Carta · tomo IV
A LA SEÑORITA DAVID
1599 [1530,IV ,441-443] A LA SEÑORITA DAVID Día último de julio de 1652 Señorita: La gracia de Nuestro Señor sea siempre con nosotros.
Las cartas que usted escribió al padre David, su hermano y que he leído, siempre me han parecido llenas de piedad y de buenos sentimientos y me han hecho ver que es usted totalmente de Dios, como una verdadera hija de Nuestro Señor, que sólo busca anhelante su voluntad y que siempre desea que se cumpla en todo cuanto le atañe.
Según esto, señorita, no necesito de ningún otro prólogo para anunciarle que Dios ha querido disponer de su hermano el padre David.
Le bastará a usted saber que ha sido Dios el que lo ha querido así para que bese la mano de quien le ha privado de una persona tan querida.
No dudo, sin embargo, de que sentirá usted un gran dolor, dada la bondad de su naturaleza y que la gracia no destruye los sentimientos naturales.
Le pido a Nuestro Señor que es el único consolador en estas aflicciones, que sea también el suyo; a usted le ruego que contribuya de su parte a calmar en lo posible su pena.
Las razones que tiene para ello son las siguientes: en primer lugar, la voluntad de Dios, que ha querido recompensar a su querida alma por los servicios que le ha rendido y por todos los que deseaba rendirle, especialmente en la isla de Madagascar, por la conversión de los infieles de los que usted habrá oído hablar.
Era una empresa apostólica que no ha podido llevar a cabo, pero su voluntad será considerada delante de Dios como un hecho.
En segundo lugar, el trabajo que estaba realizando cuando cayó enfermo, que es de lo más santo que se puede tener sobre la tierra, a saber, asistir a los miembros sufrientes de Jesucristo espiritual y corporalmente en la persona de los pobres habitantes de Etampes y de sus alrededores, en donde se había detenido por algún tiempo el ejército, dejándolos a casi ________ Carta 1599.
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todos enfermos y a todos ellos arruinados, de forma que la mayor parte habrían perecido sin la ayuda de París, que les llevó ese buen misionero junto con algunos otros que todavía se encuentran en aquel lugar y que me han escrito cómo se portó en esta obra con una exactitud, un celo y una caridad tan grande como hubiera podido hacerlo una persona bajada del cielo; en el poco tiempo que estuvo trabajando allí, que fue solamente de 10 ó 12 días, se conquistó la estima y el afecto de toda la ciudad.
Nuestra compañía ha perdido mucho con él.
Todos los que lo conocieron lo sienten mucho, y yo más que todos, pues esperaba frutos muy importantes, en bien de las almas, de la gracia y de los talentos que tenía.
Y en tercer lugar, es una dicha para él el haberse retirado, tan joven como era, de la corrupción de este mundo, en donde las ocasiones del mal son tan frecuentes y las miserias tan grandes que nos obligan a los vivos a pensar que son bienaventurados los muertos que ya no están sometidos a ellas.
Y esto es lo que podemos decir de este buen sacerdote, que no había saboreado las falsas dulzuras ni las verdaderas amarguras de este siglo, ya que fue llamado desde su infancia al servicio de Dios y vivió luego entre nosotros totalmente entregado a la práctica de las virtudes y a los ejercicios de su vocación, para convertirse en un buen obrero evangélico y por este medio asegurar su salvación procurando la de los demás; en esto estaba trabajando, como le he dicho, con mucho entusiasmo y mucho fruto, cuando quiso Dios enviarle una fiebre continua, que al día séptimo de su enfermedad le obligó a delirar hasta que al día décimo quinto lo puso en posesión de la gloria de su Señor, como tenemos motivos para creer.
No dejo de encomendarlo a sus oraciones ante la incertidumbre de los juicios de Dios, que nos deben mantener en temor mientras estamos todavía en medio de las agitaciones de esta vida, que es como un mar tempestuoso en donde naufragan los que no se unen a Jesucristo y cumplen con las obligaciones de su estado, como las cumplió nuestro querido difunto.
Quiera su divina bondad concedernos esta misma gracia y darme la ocasión para poder servirle alguna vez, ya que me ha hecho en su santo amor, señorita, su... 414
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