Carta · tomo V

TOMAS LUMSDEN, MISIONERO EN ESCOCIA, A SAN VICENTE

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Carta
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V
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1810[1734,V ,124-125] TOMAS LUMSDEN, MISIONERO EN ESCOCIA, A SAN VICENTE 1654 En cuanto a la misión que estamos haciendo en el valle, Dios le está dando muchas bendiciones; puedo decirle que todos tos habitantes, tanto ricos como pobres, no han estado nunca, desde que cayeron en la herejía, en tan buenas disposiciones para reconocer la verdad y convertirse a nuestra santa fe.

Todos los días recibimos a varios que vienen a abjurar de sus errores; algunos son incluso de los más distinguidos.

Además, trabajamos en confirmar a los católicos mediante la palabra de Dios y la administración de los sacramentos.

El día de Pascua estuve en casa de un señor, en la que comulgaron más de cincuenta personas, entre las que había veinte recién convertidas.

El feliz éxito de nuestras misiones da mucha envidia a los ministros, a los que les falta más bien fuerza que deseos para sacrificarnos en aras de su pasión; pero nosotros confiamos en la bondad de Dios, que será siempre nuestro protector. 1811[1735,V ,125-127] JUAN LE VACHER, SACERDOTE DE LA MISION, A SAN VICENTE Túnez, 6 de mayo de 1654 Padre: ¡Su bendición!

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No habiendo podido escribirle a comienzos del mes anterior junto con el querido y venerado señor Husson, dado que me encontraba en el campo, he creído que no debía perder esta ocasión, aunque indirecta, para hablarle de las muchas bendiciones que ha querido Nuestro Señor conceder a esta nuestra pobre iglesia sufriente durante toda esta cuaresma hasta el día de su _____________ Carta 1810. - ABELL Y, o.c., 1.

II, ~ 1, sec..

XI, 1.a ed., 206.

Carta 1811 (CA). - Archivo de Turín, original. 116

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triunfante resurrección y los días siguientes, de forma que todos los pobres esclavos de este país confiesan que no han visto nunca nada semejante, con tantas confesiones y comuniones, y hasta con tantas conversiones.

Las confesiones y comuniones han llegado en esta ciudad a más de mil quinientas, y en Bicerta y algunas otras aldeas adonde he tenido la dicha de ir han llegando a más de quinientas; ha habido además siete conversiones: dos ingleses, dos franceses calvinistas y tres griegos cismáticos; ha habido más de treinta católicos que, llenos de desesperación al verse totalmente desamparados de sus parientes en las miserias de la esclavitud, habían hecho el propósito de no confesarse ni comulgar jamás, ni siquiera oír la santa misa; así llevaban nueve, diez, quince, veinte, veinticinco años y más, con una vida escandalosa, acostumbrados a toda clase de vicios y pecados.

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Para intimidar a estos últimos, después de haber tenido con ellos toda la paciencia y mansedumbre posible, sin haber conseguido adelantar nada para que se confesasen y comulgasen por Pascua, antes de partir para visitar Bicerta y algunas aldeas de alrededor, les hice presente a todos los cristianos que, en conformidad con la práctica de Roma y de toda Italia, que sin embargo no había sido promulgada nunca en este país, quería que cada uno tuviese su certificado de confesión y comunión, en el que constase su nombre, el de su nación y el del sacerdote o religioso que le hubiera administrado esos sacramentos, a fin de poder distinguir a los católicos de los herejes, y entre los primeros a los que escandalosamente quisieran perseverar en su empeño de no confesar ni comulgar, a fin de declararles desobedientes a la iglesia y excomulgados, mientras que los segundos pudieran ser conocidos como tales.

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También había pensado en ir a visitar unos montes llamados Rasgibel en la lengua del país, muy cerca de las ruinas de la ciudad de Utica, donde hay muchas alquerías en las que residen gran números de esclavos, no sólo para poder confesarles y darles la comunión en tiempo de Pascua, sino también para disponerles para el viaje de las galeras, adonde se les envía ordinariamente desde allí; pero una pequeña indisposición que me sobrevino después de mi visita a Bicerta y a otras aldeas me lo 117

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ha impedido.

Lo haré en cuanto permita Nuestro Señor que se me presente la ocasión de ir allá.

¡Dios mío!

¡Cuánto bien podríamos hacer, mi querido y venerado padre, si tuviéramos tantas riquezas como pobreza tenemos en este país!

Los turcos de Argel que han venido a esta ciudad en barcos de su nación puestos al servicio del Gran Señor han traído a muchas mujeres y niños de diversas naciones para venderlos aquí.

Si hubiéramos tenido algún fondo para obras de caridad, habríamos tenido una ocasión muy buena y muy santa para conseguir un considerable rescate.

Como no tengo nada de qué disponer justamente, si no me diera usted facultad para ello, con mucho gusto hubiera entregado mi propia libertad para procurársela a una de esas inocentes criaturas, a fin de poder conservarla para Nuestro Señor.

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Hace poco he podido conseguir del bey, en favor de nuestros sacerdotes y religiosos esclavos, la exención de galeras y de toda clase de trabajos, con la expresa prohibición de sus patronos de que no exijan nada de ellos por esta consideración, so pena de incurrir en los castigos que le parezca bien infligir a los transgresores; y para que nadie lo ignore, ha querido que el lagá se lo intime en la aduana a todos los guardianes hachís de los baños, reunidos expresamente para ello.

No be recibido todavía la carta que me decía me habían escrito desde Trípoli, por correo de Malta, sobre la muerte de ese buen religioso de la orden de San Francisco del que le hablé en mi última, ya que no hay allí ningún misionero residente por disposición de la Sagrada Congregación.

He enviado a un buen sacerdote francés, llamado señor Gouion, de Lión, que es esclavo, las facultades de la misión apostólica, con poderes para ejercerlas según órdenes que me dio la Sagrada Congregación para estas ocasiones.

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Me hubiera gustado mucho poder visitar aquella pobre iglesia; pero nuestra pobreza y las necesidades de la nuestra, sobre todo en el campo, no me lo permiten.

Soy en el amor del Esposo de ambas iglesias, Jesucristo, mi querido Maestro, su muy obediente y querido hijo y servidor.

J UAN LE VACHER indigno sacerdote de la Misión 118

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