Carta · tomo IV

A FELIPE LE VACHER, SACERDOTE DE LA MISIÓN, EN ARGEL 1

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Carta
Tomo
IV
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120
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1653 [1297,IV ,120-123] A FELIPE LE VACHER, SACERDOTE DE LA MISIÓN, EN ARGEL 1 [1652] 2 Doy gracias a Dios por el buen tino que ha tenido usted para hacerse reconocer misionero apostólico y vicario general de Cartago; si ha procedido prudentemente en este asunto, más aún tendrá que proceder en el ejercicio de este cargo.

No tiene que tener ningún miramiento con los abusos, cuando vea usted que de ellos puede seguirse algún mal; saque todo el bien que pueda de los sacerdotes y religiosos esclavos, de los mercaderes y de los cautivos, por caminos de mansedumbre, sin acudir a la severidad más que en casos extremos, no sea que el mal' que ya sufren por culpa de su cautividad, junto con el rigor que usted practicase en virtud de sus poderes, los lleve a la desesperación.

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No es usted responsable de su salvación, según cree; usted ha sido enviado a Argel únicamente para consolar a las almas afligidas, para animarlas a sufrir y ayudarlas a perseverar en nuestra santa religión; esa es su principal tarea, y no el cargo de vicario general, que no ha aceptado usted más que en cuanto que puede servirle de medio para llegar al fin mencionado; porque es imposible ejercerlo en rigor de justicia sin aumentar las penas de esas pobres gentes, y sin darles casi motivos para que pierdan la paciencia y para que se pierda us________ Carta 1653.

— ABELL Y, o.c., II, cap.

I, sec.

VII, art. 6, 115. 1.

El destinatario de esta carta, a quien no nombran Abelly ni COLLET, era misionero apostólico en Argel, vicario general de Cartago y sucedía a varios «sacerdotes difuntos» de la congregación de la Misión.

Por tanto, nuestra elección se limita a los cuatro vicarios generales de Cartago nombrados bajo san Vicente, a saber, los padres Nouelly, Le Sage, Dieppe y Felipe Le Vacher, o mejor a los dos últimos.

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Es poco probable que la carta haya sido dirigida al padre Dieppe, que no estaba aún en Argel el 4 de marzo de 1649, al menos según pensaba el santo (cf. carta 1145), y que murió el 2 de mayo siguiente.

Sólo queda pensar en Felipe Le Vacher.

Si A BELL Yno lo nombra, es probablemente porque este misionero vivía aún cuando apareció su obra. 2.

Véase la carta 1274. 497

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ted mismo.

Sobre todo, no hay que empeñarse en abolir demasiado aprisa las cosas que están en uso entre ellos, aun cuando sean malas.

Una persona me citaba el otro día un bonito pasaje de san Agustín, que dice que hay que guardarse mucho de atacar inmediatamente un vicio que reina en un lugar, pues entonces se chocaría contra los espíritus en quienes está inveterada esa costumbre, de forma que ya no sería posible obrar entre ellos ningún bien, como hubiera podido conseguirse empleando algún rodeo.

Le ruego, pues, que se muestre condescendiente con la debilidad humana en todo cuanto pueda; ganará mejor a los eclesiásticos esclavos compadeciéndose de ellos que corrigiéndolos y siendo severo con ellos.

Ellos no carecen de luces, sino de fuerzas, y esa fuerza se les puede dar mejor con la unción de las palabras y del buen ejemplo.

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No digo que sea menester aprobar o permitir sus desórdenes; lo que digo es que los remedios tienen que ser suaves y benignos, en la situación en que están, y aplicados con gran precaución, debido al lugar y al perjuicio que podrían causar, si usted les disgusta, no solamente a usted, sino al cónsul y a la obra de Dios, pues podrían causar una mala impresión entre los turcos, que se servirían de esa excusa para no tolerar su presencia entre ellos.

Deberá además evitar otro escollo entre los turcos y los renegados.

En nombre de Dios, padre, no tenga usted ningún trato con esa gente; no se exponga a los peligros que le podrían venir de allí, ya que al exponerse a ellos, como le dije, lo expondría usted todo y causaría un grave daño a los pobres criados esclavos, que en ese caso dejarían de recibir asistencia, y cerraría usted la puerta en el futuro a la libertad presente que ahora tenemos para poder hacer algún servicio a Dios en Argel y en otros lugares.

Fíjese en el mal que podría hacer por un pequeño bien aparente.

Es más fácil y de mayor importancia impedir que se perviertan muchos esclavos que convertir a un solo renegado.

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Un médico que preserva del mal tiene mayor mérito que si lo curara.

No se le ha encargado a usted de las almas de los turcos ni de los renegados, y su misión no se extiende a ellos, sino a los pobres cristianos cautivos.

Y si, por alguna razón de especial importancia, se ve usted obligado a tratar con los del país, no lo haga a no ser de acuerdo con el 498

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cónsul 3, con el que le ruego que se muestre de acuerdo en todo cuanto le sea posible.

Tenemos muchos motivos para dar gracias a Dios por el celo que le da a usted por la salvación de los pobres esclavos; pero ese celo no es bueno si no es discreto.

Parece ser que ha emprendido demasiadas cosas al principio, como querer celebrar una misión en los baños, intentar poner allí su residencia e introducir entre esas pobres gentes nuevas prácticas de devoción.

Por eso le ruego que siga las costumbres de nuestros sacerdotes difuntos que le han precedido.

Muchas veces se estropean las buenas obras por ir demasiado aprisa, ya que obra uno según sus inclinaciones, que dominan sobre el espíritu y la razón, y hacen ver que el bien que se ve como posible es hacedero y oportuno, Sin que lo sea en realidad; luego, lo único que puede hacerse es reconocer que se ha fracasado.

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El bien que Dios quiere se realiza casi por sí mismo, sin que se piense en ello; así es como nació nuestra congregación, como empezaron los ejercicios de las misiones y de los ordenandos, como se fundó la compañía de las hijas de la Caridad, como se estableció la de las damas para la asistencia de los pobres del hospital de París y de los enfermos de las parroquias, como se emprendió el cuidado de los niños expósitos, y en fin como empezaron todas las obras que actualmente llevamos entre manos.

Ninguna de esas obras se emprendieron por nuestra cuenta y siguiendo nuestros planes, sino que Dios, que deseaba ser servido en esas ocasiones, las suscitó él mismo casi sin darnos cuenta y se sirvió de nosotros, sin que supiéramos hasta dónde íbamos a llegar.

Por eso tenemos que dejarle hacer, sin que nos afanemos por el progreso ni por el comienzo de esas obras.

¡Dios mío!

¡Cuánto deseo, padre, que modere usted sus ardores y que pese maduramente las cosas con el peso del santuario antes de decidirlas!

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Sea usted más bien paciente que agente; así es como Dios hará por medio de usted solo lo que todos los hombres juntos no podrían hacer sin él. ________ 3.

El hermano Barreau. 499

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