Carta · tomo V
SANTOS BOURDAISE, SACERDOTE DE LA MISION, A SAN VICENTE
8 de febrero de 1655
viaje; sin embargo, el señor de La Forest, que es muy justo y muy razonable, pondrá remedio a esto y a todos los defectos que pudiera haber.
Le mando una carta de uno de nuestros buenos amigos, que sirvió mucho al padre Nacquart; le ruego, padre, que la haga llegar a su pobre mujer (se llama María Tavernier y reside en Pontoise) y le quedará muy agradecido, entréguele también cien francos lo antes posible que es la cantidad que él 1105 ha dado a nosotros.
Mi venerado padre, le suplico que haga el favor de avisar a mis parientes y que les dé mis saludos; les pido que recen a Dios por mí.
Entrégueles también estas cartas y envíenos la contestación que ellos me manden.
Uno de nuestros franceses irá a visitarle y a hacer allí un retiro; de él podrá informarse cómo estamos.
Su muy humilde y afectuoso servidor e indigno hijo.
S.
B OURDAISE indigno sacerdote de la Misión 1919 [1839,V ,302-313] SANTOS BOURDAISE, SACERDOTE DE LA MISION, A SAN VICENTE En Madagascar, 8 de febrero de 1655 Mi venerado padre: Le pido su bendición.
Y a le escribí desde Cabo Verde por medio del capitán Bichot, que es de Dieppe, contándole todo lo que pasó hasta aquellos momentos de nuestro viaje.
Pero como pudiera ser que se hubiera perdido mi carta, le diré en pocas palabras que, habiendo llegado al barco del señor de La Forest, almirante de los dos barcos, fui recibido con todo el honor posible.
El domingo siguiente, que era el segundo de cuaresma, levamos anclas con gran alegría de todos; para demostrar nuestro ________ Carta 1919.
— Archivo de la Misión, copia del siglo XVI 280
gozo cantamos el Te Deum y celebré la santa misa.
Y como Dios suele mezclar los dolores con los gozos, empezó a notarse una vía de agua que había en el barco y hubo que trabajar tanto que había que atender continuamente, de día y de noche, a la bomba.
Casi todos creían que tendríamos que regresar a Francia, pero el capitán, confiado en Dios, no quiso volver.
Finalmente, con mucha fatiga, el viernes después de pascua Dios nos hizo llegar a Cabo Verde, con gran admiración y alegría de todos, sin haber sufrido ninguna tempestad ni visto ningún corsario.
Durante todo este tiempo yo estaba continuamente mareado, sin comer casi nada.
Pero esto sólo sirvió para que luego en Cabo Verde recobrara perfectamente la salud.
Aquel mareo no me impidió decir la santa misa casi todos los domingos y tener una pequeña homilía.
Visité en aquel lugar a los pobres indios, que son allí muy numerosos.
Sería demasiado largo exponerle todas sus costumbres y maneras de vivir; solamente me contentaré con decir que su conversión me parece fácil: 1.° porque hay muchos en aquel lugar que entienden el francés; 2.° porque entre ellos hay algunos portugueses muy buenos católicos y muchos de sus hijos están bautizados, distinguiéndose de los demás por una coronilla que llevan; tienen incluso una capilla muy bonita; 3.° porque cada seis meses llegan allá barcos de una compañía de Rouen; 4.° porque se inclinan muy poco hacia el mahometismo, pues son como esclavos de los que se preocupan muy poco los turcos, ya que están muy lejos del Gran Señor; 5.° porque nos escuchan de muy buena gana, hay incluso algunos que saben el Padrenuestro y dan la bendición, por habérselo enseñado hace ocho años unos padres capuchinos que estuvieron ocho días por aquel sitio y fueron muy bien recibidos.
Y o mismo no podía dar un paso sin verme rodeado de una gran cantidad de niños, de muchachos y muchachas, que corrían detrás de mí y me cogían de la mano llamándome Patres.
Les hacía hacer la señal de la cruz y rezar el padrenuestro; es posible que en adelante se consiga de ellos mucho fruto. 281
Tomo V · página PDF 281Tienen más necesidad de recibir limosna que de poder darla, pues son muy pobres, de forma que los más ricos de ellos tienen mucho menos que un pordiosero en Francia.
Por eso mismo son más fáciles de convertir, ya que Nuestro Señor les envió especialmente a esos sus discípulos para que los evangelizaran. 6.° Tampoco son muy inclinados a la lujuria, y esto los dispone mejor para recibir la luz; 7.° Las personas que viven allí viven seguras, pues no se atrevería aquella gente a matar ni siquiera a herir a nadie, pues tienen leyes que los hacen esclavos para siempre, a ellos y a sus padres y descendientes.
Es verdad que tienen dos vicios, que son la avaricia y el robo, que provienen únicamente de su pobreza.
Sus robos consisten en que les quitan astutamente a los recién llegados alguna cosa; pero si alguno advierte quién fue el que le robó, se lo tiene que devolver enseguida, aunque sólo sea un alfiler o una aguja.
Con cualquier baratija se les conquista.
Piden continuamente y aprecian cualquier cosa, hasta los harapos.
Sin embargo, las cosas que más aprecian y con las que se les podría hacer regalos son el coral largo y modelado, barritas de hierro, tijeras, cuchillos, aguardiente y pan.
Sería menester que los que fueran allá supieran hablar portugués, pues lo entienden bien, y que llevasen harina y galletas.
Los bueyes cuestan una pieza de ocho; una cabra o dos pollos se pueden comprar por una botella de aguardiente.
Con ella se compra lo que se quiera.
Sin embargo, sería absolutamente necesario que los obreros extranjeros no trajesen nada más que las cosas útiles para este país, sin enviar nunca nada que no fuera útil ni como regalo, ni para nuestras casas, ni que hablasen siquiera de comerciar con ellas, pues le aseguro que no hay nada que impida tanto la propagación de la fe como ese espíritu mercantil, sobre todo en un sacerdote.
Y o sé muy bien que toda la compañía está muy lejos de él.
Después de diez días que estuvimos allí, durante los cuales se acudió a todos los esfuerzos e invenciones posibles para remediar la vía de agua, aunque sin conseguir nada, la mayor parte de nuestros hombres cumplieron con pascua y, todos en buen estado, nos entregamos a la misericordia dé Dios para hacer aquella larga y peligrosa travesía. 282
Tomo V · página PDF 282Nos vino viento contrario y continuo hasta el ecuador, lo mismo que cuando salimos de Francia; esto nos apartó mucho de nuestra ruta y nos puso en peligro de ir a chocar contra la costa del Brasil, de la que estuvimos sólo a veinte leguas; pero el viento se volvió y se volvieron a juntar nuestros dos barcos. que continuaron bogando luego ligeramente a la vista uno del otro durante un mes entero.
No hay nada tan incierto como el tiempo.
De pronto nos sorprendió una tempestad tan cruel y tan furiosa que las olas saltaban por encima de las velas, las vergas tocaban en la mar y ésta era tan alta como una montaña.
Estábamos todos empapados y el barco lleno de agua, que apenas podíamos vaciar con las bombas.
No se veía absolutamente nada ni siquiera al mediodía.
El piloto, que había venido tres veces a este país, nos dijo que nunca había visto una tempestad tan grande; duró veintiséis horas y volvió a separar a los dos barcos; esto nos afligió mucho y creímos que no volveríamos a ver a la Osa, pero, como no lográbamos divisarla, proseguimos nuestra ruta.
Descubrimos varios monstruos marinos y entre otros una ballena prodigiosa que dio vueltas alrededor de nuestro barco, pasando y repasando de un lado a otro, haciendo ruidos extraños, elevándose por encima del agua; así estuvo durante medio día, con el miedo que teníamos de que nos desmontara el timón.
Un mes más tarde, el viernes, a eso de las cuatro de la tarde descubrimos el cabo de las Agujas, con un mar muy agitado.
Vino una tremenda oscuridad que cubrió la tierra y se hizo de noche, sin poder ver nada.
El viento contrario y la marea nos empujaron fuertemente contra las rocas, de las que llegamos a estar muy cerca.
El miedo invadió nuestros corazones; encendimos las linternas y nos pusimos a rezar, esperando la asistencia del cielo, que no tardó en llegar; porque a esos de las seis de la tarde la luna surgió enfrente en el horizonte sin ninguna nube por encima; esto nos hizo ver que no había ya tierra delante de nosotros.
Sin embargo, al salir de aquel lugar, aumentó la vía de agua, que no había dejado de entrar desde que empezó la tempestad, de modo que no pudimos dejar las bombas ni de día ni de noche.
Apenas era suficiente con las dos bombas.
Para colmo se presentó un viento contrario que obligó a trabajar 283
duro a todos nuestros marineros, haciéndonos dudar de nuestra salvación.
Puedo decirle que solamente el ejemplo de nuestro capitán, su abstinencia de carne los miércoles, sus ayunos y mortificaciones, devolvían los ánimos a la tripulación.
La santa misa se celebraba todos los domingos y días de fiesta; además asistían todos a las oraciones que hacíamos por la mañana y por la noche; esto era porque el personal seguía el ejemplo de su capitán.
La verdad es que muchos no sólo procuraban no ofender a Dios, sino que hasta practicaban virtudes muy heroicas.
Durante toda la travesía no fue necesario imponer ningún castigo, ya que todo el mundo procuraba con amor cumplir con su obligación.
El señor de La Forest me ordenó al principio que preparase una paleta para castigar a los que profanasen el santo nombre de Dios.
Si por casualidad alguno caía en esta falta, venía enseguida y me rogaba con insistencia que le golpease duro, para que se acordase.
Este fervor fue muy agradable a Dios, que nos concedió la gracia de librarnos de este pecado en muy poco tiempo.
Todo este largo espacio de tiempo no se me hizo ni mucho menos pesado, pues me ocupé en aprender la lengua, en la que no había podido avanzar mucho hasta entonces.
Unos días antes de llegar también se puso a estudiarla el señor de La Forest, y esto me sirvió de mucho, pues podíamos disputar los dos juntos.
Finalmente, después de haber sufrido una noche muy mala, durante la cual tres marineros dijeron que habían visto un fantasma en el palo mayor, divisamos la isla de San Lorenzo, la víspera de su fiesta, y cantamos la santa misa en su honor con un Te Deum para dar gracias a Dios por la intercesión de este santo.
Seguimos la costa todo aquel mismo día y el día siguiente hasta mediodía, en que atracamos en Itapére, que está a cuatro leguas del fuerte Dauphin, en una rada muy hermosa.
Se diría que era una balsa, ya que todas las orillas no son más que bosque y maleza.
Sólo hay una pequeña entrada para el barco 284
Dios sabe con cuánto gozo y alegría llegamos finalmente a buen puerto.
Todos bendecían al Señor.
Uno decía que nunca había visto un viaje tan feliz, dado el peligro evidente por causa del agua que se haba ido colando en el barco desde Francia; otro se admiraba de que no hubiera muerto nadie y de que sólo hubiera tres enfermos, uno de ellos con una úlcera ya antigua, que no había que contar según decían, y los otros dos de mareos, que se sintieron completamente bien cuando respiraron el aire de tierra.
Alguno indicaba además que no había habido ninguna riña.
Todos en general apreciaban estos favores de Dios y reconocían que Dios les había ayudado para que confiasen en él y en adelante se esforzasen más en la virtud.
Pero en medio de esta alegría alguno se extrañó de que no se viera a ningún negro, siendo así que otras veces había muchos y que aquella costa está muy poblada.
No se sabía qué pensar; se decía que probablemente habría habido alguna grave enfermedad; otros decían que habrían acabado con todos los franceses y que se habrían ido a vivir a las montañas.
Después de mucho tiempo y en medio de la duda y de la agitación de diversos pensamientos, se oyó una voz sin ver de dónde salía; nos fijamos mejor, nos pusimos a escuchar y finalmente vimos bajar a dos negros de la montaña.
Inmediatamente se echó la chalupa al mar con un intérprete y con la orden de tratarlos con toda la mansedumbre posible.
Aquellos pobres hombres, temblando de miedo, después de haber obtenido la promesa de que no les harían ningún daño, se embarcaron y vinieron hasta el navío.
Y o estaba con nuestro capitán en su camarote, deseosos todos de saber noticias de los franceses y especialmente del padre Nacquart, por el que sentía cada día más afecto, sabiendo la necesidad que tendría de él en este país, cuya lengua no entendía todavía.
Se presentaron pues al señor de La Forest, que tuvo compasión de ellos, al verlos tan delgados y demacrados; eran un hombre y su mujer.
Se echaron en tierra y empezaron a dirigirnos una arenga, toda llena de lamentaciones.
Dijeron que su tierra estaba perdida, que el fuego había quemado todas sus casas, que todos sus padres habían sido matados, que no tenían nada que comer. «Hace ya muchos años que los franceses nos 285
Tomo V · página PDF 285hacen la guerra.
Todos los negros han huido y los han abandonado; están muriéndose de hambre; varios han muerto», Al oír estas palabras, enrojecí y les pregunté enseguida cómo estaba el padre Nacquart, Se miraron entre sí y finalmente me dijeron: «¿Era el sacabire?»
— «Sí», les dije — «Maty», me dijeron: ha muerto.
Mi corazón se quedó helado, Les pregunté cuánto tiempo hacía.
Uno dijo: «Roa volana», dos meses; el otro: «Emina taona», seis años.
Esto me hizo pensar que quizás era del padre Gondrée de quien querían hablar, Les pregunté si era moreno, Se miraron entre sí y no sabían qué responderme; esto me dio un poco de ánimo y me dejó por otra parte en un temor y melancolía extraña hasta el día siguiente que fui a tierra, vi a otros negros, y el señor de Flacourt me hizo el honor de escribirme.
Supe finalmente que había muerto hacía tres años.
¡Dios mío!
¡Qué gran calamidad y qué tinieblas ofuscaron mi pobre espíritu!
¡El padre Mousnier, mi superior, y Desmoulins y todos los bultos perdidos, la guerra por todo el país y los negros huidos a las montañas!
Finalmente, después de haberme puesto en manos de Dios, aunque un poco tarde, me sentí consolado y me decidí a quedarme, a pesar de todos los consejos en contra que me daban.
Empecé pues a animarme y a balbucear unas palabras entre aquella pobre gente.
Les pregunté si habían conocido al padre Nacquart y si habían aprendido a rezar.
Uno me dijo que sí y hacía la bendición; otros me decían algunas palabras del padrenuestro; otro decía que Dios era bueno; otro finalmente que su corazón deseaba rezar.
Los bautizados empezaron a venir a verme y esto iba apartando mi desconfianza; me alegraba de ver cómo reverdecían aquellas pobres plantas, que se habían conservado vivas durante todo aquel tiempo sin agostarse.
Cuatro días más tarde el señor de La Forest, nuestro almirante, partió para dirigirse al fuerte Dauphin, a unas cuatro leguas de distancia, y me hizo el honor de rogarme que le acompañara.
Partimos bien armados, debido a las sorpresas que podían acecharnos, según nos habían advertido.
Después de llegar, nos saludó y nos recibió con los brazos abiertos el gobernador, señor de Flacourt; fui a la capilla, que encontré muy bien adornada y limpia lo cual me llenó de alegría.
Vimos un 286
fuerte bien formado y guardado por un buen número de franceses aguerridos, pero vestidos como los negros, esto es, desnudos de la cintura para arriba y desde mitad de los muslos hasta abajo, sin sombreros ni zapatos.
En la parte baja del fuerte, una gran aldea, poblada de negros.
Conocimos bien entonces que las cosas no estaban tan desesperadas como nos habían dicho.
El señor de Flacourt nos contó la guerra que habían tenido, las penas y trabajos que habían sufrido, así como la situación en la que él había logrado ir restableciendo las cosas; vimos que todo marchaba ya bien.
Al día siguiente, que era domingo, celebré la santa misa con gran contento de dicho señor de Flacourt y de todos los franceses, que lo estaban deseando con ilusión.
Me advirtieron que el santísimo sacramento estaba en el sagrario, ya que el padre Nacquart no lo había podido consumir por haberlo sorprendido la enfermedad (yo no podía creerlo y decía en mi interior que ellos no lo habían entendido); pero, después de consagrar hostias nuevas, abrí el copón y encontré en él cinco formas, pegadas unas a otras pero con las especies enteras.
Esto me impresionó y pensé que Dios les había concedido este favor por el honor que nuestros franceses le habían rendido, pues hacían allí las oraciones de la mañana y de la noche y llevaban el sagrario en procesión el día del santísimo sacramento.
Y entonces se presentaron corriendo unos negros.
Había noticias interesantes.
Uno dijo que eran buenas; otro, que eran malas.
Esperamos a que llegaran; una vez llegados dijeron que haba llegado el otro barco, que todo había ido bien y que mi hermano me mandaba saludos.
Estas noticias tan consoladoras alegraron a todo el mundo.
Fuimos enseguida a Itapére a su encuentro y nos abrazamos el padre Mousnier y yo, reconciliándonos por medio del santo sacramento de la penitencia del que habíamos estado privados tanto tiempo.
Pero, como ya había llegado mi superior y va a ir a residir al fuerte Dauphin junto con el hermano Renato 1, le dejo a él el relato de todo lo que ha pasado hasta ahora, y me contentaré con decirle que, por lo que a mí respecta, estoy muy contento de estar en este país y que todos los días le doy gracias a Dios por ello.
Me gus________ 1.
Renato Forest. 287
taría que todos nuestros padres pudieran ver la gran cosecha que se puede recoger en este país.
Sin salir siquiera de casa, encontramos aquí más ocupación de la que podemos atender.
Parece como si Dios hubiera querido dejar hambrientos a nuestros franceses y a nuestros negros, privándoles por tanto tiempo del pan místico del evangelio, para hacer que luego les resultara más sabroso, pues han venido muchos a rezar a Dios durante seis meses, tres veces por día, con una asiduidad maravillosa.
Estas pobres almas no pedían más que buenos obreros.
Hace unos días le decía a dos o tres que vinieran a rezar a Dios.
Uno de ellos me dijo: «Mi corazón lo desea; rezar es bueno; para mí es lo mejor que hay; pero estáis solos tú y tu hermano; sois pocos para tanta gente».
Y o les prometí que vendrían más.
El me respondió: «Mi corazón te ama; ojalá puedas vivir muchos años!
Me alegro de lo que me dices».
Estos pobres negros son muy fáciles de convertir, ya que todos, hasta los más pequeños, se dejan llevar por la razón.
Sus padres no tienen que pegarles nunca por nada y hacen todo lo que les mandan.
Los niños son muy obedientes, dóciles y quieren mucho a sus padres.
Sus cuerpos son robustos y bien constituidos; casi no hay ninguno cojo ni jorobado; los miembros ágiles y fuertes; no fajan a los niños, sino que la madre los lleva a su espalda en una especie de talega.
Me han dicho que, cuando nacen, les descoyuntan los miembros y luego los vuelven a colocar.
Cuando vienen al mundo, la mayor parte, con toda su negrura, tienen ya los rasgos del rostro bien delineados y son muy distintos del que usted vio en cierta ocasión.
Tienen un carácter apacible, poco amigo de riñas; no sé de ninguna disputa que haya ocurrido aquí desde que llegamos; esto procede de la mucha amistad que tienen entre sí; cuando uno de ellos cae enfermo, los demás corren a su lado y lo cuidan con una atención maravillosa.
Sus remedios consisten solamente en unciones con sangre de buey o en agua hervida, con la que frotan enérgicamente todo el cuerpo; otras veces machacan con unas piedras ciertas hierbas y se beben el jugo o lo ponen sobre las llagas, con lo que a veces obtienen curaciones maravillosas; hay incluso ciertas 288
raíces que hacen tener leche a las mujeres, aunque tengan más de sesenta años.
Por eso es bastante común ver cómo las abuelas dan el pecho a sus nietos.
Si se les da a alguno una cosa para comer, la repartirá entre todos los que están con él, aunque no los conozca.
Pero lo más curioso es que hasta los niños pequeños se portan así.
Hay otra cosa que es general en todos ellos: no son golosos, ni borrachos, sino muy sobrios; es imposible de creer lo poco que comen y lo poco que necesitan para sustentarse.
Incluso a veces sufren con valentía el hambre y la necesidad, sin quejarse y sin pedir limosna.
Esto proviene de que no se preocupan por el porvenir y viven así sin cavilaciones.
A veces se pasan cuatro días sin comer.
Buscan raíces de árboles y otras cosas para comer.
Pero lo más curioso es que, durante el tiempo de hambre, no se oyen más que cantos de alegría y se pasan bailando toda la noche.
Creo que harán esto para distraerse del hambre que sienten y para dormirse, después de haberse rendido el cuerpo de cansancio, en una choza cubierta de hojas y construida con cuatro palos, debajo de los cuales duermen.
Todo su vestido consiste en un trozo de tela de vara y media de larga por media vara de ancha.
Incluso sólo llevan esa tela los más ricos y las mujeres, pues los otros no llevan más que un taparrabos de cuatro dedos de ancho, que se cuidan de arreglar de forma que nunca se les ve descubiertos.
Tanto los hombres como las mujeres llevan el cabello elegantemente recogido en varias trenzas que forman una especie de corona.
Sus adornos, siguiendo la sencillez de su espíritu, son todos naturales, de flores y de hojas verdes de plantas olorosas, con las que se hacen guirnaldas o las cuelgan de sus cabellos.
El robo y el latrocinio son un crimen entre ellos, lo mismo que la soberbia, pues están acostumbrados a la humildad y al servicio de forma que no pueden vivir sin servir.
Por un escudo o algo del mismo valor se puede comprar un esclavo, que servirá con toda fidelidad a su amo junto con toda su posteridad.
Los grandes, que son pocos y descienden de los mahometanos, son todo lo contrario de éstos Son ellos precisamente los que más impiden que abracen la fe, pues están llenos de supersticiones con las que engañan a estas pobres gentes sen289
Tomo V · página PDF 289cillas y religiosas, que no pueden hacer lo que desearían.
Los tratan como a perros, sin darles siquiera a roer el hueso en su mano, sino tirándoselo al suelo, no se atreverían a pasar delante de ellos sin doblar las rodillas e inclinar su frente hasta la tierra.
Tienen que servirles de caballo, pues estos pobres negros llevan a los blancos sobre sus hombros en una especie de parihuelas.
Lo bueno que tienen es que no los golpean nunca, sino que con paciencia y mansedumbre les hacen hacer lo que quieren.
Estas son las dos virtudes que lo consiguen todo en este país, hasta nuestros franceses, para poder tratar con ellos, no han tenido más remedio que adquirir estas dos virtudes de buena o de mala gana, porque huyen de las personas severas diciendo que tienen un corazón duro.
Su forma de hablar es dulce y enfática, mucho más breve y más grave que la de los franceses; también es mucho más pobre en palabras: con una sola palabra significan a veces diez cosas, para las que los franceses tenemos diez palabras distintas.
No hay ni declinaciones, ni conjugaciones, ni plural, sino solamente tres tiempos: el presente, el pasado y el futuro, que no se distinguen más que por un artículo que se pone delante del verbo.
Tampoco se distingue el nombre verbal del adverbio, pues no tienen más que una sola palabra que termina de la misma forma.
Tienen algunos adverbios de cantidad y de tiempo.
Esta lengua es difícil por las composiciones, los cambios de letras en dicha composición y sus elisiones.
En fin, es casi lo mismo que el árabe, se escribe de la misma manera y tiene pocas palabras.
Pensábamos enviarle un diccionario muy completo, pero el gran trabajo que hemos tenido entre manos, tanto por parte de los franceses, con los que hemos tenido que trabajar mucho por haber pasado tanto tiempo, como por parte de los negros que vienen continuamente a rezar a Dios, y por habernos tenido que preparar nosotros mismos la comida durante tres meses (ni siquiera teníamos a un negro que nos sirviera), nos han impedido que lo podamos acabar, solamente hemos podido escribir uno pequeño, con algunas correcciones, espero podérselo enviar con el barco del señor de La Forest, Es necesario que los padres que vengan aprendan la lengua en el barco, procurando retener en su memoria las palabras más comunes, 290
Tomo V · página PDF 290pues aunque no sepan unirlas, esto les servirá de mucho cuando lleguen.
Créame, padre, una vez que se llega aquí, ya no es posible estudiar.
Los intérpretes no lo hacen nunca tan bien como uno mismo.
Hablan, pero no tocan el corazón.
Necesitaríamos absolutamente una gramática árabe y un diccionario para poder entender sus escrituras, en las que están escritas todas sus supersticiones.
Muchos de ellos empiezan a tener ya celo de la gloria de Dios y reprenden a los demás si no guardan la debida modestia en el rezo, o bien, cuando no acuden, se invitan los unos a los otros.
Un niño les decía a dos o tres de sus compañeros: «Izy tonpo aby tontolo»: tú no vales nada, tú no rezas a Dios; Dios es el señor del mundo.
Y otro pequeño de ocho años, que vive con nosotros, muy guapo e hijo de un francés de Dieppe, me decía: «¿Se condenan los bautizados si le rezan a Dios?" — «No, hijo mío».
— «Pues bautice usted a mi hermanita junto con mi padre y mi madre».
Le dije que no venían a rezar a Dios.
Y me respondió que les diría que viniesen.
Así lo hizo y espero que pronto vendrán.
Una muchacha le decía a una compañera suya, que se entretenía en bromear: «Tu corazón es malo; no habla con la boca; no te rías así, pues eso es malo».
¡Que hermoso es ver a una docena, a dos docenas de recién bautizados o de los antiguos, asistiendo al servicio divino!
Se colocan en un grupo apretado, detrás de la puerta y muchas veces por fuera, mirando por una ventana.
No dejan de acudir apenas oyen la primera señal y salen siempre después de los franceses.
Muchas veces, mientras estoy rezando en la iglesia el oficio divino, me veo asaltado por una banda de niños, que se ponen de rodillas a mi lado y se quedan allí hasta que les he hecho decir el padrenuestro.
Luego se marchan riendo, diciendo a todos que le han rezado a Dios.
Es verdad que ahora no vienen tanto como al principio, pues tienen que esperar mucho; como no hay lugar para todos, hacemos que recen antes los mayores y luego los pequeños, a fin de que se vayan a trabajar.
Los más ricos tenían vergüenza de venir a rezar a Dios con los niños y con los esclavos y de sentarse junto a ellos, pues no tenían costumbre.
Les dije que eso es291
taba bien para sus casas, pero no aquí, pues era un lugar pequeño y para rezar con Dios no había que tener en cuenta esas cosas, pues Zanahary quiere a todos los que rezan bien y cumplen sus mandamientos, que éstos serían los primeros delante de él, pues él no miraba si uno era esclavo o niño, sino solamente la verdad; si los Roandrias, que son los más grandes, se portaban mejor que los demás, ellos serían también los mayores en el cielo.
Hay una mujer de las blancas que viene hace poco y que lo aprende todo muy bien.
Dios les irá tocando el corazón poco a poco.
Muchos se ponen tristes cuando no pueden aprender todo lo aprisa que querrían.
El latín les resulta difícil de pronunciar.
Hemos creído conveniente hacerles rezar de este modo, ya que las oraciones que teníamos en su lengua no estaban bien.
Más vale esperar un poco y no cambiar nada.
Para suplir este defecto, les enseñamos a hacer actos interiores por la mañana y por la tarde.
Muchos quieren ponerse de rodillas mientras están aprendiendo a rezar; yo les digo que basta con que se arrodillen en la iglesia y cuando se levantan o se acuestan.
Imitan a los franceses en todo lo que pueden.
Si van a cruzar un río, hacen la señal de la cruz como ellos.
Estos días de navidad estuve confesando a uno; me impresionó la sencillez y la ternura de aquella alma.
Desde hace poco tiempo tenemos entre nosotros a cuatro negritos muy majos y que dan muchas esperanzas; entienden un poco el francés; tres de ellos están bautizados y el otro se bautizará dentro de poco.
Saben rezar y tienen ganas de aprender a leer.
Nos servirán de mucho en adelante.
Pronto nos acabarán la iglesia de piedra, que está en el fuerte; resulta un poco pequeña.
La otra, que había hecho comenzar el padre Nacquart, servirá de cementerio.
Nos encontramos bien, gracias a Dios.
Nos hemos hecho sangrar; yo me he purgado dos veces.
Las purgas son muy necesarias.
No hace aquí tanto calor como creíamos.
Las estaciones, tanto de invierno como de verano, son aquí como desde mayo hasta septiembre en Francia.
La verdad es que hay dos estaciones y que lejos del mar hace mucho más calor, pues allí el invierno es como el verano que tenemos aquí. 292
Nos hemos encontrado con una viña muy hermosa, que ha producido este año sesenta racimos muy grandes.
Hace tres años que se plantó.
Es muy buena; por el país hay también otras viñas salvajes, que han descubierto nuestros franceses.
Seríamos muy felices si pudiéramos plantar trigo.
Hemos podido recoger algunos guisantes y habas de Francia en pequeña cantidad, pues las plantamos en la estación más oportuna.
El trigo y los demás granos no han dado fruto.
El cáñamo se da bastante bien.
¡Quiera Dios bendecir esta tierra y hacerla fructuosa para todos los que la hagan trabajar por la salvación de nuestros pobres indios!
Las dos cosas están bien relacionadas.
Y hay muchas probabilidades para la una y para la otra.
Así lo esperamos de las oraciones de tantas almas buenas que se interesan por esta obra, y especialmente de las suyas, mi venerado padre.
Le ruego, padre, que salude de mi parte a todos nuestros padres y que les diga que pidan a Dios por mí.
Su muy humilde y obediente servidor e indigno hijo.
S.
B OURDAISE indigno sacerdote de la Misión 1920 [1840,V ,313-314] A CARLOS OZENNE París, 12 de febrero de 1655 Padre: La gracia de Nuestro Señor sea siempre con nosotros.
Acabo de recibir la suya, por la que he visto la alegría que usted ha sentido al pensar en su antigua familia de Troyes, a la que acaba de visitar el padre Alméras, que me ha dicho que continuamente le están recordando a usted y sus aciertos en el gobierno de la casa.
Estoy seguro de que rezará usted a Dios por aquellos padres y sobre todo por el señor obispo de Troyes 1 que tan bondadoso se mostró con usted y con nuestra ________ Carta 1920 (CF).
— Archivo de Cracovia, original. 1.
Francisco Halier de Houssay (16411678). 293
pequeña compañía.
Ese buen prelado nos dice que nos quedemos con la parroquia de Barbuise 2, que es la mejor de la diócesis, en la que quiere erigir un seminario; pero le hemos suplicado muy humildemente que nos dispense y le hemos devuelto la provisión que él había hecho en el padre Rose.
Gracias a Dios, no nos faltan ofrecimientos para que vayamos a fundar ya que nos están pidiendo de muchos sitios.
Pida usted al Señor que envíe buenos obreros a su viña.
Doy gracias a Dios por la buena salud del rey y de la reina y le pido incesantemente a Nuestro Señor por Sus Majestades y por su reino.
¡Cuán agradecidos tenemos que estar con ellos!
No le enviaremos ya esas telas que nos ha dicho que no le mandemos; borraré este artículo de la lista que me envió, así como también el de los cordones, y le enviaremos cuanto antes todo lo demás.
¡Dios mío!
¡Cuánto siento la ausencia del padre Zelazewski!
Quiero esperar que los padres Duperroy, Durand, Eveillard y Simon no perderán ni un solo momento de tiempo en el estudio de la lengua, por la necesidad que usted tiene de ellos.
Los abrazo con toda la amplitud de mi corazón, así como también a los padres Desdames y Guillot, y se.y en el amor de Nuestro Señor de usted y de todos ellos el más humilde y obediente servidor.
V ICENTE DEPAUL indigno sacerdote de la Misión Dirección: Al padre Ozenne, superior de los sacerdotes de la Misión, en Varsovia. 1921 [1841,V ,314-315] A UN RELIGIOSO No me gustaría aconsejar a nadie que entrase en la pretendida orden de..., y mucho menos a un religioso, doctor y pro________ 2.
Pequeño ayuntamiento del distrito de Nogent-sur-Seine (Aube).
Carta 1921.
— ABELL Y, o.c., 1.
II, cap. 13, sec..
VII, 460. 294
VINCENTIUS es una herramienta de consulta. Para trabajos académicos recomendamos verificar siempre la referencia en la edición original indicada.