Carta · tomo VI

A UN SACERDOTE DE LA MISIÓN 1

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VI
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quienes va dirigida la carta y el paquete que le acompaño, y que les consuele lo mejor que pueda.

Su muy humilde servidor.

VICENTE DEPAUL indigno sacerdote de la Misión Dirección: Al señor Barreau, cónsul del rey en Argel. 2180 [2094,VI,8-9] A UN SACERDOTE DE LA MISIÓN 1 Estos beneficios son otras tantas gracias de Dios, mayores aún por el hecho de que no las esperábamos ni las habíamos merecido.

Ha obrado usted según la voluntad de Dios y según nuestras máximas, dejando actuar en todo a la Providencia de Dios, sin poner de su parte nada más que su conformidad con la voluntad divina.

Así es como se han fundado todas nuestras casas y lo que la compañía deberá observar con todo esmero. 2181 [2095,VI,9-16] CLAUDIO DUFOUR, SACERDOTE DE LA MISIÓN, A SAN VICENTE Fuerte Dauphin, julio de 1656 Mi venerado señor y Padre: Le pido humildemente la bendición.

Para cumplir con la obligación que tengo de darle cuentas del resultado de nuestro viaje y de nuestra estancia en la isla de Madagascar, le referiré una pequeña parte de los grandes favores que hemos recibido de Dios, relatándole lo más intere________ Carta 2180.

— ABELL Y, o. c., 1.

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III, cap. 18, 276. 1.

Este misionero había aceptado unos bienes donados a la congregación para una nueva fundación.

Carta 2181.

— Archivo de la Misión, copia del siglo XVII. 13

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sante que hemos visto, hecho y padecido desde que salimos de Francia hasta el presente.

Levamos anclas de la rada de San Martín, cerca de La Rochelle, el 29 de octubre del año 1655; unas horas después de nuestra partida, había ya en nuestro barco unas 18 ó 20 personas enfermas de mareo; y como yo estaba entre ellas y además hacía muy mal tiempo, no pude celebrar la misa el día de Todos los Santos, ni la víspera, ni tampoco el día de los fieles difuntos, lo cual fue para mí un motivo de mortificación muy sensible.

Esta pena pronto se vio incrementada por otra mayor ya que poco después un buen sacerdote llamado señor Couderon, natural de Dieppe, que se había embarcado en la Duquesa, se cayó al mar y, aunque se hizo todo lo que puede hacerse por salvar a un hombre en semejantes ocasiones, todo fue inútil y no se le pudo recobrar.

Todos lo sentimos mucho y pedimos a Dios por su alma.

Era una de las personas más entendidas en la teoría del arte de navegar y se aplicaba por entero a ello.

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Un día que estaba hablando yo con él, poco antes de su muerte, le dije con toda sencillez que me extrañaba que un sacerdote como él se entregase a unos ejercicios tan poco en consonancia con su profesión; a ello me replicó que lo hacía con la intención de dar gloria a Dios sirviendo a los hombres, y que su Padre espiritual le permitía que continuase con aquella vocación.

La verdad es que también me aseguró que sentía mucho haber emprendido aquel gran viaje sin permiso de su prelado, por lo que sentía grandes remordimientos y estaba decidido a privarse de decir la misa y de administrar los sacramentos hasta regresar a su diócesis, a no ser en caso de necesidad, y a llevar una vida buena y santa; esto nos da motivos para creer que Dios le habrá concedido su misericordia.

De todos nuestros enfermos sólo uno murió después de haber recibido los santos sacramentos y haber soportado con mucha paciencia todos los dolores; los demás se curaron pronto, gracias a Dios, aunque después de la curación de aquellos la enfermedad fue atacando a otros, de forma que hemos tenido siempre dos o tres enfermos.

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Esto significa muy poco para las doscientas personas que pasan por la Guinea, en donde a veces se ha visto morir al menos a la tercera parte e incluso a la mitad 14

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de los pasajeros.

Por lo que a mí respecta, nunca tuve que guardar cama durante más de tres días, con lo que pude cumplir con mis funciones de capellán y entregarme a los demás ejercicios.

He procurado observar puntualmente todo lo que se decidió en una conferencia que tuvimos antes de partir con mis queridos hermanos los padres Prévost y de Belleville a propósito de las oraciones públicas, catecismos, exhortaciones, lecturas espirituales y demás medios de hacer progresar la gloria de Dios y procurar la salvación del prójimo, aunque la experiencia nos ha hecho ver que es preciso portarse de manera distinta según la diferencia de carácter de los capitanes, con los que hay que condescender en todo lo que no es malo, aun cuando nos parezca que no es del todo bueno.

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A los hombres de mar les gustan las oraciones cortas; por eso nos hemos contentado con cantar por las mañanas el Veni Creator, el Itinerario, y hacer a continuación los actos de adoración, de acción de gracias, de contrición y de ofrecimiento, tal como se indica en el librito de oraciones que se hacen en Sedán, y por la tarde alguna antífona de la Virgen y la oración por el rey; los jueves, el Pange lingua; los viernes, el Vexilla; los sábados, el Stabat; los domingos y fiestas, las vísperas.

La misa la he celebrado solamente los días de fiesta y los domingos; en cuaresma, tres veces por semana.

Mi mayor deseo era celebrarla todos los días; pero como no todo el mundo quería, me pareció que Dios aceptaría como sacrificio mi buena voluntad.

No ha habido casi ningún domingo ni día de fiesta que no tuviéramos un buen número de comuniones.

Todos los días tenía una plática de diez minutos o un cuarto de hora al final de la misa.

También a veces teníamos una corta predicación después de las preces de la tarde; pero como por entonces había siempre alguna maniobra que hacer, tuve que contentarme con predicar solamente en la misa.

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Dirigí el catecismo, en ad viento y en cuaresma, tres veces por semana.

Los que no tenían alguna faena que hacer durante aquel tiempo no dejaban de asistir.

Los días que no había catecismo, les hacía la lectura espiritual, unas veces sobre la vida 15

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d e los santos, otras veces Con el Pedagogo o algún otro libro piadoso, deteniéndome de vez en cuando en los pasajes más notables y repitiéndolos y comentándolos para inculcárselos mejor.

No me siento capaz de expresar los buenos efectos que esta lectura espiritual produjo en la mayor parte de nuestros marineros y soldados, que no contentos con la hora de lectura espiritual que teníamos, acudían muchos a leer también libros piadosos en particular.

Tres veces por semana, el miércoles, el viernes y el sábado, rezábamos el rosario en común, haciendo todos una inclinación profunda al nombre de Jesús.

Por las tardes, durante el adviento, cantábamos cánticos espirituales; y durante la cuaresma y después de pascua teníamos una conversación piadosa, refiriendo cada uno una hermosa historia, al final de la cual decía yo unas palabras para que sacasen fruto de ella.

El día de la Purificación tuvimos la primera comunión de unos muchachos en número de doce, que se habían ido preparando y estaban muy bien dispuestos para este acto.

Un buen soldado me ayudó mucho a instruirles y a enseñarles a rezar.

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Creo que Dios lo ha escogido como catequista para los pobres bárbaros de Madagascar; se ha puesto en nuestras manos y probablemente, si quisiéramos recibirlo, se sentiría entusiasmado de entrar en nuestra congregación.

Los buenos ejemplos que tanto él como algunos otros nos han dado nos han llenado de gozo.

Pero los juramentos y palabras groseras de otros me han dado mucha pena.

Cuando algún marinero o soldado resultaba culpable, lo encadenaban, o le hacían pedir perdón a Dios y a todo el mundo y besar la tierra; gracias a Dios, se ha advertido que se han enmendado muchos.

Pero cuando algún oficial, como por ejemplo un teniente o un capitán, caían en alguno de estos defectos, hacían un daño irremediable.

A un buen marinero de nuestro barco, que no juraba jamás, lo mataron los negros en Sierra Leona, debido a que los nuestros habían tomado prisioneros a algunos de los suyos; aquella muerte fue la causa de que los franceses quemaran, en dos aldeas, las chozas de aquellas pobres gentes.

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Unos días antes, dos de nuestras chalupas intentaron abordar a un pequeño barco portugués, pero nos mataron dos hombres e hirieron a varios, especialmente al señor de Lamran, lugarteniente del almirante, a quien le saltaron un ojo con una flecha. 16

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Por entonces aún vivía el buen Padre de Belleville; ahora ya está muerto.

Tengo una enorme pena, Padre, en lo más hondo del corazón por haber perdido a tan buen misionero, de cuya compañía yo era indigno; tengo mucho miedo de que Dios me lo haya quitado por mis pecados.

Aquel fiel siervo de Dios cayó enfermo el mismo día de nuestra partida de la rada de San Martín y el día 30 de octubre empezó a verse aquejado por una fiebre lenta que le fue llevando hasta la muerte.

No me enteré de su enfermedad hasta unos quince días más tarde, que se nos acercó el Armando.

Fui a verle y, después de haberle confesado, como el cirujano creía que estaba mejor que de costumbre, me despedí de él, pidiéndole al capitán Regimont que me diera noticias de él de vez en cuando; así me lo prometió.

Pero Dios permitió que su barco se alejara tanto de los demás que estuvimos 15 días sin volver a verlo y lo tuvimos por perdido hasta que lo vimos en Sierra Leona, en donde supe que iba aumentando su mal.

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Inmediatamente subí a una chalupa para ir a visitarle y, encontrándole dispuesto para ir a tierra, le mandamos llevar a una cabaña que se hizo expresamente para él, con un muchacho para que le sirviera; allí estuvo cinco o seis lías, pero en vez de encontrar alivio su mal fue empeorando, con lo que le entraron deseos de recibir el Santísimo Sacramento.

Fuimos entonces el Padre Prévost y yo a celebrarle la santa misa.

Y dos días después de la comunión, que fue el 13 de enero, fue trasladado de nuevo a bordo.

Al día siguiente fui a verle y me pidió que le ayudara a bien morir, con lo que le di la extremaunción.

Fue el día 17 de aquel mismo mes, entonces pareció que se ponía mejor, de modo que el Padre Prévost y yo juzgamos que no era necesario quedarnos junto a él.

Al día siguiente, 18 de enero, volví a su barco y vi que se encontraba más débil; le pregunté al cirujano si había algún peligro para aquel día, y me dijo que no había nada que temer; sin embargo, aquella misma noche, entre las ocho y las nueve, falleció después de haber estado hablando hasta el último momento.

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Al día siguiente se disparó un cañonazo, lo cual nos hizo pensar en su muerte; inmediatamente nos comunicaron que ya había sido depositado en la sepultura, o sea, que había sido arrojado al mar, según la costumbre que se observa en los barcos.

Fue 17

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grande mi tristeza, aunque me consuela no poco el recuerdo de su santa vida y de sus hermosas virtudes, que le han hecho conocer la corona del martirio, como realmente puede llamarse la muerte de un misionero, que había hecho voto antes de entrar en la (como él mismo me dijo) de ir a sacrificarse más allá de los mares por la salvación de las almas y la mayor gloria de Dios.

La verdad, Padre, es que me siento muy culpable de no haber sido muy fiel en observar sus heroicas virtudes.

La esperanza que tenía de que se recuperase de su enfermedad ha sido el motivo de que no me cuidara mucho de ello, como debería haberlo hecho.

Sin embargo, he visto lo bastante para mi consuelo y para la edificación de toda la compañía.

Pues, en primer lugar, he advertido en él un celo muy grande por su salvación, mayor del que había visto en cualquier otro enfermo; no tenía más preocupación que ésa.

Por este motivo, cuando le llevaba algún regalo, como por ejemplo algún animal de caza, me decía con gran aflicción: «Padre, en nombre de Dios, lo único que le pido es que me ayude a bien morir».

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Me suplicaba con frecuencia que acudiera a su lado para hablarle de Dios.

Se confesaba con frecuencia.

Tenía también una gran preocupación por la salvación de los demás y mucho celo por las almas, como demostró antes de su enfermedad, ocupándose todos los días de tener la lectura espiritual públicamente en cubierta, dirigiendo exhortaciones y pláticas catequísticas, oyendo confesiones, charlando unas veces con unos y otras con otros para disponerles a vivir mejor.

Por este motivo, durante nuestra estancia en La Rochelle antes de emprender el viaje, cuando íbamos a pasear por la ciudad, estaba deseando volver cuanto antes a bordo para atender a los sanos y a los enfermos, a quienes tenía un gran cariño.

Su devoción se mostraba no solamente cuando rezaba el breviario que procuró rezar mientras tuvo fuerzas para ello, sino en su deseo de celebrar la santa misa; el médico me dijo que fueron sus grandes deseos de celebrar los que le causaron un delirio que le duró unas tres semanas.

Todos los días rezaba el rosario en honor de la santísima Virgen y creía que no había 18

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nadie en el mundo que tuviera que dar tantas gracias a tan alta Señora como él.

¿Y qué decir de su mansedumbre, tan grande que daba gozo ver su amable semblante?

Por eso el contramaestre del barco en que murió me decía: «He viajado por Italia, por España, por Francia, y en ninguna parte he visto un hombre con tanta mansedumbre como al Padre de Belleville; le aseguro que no he conocido a nadie que apreciase tanto la santa condescendencia y que la pusiera en práctica mejor que él».

Esta virtud le hacía amable a todo el mundo y respetado por todos.

Era humilde hasta el punto de que se mostraba extrañado, no sólo de que le hubieran escogido para una tarea tan grande como la de Madagascar, sino incluso de que pudieran tolerarle en la compañía, juzgándose el más indigno de todos.

Pero esta humildad tan profunda no disminuía en nada la generosidad con que emprendía animosamente por la gloria de Dios todo lo más difícil, llevándolo a cabo con mucho entusiasmo, como se vio en La Rochelle en dos ocasiones.

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La primera fue cuando algunos de los de su barco entraron en un pequeño navío inglés que estaba en la rada y se llevaron parte de las mercancías que había allí.

El Padre de Belleville habló con el capitán con tanta firmeza y le puso las cosas tan negras que inmediatamente dictó orden a sus oficiales de devolverlo todo; aquello llenó de alegría a los ingleses que ordenaron disparar cuatro o cinco cañonazos en acción de gracias.

La otra prueba que dio el Padre de Belleville de su generosidad fue la de remediar un grave desorden que empezaba a cundir en su barco por la discordia entre dos tenientes, que habían atraído cada uno a su partido a un grupo de la marinería, estando los normandos por uno y los bretones por otro, y el capitán casi sin autoridad alguna sobre ellos.

Al ver aquello, nuestro generoso difunto fue a ver al señor almirante y le expuso tan claramente la situación que inmediatamente ordenó que uno de los tenientes pasara a otro barco y que hubiera también un cambio en la marinería, de forma que con este medio se volvió a establecer la paz.

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La liberalidad de este buen siervo de Dios era tan grande que no quería reservarse nada para sí, de modo que me han 19

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asegurado que parte de las confituras que le llevaban durante su enfermedad las hacía distribuir entre los demás enfermos.

Era un hombre realmente pacífico.

Y creo que, como sabía mantenerse tan bien en paz con Dios, con el prójimo y consigo mismo, por eso adquirió una resignación heroica a la voluntad divina.

Pues, a pesar de sus enormes deseos de ir a trabajar y a sacrificarse por la conversión de los pobres salvajes de Madagascar, fue siempre sin embargo con la condición de que fuera ése el beneplácito divino.

El amor que tenía a la pureza era tan grande que me aseguraron que la mayor pena que sufría en su enfermedad era ver que su parálisis le obligaba a no poder cubrir él mismo sus desnudeces, cuando le sacaban de la cama.

El mismo me dijo que era aquélla una de las grandes penas que Nuestro Señor tuvo que padecer en el árbol de la cruz.

Era una persona sumamente mortificada y se sentía contento de verse tratado como los demás marineros, con un pedazo le tocino, lo mismo que si se tratara de un lujo.

El mismo día en que murió, vi que no le daban para comer más que un trocito de carne salada, y nada más.

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Era tan obediente que no se negaba a nada de lo que le ordenaba el cirujano, tomando sin ninguna repugnancia todo cuanto le presentaban.

Jamás, durante toda su enfermedad, me habló de su padre, ni de su madre, ni de sus hermanos, ni de su patria, pues estaba totalmente desprendido de sus parientes y de su país.

Sus conversaciones, no sólo durante su enfermedad, sino también cuando estaba sano, eran de Dios y para Dios.

Los de su barco me dieron de él el siguiente testimonio: que jamás le habían oído hablar de las cosas del mundo.

Por eso mismo, incluso durante su delirio, tenía su corazón en Dios y no hablaba más que de Dios.

No quiero pasar por alto la intención recta y pura que tenía de hacer progresar la gloria de Dios en todo y por todos los medios, como me explicó un día que le pregunté si estaba contento de morir, él me respondió que no deseaba más que cumplir la voluntad de Dios y que, si la divina Providencia le sacaba de esta vida, me prometía no olvidarse de los pobres salvajes de Madagascar y que se cuidaría de rezar a Dios por ellos. 20

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Diré todavía algunas palabras de su continua paciencia durante su larga enfermedad, que le hacía sufrir tremendos dolores.

Paso por alto que se veía privado de los alimentos necesarios que no se encuentran de ordinario en el mar; sin embargo, conservaba siempre el rostro sereno y demostraba estar siempre contento, animando a los que acudían a visitarle y que se acongojaban por su salud.

Finalmente, su perseverancia en obrar bien y en sufrir con resignación hasta la muerte será la última pincelada que ponga en este cuadro perfecto de toda clase de virtudes.

¡Bendito sea Dios por siempre por todas las gracias que le concedió en la tierra y por la gloria con que le colma en el cielo!

En cuanto a mí, creo que es un santo y no tengo ninguna dificultad en pedirle que me obtenga de la bondad de Dios la gracia de imitarle y de tener la dicha de poder estar algún día junto a él en el cielo.

Pero como no se nos ha revelado su bienaventuranza, no hemos dejado de celebrar cada uno de nosotros tres misas por su intención; estoy también seguro de que la compañía cumplirá con todos sus piadosos deberes para con su alma.

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Todos los del barco Armando sintieron mucho la muerte de su buen pastor; su aflicción creció más todavía al ver morir poco después a cinco o seis de la tripulación que, por no tener sacerdote, se vieron obligados a morir sin confesión, aunque no sin contrición.

Cuando llegamos al cabo de Buena Esperanza, el señor almirante y todos los capitanes se decidieron a enviar al fuerte Dauphin solamente el barco Armando, y que los otros tres barcos se dirigieran a Santa María, que está muy cerca de aquella parte de Madagascar en donde se quiere establecer la nueva población; entonces determinaron que uno de nosotros se fuera con el Armando, tal como lo hice de acuerdo con el Padre Prévost, aunque nos costó mucho tener que separarnos.

No había hecho más que subir a este barco, cuando me pidieron que fuera a ver a un pobre enfermo, al que confesé; murió apenas lo hube confesado, a pesar de que nadie creía que estuviera tan cercana su muerte.

Empecé a celebrar misa el domingo de Pasión y a continuación prediqué la penitencia, siguiendo las materias de las misio21

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nes, con tanto éxito que algunos que habían dejado diez pascuas sin cumplir, e incluso algunos quince y dieciséis años sin confesarse, me confesaron que Dios les había tocado el corazón y que, al escuchar su santa palabra, se habían sentido suavemente obligados a obedecerle y a no retrasar por más tiempo la confesión; la mayor parte quisieron hacerla general de toda su vida, especialmente un hugonote, que me comunicó el sábado santo que deseaba hablar conmigo.

Esto me da motivos para creer que las preces que toda la iglesia bahía hecho el viernes santo por los herejes habían impetrado de la bondad de Dios su conversión, que fue perfecta, pues no dudaba de ninguno de los dogmas de nuestra fe; le vi muy bien dispuesto para hacer una buena confesión, y así lo hizo, y el domingo de Quasimodo le di la comunión.

Desde aquel viernes santo me siento más celoso de la salvación de los pobres salvajes de Madagascar; esto me ha obligado a erigir una pequeña cofradía para procurarles la conversión.

Su reglamento figura a continuación de la presente.

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Si le parece a usted bien, le suplico que lo haga aprobar por Su Santidad e impetrar algunas indulgencias para los cofrades, no solamente para el día de la comunión anual, sino además siempre que recen el rosario o hagan las preces de la mañana y de la tarde, haciéndolo publicar en todas las diócesis de Francia y, si es posible, en toda la cristiandad.

Espero que nos consiga usted este gran favor 1. 2182 [2096,VI,17-19] A DOMINGO LHUILLIER París, 11 de julio [de 1656] 1 Padre: La gracia de Nuestro Señor sea siempre con nosotros.

Recibí sus dos cartas del 1 y del 25 de junio.

No me parece bien que pida usted esos colchones de pluma al señor de Lorthon ________ 1.

El copista añade a continuación: «Aquí acaba la carta del Padre Dufour, que no pudo terminar por haberle sorprendido la muerte».

Carta 2182 (CF).

— Archivo de sor Hains, original. 1.

El original menciona sólo el día y el mes de la carta; lo que se dice de la Misión de Madagascar no permite dudas sobre el año. 22

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ni a ninguno de los suyos, ni tampoco la barca que se hundió, ni que venda usted la leña del puente, sino que deje todas esas cosas tal como están, hasta que veamos qué pasa con el asunto que le tiene en suspenso.

Si se presenta algún sacerdote para hacer el retiro, hará bien en recibirle; nadie podrá decir nada en contra de ello.

Hay que dejar que siga hablando y actuando el joven señor de Lorthon, que se está quejando de nosotros.

Si la señora 2 le dice que acuda usted a la asamblea de las damas de la Caridad, podrá indicarle que tiene usted la obligación de obedecerle y que hará cuanto le ordene, pero que, para evitar que los señores canónigos ]o tomen a mal, debido a la ausencia del señor párroco, es de desear que ella acepte hablarles por sí misma.

Entretanto le ruego que me indique si ha asistido usted a la fundación de alguna Caridad en las misiones, o si ha visitado alguna, por donde haya podido aprender lo que s hace en esas reuniones; de lo contrario, podría usted actuar en ellas de alguna manera poco conveniente.

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Si ha sido el señor procurador del rey el que ha encargado al Padre Grimal celebrar el aniversario de su difunta esposa y está usted bien seguro de ello, podrá usted decirle cuando se presente la ocasión que, gracias a Dios, ya lo celebraron, pero sin hablarle de ninguna retribución.

Esto es, Padre, todo cuanto tenía que responderle.

El resto de sus cartas se refieren a algunos consejos que me da, que le agradezco sinceramente, dando gracias a Dios por su conducta, que me parece cada día mejor, y por su paciencia en esa situación en que se encuentra y con esa persona que usted sabe 3.

¡Quiera Nuestro Señor sacar gloria de todo ello y continuar sus bendiciones sobre usted!

Ha llegado a Nantes un barco, procedente de Madagascar, que nos ha traído algunas noticias, no ya del Padre Dufour ni de los demás que se fueron en octubre y que no habían llegado allá todavía por el mes de enero, que es cuando el barco partió, sino sólo del Padre Bourdaise, cuyas cartas nos han consolado y ________ 2.

La señora de Lorthon. 3.

Las palabras «y con esa persona que usted sabe» están tachadas en el original. 23

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