carlos deplora, no hay que concluir de ahí que ese gran santo apruebe las exageraciones en las que ha caído el señor Arnauld y que son totalmente opuestas a una gran muchedumbre de normas que el santo estableció.

Por lo que respecta a que se le atribuye al libro de La fréquente communion el que aparta a la gente de la recepción frecuente de los santos sacramentos, le respondo que es cierto que este libro aparta a todo el mundo decididamente de la recep________ 6.

Sesión, 24, capítulo 8. 7.

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La memoria enviada por Sebastián Zamet, obispo de Langers, a Aquiles de Harlay de Sancy, obispo de Saint-Malo, era a juicio del abate PRUNEL, Sébastien Zamet, 264, nota 2, la respuesta a un cuestionario preparado por monseñor de Harlay, por orden de Richelieu, a propósito de saint cyran Lo encontramos completo en esta obra, 265-268. 338

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ción de la sagrada comunión y de la santa confesión, aunque aparente, para cubrir mejor sus designios, estar muy lejos de este proyecto.

En efecto, ¿no alaba grandemente en el prólogo, página 36, la piedad de los que desean retrasar la comunión hasta el final de su vida, por creerse indignos de acercarse al cuerpo de Jesucristo y no asegura que esta humildad agrada más a Dios que todas las demás buenas obras?

¿No dice, en el capítulo 2 de la tercera parte, que es hablar indignamente del Rey de los cielos afirmar que le honran nuestras comuniones y que Jesucristo no recibe más que ultrajes y vergüenza por nuestras comuniones frecuentes que se hacen según las máximas del padre Molina 8, cartujo, a quien combate en todo su libro, aparentando obrar de otro modo?

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Además, después de probar por san Dionisio, en el capítulo 4 de la primera parte, que los que comulgan tienen que estar enteramente purificados de las imágenes que les quedan de su vida pasada por un amor puro divino, sin mezcla alguna de amor propio, pues tienen que estar perfectamente unidos solamente a Dios, enteramente perfectos y completamente irreprochables, en vez de suavizar de algún modo esas palabras tan altas y tan alejadas de nuestra debilidad, las reproduce en toda su crudeza y sostiene en su libro de La fréquente communion que contienen las disposiciones necesarias para comulgar dignamente.

Así pues, ¿cómo es posible que un hombre que considere estas máximas y este proceder del señor Arnauld llegue a imaginarse que desea realmente que todos los fieles comulguen con frecuencia?

Por el contrario, la verdad es que el que considere verdaderas estas máximas se sentirá por ello mismo muy lejos de la frecuencia de sacramentos.

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Le confieso con franqueza que, si hiciera del libro del señor Arnauld tanto caso como usted hace, no sólo renunciaría para siempre a la santa misa y a la comunión por espíritu de humildad, sino que hasta sentiría horror de este sacramento, ya que él lo presenta, respecto a los que comulgan con las disposiciones ordinarias que aprueba la iglesia, como una trampa de Satanás y como un veneno que emponzoña a las almas y trata a quienes se acercan a él en esa situación nada menos que de perros, de puercos y de anticristos. ________ 8.

Antonio Molina, autor de un tratado de Instrucción de los sacerdotes traducido a varias lenguas; murió en 1612. 339

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Y aunque se cerrasen los ojos a todas estas consideraciones para advertir solamente lo que dice en varios lugares de las disposiciones admirables sin las que él no quiere que se comulgue, ¿se encontrará algún hombre sobre la tierra que tenga tan buena opinión de su propia virtud que se crea en situación de poder comulgar dignamente?

Esto es sólo un privilegio del señor Arnauld que, después de haber puesto estas disposiciones en un grado tan alto que ni san Pablo se hubiera atrevido a comulgar, no deja de jactarse en varios lugares de su apología de celebrar misa todos los días, en lo cual se puede apreciar tanto su humildad como su caridad y la buena opinión que tiene de tantos sabios directores, seculares y regulares, y tantos virtuosos penitentes que practican la devoción, y que sirven todos ellos de blanco a sus ataques e invectivas.

Por lo demás, me parece que es una herejía decir que es un gran acto de virtud querer retrasar la comunión hasta la muerte, ya que la iglesia nos manda comulgar todos los años.

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También es una herejía preferir esa pretendida humildad a toda clase de buenas obras, siendo evidente que por lo menos el martirio es mucho más excelente.

Y también, decir absolutamente que Dios no es honrado en nuestras comuniones y que no recibe de ellas más que ultraje y ofensa.

Como este autor aparta a todo el mundo de la comunión, no le importará mucho que todas las iglesias se queden sin misas, a pesar de lo que dijo el venerable Beda, que los que dejan de celebrar el santo sacrificio sin un legítimo impedimento, privan a la Santísima Trinidad de alabanza y de gloria, a los ángeles de gozo, a los pecadores de perdón, a los justos de auxilios y de gracias, a las almas que están en el purgatorio de refrigerio, a la iglesia de los favores espirituales de Jesucristo, y a ellos mismos de medicina y de remedio.

Pero nuestro autor no tiene ningún escrúpulo en aplicar todos estos efectos admirables a los méritos de un sacerdote que se aparta del altar por espíritu de penitencia, como se ve en el capítulo 40 de la primera parte y llega incluso a hablar con mayor elogio de esta penitencia que del sacrificio de la misa.

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Pues bien, ¿quién no ve que esta manera de razonar es muy adecuada para convencer a todos los sacerdotes que dejen de decir misa, ya que se gana tanto sin decirla como diciéndola y puede incluso afirmarse que se gana más, según las máxi340

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mas del señor Arnauld?

Pues como él pone el alejamiento de la comunión muy por encima de la comunión, también es lógico que juzgue mucho más excelente el alejamiento de la misa que la propia misa.

Y la moral de todo esto es que este nuevo reformador sólo aleja a los sacerdotes y a los laicos del altar con el bonito pretexto de que hagan penitencia; pero para saber en qué pone él esta gran penitencia, que considera tan provechosa a las almas dice expresamente en el prefacio, página 18, que, de todos los rigores de la antigua disciplina, él casi se fija solamente en la separación del cuerpo del Hijo de Dios, que es la parte más importante según los padres, ya que representa la privación de la bienaventuranza, y la más fácil, según los hombres, ya que todo el mundo es capaz de ella.

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El señor Arnauld ¿podría demostrar más claramente que su libro no está compuesto más que con el deseo de arruinar la misa y la comunión, ya que apela a toda la antigüedad para predicarnos la penitencia (de la que jamás he visto hacer un solo acto al autor de esta doctrina ni a los que le ayudaban a introducirla) y después de todas sus exhortaciones se contenta con decirnos que no se comulgue?

Ciertamente, los que lean su libro sin advertir este deseo son de esos individuos de los que dice el profeta: Oculos habent et non videbunt.

Y no comprendo cómo puede usted acusar a los adversarios del señor Arnauld de destruir la penitencia, cuando nos quejamos por el contrario y con razón, de que este autor ha hecho esfuerzos extraordinarios para probar que era necesario hacer largas y rigurosas penitencias antes de comulgar y de recibir la absolución, para declarar luego expresamente (para que nadie pueda alegar ignorancia) que de la antigua penitencia no conserva él más que el apartamiento del altar.

Esto es, padre, lo que tengo que contestar a su carta, con tantas prisas que ni siquiera me va a dar tiempo a repasarla.

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Voy a celebrar en seguida la santa misa, para que quiera Dios darle a conocer las verdades que le digo, por las que estoy dispuesto a dar mi vida.

Tendría otras muchas cosas que decirle sobre el tema, si tuviera ocasión.

Le pido a Nuestro Señor que se las diga él mismo.

Le ruego a usted que no me conteste sobre este punto, si 341

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persevera usted en estas opiniones.

Soy en el amor de Nuestro Señor su muy humilde servidor, VICENTE DEPAUL, i. s. d. l.

M.

No será usted dueño y administrador del Espíritu Santo de Toul, si ese parlamento no recibe la apelación al Consejo real de su proceso contra los señores Thierry y..., de los que el primero ha obtenido el permiso para tomar posesión 9.

Pues aunque él admite esa apelación, el que ocupa el cargo de primer presidente me dice que el parlamento no la acepta y que la ha rechazado por segunda vez y la ha roto.

Al menos, el abogado general ha obrado de ese modo.

De modo que, si no renuncian después de este nuevo decreto, mandaré que se salven al menos los muebles que se puedan.

Ellos se han aprovechado de esta revuelta, casi general, de nuestros parlamentos.

En fin, si no nos condenan antes de que le llegue esta carta, no creo que tarden más de ocho días.

In nomine Domini!

Dirección: Al padre Dehorgny, sacerdote de la Misión, en Roma. 1115 [3302,VIII,521] LA SEÑORA DE VILLENEUVE A SAN VICENTE ¡Viva Jesús Crucificado!

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Reverendo Padre: Su reverencia sabe muy bien que, conociendo sus grandes y necesarias ocupaciones no recurro a usted más que en caso ex________ 9.

En efecto, el beneficio del Espíritu Santo se le escapó al padre Dehorgny.

San Vicente hizo que lo pidieran más tarde en Roma para el padre Jolly, que tenía la intención de resignarlo en favor de la congregación de la Misión (cf. carta del 10 de octubre de 1653).

El asunto siguió adelante.

El 29 de diciembre de 1657, le escribe san Vicente al señor des Jardins: «Todavía no se han conseguido las cartas de unión, pero estamos en ello y con esperanzas de tenerlas pronto».

Carta 1115.

— Copia de esta carta se encuentra en uno de los volúmenes del Proceso de beatificación de san Vicente de Paúl (Arch. de la S.C. de Ritos). 342

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tremo para aliviarme o aconsejarme en mis negocios que conciernen a la gloria de Dios en esta casa; pero está tan bien todo, que es preciso que venga a socorrernos contra los ataques de Satán y sus satélites, que han jurado su ruina.

No sé lo que Dios quiere hacer de mí, pobre rosa agitada por los vientos de la persecución, sin que nadie, hasta el momento, la haya podido derribar ni debilitar.

Quizás por este motivo quiera algo, que ni el diablo ni el mundo quieren, pues ¿quién piensa en usar un escuadrón de la armada para vencer a un pequeño y vil soldado tanto como aquel que no puede perjudicar al que Dios protege que no cree en las causas segundas, más que el diablo?

Su reverencia me ha enseñado esta lección hace cuatro años y la experimento, de forma que ahora estoy segura.

¡Dios me haga la gracia d e servirle según este conocimiento!

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Pido a su reverencia, santos sacrificios y oraciones, para hacerla eficaz para la eternidad en su gloria más grande y consolidación de esta casa, tan suya como seré, padre, vuestra muy humilde y obediente sierva e hija en nuestro Señor, M ARIA LHUILLIER, de la Sociedad de la Cruz París, 21 de septiembre de 1648.

Dirección: Al padre Vicente, superior de la Misión, en San Lázaro. 1116 [1065,III,374-376] A ESTEBAN BLATIRON París, 25 septiembre 1648.

Padre: La gracia de Nuestro Señor sea siempre con nosotros.

Perdóneme si le escribo por medio de un secretario, ya que estoy muy ocupado. ________ Carta 1116 (CF).

— Archivo de Turín, original.

El final a partir de las palabras Soy, en el amor, es de mano del santo. 343

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Alabo a Dios por los sentimientos del señor cardenal 1, por el que siento un gran respeto y reverencia y me gustaría que él pudiera personalmente comprobarlo: conocería que nunca ha habido nadie que le venerase tanto como yo.

También bendigo a Dios por la caridad de esos señores co-fundadores.

Le ruego al señor cardenal que sea él quien bendiga la capilla de la casa.

Me siento muy consolado por el orden que el señor cardenal ha decidido poner en su seminario, mandándoles hacer ejercicios espirituales.

Ruego a Nuestro Señor que los santifique con su gran misericordia.

Tiene usted razón al poner algunas dificultades para recibir a ese buen religioso.

Le ruego que soslaye este asunto y deje obrar a la divina providencia.

De todos modos, si usted cree que saldrá bien la cosa y él insiste mucho, puede usted intentarlo.

Le enviaremos al hermano Claudio lo antes que se pueda; ha ido a tomar aguas a Moulins; si hubiera estado aquí, se lo hubiéramos mandado.

Desea aprender a amasar el pan y a hacer sangrías.

Necesitará unos 20 días para ello.

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Entretanto le enviaremos dos, para que no se quede usted sin nadie; si le parecen demasiados, envíelos a Roma.

Le amo en Nuestro Señor con el corazón que usted sabe, que siente por usted un cariño inexpresable.

Saludo a su familia, postrado en espíritu a los pies de todos y quedo de usted muy humilde servidor, V ICENTE DEPAUL, i. s. d. l.

M.

Me olvidé de decirle que me ha conmovido mucho esa catástrofe que usted me dice que ha sucedido en G[énova] 2; se lo he dicho a la compañía y los sacerdotes han celebrado todos para dar gracias a Dios por no haber sido el daño tan grande como se [temía] y para que quiera Dios conservar a esa ciudad sin ________ 1.

El cardenal Durazzo. 2.

Se lee al margen: vendaval que sobrevino el día de san Agustín. 344

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