Carta · tomo IV
A UN SACERDOTE DE LA MISIÓN, DE TROYES
4 de abril de 1652
nuestro, y por este motivo antiguo amigo mío, para ayudarle a que se le satisfaga en un daño que se le ha hecho.
Ya sabe el señor abad la obligación que tenemos de servir a los parientes de los que nos han adoptado como padres y que no hay ninguna persona en el mundo que sea más que yo su humilde servidor.
V ICENTE DEPAUL indigno sacerdote de la Misión Dirección: Al señor abad Olier. 1548 [1481,IV ,353-355] A UN SACERDOTE DE LA MISIÓN, DE TROYES 4 de abril de 1652 Me he alegrado mucho de recibir su carta.
No dudo de que su padre y su madre se sentirían muy consolados al ver a toda la familia reunida, y yo mismo participaría de su consuelo si le viera al pasar por aquí; pero no puedo aconsejarle que vaya, ya que Nuestro Señor nos ha dejado un consejo totalmente contrario, cuando no quiso que uno de sus discípulos fuera a su pueblo a enterrar a su padre muerto, ni que otro fuera a vender sus bienes para distribuírselos a los pobres.
Sin embargo, se trata de motivos muy santos y muy urgentes.
A ese consejo añadió su propio ejemplo: ya sabe usted que no volvió a su pueblo más que una sola vez, y lo que le sucedió entonces, esto es, que los suyos quisieron precipitarlo desde lo alto de una montaña.
Así lo permitió, según creo, para representarnos espiritualmente los peligros a que uno se expone con semejantes visitas que, según la experiencia que tenemos, son mayores y más ordinarios de lo que podría decirle; mientras le escribo, estamos experimentándolo así con una persona de la compañía.
Por eso, padre, hará usted una acción muy agradable a Dios, ________ Carta 1548.
— Reg. 2, 318. 335
mortificando los deseos que la naturaleza tiene de hacer ese viaje.
Si dice que sus padres desean verlo, es verdad; pero ese deseo es natural y no divino; y se quedarán muy edificados cuando sepan que, por amor de Dios, se priva usted de esa satisfacción.
Si añade que sus hermanos y su tío, que son religiosos, no dejan por esas razones de acudir a la profesión de su hermana, le creeré; pero debe usted considerar que ellos están más cerca que usted y que la ocasión de cosechar no les urge tanto como a usted, ya que es ahora mismo cuando puede procurar la salvación de las almas y ganar muchas para Cristo.
Juzgue usted mismo, padre, si no es preferible dedicarse a esta tarea y si no sentirá usted, en la hora de la muerte, un gozo indecible por haberse mantenido firme en la tarea, cuando la carne y la sangre se empeñaban en apartarle de ella.
Por otra parte debo decirle que los caminos son muy peligrosos en este tiempo de agitaciones y de revueltas; y, según las apariencias, lo serán más todavía en el futuro.
Le aseguro además que yo mismo querría practicar este consejo que le doy, lo mismo que hacen los demás de la compañía, que ponen mucha dificultad en abandonar las obras de Dios por sus asuntos temporales, y mucho menos por una satisfacción pasajera, como ir uno a su casa y verse con los suyos; porque, cuando llega la hora de la separación, todo es dolor y lágrimas; y lo que es peor, muchas veces sólo quedan motivos de distracción para los servidores de Dios que, habiendo recibido en su espíritu impresiones y sentimientos poco conformes con su estado, pierden a veces el afecto que tenían a sus ejercicios.
El padre Alméras no ha visitado a su padre, desde que entró en la compañía, más que una sola vez que cayó enfermo.
Le ruego, padre, que considere todo esto y que se entregue a Dios para no interrumpir su tarea, mientras él la siga bendiciendo como hace, acordándose de que, además de la gloria que su divina Majestad recibirá de este sacrificio, será usted más agradable a sus ojos, más apto para servir al prójimo y más edificante para la compañía, que tiene tantos motivos para dar gracias a Nuestro Señor, como yo lo hago, por haberle entregado a ella y por los bienes que usted hace. 336
Tomo IV · página PDF 338VINCENTIUS es una herramienta de consulta. Para trabajos académicos recomendamos verificar siempre la referencia en la edición original indicada.