Carta · tomo VI

A UN SACERDOTE DE LA MISIÓN

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Carta
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VI
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no hacen colmar la medida y la paciencia de Dios aguardando mi conversión para antes de su ]legada.

Entretanto viviré con la esperanza de que Nuestro Señor me concederá esta gracia antes de morir y de que usted nos hará el favor de venir a hospedarse en su antigua casa de San Lázaro, en donde también tenemos sitio suficiente para alojar a su familia y a su equipaje.

No dudo, señor obispo, de que habrá muchas comunidades y otras personas de condición que le pedirán esta misma gracia que yo ]e pido para esta pobre compañía de la Misión, pero puedo asegurar]e que no habrá ninguna que le pida este favor con mayor afecto que nosotros, ni con tanta justicia, y que espero que Nuestro Señor nos dará la gracia de aprovecharnos de ello.

Se dice de algunos santos que, cuando volvieron a su país, prefirieron alojarse en un hospital; y esto, señor obispo, no lo podrá encontrar usted en ninguno de los otros alojamientos que le ofrezcan.

Esto me hace esperar que su bondad y su humildad incomparables nos harán alcanzar esta gracia que la pobre Misión y yo le pedimos, postrados en espíritu a sus pies 1.

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Soy entretanto, en el amor de Nuestro Señor... 2290 [929,III, 161-163] A UN SACERDOTE DE LA MISIÓN 1657 1 Siento mucho su pena, pero me alegra que me la haya comunicado.

Esa es la conducta de Dios con los que ha destinado a algo grande o a algo especial en su servicio, probándoles de antemano con sinsabores, contradicciones, falsos deseos y movimientos de inconstancia, unas veces para ejercitarlos, otras para hacerles experimentar su debilidad, otras para despegarles más de las cosas creadas, otras para apagar los humos de cierta ________ 1 El obispo de Alet no llegó a ir a París Carta 2290.

— Reg. 2, 294.

La minuta de esta carta se encuentra en el archivo de Turín, escrita, la minuta, por el hermano Ducournau. 1.

El copista del registro 2 puso 1647, sin embargo encontramos en la minuta la fecha de 1657 puesta por el hermano Ducournau; de ahí el que hayamos trasladado la misma del tomo III al VI. 162

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vana complacencia, y siempre para hacerlos más agradables a sus ojos.

No dude usted, Padre, de que la tentación que usted sufre contribuirá a su progreso espiritual, si usted resiste.

Pero quizás no crea usted que se trata de una tentación, ya que puede ocultarse bajo las apariencias de un bien, pues dice usted que no desea escandalizar a la Compañía.

Le ruego que crea que no puede darle usted un escándalo mayor que separándose de ella para ir a hacer su propia voluntad.

Dice también usted que aprecia las reglas, pero luego demuestra lo contrario, cuando dice que no quiere verse obligado a observarlas.

Es verdad que la verdadera caridad hace amar las cosas buenas, pero también es verdad que la naturaleza siente repugnancia ante las que estorban a su libertad; por eso temo que atienda. usted más a esa repugnancia de la carne que al atractivo de la virtud, ya que dice que no cumple el reglamento por puro amor de Dios y que, en vez de corregirse de ese defecto, desea dar un paso más y obrar incluso contra ese amor, sacudiéndose por completo el yugo de Jesucristo y siguiendo su propio criterio, después de haberlo dejado todo por él.

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Ruego a su divina bondad que no lo permita.

Tiene usted mucha necesidad de reconocer el espíritu que le impulsa y de considerar al mismo tiempo que no hay hombre, por perfecto que sea y por firme que esté en su vocación, que no sufra a veces molestas sacudidas.

El enemigo fue tan temerario que hasta se atrevió con el Hijo de Dios, para hacerse adorar por él, que es la tentación más horrible que la malicia haya podido inventar.

¿Hubo alguno entre los apóstoles, o entre todos los santos, que no haya necesitado hacerse violencia para resistir a los ataques de la carne y del mundo?

Usted mismo nos ha contado que, para entrar en nuestra congregación, tuvo que realizar un gran esfuerzo, viniendo a pedir varias veces que le recibiéramos, a pesar de que la naturaleza estaba deseando que le rechazásemos; lo dijo usted agradecido y contento de que hubiera prevalecido entonces el movimiento de Dios, y nosotros se lo oímos con gran consuelo, como un presagio de sus futuras victorias contra sus pasiones.

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En efecto, desde entonces las mortificó usted mucho, con la gracia de Dios; y si compara usted su vida de misionero con la de antes, notará una gran diferencia 163

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¡Animo, pues!

Seamos valientes, ya que ahora, que somos sacerdotes, estamos obligados a una perfección mayor y a socorrer más a las almas.

¿Es posible que, ante las hermosas ocasiones que Dios nos ofrece, nos lo haga abandonar todo una pequeña repugnancia?

¡No lo quiera Dios!

Pues el apóstol dice que es imposible que los que han sido iluminados y se han apartado de la luz vuelvan al estado del que han caído 2.

Según esto, vemos a muchos que, por muy buena intención que tengan y por hermosas que sean sus resoluciones, se quedan cortos cuando hay que llegar a la práctica o cuando se trata de vencer las dificultades, ya que, habiendo fallado a la gracia, la gracia les falla a ellos, y entonces ]os escrúpulos los roen, su amor propio se forma una conciencia que se aviene con la sensualidad, y la naturaleza se toma su venganza.

No exagero nada; la experiencia lo demuestra continuamente.

Pero quizás le esté diciendo demasiadas cosas, mi querido Padre, pues quizás en estos momentos se haya usted librado ya de la sugestión que le estorbaba.

Si así es, le doy gracias a Dios; si no, le ruego que le libre de ella.

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Pídale usted mismo esta gracia; es éste el primer medio que le indico.

Y el segundo es que, si la casa donde está o las personas con quienes convive le causan alguna molestia, se vaya usted a...

Le escribo al superior que le reciba con toda la cordialidad posible; él lo hará de buena gana, por la estima y el afecto que me dice que le tiene a usted. 2291 [2197,VI,171-172] LUISA DE MARILLAC A SAN VICENTE [31 de enero de 1657] 1 Mi muy venerado Padre: Al llegar me he fijado en la hermana Luisa Ganset, a la que usted conoce por medio del señor du Fresne, que sabe sangrar ________ 2.

Hebr 6, 4-G Carta 2291 (CA).

— Archivo de las hijas de la Caridad, original. 1.

El hermano Ducournau añadió al dorso del original: «enero de 1657»; el contenido permite precisar el día. 164

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