Carta · tomo IV
A NICOLAS PAVILLON Y ESTEBAN CAULET
que la familia verá en usted el mejor ejemplo de sumisión y de confianza que todos deben al superior 2. 1427 [1367,IV ,204-210] A NICOLAS PAVILLON Y ESTEBAN CAULET [Junio de 1651] 1 Señores obispos: He recibido con el respeto que debo a su virtud y a su dignidad la carta que me han hecho el honor de escribirme, a finales de mayo, en respuesta a las mías, sobre el tema de las cuestiones de estos tiempos, en la que veo muchos pensamientos digno del rango que ustedes ocupan en la Iglesia y que parecen inclinarles a ustedes a seguir el partido del silencio en las presentes circunstancias.
No dejaré, sin embargo, de tomarme la libertad de exponerles algunas razones que quizás puedan moverles a otros sentimientos; les suplico, señores obispos, postrado en espíritu a sus pies, que excusen mi atrevimiento.
En primer lugar, sobre lo que dicen que tienen miedo de que el juicio que se espera de la Santa Sede no sea recibido con la sumisión y la obediencia que todos los cristianos deben a la voz del soberano Pastor y que el Espíritu de Dios no encuentra suficiente docilidad en los corazones para realizar en ellos una verdadera unión, les manifestaré de buena gana que, cuando las herejías de Lutero y de Calvino, por ejemplo, empezaron a surgir, si se hubiera esperado a condenarlas hasta que sus seguidores hubieran demostrado estar dispuestos a someterse y a reunirse con los demás, esas herejías seguirían estando todavía en el número de las cosas indiferentes que se pueden se________ 2.
El destinatario de esta carta se quedó en aquella casa después de su deposición.
Carta 1427.
— ABELL Y, o.c., II, cap.
XII, 422.
El texto que nos ofrece C OLLET, o.c., I, 540, contiene algunas pequeñas variantes. 1.
COLLET indica: «La carta de los dos obispos, que obra en mi poder, es del 22 de abril».
Y añade: «Parece ser que el santo no la recibió hasta finales del mes de mayo». 200
guir o dejar, y habrían contagiado a muchas más personas de las que contagiaron.
Así pues, si estas opiniones, cuyos efectos tan perniciosos vemos en las conciencias, son de la misma naturaleza, en vano esperaremos a que sus sembradores se pongan de acuerdo con los defensores de la doctrina de la Iglesia.
Es eso precisamente lo que no se puede esperar y lo que nunca se hará.
Retrasarse en obtener la condenación de la Santa Sede es darles tiempo para que sigan esparciendo su veneno y es igualmente arrebatar a muchas personas de condición y de gran piedad el mérito de la obediencia que han prometido rendir a los decretos del Santo Padre, apenas aparezcan.
Lo único que ellos desean es conocer la verdad y, aguardando el efecto de estos deseos, permanecen todavía de buena fe en ese partido, dándole mayor número y fuerza por ese medio, habiéndose apegado a él por la apariencia de bien y por la reforma que predican, que es la piel de oveja con que siempre se han cubierto los verdaderos lobos para seducir y aprovecharse de las almas.
En segundo lugar, señores obispos, lo que ustedes dicen de que el calor que ponen los dos partidos por sostener sus respectivas opiniones deja pocas esperanzas para una nueva unión, a la cual habría que llegar por encima de todo, me obliga a decirles que no es posible conseguir esa unión en la diversidad y contrariedad de los sentimientos en materia de fe y de religión, más que apelando a un tercero, que no puede ser más que el Papa, a falta de concilios; y que el que no quiera unirse de este modo no es capaz de ninguna unión, que fuera del Papa ni siquiera es de desear; porque las leyes nunca podrán conciliarse con los crímenes, así como tampoco la mentira puede estar de acuerdo con la verdad.
En tercer lugar, esa uniformidad que ustedes desean entre los prelados sería muy de apetecer, con tal que fuera sin perjuicio de la fe; porque no puede haber unión en el mal y en el error.
Pero cuando tuviera que hacerse esa unión, le tocaría a la minoría ponerse de acuerdo con la mayoría, al miembro le correspondería unirse a su cabeza.
Y es eso precisamente lo que se propone, ya que por lo menos de cada seis prelados hay cinco que se han ofrecido a atenerse a la que diga el Papa, a 201
Tomo IV · página PDF 203falta de concilio, que no puede reunirse por culpa de las guerras.
Y aun cuando de esto se siguiera la división y, si ustedes quieren, el cisma, no habría que seguir a los que no quieren juez ni atenerse a la mayoría de obispos, con los que no quieren tener nada que ver, lo mismo que tampoco con el Papa.
Y de aquí se sigue una cuarta razón, que sirve de respuesta a lo que ustedes me dicen, de que cada uno de los partidos cree que la razón y la verdad están de su lado.
Confieso que así es; pero saben ustedes muy bien que todos los herejes han dicho otro tanto y que sin embargo eso no les ha librado de la condenación y de los anatemas que contra ellos han pronunciado los Papas y los concilios.
Nunca se ha visto que la unión con ellos haya sido un medio para curar el mal; al contrario, se les ha aplicado el hierro y el fuego, aunque a veces demasiado tarde, como podría suceder aquí.
Es verdad que un partido acusa al otro, pero con la diferencia de que uno pide jueces y el otro no los quiere, lo cual es una mala señal.
No desea ningún remedio, repito, por parte del Papa, del que sabe que es posible, y simula desear el del concilio, porque lo cree imposible en las circunstancias actuales; y si creyera que es posible, lo rechazaría lo mismo que rechaza al otro.
Y no será a mi juicio ningún motivo de burla para los libertinos ni para los herejes, lo mismo que de escándalo para los buenos, el ver a los obispos divididos; porque, además de que el número de quienes no quieren firmar las cartas escritas al Papa para ello será muy pequeño, no es nada extraordinario en los antiguos concilios el que no todos sean de la misma opinión; esto demuestra igualmente la necesidad de que intervenga el Papa, ya que, como vicario de Jesucristo, es cabeza de toda la Iglesia y por consiguiente el superior de los obispos.
En quinto lugar, no veo por qué la guerra, extendida casi por toda la cristiandad, le impide al Papa juzgar con todas las condiciones y formalidades necesarias y prescritas por el concilio de Trento en las materias que él encomienda plenamente a Su Santidad, a quien de ordinario han consultado y apelado muchos santos y antiguos prelados en las dudas de la fe, incluso estando reunidos, como vemos en los santos Padres y en los anales 202
Tomo IV · página PDF 204eclesiásticos.
Pues bien, la afirmación de que no se aceptará su decisión está tan lejos de tener motivos para temerlo que más bien puede ser éste el mejor medio para distinguir así a los verdaderos hijos de Dios y a los obstinados en el error.
En cuanto al remedio que ustedes proponen de prohibir severamente a ambos partidos que sigan dogmatizando, les suplico humildemente que consideren que ya se ha probado inútilmente y que esto ha servido solamente para dar más facilidades al error; porque, al verse tratado al mismo nivel que la verdad, ha buscado su expansión y ha sido atacado demasiado tarde, dado que esta doctrina no afecta solamente a la teoría, sino que, al consistir también en la práctica, las conciencias no pueden ya soportar la vacilación y la inquietud que nace de esa duda y que se va formando en el corazón de cada uno, sobre si Jesucristo ha muerto por él o no, y cosas semejantes.
Hemos visto a personas que, al oír que algunos les decían a los moribundos, para consolarles, que tuvieran confianza en la bondad de Nuestro Señor, que había muerto por ellos, les decían a los enfermos que no se fiasen de esas palabras, ya que Nuestro Señor no había muerto por todos.
Permítanme además, señores obispos, añadir a estas consideraciones que los que profesan las nuevas ideas, al ver que se temen sus amenazas, las exageran y se preparan para una fuerte rebelión; se sirven del silencio de ustedes como un poderoso argumento en su favor e incluso se jactan, como resulta de un impreso que han publicado, de que ustedes son de su opinión 2; y por el contrario, los que se mantienen en la simplicidad y en la antigua creencia se asustan y se desaniman, al ver que no les sostienen ustedes.
¿Les gustaría acaso a ustedes, señores obispos, que su nombre sirviera, aunque fuera en contra de sus intenciones, que son totalmente santas, para confirmar a unos en su obstinación y para debilitar a los otros en sus creencias?
Sobre el remedio de dejar la cosa para un concilio universal, ¿es que puede convocarse durante estas guerras?
Pasaron cua________ 2.
Arnauld escribe en sus Considérations, 7: «Se puede decir que todos los obispos que no han firmado esta carta la desaprueban y la atacan».
¿Hará alusión san Vicente a estas palabras? 203
renta años desde que Lutero y Calvino empezaron a perturbar a la iglesia hasta que se celebró el concilio de Trento.
Así pues, no hay remedio más a la mano que el de recurrir al Papa, a quien nos remite el mismo concilio de Trento en su última sesión, capítulo final, del que les envío un extracto.
Por otra parte, señores obispos, no hay por qué temer que no se obedezca al Papa, como es justo, después de que él haya pronunciado sentencia; pues, aparte de que esta razón de temer la desobediencia tendría lugar en todas las herejías, a las que en consecuencia habría que dejar que reinasen impunemente, tenemos un ejemplo muy reciente en la falsa doctrina de las dos pretendidas cabezas de la Iglesia, que salió de la misma botica: cuando el Papa la condenó, se obedeció a su juicio y no volvió ya a hablarse de esa nueva opinión.
Ciertamente, señores obispos, todas estas razones y muchas otras que ustedes conocen mejor que yo, me gustaría a mí oírselas a ustedes, a quienes reverencio como a padres y como a doctores de la Iglesia.
Son, por otra parte, las que han hecho que hayan sido pocos los prelados de Francia que se hayan negado a firmar la carta que les envié 3, o bien otra distinta que luego dictaron esos mismos prelados, que ha gustado mucho y de la que les envío una copia, por si acaso les gusta a ustedes más que la anterior 4. ________ 3.
ABELL Yse detiene aquí; lo que sigue está sacado de COLLET. 4.
El obispo de Alet no perdonó nunca a san Vicente su actitud hostil al jansenismo.
Alano de Solminihac advirtió, en una «reunión de varios prelados y otros eclesiásticos», que nadie se mostraba «menos aficionado» y «más contrario» al santo que Nicolás Pavillon, y encargó incluso al superior de su seminario que avisara de ello al santo.
Era en 1651.
Este se mostró visiblemente emocionado por esta noticia. «Entonces, nos cuenta Gilberto Cuissot, empezó a decirme: ¡ Ay, padre!
¡Qué pena que a los que más hemos servido. ..!; pero al ver que me iba ya a descubrir su corazón, se detuvo enseguida..., me hizo hablar de otra cosa, diciendo: Pero dejemos esto ...» (Nota manuscrita de Gilberto Cuissot, archivo de la Misión). 204
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