Carta · tomo VI
A SOR MARGARITA CHETIF
18 de febrero de 1657
Siento mucho esas molestias que sufre sor Margarita Chétif.
Quizás es que trabaja demasiado; en ese caso, tiene que moderar sus trabajos en proporción a sus fuerzas; así se lo recomiendo.
Si encuentra usted jóvenes sanas y robustas, dispuestas para la Caridad, de vida irreprochable, resueltas a humillarse, a trabajar en la virtud y a servir a los pobres por amor de Dios, podrá darles esperanzas de que serán recibidas; entretanto pásenos aviso de su número, su condición, su edad y sus cualidades.
Es menester que tengan por lo menos dieciocho o veinte años y que traigan con qué vestirse la primera vez, con su ropa y sus menudos enseres, junto con algún dinero para que puedan volverse, en el caso de que no puedan acomodarse al género de vida de esta pequeña compañía o no las creamos idóneas para ella. 2308 [2214,VI,190-192] A SOR MARGARITA CHETIF París, 18 de febrero de 1657 Hermana: La gracia de Nuestro Señor sea siempre con nosotros.
He recibido su carta del 29 de enero y la he leído con alegría, aunque me preocupa su indisposición corporal, de la que me ha hablado el Padre Delville, y más todavía la de su espíritu respecto a su vocación y a los actos del reglamento.
A propósito de ello he de decirle, hermana, que no es más que una tentación del espíritu maligno que, al ver los bienes que usted hace, se esfuerza en apartarla de ellos.
Lo que él quiere es, quitándola de sus tareas, quitarla de las manos de Dios para poder triunfar sobre usted con un rapto tan deplorable.
Para juzgar si es Dios el que la ha llamado a la condición en que se encuentra, no tiene usted que fijarse en sus disposiciones actuales, sino en las que tenía cuando entró.
Entonces sintió usted en varias ocasiones el movimiento divino, le rezó a Dios para conocer su voluntad, pidió consejo a sus directores, hizo no solamente un retiro sino incluso un ensayo en casa de la se________ Carta 2308 (CF).
— Archivo de las hijas de la Caridad, original. 181
ñorita Le Gras; y entonces, decidiéndose usted voluntariamente a este género de vida pensando en Dios y deseando responder a su llamada, él demostró que su decisión le había agradado bendiciendo luego abundantemente su persona y sus trabajos y haciendo que edificara usted a todos los de dentro y los de fuera.
¿Qué motivos tiene ahora para dudar de si está en el estado que él desea?
Es evidente por todo lo que le he dicho que su vocación es de Dios, ya que ha llegado a ella por esos caminos, que son los más seguros y por los que él acostumbra sacar a las almas lejos del mundo para servirse de ellas en el mismo mundo.
Por consiguiente, esas dificultades con que usted tropieza ahora no tienen que hacerla dudar de esta verdad, que tan bien conoció usted desde el principio; ni tiene que extrañarse de que le venga esta tentación, ya que el evangelio de hoy nos asegura que hasta Nuestro Señor fue tentado, ni ha de afligirse por ese aburrimiento que siente en sus ejercicios, ya que es lógico que la naturaleza se canse de ellos y se eche para atrás, al ver que son tan penosos y repugnantes.
Por todo esto convendrá que modere usted sus esfuerzos, como se lo ruego, de forma que sean proporcionados a sus fuerzas.
Y si esto no es posible por haber demasiados enfermos, convendría que me lo dijera, pues entonces pensaríamos en sacarla de Arras o en enviarle refuerzos.
Le pido a Nuestro Señor, a quien sirve usted tan útilmente, que sea él mismo su fuerza para sostener con vigor y mérito esa debilidad exterior e interior en que usted se encuentra, para que obtenga usted la recompensa prometida a los que perseveren, una recompensa tan grande que en comparación de ella todos los trabajos de esta vida les han parecido a los santos meros pasatiempos.
Le contesto al Padre Delville sobre las cartas escritas a nuestras damas.
El Padre Portail se encuentra bien, gracias a Dios; agradece saludos y le pide que ponga atención a la carta que le ha escrito.
También está bastante bien la señorita Le Gras, lo mismo que su pequeña compañía, gracias a Dios.
Saludos para la hermana Radegunda.
Me encomiendo a las oraciones de ambas, ya 182
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