Carta · tomo III

A JUAN BOURDET, SUPERIOR DE SAINT-MEEN 1

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Carta
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III
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889 [850,III,36-40] A JUAN BOURDET, SUPERIOR DE SAINT-MEEN 1 París, 1 septiembre 1646.

Padre: La gracia de Nuestro Señor sea siempre con nosotros. [Su carta] del pasado mes me consoló por una parte y me llenó de preocupación por otra. [El consuelo] procedía de que no habían hecho contra usted nada de lo que temía; [y la preocupación], de que me decía usted que no p[odía seguir] la Compañía en el peligro en que se encuentra. [A ello le diré] que si eso dependiese de la Compañía, n[osotros les hubiéramos] llamado al primer estallido; pero que [al estar unidos] con un prelado que está en apuros y tratándose del bien de [los demás], al creer que obedecíamos el consejo del evangelio de no pleitear, [caeríamos] en el otro vicio de la ingratitud, que es el crimen de los crímenes; la causa es justa.

Además, ¿qué riesgos corre en ello la Compañía?

Nos meterán en la cárcel, me dirá usted; es lo peor que puede pasar.

¡Ay, [padre]!

¿De qué vamos a ser capaces, si no podemos sufrir eso [por Dios]?

¿Es posible que veamos a ________ Carta 889 (CA).

— Archivo de la Misión, minuta.

Se encuentra en mal estado.

Tomo III · p. 36

Donde falta el texto, lo hemos reconstituido según una copia que nos ofrece el registro 2,287. 1.

Para tener en cuenta la situación espiritual de Juan Bourdet en el momento en que san Vicente le escribe esta carta, conviene saber que los religiosos de san Benito, expulsados de la abadía el 20 de agosto por los soldados del mariscal de la Meilleraye, pidieron ayuda y protección al parlamento de Bretaña.

El 22, la corte ordenó una investigación.

El 28, ordenaba la prisión de los señores d'Orgeville, vicario general, Bourdet, Beaumont, Grand-Maisons y algunos otros.

Para evitar sin duda un choque sangriento, el mariscal de la Meilleraye retiró a sus soldados.

Se quedó sólo Pedro Beaumont para guardar la abadía.

Tomo III · p. 36

Juan Bourdet, escribe dom Maurel (citado por R OPARTZ o.c., 195), «se asustó tanto que inmediatamente puso pie en el estribo y se pasó un día y una noche sin descabalgar, no atreviéndose a echar pie a tierra por miedo a caer en manos de la justicia; hasta que finalmente, cuando ya ni él ni su caballo podían más, desmontó a la puerta de una hostería de una aldea del obispado de Vannes, con tan mala fortuna que, cuando intentaba detenerse allí un poco para tomar alimentos y descansar, se encontró con dos caballos en la cuadra que le dijeron pertenecían a dos ujieres que acababan de llegar; esto le extrañó tanto que, sin preguntar de dónde venían o adónde iban o qué les traía, recogió sus bártulos, se volvió a subir al caballo y empezó de nuevo su caminata hasta morir, como se me dijo, entre sus patas». 38

Tomo III · p. 36

cien mil hombres que en cada campaña, desde el más humilde hasta [los príncipes] de sangre, [se exponen] por servir al Estado, no sólo a la cárcel, sino a la muerte, mientras que Nuestro Señor no encuentra cinco o seis servidores fieles y animosos para su servicio?

Sí, pero esto va contra la máxima del evangelio que nos prohíbe pleitear y contra la costumbre de Compañía.

San Pablo y Nuestro Señor aconsejaron perderlo todo antes que pleitear.

Pero tanto el uno como el otro se vieron obligados a ello y perdieron sus [procesos] y su vida en ellos.

Es máxima de la Compañía preferir perderlo todo antes que pleitear; es cierto; y le pido a Dios que nos dé la gracia de seguir siempre esta máxima con fidelidad.

Pero esto es cuando depende de nosotros.

Y ahora nosotros no somos los que estamos en causa, sino un prelado que nos ha llamado para servir a Dios [con él] en su diócesis, mientras que son unas personas carentes de derecho quienes les echan a ustedes.

Tomo III · página PDF 41

Una abadía de san Benito, que no está en la congregación de los reformados ni en otra alguna, no depende tampoco de ninguna; y ningún abad tiene derecho a introducirse en la abadía de otro, como tampoco en el beneficio de otra Orden.

Además, esos buenos padres no tienen permiso para introducirse en una abadía para imponer allí su reforma, sin el consentimiento de los religiosos, del abad y del obispo.

Pues bien, los religiosos han tratado con el señor obispo de Saint-Malo, y el [obispo de Saint-Malo] 2, que tiene los derechos de abad, como lo es, y de obispo residencial, está en contra de su introducción.

In qua ergo potestate? 3 Sí, pero el parlamento [los pone] y los introduce dentro — Es verdad; pero ese senado soberano [no tiene poder] para introducir y mantener a un particular en unos bienes [que no le] pertenecen de derecho; y parece ser que el de Bretaña, [que] tiene fama de ser de los más justicieros del reino [no sostendrá] a esos padres, cuando [esté] bien informado.

Tomo III · página PDF 41

Además, el rey, en quien reside el poder soberano [por encima] del poder de los parlamentos y el de decidir por encima de ellos, [nos ha dado] autorización.

¿Cómo puede [usted] 4 conocer mejor la voluntad ________ 2.

Estas palabras, que exige el sentido, no se encuentran en el texto. 3.

Mt 21, 23. 4.

Palabra olvidada en el original. 39

Tomo III · página PDF 41

de [Dios en las] cosas temporales que por las órdenes de los príncipes, y en las cosas espirituales por la de los señores prelados, cada uno en su diócesis?

Sí, pero esos bienes son de san Benito; por consiguiente, sus hijos tienen el derecho a reclamarlos cuando se les quiere arrebatar a su Orden para aplicar a otros usos — [Respondo que] los bienes de la Iglesia pertenecen a la Iglesia; si viviera san Benito, no se atrevería a negar esta proposición, él que era hijo de la Iglesia, aparte de que los bienes de su Orden se los dio la Iglesia por las ayudas que recibía entonces con los seminarios de eclesiásticos a quienes aquella Orden educaba para el servicio de la Iglesia y cumplir los beneficios.

Pero ahora ya no se dedican a eso, y la Iglesia ha ordenado que se cuiden de ellos los obispos, y las órdenes reales les obligan también a ello, y que se apliquen a ese fin los beneficios y las demás rentas.

Tomo III · página PDF 42

Es justo que la misma Iglesia, que dio aquellos bienes a esa Orden para llevar dichos seminarios, al no llevarlos ellos ni estar en disposición para llevarlos, se sirva de esos mismos bienes, por autoridad del príncipe y del prelado, para suplir lo que aquellos padres hicieron antaño y ya no hacen, con tal que esto se haga con el consentimiento de sus justos posesores.

Así pues, padre, puede usted basarse en el derecho, en la autoridad, en la necesidad de la Iglesia y en la ejecución de su intención.

Después de esto, ¿habrá alguno entre nosotros que no quiera sufrir nada por ello?

¡Dios mío!

¿Qué mejor ocasión para sufrir algo por Dios?

Cierto, yo no veo otra.

En nombre de Dios, padre, no seamos tan poco aficionados al servicio de Dios, que nos dejemos [llevar] por un vano temor y abandonemos el puesto [que nos] ha dado.

Sí, pero la Compañía se verá calumniada y criticada.

— Padre, ¡que [orgullo el nuestro] si, por aparentar respeto y humildad [abandonásemos] el honor de Dios para que el nuestro no se viera en peligro!

Tomo III · página PDF 42

¡Qué lejos estaba de esto [san Pablo] cuando decía que había que servir a Dios [per] infamiam et bonam famam, quasi seductores et tamen veraces 5.

Acabo de decirle que está usted [basado en la justicia]; si esto es así, como todos opinan, puede [considerarse feliz] de sufrir algo propter justi________ 5.

Cor 6, 8 40

Tomo III · página PDF 42

VINCENTIUS es una herramienta de consulta. Para trabajos académicos recomendamos verificar siempre la referencia en la edición original indicada.

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