Carta · tomo IV
A AQUILES LE VAZEUX, ASISTENTE DE ROMA
1544 [1478,IV ,347-349] A AQUILES LE VAZEUX, ASISTENTE DE ROMA 1 Viernes santo 2 de 1652 Todos los días me da usted motivos para alabar a Dios por su afecto a la compañía y por su vigilancia en los asuntos.
Así lo hago de todo corazón.
Pero también debo decirle, como le dijo Nuestro Señor a Marta, que hay demasiada solicitud en su conducta y que sólo una cosa es necesaria, que es fiarse más de Dios y de su providencia que lo que usted hace.
Es bueno prever las cosas cuando las sometemos a él; pero se cae en el exceso cuando uno se afana en evitar algo que estamos temiendo; esperamos más de nuestros esfuerzos que de su providencia y hacemos mal en adelantarnos a sus órdenes con nuestros desórdenes, que es lo que hace que nos apaguemos más a la prudencia humana que a su palabra.
Ni un pajarillo, ni un cabello de nuestras cabezas caen a tierra más que por disposición suya; y usted duda de que nuestra congregación pueda sostenerse si no acudimos a tales y tales precauciones, si no hacemos esto o aquello, de forma que, si nos retrasamos, podrían otros levantarse sobre nuestras ruinas.
Resulta, dice usted, que está surgiendo otro proyecto de congregación; hay que oponerse a él.
Resulta que el señor Authier viene a Roma con la intención de ponerse por encima de nosotros con la excusa de que no podemos misionar en las ciudades y quizás con la de que no hacemos votos; hay que impedírselo, pues si no, todo está perdido.
Poco más o menos es éste el sentido de sus cartas.
Y lo peor ________ Carta 1544.
— Reg. 2, 257. 1.
Véase la carta 1501, nota 1. 2. 29 de marzo. 330
es que su espíritu tan vivo se apresura a hacer lo que dice y que con su ardor piensa que tiene luz suficiente para verlo todo, sin recurrir a la de los demás.
Ha puesto usted obstáculos a las intenciones del señor de Ventadour, y no debería haberlo hecho jamás sin nuestro consentimiento.
Le escribí ya entonces, previendo el choque que iba a haber.
Y si luego no le dije que desaprobaba su proceder, fue porque ya no había más remedio.
Más valdría que hubiera cien proyectos de Misiones, aunque fueran perjudiciales a nuestro instituto, que impedir uno bueno, como es éste, con la excusa de mantenernos nosotros; porque, aparte de que ese proyecto para las Indias es al parecer una obra que Dios suscita, molestaríamos a un gran número de personas distinguidas y virtuosas y demostraríamos en ello más envidia o ambición que verdadero celo, pues la verdad sería que, si tuviéramos celo, veríamos con gusto que todo el mundo profetizase, que Dios enviase buenos obreros y nuevas comunidades a su Iglesia, que su fama creciese y que la nuestra disminuyese.
En nombre de Dios, padre, tengamos en él más confianza que la que tenemos; dejémosle conducir nuestra barquilla; si le es útil y agradable, la salvará del naufragio.
Y en vez de que la grandeza y la muchedumbre de las otras obliguen a sumergirse, vogará por el contrario con mayor seguridad en medio de tan hermosos bajeles, con tal que camine derecha hacia su fin y no se ponga a entorpecer la marcha de las otras.
Siga escribiéndome con lo que pasa y también con lo que usted piensa.
Pero no intente nada de importancia sin el parecer del padre Dehorgny y el mío.
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