Carta · tomo III
A FILIBERTO DE BEAUMANOIR DE LAVARDIN, OBISPO DE LE MANS 1
gobernador del rey, que desea pasar un mes en casa de ustedes, para ver sus santas costumbres y practicar las que sean conformes con el proyecto que tiene de vivir y de hacer vivir a una pequeña comunidad en la observancia de las reglas de san Agustín, no ya con toda la exactitud de su santa congregación, pero sí lo mejor que les sea posible.
Yo le he hecho confiar en que su bondad le concederá esta gracia.
Así pues, mi r[everendo] padre, le ruego con toda humildad que lo acepte; al hacerlo, contribuirá usted a la santificación de su alma, a la salvación de las que le están encomendadas y obligará a agradecérselo a una persona que lo merece y a dicho señor de La Bourlerie, su hermano; le aseguro igualmente, mi reverendo padre, que yo también me sentiré tan agradecido como si me hubiera hecho este favor a mí mismo.
Soy su muy humilde y obediente servidor, V ICENTE DEPAUL, indigno superior de la congregación de la Misión.
Dirección: Al reverendo padre abad de la congregación de Santa Genoveva. 1195 [1141,III,491-492] A FILIBERTO DE BEAUMANOIR DE LAVARDIN, OBISPO DE LE MANS 1 Octubre 1649.
Monseñor: Me tomo la confianza de escribirle la presente para ofrecerle con toda humildad y el respeto que me es posible mi perpetua ________ Catalina de París, y luego el de san Dionisio de Reims.
Sus méritos lo elevaron a los más altos cargos: fue asistente, visitador, general coadjutor (18 diciembre 1644) y finalmente abad de Santa Genoveva y superior de toda la orden (febrero 1645).
La congregación de canónigos regulares de Santa Genoveva lo tuvo de superior de 1645 a 1650, de 1653 a 1665 y de 1667 a 1675. 2. 30 de septiembre.
Carta 1195.
— Reg. 1, f.º 10, copia sacada del original autógrafo. 1.
Este prelado estaba todavía disgustado con la actitud de san Vicente, que no quiso recomendarle para el episcopado.
Había venido a residir en Le Mans, incluso antes de recibir las bulas.
Por eso fue grande 451
obediencia.
Le suplico muy humildemente, monseñor, que la acepte y que le comunique que hay muchos eclesiásticos, incluso de cierta condición, que han pedido los beneficios vacantes que usted concedió desde su consagración, y entre otros el arcedianato y la canonjía que usted publicó, pero que no se dio por no haber hecho registrar en la Cámara de Cuentas su juramento de fidelidad, sin el cual se pretende que no ha podido usted disponer de esos beneficios.
El último que me ha urgido para ello es un capellán del rey, que lo solicita para su hermano, y que me ha traído a un doctor de la Sorbona, muy inteligente en estas materias beneficiales, para convencerme de que al rey es a quien le toca conceder esos beneficios.
Gracias a Dios, yo me mantuve firme y, según creo, con razón.
No obstante, como las gentes que los piden son muchas [y] podrían obtener esos beneficios por otro medio, he creído conveniente, ya que hacemos profesión especial de servir a los señores obispos y sobre todo a los que nos hacen el favor de soportarnos en sus diócesis, como lo hace usted con tanta bondad en la suya, darle aviso de todo esto, para que haga usted registrar su juramento de fidelidad y de este modo quitarles todo pretexto a esas gentes y a otras que podrían aprovecharse de ello.
He tardado un poco en escribirle sobre todo esto, por no saber si le parecería a usted bien que le avisase; pero la importancia de la cosa y el temor a faltarle en lo debido, me han hecho preferir el caer más bien en la temeridad que en la falta de fidelidad al servicio que le debo.
Soy, monseñor, en el amor de Nuestro Señor, su muy humilde y obediente servidor, V ICENTE DEPAUL, i. s. d. l.
M. ________ la extrañeza de San Vicente cuando, al llegar a esta ciudad el 2 de marzo de 1649, supo que estaba allí el obispo.
Por medio de dos de sus sacerdotes, le pidió permiso para quedarse siete u ocho días en el seminario.
Filiberto de Lavardin, halagado por este proceder, se lo concedió de buena gana y hasta le indicó que se sentiría feliz de recibirlo en su casa.
Este se disponía a ir a agradecérselo al prelado cuando supo que se había marchado.
Filiberto de Lavardin no fue un obispo modelo.
Después de su muerte corrió el rumor de que él mismo había dicho que nunca tuvo intención de ordenar a nadie; muchos de los ordenados se dejaron llevar de este rumor y se ordenaron de nuevo.
El rumor era falso. (Cf.
C OLLET, o.c..
I. 473). 452
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