Carta · tomo IV
A UN SUPERIOR
1404 [1344,IV ,174-175] A UN SUPERIOR Lo que usted me indica tiene cierta explicación; pues lo que usted dice es verdad en los que quieren que todo se doblegue ante ellos, que nada les resista, que todo vaya según su gusto, que se les obedezca sin replicar y sin demora alguna, en una palabra, que se les adore; pero no ocurre esto con los que aceptan la contradicción y el desprecio, con los que se juzgan servidores de los demás, con los que gobiernan pensando en el gobierno de Nuestro Señor, que toleraba en su compañía la rusticidad, la envidia, la poca fe, etcétera, y que decía que no había venido a ser servido, sino a servir.
Tomo IV · p. 174Sé muy bien, padre, que gracias a Dios ese mismo Señor le hace obrar con humildad, con condescendencia, con mansedumbre y con paciencia, y que no empleó usted esa palabra 1 más que para expresar su pena y convencerme de que le quite el cargo; así pues, procuraremos enviar a otro en su lugar 2. 1405 [1345,IV ,175-181] A PEDRO NIVELLE, OBISPO DE LUÇON París, 23 de abril de 1651 Señor obispo: Hace algún tiempo me tomé la confianza de enviarle la copia de una carta que la mayor parte de los señores prelados de este reino deseaban enviar a Nuestro Santo Padre el Papa, para suplicarle que se pronunciase sobre los puntos de la nueva doctrina 1, a fin de que, si usted quería ser de ese número, hiciera el favor de firmarla.
Como no he tenido el honor de recibir ninguna respuesta, tengo motivos para creer que no la ha reci________ Carta 1404.
— ABELL Y, o.c., III, cap.
XXIV , sec.
I, 347. 1.
El destinatario de esta carta le había escrito al santo en un momento de enfado que preferiría gobernar bestias antes que hombres. 2.
Se cambió al superior (cf. carta 1426).
Carta 1405.
— A BELL Y, o,c, II, cap.
XII, 419 s. 1.
La doctrina de Jansenio. 173
Tomo IV · p. 174bido o que cierto escrito pernicioso que los de esa doctrina han enviado por todas partes para apartar a nuestros señores obispos de este designio 2 le retiene a usted suspenso en esta iniciativa.
Por eso mismo, señor obispo, le envío una segunda copia y le suplico en nombre de Nuestro Señor que considere la necesidad de esta carta por la extraña división que se ha introducido en las familias, en las ciudades y en las universidades; es un fuego que se enciende cada vez más, que altera los espíritus y que amenaza a la iglesia con una irreparable desolación, si no se pone remedio prontamente.
La situación de los tiempos presentes no permite que pueda aguardarse a un concilio universal; además, ya sabe usted el tiempo que se necesita para reunirlo y cuánto duró el último que se celebró.
Ese sería un remedio demasiado lejano para un mal tan urgente.
Así pues, ¿quién podrá atajar este mal?
Es indudable que tiene que ser la Santa Sede, no sólo porque no hay otros caminos sino porque el concilio de Trento, en su última sesión 3, pone en sus manos la decisión de las dificultades que habrían de surgir sobre lo que se había decretado.
Pues bien, si la iglesia se encuentra en un concilio universal canónicamente reunido, como aquél, y si el Espíritu Santo guía a la misma iglesia, como no cabe dudar, ¿por qué no habrá de seguir la luz de ese Espíritu, que declara cómo hay que comportarse en estas ocasiones dudosas, esto es, recurriendo al Sumo Pontífice?
Esta sola razón, señor obispo, hace que pueda citarle el número de sesenta prelados que ya han firmado esta carta, sin más acuerdo que una simple propuesta, además de otros muchos que la firmarán.
Si alguno creyera que no debe hacerse ninguna declaración de antemano en un asunto del que tiene que ser uno juez, le podría responder que por las razones indicadas parece ser que no tendría que haber concilio y que, por tanto, no podría ser juez en él.
Pero supongamos lo contrario: el recurso al Papa ________ 2.
Considérations sur la lettre composée par M. l'évêque de Vabres, pour être envoyée au pape en son nom et de quelques autres prélats dont il sollicite la signature, par Antoine Arnauld.
Paris 1650. 3.
Ses. 25, cap. 21. 174
no sería un impedimento, ya que los santos le han escrito en otras ocasiones contra las nuevas doctrinas y no han dejado de asistir como jueces en los concilios que las han condenado.
Si acaso replicasen que los Papas imponen silencio en esta materia, no queriendo que se hable, ni se dispute, ni se escriba sobre ella, se les podría responder también que esto no debe entenderse en lo que se refiere al Papa, que es cabeza de la Iglesia, con el que tienen que estar unidos todos los miembros, sino que hay que recurrir a él para asegurarse en medio de las dudas y de las agitaciones.
¿A quién, si no, podríamos dirigirnos y cómo sabría Su Majestad las perturbaciones que surgen, si no se les indicaran para que las remediase?
Si alguno temiere, señor obispo, que una respuesta tardía o menos decisiva de Nuestro Santo Padre podría aumentar la osadía de los adversarios, podría asegurarle que el señor nuncio ha dicho que tiene noticias de Roma de que, apenas Su Santidad vea una carta del rey y otra de una gran parte de los señores obispos de Francia, se pronunciará sobre esta doctrina.
Pues bien, Su Majestad ya ha tomado la decisión de escribirle; y el señor primer presidente 4 ha dicho también que, con tal de que la bula de la Santa Sede no indique que ha sido dada por aviso de la Inquisición de Roma, será bien recibida y ratificada por el parlamento.
Pero ¿qué se ganará — dirá un tercero — con que el Papa se pronuncie, si los que sostienen esas novedades no se le van a someter?
Esto puede ser verdad en algunos casos, como en los del grupo del difunto señor de Saint-Cyran 5, que no solamente no estaba dispuesto a someterse a las decisiones del Papa, sino que ni siquiera creía en los concilios; lo sé muy bien, señor obispo, por haber tratado mucho con él; y esos podrán obstinarse como él, cegados por sus propias opiniones; pero los demás que no les siguen más que por el atractivo que sienten por las novedades, o por ciertos lazos de amistad o de parentesco, o porque creen que hacen bien, habrá pocos que no se aparten de ellos antes que rebelarse contra su Padre legítimo y verdadero.
Hemos visto cómo ocurría así con el libro sobre las ________ 4.
Mateo Molé. 5.
ABELL Yha preferido omitir este nombre. 175
dos Cabezas 6 y con el Catecismo de la gracia 7; pues apenas se supo que habían sido condenados, ya no se habló más de ellos.
Por tanto, señor obispo, es muy de desear que se aparten muchas almas de ellos y que se impida oportunamente que otras entren en una facción tan peligrosa como ésta.
El ejemplo de un tal Labadie es una prueba de la malicia de esta doctrina 8. ________ 6.
Véase la carta 907. 7.
Pequeño opúsculo anónimo en 8.º de 45 páginas, publicado en París en 1650 y compuesto por Mateo Feydeau, doctor de la Sorbona y vicario de Saint-Merry.
El decreto de condenación del libro, nos cuenta su autor, en Les Mémoires inédits de Mathieu Feydeau, Vitry-le-François 1905, 49, fue publicado en París «con gran clamor.
Los buhoneros corrían como locos por las calles y gritaban con furor: ¡He aquí la excomunión de todos los jansenistas!; se detenían ante nuestras ventanas para excitar a los feligreses en contra nuestra; habían sido enviados expresamente para ello». 8.
Juan Labadie había nacido en Bourg (Gironda) el 13 de febrero de 1610.
Dejó la Compañía de Jesús en abril de 1639, después de haber permanecido quince años en ella.
Era muy buen orador.
Su elocuencia, unida a cierta apariencia de misticismo, ejercía sobre la gente una influencia irresistible.
Podía hablar durante tres y cuatro horas seguidas sin cansar a su auditorio.
Después de su salida de la Compañía de Jesús, varios obispos le invitaron a predicar en sus diócesis y a dirigir conventos de religiosas.
El obispo de Amiens le nombró en 1640 canónigo de su catedral.
Acusado de haber arrastrado a algunas personas piadosas y hasta a algunas religiosas a un misticismo sensual degradante, Labadie se retiró a Port-Royal, y luego a un monasterio de carmelitas cerca de Bazas.
De allí paso a Montauban y abrazó el calvinismo en octubre de 1650.
La iglesia calvinista, que entonces le parecía llena de esplendor, no fue pronto a sus ojos más que una iglesia podrida, llena de pastores ignorantes, perezosos, corrompidos, una iglesia necesitada urgentemente de reforma.
Así lo decía abiertamente en sus conversaciones y en sus sermones, lo cual le atrajo la enemistad de muchos.
Expulsado de Montauban, de Orange, de Ginebra y de Middelburg (Holanda), fundó una secta en Vecre, luego en Amsterdam, de donde tuvo que huir en 1670 con medio centenar de seguidores para refugiarse primero en Herford (Westfalia) y luego en Altona, donde murió el 13 de febrero de 1674.
Después de su muerte, sus partidarios se retiraron a un castillo de la Frisia occidental, en Waltha, donde vivieron juntos del fruto de sus trabajos, con el mismo vestido, con la misma comunidad de bienes, fabricando tela, jabón y objetos de hierro.
Los Labadistas desaparecieron en 1744.
Su fundador formuló su doctrina en diversos escritos poco conocidos (Cf.
N ICÉRON, Mémoires pour servir a l'histoire des hommes illustres dans la République des Lettres.
Paris 1727-1745, tomo XVIII, 386-411, y las rectificaciones del abate G OUJET, ibíd., tomo XX, 140-169). 176
Es un sacerdote apóstata, que pasaba por ser un gran predicador y que después de haber hecho mucho daño en Picardía y más tarde en Gascuña, se ha hecho hugonote en Montauban; y por un libro que ha escrito sobre su pretendida conversión 9, declara que, después de haber sido jansenista, ha visto que la doctrina que allí se defiende coincide con la fe que ha abrazado.
En efecto, señor obispo, los ministros se jactan en sus sermones, al hablar de esas personas, de que la mayor parte de los católicos están de su lado y que pronto vendrán los demás.
Si esto es así, ¿qué no habrá que hacer para apagar este fuego que da la ventaja a los enemigos jurados de nuestra religión?
¿Quién no se echará sobre ese pequeño monstruo que empieza a devorar a la iglesia y que acabará destruyéndola, si no lo ahogamos en su nacimiento?
¿Qué no querrían haber ya hecho tantos valientes y santos obispos que ahora viven, si hubieran vivido en tiempos de Calvino?
Ahora es cuando se palpa la culpa de los de aquel tiempo, por no haberse opuesto con firmeza a una doctrina que iba a causar tantas guerras y divisiones.
Es que entonces había mucha ignorancia sobre esto; pero ahora, que nuestros señores obispos son más sabios, se muestran también más celosos.
Así es el señor obispo de Cahors 10, que me ha escrito últimamente que le habían enviado un libelo difamatorio contra dicha carta 11. «Es el espíritu de la herejía — me dice _, que no puede tolerar las justas correcciones y reprimendas y se arroja inmediatamente en manos de la violencia y de la calumnia».
Y como yo le pedía que se cuidase, debido a un percance que ha sufrido su salud, me decía: «Le aseguro que lo haré, con la ayuda de Dios, aunque sólo sea para encontrarme en el combate que preveo habrá de venir»... «Espero que con la ayuda de Dios los venceremos» 12 Estos son los sentimientos de este buen prelado Los mismos se espera que sean también los suyos, señor obispo, que anuncia y manda anunciar en su diócesis las opiniones comunes de la Iglesia y que sin duda estará deseoso de que se pida que ________ 9.
Déclaration de sentiments de Jean Labadie, ci-devant prêtre, prédicateur et chanoine d'Amiens.
Montauban 1651. 10.
Alano de Solminihac. 11.
Las Considérations de Arnauld. 12.
Véase la carta 1382. 177
Tomo IV · página PDF 179VINCENTIUS es una herramienta de consulta. Para trabajos académicos recomendamos verificar siempre la referencia en la edición original indicada.