Carta · tomo V
A UN SACERDOTE DE LA MISION DE LA ROSE
7 de mayo de 1656
eso es lo que debe hacer un buen misionero: estar siempre dispuesto a ayudar a sus hermanos.
Le pido a Dios ese mismo espíritu de caridad para todos los de la compañía, ya que con esa ayuda mutua los fuertes sostendrán a los débiles y se realizará la obra de Dios.
También le doy gracias a Dios por el afecto que le da por las misiones.
Esa atracción, al venir de su parte, necesariamente habrá de ser útil para los pueblos, siempre que sea usted fiel en seguirla; y esa fidelidad necesariamente habrá de ser también ventajosa para usted, ya que al trabajar por la salvación de los pobres, asegurará usted la suya.
Le pido a Nuestro Señor, que se encargó de evangelizarlos él mismo y que quiso llamarle a usted a ese mismo ministerio, que le anime de su espíritu, para que lo desempeñe usted según su ejemplo y sus intenciones.
La semana que viene haremos marchar a un sacerdote para Agen, a fin de que le sustituya y no se retrase más el ejercicio de su celo.
Quiero creer que se trata de esta virtud y que son legítimos los motivos que usted me indica, y que le hacen solicitar el regreso a La Rose.
Es usted demasiado de Dios para dar oídos a la naturaleza, si el caso de que ella quisiera aprovecharse de la satisfacción de ese regreso; y aprecia usted demasiado la santa indiferencia en los cargos para dejar de practicarla en todas las ocasiones por respeto a la voluntad de Dios que le es conocida por las órdenes de la obediencia. 2146 [2062,V ,608-610] A UN SACERDOTE DE LA MISION DE LA ROSE 7 de mayo de 1656 Aunque su carta del 17 de abril parece ser que no tenía otro motivo más que pedirme que contestara a sus anteriores, a las que contesté ya hace unos quince días, no quiero dejar de escribirle para agradecer a Dios los buenos sentimientos que le da y para decirle que le pido de muy buena gana a su divina bondad que le dé la perseverancia en la vocación y la ________ Carta 2146.
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gracia de servirle debidamente.
La primera depende de la segunda, de forma que, si usted se muestra siempre fiel a sus reglas y a sus tareas, en las que Dios quiere que le sirva, podrá estar seguro de su vocación gracias a sus buenas obras y perseverará en ella hasta el final.
Le doy especialmente gracias a Nuestro Señor por los deseos que le da de su perfección y por los medios que le inspira para llegar a ella, que es ponerle por debajo de todos sus hermanos.
De esta forma no hará usted más que lo que él mismo practicó; por mucho que tendiese usted a la humillación y abrazase el rebajamiento de sí mismo, no se acercaría ni con mucho a los actos de humildad que él realizó.
No tema hacer nunca demasiado en este sentido, ni faltar en esta imitación a nuestro humilde Salvador al espíritu y a la forma de obrar de la compañía, ya que si ella no está siempre en esta práctica, no se sigue de ahí que no deba estarlo.
En ciertos lugares y en ciertas ocasiones le está permitido a una persona guardar su dignidad de sacerdote, de antigüedad, de ciencia, de cargos, etcétera; pero entre nosotros no se observa nada de eso: todos pasan y se colocan indiferentemente tal como están, en la mesa y en los demás lugares.
Exceptúo a los principales oficiales, que representan a la persona de Nuestro Señor en nuestras familias y que, en ciertos casos, deben ocupar los primeros lugares.
Dios le ha concedido a usted una gracia muy grande de que, en esa inclinación que siente usted hacia la vanidad, le haya dado también un cariño especial por la virtud contraria.
Es una señal de que quiere que la consiga usted por el ejercicio.
Y su Hijo, Nuestro Señor, para animarle, le ha dado su propio ejemplo en las diversas situaciones y acciones de su vida.
El mismo san Pablo le ofrece un medio para ello cuando nos exhorta a considerar a los demás como superiores nuestros; pues, al hacerlo así, los honrará usted como a tales y se someterá al más pequeño, creyéndose inferior a él en la presencia de Dios, por cuyo amor hemos de obrar siempre y a quien hemos de recurrir continuamente para pedirle insistentemente esta santa humildad.
Consiste, como muy bien sabe usted, en amar la humillación.
¡Bienaventurado aquel que ha llegado a ese grado, pues habrá encontrado un tesoro oculto y una fuente de gracias inagotable, 577
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