Carta · tomo V

TOMAS BERTHE, SUPERIOR DE ROMA, A SAN VICENTE

5 de febrero de 1655

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Carta
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V
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269
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cada día me alegro más de ver cómo trabaja con tanto provecho por la gloria de Dios, y que me gustaría mucho que Nuestro Señor me diera la gracia de poder imitarle y contribuir con él más de lo que he hecho hasta ahora en la obra de Nuestro Señor, en cuyo amor soy, de él y de usted, el más humilde servidor.

V ICENTE DEPAUL indigno sacerdote de la Misión Dirección: Al padre Coglée, sacerdote de la congregación de la Misión, en Sedán. 1914 [1834,V ,269-272] TOMAS BERTHE, SUPERIOR DE ROMA, A SAN VICENTE Roma, 5 de febrero de 1655 Mi venerado padre: ¡Le pido su bendición!

He aquí la noticia que quizás le resulte inesperada por completo: que el señor de Lionne, que llegó a Roma hace quince días, como ya le indiqué anteriormente, después de preguntarme cuántos sacerdotes franceses teníamos aquí, me presentó una carta del rey, o mejor dicho una orden por escrito, en la que Su Majestad nos manda salir de Roma y volver a Francia inmediatamente 1.

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Leí aquella orden con todo el respeto debido a un documento de Su Majestad y lo recibí con tal sumisión que, sin resistencia alguna, firmé enseguida (a instancias de dicho señor de Lionne) que quedaba informado de dicha orden y puse mi nombre al pie de la copia que me presentaron, reservándome el original que traje a casa.

Hecho esto, me preguntó ________ Carta 1914.

— Archivo del departamento de Vaucluse D 274, reg. in4. 1.

El motivo de esta expulsión se indica en la carta 1931.

Mazarino vio mal que el superior de la misión de Roma diera hospitalidad al cardenal de Retz.

C HANTELAUZE, Saint Vincent de Paul et les Gondi, o.c., 358 s., ha publicado los papeles diplomáticos relativos a este asunto.

Se le han escapado varios documentos, entre otros las dos cartas de Tomás Berthe. 244

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si íbamos a partir aquel mismo día.

Le dije que ése habría sido nuestro gusto, pero que necesitaría algunos días para disponer los asuntos menudos de la casa; que al día siguiente haría partir a nuestros padres franceses y que yo me dispondría a seguirles lo antes posible; así lo he hecho.

Al día siguiente, los padres Legendre, Pesnelle 2 y Bauduy 3 se pusieron en camino, este último para Génova, donde aguardará sus órdenes, y los otros dos para Loreto para trabajar en la viña del Señor en alguna diócesis de los alrededores en que quieran emplearlos los ordinarios, según los documentos que les he entregado para ello, hasta que usted les comunique adónde quiere que se retiren, en el caso de que no puedan volver a Roma.

Les he dado dinero para dos meses y medio, durante los cuales podrán trabajar, sin que esto se sepa en Roma.

Lo sabrá únicamente el padre Juan Bautista 4; si le parece a usted bien, podrá dirigirle a él las cartas que quiera enviar para indicar cuáles son sus intenciones.

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Al principio creí que sería mejor que marchasen a Génova, pero ellos han creído que sería mejor aguardar sus órdenes en aquel país, adonde han ido con el deseo de aprovechar allí el tiempo, o bien en misiones, si se lo piden, o bien practicando sus devociones en Nuestra Señora de Loreto, si no hay nadie que les dé ocupación En cuanto a mí, padre, le diré que me dispongo para ir a no sé donde.

Unos me aconsejan que vuelve inmediatamente a Francia, según dice expresamente la orden real; otros amigos nuestros son del parecer que me retire a alguna casa en secreto, fuera de Roma, hasta saber lo que usted me ordena.

Pero ese lugar secreto resulta difícil de encontrar; además, no obe________ 2.

Santiago Pesnelle, nació en Rouen el 5 de junio de 1624, entró en la congregación de la Misión el 4 de septiembre de 1646, ordenado sacerdote en Roma el 30 de noviembre de 1648, hizo los votos en Roma; fue superior de la casa de Génova de 1657 a 1666 y de 1674 a 1677, de la de Turín de 1667 a 1672 y de 1677 a 1683, año de su muerte.

Era un sujeto de mucho mérito, muy apreciado por san Vicente. 3.

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Francisco Bauduy, nació en Riom el 14 de enero de 1623, entró en la congregación de la Misión el 4 de septiembre de 1648, fue ordenado sacerdote el 3 de septiembre de 1651. 4.

Juan Bautista Taone, nació en Lantosque (Alpes Marítimos) el 24 de noviembre de..., ordenado sacerdote en diciembre de 1634, entró en la congregación de la Misión en Roma en 1642. 245

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decería las órdenes del rey, si me quedara en Italia.

Si me quedo en este país, podrá imaginarse en la corte que me siento culpable, ya que no regreso a Francia según indican las órdenes; y si me marcho a París, no sé si usted lo aprobará.

En fin, no sé cuál será la solución mejor.

Si pudiera penetrar su voluntad en este asunto, la seguiría al pie de la letra; pero confieso que no encuentro ninguna razón suficientemente clara para poder conjeturarla.

Por eso procuraré seguir el mejor consejo, que pediré una vez más a esa persona en la que sé que tiene usted confianza.

Procuraré, padre, darle noticias mías lo más frecuentemente que pueda, en mi viaje o en mi retiro.

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Si le parece bien, puede usted escribirme a tres lugares diferentes: o a Roma, dirigiendo sus cartas al padre Juan Bautista o al señor Lambin 5; o a Génova, enviándolas al padre Blatiron; o a Lión, enviándolas al señor Lombet o a las hijas de la Visitación o a aquel comerciante para el que en cierta ocasión me dio usted una carta a fin de que me diera dinero en caso de necesidad, cuando vine de París a Roma; no me acuerde su nombre, pero me parece que es muy amigo del hermano Ducournau y creo que se llama señor Delaforcade.

Le dejo la casa al padre Juan Bautista; también le he dejado una nota para que reciba a principios de abril la cantidad de 300 escudos del señor Auton, comerciante de Roma, al que he dado una letra de cambio contra usted, pero no es pagadera hasta el mes de abril, a fin de que haya tres meses de tiempo entre el pago de la última letra y ésta, que servirá para el trimestre de abril, mayo y junio.

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Me había olvidado de decirle que lo que más me hace comprender que la intención de la corte es que obedezca absolutamente a las órdenes que se me han trasmitido por medio del señor de Lionne, es que dicho señor me ha indicado, después de enseñarme el decreto de Su Majestad, que pusiera mucho cuidado en no desobedecer, si no quería darle algún motivo a la corte para hacer algo en contra de la compañía y de su misma persona.

¿No le parece, padre, que sería conveniente enviar acá al padre Blatiron para ver cómo se porta la pequeña compañía ________ 5.

Banquero en la corte de Roma. 246

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durante mi ausencia?

Si voy a Francia, pasaré por Génova, en donde podré conversar durante algún tiempo con el padre Blatiron y con el padre Duport para informarles de los detalles de la casa de Roma.

Había pensado que quizás podría usted obtener de la corte que viniera el padre Dehorgny de superior a esta casa, con el pretexto de pasar a hacer la visita, pero veo grandes dificultades tanto en proponerlo como en obtenerlo.

Por lo demás, no tengo ninguna duda de que Dios tomará a la compañía bajo su santa protección, ya que en esto no tenemos ninguna culpa y no creíamos que, al obedecer al Papa, podríamos ofender en nada a la divina majestad ni al rey.

Todos los documentos referentes a nuestras reglas, a los votos y a los asuntos comunes de la compañía los he dejado bien cerrados dentro de un cofre.

He enviado este cofre a casa del padre Plácido, benedictino, sin que él sepa lo que hay dentro.

Los padres Legendre y Pesnelle han creído que estaría allí más seguro que en cualquier otro sitio.

Me encomiendo muy humildemente a sus santas oraciones y soy en el amor de Nuestro Señor su muy humilde y obediente servidor.

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B ERTHE Dirección:Al padre Vicente, superior general de los sacerdotes de la Misión, en París. 1915 [1835,V ,273-275] TOMAS BERTHE, SUPERIOR DE ROMA, A SAN VICENTE Roma, 5 de febrero de 1655 Mi venerado padre: Le pido su bendición.

Esta es la segunda carta que me tomo el honor de escribirle sobre el mismo asunto.

Le envío la primera por un camino y ésta por otro, para que si una llegara a perderse le entreguen la otra por lo menos. ________ Carta 1915.

— Archivo del departamento de Vaucluse D 274, reg. 247

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Así pues, padre, sabrá usted que el señor de Lionne, que se encuentra en esta ciudad de Roma para algunos asuntos del rey, me mandó llamar el día de la Purificación de Nuestra Señora y, después de haberme preguntado cuántos sacerdotes franceses éramos en nuestra casa, me presentó una orden del rey por escrito en la forma que puede ver usted en la copia que acompaño.

No puse ninguna dificultad en acatar dicha orden ni tampoco en firmar por escrito, según los deseos del señor Lionne, que se me había comunicado dicha orden y que la recibía.

Luego me preguntó si estaba dispuesto a partir aquel mismo día.

Le dije que sería moralmente imposible hacerlo tan pronto, pero que estaría dispuesto a partir cuanto antes y que al día siguiente haría partir a los demás sacerdotes franceses; lo hice con tantas prisas porque dicho señor de Lionne me dijo que, si ponía usted alguna dificultad en obedecer, la compañía y usted mismo en particular podrían recibir algún daño por parte de la corte, que se molestaría en ello.

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Nuestros tres misioneros partieron el día siguiente: el padre Bauduy para dirigirse a Génova y aguardar allí sus órdenes, y los padres Legendre y Pesnelle a Nuestra Señora de Loreto, para trabajar allí en alguna misión en los obispados de Spoleto y Recanati, hasta que usted les comunique adónde quiere que vayan, a Génova o a Francia.

Y o les había propuesto ir a Génova con el padre Bauduy, pero ellos han creído que sería más conveniente trabajar en alguna diócesis de aquel país de Loreto, en donde podrán trabajar sin que esto se sepa ni en Roma ni en Francia, en lugar de marchar los tres a Génova.

Además, podrá usted enviarlos allá cuando le parezca y aguardarán sus órdenes para ir allá o a otro sitio, según les indique usted.

Las cartas que quiera enviarles, puede dirigírselas al padre Juan Bautista en Roma.

El no dejará de hacérselas llegar en cualquier sitio en que se encuentren, bien en el obispado de Spoleto o bien en Nuestra Señora de Loreto.

En cuanto a mí, estoy ya preparado para partir, si Dios quiere, no pasaré ya en Roma el día de mañana.

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Puedo decirle que Nuestro Señor me ha concedido la gracia de no sentir ningún resentimiento por este motivo de aflicción que sufre nuestra pobre compañía.

Considero todo esto como un medio muy seguro y clarísimo a mi juicio del que Nuestro Señor quie248

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re servirse en esta ocasión para obligar al Papa futuro a que nos sea favorable en todos nuestros asuntos, ya que sufrimos únicamente por haber obedecido a su predecesor.

No hay nada tan favorable que nos pueda suceder en Roma como esto, según creo, para hacernos dignos de aprecio ante la Santa Sede, a la que hemos demostrado nuestra obediencia, a pesar de haber previsto todo lo que ya empieza a pasarnos.

¡Bendito sea Dios por todo!

¡Gracias le sean dadas por el consuelo extraordinario que me ha dado durante estos tres días!

Así pues, partiré con alegría, ya que se trata de obedecer a Dios, que me ordena ser obediente a mi rey.

Dejo la dirección de la casa al padre Juan Bautista, al que he mandado venir de la misión para esto, después de haber dado las órdenes necesarias a los padres Antonio Morando y Baliano para continuar las misiones en la diócesis de Tívoli, en donde están trabajando con mucho fruto.

El padre de Martinis 1 se encargará de la administración y de los gastos de la casa; este buen padre ha sido siempre muy edificante y cumplirá muy bien con el oficio de procurador y con las ceremonias de la misa.

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Todos los papeles que conciernen a nuestro instituto, como son nuestras reglas, nuestros votos, nuestros asuntos, se encuentran en un pequeño cofre bien cerrado y lacrado; se lo he enviado a casa del padre Plácido, benedictino, como a un lugar muy seguro.

No he creído conveniente enviárselos al señor Lambin, por ciertos motivos que podré decirle de palabra cuando tenga el honor de verle en París, según espero, si no encuentro en Lión, en casa del señor Lombet, o del señor Delaforcade, o entre las hijas de Santa María, una orden suya de marchar a algún otro sitio.

Le suplico, pues, humildemente que me escriba a Lión para que pueda conocer su voluntad y seguirla al pie de la letra, tanto si se trata de que vaya a París, o de que me quede en Lión, o de que vaya a otra parte.

Espero llegar a Génova dentro de doce días; allí les daré a los padres Blatiron y Duport todos los detalles necesarios sobre la marcha de nuestra casa y de los asuntos de Roma.

Para ello ________ 1.

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Jerónimo de Martinis, nació en Bonfontana, cerca de Génova, el 15 de mayo de 1627, entró en la congregación de la Misión el 6 de agosto de 1650, fue ordenado sacerdote en septiembre de 1651, hizo los votos en octubre de 1652, superior en Nápoles de 1673 a 1676. 249

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me detendré tres o cuatro días en Génova; luego me pondré en camino para ir a Lión lo antes que pueda y esperar sus órdenes y algo de dinero, si lo necesito, bien para quedarme allí o bien para marchar a donde a usted le plazca.

No creo que el señor Delaforcade ponga ninguna dificultad en darme una docena de escudos, si los necesito.

Los padres Legendre y Pesnelle tienen dinero para dos meses; entretanto ya habrán tenido noticias de usted.

Nuestra casa de Roma no tiene más de cincuenta escudos de plata para subsistir después de mi marcha.

Por eso le he dado al señor Luis Auton, comerciante de Roma, una letra de cambio de 300 escudos contra usted para pagar dentro de siete semanas, o sea, a comienzos del mes de abril; esta cantidad servirá para nuestros italianos durante el trimestre de abril, mayo y junio.

Para entonces, puede ser que ya hayan cambiado las cosas.

¿No sería conveniente que allá por Pascua viniera el padre Blatiron a darse una vuelta de incógnito por Roma, para ver cómo marcha nuestra casa?

Quizás pudiera hacerse esto tan en secreto que nadie se enterase.

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¿Querrá acordarse de mí en sus oraciones y en sus misas, y encomendarme a las oraciones de la compañía?

Soy, padre, en el amor de Nuestro Señor, su muy humilde y obediente servidor.

B ERTHE indigno sacerdote de la Misión Dirección: Al padre Vicente, superior general de la Misión, en San Lázaro, París. 1916 [1836,V ,276-291] JUAN FRANCISCO MOUSNIER, SACERDOTE DE LA MISION, A SAN VICENTE Desde el fuerte Dauphin, 6 de febrero de 1655 Mi venerado padre: ¡Su bendición!

Es muy justo que, si he dado en Francia algunas señales de amor a la que me ha dado la vida (me refiero a mi voca________ Carta 1916.

— Archivo de la Misión, copia del siglo 250

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ción), se las siga dando aquí, adonde me ha conducido y conservado hasta el presente, aunque sin mérito alguno de mi parte.

Pues ésta es la verdadera piedra de toque, por la que conozco el verdadero amor y afecto que ella me tiene.

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Pero, como no puedo darle un testimonio más seguro del aprecio que siento por ella en mi corazón y del agradecimiento que le tengo, que mediante aquella persona que la fundó y le dio el ser que Dios había previsto desde toda la eternidad, no tengo más remedio que confesarle a usted que jamás he sentido mi corazón inflamado con tanto amor hacia usted como desde el comienzo de mi ausencia de París hasta ahora, ya que siempre he podido apreciar en esta tarea incomparable a la que la divina providencia ha permitido, sin fijarse en mis debilidades y cobardías, que usted me dedicase, esto es, al servicio de las pobres almas infieles, que no podía mostrarme usted un mayor amor que éste, ya que no hay nada más grande ni más cierto que poner a lo que se ama en posesión y en estado de gozar del mayor bien que le puede tocar, tal como ha hecho usted conmigo en este mundo al enviarme a este país, en donde gozo de este gran Bien totalmente divino del que habla la boca de oro.

Pues creo que es principalmente de la salvación de las almas infieles de la que dice que es la cosa más divina de todas cooperar a ella, como me corresponde hacer a mí.

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Pues bien, como usted no puede juzgar del uso que yo puedo hacer de este gran favor que me ha concedido sin ningún mérito mío, a no ser por medio de lo que pueden explicarle estas líneas, le referiré brevemente, aprovechando el tiempo que me da este barco antes de su partida, una parte de mis acciones.

Al partir de París con el correo, cuando llegué a los arrabales de la ciudad, recité el Itinerario ; me respondían unas personas honradas que me acompañaron hasta Tours, entre las que estaba el hermano de nuestro buen padre Legendre, entonces en Roma.

En varias ocasiones charlé con él de nuestra comunidad y de sus ocupaciones, admirándose él de nuestras empresas, como son éstas a las que voy destinado; otras veces hablamos de su hermano y de las precauciones temporales que debería emplear en este viaje; también traté de cosas espirituales con un honrado cirujano de Orléans, que había estado de viaje en las grandes Indias. 251

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En los dos días que tardamos en llegar a Orléans no dejé de celebrar la santa misa ni de rezar el Itinerario, que seguí diciendo por el río Loira hasta Nantes, y las letanías de la Virgen, que cantábamos todos los días con los remeros, aunque no pude celebrar la santa misa, ya que íbamos de día y de noche por el agua para poder llegar cuanto antes, como usted me había indicado; estas prisas les resultaban molestas a los remeros, como ellos mismos manifestaban.

Y o procuraba ayudarles corporalmente remando con ellos y espiritualmente con los consejos que les empecé a dar inmediatamente después de salir de Orléans y continuando hasta Nantes, para impedir los juramentos ordinarios y las conversaciones y canciones deshonestas que suelen tener estas gentes.

Casi lo logré por completo desde el primer día en que salimos de Orléans, que fue a eso de la una o las dos.

Los buenos ejemplos y palabras del señor Legendre y de otro estudiante de Angers contribuyeron también a ello.

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El primero me dejó en Tours y el segundo cerca de Angers; pero me vi en lugar de ellos acompañado por dos buenos religiosos carmelitas que venían a Nantes de camino para otro sitio y que ocuparon en el barco el sitio del señor Legendre.

Su charla me edificó mucho por su piedad.

Y el consuelo que recibí al pasar por el lugar de nacimiento del hermano Daniel Baudoin 1 y al saludar a una hermana suya muy virtuosa me confirmó en las buenas impresiones que me había dado su hermano en París, al ver la alegría que esta buena mujer demostraba tener por la vocación de su hermano, cuando leyó una carta que le di de su parte.

El cuarto de hora que estuvimos allí en tierra nos dio materia para que pasáramos todo aquel día hablando con los padres carmelitas de la virtud de esa mujer y de lo que yo les dije de su hermano.

Aquellos buenos padres no se dejaron ganar por mí en piedad; rezábamos juntos el oficio divino y el Itinerario por la mañana, al salir el sol, aunque sólo por dos días, el día en que se embarcaron conmigo y el día siguiente, que llegamos a Nantes; era domingo, a eso de la nueve o las diez. ________ 1.

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Daniel Baudoin, nació en Montrelais (Loire-Inférieure), entró en la congregación de la Misión el 7 de octubre de 1651, a los 18 años de edad, hizo los votos en 1653. 252

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Al llegar a la ciudad fui enseguida a decir la santa misa a los dominicos, y de allí al castillo para ver al señor abad de Annemont, al que no puede ver hasta después del mediodía.

Entretanto, fui desde el castillo al hospital para ver a los enfermos y a nuestras queridas hermanas de la Caridad; su gran amor de Dios y el deseo que casi todas decían que tenían de acompañarme o de seguirme en algún otro viaje al país bárbaro, si la providencia divina las llamara a ello, atizó el fuego de mis ansias por llegar a esta tierra prometida.

El resto del tiempo que estuve en Nantes hasta la llegada del padre Bourdaise, después de la santa misa, o bien lo pasaba con el señor abad de Annemont o bien iba al hospital a ver los ejercicios de caridad de esas buenas hermanas; así lo hice otras dos o tres veces, con lo que ellas sintieron mucho consuelo y me obligaron a que le escribiera a usted desde aquí para exponerle sus deseos de venir a contribuir en lo que pudieran a la salvación de estas pobres almas.

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Y lo podrían hacer muy provechosamente con su buen ejemplo y su dedicación al trabajo y a la enseñanza de las oraciones cristianas que se les podría encomendar.

Bastaría con un par de ellas al principio, con cuatro o seis por lo menos de esos niños expósitos, de los más listos y expertos en algún trabajo manual, como coser o fabricar la tela de seda o de algodón, para comenzar con un seminario de pequeños catecúmenos que imitasen en todo a esos jóvenes franceses y a esas buenas hermanas.

Deberían ser de buena salud para el viaje de seis meses por mar, y además ser fuertes en la virtud de la pureza y de la paciencia, a no ser que hubiera en el barco un capitán verdaderamente cristiano, como lo es uno de los capitanes de estos dos navíos que hay aquí ahora junto con el barco del señor mariscal 2 (se llama La Forest des Rogers); y además deberán tener mucha mansedumbre.

Si una de las dos supieran, como saben muchas de su comunidad, hacer medicinas para aliviar a los enfermos, sangrarles y purgarles, todavía resultará más útil para la gloria de Dios en este país.

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Y la otra, si entiende de costura, hilar, bordar, hacer ganchillo y otras obras de mano propias de las mujeres, ________ 2 El mariscal de la Meilleraye. 253

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además de leer y escribir, junto con esos muchachos de doce a catorce años de edad por lo menos, y ellas mayores de veinticinco o treinta años, todas esas cualidades serían aquí muy útiles y necesarias, y sin ellas no podrían glorificar debidamente a Dios.

Si el señor mariscal cree conveniente que vengan acá para la gloria de Dios, no hay nadie como nosotros que conozca mejor a esas hermanas y las cualidades que deben tener; y nadie podrá oponerse justamente a que vengan, sobre todo si vienen otras mujeres a este país, como se cree y se dice que vendrán algunas en adelante para poblar la isla de Mascareñas.

Para hacer todo esto con mayor facilidad y menos gastos, se podría pensar en buscar a algunos de esos niños expósitos de ambos sexos, a los que se podría educar fácilmente por su docilidad, ya que hay allí personas que los instruirían, y se les daría ocupación en esta isla como pareciese más conveniente.

Con todo esto puede usted juzgar del número necesario de buenos obreros en este país.

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Y a hay aquí trabajando catorce cristianos franceses y diez o doce negros infieles, con los que no hemos podido hablar antes de la partida pues ni siquiera tenían noticias de nuestra marcha, para instruirles antes y bautizarles.

Podrían venir bien dos o tres sacerdotes.

En esta isla hay algunos enfermos, a los que se les podría cambiar para llevarlos a otros lugares más sanos y de mejores aires cuando pasen por aquí los barcos.

Debería haber aquí permanentes dos sacerdotes, para los franceses y negros residentes; otro para ir y venir a Francia en los barcos; otro para ir en los barcos que van a buscar arroz a Mangabais o a Santa María, y otro para ir de la isla a tierra firme, con los franceses que van allá con frecuencia a comerciar; estos viajes duran dos o tres meses, sin hablar de cuatro residencias en cuatro lugares diferentes de la isla, en los que — según dicen los franceses que han llegado hasta allá — la viña del Señor sería muy fácil de cultivar, ya que casi no se encuentra ningún cardo que arrancar y que pueda impedir que nazcan los frutos celestiales.

Pero ¿en dónde estamos?

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Me he ido muy lejos de Nantes, en donde dejé al padre Bourdaise a su llegada, que nos dio al señor abad de Annemont tanta alegría como preocupación nos había dado su retraso, que casi nos habría retenido en Francia sin la bondad del señor mariscal, que me había concedido sola254

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mente un día de plazo para encontrar un compañero para mi viaje; si no lo conseguía ocuparían nuestro sitio en el barco dos padres franciscanos, que estaban ya preparados para salir sin la feliz llegada del padre Bourdaise, que cambió todas las cosas echando de nuestros corazones la tristeza para alojar allí el gozo al ver las trazas que sigue la divina providencia.

Esto nos hizo retrasar aún otro día y medio, que pasamos atendiendo a las pequeñas necesidades que no habíamos podido solucionar y remediar en París para este viaje; las prisas nos hicieron olvidarnos de muchas cosas y tuvimos que dejar otra buena parte de ellas, y de las más necesarias y útiles, bien porque perdimos algunas en París y en Nantes, bien porque no pudimos acomodarlas en el barco como era necesario.

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Pero antes de embarcarnos en una chalupa para llegar a Saint-Nazaire, en donde estaban los navíos, me olvidaba de mencionarle los favores que Dios hizo el padre José de Morlaix, provincial entonces de los capuchinos de la provincia de Bretaña, que me habría concedido a uno de sus padres y a un hermano para acompañarme, si el señor mariscal hubiera decidido la marcha antes de la llegada del padre Bourdaise.

Vale la pena que le escriba usted agradeciéndoselo en nombre nuestro, ya que nosotros no lo pudimos hacer antes de salir de Nantes por la prisa en embarcarnos en la chalupa con nuestros bultos; cuando yo creía que podría hablar con él después de celebrar la santa misa en su iglesia a las cinco de la mañana, tuve que salir corriendo a coger la chalupa.

Apenas ésta soltó amarras, rezamos el Itinerario, el oficio divino, el ángelus, las letanías de Jesús y de la Virgen, y tomamos una pequeña colación, ya que era el viernes después del miércoles de ceniza.

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Por la tarde, pensando en nuestro viaje por mar, nos cuidamos de poner nuestros bultos en el barco mayor, del que era capitán el señor de La Forest des Royers, persona muy cristiana y puesta al servicio del señor mariscal, sin olvidar el servicio de Dios.

Es un hombre como convendría que hubiera muchos para gobernar a los franceses, pues tiene todas las cualidades para ello.

El padre Bourdaise y el hermano Renato Forest se encargarían de guardar los bultos en dicho barco, en el que irían embarcados.

Pero al día siguiente por la mañana, a eso de las ocho, 255

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al ir a saludar en Saint-Nazaire al señor de Pronis, comandante de la otra nave, que estaba anclada a su lado, nos dijo que la del señor de La Forest estaba demasiado cargada y que teníamos que llevar nuestros bultos a la suya, que no lo estaba tanto.

Como era verdad, aceptamos el favor que nos hacía, agradeciéndoselo mucho; e inmediatamente fuimos a descargar de la chalupa nuestros bultos.

Tres días más tarde, el hermano Renato Forest dijo que le gustaría ir conmigo en el barco del señor de Pronis para ser nuestro ayuda de cámara; el señor de Pronis aceptó con gusto esta propuesta.

Esto me alegró también a mí, al ver que así podría cuidar mejor de nuestros bultos y que todo iría mejor; y así sucedió hasta que él quiso dejarlo por propia voluntad, sin ningún motivo legítimo, sino solamente para gozar de mayor libertad y tener más tiempo, como reconocen todos los del barco.

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Así pues, estuvimos ocho días en Saint-Nazaire antes de levar anclas, esperando viento favorable; entretanto iba todos los días a tierra a celebrar misa, y el resto del día procuraba buscar algunas de la provisiones que podrían resultarnos útiles en este país y que no habíamos recogido todavía, y venía a comer y a dormir al barco.

Por fin, el tercer domingo de cuaresma por la mañana, día ocho de marzo, levamos anclas, entre las siete y ocho de la mañana, siendo el viento propicio, cuatro barcos al mismo tiempo; uno que iba a Terranova y otro a las Indias de América, llamado Pelagia, nos acompañaron todo aquel día.

Debido al mucho jaleo que había en el barco y al tiempo poco propicio no pude celebrar misa; en lugar de ella, recé las oraciones del Itinerario y el Benedicite, las letanías de Jesús y el Angelus.

Así lo hice todos los días que no pude celebrar misa por el mal tiempo y por la estrechez y las molestias del barco; por la tarde rezaba todos los días las oraciones como en San Lázaro, pronunciando en voz alta todas las plegarias.

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Solamente aquel primer día sentí las molestias del mareo; los demás días estuve perfectamente, gracias a Dios, durante todo el viaje, excepto al llegar aquí, que tuve un pequeño dolor de cabeza durante día y medio, aunque se me quitó con una pequeña sangría. 256

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Esos dos barcos nos dejaron para seguir su camino: el más pequeño, seis días después de nuestra salida; la Pelagia, otros seis días más tarde.

Gracias a Dios, no tuvimos ningún mal encuentro con ningún barco pirata ni con ningún otro hasta Cabo Verde, al que dimos vista el día 8 de abril; al día siguiente, jueves, que era el 9 de abril, a eso de las cuatro de la tarde, echamos anclas en la rada de Rufisque 3, en donde nos encontramos con un barco gobernado por el capitán Bichot, de la religión reformada, a las órdenes de los señores de la Compañía de Orléans, por medio del cual el padre Bourdaise y yo le escribimos para darle cuenta de nuestro viaje hasta allí.

Le escribí también al señor Rozée, de Rouen, a la señora duquesa de Aiguillon y a la señora Traversay hablándoles de la situación en estos lugares, de los que ya le había escrito a usted el padre Nacquart cuando pasó por aquí.

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Le hablaba en aquella carta de las facilidades que hay en este lugar para establecer la fe, y cómo bauticé a un adulto de treinta y cinco años, instruido y presentado por uno de los portugueses que residen allí, que son seis o siete; aquel portugués tenía además tres hijos naturales.

Les dejé agua bendita y celebré allí la santa misa.

Le decía también que no hay allí ningún sacerdote, ya que los capuchinos que había enviado el señor Rozée sólo estuvieron allí dos años todo lo más, ya que la pobreza de estas tierras, junto con la inclinación general al robo, obligaba más bien a dar limosna que a poder recibirla.

Esto fue lo que causó enseguida la muerte de uno de ellos; el otro se volvió a Francia, como me dijeron los portugueses, que viven casi todos ellos en un concubinato continuo con una sola mujer, que por cierto está bautizada.

Hay allí 30 ó 35 cristianos en total; todos ellos asistieron a misa con mucha devoción.

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El tiempo no me permite informarle largo y tendido de la situación temporal y espiritual de aquel lugar; además, el conocimiento que puede tener de él es muy pequeño; ya entonces fe escribí extensamente de lo que supe y de lo que se podía hacer allí. ________ 3.

En el Senegal. 257

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Pues bien, el segundo domingo después de pascua partimos de allí; puedo asegurarle que solamente algunos de los que venían en el barco cumplieron con pascua.

Había unas quince o dieciséis personas de la religión reformada, cuyos juramentos, obscenidades y canciones deshonestas eran tan comunes en su boca como las horas del día por lo menos; no pude conseguir nada bueno de ellos, ya que tenían como ejemplo de su libertinaje a uno de los oficiales del barco, también de la religión reformada, no logré que nadie me secundase para impedir esos desórdenes, que me hicieron gemir durante todo el viaje, ya que no pude obtener nada de aquellos herejes ni tampoco de los católicos romanos, que eran en total unos cuarenta o cuarenta y cinco.

Por lo menos la quinta parte del barco se quedaron sin acercarse nunca a los sacramentos y se volvieron a Francia sin haberlos recibido.

¡Que Dios los perdone!

No ha sido del todo culpa suya, ya que no se me permitía hablarles ampliamente ni una sola palabra después de vísperas, sino sólo en particular; pero cuando intentaba hacerlo, enseguida me interrumpía alguno de los reformados.

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Lo único que pude hacer fue tener una pequeña plática con algunos de los mejores católicos y con cada uno en particular, en el sitio y a la hora que veía más conveniente para ello.

Henos aquí, pues, de nuevo en el mar, en donde celebré misa todos los días de fiesta y los domingos, cuando el tiempo no era demasiado duro.

Intenté todo lo que pude acercarme a los muchachos jóvenes del barco para instruirles en la oración y en la enseñanza de nuestros misterios, a uno de ellos le enseñé también a leer, pues tenía buena voluntad e inteligencia para ello.

Finalmente, al acercarnos al ecuador, vimos a tres grandes barcos portugueses que aparecieron el 2 de mayo, a eso de las nueve de la mañana.

Nuestros barcos les salieron al encuentro y después de seguirles durante cuatro días, resultó que eran portugueses; el más grande de ellos, cuando nos acercamos hasta él a un tiro de mosquete resultó que era tan grande que el nuestro hubiera podido caber perfectamente entre sus dos mástiles.

Apenas los reconocimos, continuamos nuestra ruta hasta el ecuador, en donde se hizo el baño ordinario de todos los que 1?0 10 habían pasado nunca.

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Fue el 20 de mayo.

Los nuestros 258

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no se extrañaron de lo que se hacía.

A los sacerdotes sólo se les acostumbraba echar un poco de agua en las manos y daban alguna limosna para los pobres; era lo ordinario y era conveniente darla.

Continuamos luego nuestra ruta sin ningún enfermo, gracias a Dios, más que con uno de fiebres cuartanas desde antes de salir de Francia, siguiendo con nuestras prácticas ordinarias, esto es, rezo de todo el oficio divino hasta vísperas al levantarse, luego media hora de oración mental sobre los diversos puntos que le asignaba tanto al hermano Renato Forest como a mí mismo; los tomaba de laInstitución cristiana de las virtudes y de los vicios todos los días, excepto los domingos y días de fiesta que eran sobre el evangelio.

Luego hacíamos las preces de la mañana o decía la santa misa; y si tenía algún tiempo entretanto, leía el Nuevo Testamento y uno o dos capítulos del Antiguo.

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Después de las preces y de la misa, desayunábamos con la tripulación; luego escribía alguna cosa o bien sobre la lengua malgache (esto lo hacía pocas veces, ya que no podía tratar todo lo que yo hubiera deseado con los que tenían algún conocimiento de ella), o bien trabajaba sobre un Breve perpetuo, o en alguna otra lectura; eso mismo era lo que hacía después de comer hasta la hora en que rezaba las vísperas y las preces de la noche, que hacía como dije anteriormente.

Y así se pasaba el tiempo casi sin pensar.

Y vimos a continuación una isla, llamada de la Trinidad.

El 11 de junio la costeamos toda ella por la tarde y la dejamos el día siguiente.

Son pocos los barcos que la encuentran, a pesar de que hacen la misma ruta que nosotros.

Vimos que estaba a veinte grados de altitud.

Está cerca de la costa del Brasil.

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A continuación estuvimos siempre juntos los dos barcos, sin separarnos nunca de vista, a no ser durante una o dos noches,los oficiales de los dos barcos podían hablar entre sí de cuando en cuando y yo aprovechaba la ocasión para enterarme de cómo iba de salud el padre Bourdaise, que resultó que casi siempre estaba con mareos.

El 21 de junio tuvimos una tempestad furiosa, que separó a los dos barcos y tiró el timón de nuestra nave con un golpe 259

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de mar que entró en la cámara del gobernalle, después de romper dos planchas y una pared muy gruesa del barco; fue el tercer accidente que, gracias a Dios, no tuvo más consecuencias que la del propio accidente, esto es, que el mástil de mesana y la verga del palo mayor se rompieron casi por la mitad y fue necesario arreglarlos.

Aquel golpe de mar nos dio casi más miedo que todo lo demás, al ver un barco con un solo palo, sin timón, gobernándose casi sin saber cómo, durante una noche entera y medio día; ¿no era todo esto para que comprendiéramos que era sólo la mano del Todopoderoso la que nos gobernaba, contentándose con darnos sólo un poco de miedo para que nos arrepintiéramos de nuestros pecados?

El día de San Juan, para que viéramos que no nos había abandonado todavía y que no nos quería destruir, en espera de nuestra conversión, tuvimos un tiempo totalmente en calma, para que pudiera arreglarse el timón debidamente, hasta que pudimos entrar en la bahía de Saldaña, adonde llegamos el día 11 de julio, después de haber visto durante tres días consecutivos la tierra del cabo de Buena Esperanza.

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No pude ver a los negros de aquel cabo, a pesar de que estuve en tierra por dos veces, a fin de ver si podríamos, según las indicaciones del padre Nacquart, llevarle un par de jóvenes.

Como aquellas gentes están siempre errando de acá para allá, raras veces se detienen en el mismo lugar.

Me enteré de que con un poco de tabaco se obtiene de ellos todo lo que se necesita.

Si los padres que vengan tienen necesidad de algo, convendría que lo trajeran.

También podrían traer algunas piedras para afilar las lanzas, pues aquí no se encuentran.

La muerte de uno de nuestros marineros, que enterré en una isla de esta bahía el día 17 de julio, después de haber recibido todos los sacramentos excepto el de la extrema unción, que no pude administrarle, me recuerda la de aquel otro pobre marinero que venía enfermo de cuartanas desde Francia y que murió durante aquella gran tempestad que separó su alma de su cuerpo, al mismo tiempo que se separaban nuestros dos barcos, que no volvieron a verse hasta Madagascar, adonde llegamos por fin después de haber permanecido en Saldaña diez días, después de los cuales partimos el día 20 de julio. 260

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¡Y finalmente se cumplieron nuestros deseos!

¡Oh gloriosísima Virgen María!

¡A ti es a quien hemos de agradecerlo!

Porque el día de tu Asunción a los cielos nos permitiste bajar a tierra y tocarla al menos con un ancla aquella misma noche, esperando tocarla con nuestros pies al día siguiente.

Sin embargo, estábamos bastante lejos de la rada en donde queríamos desembarcar.

A pesar de todo, pude celebrar la santa misa.

Aquel día, a eso de las once de la mañana, después de haber entonado el Te Deuma la vista de nuestra tierra y de nuestra morada tan querida, lo mismo que habíamos hecho al llegar a todas las costas durante nuestro viaje, se echaron las anclas al mar en la rada llamada de Manafiafy, palabra de la lengua del país que quiere decir tener mucho pescado.

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Se dispararon tres cañonazos para hacer venir a los negros habitantes de la costa, pero solamente apareció uno en la playa, bien porque tenían miedo de aquellos barcos, bien porque no había otros más cercanos, porque efectivamente allí había pocos habitantes, pues residían más abajo, en el lugar llamado Itapére, en donde había anclado el otro barco tres días antes que nosotros, como supimos el día 17 de agosto, cuando enviamos la chalupa y vimos a algunos negros que había en la playa.

Después de haber pasado una punta que nos ocultaba la rada de Itápere, pusimos pie en tierra y nuestras gentes se enteraron enseguida de la llegada del otro barco; regresaron entonces con tres o cuatro de aquellos negros y con los regalos que venían a ofrecer al señor de Pronis: limones, aves, raíces que se comen en este país en lugar de pan, y bananas, una especie de fruto, el mejor que hay en estas regiones de la tierra.

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Fue para todos un momento de gran alegría, al ver frutas dulces y refrescantes después de tantos trabajos; por fin la paz después de tantos trabajos; por fin la paz después de tantas inquietudes; era lo que deseaban todos los navegantes.

Solamente Desmoulins y yo nos encontramos con una amargura mayor que todo lo que habíamos pasado; el padre Bourdaise ya lo habrá sabido; pero creo que se habrá consolado al conocer la vida de nuestro querido padre Nacquart; desgraciadamente está ya en el cielo; pues no solamente habrá sabido su muerte temporal en este mundo, que es lo único que nosotros sabemos 261

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por medio de estos negros, sino también su vida espiritual en los cielos y en este país por el olor que sus virtudes y buenos ejemplos han dejado aquí, de lo que nosotros nos vemos completamente privados, dado el afecto con que estos pobres infieles nos hablan de él.

Esto nos demuestra que él sigue aún viviendo en cierto modo en este país y endulza un poco nuestros dolores y amarguras, en espera de obtener mañana un consuelo mayor en este punto, cuando anclemos en Itapére y sepamos allí por boca del padre Bourdaise lo que él seguramente habrá recogido, resignándonos sin embargo con la bondad divina en una pérdida tan grande para nosotros por muchos motivos y que todos los franceses que luego nos han hablado reconocen como tal.

Efectivamente, lo hemos experimentado así muchas veces después de nuestra llegada, pues no sabíamos adónde dirigirnos, a no ser a los que lamentaban su muerte.

Pues no era solamente Dios el que conocía al padre Nacquart, sino todos los demás, franceses y negros, que hablan de él con unos sentimientos de afecto que no sabría explicar 4.

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Todos los trabajos que ha llevado a cabo en este país, desde aquellos que usted conoce por la última carta que le escribió, le harían ver a usted con cuánta razón lo estimaban todos aquí, ya que la mayor parte de los franceses nos han dicho que nunca sintieron tanto dolor como cuando él murió y otros no acababan de imaginarse que hubiera fallecido.

Le envía al señor abad de Annemont unas memorias que él mismo escribió de su propia mano, después de las que le envió a usted con su carta, para que se las lea al señor mariscal; le pido que se las envíe luego a la señora duquesa de Aiguillon, rogándole que se las envíe finalmente a usted, después de haberlas leído ella.

Si cree usted conveniente mandarnos copia a nosotros con los primeros que vengan aquí, ya que nosotros no ________ 4.

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Esteban de Flacourt escribió del padre Carlos Nacquart: «Era un hombre de buen espíritu, celoso de la religión, que vivía ejemplarmente; había adquirido ya el suficiente conocimiento de la lengua para instruir a los habitantes del país, en lo que se esforzaba continuamente; todos hemos lamentado mucho su muerte, ya que para imitarle muchos franceses procuraban vivir bien, pero luego, por falta de instrucción, se han dejado caer en el vicio común de este país, que es el de la carne» (Histoire de la grande isle Madagascar.

Troyes 1661, 275). 262

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tenemos oportunidad para copiarlas, se lo agradeceremos mucho.

No he hecho más que leerlas una o dos veces.

A esas memorias añadiré solamente que cesaron bastante tiempo antes de su enfermedad, como he podido observar por el libro de bautismos; las memorias terminan el día 1 de mayo de 1650, pero resulta que luego bautizó, solamente entre el 9 y el 19 de mayo, a nueve niños y a un anciano de sesenta años, enfermo grave (que era un señor de una aldea, algo así como un señor alcalde de Francia), después de haberlo instruido.

Estaba haciendo entonces un viaje, en el que bautizó a aquellas diez personas, como he indicado; luego vino y cayó enfermo inmediatamente después de su llegada, aunque ya antes había sentido él los primeros golpes de la enfermedad, pues el domingo del Buen Pastor se lo había anunciado a los franceses, hablándoles del evangelio sobre aquellas palabras: Percutiam pastorem et dispergentur oves .

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En efecto, cayó enfermo cuatro o cinco días antes de la Ascensión, que aquel año fue el 26 de mayo; aquel día todavía pudo levantarse y les predicó, pero poco, por su debilidad, recomendándoles la paz entre sí y advirtiéndoles de los sentimientos que tenía sobre los blancos de este país; que si querían que progresara la fe, sería conveniente apartarlos de esta isla, dado que eran ellos los que ponían mayor impedimento al progreso de la misma.

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En efecto, uno de estos llamado Dian Machicore, a pesar de que permitió que bautizaran a un hijo suyo llamado Jerónimo — al que luego no quiso que instruyéramos nosotros, a pesar de que me lo ha prometido varias veces —, ese lobo rapaz, que así lo llamo, se atrevió a decir, después de la muerte de nuestro querido precursor, que fue el 29 de aquel mes, que el espíritu de los franceses se había perdido y que se había apagado su luz (ésa es su forma de hablar) y que era él quien la había apagado, queriendo decir que él acabaría pronto con todos los franceses por ser ciegos; y así han intentado hacerlo, aunque en vano, ya que la divina Providencia no lo ha permitido, sino que les ha prestado su brazo contra los infieles, cuando éstos les declararon la guerra a nuestros franceses y llegaron incluso hasta el fuerte dispuestos a incendiarlo, pero se vieron rechazados aquella misma no263

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che 5, viéndose obligados a reconocer que aquella luz, que se imaginaban había sido apagada, no lo estaba ni mucho menos, sino que por el contrario brillaría más que nunca y les haría ver en el corazón de la noche, según se dice.

En efecto, ¿de dónde viene que una docena de franceses, defendiéndose, puedan rechazar a dos o tres mil hombres de esta nación, por estar vigilantes? 6 ¿No fue por esta falta de precaución por lo que otros veinte franceses fueron matados a traición, sin poder recurrir a las armas7, a pesar de que se lo había advertido la divina Providencia a estas ovejas inocentes, que no se acordaban de que ya su pastor les había dicho que se extraviarían y se verían castigadas, cuando les faltase su luz y su guía, que aquel pagano les decía que les había sido arrebatada? 8.

Lo he llamado lobo rapaz, pues se trata de un hombre que aparenta estimar en mucho nuestra religión y que no tiene para ella más que admiraciones y alabanzas, cuando uno habla con él; pero en el fondo este mahometano no tiene más que sentimientos contrarios y habla y actúa todo lo que puede contra ella por detrás.

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Así pues, cuando nuestro buen pastor sintió que aumentaba su mal, el día de la Ascensión por la tarde, mandó venir a algunos de los franceses, y entre ellos a uno que se marcha a Francia, al que entregó El cristiano caritativo, rogándole que lo utilizase en adelante con los enfermos hasta que llegara algún sacerdote, y que comenzara por él mismo, leyéndole todas las cosas que hay allí escritas para los enfermos.

Aquel mismo día o al día siguiente les dijo a los demás, después de pedirles perdón por los malos ejemplos que podía haberles dado, que les recomendaba el amor mutuo, que huyeran de todo pecado y que procurasen todas las cosas necesarias para su salvación, ayudán________ 5.

Era el 22 de enero de 1651.

Para dispersar a los negros de Dian Ramach, el señor de Flacourt mandó disparar sus cañones; los asaltantes huyeron despavoridos (Cf.

E.

D E FLACOURT, o.c., 292 s.). 6.

Cf.

E.

DE FLACOURT, o.c., 279 s. 7.

Ibid., 290 s. 8.

La pequeña colonia del fuerte Dauphin contaba en julio de 1654 sólo con 77 franceses.

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Continuamente espiados, amenazados o atacados por los indígenas, tuvieron que tomar sus represalias sobre ellos, asoIando, saqueando e incendiando sus aldeas.

Así transcurrieron los años 1651 a 1653. 264

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dose y socorriéndose mutuamente en sus enfermedades y otras necesidades.

Al verse cerca de su fin, queriendo poner remedio a todo, se acordó de que seguía aún en la iglesia el Santísimo Sacramento y, como no podía ir a consumirlo, les recomendó que lo tratasen con todo honor y respeto y que si por desgracia, como era muy de temer, se veían obligados a abandonar el fuerte, se llevasen consigo el sagrario, o por lo menos el santo copón, pues no era seguro que pudiera poner remedio él mismo.

Luego, después de hacer todo lo que la enfermedad le permitía hacer en cuanto a lo espiritual, intentó cuidar de lo temporal, pidiéndole al señor de Flacourt que, si Dios disponía de él, lo enterrasen en la iglesia, cerca del altar, cuya primera piedra había colocado el día de la Purificación, pero que las continuas guerras que han durado hasta la llegada de estos dos barcos han impedido acabar de construir.

Ahora sirve de cementerio.

También pidió que desenterrasen a su querido compañero el padre Gondrée y que lo pusieran en la misma tumba que a él; esto no ha podido cumplirse hasta ahora, pero procuraremos hacerlo cuanto antes.

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Además, ordenó que se recompensase con el poco dinero que todavía le quedaba a la persona que le había servido de intérprete, y otros pequeños detalles temporales, como puede verse por la copia de su testamento que se hizo entonces, del que le envío solamente una copia.

El sábado siguiente perdió el uso de razón y murió el domingo, día 29 de mayo.

Estos señores lo enterraron lo mejor que pudieron, con los ornamentos sacerdotales, según me han dicho.

Al cabo del año no se había olvidado de tener un servicio, esto es, el oficio de difuntos y la misa, por su querido compañero, pocos días antes de caer enfermo, esperando que pronto iría él mismo a gozar de su querida compañía por toda la eternidad, después de un año de separación.

El recuerdo de nuestro difunto estaba tan hondo en el corazón de estos buenos señores franceses que hay aquí que tampoco ellos se olvidaron, al cabo de un año, de cantarle el oficio de difuntos, como luego hicimos también nosotros, el padre Bourdaise y yo.

Después de haber celebrado tres misas cada uno, según costumbre de la casa, cantamos el primer nocturno 265

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del oficio de difuntos, los laudes y dos misas solemnes, una de la Virgen y otra de difuntos.

Creo que todos nuestros padres, cuando sepan que Dios ha dispuesto de él, le rendirán los mismos honores que hasta ahora se han rendido a todos los difuntos de nuestra compañía.

No creo que ninguno se haya olvidado de él, pues es demasiado conocido.

Sus virtudes practicadas tanto en Francia como aquí no se pueden ocultar a nadie y todos saben y sabrán por la lectura de sus propios escritos, que le obligó a escribir su propia humildad y obediencia, los dones interiores y especialísimos suyos que Dios le concedió, como yo mismo he podido comprender por lo que aquí he oído.

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Tenía mucho miedo de que el viento de la soberbia derribase el edificio tan sólido, y no de arena solamente, que había ido construyendo con los dones de Dios, entre los cuales estaba el ser el séptimo varón de su familia y podía por tanto tocar sin contagiarse a los tuberculosos, como el rey de Francia; también por ese motivo llevaba naturalmente impresa una flor de lis en su estómago desde su nacimiento como señal de este poder especial, según he sabido de algunos de nuestros franceses, que lo advirtieron después de su muerte; algunos de ellos no podían imaginarse que eso fuera verdadero y por eso todos lo quisieron ver.

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También lo recuerdan muchos negros con cariño y afecto, como podemos advertir incluso después de tanto tiempo por las alabanzas que le dirigen y por los buenos movimientos que él les inspiró para que se convirtieran a nuestra fe, de tal forma que, desde que llegamos, no hemos tenido ninguna necesidad de salir de nuestro recinto para ir a instruir en sus casas a estos pobres infieles, ya que ellos mismos han venido a buscarnos apenas supieron que habíamos venido a realizar las mismas funciones de nuestro querido difunto, que bautizó durante toda su vida a setenta y siete de ellos, entre adultos y niños, y han ocupado de esta forma todo nuestro tiempo disponible.

Desde el segundo o tercer día de nuestra llegada hasta ahora habrán pasado muy pocos días sin que hayamos tenido, desde la salida del sol hasta las 10 o las 11, a alguno de ellos en casa, con frecuencia tenemos hasta a una veintena en una casa aparte, que sólo nos sirve para ir a rezar, y que hemos comprado solamente con esta finalidad, 266

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y desde la una y media hasta las tres o las cuatro, y desde las cinco hasta la noche empleamos todo el tiempo en su instrucción; incluso mientras le estoy escribiendo la presente, es preciso que les ruegue que me dejen en paz durante un poco de tiempo, pero a ellos les cuesta dejarme tranquilo, pues las personas recién llegadas no pueden esperar.

Por todo esto puede usted juzgar la necesidad que tiene de obreros este país, no crea que le pido demasiado, pues le aseguro que no habría ni una sola aldea en los alrededores en la que no se presentase la misma ocupación.

Podrían trabajar aquí dos o tres hermanos, sobre todo si tienen una virtud sólida y fuerte, tanto en castidad como en obediencia y mansedumbre.

¡Ojalá Dios enviase todos los necesarios para poder emplearlos en tan santas ocupaciones!

¡Bien sabe él cuán alejado estoy yo de esas virtudes, especialmente de la última, que no es la menos necesaria en este país!

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Si no saben leer ni escribir, no podrían hacer mucho; también convendría que supieran algo de cirugía y de farmacia, con todas las cosas necesarias para ello, sobre las que le envía una nota el padre Bourdaise, al que están continuamente molestando tanto los franceses como los pobres indígenas pidiéndole algunos ungüentos para sus heridas y dolores de vientre y otras enfermedades ordinarias en este país, no es que no haya aquí cirujanos y boticarios, pero carecen de remedios y de las cosas necesarias para la salud, por lo que tienen que recurrir a él en cada momento.

Esta es una buena ocasión para poder hablarles de las cosas de la fe e ir adelantando con ellos.

Las sangrías en este país son tan necesarias que no es posible dejar de pensar en ellas, pero las lancetas son tan escasas que los cirujanos evitan todo lo que pueden las sangrías, para poder conservarlas.

Sería también útil un hermano coadjutor que entendiera de costura, y quizás también de carpintería y algo de serrería.

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Los dos serían igualmente necesarios, con tal que tuvieran buen pie y buena salud, lo mismo que los sacerdotes que vengan, aunque las personas de complexión delicada aquí se encuentran bastante bien.

No le digo nada más sobre ello; le recuerdo todo lo que ya le dijo nuestro querido difunto sobre los obreros. su nú267

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mero, sus cualidades, su edad y todo lo demás, aunque la edad no es tanto de atender para los hombres como para las mujeres.

No le hablo de las costumbres de la región ni sobre las cualidades del país.

Me lo impide la prisa por la salida del barco.

El padre Bourdaise le dice algo de ello en la suya.

Y esperamos que más tarde le podamos dar más amplias referencias.

Todavía no he notado muchas más cosas de las que usted ya sabe por la carta del difunto padre Nacquart.

Le enviaré alguna memoria sobre las cosas que creo necesarias en este país y para remediar de antemano los inconvenientes con que hemos tropezado nosotros, pues creo delante de Dios que esta preocupación por las cosas temporales no está separada de lo espiritual, ya que se trata de impedir algunos pequeños desórdenes que debemos evitar por el deseo de la salvación del prójimo y de la nuestra.

Se lo he escrito pensando solamente en ello, a medida que he ido viendo las dificultades que han sobrevenido por mi culpa.

No dudo de que quizás haya puesto demasiada atención en las cosas temporales; pero estoy ciego en este punto.

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Espero de su caridad paternal que excusará de buena gana esta debilidad y que me obtendrá luz para mi ceguera por el mérito de su bendición sobre el más débil e imperfecto de todos los que usted quiere como a hijos, en el amor de Nuestro Señor, en el que tengo la confianza de que me considerará usted, mi venerado padre, como el hijo más humilde y obediente.

M OUSNIER indignísimo sacerdote de la Misión 1917 [1837,V ,291-298] JUAN FRANCISCO MOUSNIER A SAN VICENTE Fuerte Dauphin, 6 de febrero de 1655 Padre: Me creo obligado a indicarle todo lo siguiente, por temor de que pase en adelante lo mismo que ha pasado hasta ahora, por no haber previsto debidamente las cosas. ________ Carta 1917.

— Archivo de la Misión, copia del siglo XVII. 268

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En primer lugar, en cuanto a la harina que hay que traer aquí hasta que le indiquemos que no necesitamos más, ya que nos la enviaron mezclada con harina de guijas, siendo así que en San Lázaro la tienen de trigo puro; haga calentar el horno como para cocer pan y meta en él todo lo que usted pueda dentro de vasijas de barro; todo lo que se necesita es un tonel; luego, cuando haya estado dentro del horno la mitad de tiempo que se necesita para cocer pan, hay que retirarla y quitar de ella lo que parezca que está demasiado seco; lo restante, póngalo en barrilitos nuevos de unos tres litros de cabida; apriételo todo lo que pueda y ponga esos barrilitos dentro de una barrica nueva que tenga ocho buenos aros de hierro, en medio de paja, o bien dentro de un cajón grande de madera de abeto de una pulgada y media de espesor, también entre paja; de forma semejante cubra usted ese cajón de paja y enciérrelo dentro de una funda de hule o de tela embreada, con buenas cuerdas también embreadas, no sea que las telas y las cuerdas se pudran en el barco, como nos ha pasado a nosotros, con lo que se nos ha perdido gran número de las cosas que llevábamos.

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Segundo, que cada uno de los padres o hermanos que vengan acá se traigan una o dos libretas de papel blanco, antes de su salida de París, en las que estén escritas por orden alfabético todas las palabras francesas que se puedan imaginar; les podrán ayudar el Pajot 1, Mores y algún otro diccionario; que escriban también todo el francés que encuentren en el Thesaurus linguae latinae, dejando espacio para escribir a continuación esas palabras en lengua malgache; si así lo hacen, pronto podrán poseer la lengua malgache.

Tercero, que los que vengan acá no encarguen a nadie de comprarles o de proporcionarles lo que necesiten, sino que lo hagan ellos mismos, si conocen bien el precio de cada cosa; si no, que hagan lo posible por estar presentes cuando se realicen esas compras y que lleven a San Lázaro o a Bons-Enfants todo lo que tengan que traer, para hacer el inventario de todo, y que dejen una copia del mismo en San Lázaro y se traigan ellos ________ 1.

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Carlos Pajot, jesuita, nació en París el 6 de diciembre de 1609, murió en La Fleche el 13 de octubre de 1686; autor de numerosas obras clásicas para uso de los alumnos de latín y griego: diccionarios, sintaxis, rudimentos, arte poética, escritos la mayor parte de ellos en latín. 269

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otra, en la que irán añadiendo todas las demás cosas que vayan comprando desde que salgan de París.

Que se piense en la aduana por lo menos tres días antes de salir de París.

Además, que se embale debidamente todo cuanto se traiga a este país de la misma forma que he indicado ya respecto a la harina, y que se ponga un sello y una señal en cada bulto desde París hasta la aduana; es allí donde hay que conocerlos.

Si se toman cajones en vez de barricas, que sean de cuatro pies de anchas y de dos y medio de altas, con madera de abeto o de roble de una pulgada y media de grosor.

Que les pongan buenas cerraduras y cadenas, y lo demás lo mismo que para la harina.

Que se traigan de París un centenar de esos pequeños exámenes de conciencia sacados de Granada, para hacer la confesión general.

En cuanto a los rosarios, bastará con una o dos gruesas para dárselos a los marineros, ya que aquí es posible confeccionarlos con materias adecuadas para ello.

Que se traigan además media docena de cucharas de cobre estañado.

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Que uno de nuestros hermanos coadjutores de San Lázaro (quizás pueda hacerlo el hortelano) se preocupe todos los veranos de recoger en un saco aparte, para esta isla, toda clase de hierbas tanto comestibles como útiles para los boticarios, cada una en un papel aparte, con su nombre, con las semillas y pepitas de los frutos de Francia, con el nombre de cada una.

Viñas hay por aquí.

Convendría hacer lo mismo con todas las clases de flores que hay en Francia, reuniendo simientes de ellas; y las que no provienen de simiente, sino que tienen raíces, ver si podrían producirse aquí como en Francia.

Las que trajimos nosotros no nos han servido de nada, por haberlas colocado mal en nuestros bultos.

Convendrá meter el saco en que vengan entre las cosas secas, como por ejemplo la ropa.

En cuanto al trigo, el centeno, la cebada y la avena, que las pongan en dos talegos, todas ellas en sus espigas: uno de esos talegos con los demás granos, en un lugar muy seco, no entre los objetos de metal; y el otro en algún cofre que se pueda tener más a mano, para pone)las al aire de vez en cuando, sin olvidarse de las aceitunas, que no conviene adobar.

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Si traen alguna cosa dulce, como azúcar cande u otras cosas de drogas, 270

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antídotos, tríacas y cosas por el estilo, que sea en vasijas de estaño muy sólido y bien cerrado con cera y un trozo de lieja por encima, y por debajo un poco de sebo por encima de la lieja y un pedazo de pergamino envolviéndolo todo; si no, todo se echará a perder, como nos ha pasado a nosotros.

Y que tengan todas esas cosas en un baúl, que puedan tener muy a la vista, como por ejemplo entre los dos puentes del barco.

Y si pudieran traer alguna planta de rosal, sería estupendo.

Si traen ciruelas, higos y raíces secas, almendras dulces y amargas, pimienta, clavo, canela y nuez moscada, que no hay en este país y que son muy necesarias para los enfermos, que lo traigan cada cosa en su bote aparte, y todos esos botes dentro de una caja grande, como dije anteriormente.

Algunas vasijas de barro o de hojalata, o cuero, o estaño, para poner flores en la iglesia vendrían muy bien por aquí, pues no se pueden hacer.

Sería conveniente que fueran de barro barnizado y a plomo, como esos tan bonitos que hacen en Francia.

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Diez o doce trozos grandes de jabón para poder lavar la ropa de iglesia nos obligarían a tenerla siempre bien limpia, junto con una libra de almidón y un paquete de azulete.

En el fondo de los cofres en los que se metan los talegos, que pongan una pieza de cuero bien fuerte para las suelas de los zapatos, con una docena de ovillos de hilo fuerte para remendarlos y algunas leznas junto con el cuero; eso además servirá para conservar lo que se meta en el cofre.

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Si viniera alguno de los hermanos que entienden de costura, ser¿a conveniente que se trajera de París (y aunque no viniera dicho hermano, esas cosas siempre nos vendrían bien) dos pares de tijeras grandes; dos o tres mil agujas, que convendrá encerrar bien en una caja sin aire alguno de albayalde, ya que el orín se las come enseguida, media docena de dedales medianos de cuero, ya que así no se los comerá el orín; algunos alfileres y aldabillas de esos que ponen en San Lázaro en las camisetas 2 y esos pequeños picos de cuervo planos y redondeados para montar y desmontar los relojes y poder arreglarlos, además, cuatro o cinco libras de hilo blanco y de color malva, pero no negro, porque se estropea enseguida en el mar. ________ 2.

Anillos en donde se abrochan los corchetes. 271

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Los padres y los hermanos sería conveniente que trajeran de San Lázaro cada uno unos calzones de tela para el pasaje; el país no es tan cálido que no se pueda llevar bien la sotana y unos calzones de buena sarga de Londres.

Las demás telas y los calzones de pana no sirven; después del viaje por mar a nosotros se nos han estropeado y echado a perder por completo; no duran ni un par de días y se desgarran por completo.

Lo que se necesita son buenos hábitos de sarga fuerte y que dure.

En cuanto a los sombreros, los más ligeros son los mejores (cada uno que traiga dos sombreros) y duran mucho tiempo.

Y a propósito de sombreros, ¿no podríamos llevar aquí algún pequeño bonete redondo o cuadrado en forma de gorra, sobre todo para los viajes?

Lo que más nos molesta en esos viajes son los sombreros grandes y pesados como los nuestros, tanto por el ramaje por el que tenemos que pasar con frecuencia como por la fuerza del sol, que calienta mucho con esta clase de sombreros.

Que no tengan reparos en traer demasiada ropa, zapatos o sombreros, ya que aquí todo esto es de mucho provecho.

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Que manden hacer en París una docena de platos de aluminio hondos y otros cuatro pequeños.

Si se traen servilletas y manteles de Francia, no habrá necesidad de romper aquí los lienzos para hacerlos, como hemos tenido que hacer nosotros.

Un par de fuentes de aluminio vendrían también muy bien para la iglesia.

Un cajón lleno de vasijas de loza y de porcelana, tanto botellas como potes, sería muy necesario en este país para poner los licores que se necesitan.

Las guerras anteriores que aquí han hecho contra nuestros franceses le harán comprender y apreciar debidamente, por temor a los asesinos, que un fusil y un par de pistolas le vendrán muy bien a la persona que tomemos para que nos acompañe cuando vayamos al campo; y además, con esas armas, 40 ó 50 libras de pólvora y el doble de plomos de todos los tamaños, y piedras para esas armas, un saquito, dos descargadores y dos rascadores.

De los ornamentos de iglesia no le digo nada de lo que necesitamos; los más bonitos y adornados son los que más atraen.

Esta nación tiene mucha fe y devoción, como ya hemos 272

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