Carta · tomo IV

JUAN LE VACHER, SACERDOTE DE LA MISIÓN, A SAN VICENTE

Tipo
Carta
Tomo
IV
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371
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pido a Nuestro Señor, reverenda madre, que suscite algunas buenas personas que les proporcionen los medios para poder continuar sus servicios en esos pobres miembros suyo.

Es lo que me atrevo a esperar de su paternal providencia, que es adorable en toda ocasión Tengo una confianza especial en sus oraciones, aunque me siento indigno de participar de ellas; se lo suplico, sin embargo, con toda la humildad que me es posible, con el deseo de que quiera Dios concederme la gracia de servirle, pues soy en su amor, reverenda madre, su muy humilde y obediente servidor.

V ICENTE DEPAUL indigno sacerdote de la Misión Dirección: A la reverenda madre Superiora de las religiosas de la Misericordia del Hospital de Québec. 1558 [1491,IV ,371-372] JUAN LE VACHER, SACERDOTE DE LA MISIÓN, A SAN VICENTE [Túnez, entre 1647 y 1660] 1 La esclavitud es tan rica en desventuras que el final de la de unos es el comienzo de la de otros.

Entre los esclavos de este lugar, además de los de los baños, me he encontrado con cuarenta encerrados en un establo tan pequeño y tan estrecho que apenas podían moverse.

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No recibía el aire más que por un tragaluz, cerrado con una reja de hierro, que estaba en la parte superior de una bóveda.

Todos estaban encadenados de dos en dos y continuamente encerrados, aunque tenían que trabajar en moler trigo en un pequeño molino de brazos, con la obligación de moler cada día cierta cantidad determinada que superaba a sus fuerzas.

Lo cierto es que esas pobres gentes están ________ Carta 1558.

— ABELL Y, o.c., II, cap.

I, sec.

VII, art. 9, 1.ª ed., 127. 1.

Tiempo durante el que Juan Le Vacher estuvo en Túnez en vida de san Vicente. 350

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verdaderamente alimentadas por el pan del dolor y pueden muy bien decir que lo comen con el sudor de sus cuerpos en este lugar apretado y con un trabajo tan excesivo.

Poco tiempo después de haber entrado allí para visitarles mientras los estaba abrazando en tan lamentable estado, oí gritos confusos de mujeres y de niños, mezclados con gemidos y llantos; levanté los ojos hacia el tragaluz y vi que se trataba de cinco pobres jóvenes cristianas esclavas, de las que tres tenían cada una un niño; todas ellas estaban en extrema necesidad.

Pues bien, como habían oído el ruido de nuestros saludos, habían corrido hacia el tragaluz para saber lo que pasaba; y cuando supieron que yo era sacerdote, el dolor tan grande que les apretaba el corazón les hacía prorrumpir en lágrimas y sollozos, para pedirme un poquito del consuelo que estaba intentado darles a los hombres aquellos.

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Le confieso que en aquellos momentos me vi casi abatido del dolor, viendo por un lado a aquellos pobres esclavos que apenas podían sostenerse por el peso de sus cadenas, y por otro al escuchar los lamentos de aquellas pobres mujeres y los gritos de aquellos pequeños inocentes.

La más joven de ellas se ve muy perseguida por su amo, que quiere hacerle renegar de la fe de Jesucristo para casarse con ella.

¡Ay!

¡Cuánto mejor empleada estaría una parte de los millones que los cristianos utilizan en vanidades superfluas y en lujos si se utilizara para ayudar a estas pobres almas en medio de tantas amarguras como las sofocan!

Ayudado de la gracia de Dios, he procurado socorrer a los hombres y a las mujeres con lo que pude.

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Pero estamos en un país donde hemos de comprar con dinero contante y sonante la posibilidad de hacer el bien a estos desgraciados; pues, para obtener permiso para hablarles, hemos tenido que dar dinero a sus patronos, así como también para que les quitaran las cadenas a los esclavos de algunas galeras que estaban preparados para viajar y hacérmelos llevar a los baños, no ya a todos juntos en tropel, sino a uno después de otro, para poder confesarles, decirles la santa misa y darles la comunión Finalmente lo hemos hecho así, con mucho fruto y bendición, gracias a Dios. 351

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