Carta · tomo VI
A EDMUNDO JOLL Y, SUPERIOR DE ROMA
23 de julio de 1656
2194 [2108,VI,38] A EDMUNDO JOLL Y, SUPERIOR DE ROMA 23 de julio de 1656 San Vicente le comunica que ha pasado algunos días en Orsigny en compañía de Esteban Caulet, obispo de Pamiers, y de Hipólito Féret, párroco de San Nicolás du Chardonnet, y que Esteban Caulet se dirigió desde allí a Senlis para aconsejarle al señor Deslyons, una de las principales columnas del jansenismo, que se sometiera a la iglesia. 2195 [2109,VI,39-45] A SOR JUANA LEPEINTRE, SUPERIORA DE CHATEAUDUN PRIMERA REDACCIÓN 23 de Julio de 1656 Hermana: La gracia de Nuestro Señor sea siempre con nosotros.
He recibido dos o tres cartas suyas, a las que no he podido contestar hasta ahora por causa de mis muchos quehaceres.
Ahora que estoy un poco más descansado, le diré que siempre la miro con el mismo espíritu con que la he mirado en Nuestro Señor desde que es usted hija de la Caridad, esto es, con gran estima y afecto por las gracias que Dios ha puesto en usted y debido al buen uso que hace de ellas, por lo que doy gracias a su divina bondad, rogándole que le continúe y le aumente esas mismas gracias Continúe usted, hermana, por su parte practicando debidamente las virtudes, para ir creciendo en el amor y en la imitación a Nuestro Señor; séale siempre fiel en los ejercicios, obrando de manera que sea cada vez más agradable a sus ojos y más amable a los ojos de los pobres, ya que es usted como madre de ellos.
Así lo espero de su bondad in________ Carta 2194.
— COLLET, o c., t.
I, 564, en nota; t.
II, 30.
COLLET indica que se trataba de una carta autógrafa y que refiere los mismos hechos que otra carta del 25 de mayo de 1656.
Carta 2195.
— Reg. 1, f.º 48, copia sacada de la «minuta sin firmar» 1.
C. f.
— Archivo de las Hijas de la Caridad, original. 41
finita, así como también que recibirá usted de buena forma los avisos que le voy a dar.
Me han dicho, y creo que usted misma me lo había indicado, que ha hecho usted un viaje a Orléans por el bien de ]os pobres, y otro al lugar en donde murió el señor de Franqueville para atenderle en su enfermedad.
Esto es bueno y laudable de suyo, pero no tiene que hacerlo una persona que se ha consagrado a Dios bajo una regla y una dirección, sin el parecer de sus superiores; quizás, hija mía, si se examina usted bien, encontrará usted en esos viajes alguna curiosidad o quizás un poco de amor propio; por lo menos, la humildad debe hacerle pensar que había algo de eso.
Quizás estaba por medio el pretexto de comprar ropa o muebles para el hospital, o medicinas para los enfermos, o todo esto juntamente.
¿Pero no hubiera podido hacer otra persona eso mismo?
¿Cree usted que los señores administradores no entienden de estas cosas tan bien como usted?
¿O que el encargado de hacer esas provisiones, si tenía necesidad de ayuda, no habría encontrado un amigo en aquel lugar, como suelen tenerlo esos señores, capaz de escoger bien y de valorar esas mercancías?
No tiene por qué dudar de ello.
¿Cómo se hacía antes de que usted fuera?
En cuanto a lo otro, lo de velar y servir a ese buen difunto durante su enfermedad, quiero creer que lo ha hecho usted por agradecimiento a los favores que habían recibido de él.
Pero, dejando aparte que él se los hizo puramente por amor de Dios, sin esperar ninguna gratitud de su parte, era tan amigo del buen orden que no le hubiera permitido a usted romperlo por consideración a él.
Si dice usted que le han obligado a hacer esos viajes, le respondo que, en lo que atañe al señor de Franqueville, me cuesta trabajo creerlo; y quizás, cuando él la vio, le pidió él mismo que se volviera sin detenerse junto a él.
Y en cuanto a los señores administradores, me han dicho que fue usted misma, hermana, la que se ofreció a ir por ellos a Orléans.
Pero aun cuando fueran ellos quienes hicieron primero esta propuesta, podría usted haberles indicado que era contra sus prácticas y que no podía usted alejarse del hospital sin consentimiento de la señorita, o sin el mío.
Sea lo que fuere, ha hecho usted estas 42
dos salidas por propia iniciativa y ha faltado a la práctica de su compañía, en donde no se hace nada semejante.
Con frecuencia nos urgen en París pata que permitamos a las hermanas atender a otros enfermos distintos de los pobres, pero no podemos consentir que les sirvan, ni siquiera a sus confesores, tanto porque las hermanas están sólo para atender a los que no tienen a nadie que les asista, como por otros inconvenientes que podrían ocurrir.
Vea entonces, hermana, la falta que ha cometido de ir allá sin permiso, e incluso contra la intención de sus superiores.
Además, ha abandonado usted a su rebaño; me refiero a las hermanas y a los enfermos que la Providencia ha encomendado a sus cuidados.
Humíllese por todo esto, hermana, y pídale a Dios la gracia de no dejar nunca su puesto más que con el permiso de sus superiores.
Espero que no se le ocurrirá obrar más de esa manera; así se lo pido a su divina bondad.
Me dice usted que se encuentran preocupadas por no hallar confesor.
Dígame qué eclesiásticos hay en esa ciudad que den mejor ejemplo y gocen de mayor reputación y probidad, y a quién juzga usted más conveniente para que les haga ese servicio.
Le entregué a la señorita duquesa de Aiguillon la carta que enviaba, pero ella no me ha dicho luego nada.
No me extraña, pues reparte tantas limosnas dentro y fuera del reino, que no puede extenderlas a todas partes.
Le ruego, hermana, que me encomiende a todas esas buenas hermanas, y todas juntas a Nuestro Señor, a quien yo también seguiré ofreciéndolas a todas en general y a usted en particular ya que soy en su amor, su muy querido servidor.
SEGUNDA REDACCIÓN París, 23 de julio de 1656 Hermana: La gracia de Nuestro Señor sea siempre con nosotros.
He recibido dos o tres cartas suyas, a las que no he podido contestar hasta ahora por causa de mis muchos quehaceres.
Ahora que estoy un poco más descansado, le diré que siempre la 43
miro con el mismo espíritu con que la he mirado en Nuestro Señor desde que es usted hija de la Caridad, e incluso desde que la conocí, esto es, con gran estima y afecto por las gracias que Dios ha puesto en usted y debido al buen uso que hace de ellas, por lo que doy gracias a su divina bondad, rogándole que le continúe y aumente esas mismas gracias.
Continúe usted, hermana, por su parte practicando las virtudes que le son propias, para ir creciendo de día en día en el amor y en la imitación a Nuestro Señor; séale siempre fiel en los ejercicios, obrando de manera que sea cada vez más agradable a sus ojos y más amable a los ojos de los pobres, ya que es usted como madre de ellos.
Así lo espero de su bondad infinita.
También espero que, por reverencia a esa misma bondad que vela por su progreso espiritual, recibirá usted de buena forma los avisos que voy a darle pensando en Dios.
Me han dicho, y creo que usted misma me lo había indicado, que ha hecho usted un viaje a Orléans por el bien de los pobres, y otro al lugar donde murió el señor de Franqueville para atenderle en su enfermedad.
Le confieso que estas cosas son buenas y laudables de suyo, pero que no tiene que hacerlas una persona que se ha consagrado a Dios bajo una regla y una dirección, sin el parecer de sus superiores.
Ya sabía usted esto, hija mía; y, si se examina usted bien, encontrará en esos viajes alguna curiosidad o quizás un poco de amor propio.
Por lo menos, la humildad debe hacerle pensar que había algo de eso.
Tenía como pretexto ir a comprar ropa o muebles para el hospital, o medicinas para los enfermos, o las dos cosas a la vez; pero ¿no hubiera hecho bien todo esto alguna otra persona?
Y si uno de esos señores administradores se hubiera encargado de hacerlo, ¿cree que no hubiera acertado?
Ellos entienden de esas compras lo mismo que usted; o, si la persona que ellos hubieran podido enviar hubiera necesitado alguna ayuda, ¿no habría encontrado algún amigo en aquel sitio, como todos lo tienen, para escoger los géneros y valorarlos?
No cabe duda de ello.
¿Cómo lo hacían antes de que usted fuera?
En cuanto a lo otro, lo de velar y servir a ese buen difunto durante su enfermedad, quiero creer que lo ha hecho us44
ted por agradecimiento a los favores que habían recibido de él.
Pero, dejando aparte que él se los hizo puramente por amor de Dios, sin esperar ninguna gratitud de su parte, era tan amigo del buen orden que, si usted le hubiera propuesto romperlo en consideración a él, seguramente le hubiera apartado de esa idea.
Si dice usted que le han obligado a hacer esos viajes, le respondo que, en lo que atañe al señor de Franqueville, me cuesta trabajo creerlo; y quizás, cuando él la vio, le pidió él mismo que se volviera sin detenerse junto a él.
Y en cuanto a los señores administradores, me han dicho que fue usted misma, hermana, la que se ofreció a ir por ellos a Orléans.
Pero aun cuando fueran ellos quienes hicieron primero esta propuesta, podría usted haberles indicado que era contra sus prácticas y que no podía usted alejarse del hospital sin consentimiento de la señorita o sin el mío.
Sea lo que fuere, ha hecho usted estas dos salidas por propia iniciativa y ha faltado a la práctica de su compañía, en donde no se hace nada semejante.
Con frecuencia nos urgen en París para que permitamos a las hermanas atender a otros enfermos distintos de los pobres, pero no podemos consentir que les sirvan, ni siquiera a sus confesores, tanto porque las hermanas están sólo para atender a los que no tienen a nadie que les asista, como por otros inconvenientes que podrían ocurrir si se comprometiesen con las personas que tienen otros medios para que les atiendan.
Hija mía, ¡qué mal ha hecho usted yendo de acá para allá, no sólo sin permiso, sino contra la intención de sus superiores!
Y aunque sólo hubiera sido abandonar a su rebaño, esto es, a las hermanas y a los enfermos que la Providencia ha encomendado a sus cuidados, se trata de una falta por la que tiene usted que humillarse profundamente.
Hágalo, pues, hermana, para que Dios le conceda la gracia de no dejar nunca su puesto ni hacer nada en contra de sus reglas, más que con el permiso de sus superiores.
Así lo espero de su divina bondad.
Me dice usted que se encuentran preocupadas por no hallar confesor.
Dígame qué eclesiásticos hay en Châteaudun que den 45
mejor ejemplo y gocen de mayor reputación y probidad, y a quién juzga usted más conveniente para que les haga ese servicio; va veremos a quién se les puede asignar.
Le entregué a la señorita duquesa de Aiguillon la carta que le enviaba; pero ella no me ha dicho nada desde entonces.
No me extraña, pues reparte tantas limosnas dentro y fuera del reino, que no puede extenderlas por todas partes.
Le ruego que me encomiende a nuestras buenas hermanas, y todas juntas a Nuestro Señor, a quien yo también seguiré ofreciéndolas con todos sus ejercicios, para que, con su bendición, él sea honrado en ustedes y por medio de ustedes.
Soy en su amor, hermana, su muy humilde y devoto servidor.
V ICENTE DEPAUL indigno sacerdote de la Misión Dirección: A sor Juana Lepeintre, hija de la Caridad, sirviente de los pobres enfermos en Châteaudun. 2196 [2110,VI,45-47] A SOR CARLOTA ROYER, SUPERIORA DE RICHELIEU 1 26 de julio de 1656 Hermana: La gracia de Nuestro Señor sea siempre con nosotros.
He recibido dos cartas suyas, que me han llenado de alegría por una parte, al ser cartas suyas, pero me han afligido por otra, al enterarme por ellas no sólo de la indisposición de su hermana 2, sino también de la falta de inteligencia que hay entre ustedes dos.
Ruego a la divina bondad que ponga remedio a las dos cosas.
La última me preocupa más por el hecho de ________ Carta 2196.
— Reg. 1, f.º 21 1.
El reg. 1 no dice a quién va dirigida la carta.
El contenido muestra que tiene como destinatario a una de las dos hermanas de Richelieu; el tono general parece convenir a la superiora, sor Carlota Royer 7 Sor Francisca Carcireux. 46
que parece romper la caridad, que tiene como uno de sus principales actos a la paciencia, sin la cual es difícil que dos personas se arreglen entre sí; al contrario, la paciencia es el vínculo de la amistad que las une de corazón, de sentimiento y de acción, no sólo entre ellas, sino en nuestro Señor, de forma que gozan de una gran paz.
Sé muy bien que hay aversiones naturales de las que uno no puede deshacerse; pero mientras que las gentes del mundo se dejan llevar por ellas, los buenos cristianos, y sobre todo las hijas de la Caridad, tienen que combatirlas y superarlas, con la gracia de Dios, que nunca les falta a los humildes.
Por eso la virtud de la humildad es un buen remedio contra esas antipatías, ya que hace amables a quienes la practican y hace estimar al prójimo más que a uno mismo.
Le ruego, hermana, que se entregue a Dios para poner atención en todo esto.
Siento mucho que el padre de Beaumont 3 no les atienda tanto como a ustedes les gustaría.
Sin embargo, no le falta buena voluntad; pero no dispone de tiempo suficiente para atenderles todo lo que sería menester, o quizás juzga él que quieren ustedes demasiado.
Sea lo que fuere, le pediré que les escuche y que les asista todo lo que pueda; y a ustedes les pido que le ahorren esfuerzos, a no ser para las cosas necesarias, sin hacer como ciertas personas que les gusta hablar mucho y que, bajo pretexto de bien, se complacen en contar sus virtudes y sus prácticas para recibir alguna alabanza, lo cual no es más que orgullo; o bien, para contentar su amor propio, dicen todo lo que sufren, para hacer que las consuelen; o bien quieren que las instruyan para saber más, pero no para vivir mejor.
Así pues, cuando para su consuelo o progreso espiritual tengan necesidad de los consejos de su director, acudan a él con confianza, ábranle su corazón con sencillez y sinceridad, pero brevemente, con deseos de aprovecharse y el propósito de seguir lo que él les indique.
Las hijas de la Caridad tienen que decir poco y hacer mucho 4.
Por lo demás, hermana, el padre de ________ 3.
Superior de la casa de Richelieu. 4.
Sabemos por la correspondencia de Luisa de Marillac (cartas 531 bis y 577 bis) que sor Francisca Carcireux era demasiado elocuente en sus cartas; ¿no habrá tenido este mismo defecto en el confesionario? 47
Tomo VI · página PDF 47VINCENTIUS es una herramienta de consulta. Para trabajos académicos recomendamos verificar siempre la referencia en la edición original indicada.