Carta · tomo V
A FERMIN GET, SUPERIOR DE MARSELLA
7 de enero de 1656
2074 [1990,501] A FERMIN GET, SUPERIOR DE MARSELLA 7 de enero de 1656 El padre Le Vacher desde Túnez sigue pidiendo que se le mande la tela que le ha prometido al bey como obsequio por su regreso 1. 2075 [1991,V ,501-524] SANTOS BOURDAISE, SACERDOTE DE LA MISION, A SAN VICENTE Fuerte Dauphin, 10 de enero de 1656 Mi muy venerado,padre: Su bendición.
No tengo más remedio que confesarle que siento un combate en mi espíritu y un gran dolor en mi alma por la aflicción que esta carta va a causarle.
Haría de muy buena gana lo que hizo Rubén y disimularía el funesto accidente que ha sucedido en la casa de mi padre.
Pero Dios, que le está enviando sufrimientos desde hace tantos años, no dejará de darle fuerzas a su corazón, como lo ha hecho hasta el presente y como le ruego con toda mi alma.
Así pues, padre, he de decirle que el barco llamado Ours, por el que le escribimos para decirle que habíamos llegado acá y que habíamos empezado a trabajar, partió con gran alegría de todos los franceses, que lo miraban como su única esperanza, después de los saludos ordinarios y de haberlo seguido con gritos de gozo más allá de todos los peligros de la orilla.
Desde entonces nos empezamos a preparar para recibir al señor de Pronis, nuestro gobernador.
Se adornó el fuerte y se preparó un banquete; todos se arreglaron llenos de alegría; el cañón hizo las salvas de ordenanza y los fusileros y mosqueteros dis________ Carta 2074.
— Manuscrito de Marsella. 1.
Véase la carta 2027.
Carta 2075.
— Archivo de la Misión, copia del siglo XVII. 474
pararon sus armas.
Pero he aquí que por desgracia cayó una chispa sobre una de las tiendas, cuya tela arde más fácilmente que la paja; todos corrieron a apagar el fuego, pero demasiado tarde, ya que había mucha madera seca y un almacén lleno de toneles y de palos para los barcos, que empezó a arder y pronto se extendieron las llamas por todas partes.
Todos intentaban salvar alguna cosa: unos derribaban las paredes, otros echaban agua; el padre Mousnier y yo nos pusimos a salvar las cosas de la iglesia, que estaba frente al lugar en donde empezó el fuego.
Además el viento, que nos echaba encima las llamas, nos hacía temer que iba a haber un incendio total.
Pero Dios nos hizo la gracia de contentarse con sólo dos casas que ardieron, pero que pronto se pudieron reparar.
Tres días más tarde, se avisó a los soldados que tendrían que hacer un viaje a Imaphalles, tal como se llevaba bastante tiempo pensando.
El padre Mousnier, mi querido superior, hizo todo lo que pudo para ir con ellos, lo mismo que había hecho en el viaje anterior; pero no quisieron que les acompañase Y o también procuré todo lo que pude quitarle aquella idea de la cabeza, pues hay mucho peligro y no conviene exponerse al trabajo hasta que uno no esté hecho a los aires del país.
El sabía que habían muerto algunos sin confesarse en los viajes anteriores y que algunos de los que marchaban llevaban más de seis años sin confesarse y sin preocuparse de hacerlo durante los seis o siete meses que llevábamos con ellos.
Siguió insistiendo y obtuvo el permiso; yo me ofrecí a ir en su lugar, pero no quisieron debido a ciertas molestias que sentía; procuramos una vez más disuadirle de su empeño; pero fue inútil.
Le indiqué que durante aquel viaje se estaba a veces dos y tres días sin encontrar agua, que el camino era muy duro, que era menester ir siempre descalzo, que es difícil encontrar víveres y que el viaje dura veinticinco días de ida y otros tantos de vuelta.
Pero todo aquello no le importaba, pues el celo de ser el primero en hablar de Dios en aquellos lugares en donde era desconocido su santo nombre le hacía encontrar alegres todas aquellas cosas, haciéndose a sí mismo el tácito reproche de que, si tantos jóvenes iban hasta allá llenos de coraje e impulsados quizás solamente por obtener alguna 475
Tomo V · página PDF 475ganancia u honor, él tenía con mucha más razón que ir hasta allá por un objetivo más noble.
El primer domingo de cuaresma preparamos sus paquetes.
Le dimos tres buenos negros, tanto para que llevaran sus ornamentos como para ayudarle en caso necesario; y al día siguiente partió con unos cuarenta franceses y hasta doscientos negros, todos bien dispuestos y en orden.
Dos días más tarde recibimos noticias de que el padre Mousnier había casado a una negra muy bonita con un francés para acabar con una disputa que había surgido entre dos franceses por causa de ella; esto nos alegró mucho, así como el saber que otro había hecho ya promesa de matrimonio con otra negra.
Por lo que a mí respecta, me preparé a hacer el viaje del mar Rojo, tal como se lo había prometido a monseñor 1 y al señor de la Forest; éste me hizo el honor, el segundo sábado de cuaresma, de venir a nuestra casa a saludarme a eso de las nueve y a proponerme que aprendiera la lengua de Madagascar; cuando estábamos hablando de ello, vinieron a anunciarnos que se había incendiado el fuerte, pero que era cosa de poca importancia.
Corrimos enseguida y apenas llegamos encontramos una choza y la parte delantera de la iglesia toda en llamas.
Corrí a las ventanas, salté dentro, eché fuera los cofres, los ornamentos, los libros, los candeleros y todo lo demás, finalmente, al ver que el fuego iba a devorar todo el edificio, tomé el santo tabernáculo, entregándoselo a un francés; pero como el respeto le hacía temer tocar aquel precioso objeto, le di ánimos y se lo llevó con manos temblorosas.
Una vez transportado todo, miré por si podría salvarse alguna otra cosa.
Veo dos o tres hermosos cuadros que adornaban nuestro altar; pero la violencia del fuego me obligó a pensar en mi propia salvación.
Cogí entonces los manteles en una mano, arrancándolos a la fuerza y me tiré por la ventana; me quedé colgado, pendiente de un clavo; me agito y me rompo toda la sotana y los hábitos.
Entretanto el fuego había prendido también en dos almacenes y en la casa del gobernador.
Todo el mundo se lleva lo que puede, pero al ver aquella furia del fuego piensan sobre todo en sí mismos y en echar todas sus ________ 1.
El señor de Pronis, gobernador. 476
cosas fuera de casa.
Pero no hay tiempo; el fuego se propaga por el techo.
El encargado del almacén, que estaba lleno de arroz y en donde había también pólvora, grita que vayan a socorrerle, pero nadie le escucha, porque lo impide el griterío y el ruido mismo de las llamas.
Uno lo ve por casualidad y me llama.
Corro enseguida en su ayuda.
Salvamos un barril de pólvora, pero el fuego llegó adonde estaban todos los demás y al prender en ellos hubo como un terremoto, que echó por los aires el tejado y derribó las paredes; el fuego se extendió por todas partes; todo el mundo abandonó el fuerte y se salvó como pudo.
Corro a nuestra casa, que era la primera junto al fuerte; el calor es tan grande que apenas se puede respirar; ponemos gente a los lados de la casa con agua preparada, ya que el viento llevaba las chispas por todas partes; arrojamos al patio todos los bultos.
¡Fue maravilloso ver cómo en menos de media hora quedó reducido a cenizas todo el fuerte, con los cuarenta o cincuenta edificios que encerraba!
¡Qué espectáculo, padre, ver el sagrado tabernáculo en tierra en medio de un patio!
Pero Nuestro Señor es siempre digno de adoración, en cualquier sitio que esté.
Trabajamos hasta la media noche, con gran temor de que ardiera también la aldea.
Pero el viento cambió y empezamos a respirar.
El fuego duró cuatro días, hasta que se apagaron todos los rescoldos.
No quiero pasar en silencio el celo piadoso de un marinero, que entró en la iglesia en medio de las llamas para poder salvar el cuadro de la Santísima Virgen, que pudo rescatar a medio quemar.
Hecho esto, se empezó de nuevo a rehacer una fortaleza lo antes posible, y nosotros a construir una iglesia y a poner el santísimo sacramento cuanto antes.
Para ello tomé una choza muy bonita que había comprado para que rezaran allí los negros y le añadí una balaustrada por un lado y por la parte delantera, para que los que estuviesen fuera pudieran oír cómodamente la santa misa.
Pero el mal tiempo molestaba mucho a los que se quedaban fuera y no podía hablar en público.
Nos pusimos a alargarla, dejando un cobertizo todo alrededor, excepto en el coro, y un pórtico por delante, a fin de que los que pasasen, ya que da a un camino principal, pudieran al menos ver las ceremonias, en caso de que tuvieran vergüenza de 477
Tomo V · página PDF 477entrar.
Esto nos ha ayudado mucho, pues acuden en gran número y, al ver rezar a los demás, se van acercando poco a poco y se dan cuenta de que no es imposible aprender, como les aseguran los roandrias.
Y como conviene aprovecharse de todo, la adorné lo mejor que pude y he colocado las columnas y las imágenes que han quedado del fuego; y al ver que tenían mucha curiosidad de ver mi reloj, lo he puesto en un lugar muy a la vista de nuestra capilla.
Esto me ofrece la ocasión de hablarles frecuentemente de nuestros misterios.
Se extrañan de ver que, según dicen, aquello vivé y habla; le llaman unas veces Amboa volamena, esto es, perro de oro, que es su nombre ordinario, y otras malinga, que quiere decir un ángel.
Pero yo les digo que los ángeles son más hermosos que el sol y que todas las demás cosas que ven, puesto que sirven a Dios y hacen todo lo que Dios quiere; que si ellos se hicieran bautizar y guardasen sus mandamientos, serían tan hermosos como el sol y que su alma, que está muerta, viviría.
Me escuchan con agrado y confiesan que no hay nada mejor que hacerse bautizar.
Delante de la iglesia había una casa de una negra, impidiendo que los transeúntes pudieran acercarse a rezar a Dios, le dije que su casa no estaba bien delante de la casa de Dios.
Ella me dijo: «Dices bien, Zanahary es un gran señor»; e inmediatamente se puso a quitarla.
Aquello me obligó a darle una buena recompensa.
Estábamos ya a finales de abril, que era la fecha en que nuestros franceses tenían que regresar.
Estábamos todos esperándoles.
El señor de la Forest esperaba a sus hombres, los demás a sus compañeros, y yo a mi superior.
El 23 de mayo, a eso de las tres de la tarde, apareció a lo lejos en un montículo un francés.
Todo el mundo corrió y se reunió a oír noticias, tanto los negros como los franceses.
Explicó con voz muy débil que el viaje haba sido poco afortunado, que traían muy pocas bestias, dado que aquellas gentes estaban en rebeldía y no les habían querido vender ningún ganado de su pertenencia, que habían matado a los mejores negros que les acompañaban, mostrándoles el oro y la plata que habían recibido de los Roandrias para que matasen a los franceses, y que finalmente todos habían estado muy enfermos. 478
Dios sabe que había pocos motivos para alegrarse.
Tenía que haber visto usted la tristeza pintada en el rostro de todos.
El gobernador preguntó si había muerto alguno.
Respondió que solamente uno, pero que se habían visto obligados a abandonar a doce muy enfermos a seis jornadas de allí.
Le rogué que me dijese cómo estaba el padre Mousnier; me dijo que estaba muy enfermo y que hacía seis días que lo llevaban en tacon, que es como unas parihuelas que llevan cuatro negros sobre sus hombros.
¡Dios mío, qué sorpresa!
Mi corazón se quedó helado.
Le pedí enseguida al señor de la Forest que me dejara partir en su busca.
Me lo negó, diciéndome que ponía caer enfermo.
Me puse entonces a los pies de Nuestro Señor y di amplia expresión a mi dolor; me pareció que mi obligación era partir cuanto antes, no sólo para alegrarle con mi asistencia, sino para llevarle medicinas.
Regresé y pedí expresamente permiso al señor de Pronis, nuestro gobernador, que me lo concedió.
Partí con nuestro hombre y con dos negros para guiarnos.
Serían las cuatro de la tarde.
Caminamos hasta bien entrada la noche que, al no ver ni gota y haber encontrado una aldea, nuestros guías no quisieron seguir adelante por miedo a las aguas frecuentes y a los ríos.
Me quedé en la casa del tompon.
Le pregunté si sabía dónde estaban los franceses.
Me dijo que acababa de llegar un negro y que estaban a media jornada de allí y que lompy sakabira, esto es, el sacerdote, estaba con ellos, pero muy enfermo.
¡Dios mío, qué larga me pareció aquella noche!
No había luna; pero no dejamos de partir antes de llegar el día, caminando lo más aprisa que pudimos.
Finalmente encontramos a los franceses en tan mal estado que no podían llevar sus fusiles y caminaban arrastrando los pies.
El primer saludo que me dirigieron fue que apresurase mi marcha si quería ver aún con vida al Padre Mousnier.
¡Qué golpe!
Los dejé y salí corriendo en su busca, lleno de tristeza.
Llegamos a la aldea a eso de las nueve.
Me condujeron a una choza; apenas le oí respirar, me di cuenta de que estaba en la agonía, que estaba en las últimas y que Dios le prolongaba solamente la vida para que pudiera recibir los últimos sacramentos; me dijeron que ya llevaba unas treinta y seis horas casi sin conocimiento.
Le di cuanto antes la extremaunción en presencia de seis o siete roandrias y de 479
algunos franceses, que ya no podían más.
Todos mostraban una gran tristeza de verle en aquel estado; esto hizo que les hablara de la incertidumbre de la vida y que les dijese que aquel a quien veían moribundo había venido hasta allí para enseñarles a creer en Dios y a servirle para hacerles luego vivir en el cielo, en donde ya no tendrían ningún sufrimiento, ni pena, y que el más pequeño esclavo sería un gran rey, si estaba bautizado y servía bien a Dios; y aunque el cuerpo de mi hermano iba a morir, su alma sin embargo no moriría, sino que subiría al cielo, puesto que estaba bautizada y había servido bien a Dios.
Escuchaban todo esto con agrado y me decían: «Esto es bueno; esto es bueno».
Me dedico luego a aquel pobre enfermo, le tomo el pulso y veo que tiene una fiebre muy alta.
Hago que me cuenten su enfermedad.
Me dicen que llevaba ya enfermo unos quince días, que había querido siempre ir a pie, excepto las seis últimas jornadas que tuvieron que llevarlo en un tacon, en el que había tenido que sufrir mucho por culpa de las ramas y espinas con que chocaban al pasar por el bosque; por eso tenía todo el rostro lleno de arañazos; que había sufrido mucho por falta de agua durante tres días; y finalmente que llevaba ya cinco días sin probar bocado.
Tomamos una pluma y con ella le humedecimos la lengua y los labios con vino español; vi que aquello le abría un poco el esófago y despegaba su pobre lengua.
Me animé un poco más.
Le hice frotar el estómago, los pies y las manos con vino tibio y, viendo que aquello le daba un poco de vigor, hice que le humedecieran la boca de vez en cuando hasta cerca de la una de la tarde; viendo que su pulso estaba disminuyendo, me di cuenta de que ya no había ningún remedio y que iba a quedarme solo en una tierra tan alejada; empecé a pensar en las penas y trabajos tan prodigiosos que aquel hombre tan robusto había sufrido desde hacía seis años para ir a aquel país y dije: "¡Dios mío!
¡Qué secretos son tus juicios y qué apartados tus caminos de los caminos de los hombres!
¡Quieres la conversión de tantos millares de hombres en estos países tan lejanos y sin embargo retiras tan pronto a las personas que acuden aquí con tantos ánimos!".
Luego me parecía que la 480
muerte de unos obreros tan valientes debería ser la semilla de cristianos en estos últimos rincones del mundo, lo mismo que la de los mártires lo había sido antes en Europa.
Me puse a adorar los designios de Dios y me eché en sus brazos.
Finalmente, después de haber estado todos una hora y media o dos horas en oración haciendo la recomendación del alma, pasó de esta vida a la otra tan tiernamente como un niño, sin hacer ningún aspaviento.
Su rostro quedó muy hermoso.
¡Ay!
No había nadie, ni pequeño ni grande, que no demostrase un gran dolor.
Su muerte sucedió a las tres de la tarde, la víspera de la Ascensión; el padre Nacquart había muerto también por la mañana de dicha fiesta, que es el tiempo en que Nuestro Señor hizo su entrada gloriosa en el cielo, llevando consigo a todos aquellos grandes patriarcas que tanto habían trabajado por su gloria.
He aquí, mi querido y venerado padre, mi pena y el dolor de mi pobre corazón.
Este es el motivo de aflicción que no me atrevía a declararle.
En fin, Dios lo ha querido así; nos toca a nosotros adorar su santa providencia.
Después de deliberar sobre lo que había que hacer con su cuerpo, por causa del calor y la distancia del camino, tomé la decisión de llevárnoslo a cualquier precio que fuese, tanto pana poder enterrarlo con nuestros padres como para poder tener a mi lado después de muerto al que había sido mi compañero en vida.
Pues bien, después de haber caminado casi toda la noche, llegamos a Tholanghare al día siguiente, a las nueve de la mañana.
Todos vinieron a nuestro encuentro para llorar al difunto y para consolarme.
Pero ¡ay!, si Tobías no podía consolarse de haber perdido la vista, ¿cómo iba a hacerlo yo después de haber perdido a mi guía espiritual y temporal?
Celebré la misa solemne de difuntos por el descanso de su alma el día de la Ascensión de Nuestro Señor y lo enterramos con todos los honores posibles.
Asistieron todos los negros demostrando un gran dolor.
Hecho esto, me retiré para pensar en mí, al ver la incertidumbre de la vida; hice inventario de todo, luego repasé la vida de nuestro querido difunto en mi espíritu y procuré hacer yo solo lo que nuestros padres acostumbran a hacer en nuestras casas.
¡Con qué cariño recor481
dé entonces el celo y el afecto con que me hablaba de la virtud, cuando estábamos juntos en el seminario!
El amor que le tenía a la Santísima Virgen y su mortificación eran tan grandes que no podía ocultarlo.
Hablaba continuamente de la gloriosa Virgen María y estaba tan entusiasmado con las fiestas que la iglesia celebra en su honor que aquellos días sentía una devoción extraordinaria y había compuesto incluso varios discursos para todas y sobre todas las virtudes de esta Madre de pureza.
Había hecho voto de rezar todos los días el rosario, a fin de que ella le obtuviera la gracia de ir a misionar a los países extranjeros.
En cuanto a las maceraciones y austeridades corporales, no dejó nunca la disciplina y las vigilias; con frecuencia le vi pasar los días de ayuno con un poco de arroz cocido y queso.
Sufría mucho los días de abstinencia por no querer tomar grasa, que aquí sirve de mantequilla, que no hay.
Sus deseos de sufrir se pusieron de manifiesto cuando pasó dos años enteros distribuyendo las limosnas en Picardía y en Champaña durante las guerras y el hambre.
Tenía que ir a pie a atender a cuatro o cinco parroquias, para dar de comer y cuidar a los enfermos.
¡Qué injurias y afrentas le tocó sufrir entonces!
¡Qué aventuras tuvo que correr!
¿Y no voy a hablar de los deseos ardientes que tenía de entregar su vida a Dios en países lejanos, de los prodigiosos trabajos y fatigas que sufrió para disponer las cosas de este viaje?
Me alargaría entonces demasiado.
Puede usted imaginárselo, ya que ha sido de ello tan buen testigo como yo.
Tampoco hablaré de las penas extrañas que le tocó sufrir durante todo el viaje desde Francia hasta aquí, ya que la persona encargada de ayudarle fue la que más aflicción le dio.
Tampoco hablaré de los sufrimientos que yo le he causado; Dios me ha dejado en el mundo para reconocerlos y hacer penitencia de ellos.
Solamente me contentaré con recordarle los sufrimientos que padeció en este último viaje de los Imaphalles, que ha sido el que más le ha contentado, ya que le hizo sufrir hasta la muerte.
Tuvo que caminar casi doscientas leguas, desnudo, por caminos estrechos, muy escarpados y llenos de montañas, comiendo un poco de carne seca y bebiendo agua hedionda y corrom482
Tomo V · página PDF 482pida durante un mes, sin comer más que unas pocas habas cocidas, sin sal, sin aderezo, llegando a estar tres días de camino sin una sola gota de agua para beber, a pesar de tener fiebre.
Los franceses, al relatarme los males que había tenido que sufrir decían que durante seis días tuvieron que llevarlo como a un muerto envuelto en una sábana sobre unas parihuelas que llevaban dos hombres, chocando continuamente contra las rocas y los árboles, y que una vez tuvieron que pasarlo así a través de un río entre dos aguas, a pesar de que hacía mucho frío.
Su cuerpo estaba totalmente lívido y como un esqueleto.
Y a sé que esto es mucho.
Pero, ¡Dios mío!, ¡qué gran pena y cuánto dolor de espíritu sentía él al ver tantas ofensas contra Dios, sin poder remediarlas!
¡Qué calumnias no tuvo que sufrir!
¡Qué preocupaciones no tuvo que padecer su conciencia tan sensible!
Le preguntaron si quería que me diesen algún recado de su parte; dijo que le hubiera gustado mucho verme para confesarse conmigo.
Y cuando los franceses le dijeron que sólo quedaban veinte leguas para llegar, dijo que había que apresurarse y llegar pronto, para que pudiera ir yo al mar Rojo con el señor de la Forest, como había prometido.
¿Habrían sido inútiles tantos trabajos.?
Ciertamente que no, ya que Dios, que veía su corazón, dio una bendición especial a su viaje.
Bautizó a tres mujeres descarriadas y las casó con franceses, que viven ahora muy bien y dan buen ejemplo a las mujeres de los malgaches.
Impidió varios desórdenes, acercó el corazón de aquellos idólatras a la fe cristiana e hizo rezar a Dios por la mañana y por la tarde a los franceses y a los negros.
Durante este viaje celebró la santa misa todos los domingos y días de fiesta e hizo que cumplieran con Pascua la mayor parte de los franceses.
Socorrió a los enfermos con un celo muy grande.
Varios me han asegurado que había ayunado siempre y había rezado el breviario durante todo el viaje, a pesar del cansancio que esto suponía.
Esto es, mi venerado padre, lo poco que he podido descubrir de sus virtudes, desde que tuve la dicha de estar con él.
Sé que procuraba ocultarse todo lo que podía y que muchas de sus virtudes sólo se conocerán en la otra vida. 483
Tomo V · página PDF 483Después de calmar un poco mi dolor y haber puesto en todo el mejor orden que pude, se hizo a la vela el señor de la Forest con mucho sentimiento de todo el mundo.
Nos consoló sin embargo prometiéndonos regresar pronto, para arreglar todas las cosas.
El señor de Pronis siguió reparando el fuerte y yo enseñando a rezar a Dios e instruyendo a estos pobres neófitos.
Todos los días se hacen bautizar algunos.
Cada día vienen dos, tres, cuatro, ocho, diez nuevos a aprender y a oír cómo rezamos a Dios.
A veces se ponen en la puerta, alargando el cuello para ver mejor y sin atreverse a entrar.
Tienen tanto respeto a la iglesia que, cuando tienen alguna enfermedad o alguna molestia que puede disgustar a los demás, no se atreven a entrar.
Al ver en tres o cuatro ocasiones a uno que tenía viruela escuchando desde lejos, le pregunté qué es lo que hacía allí.
Me dijo: «No hago más que escuchar; tengo viruela y me da vergüenza ir a la casa de Zanahary».
Le dije que Dios no miraba más que al alma y que no era como los hombres, que sólo se fijan en la belleza del cuerpo.
Interrumpiéndome me dijo: «Entonces, enséñame a rezar».
Y así lo hice, con lo que se quedó muy contento.
Esto mismo ocurrió con un pobre que tenía las dos piernas rotas y camina con las manos.
Me dijo: «Y o soy pobre y tengo las piernas rotas; no puedo entrar en la casa de Dios».
Le dije que los pobres serían los más grandes si se bautizaban y le rezaban a Dios y que, cuando estuviera en el cielo, ya no tendría las piernas rotas, sino que tendría el cuerpo bien conformado y lleno de luz, como el sol.
El me respondió solamente: «To, to», esto es, «¡Qué bien, qué bien!».
Siguió viniendo durante un mes a rezar a Dios con muchos esfuerzos y aprendió todas las oraciones.
Uno, al verme decir la misa y rezar a Dios, vino a mi habitación a rezar en particular, y después de haberlo hecho le exhorté a que pidiera el bautismo y fuera servidor de Zanahary, que dejara de pensar en aquellos olis que eran solamente de barro y de madera, y que sus ombiases les estaban engañando.
Dijo que era verdad y que los sacerdotes de Zanahary 484
eran ompit sakabira toko, esto es, verdaderamente sacerdotes. «Bautízame, me dijo, cuando venga un hermano tuyo».
Su fervor va creciendo de día en día; y aunque el señor de Pronis, que es hereje, nos hace un poco de sombra, esto no impide que Dios obtenga siempre su gloria; pues, habiéndome dicho que les dijera a los franceses que asistieran a las oraciones de la noche y de la mañana y que él las rezaría al mismo tiempo en su habitación, supe que lo hacía para atraer a los negros, como era verdad, pues todos los que estaban a su servicio sólo iban a rezar a su casa, y hasta me enteré de que dos mujeres de los franceses solían ir allá.
Los disuadí lo mejor que pude, aunque sin hablarles de las diferencias que hay entre ambas religiones, pues siempre se lo he ocultado, diciéndoles que estaban bautizados y que rezaban a Dios como nosotros.
Y cuando una nieta que tiene venía a vernos rezar, le hacía decir el Padrenuestro en francés delante de todos, lo cual ayudaba mucho a tranquilizar a estas pobres gentes, que se esfuerzan en venir por la mañana y por la tarde a las oraciones, siguiendo el ejemplo de los buenos franceses.
Desde entonces, viéndome rendido de trabajo con tanta gente que venía a todas horas a rezar a Dios, me vi obligado a hacerles a todos rezar en voz alta en la iglesia; todos se han acomodado con gusto a ello, tanto los pequeños como los grandes.
¡Ojalá pudieran oír usted y todos nuestros padres esos dulces acordes que tantas voces diferentes de ancianos y de jóvenes, de hombres y mujeres, de pobres y ricos, emiten todos unidos en la fe del mismo Dios!
Hace unos días bauticé a una muchacha muda de unos dieciocho años de edad.
Venía continuamente a nuestra casa; le enseñé unas estampas y procuré que entendiera algo de nuestra religión.
Ella comprendió por aquellas figuras que había un gran Roandria; y enseñándole el infierno con los demonios, me hizo señales de que eran los ladrones y los asesinos y todos los malos que van allá.
También le di a entender que no era necesario que las muchachas tuvieran la compañía de los hombres, y que entonces ella sería tan hermosa como los retratos de los ángeles que veía.
La verdad es que edifica a todo el mundo y que no deja de venir todas las mañanas y tardes a rezar con los demás, tomando agua bendita, haciendo la señal 485
Tomo V · página PDF 485de la cruz y poniéndose de rodillas con tanta modestia que no levanta nunca los ojos.
Me parece que es un alma muy agradable a Dios.
He bautizado a cuatro familias de negros, el esposo, la es. posa y los hijos.
El primer caso era el de un pobre viejo, que contaba por lo menos noventa años, que estaba muriéndose de un flujo de vientre, debido a la falta de calor natural y a la de alimento.
Cuando me avisaron, fui a verlo; entré en una choza tan pequeña que apenas tenía cabida para un hombre extendido y tan baja que, estando de rodillas, la cabeza tocaba enseguida con el techo.
Me encontré allí con su mujer, de la misma edad, que estaba haciendo fuego día y noche para poder calentar aquel pobre cuerpo.
Le hablé y me enteré de su enfermedad.
Le di una medicina y buen alimento, y se curó.
Al día siguiente, me lo encontré llevando encima una carga de leña, y me dijo: «Tú eres un Dios; estoy curado; seré siempre tu esclavo».
Y o le respondí que era Dios el que lo hacía todo, y el que le había dado fuerza a aquella medicina.
Le dije que viniera a aprender a rezar, él y su mujer; así lo hicieron todos los días, junto con sus hijos.
El señor gobernador les ha mandado dar de comer; se encuentran bien y trabajan tanto como los jóvenes.
Muchos vienen al principio siete u ocho días para aprender; pero cuando tienen que continuar, se cansan y lo dejan.
Y o les hago venir durante dos o tres meses, excepto a los ancianos, que no tienen memoria.
A una muchacha la hice esperar un año entero, pues me parecía falta de inteligencia, pero como venía todos los días a rezar, sin cansarse, me conquistó con su perseverancia y la bauticé.
A propósito de matrimonios, le diré que, además de los tres que hizo el difunto padre Mousnier, y uno que era del tiempo del padre Nacquart, yo he hecho ocho de franceses con mujeres extraviadas.
Ellas han sido las primeras en venir a rezar a Dios, de las primeras bautizadas y las más celosas del honor de Dios; son actualmente las que dan mejor ejemplo, como le he dicho, a las demás mujeres, que me dicen que les gustaría ser como las de los franceses, esto es, casadas debidamente.
Una vez le preguntó a una un francés si quería ofender a Dios, pero ella se enfadó por estas palabras, diciéndole 486
que estaba casada y que él hacía mal en hablarle de ese modo.
Me parece que esto es una buena señal.
Nos cuesta mucho trabajo acabar con las mujeres públicas.
Me he visto obligado a ir por las chozas con una cuerda para echarlas de allí, después de haber acudido a las súplicas y buenas palabras que el señor gobernador me dijo que empleara con ellas.
Hay cuatro franceses, de los que no han querido confesarse hasta ahora, que me han dado mucha preocupación precisamente por causa de estas mujeres.
Uno de ellos tiene todavía una mujer pública en el campo.
Dice que quiere casarse con ella, pero no acaba de hacerlo; así lo ha hecho va con otras tres, desde que estamos aquí.
Esto produce muy mal ejemplo.
Que Nuestro Señor quiera poner orden en todo esto!
La gente de por aquí no se enfada nunca de palabra y siempre discuten amablemente con razones.
Por eso les sorprenden mucho las injurias y los movimientos de cólera y les lastiman el corazón.
Procuramos acostumbrarlos a que sufran sin decir una palabra.
Al principio, se quejaban en voz alta de sus maridos, pero ya no lo hacen.
Desde los tiempos del padre Nacquart estaban casados cuatro negros, pero sus mujeres se vieron apartadas de ellos por culpa de las guerras; ha costado mucho hacerles que vuelvan a vivir juntos, y ha habido que amenazarles.
Ahora se portan bien, excepto uno de los maridos, que no viene por la iglesia.
Le diré de pasada que si encuentran a un hombre con otra mujer distinta de la suya, le condenan a matar dos, tres y cuatro bestias, según sus posibilidades, para hacer curar a la mujer desvergonzada....Y digo hacerla curar, ya que la mujer legítima y sus parientes van a romper la cabeza a esa mala mujer con un bastón o un azadón; y luego todos los parientes y amigos se comen a esa bestia, sin que pueda probar bocado el marido.
Las mujeres son muy celosas de sus maridos, y los maridos de sus mujeres, de forma que muchas veces se espían entre sí.
Y cuando tienen alguna sospecha, juran estar quince días y un mes entero sin entrar en casa, observándolo así con toda fidelidad 487
Una cosa terrible y execrable es que los padres y las madres y los demás parientes hacen pecar a los niños des(fe su más tierna edad, que es lo que les da esa inclinación y ese hábito tan pernicioso.
Puede ver uno cómo pecan las niñas de cuatro, de cinco y de seis años...; y es a esa edad cuando son más desvergonzadas y cuando saben más malicias...
No creo que sea posible encontrar a un niño de más de tres años que no haya sido corrompido; esto nos indica que habrá que trabajar mucho para curar esta plaga.
Algunos, sin embargo, comienzan ya a abrir los ojos y a darse cuenta de la grandeza de este mal; y los padres y madres que prostituían a sus hijos empiezan a sentir vergüenza de esta infamia.
Le pido a Nuestro Señor, que es el vino que engendra vírgenes, que dé la pureza a estas pobres gentes y que destruya esta monstruosidad, que es el mayor mal de este país.
La hija de un negro muy bueno que quiere ser bautizado vino a verme un día y me dijo: «Mi corazón está quejoso de ti, no quieres bautizarme, a pesar de que sabes muy bien que sé rezar a Dios».
Y o le respondí que sí quería bautizarla, pero que tenía miedo de que hiciera, como las demás que se habían casado en tiempos del padre Nacquart, y que luego no se acordase más de Dios o se extraviase.
Ella me replicó entonces: «No digas eso, pues yo no quiero casarme, ni ir con los hombres».
Hice que se pusiera de rodillas delante de sus compañeras y que prometiese que no creería más que en Dios y que rezaría y que dejaría de llevar olis; así lo prometió de todo corazón.
Como estaba en el campo el padrino que ella quería, hemos retrasado su bautismo.
Estamos preocupados por los padrinos.
Les he dicho que podrán ser padrinos y madrinas solamente después de estar bautizados, y que eso era un gran honor, pero que era menester que fueran muy listos para instruir e impedir que ofendan a Dios sus apadrinados.
Esto hace que todos busquen a niños pequeños para bautizar.
Uno de mis negros me trajo al día siguiente a un niño, diciendo que lo bautizase, pues quería ser su padrino.
Después de preguntarle y de hacerle pro meter que se portaría debidamente, le hice padrino de un niño, a quien entregó todas sus chucherías, le hace rezar y le da todos los días parte de su comida. 488
Tomo V · página PDF 488Estos pobres indios recurren a mí en todas sus enfermedades, de lo que doy gracias a Nuestro Señor; pues apenas hay un herido o un enfermo, vienen a buscarme para que les dé algún remedio o alivio; y esto sirve de mucho ya que es entonces cuando me escuchan de mejor gana.
Con este motivo he bautizado a cuatro niños pequeños, que han muerto inmediatamente después y por consiguiente se han ido al cielo.
Los hemos enterrado con las ceremonias acostumbradas, haciendo que llevaran cirios otros niños pequeños de su misma edad.
Iban cubiertos con un lienzo blanco y con abundancia de flores.
La primera vez esto les extrañó, pero cuando les expliqué las ceremonias se quedaron muy tranquilos, pues les aseguré que esos niños muertos con el bautismo eran como los ángeles en el cielo.
Un anciano muy atrevido me interrumpió diciéndome que había que llorarlos como de ordinario.
Pues bien, hay que saber que esos lloros consisten en matar bestias y en cantar y saltar delante del cuerpo y llevarle al cadáver de comer y de beber.
Les dije que ellos sabían perfectamente que el cuerpo se pudría y que no podía comer, y que el alma, que no muere y que no necesita alimento vivía de otra manera en el cielo y rezaba por ellos, y que yo no veía inconveniente en que su padre siguiera tratando con sus amigos.
Todos me dijeron que había hablado bien y que aquel anciano era un necio.
A continuación los padres y las madres se cortaron las trenzas y se quitaron sus adornos.
Tienen también la costumbre de llevar todas las semanas o todos los meses unas tazas de vino y un puñado de arroz a los sepulcros de sus muertos.
Los esclavos se beben ese vino y se comen ese arroz y luego vienen diciendo que el muerto se encuentra bien y que ha comido y bebido bien.
Fíjese en la superstición de esta pobre gente.
Y o les digo que sus padres hicieron eso para darles a conocer que el alma es inmortal y que por tanto tienen que servir a Dios, si quieren vivir para siempre felices en el cielo.
También tienen la costumbre, cuando se ponen enfermos sus padres, de hacer muchas danzas y olis y, cuando ven que se ponen mejor, hacen vino con miel y, poniéndoselo en la boca, lo escupen en el rostro del convaleciente.
Dicen que es para expulsar la enfermedad y para robustecer al enfermo. 489
También les escupen a veces sangre, principalmente cuando tienen fiebre muy alta o cuando tienen el espíritu débil, a veces les hacen también letras sobre la frente con un bastón de tamotano, llamada también palma Christi.
En cuanto a la circuncisión de los hombres, resulta una cosa extravagante, tanto por la forma como por las ceremonias que observan entonces.
No le diré nada de ella, pues me parece que ya se lo han dicho.
En cuanto a la de las mujeres, dicen que el parto es su circuncisión.
Me han dicho que, antes de dar a luz una mujer, es necesario que ella diga todo el mal que ha hecho y todas las personas a las que ha ofendido alguna vez en su vida.
También tienen que abrir todos los cajones y paquetes que hay en su casa; pues creen que, si no lo confesara todo antes, no podría dar a luz.
Esto supone para nosotros una ocasión de decirles en qué consiste el sacramento de la penitencia.
Pero dejemos este discurso y digamos algunas de las noticias que nos acaban de llegar sobre un francés que se había quedado enfermo durante el viaje a los Imaphalles y que ha sido asesinado por los Ombilambo, esto es, los ladrones del bosque que se ocultan entre los matorrales.
Hay muchos de estos ladrones por los pueblos arruinados.
No pierden nunca la ocasión de atrapar cuanto pueden.
También nos han advertido que los grandes vuelven a empezar la guerra, a pesar del juramento y del tratado que habían firmado con el señor de la Forest.
Dian Panola, el jefe más importante del país de Anossi, ha cruzado en secreto las montañas con todo su séquito; esto les preocupa mucho a los franceses por el poco número de soldados que tienen, habiendo tenido que mandar a más de cien leguas a parte de los suyos para buscar ganado; por ello han tenido que apresar a Dian Machicore, que es el consejero de todos los demás.
Le han asegurado que no le quieren hacer ningún daño, sino que lo hacían solamente porque no querían que arruinasen el país, como lo habían hecho antes, y que si quería verse libre, tendría que entregar a un hijo suyo como rehén, lo mismo que tenían que hacer también todos los grandes; así lo ha hecho de buena gana y como por una especial providencia de Dios, como verá usted a continuación.
Cuando Machicore fue detenido, vinieron a vi490
vir con él su mujer y sus hijos; vinieron a verme en varias ocasiones, sin que yo pudiera obtener nada de ellos, finalmente un día les enseñé los ornamentos y los vasos sagrados de la iglesia; se quedaron impresionados y deseando tocarlos.
Les dije que solamente los sacerdotes podían tocarlos; pero para indicarles que no era por causa del oro solamente, al que ellos creen como un Dios sin que los esclavos se atrevan a tocarlo, les entregué para que la tocaran una taza de plata dorada.
La mujer del rey la tomó y se la puso en la cabeza; luego la besó diciendo: «Lay la, lay la»; esto es grande, esto es grande.
A continuación hicieron todos lo mismo.
Una vez hecho esto, tomé aquella taza, la tiré al suelo, le escupí encima y les dije que no era más que tierra amarilla, que no tenía espíritu, puesto que no podía hablar ni levantarse del suelo, y que yo por mi parte no tenía ningún interés ni en el oro ni en la plata, sino solamente en Dios, que es el gran Señor y el hacedor del oro y de la plata.
Luego les expliqué la diferencia que había en el caso de los vasos sagrados.
Aquella mujer de Machicore quedó muy impresionada y empezó a rezar a Dios y a prometerme que vendría a hablar conmigo; así lo hizo durante ocho días, trayendo consigo a todos los hijos de su marido, a saber dos muchachos mayores y dos muchachas casamenteras y al pequeño Jerónimo, que está bautizad o, y a todos sus esclavos.
Y o les hacía rezar a Dios todos los días, e incluso los llevaba a la iglesia.
Al fin Machicore vino también a rezar; pero, sabiendo que les costaba trabajo ver a los esclavos sentado en tierra delante de ellos en la misma habitación, les previne y les dije que conocía muy bien su grandeza y que, cuando estuvieran bautizados y vinieran a la iglesia, yo les daría un sitio en ella conforme con su cualidad, pero que en mi casa no podía hacer que los esclavos se postraran en tierra ante ellos por la enorme cantidad de gente que venía continuamente a rezar a Dios.
Esto les satisfizo y viendo que Dian Machicore tenía molestias en una pierna, iba todas las tardes a rezar a Dios en su casa.
Le confesaré francamente, padre, que mi corazón se llenaba de gozo al ver a aquel rey de rodillas, con toda su familia, rezando devotamente a Dios.
Le dije que se bautizara.
Me contestó que, en cuanto a él, era demasiado viejo, pero que deseaba ciertamente 491
que bautizase a su mujer y a sus hijos; no pude hacerlo porque se marcharon poco después a su pueblo, cuando llegaron los hijos de los demás reyes.
El señor de Pronis, nuestro gobernador, cayó luego enfermo en peligro de muerte, aunque no había conseguido aún mucho por la seguridad de los franceses, demostró tenerme mucho afecto, al que yo procuré corresponder con todos los servicios que me eran posibles.
Su enfermedad consistía en un cólico nefrítico violento de veintiún días.
Mandó avisarme a media noche el día antes de su muerte y, en presencia de todos los franceses, me pidió que escuchara su última voluntad puesto que sabía que iba a morir.
Y o escribí lo que él me dictó confusamente.
Luego, después de haberle pedido consejo sobre los diversos asuntos y especialmente de cómo habríamos de gobernarnos con los de aquel país, me encomendó a su hijo y me dijo que cuidara de él.
Al ver que tenía mucha dificultad para hablar, le pedí que descansara un poco.
Le indiqué algunas cosas sobre la conversión a la fe, como ya lo había hecho en otras ocasiones.
Pero como no me respondió a ello, creí que era por causa de algunos herejes que estaban allí presentes; por eso ofrecí el santo sacrificio de la misa que iba a decir poco después, para que Dios le diera luz y dispusiera todas las cosas según su voluntad.
Al llegar el día, me despedí, diciéndole que iba a rezar a Dios por él.
Me dio las gracias y pidió a todos los franceses que hicieran lo mismo.
Celebré pues la santa misa y encomendé su alma a todos.
Hecho esto, envió a buscarme de nuevo y entregó en mis manos a su nieta, después de haberse despedido de ella.
Y viéndome a solas con él, ardiendo en el deseo de su salvación le dije: «Señor, ya conoce usted el afecto que le tengo; estoy dispuesto a dar no sólo mi vida, sino mi salvación eterna, por las verdades de la iglesia romana; no es el bien que pretendo de usted el que me mueve a hablar así, sino solamente su propio bien».
El pensó un poco y me dijo que sabía bien lo que tenía que hacer; me pidió también que le dejara morir en paz Y.o le dije: «Precisamente para que pueda morir en paz es por lo que me atrevo a hablarle del asunto del que depende una eternidad de dicha o de desgracia para usted»
El me replicó: 492
«Padre, dejemos eso; ya no hay tiempo»; e inmediatamente perdió la palabra y murió a eso de las once de la noche, sin dar ninguna señal de conversión.
¡Dios mío!
¡Qué dolor en mi alma!
Es verdad que le había prometido al padre Nacquart que abjuraría; pero creo que el poco tiempo que luego trató con sus parientes lo afianzó en su perversión.
Trabajó siempre los días de fiesta y los domingos y hacía trabajar a los negros, incluso el día del Corpus y el de san Juan.
En tres ocasiones le expresé mi descontento por esta conducta, diciéndole que no obraba bien y que Dios no podría bendecir esas obras; y es verdad, ya que puso todo su interés en construir una casa, que no llegó a habitar nunca Nada le salía bien Dios es justo Su nieta, que tenía muchas ganas de venir a la iglesia para rezar como todos los demás, no dejó de venir cuatro veces cada día Dos días después de la muerte de su abuelo, se sabía perfectamente el padrenuestro, el avemaría, el credo y el confiteor, el benedicite y el agimus, cosa que me maravilló.
Tiene muy buen espíritu y podría tomársela ya por una mujer, por la seriedad que tiene.
He buscado a una mujer honrada para que cuide de ella y la atienda como es debido, pero no he logrado conseguirla.
En otra ocasión vino un vendaval tan impetuoso que se llevó la mayor parte de los techos de las casas y hasta casas enteras.
Cayó además una enorme cantidad de granizo, grueso como balas, y muy apretado; es algo nunca visto en estos lugares.
Gracias a Dios, no hizo mucho daño, aunque teníamos mucho miedo de que estropeara el arroz, por causa del hambre que atraviesa ahora el país.
Me gustaría que viese usted la miseria de estos pobres indios.
Se comen hasta la yerba cruda, lo mismo que los animales.
Los niños se llevan a veces la arena a la boca cuando tienen hambre.
Es un instinto natural, por miedo a que las tripas se les estrechen.
No sé a qué podrá atribuirse esta miseria, que sobreviene todos los años durante dos o tres meses, o bien a la avaricia de los grandes, que cogen todo lo que pueden a estas pobres gentes, que por eso mismo no guardan nunca nada y viven despreocupados sin reservarse nada para el día siguiente, o bien a un castigo de Dios porque no 493
le rinden el honor que le deben, o bien a una misericordia suya que de este modo los humilla y rebaja, haciéndolos más fáciles para la conversión.
Muchos no pedirían otra cosa sino que los bautizara, pero quiero que aprendan antes a rezar bien a Dios y durante ese tiempo los pruebo y observo su conducta.
Algunos de ellos conocen un poco las cosas espirituales.
A uno que entiende muy bien el francés, le dije que mi corazón deseaba que me sirviera de intérprete y que le recompensaría por ello.
Me respondió generosamente: «Te estás burlando de mí, cuando uno sirve a Dios, no hay que recibir ninguna paga»
Le dije entonces: «Pues te daré algo en señal del afecto que te tengo».
Me replicó: «No digas esas cosas; mi corazón no recibirá nada por ello».
Sabe muy bien las oraciones y está buscando a una mujer para que los bautice a los dos y los case al mismo tiempo.
Hace unos días vino a trabajar en donde yo estaba un ampanefy volamena, esto es, un orfebre; me quedé sorprendido al ver los pocos instrumentos con que trabaja esta gente; porque toda su forja era un platillo de tierra, su soplo una pipa y su yunque la cabeza de un clavo; y con esto solamente trabajan con mucho arte y hacen obras tan delicadas y bien hechas que nadie creería que eran capaces de hacerlas si no lo viera.
Le hablé de los instrumentos que tenemos nosotros, de los hornos y de las grandes forjas de hierro.
El me dijo: «Me lleno de admiración; a nosotros nos falta inteligencia; los Vazaha, esto es, los franceses, son muy grandes».
Y o le dije que es verdad que ellos no tienen la debida inteligencia, puesto que no conocen a Dios, que es el que les da la sabiduría a los bautizados.
El me dijo: «Vemos que es así y nosotros nos bautizaríamos si hubiera aquí cien o doscientos franceses».
Realmente he sabido de muchos que una de las cosas que ha impedido e impide todavía a estas gentes bautizarse es que tienen miedo de que los franceses no duren mucho tiempo en esta isla o que, por ser pocos, los maten los blancos.
Estos orfebres son muy apreciados por todos y está prohibido hacerles ningún daño.
El mes de julio vino un hambre tan grande que muchos negros morían sin tener qué comer, entonces se me ocurrió hacer aquí una cocina para todos los niños, tanto bautizados 494
como no bautizados, que se sentían llenos de gozo al poder recibir todos los días un cucharón de potaje.
Acuden en gran número.
Les doy catecismo todos los días.
Se muestran muy atentos y modestos.
Vienen incluso algunas madres trayéndome a sus niños pequeños, lo cual me llena de alegría, pues chupan esta leche espiritual con mucha avidez.
Estoy decidido a continuar así, al ver los frutos que esto produce y para animarles cada vez más.
Los hijos de los franceses tampoco faltan al catecismo; todos los domingos le doy un premio al niño o a la niña que mejor se lo ha sabido; el precio es una medalla o una cruz de cobre.
Y a propósito de cruces, le suplico muy humildemente, padre, que haga el favor de enviarnos mil o dos mil, del tamaño de medio dedo o un poco más grandes.
Tendrán que ser macizas y solamente de cobre; pues las de estaño las cortan para ponerlas en sus brazaletes.
Esto sería una señal para conocerlos, pues la llevan al cuello, así como también los rosarios que les doy, los rosarios de madera no son buenos, porque se rompen enseguida y porque además destiñen.
Convendría que fuesen de hueso de semillas y de color blanco o rojo, pues de negro no les gustan.
No es necesario mandar agnus, ya que ellos llevan olis al cuello, que son parecidos; los hacen de cera mezclada con arena.
Así pues, para que estos niños puedan recordar mejor los puntos de nuestra fe, le he pedido al intérprete que traduzca palabra a palabra a la lengua del país nuestro pequeño catecismo; así lo ha hecho y me ha servido de mucho, pues a veces me he visto obligado, por varias razones, a prescindir del intérprete.
Los domingos, después de haber celebrado la santa misa, les hago rezar a todos juntos en voz alta a Dios, y luego les hablo durante un cuarto de hora.
Si a veces no logro hacerme entender bien, el primer hombre o la primera mujer se lo explica a los demás.
Cada vez se van entusiasmando más en nuestra santa fe, de tal forma que cada día veo venir a más gente a rezar a Dios.
Todas las mujeres de Tholanghare están deseando bautizarse y casarse en la iglesia, así como también muchos hombres.
Si hubiera aquí dos o tres sacerdotes, estoy casi seguro de que todo el país de Anosi, que es muy grande, 495
se bautizaría antes de un solo año.
Hay dos o tres de los principales jefes de las aldeas que me han dicho que se harían ciertamente bautizar, pero que no encuentran a nadie que les enseñe a rezar a Dios.
Y o procuro animarles en sus deseos de bautizarse y les enseño a hacer actos piadosos, a fin de que en caso de necesidad pueda suplirles el bautismo in voto.
También les enseño a confesarse.
Hay doce personas mayores y dos niños que han cumplido con esta obligación.
Espero que, con la gracia de Dios, todos se confiesen antes de la pascua.
Se muestran muy asiduos a las oraciones de la mañana y de la noche, e incluso a las del mediodía.
Los que tienen vergüenza y los ancianos acuden a nuestra casa y se las hago decir en particular.
Hemos establecido la costumbre de bendecir el pan todos los domingos, lo cual les anima mucho, pues se ven tratados como los franceses.
La semana pasada, al darme cuenta de que algunos no acudían hasta que habían terminado sus oraciones los franceses, pensé que se imaginaban que nuestras oraciones eran en particular y solamente para nosotros; esto me obligó a explicarles que nadie reza el padrenuestro sin rezar por todos los católicos y que los que están en Francia rezaban también por ellos, y ellos por los que están en Francia, puesto que no formábamos más que un solo cuerpo.
Por eso mismo ven con agrado que se les entregue a todos un trozo del mismo pan bendito.
Están muy contentos con esta novedad y no dejan de venir ningún domingo, gracias a Dios.
Las mujeres se separan espontáneamente de los hombres en la iglesia; se colocan detrás, o bien cerca de la balaustrada, cuando hay demasiados hombres.
Le diré de pasada que, mientras le estoy escribiendo, están todas las mujeres de la aldea danzando desde la mañana a la noche e incluso durante toda la noche, con unos movimientos del cuerpo tan enérgicos que no puede uno imaginarse cómo son capaces de resistir.
Lo hacen por sus maridos, que están en guerra.
Pero es curioso ver cómo, apenas tocamos a oración, dejan todas sus danzas y acuden a la iglesia.
La primera vez, al ver sus senos descubiertos, les dije que no veía mal que se pusieran a danzar para consolarse de la ausencia de sus maridos, pero que sería conveniente que cubrieran sus pechos y 496
que las mujeres de Francia se avergonzarían de verlas de aquel modo.
Todas ellas dijeron a una voz: «To, to», esto es, «bien, bien»; y se cubrieron los pechos.
En estas danzas llevan tres pulseras de tres clases de madera, que según dicen, es para hacer felices a sus maridos.
Se disfrazan de hombres y hacen como si combatiesen unas contra otras, todo ello con grandes gritos y aclamaciones, con mucho ritmo, dando golpes con los pies en la tierra, tan fuertes que la hacen temblar.
Llevan los brazos extendidos, se levantan y se agachan y hacen guiños extraños.
Y o les digo que, si quieren que sus maridos estén bien y que ganen la batalla, tienen que pedírselo a Dios, que no dejará de darles la victoria.
Hace poco tiempo, tres valientes jóvenes herejes han abjurado de la herejía y han demostrado una fuerza y un coraje admirable en esta ocasión.
Otro ha muerto con el propósito y el deseo de abjurar, ya que le falló el habla cuando íbamos a comenzar.
No ha servido de poco en estos casos el buen ejemplo de los negros.
Quedan todavía dos, a los que espero que Dios les concederá la gracia de conocer la verdad.
Le ruego, padre, que encomiende este asunto a Nuestro Señor.
Me olvidaba de decirle que, durante la ausencia del barco, he estado intentando leer según el estilo del país, no sólo para conocer mejor sus engaños, sino para encontrar la forma de darles a conocer la verdad.
Para este fin hice que viniera a nuestra casa uno de los mayores y más sabios de los Ombiases del país, llamado Rabobe, que se ha jactado de haber hecho morir al padre Nacquart por medio de sus olis; él se quedó tan contento de poder venir a nuestra casa, y yo satisfecho de que me enseñara a leer y escribir.
El me propuso en primer lugar que comprase uno de sus libros, a fin de leer en él.
Era lo que yo estaba deseando.
Me trajo dos y se los compré.
Fijamos un precio para que me enseñara y empezó a trabajar enseguida.
En poco tiempo aprendí a escribir y luego a deletrear.
Y como estaba con muchas ganas de aprovecharme de aquella ocasión para saber los principios de su ley a fin de explicar mejor nuestros misterios, le pedí un día a nuestro intérprete que viniera a ayudarme.
Vino precisamente cuando estaba también el señor gobernador.
Hice que le preguntara qué es lo que pensaba de la creación.
Nos contó un montón de 497
ridiculeces, por ejemplo, que Dios había tirado al hombre a la tierra, como si fuera un trozo de carne, que luego, al ir creciendo hizo un gran fuego como si quisiera quemar el cielo, que aquello le molestó mucho a Dios, y otras mil fábulas, que seria enojoso repetir.
También le pregunté sobre Abrahán; nos dijo que, cuando se enfadó con su hijo y se lo quiso sacrificar a Dios, quedó cambiado en un toro; y estuvo una hora entera narrándonos esta fábula.
Luego le pregunté qué es lo que pensaba de Salomón, que ellos llaman Mose; dijo que, cuando era pequeño, se puso a gritar un día junto a su casa con una voz tan fuerte que Dios lo oyó desde el cielo y envió un ángel a preguntarle qué es lo que quería.
No le quiso decir nada al ángel, sino que siguió gritando cada vez más fuerte, de forma que Dios asombrado vino a hablar con él y para aplacarle le mandó dar una vaca que le diera de mamar; y continuó con estas historias llenas de necedades.
Vea usted, padre, la ceguera y la ignorancia de estas pobres gentes y si no es verdad que Dios ha permitido que viendo no vean y que oyendo no entiendan.
Y o le pregunté si no sabía por ventura que Salomón había hecho un templo y cómo lo llamaba.
Dijo que no sabía nada.
Le hice preguntar también cómo llamaba al altar en donde se hace el sacrificio; dijo que se llamaba lafika, que quiere decir un tapiz que se pone en tierra y sobre el cual sacrifican.
Finalmente, viendo que no sabía nada, le pregunté el motivo de su ignorancia.
Me respondió que esto se debía a que un libro grande que estaba en casa del rey se había quemado.
Pero esto es una mentira, porque ese libro hace muy poco que se quemó.
Me di cuenta entonces que era por pura ignorancia, pues, cuando quise que me explicara lo que me enseñaba a leer, me dijo que no lo entendía.
Aquello me extrañó.
Le pregunté al intérprete la explicación, creyendo que no me la quería dar por algún motivo, pero me aseguró que ni él ni ellos podrían explicármelo, sino que leían y escribían todo aquello lo mismo que haría un patán de nuestras tierras con el latín.
Esto me desanimó y me quitó las ganas de seguir perdiendo el tiempo para aprender a leer, ya que me serviría muy poco y Dios me concedería la gracia de aprenderlo cuando me hiciese con un diccionario árabe.
Tomé, pues, una gran Biblia en donde había unas imáge498
nes y le enseñé cómo había tenido lugar la creación y algunos otros misterios.
Pero él no oía con gusto aquellas cosas, con la obstinación que mostraba en sus supercherías.
Le hablé de que se hiciera bautizar y de que le entregaría alguna recompensa en el caso de que quisiera enseñar nuestros misterios a los pueblos.
Me dijo que le parecía bien; pero creo que lo decía solamente por la boca.
Son estos Ombiasses los que hacen mas daño, ya que intimidan tanto a los pueblos que se creen que pueden caer enfermos y morir cuando ellos quieren, y causarles toda clase de males.
La verdad es que a veces se sirven maliciosamente de ciertas raíces que, aunque no lleguen a ser venenosas, indisponen sin embargo a la gente y les producen dolores.
Aquel ombiasse me regaló un bote de miel, que estaba lleno de mondaduras de aquellas raíces y de monsavy, que son unos trocitos de madera para encantamientos; pero no tuvo ningún efecto.
Le envío, padre, uno de sus libros, en el que podrá ver usted todos sus olis, que son como oraciones que escriben sobre cortezas d e árboles y las llevan al cuello.
Las hay para toda clase de enfermedades y para obtener toda clase de beneficios.
Los ombiasses imprimen a veces en el pecho a los nobles con hierro candente ciertos caracteres, que son como las señales de su grandeza.
Llevan también un cinturón lleno de papeles escritos, que llaman soraty.
Estos mismo ombiasses llevan también diversas figuras y caracteres azules impresos en su piel.
Pero volviendo a aquellos cuatro pequeños Roandrias que son los hijos de los principales de estas tierras y que han venido como rehenes para la seguridad del fuerte, he de decirle que acuden frecuentemente a rezar a Dios.
Se saben muy bien las oraciones.
Está el hijo de Machicore, que fue bautizado con agua de socorro.
Cuando me di cuenta de que llevaban algunos olis al cuello, les dije que sus dioses no podían hablar ni tenían oíd os, y que eran solamente de barro y había que tirarlos.
Me pidieron un cuchillo, los cortaron y los tiraron; luego me pidieron unas crucecitas para ponérselas al cuello.
Les di unas de cobre y les dije que el rey de Francia lleva también una.
Se quedaron llenos de alegra y la siguen llevando. 499
Espero a los que vengan en el barco para que sean sus padrinos y bautizarles, tal como ellos desean.
Nuestros hombres que se habían ido al interior de la isla después de la muerte del señor de Pronis han regresado en buen estado de salud, gracias a Dios.
Pero los blancos han repartido dinero entre los demás pueblos y los han sublevado contra ellos, estando a punto de perder la vida; y Dian Panola, que es el jefe de todos los demás, está irritado por haber fallado el golpe y está tramando más traiciones que nunca de forma que los franceses se han visto obligados a apoderarse de su persona hasta que vuelva el señor de La Forest y ponga orden en todo.
Y voy a terminar con la última y la más grande de las desgracias que nos han sucedido hasta el presente.
Vemos que está ya llegando el barco; todo el mundo se llena de alegría; empiezan a saltar y a bailar de gozo; está ya cerca; pero no se oye ningún saludo.
El miedo se va apoderando de todos; cuchichea la gente en voz baja, sin saber de qué se trata.
Finalmente llegan a tierra unos hombres, que apenas llegar nos dicen que ha muerto el señor de La Forest y que se ha perdido el barco.
La mayoría se echa a llorar.
Era como si cada uno hubiera perdido a su propio padre.
Les preguntamos cómo había sucedido aquello.
Dicen que la causa de todas las desdichas habían sido los grandes, que habían enviado por tierra oro y plata a los jefes de los países adonde iba a ir el señor de La Forest, para hacerle asesinar, diciéndoles además que era un hombre que no valía para nada, y que no era ni siquiera como el señor de Pronis, de forma que un día, mientras estaba paseando el señor de La Forest, vino un negro grande a desafiarle y a decirle que combatiera contra él, y le dio un golpe de volo en la cabeza El señor de La Forest no hizo más que derribarle al suelo, como si quisiera jugar, pero sin querer matarlo ni hacerle daño.
El negro se escapó.
Pero luego se reunieron varios y siete u ocho días más tarde, habiendo llevado unas mercancías, le urgieron a que fuera a verlas; él se dejó llevar y cuando llegó a una pequeña colina lo asesinaron, después de haberse defendido durante largo tiempo.
Al recibir un golpe en la cabeza, empezó a perder mucha sangre y le fallaron las fuerzas.
Aquello sucedió el cuatro de julio y 500
con él fueron asesinados otros tres, sin haber tenido tiempo para disparar un solo tiro, uno de ellos era hermano del señor Gaudin, doctor de la Sorbona, natural de la Turena.
La razón por la que los grandes han hecho esto ha sido la envidia, pues al ver a aquel hombre tan gentil y tan apuesto y que no solamente se veía honrado y apreciado por los franceses, sino incluso por los negros, y que sabía poner todas las cosas en orden, creyeron que con él quedaría más asegurado y firme el fortín de los franceses.
Hoy he bautizado a una familia de cuatro personas y he casado al padre y a la madre.
Dian Mananghe, que es un gran Roandria y del que he bautizado a los dos hijos mayores, después de haberle aconsejado que se bautizase con todos los de su familia, así como a su padre y a su madre, que son reyes como él, no han puesto mala cara y me preguntan muchas veces si es verdad que los que se bautizan van al cielo y que los que no quieren bautizarse van al infierno, y me preguntan otras muchas cosas en detalle.
Me ha dejado aquí a su hijo más pequeño, dándome permiso para que lo bautice.
Esto es mucho para uno de los grandes.
Si se bautizase, pronto vendrían otros.
El abuelo, que tiene cerca de los cien años, a pesar de lo cual se encuentra bien y es muy prudente, me preguntó si bautizaba a los viejos y si no les hacía daño; cuando contesté a sus preguntas, me dijo que le parecía bien y que lo pensaría.
Pero le dije que en adelante dejase de creer en los olis y que creyera solamente en Dios, que desease el bautismo y que invocase a Dios siempre que tuviera algún temor.
El hijo mayor de Dian Mananghe, que se llama Dian Masse y que se ha bautizado, es uno de los más valientes del país y es muy inteligente.
Tiene muy buen carácter y reza todos los días a Dios delante de sus hombres.
Le he dicho que instruya a su mujer y a sus gentes, y me lo ha prometido.
Mañana se marchan para volver a su país.
Esto es todo cuanto puedo decirle por la presente, suplicándole que haga rezar a Dios por la conversión de estas pobres gentes y por la mía en particular, ya que soy, mi venerado padre, su muy humilde y obediente hijo y servidor.
S ANTOS BOURDAISE indigno sacerdote de la Misión 501
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