Carta · tomo IV
FRANCISCO CHARLES, SACERDOTE DE LA MISIÓN, A SAN VICENTE
14 de marzo de 1653
Por otra parte, es otra razón el que si, por sus malos tratos, él mismo le obligó a dejarlo, le siga usted debiendo algo; dudo mucho de que así sea; por eso le ruego que se quede tranquilo por esta parte y que se una cada vez más a Nuestro Señor mediante el desprendimiento de las cosas de la tierra. 1667 [1595,IV ,554-558] FRANCISCO CHARLES, SACERDOTE DE LA MISIÓN, A SAN VICENTE 14 de marzo de 1653 Padre: Le pido su bendición.
Hace ocho días que le envié noticias de la muerte del padre Guérin, nuestro queridísimo y dignísimo superior, que no vivió más que cuatro o cinco semanas después de la del padre Gurlet, a quien ha seguido muy de cerca; esto parece ser lo que le dio a entender al padre Gurlet durante su enfermedad, cuando se dirigió al padre Guérin y le preguntó si estaba dispuesto a partir y marcharse con él; le urgía frecuentemente y con fuerza para ello, como si no hubiera querido marcharse sin llevárselo en su compañía, diciéndole que le vendría a buscar.
Una vez se levantó de la cama y vino a calentarse en camisa junto al fuego y pidió que fueran a buscar y le trajeran sus papeles, queriendo echarlos al fuego y quemarlos (lo cual era una señal de que se acercaba su muerte).
Entonces el padre Guérin lo quiso detener y recoger sus papeles, pero el padre Gurlet se levantó, le dio en la cabeza y le dejó una cicatriz por encima del ojo, que conservó desde entonces y se notaba mucho en su enfermedad, haciéndose aún más visible después de su muerte, llevándosela a la tumba con el padre Gurlet, a cuyo lado fue enterrado en la iglesia de Nuestra Señora de An________ Carta 1667 — Para la primera parte de esta carta hasta «la conversión de esta pobre ciudad» hemos utilizado una copia antigua, que ha perdido últimamente una hoja y que se conserva en los archivos de la Misión.
De esta copia conocemos una nueva copia reciente y completa pero desgraciadamente retocada; a falta de algo mejor, seguimos este último texto en la segunda parte de la carta. 517
necy.
He creído que tenía que darle a usted noticia de todo ello por segunda vez, para que si por casualidad se extraviaban las cartas anteriores por el camino, ésta supliese su defecto y le diera a conocer estas noticias.
También he pensado que sería conveniente añadir aquí juntamente alguna cosa sobre las virtudes que hemos advertido en él, según la costumbre y la práctica de la compañía en casos semejantes, después de haber estado hablando ayer de ellas, el padre Huitmille y yo, con el hermano Francisco, en una especie de conferencia, en la que se dijeron cosas muy interesantes y de gran edificación.
Pero parece ser que nosotros no tenemos la misma perspectiva ni los mismos sentimientos de sus virtudes y perfecciones como las personas externas, que estaban más alejadas de su compañía que nosotros, que lo tratamos y frecuentamos continuamente durante tan largo tiempo.
La demasiada cercanía nos impedía descubrirlo y admirarlo y, por una extraña y desordenada desgracia, el trato frecuente y et conocimiento mutuo perjudica mucho a la estima razonable que nos gustaría hacer del bien.
Y aunque lo encontremos en alguna parte, una pequeña motita de polvo e imperfección que se pueda apreciar quita con frecuencia parte del gusto y del esplendor de las virtudes que se ven brillar en los demás; esto me hace ver que soy incapaz de reconocer las virtudes de nuestro virtuoso superior difunto y de apreciarlas como merecen.
La humildad y la sencillez, compañeras inseparables, que son el fundamento y las guardianas fieles de las demás virtudes, brillaron especialmente en él, no sólo a los ojos de los de su casa, sino también de los externos, que quedaban muy edificados de ello.
Y o observé esta sencillez en todo, hasta en las cosas más menudas.
Para ensartar los rosarios, en vez de la pequeña cinta que se usa de ordinario, él no aprobaba que se pusiera otra cosa más que un poco de hilo...
Compró un gran número de medallas para aplicarles indulgencias.
Al verlas, yo mismo me extrañé, aunque no le dije nada, porque no valían quizás ninguna de ellas ni un cuarto de céntimo, que es lo mínimo que puede haber.
Para un par de zapatos nuevos, en vez de broches comunes y corrientes, él quería que utilizásemos un trozo de simple cuero de la misma materia que los zapatos.
En los hábitos observaba lo mismo. 518
Pero esta sencillez brillaba aún con más esplendor en su conversación, en sus palabras, en sus respuestas con cualquier clase de personas de diversa calidad y condición, diciendo ingenua y sencillamente lo que pensaba, tal como lo llevaba en el corazón, de modo que todos sabían lo que pensaba, sin doblez ni disimulo, sin rebuscamiento ni afectación de palabras; esto producía un gran afecto y dejaba llenos de admiración y de estima a cuantos lo conocían.
El mismo señor obispo de Ginebra, después de su muerte, me dijo que había observado sensiblemente este espíritu de sencillez en las visitas de su diócesis durante las que él tuvo el honor de servirle y acompañarle con una sencillez de paloma, pero reconociendo también en él la prudencia de la serpiente, que le hacía hablar oportunamente de todo, pensando en todas las circunstancias y consecuencias y haciendo observaciones muy atinadas sobre todo.
Esta virtud le hacía ver a Dios con ojos sencillos y hacer todas sus acciones con gran pureza de intención, sin respetos humanos y sin fijarse siquiera en el buen ejemplo que hubiera podido dar practicando el bien delante de los hombres.
Me acuerdo a este propósito que, teniendo con él la comunicación espiritual y diciéndole que habría sido conveniente hacer ciertas cosas para la edificación del pueblo, me respondió inmediatamente que no tenía que fijarme en eso, sino hacerlo todo por Dios, como queriendo decir que había de ir directamente hacia Dios sin detenerse en otras intenciones, realmente buenas, pero menos excelentes y más peligrosas.
De esta fuente de humildad procedía igualmente su esfuerzo por hacerse todo para todos, haciéndose así admirable y digno de aprecio por los que le conocían.
Cuando se encontraba en el huerto con personas conocidas que estaban podando las viñas, se hubiera puesto con gusto a trabajar a su lado y decirles lo que sabía de ello a los demás.
Pues, en efecto, sabía de todo y estaba preparado para todo.
Sobre este buen fundamento de su bondad y sencillez fue poniendo las demás virtudes cristianas y especialmente las más apropiadas para el espíritu de su vocación, sobre todo la caridad y el celo por la salvación de las almas, que era prodigioso y realmente admirable.
Pues fuera del tiempo de descanso que señalaban las reglas, no podía tolerar que se dejara de tra519
Tomo IV · página PDF 521bajar continuamente en las misiones, incluso tres o cuatro días antes de su muerte, me dijo que entonces, mientras estábamos ya bastante ocupados atendiendo y sirviendo a los señores ordenandos, sería conveniente robar algunas horas de tiempo para ir a..., como sí hubiera querido aquel mismo día de la ordenación, o al día siguiente, mientras estaba enfermo, enviarnos a dar una misión a dos pobres sacerdotes como éramos, para hacer lo que pudiéramos en una de las mayores parroquias de la diócesis.
Y para conocer con más claridad que durante su vida tenía su espíritu ocupado en los pensamientos de la misión y de la salvación de las almas, en los últimos días de su enfermedad, en los ardores de la fiebre... todos sus sueños eran de las misiones..., que había que ir a hacer misiones a la ciudad de Ginebra, que había mandado una carta para ello, que los herejes nos estaban esperando.
Y o ya le había oído decir cosas semejantes en otra grave enfermedad que padeció hace seis años, en una misión, en lo más riguroso del invierno, en medio de nuestras montañas.
Me acuerdo que también entonces soñaba que Ginebra se había convertido, que el señor obispo estaba haciendo allí su entrada.
Todo esto provenía del gran deseo que sentía, estando sano, de la conversión de esta pobre ciudad, esperando ir él mismo cuanto antes a celebrar allí la santa misa.
Cuando podía obtener alguna relación de los grandes frutos que Dios conseguía en los países extranjeros, las leía lleno de emoción y las lágrimas que brotaban de sus ojos manifestaban claramente la alegría y el contento de su alma.
Se sentía dispuesto, si la obediencia se lo hubiera mandado, a ir a Berbería, a pesar de sus muchos años y de sus numerosos achaques.
Le oí decir que, estando de alumno con los reverendos padres jesuitas, se hubiera presentado para ir a China, al Japón, al Canadá, si hubieran querido llevarlo consigo otras personas.
Su celo era tan desinteresado como ardiente; en efecto, no quería más que la gloria de Dios, sin buscarse de ninguna forma a sí mismo y sin fijarse si eran otros los que obtenían mayores frutos; cuando algunos de los eclesiásticos que trabajaban con nosotros en las misiones se distinguía en alguna cosa, se alegraba más aún que si hubiera sido él mismo o algún otra de la compañía. 520
Tomo IV · página PDF 522Este celo tan sincero se veía acompañado de todas las demás virtudes, sin las que no hubiera podido existir o habría sido totalmente inútil para la gloria de Dios.
Tenía mucha paciencia para soportar todas las penas y los trabajos que hay que abrazar para ganar almas.
Sé que, cuando estaba en misiones, tenía los catecismos, las predicaciones y las confesiones, a pesar de un grave mal que lo molestaba muchísimo.
Esto no le impedía sin embargo tomar lo peor para él, como si gozase de buena salud.
Su celo no destacaba menos en su cargo de superior.
Sentía un ardiente deseo del bien y de la perfección de sus súbditos, entre los que procuraba hacer que floreciera el espíritu de la compañía, con las principales virtudes que le caracterizan y sobre todo con una perfecta obediencia a las reglas.
Todas estas virtudes, como decía al comienzo de esta carta, le habían granjeado la estima y el afecto de todos, tal como se ha demostrado por la pena y el sentimiento que de su muerte han tenido toda clase de personas, tanto los eclesiásticos como las personas religiosas y las buenas hermanas de la Visitación, que durante el curso de su enfermedad rezaron mucho por su intención y le asistieron en cuanto pudieron.
Los mismos seglares lo han sentido mucho; hace poco un pobre campesino, que venía de parte de una familia importante de los alrededores a preguntar por él y a traerle algunas cosas de comer, cuando supo su muerte, se echó a llorar con tanta pena como si hubiera sido su padre.
Sería demasiado largo seguir deteniéndose con detalle en otras virtudes de nuestro querido difunto, relatando todas las penas, fatigas y trabajos que padeció por amor a Nuestro Señor Jesucristo.
Termino diciéndole que sus funerales han sido extraordinarios, debido a la presencia del señor obispo de Ginebra, el señor conde de Sales, un gran número de canónigos de la catedral y los señores ordenandos que estaban entonces reunidos.
Otros muchos eclesiásticos de la diócesis, al conocer su muerte, se han apresurado a celebrar la santa misa por el descanso de su alma. 521
Tomo IV · página PDF 523VINCENTIUS es una herramienta de consulta. Para trabajos académicos recomendamos verificar siempre la referencia en la edición original indicada.