Carta · tomo IV

A LUIS THIBAULT, SUPERIOR DE SAINT-MEEN

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Carta
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IV
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tos; si no, les seremos un estorbo y su indignación caerá sobre nosotros.

Todos los oficiales son celosos de su autoridad y difícilmente se rehacen de las heridas de una parte tan sensible cuando se imaginan alguna vez que las han recibido.

¡Quiera Nuestro Señor, que recibió en el día de hoy 1 una prueba del honor debido a su realeza, darnos fuerzas para rendírselo por entero a los que son los representantes de su dominio y de su justicia, pidiéndoles siempre su consejo y su aprobación en todo lo referente a lo temporal!

Y creamos que no cumplimos la voluntad de Dios si en esto no les sometemos la nuestra.

Espero que los de esa casa obrarán en adelante de ese modo y que no seguirán adelante en los cambios propuestos sobre la capellanía de Champigny, si el señor du Rivau y los principales habitantes de allí no están de acuerdo con ello.

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Es la súplica que le hago especialmente. 1265 [1211,IV ,10-12] A LUIS THIBAULT, SUPERIOR DE SAINT-MEEN 12 abril 1650 He recibido dos cartas de su padre, por las que me he enterado de dos cosas: una, que Dios ha dispuesto de su hermana menor, lo cual sería para usted un motivo de dolor, si no hubiera aprendido a conformarse con la voluntad divina y no estuviese seguro de la felicidad eterna de esa pequeña inocente; la segunda es que sigue adelante el deseo de su padre y de su madre de apartarse del mundo para unirse más íntimamente a su soberano creador, tal como hace ya tiempo que venían pensando.

Me piden para ello mi consejo y me consultan qué es lo que han de hacer de sus posesiones.

Cuando recibí su primera carta, les respondí que a su edad, siendo tan buenos como son, gracias a Dios, y teniendo en cuenta la delicada salud de la señora Thibault, sería conveniente que permaneciesen en el es________ 1.

Domingo de Ramos.

Carta 1265.

— Reg. 2, 310. 15

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tado actual, rogándoles que me dispensasen de aconsejarles sobre sus bienes.

La segunda carta que he recibido me demuestra que no se han quedado satisfechos de esta respuesta, puesto que, queriendo conocer más claramente la voluntad de Dios en esos dos puntos, me urgen para que les diga mi parecer más ampliamente.

Esto me ha obligado a pensar más detenidamente en la cosa.

Estoy a punto de indicarles que quizás Dios les quiera conceder el consuelo que tanto han deseado, ahora que ya no tienen ningún apego en la tierra, con todos sus hijos en el cielo, excepto usted, que todavía sigue en este mundo trabajando con la bendición divina para llevar allá a los demás, por lo cual esas buenas personas sienten tanta alegría que dicen que no pueden recibir otra mayor en esta vida.

Y me parece que debo añadirles que quizás también su divina providencia quiera darles el gozo completo acercándoles a usted y a su vocación (¿qué sabemos nosotros?), llamando al padre a San Lázaro y a la madre a casa de la señorita Le Gras, en donde se liberarán del mundo y podrán servir a Nuestro Señor de una forma particular y proporcionada a sus fuerzas.

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En cuanto a sus bienes, teniendo la intención de dar una buena parte de ellos a la iglesia o a la Caridad con nuestro consejo, bien sea porque creen que es usted religioso y, como tal, incapaz de sucederles, bien sea porque temen que esto sea para usted una tentación, al poder disponer de bienes, como les ha pasado a algunos otros de la compañía que, después de haber sido buenos misioneros cuando no tenían nada, dejaron la obra de Dios apenas se les presentaron algunas comodidades temporales, he pensado decirles lo siguiente: primero, que no hay por qué temer esto de usted, tanto por la gracia que hay en ellos, que atrae sobre usted el espíritu de fuerza y de perseverancia, como por la gracia que Dios ha puesto en usted mismo y en su querida vocación, por la que se complace su divina bondad en salvar a un gran número de almas; en segundo lugar, que el voto de pobreza que hacemos no es más que simple y que no excluye a quienes lo hacen de la sucesión de sus padres, que incluso nosotros tenemos como regla que los individuos de la compañía que tengan beneficios simples u otros bienes dejen que la comunidad disfrute de ellos, con la salvedad de que pueden dar sus fondos a quienes les parezca, por donación o por 16

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