Carta · tomo VI

SANTOS BOURDAISE, SACERDOTE DE LA MISIÓN, A SAN VICENTE

19 de febrero de 1657

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Carta
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VI
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que soy en el amor de Nuestro Señor y en el de su Madre gloriosa su muy querido servidor.

VICENTE DEPAUL indigno sacerdote de la Misión Dirección: A sor Margarita Chétif, hija de la Caridad, sirviente de los pobres enfermos, Arras. 2309 [2215,VI,192-194] SANTOS BOURDAISE, SACERDOTE DE LA MISIÓN, A SAN VICENTE Fuerte Dauphin, 19 de febrero de 1657 Padre.

Le pido humildemente su bendición.

Soy aquel miserable servidor que se salvó del naufragio para anunciarle las tristes noticias de sus hijos y mis señores.

Los tres han muerto.

El Padre de Belleville murió en el mar de vómitos, por no haber acudido enseguida a ofrecerle un remedio fácil y ordinario en esos casos, pues basta con dormir un poco después de haber comido bien, y durante ese tiempo se hace la digestión.

El Padre Dufour estuvo aquí ocho días; pero no me quiso creer a mí y a los habitantes, que le decían que se quedase aquí y cómo había de cuidarse.

Es un hombre a quien todo el mundo considera como un santo, incluso aquellos que le traicionaban.

En muy poco tiempo consiguió una gran gloria, tanto con sus sufrimientos como con sus trabajos.

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Estos barcos han tenido que sufrir muchas calamidades, pues se les han muerto cinco sacerdotes y más de doscientas personas; no es posible ver tanta gente enferma.

El Padre Prévost murió un mes después del Padre Dufour, están enterrados los dos juntos, al pie de la cruz que habían plantado.

También trabajó mucho.

Le diré con toda franqueza que, por honrar la virtud, los motivos y el amor de Dios que les hacían obrar de ese modo, cometieron algunos excesos, pues pasaban por medio del agua ________ Carta 2309.

— Archivo de la Misión, copia del siglo XVIII. 183

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totalmente vestidos y, después de haber padecido la lluvia, no se cambiaban de ropa; se mostraban muy austeros, a veces solamente comían una vez al día.

Si hubieran moderado un poco su celo, estarían todavía llenos de vida y servirían a la conversión de nuestros pobres indios.

¡Se ha cumplido la voluntad de Dios!

No me siento capaz de expresarle mi pena.

Me parece que ahora harán más desde el cielo con sus oraciones que cuando estaban en la tierra.

Por falta de tiempo, no voy a escribirle la vida del Padre Prévost, que es muy parecida a la del Padre Dufour tengo mucho quehacer para cuando partan los barcos y no tengo a nadie que pueda ayudarme.

No le pido a Dios sino que me libre de las preocupaciones temporales.

Tengo algo de ganado para asistir a los pobres.

He mandado hacer un cercado para tener allí animales y hacer un huerto.

También he hecho construir una iglesia y una casa, que actualmente sirve para hospital de enfermos, va que está cerca de la aldea de los negros.

Así podré instruirles mucho mejor e impediré los desórdenes.

Todo esto me ha costado mucho trabajo, pero ya está hecho, gracias a Dios.

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El señor de La Roche-Saint-André, que manda en los barcos, me ha hecho muchos favores: me ha dado un barril de vino de España, otro barril de aguardiente, una barrica de harina, un barril de vinagre, arroz y bizcocho; en fin, todo lo que necesitaba.

Le ruego, Padre, que le haga un buen obsequio.

También le debo muchos favores al señor caballero de Sourdis, cuñado del señor de La Roche.

Les han prestado a nuestros padres, y especialmente al Padre Prévost, que estaba en su barco, todos los servicios y honores posibles.

Son personas de virtud y de mérito.

Me han dejado a dos jóvenes distinguidos, parientes suyos, que son muy prudentes.

En la primera carta que le escribí le rogaba que entregase cien francos a la mujer del señor Langlois.

Le ruego, mi querido Padre, que si todavía no lo ha hecho haga el favor de entregárselos, más otros cien francos por el ganado que me ha entregado y que necesitaba.

Perdóneme, ésta será la ultima vez que le pida algo.

Le debo doscientas libras a este señor, pero se las pagaré aquí. 184

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Le ruego expresamente, Padre, que nos envíe sacerdotes y hermanos; es preciso que vengan directamente aquí y permanezcan durante un año para aprender la lengua, hacerse al ambiente y poder fundar una casa sólida.

No les dé nada más que lo que le indico en la memoria; si hay algo que cuesta demasiado o que resulta demasiado difícil de obtener, déjelo y ordéneles que sigan por lo menos el consejo de los que viven aquí y que no emprendan demasiadas cosas al principio.

Todos podrían decirle que, si se hubieran cuidado un poco, estarían ahora llenos de vida, especialmente el Padre Dufour.

Y o me encuentro bien, gracias a Dios. me sentiría feliz si viera a más obreros trabajando en esta viña del Señor, que es muy grande en este país.

Si el Padre Mousnier y los demás padres me hubieran hecho caso, todos estarían bien ahora.

En cuanto a mí, el más ruin de todos los hombres, me encuentro bien, gracias a Dios.

Soy soberbio, impulsivo, ignorante y lleno de pecados.

No tengo tiempo para rezar ni para cuidar de mí.

Si no fuera por sus oraciones, estaría perdido.

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Le suplico, mi querido Padre, que salude a todos nuestros padres y que les pida que me ofrezcan a Dios; me postro de todo corazón a sus pies y especialmente a los le usted, mi querido Padre.

Su muy obediente e indigno hijo y servidor.

S ANTOS BOURDAISE indigno sacerdote de la Misión 2310 [2216,VI,194-235] SANTOS BOURDAISE, SACERDOTE DE LA MISIÓN A SAN VICENTE Fuerte Dauphin, 19 de febrero de 1657 Mi venerado Padre y señor: Le pido humildemente su bendición.

En estos momentos me faltan totalmente las palabras para poder explicarle la amargura de mi pobre alma.

Bien sabe Dios ________ Carta 2310.— Archivo de la Misión, copia del siglo XVII.

Encontramos aquí la relación de Claudio Dufour (carta 2181) reproducida casi al 185

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las lágrimas que derramamos cuando, al llegar a esta isla por primera vez, no encontramos en ellas más que las cenizas del Padre Nacquart, que debería ocupar el lugar de José para recibirnos con honor como a sus hermanos y el de Moisés para conducirnos por los desiertos terribles de esta soledad.

La pérdida que poco después sufrí en la persona del Padre Mousnier, consumido por su celo en menos de seis meses, me fue todavía más sensible al verme solo para soportar todo el peso.

Desde entonces ha seguido sangrando esta llaga en mi corazón.

Y aunque la esperanza de recibir nueva ayuda con un nuevo envío de misioneros ha aligerado de vez en cuando mi dolor, sin embargo el plazo demasiado largo de esta misma esperanza me ha dado muchas veces motivo de una nueva aflicción.

Y lo que es más lamentable es que casi al mismo tiempo que he gozado de este gran bien tan deseado y anhelado, me he sentido arrebatado y lo he perdido todo sin recurso.

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De modo, mi querido Padre, que me encuentro actualmente en la más extrema desdicha y en situación de no temer ya realmente nada, puesto que nada tengo que perder, ni quizás tampoco que esperar, ya que esta tierra ingrata devora tan cruelmente no ya a sus habitantes, sino a sus libertadores.

Entenderá usted perfectamente, Padre, todo lo que quiero decirle y que me gustaría poder callarle, para ahorrar sus lágrimas y mis suspiros.

El Padre de Belleville, a quien sólo conozco de nombre y por el recuerdo de sus virtudes, ha muerto en el camino; el Padre Prévost ha muerto también, poco después de haber calmado la fatiga de su viaje; y ha muerto finalmente el Padre Dufour, al que no conocí más que para conocer lo mucho que iba a perder.

Han muerto todos sus hijos que había enviado usted a Madagascar.

Y he quedado yo solo, coma miserable servidor, para darle esta noticia que, aunque triste y tremendamente lamentable, no dejará de darle gozo y consuelo cuando conozca usted la santidad de la vida que llevaron tanto en el mar como en tierra, y las grandes bendiciones que Dios ha dado a todas sus tareas desde que abandonaron Francia.

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Voy a hacerle un breve relato para poder referirle las cosas más im________ pie de la letra.

Santos Bourdaise añadió a esta carta una «Memoria de las cosas que hay que enviar». 186

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portantes que han sucedido en esta isla antes de la llegada de los barcos.

Así seguiré un orden cronológico y de esta manera conseguiré más claridad, aparte de que las pequeñas noticias que le dará este primer capítulo de los comienzos de nuestra iglesia naciente podrán, según creo, calmar un poco sus lágrimas y templar el dolor que la continuación del discurso seguramente renovará en su corazón.

CAPITULO PRIMERO De lo que ocurrió en Madagascar desde la última relación hasta la llegada del Padre Dufour.

Inmediatamente después de la partida del barco francés que le llevó mi ultima carta con fecha del 15 de enero de 1656, continuando con mi preocupación por este pobre pueblo me puse a preparar a nuestros neófitos para la fiesta de la Candelaria, que era la más cercana.

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Les expliqué detenidamente los misterios que la iglesia celebra en ese día y, cuando éste llegó, no fue necesaria una nueva convocatoria para que viniesen, ya que la santa curiosidad que sentían de ver practicadas las cosas que les había hecho saborear de antemano, les obligó a venir a todos muy temprano a la capilla, en donde tuvimos la bendición de los cirios y a continuación la procesión acostumbrada.

La participación que tuvieron en esta hermosa ceremonia les causó una alegría que se expresaba en sus rostros mucho mejor de lo que yo puedo hacerlo en este papel.

Era para ellos un colmo de felicidad y de honor verse tratados de la misma forma que los franceses.

Esta alegría iba acompañada de modestia y de una devoción capaz de impresionar a los corazones más endurecidos.

Pero lo que más me emocionó fueron las buenas disposiciones que noté en los que tuvieron la dicha de comulgar aquel día, que fueron unos cincuenta, no sólo por el fervor, el respeto y la humildad que manifestaron durante la comunión, sino también por la generosidad, el candor y la contrición con que me declararon sus pecados en la confesión.

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Hubo incluso algunos pequeños que, al no poder acercarse a la santa misa por no tener la edad suficiente, quisieron sin embargo confesarse, ha187

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ciéndolo con tanta ingenuidad y sentimiento que me enternecieron el corazón.

Lo poco que vi por fuera me hizo pensar que el buen Dios que se complace en estar con los hijos de los hombres, especialmente con los más sencillos, realizaba otras muchas maravillas dentro de sus corazones.

Esto me obligó a entretenerme un poco con ellos por la tarde y a preguntarles a algunos qué es lo que habían pensado y sentido durante la comunión y después de ella.

El más atrevido me respondió que le decía a Dios: Izaho mino anao, Zanahary fa nivolana; esto es: «yo creo tú estar allí, porque tú lo has dicho».

Otro le decía: Tiak anao ampo: «te amo en mi corazón».

Otro le decía que no quería ofender nunca a Dios: Tsy hanota instony.

Una mujer me aseguró que estaba entusiasmada y que su corazón estaba caliente: ravo sy mafana fonay tokoa.

¡Ay, Padre!

Aquellas palabras mal dichas fueron muy agradables a Dios y me llenaron de confusión, al comparar con su fervor la frialdad y la dejadez de mis oraciones.

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Antes de acabar nuestra pequeña conferencia les dije que había pensado en tener una plática durante toda la cuaresma, para instruirles sobre todo en la manera de confesarse y de comulgar bien, añadiendo que les pedía que asistieran todos, para que aprendieran a disponerse cada vez mejor a la comunión pascual; han acudido muchos con gran asistencia y atención; y sobre todo el fruto que han recogido no ha sido pequeño, por la misericordia de Dios.

Un poco después de pascua tuve la dicha de casar al mismo tiempo a tres de nuestras indias, una con un inglés recién convertido, y a las otras con dos franceses, que nos habían dado antes mucha pena, pero que actualmente se portan muy bien y sirven a Dios, lo mismo que sus mujeres.

No puedo pasar en silencio la modestia, el celo y la prudencia de la hija de un noble del país que se ha casado con el señor Balar, natural de París.

Es maravilloso cómo instruye a sus familiares y qué interesada está en la conversión de los demás.

Nunca viene por aquí sin traerme nuevas personas para que las bautice.

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Su devoción por los sacramentos de la penitencia y de la eucaristía no me parece menos admirable, pues a 188

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pesar de ser nueva en nuestra religión me urgía que se los administrase.

Una vez, habiendo oído que muchos de los recién bautizados iban a confesarse y a comulgar en las fiestas de Pentecostés, vino a buscarme para pedirme la misma gracia; pero, habiéndole dicho que no era lo suficientemente sabia para comulgar, me dijo: «Entonces, enséñame ahora».

Le dije que había que esperar a una fiesta importante, me respondió: Moraina loatra, «es demasiado tiempo»; pero esperaré, ya que tú lo quieres.

No dejó de venir, el día fijado, a recibir el cuerpo de Nuestro Señor, junto con su marido, edificando a todo el mundo.

También me edifiqué mucho y me llené de admiración al ver aquí a tres mujeres casadas, de las que hemos bautizado, que me dijeron que venían expresamente a verme para confesarse y comulgar.

Les pregunté qué es lo que les movía a aquella devoción extraordinaria; me respondieron que era para echar a los valala, o saltamontes, que lo estropeaban todo.

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Les dije que hacían bien, pero que antes había que echar el pecado de sus corazones, que todavía hacía más daño que aquellos valala en sus campos; me dijeron con sencillez que su corazón ya no sería malo.

Y así las confesé a las tres y les di de comulgar al día siguiente; luego se marcharon tan contentas, aunque no sé todavía qué efecto habrá tenido su peregrinación.

Aquel mismo día, otra mujer se presentó también para comulgar y me dijo que era para que Dios nos diera la paz.

¡Con cuánta alegría le administré la sagrada comunión!

¡Y de qué buena gana uní mis oraciones a las suyas para alcanzar de su bondad infinita esta paz para Europa y para estas pobres islas, en donde la guerra que se hacen unos hombres a otros es un grave obstáculo para la verdadera paz, que yo intento procurarles con Dios!

Y puesto que estoy alabando a las mujeres, tenemos aquí a una de la que puedo decirle que es la mujer fuerte que Dios ha querido que encuentre en esta extremidad del mundo.

Su marido era francés de nacimiento, pero de costumbres más bárbaro y más incivilizado que nuestros isleños.

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No hacía otra cosa más que dedicarse al vino y a la crápula y como de ordinario los vapores malignos vienen a resolverse en mal genio, la pobre india tenía que recibir con frecuencia un montón de golpes y 189

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verse incluso arrastrada por los cabellos.

Y o hacía lo posible, junto con los principales habitantes del lugar, para que cesaran aquellos desórdenes.

Y lo que podía hacer era exhortar a la paciencia a aquella pobre mujer, que aceptaba con resignación esta situación tan terrible para ella y, contentándose con descargar en abundantes lágrimas la amargura de su corazón, demostraba una conducta tan resignada que, habiendo caído su marido gravemente enfermo, lo cuidaba como si hubiera sido el más admirable de los hombres.

Dios recompensó su benignidad pues, tocando el corazón de aquel bárbaro francés, lo inclinó felizmente de parte de aquella digna esposa, de forma que ahora la quiere con mucho cariño y ha seguido tan bien los consejos que ella le da que ha abandonado todos sus antiguos desmanes.

Así es como el marido infiel ha sido santificado por la mujer fiel.

Hace algún tiempo que se pusieron de parte de los enemigos cuatro o cinco aldeas cercanas; esto nos hizo temer algún desorden, debido a las continuas incursiones que hacían todas las noches.

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Ocurrió que una noche entraron en una aldea y mataron a unos veinte de los que se habían sometido a los franceses, además de otros diez que quedaron gravemente heridos, entre otros una mujer que recibió quince golpes de azagaya.

Me la trajeron al cabo de diez días con una fiebre muy alta.

Sus llagas estaban tan infectadas y llenas de pus que apenas se podía soportar su hedor; esto se debe a que en este país los pobres carecen de medios para hacerse curar por los Ombiases (que son como en Turquía los marabúes, algo así como médicos, doctores, sacrificadores, magos, aunque en el fondo todo es ignorancia y superchería); y así estos pobres heridos dejan sus llagas sin poner nada en ellas.

Y o le di un poco de ungüento, que la curó en pocos días, con la ayuda de Dios, a pesar de que llevaba en el brazo un nervio y uno de los grandes vasos cortado de un golpe.

Cuando se levantó, me trajo a sus dos hijos para que los bautizara y me los quería dar por esclavos, pero no los quise recibir como tales dándole a entender que en nuestra religión no había esclavos.

Otra noticia más sobre nuestras guerras.

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Un ladrón muy conocido, acompañado de unos doscientos hombres, ocupaba todo el campo y daba mucho quehacer a nuestros franceses; aquello 190

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obligó al señor gobernador a poner en pie doscientos negros, conducidos por cuarenta franceses, para oponerse a aquel bárbaro y realizar nuevas conquistas sobre sus antiguos enemigos del valle de Ambule.

La cosa salió bastante bien y nuestro ejército volvió felizmente victorioso.

Lo que pasó de importante en aquella guerra es que, entre otras cosas, uno de nuestros franceses, llamado Grandchamp, tuvo la mala ocurrencia de ir solo a atacar una aldea enemiga; lo perdió su temeridad, ya que los habitantes lo mataron enseguida y se pusieron a lanzar tremendos aullidos, diciendo que eso había sido para ellos una gran alegría y un signo de victoria; finalmente le cortaron la cabeza y las manos y se las llevaron a Dian Therón, que es ahora el más importante de los blancos y nuestro enemigo más cruel.

Es el padre del muchacho que está de pensionista en el barrio de Santiago de París, y al que creo que sería conveniente devolver a este país, para preparar a Dian Therón a hacer más fácilmente las paces.

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Dian Mananghe se presentó aquí en cierta ocasión con otros cuatro Roandrias (o sea, grandes señores, pero que son vasallos del rey de la región en donde están) y muchos de sus hombres, para hacer un homenaje al fuerte.

Es el señor del país de Mandrara, en los Machicores, descendiente de la familia de Dian Bahuache, que fue antiguamente señor de todo el país de los Machicores, Mahafalles, Manambules y de la mitad de la isla de Madagascar y que, después de morir, dejó hijos y nietos que se han arruinado en guerra los unos contra los otros.

Este Dian Mananghe es un hombre de mucho talento, prudente, discreto y cortés; es de talla mediocre, de cabellos negros, un poco rizados, pero largos; lleva la barba larga, al estilo de los árabes, y pasa por uno de los más valientes del país.

Su ángel de la guardia, aprovechando la ocasión de este homenaje, lo trajo a nuestro domicilio para que me viera y me hablara de cuatro de sus hijos, que fueron bautizados anteriormente.

Y o le hablé de su propia salvación y me escuchó muy atento.

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Vino el día siguiente a la misa mayor y dijo que era muy bonito: Soa misakabir Zanahary, «es bueno rezar a Dios», me dijo.

Le pedí noticias de su sobrino, llamado Dian Masse, del que ya le escribí en otra ocasión hablando de su buen espíritu; me dijo que es191

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taba enfermo y que creía no poder volver a verlo con vida.

Aquel pobre tío lloraba al decírmelo, ya que sienten mucho amor a sus parientes.

Le pregunte cuál era su enfermedad; me respondió que le dolía todo el cuerpo, que no comía, que rezaba continuamente y que hablaba mucho de mí.

Uno de los franceses que había venido de por allí me repitió lo mismo y me dijo que se encomendaba a mis oraciones.

Le envié algunas medicinas, que le vendrían bien, pero no para quitarle todo el mal, que era demasiado grande e inveterado; tenía úlceras por todo el cuerpo y no podía moverse.

Le pedí sin embargo a su tío que mandara traerlo aquí cuanto antes y que yo curaría sus heridas; así me lo aseguró, pero no he vuelto a tener noticias suyas.

Lo más probable es que haya muerto y que Dios le haya concedido su misericordia por la buena disposición de su alma, ya que durante toda su enfermedad demostró tener una fe viva, mucha paciencia, una dedicación casi continua a la oración y un ardiente deseo de verse asistido espiritualmente por mí.

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Mientras aquel buen tío me hablaba de su sobrino, tenía consigo a tres de sus hijos, a saber, Pedro Sandrois de 14 años, Luis Besambo que es el tercero, y el más pequeño de unos 10 ó 12 años, llamado Pedro Lambo.

El padre me preguntó si sus hijos podrían casarse con varias mujeres.

Le dije que no, porque Dios lo prohibía; que, cuando fueran mayores, podrían tomar a una bautizada y casarse en la iglesia, como los franceses; y que, si aquella moría, podría entonces tomar otra, pero no antes.

El padre, al escuchar aquello, dijo: to, to, «bien dicho, bien dicho». «¿Y tú, le dijo a su hijo Besambo anao tia mivady roa, ¿quieres tener dos mujeres?; zaho tsy tia, te lo prohibo; zaho venena nao mivady roa; moa tsy baptisé?

¿no estás bautizado?».

El segundo le decía al mayor: anao melopo; aka tia ratsy intsony; o sea: «tienes el corazón retorcido; no tienes que desear el mal».

Toda aquella gente me hizo muchas preguntas sobre nuestra fe y estaban entusiasmados; uno de ellos me presentó a uno de sus sobrinos para que se quedase conmigo y lo bautizara.

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Sería muy fácil convertir a estos pobres bárbaros, será cuando Dios quiera enviarnos un buen número de obreros animados de espíritu apostólico. 192

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Habiendo recibido el aviso de que el señor de la aldea de Imoro, a unas cuatro leguas del fuerte Dauphin, estaba gravemente enfermo (era un buen anciano de 70 años, rico y querido por sus súbditos que, durante seis meses, había ofrecido muchos sacrificios de bueyes por su salud), y sabiendo de buena tinta que quería a los cristianos, me sentí con la obligación de ir a verlo.

Lo encontré echado en tierra y apoyado en un esclavo, tan débil que casi no podía hablar.

Allí, en presencia de toda la aldea, que se había reunido al verme llegar, le hablé de las cosas del otro mundo y de la grandeza de la fe católica.

Le dije que, si quería ser bautizado como los cristianos, sería colocado entre los hijos de Dios y en situación de ir a gozar después de esta vida de todas las alegrías y gozos que se saborean en el cielo.

Aquel buen hombre, reuniendo las fuerzas que le quedaban, me dijo con energía que deseaba ser cristiano.

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Por eso, como el mal urgía, le bauticé a la vista de todos, dirigiéndole luego una exhortación, que fue muy bien acogida por la mayor parte según pude ver por lo que algunos me decían con toda sencillez, que sus almas volaban mientras que yo les hablaba.

Le dije también unas palabras al pobre enfermo y le di un poco de clavo, con lo que se sintió un poco aliviado.

Me pidió vino fuerte de Francia; se lo prometí.

Quiso hacerme un regalo, pero le di las gracias diciéndole que el bautismo es una cosa de tan alto precio que nada en el mundo bastaría para pagarlo.

Al verlo tan bien dispuesto, me volví con su hermano, que me acompañó para pasar el río; al separarnos, le dejé un poco de tríaca y un compuesto de jacinto, con lo que recobró la salud al cabo de tres días.

Así pues, me siento especialmente agradecido a la divina bondad porque, con esos pequeños remedios a los que da su bendición para los cuerpos, facilita mi trabajo con esas gentes para la curación de sus almas.

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Acabo este capítulo con una pequeña noticia triste y gozosa a la vez, que supe hace algún tiempo, a saber, que la madre de Dian Machicore, uno de los grandes señores del país, había muerto a la edad de más de cien anos después de haber pedido insistentemente el bautismo, que no pudo recibir por la distancia en que se encontraba.

La verdad es que sentí mucho que no me llamaran oportunamente para asistirla en este último 193

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momento; sin embargo, como posiblemente su deseo, en este caso de imposibilidad, le habrá hecho recibir el bautismo del Espíritu Santo, mi corazón se ha consolado con esta idea y me he creído obligado a darle un lugar entre nuestros neófitos.

Probablemente hay otras muchas personas de uno y otro sexo que se salvan aquí en virtud de esta especie de bautismo, pero también hay que confesar que el número de los que se condenan por falta del hombre que les ayude a lavarse en esta mística piscina es mucho mayor; esto es lo que me causa más pena, sobre todo cuando me imagino que sus ángeles de la guarda me dicen:Domine, si fuisses hic, frater meus non fuisset mortuus 1; ¡oh, misionero!, si hubieras asistido a este hombre o a esta mujer, no habrían muerto en la muerte eterna...

¡Ay, mi querido Padre!

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¡Cómo me gustaría que tantos eclesiásticos capaces como hay. en Francia viviendo en la ociosidad y que conocen esta gran necesidad de obreros se hicieran a veces esta misma reflexión y se convenciesen vivamente de que es el propio Nuestro Señor quien les hace este reproche a cada uno de ellos: Sacerdos, si fuisseis hic, frater meus non fuisset mortuus; sacerdote, si hubieses estado en esta isla, muchos de mis hermanos redimidos por mi sangre, no habrían muerto condenados!

No cabe duda de que este pensamiento les llenaría de compasión y hasta de miedo, sobre todo si considerasen atentamente que, por haber descuidado esta asistencia espiritual, el mismo Jesucristo les dirá algún día estas terribles palabras: Ipse (impius) in peccato suo morietur, quia non annuntiasti ei, etcétera.

Sanguinem vero ejus de manu tua requiram 2, ¡Ay!

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Si los sacerdotes, los doctores, los predicadores, los catequistas y demás personas que tienen talento para estas misiones lejanas pusieran atención en todo esto, sobre todo en que tienen que dar cuenta de la condenación de estas almas, tendrían mucho más cuidado del que tienen en ir a buscar a las ovejas extraviadas para reducirlas al redil de la iglesia.

Le pido a Dios que les dé a todos la luz y el celo que necesitan para trabajar con eficacia en la conversión de los pecadores! especialmente de estos pobres isleños. ________ 1.

Jn 11, 2 2.

Ez 3. 194

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Esto es, Padre, lo más importante que ha ocurrido desde el año 1655 hasta la llegada del Padre Dufour, pero como él no está ya en situación de poder darle cuenta de su viaje, he creído que sería más conveniente, antes de pasar a tratar de otra cosa, hacerle yo mismo este relato, según me enteré de su misma boca o de las memorias que redactó para escribirle a usted.

CAPITULO SEGUNDO Del viaje del Padre Dufour y de sus hermanos de la Misión desde Francia hasta la isla de Madagascar.

Creo, Padre, que ya sabrá usted cómo estos tres hombres apostólicos tuvieron, desde el momento de embarcar, una contrariedad muy sensible, ya que en lugar de ir los tres juntos en un mismo barco, como esperaban para poder ayudarse mutuamente y tratar entre sí, tuvieron que separarse, pues de los cuatro barcos que había se alojaron uno en la Mariscala, otro en el Armando y el otro en la Duquesa , mientras que otro sacerdote que no era de nuestra congregación se alojó en el Almirante.

Pero esto no les desanimó, sino que les obligó a hacer de la necesidad virtud, sometiéndose a esta orden como a un designio de la Providencia.

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Los cuatro barcos levaron anclas en la bahía de San Martín, cerca de La Rochelle, el 29 de octubre del año 1655 y al mismo tiempo nuestros misioneros, cada uno en su barco, se pusieron a rezar o a cantar las preces oportunas para encomendar a Dios el viaje.

¡Quién sería capaz de expresar la alegría y el gozo que sintieron al verse finalmente en camino para ir a conquistar para Nuestro Señor a tantas almas como esperaban su ayuda!

Sin embargo, su alegría se mezcló enseguida con la tristeza, debido a dos accidente que hubo a las dos o tres horas de la partida.

Uno de ellos fue que, al sentirse muchos mareados por estar el mar bastante agitado, sobre todo los del barco en que iba el Padre Dufour, también éste se puso gravemente enfermo con otros dieciocho, de forma que no pudo celebrar la santa misa ni la vigilia ni el día de Todos los Santos, ni siquiera el día de los difuntos, lo cual, como él me dijo, fue para él un motivo de gran pesar. 195

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El segundo accidente fue que un sacerdote llamado señor Cauderon, natural de Dieppe, que iba embarcado en la Duquesa, se cayó al mar desde el buque, y aunque inmediatamente se hizo todo lo que se puede hacer para salvar a un hombre en parecidas ocasiones, todo fue inútil.

No se le pudo encontrar de ningún modo, todos lo sintieron mucho y rezaron a Dios por su alma.

Era uno de los hombres más sabios de Francia en la teoría del arte de navegar y se dedicaba por completo a ella.

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Un día que estaba el Padre Dufour charlando con él, según me dijo él mismo, le preguntó con toda sencillez cómo es que un hombre de su condición se entregaba a cosas tan vulgares, diciéndole que se extrañaba de que un sacerdote como él se dedicase a unos ejercicios tan poco proporcionados a su vocación; él le replicó que lo hacía con la intención de dar gloria a Dios sirviendo, a la gente, y que su Padre espiritual le consentía que continuase con esa vocación, pero que la verdad era que se había equivocado al haber emprendido aquel gran viaje sin permiso de su prelado y que sentía por ello grandes remordimientos, que por ello estaba decidido a privarse de decir misa y de administrar los sacramentos hasta que estuviera de regreso en su diócesis, a no ser en caso de necesidad, y que llevaría entretanto una vida santa y recogida con el deseo de perseverar en ella hasta la muerte, lo cual le dio a todos motivos de creer que Dios le habrá concedido su misericordia.

De entre todos los enfermos solamente murió uno, después de haber tenido la dicha de recibir todos los sacramentos.

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Todos los demás se fueron curando pronto, gracias a Dios, a pesar de que, después de la curación de unos, había otros que caían enfermos, de modo que había constantemente tres o cuatro en la cama; esto no significa mucho entre las doscientas personas que pasaron la Guinea, donde a veces se ha visto morir a la tercera parte e incluso a la mitad.

Por lo que se refiere al Padre Dufour, sólo tuvo que guardar cama unos tres o cuatro días.

Su virtud era tan grande que todos sus males no le impidieron ejercer las funciones de un verdadero capellán y dedicarse a sus tareas ordinarias.

Me dijo que había procurado observar puntualmente todo lo que se había decidido en una conferencia que tuvo con sus queridos com196

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pañeros un poco antes de separarse entre sí, donde trataron de las preces públicas, catecismos, exhortaciones, lecturas espirituales y otros medios de promover la gloria de Dios y procurar la salvación de todos durante el viaje, y sobre todo de la manera de comportarse bien en todo esto sin estropear las cosas, lo cual es muy difícil, pues la experiencia nos ha demostrado continuamente que en el mar hay que portarse de diversas maneras según el humor de los capitanes, con los que con frecuencia hay que condescender en todo lo que no está mal, aunque parezca menos bueno a los ojos de las personas virtuosas.

En una palabra, se necesita mucha prudencia para conseguir fruto con esta clase de personas.

Y como el Padre Dufour sabía muy bien que los hombres de mar no quieren oraciones largas, se contentó con cantar y hacer cantar todas las mañanas el Veni Creator Spiritus, rezar el Itinerario, hacer luego los actos de adoración, de acción de gracias y de contrición, como se señala en esos libros que contienen el ejercicio espiritual de la jornada.

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Por la tarde se cantaba alguna antífona de la Virgen, la oración por el rey y se leían los cinco puntos del examen general de conciencia; además de todo esto, se cantaba el jueves el Pange lingua, el viernes el Vexilla, el sábado el Stabat, los domingos y fiestas las Vísperas.

No pasaba ningún domingo ni día de fiesta sin que el Padre Dufour celebrase la santa misa y hubiera querido, como yo mismo le oí decir, haberla celebrado todos los días; pero, al ver que no a todo el mundo le parecía bien, se contentó con esto, creyendo que Dios aceptaría en ese caso su buena voluntad como sacrificio.

Casi no había ningún domingo ni día de fiesta sin que hubiera algunas comuniones con ocasión de la misa.

Tenía una exhortación, aunque solamente de alrededor de un cuarto de hora, para no cansarles.

También les predicaba algunas veces después de las plegarias de la tarde; pero como siempre había durante aquella hora alguna ocupación incompatible, tuvo que contentarse finalmente con predicar sólo durante la misa.

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El día de la Purificación les dio la primera comunión a los muchachos que había en el barco, que llegaron hasta doce, habiéndose preparado debidamente para este acto tan santo con 197

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la ayuda, según me dijo, de un soldado bueno y piadoso que tenía buena cualidades para instruir a los jóvenes y enseñarles a rezar, añadiendo que él creía que Nuestro Señor lo había escogido para hacer de él un catequista entre los pueblos bárbaros de Madagascar y que le hubiera gustado mucho entrar en nuestra compañía, si se le hubiera querido recibir.

El Padre Dufour tenía además el catecismo, durante el adviento y la cuaresma, tres veces por semana.

E incluso aquellos que en otras ocasiones casi no asistían a ningún ejercicio espiritual acudían esta ve, a escucharle.

Los días que no había catecismo tenía la lectura espiritual, unas veces de vidas de santos, otras del Pedagogo cristiano o de algún otro libro piadoso.

Y se detenía de vez en cuando en las cosas más interesantes, repitiéndolas brevemente, para inculcárselas mejor a los asistentes, ponderándolas y haciendo aplicaciones útiles.

Esta lectura producía muy buenos efectos en el espíritu de la mayoría de los marineros y soldados; muchos de ellos, no contentos con una hora de lectura que escuchaban en común, hacían ellos mismos otra en particular.

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Hacía rezar el rosario a dos coros tres veces por semana: el miércoles, el viernes y el sábado; todos se inclinaban profundamente al nombre de Jesús siempre que se pronunciaba.

Las tardes de adviento cantaban cánticos espirituales; y durante la cuaresma y después de pascua tenían una conversación piadosa, en la que cada uno refería una buena historia, al final de la cual el Padre Dufour sacaba alguna moraleja para que todos se aprovechasen de ella.

Todo esto, con el buen ejemplo de aquel soldado y de otros muchos, le daba mucha alegría al ver cómo servían todos a Dios de esta manera.

Lo que más le molestaba eran los juramentos y palabras groseras de los más insolentes, pero él puso tan buen orden en ello que, cuando faltaba algún marinero o soldado, lo tenían algún tiempo entre cadenas o le obligaban a pedir perdón a Dios y a todo el mundo y besar la tierra.

Pero cuando algún oficial faltaba en esto, no podía remediarlo y era lo que más sentía.

Hizo tanto bien con sus palabras y con su ejemplo que al final aquellos señores se mostraron más recatados y demostraron que sentían por él una gran estima y respeto. 198

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Estos dos queridos hermanos procuraron introducir los mismos ejercicios piadosos cada uno en su barco; todo les salió bastante bien, gracias a Dios, especialmente al Padre Prévost.

Y si el Padre de Belleville no hizo tanto como los otros en esto, debido a su enfermedad casi continua, suplió este defecto padeciendo y edificando a todos con sus virtudes.

Y como la vida y la muerte de este misionero pueden ofrecerle motivos para consolarse y para edificar a su caridad y a toda la compañía, voy a señalar brevemente algún detalle, especialmente de los que supe por el Padre Dufour e incluso por los marineros del barco en que iba.

Pero antes le gustará a usted saber las circunstancias de su enfermedad y de su muerte.

Le diré pues, Padre, que el mismo día de la partida empezó a sufrir una fiebre lenta, que lo fue debilitando poco a poco.

No se lo comunicaron al Padre Dufour hasta quince días más tarde, cuando se les acercó el Armando.

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Fue enseguida a verle, le confesó y, como el cirujano le dijo que no era nada y que pronto se pondría mejor, se despidió de él, pidiéndole al capitán Régiment que lo cuidara bien y que le diera noticias suyas de vez en cuando; así se lo prometió.

Pero Dios permitió que el barco en donde iba el enfermo se apartase tanto de los demás que se le dio por perdido, hasta que al cabo de quince días se reunieron los cuatro barcos en el cabo de Sierra Leona, para aprovisionarse de leña y de agua; volvió a verlo el Padre Dufour en su barco y, sabiendo que el mal iba en aumento, volvió por segunda vez y, como el enfermo estaba dispuesto para ir a tierra, lo mandó desembarcar; como no había nada para ponerlo a cubierto, lo pusieron en una cabaña que se hizo rápidamente con la leña que se encontró.

Le puso un criado para que lo atendiera; allí estuvo cinco o seis días, pero en vez de encontrar algún alivio su enfermedad fue empeorando; esto le hizo desear recibir el Santísimo Sacramento.

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Por eso el Padre Dufour y el Padre Prévost fueron a celebrarle la santa misa en la que comulgó, y dos días después de su comunión, que fue el 13 de enero, lo volvieron a llevar al barco.

Al día siguiente fue a verlo el Padre Dufour, y él le pidió que le ayudara a bien morir.

Era la única petición que les hacía, a pesar de que aquellos padres le habían dicho que deseaban ha199

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cerle cualquier servicio que les pidiera.

También les pidió la extremaunción, que se le administró inmediatamente después.

Fue el 17 de aquel mismo mes.

Al día siguiente volvió a visitarle el Padre Dufour, que se dio cuenta de que estaba mucho más débil que antes; pero, como el cirujano le dijo que no había nada que temer para aquel día, se marcho junto con el Padre Prévost.

No obstante, aquella misma tarde murió, entre las 8 y las 9, después de haber estado hablando hasta el ultimo suspiro.

¡Cómo me hubiera gustado recoger las palabras que pronunció durante sus últimos momentos!

Podemos creer que fueron todas ellas muy santas y divinas, pues sabemos muy bien que su corazón estaba totalmente lleno e inflamado de amor de Dios y de celo por la salvación de las almas.

Al día siguiente dispararon un cañonazo en su barco, lo cual hizo pensar a los del nuestro que había muerto, y enseguida nos dijeron que ya lo habían sepultado, es decir, que después de algunas preces hechas por el difunto lo habían arrojado al mar, según la costumbre que se observa en los barcos, cuando están muy lejos de tierra.

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Aquella pérdida tuvo lugar un poco más allá de la línea, o sea, frente a la Guinea, el 18 de enero de 1656.

Puede pensar usted, Padre, qué tristeza sintieron aquellos buenos padres, y yo ahora, por haber perdido la ayuda que me venía.

Sin embargo, no dejo de consolarme con la confianza que tengo de que nuestros pobres negros tienen actualmente en él un intercesor en el cielo, ya que se había ofrecido a Dios mediante un voto expreso de consagrar su vida por la salvación de sus almas en la tierra, incluso antes de haber sido admitido en nuestra compañía; y era aquella su gran alegría en los pequeños intervalos que le concedía Su enfermedad en el barco, cuando pensaba en la gran suerte que le había tocado de ser destinado por la Providencia y por la obediencia a esta misión.

Realmente, las virtudes que demostró en el poco tiempo que estuvo en la mar dan a conocer perfectamente que su vocación venía del cielo.

Según he sabido, estaba habituado a la santa mortificación de los sentidos, olvidándose de tomar lo necesario para dárselo a los demás, llegando hasta dar a los enfermos las confituras y 200

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los dulces que le presentaban en su enfermedad, contentándose de ordinario con un trozo de carne salada, que fue el último alimento que recibió el día de su muerte.

Su pureza era admirable; la mayor pena que tuvo fue cuando, atacado de parálisis, tenía que verse obligado a enseñar alguna desnudez.

El contramaestre de su barco me aseguró que en todos los viajes que había hecho por casi todos los estados de Europa y de Africa no había visto jamás en ningún sitio un hombre más manso y más caritativo que el Padre de Belleville.

Su mansedumbre iba acompañada de gran nobleza, pues no era menos noble por virtud que por familia; y esto se vio principalmente en dos ocasiones.

Una fue que, cuando varios de los de su barco entraron en un pequeño navío inglés que estaba en la bahía, se llevaron parte de lo que encontraron; pero el Padre de Belleville habló con el capitán con tanta energía y le puso el caso tan negro, que éste inmediatamente dio orden a sus oficiales de que lo devolvieran todo.

Así se ejecutó enseguida, con gran alegría de los ingleses, que mandaron disparar cuatro o cinco cañonazos en acción de gracias.

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La otra prueba que el padre de Belleville dio de su nobleza fue remediar un grave desorden que empezaba a cundir en su barco por la enemistad entre dos lugartenientes, que habían dividido ya a todas las gentes del barco en dos facciones, los normandos por un lado y los bretones por otro.

En medio de estos jaleos el capitán había perdido casi su autoridad.

Apenas vio todo esto aquel generoso siervo de Dios, se fue a hablar con el señor almirante y le expuso con tanta eficacia las consecuencias de aquel desorden que inmediatamente se puso a uno de aquellos dos lugartenientes en otro barco, cambiando igualmente a una parte de los hombres.

Y con este remedio se logró restablecer una paz sólida.

Esta nobleza se muestra todavía mejor en la paciencia con la que sufrió todas las largas y enormes molestias de su enfermedad y sobre todo en su serenidad tan constante ante el grave paso de la muerte, que infunde temor a los más decididos.

Porque, habiéndole preguntado el Padre Dufour si se sentía contento de morir, respondió que lo único que deseaba era 201

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cumplir la santa voluntad de Dios en todo y por todo, especialmente muriendo por amor suyo y en su servicio y que, si su divina Providencia quería sacarle ya de la vida, no se olvidaría de los pobres salvajes de Madagascar, esperando que podría asistirles en el cielo como lo hubiera hecho en la tierra, si Dios le concedía su misericordia.

¡Quiera la divina bondad escuchar sus plegarias y enviarnos obreros abundantes y llenos del espíritu que animaba a aquel buen sacerdote, y concederme a mí, que soy tan miserable, la gracia de imitar sus virtudes!

Todos los que iban en el barco Armando se sintieron muy apenados por la muerte de su buen sacerdote, y su aflicción aumentó cuando un poco después murieron otros cinco o seis de ellos, no ciertamente sin contrición, pero sí privados de la confesión, por no haber sacerdote.

Y lo que les llenó de dolor fue el miedo de morir así sin confesarse, previendo que tendrían que proseguir su viaje hasta Madagascar sin ningún sacerdote.

Me olvidaba, Padre, de referirle algunos otros desastres que precedieron a este último y que en cierto modo me parecen más deplorables que todos los demás.

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Fue la muerte sin haberse confesado de varias personas, tanto de nuestros barcos como de los que se encontraron tanto en tierra como en el mar.

En cierta ocasión, dos chalupas de nuestros franceses abordaron a un pequeño barco portugués; murieron dos de los nuestros y varios quedaron heridos, especialmente el señor de Lamran, lugarteniente del Almirante, a quien le saltaron un ojo con un flechazo.

Pero lo que me da más compasión es que en otra ocasión un buen marinero, que no juraba nunca, fue matado por los negros de Sierra Leona, debido a que los de nuestros barcos se habían llevado prisioneros a algunos de los suyos, no sé por qué motivo.

Esta muerte hizo que nuestros franceses quemaran todas las casas que componían las aldeas de aquellos pobres infieles.

¡Cuánto mejor sería ir a darles la vida espiritual a aquellas pobres gentes en vez de quitarles la corporal, y ofrecerles los bienes eternos en vez de privarles de los temporales!

¡Cuán feliz me sentiría de morir por sacarles de las sombras de la muerte!

Pero va siendo hora de reanudar nuestro relato sobre el resultado del viaje de nuestros misioneros. 202

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Cuando los cuatro barcos llegaron al cabo de Buena Esperanza, el señor almirante y todos los capitanes decidieron enviar solamente el Armando al fuerte Dauphin, mientras que los otros tres se dirigirían al fuerte Santa María, que está muy cerca de Madagascar y en donde se desea establecer una nueva colonia; entonces creyeron conveniente que uno de los padres que quedaban se fuera con dicho barco; se ofreció el Padre Dufour y lo admitieron, después de haber hablado también con el Padre Prévost.

Puede usted imaginarse, Padre, cómo aquellos dos misioneros tan perfectamente unidos en el amor con que Jesucristo los había ligado y que casi no habían hecho todavía más que acabar de reunirse corporalmente con la esperanza de no separarse jamás, para vivir y morir juntos en Madagascar, se sintieron entonces grandemente sorprendidos por esta segunda separación, mucho más sensible y mortificante que la primera, pues se trataba de verse separados uno del otro a más de doscientas leguas y en diversas islas.

Apenas llegó el Padre Dufour al barco Armando, le pidieron que fuera a ver a un pobre enfermo.

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Dios sabe con cuánto celo aceptó esta tarea.

Fue inmediatamente, lo confesó y poco después de la confesión Dios llamó a su seno a aquel hombre, a pesar de que nadie creía que estuviera tan cerca de la muerte.

Esta primera obra de misericordia que acababa de ejercer le sirvió de estímulo para emprender los mismos ejercicios que había hecho en el otro barco, entregándose a ellos con más fervor que antes.

Entre otros, empezó a celebrar la misa el domingo de Pasión, predicando la penitencia con tanto fruto que algunos que llevaban diez años, y hasta catorce y quince, sin cumplir con Pascua se sintieron tan tocados por la palabra de Dios que, sin poder resistir a las inspiraciones divinas, se resolvieron a no retrasar su confesión, que la mayoría hizo general de toda su vida; hubo sobre todo un hugonote que, impresionado por la verdad que había escuchado, fue a verle el sábado santo para abjurar de su herejía y poco después se confesó con él y recibió la comunión.

Fue el día de Quasimodo.

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El celo del Padre Dufour por la conversión de los pobres negros de este país era tan grande que erigió durante la navegación una cofradía para procurar su conversión, señalando para ello unas cuantas preces 203

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y buenas obras que los cofrades deberían hacer en determinados días; tenía pensado enviarle a usted los reglamentos, pero no tuvo ocasión de redactarlos definitivamente, prefiriendo cumplir antes escrupulosamente con la obligación de escribir lo que había que hacer por la conversión de estos isleños, y redactar sobre todo una memoria de las faltas, hasta las más mínimas, que creía haber cometido en aquel viaje, pensando, con una humildad ejemplar que me confunde, enviar una copia a toda la compañía para dar más relieve, a ser posible, a todas las cosas que Dios había hecho y seguiría haciendo por medio de sus esfuerzos.

Finalmente, después de haber navegado tan felizmente durante tan largo tiempo, llegó a nuestra tierra el 29 de mayo.

Es lo que me reservo para explicar más detalladamente en el siguiente capítulo.

CAPITULO TERCERO La llegada del Padre Dufour a Tholangere, aldea de la isla de Madagascar y de lo que allí hizo, salida de aquel mismo sitio para ir a la isla de Santa María.

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La vigilia del Corpus de aquel mismo año 1656, como todos deseaban con ardor ver los barcos de Francia, pues hacía mucho tiempo que no había llegado ninguno, y como yo mismo lo desease más que ningún otro, no sólo por la gran necesidad que tenía de que me mandaran algún compañero, sino también para solemnizar más las ceremonias de aquel día, he aquí que un niño que había en nuestra casa se da cuenta de que se acerca un navío.

Aquello nos alegró más de cuanto podría expresarle.

Corrimos a la iglesia a cantar el Te Deum.

Entretanto el barco entró en la bahía pero volvió enseguida a salirse; aquello nos asustó y nos hizo parar el corazón.

Finalmente logró acercarse y echar el ancla.

Fue entonces cuando ya no dudamos más de nuestra dicha y cuando nuestro corazón brincó de gozo, sobre todo cuando oímos los cañonazos de saludo y cuando vimos bajar al señor caballero de Sourdis y al señor Guelton, que nos aseguraron que era el barco de monseñor y que, para mayor seguridad, venía allí el Padre Dufour. 204

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¡Señor, qué alegría!

Me embarqué para ir a verlo; llegamos a bordo y nos abrazamos, Dios sabe con qué entusiasmo.

Me contó cómo los otros se habían ido a Santa María y que el Padre Prévost estaba con buena salud en la Duquesa; pero cuando me dijo que había muerto uno, que se llamaba el Padre de Belleville, sentí enseguida una gran tristeza en el corazón; y como me aseguró que lo que le había hecho morir era el vómito que causa la mar, de donde se sigue la fiebre y a veces la muerte, cuando dura demasiado, y que el miedo a que les pasara esto podría impedir a nuestros misioneros venir acá, no puedo menos de decirle ahora, Padre, que para curar esta clase de mareo no hay remedio tan poderoso como dormir un cuarto de hora después de comer; sin embargo, hay que dejar que se limpie el estómago el primer día y el segundo.

Los que lo han hecho así, no han caído enfermos; y sin ese remedio yo mismo habría muerto.

¡Ay!

¡Cuánto mejor hubiera sido que Dios me sacase de este mundo, y no a ese hombre apostólico que hubiera trabajado mucho mejor que yo!

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Pero hemos de adorar su providencia en esto como en todo lo demás y resignarnos a su santa voluntad.

Esto fue lo que dio tregua al dolor que experimenté al saber aquella triste noticia, para dejar de nuevo sitio en mi corazón a la alegría que me causaba la feliz llegada del Padre Dufour.

Tuve, sin embargo, que mortificar durante algún tiempo mi gran deseo de charlar con él, ya que lo rodeaban los franceses de aquí, mientras que a mí me acosaban los del barco.

Me preguntaron, entre otras cosas, si iba todo bien en el fuerte, pues habían recibido malas noticias sobre nosotros en el cabo de Buena Esperanza, a saber, que los isleños habían matado a casi todos los franceses.

Y o les aseguré lo contrario, y que todo iba bien, gracias a Dios.

Les pregunté a mi vez por los del barco.

Me dijeron que habían estado casi ocho meses en el mar y que habían pensado que morirían todos, que todavía había en su barco cincuenta enfermos y que, por lo que respecta a los otros barcos, hacía ya dos meses que los habían dejado, por causa de la tempestad que los había separado.

Finalmente rompí con ellos para intentar reunirme con el Padre Dufour.

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Para ello, pedí permiso al capitán para llevármelo a tierra, me lo concedió, después de conjurarnos a que cuidáramos de los en205

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fermos.

¡Dios mío!

¡Qué dulce es verse con los hermanos, después de haber estado tanto tiempo separado y alejado de ellos!

Me parecía ver a un ángel del cielo; estaba colorado como una rosa, pero esto procedía solamente del fuego interior de su celo, porque sentía por entonces el mal di tierra: sus piernas estaban muy hinchadas y ennegrecidas, pero él procuraba ocultarlo; y al ver la serenidad de su rostro, parecía estar con buena salud.

Aquella misma tarde nos pusimos de acuerdo en lo que habíamos de hacer al día siguiente por la mañana.

Lo primero que hicimos fue confesarnos el uno al otro y luego marcharnos, él al barco para hacer que trajeran sus enfermos a tierra, y yo a dar órdenes para alojarles y atender a sus necesidades, utilizando lo que quedaba de tiempo para preparar la iglesia a fin de celebrar la procesión y la fiesta.

Para ello puse varios arcos adornados con farolillos de papel blanco y unos nudos de tela roja.

La capilla estaba toda revestida con tela muy blanca.

Al no disponer de tapices, los ramos y las hojas de los árboles servían para adornar el camino por donde tenía que pasar la procesión.

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Hice también cubrir con esteras la tierra en algunos lugares.

Le pedí al Padre Dufour que fuera el celebrante de aquella solemnidad y que llevase el Santísimo Sacramento; así lo hizo con mucha devoción y edificación de todos.

El señor caballero le sostenía la casulla, el señor gobernador y el lugarteniente llevaban el palio y cuatro mosqueteros caminaban a los lados con otros cuatro llevando hachones.

Cuatro indios pequeños, vestidos y adornados! iban por delante llevando cada uno un cesto de flores y echándolas por delante, otros dos incensaban con genuflexiones, según se acostumbraba en Francia; yo iba con sobrepelliz al lado del Padre Dufour sirviéndole de diácono y poniendo orden en la procesión.

El resto del pueblo tenía los cirios encendidos.

Así llegamos hasta el fuerte, donde había un expositorio bastante hermoso para nuestra pobreza.

Aquellos buenos neófitos, que llegaban al número de trescientos, estaban entusiasmados y llenos de devoción, robusteciéndose cada vez más en la fe, al ver que semejantes honores no podían tributarse más que a un Dios.

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A la salida del fuerte, dispararon los cañones y los soldados hicieron una salva con sus mosquetes.

Volvimos luego a la iglesia, en donde cantamos la 206

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misa mayor.

El Padre Dufour dirigió una exhortación, que impresionó mucho a todos.

Después de la misa, los franceses hicieron turnos ante el Santísimo.

Nuestros neófitos no quisieron ser menos, ya que siempre hubo algunos mientras estuvo expuesto Nuestro Señor.

El Padre Dufour y yo estuvimos ocupados atendiendo a los enfermos.

La caridad era tan grande que lo abrazaba todo, hasta llegar a lavar la ropa de unos y otros, incluso de los herejes que estaban bien.

Cuando tenía que hablar con él, era preciso hacerlo a la hora de descanso y me costaba mucho hacerlo por la necesidad que el tenía de descansar.

No quiso nunca desempeñar las funciones de superior, ni dormir en la cama, sino sólo sobre el colchón tendido en tierra.

Iba a ver a todos los enfermos antes de decir la santa misa.

Le supliqué que la dijera de mañana y que tomara alguna cosa antes de visitarles; así lo hizo por condescendencia dos días; pero luego, para que le dispensara, me dijo que no podía comer tan de mañana y que tomaba demasiados alimentos.

Estaba tan ocupado con los enfermos, que apenas disponíamos de un momento para poder comer los dos juntos.

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Sólo estuvo aquí ocho días, durante los cuales hablamos de las cosas más importantes para la gloria de Dios: primero, construir una iglesia, tener continuamente fuego ante el Santísimo, no dejar que entraran las mujeres en el patio, sino tener una casa junto a la puerta para hacer que rezaran a Dios leer durante las comidas y comer fuera lo menos posible.

Me dijo varias veces que estaba entusiasmado de verse fuera del tumulto y que estaba aquí como en su elemento.

Sin embargo, después de ocho días de estancia en esta isla, empezó a hablarme de su partida para la de Santa María.

Le supliqué que no se marchara, sino que mandara más bien al Padre Prévost que viniera acá para aprender los tres juntos la lengua, hacernos al clima del país y fundar algo más sólido; le dije que Santa María tenía una atmósfera corrompida, que morían allí muchos de nuestros franceses, y que no creía que pudiéramos volver a ver al Padre Prévost.

Todos los de aquí le decían lo mismo.

Pero él no quiso escucharnos.

Esto me obligó a 207

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acudir al señor caballero para rogarle que no le permitiera aquel viaje, dado que tenía el escorbuto, que es una enfermedad del mar que ataca a las encías y a las piernas; pero él fue tan listo que supo ganarse al señor caballero.

Apenas lo supe, le pregunté con mi estilo rústico y un poco enfadado qué es lo que quería hacer, indicándole que lo habían mandado para ayudarme, que era ésa, Padre, su intención y que más valía que me fuera yo, ya que estaba acostumbrado a aquella tierra.

Me presentó tantas razones, basadas principalmente en la caridad con el prójimo y sobre todo con los pobres enfermos y en el bien urgente que habría que hacer a las demás personas que había en aquella isla, que me vi obligado a dejarlo todo a su juicio y, viendo que iba a ser inútil todo cuanto le dijera, le dejé marcharse con la bendición de Dios.

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Pero antes le atendí en sus necesidades: le di ropa, telas y lienzos del país y todas las demás cosas necesarias para Santa María; le hice aceptar algunas pequeñas chucherías de comer, aunque dudaba mucho de si las probaría, como tampoco había probado las que trajo de Francia, pues se las distribuyó todas a los enfermos, sin reservarse más que unas dos botas de vino de España para celebrar misa.

Le dije cómo debería cuidar de su salud y portarse en aquel país, procurando hacerle comprender la importancia de ello; y para que tuviera más interés, le entregué una carta que escribí con esta intención al Padre Prévost, en la que le indicaba entre otras cosas la alegría que había tenido con su llegada y al mismo tiempo la tristeza que me producía su separación, y que le conjuraba a que procurase cuidarse mucho y no trabajar al comienzo y que obligase al Padre Dufour a hacer lo mismo.

Le di a tres honrados franceses para que le sirvieran por el camino y cuando llegara allá, asegurándole que podía fiarse de ellos y pedirles consejo, ya que sabían muy bien la lengua y conocían el país, eran gente valiente y muy queridos por los negros.

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Le pedí con insistencia que volviera con el primer barco y que se trajera también al Padre Prévost para estar juntos y aprender, como ya he dicho, la lengua.

Me lo prometió y me aseguró que ése era también su propósito y por el mismo motivo.

Finalmente, después de abrazarnos en medio de lágrimas, se embarcó con gran 208

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pena mía y de todos los franceses y hasta de los negros del poblado, que ya le querían mucho.

Estará sin duda esperando usted, Padre, que le diga el resultado de su viaje y lo que ocurrió en Santa María y en esta isla durante su ausencia.

Es lo que le diré en pocas palabras en el siguiente capítulo.

CAPITULO CUARTO De lo que ocurrió en Madagascar desde la partida del Padre Dufour hasta que se recibió la noticia de su muerte, y en Santa María durante el breve tiempo que allí vivió con el Padre Prévost.

Como el señor Guelton, que había quedado de gobernador en este lugar, había ordenado que el fuerte Dauphin se retirase a la distancia de un tiro de mosquete porque creía que estaba demasiado cerca de la aldea de los negros y podía temerse alguna sorpresa por el fuego, ya que todos los edificios de este país están hechos de madera, aquello me dio ocasión de resolverme también por mi parte a trabajar en lo que se refiere a nuestro alojamiento, viéndome obligado a ello por las mismas razones.

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Así pues, para acomodarme a este cambio, dejé mi antigua morada y fui a colocarme en medio de los franceses y de los negros, pensando en que esto daría mayor comodidad a unos y a otros para venir a rezar y a instruirse.

Al mismo tiempo hice construir una casita para alojar a los franceses que están dispersos por el campo cuando vinieran a Tholanghare y tener de esta forma una oportunidad para hablarles de su salvación y saber cómo se las arreglan en donde viven.

También empecé a trabajar en lo que habíamos proyectado el Padre Dufour y yo, a saber, construir una iglesia en aquel mismo sitio, en lo que se sigue trabajando y que será bastante hermosa, según creo, y de capacidad suficiente para unas doscientas personas por lo menos.

¡Quiera la divina bondad derramar en abundancia sus bendiciones sobre este primer templo que ordena se le construya en este país por medio de nosotros y llenar de su espíritu a todos los que vengan a oír o ver los 209

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sagrados misterios en este lugar, multiplicándolos tanto que nos veamos obligados a hacer pronto una iglesia mayor!

También tengo conmigo a tres niños franceses con dos hijos del rey de Manambule, todos ellos de unos dos años, que es la edad en la que puede estar uno seguro de encontrar y de conservar en ellos la inocencia, principalmente en cuestión de castidad, que es aquí más rara de lo que podría uno decir, no hay que extrañarse de ello, ya que, como pudo usted ver en nuestra relación anterior, los padres y madres de aquí no aguardan a que sus hijos de uno y otro sexo tengan uso de razón para enseñarles cómo puede perderse la pureza y, lo que es peor, les excitan ellos mismos.

Se trata de algo muy triste y que demuestra la gran necesidad que tiene este pueblo de ser instruido.

Y a hace tiempo que tenía también conmigo a otros cuatro niños, que tienen actualmente siete u ocho años; me dan muchas satisfacciones y esperanzas de verlos algún día cooperar en la conversión de los demás, sobre todo dos de ellos que ya saben ayudar a misa y leer de corrido.

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Y o creía que todo esto podría retener en Tholangere el celo del Padre Dufour, y esperaba que se ocuparía en tener el catecismo después de la limosna que se da todos los días a mediodía a los negros y a las negras, llevando además la dirección de los franceses y la administración de los sacramentos.

Para mejor obligarle a ello, había pensado en dejarle medios para poder practicar la caridad con los pobres, sobre todo a los de las aldeas y a los niños abandonados por sus madres durante los malos días en los que no tienen casi nada que comer.

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Por lo que a ?mí respecta, me prometía ir a las tierras vecinas a enseñar a rezar a Dios a unos y a otros; y para no ser ninguna carga para nadie, había pensado en hacer una pequeña despensa de víveres en uno de los principales poblados que hubiera en lo más adentrado del país, y de este modo pasar ocho o diez días en un sitio y luego en otro, hasta que hubiera en cada aldea uno que supiera rezar a Dios para enseñárselo luego a los demás del mismo lugar y obligarles a hacer las preces de la mañana y de la tarde, lo mismo que se hacen en nuestro poblado de Tholanghare, adonde procuraría ir todas las principa210

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les fiestas del año para ayudar al Padre que estuviera allí y hacer los oficios divinos.

Estos proyectos servían de estímulo a mi espíritu y les decía muchas veces a estos pobres negros que pronto iría a enseñarles a rezar a Dios, porque vendría uno de mis hermanos a ayudarme en esto.

Ellos estaban tan contentos con lo que les prometía.

Por eso me descuidé incluso un poco en las cosas espirituales para preparar y disponer las temporales, a fin de que cuando viniera el Padre Dufour pudiéramos ponernos a trabajar enseguida en la salvación de estas pobres gentes, dejando ya bien sentadas las cosas temporales y contando con un buen laico que él podría traerme.

Mientras me entretenía con estos pensamientos y ofrecía todos los días el sacrificio de nuestra redención con las oraciones de nuestros buenos cristianos por la feliz llegada del Padre Dufour, a quien le reservaba incluso la administración de varios bautismos, he aquí que el 27 de septiembre empezaron a gritar: ¡Barco, barco!, y vemos aparecer enseguida al Armando, que venía a echar anclas por segunda vez a estas tierras.

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Miramos a ver si venía el señor Rivaux y si estaría quizás el Padre Dufour.

Enseguida se acercó la chalupa a tierra para traer al señor Rivaux, nuestro gobernador general, que hizo su entrada rodeado de una buena compañía.

Todos procuraron ir a saludarle.

Y o enseguida le pregunté cómo estaba el Padre Dufour y me dijo fríamente que se había quedado en Santa María y que estaba bien y que, en cuanto al Padre Prévost, la verdad es que estaba enfermo.

Como ya ve usted, Padre, mis alegrías están siempre mezcladas con tristezas, aunque bien pronto fue la tristeza la única que se adueñó de mi corazón, cuando me desengañaron y me dijeron con franqueza que el Padre Dufour había muerto.

Para mí fue como un rayo, el más inesperado que nunca había visto en la tierra.

Todos se pusieron a llorar conmigo y hasta los negros parecían desanimarse, al verse privados de la ayuda que esperaban de tales misioneros.

Uno de los pequeños que estaban conmigo me dijo candorosamente: «¿Y tú?

¿Qué vas a hacer ahora?

Te vas a morir con tanta pena como tienes».

Le dije que Dios me daría fuerzas y que todavía quedaba uno que vendría conmigo, pues aun 211

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que estaba enfermo podría restablecerse, como otros muchos.Entonces leí la carta que me escribía el Padre Prévost, en la que me hablaba solamente en términos generales de que había muerto el Padre Dufour, sin darme más noticias y diciéndome solamente que sus tuerzas, va muy disminuidas, no le permitían escribir más y que finalmente dijera alguna misa por él, muerto o vivo.

¡Qué consternación para mí, mi querido Padre!

¡El uno había muerto y el otro estaba al pie del sepulcro!

Todavía aumentó más mi dolor al no poder saber con certeza, ni por la carta del Padre Prévost ni por otro camino, las circunstancias concretas de la muerte del Padre Dufour, ni lo que había hecho en aquella isla de Santa María.

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Esto es solamente lo que me contaron luego los franceses que han vuelto, a saber que aquel buen misionero, después de haber trabajado y sufrido mucho en el camino, llegó finalmente a aquella isla; que su primer cuidado fue visitar a los enfermos, que eran muchos y que no tenían casi ninguna ayuda; esto le obligó a hacer una especie de hospital, en donde procuraba asistirles con todas sus posibilidades, bien por sí mismo, bien con la ayuda de otros, sin avergonzarse de ir pidiendo de acá para allá limosna por ellos.

Y viendo que sus compañeros sufrían por la escasez de víveres, lo mismo que él, y queriendo compartir este sufrimiento, se privaba a veces de comer hasta la noche, o comía muy poco, pero sin dejar por ello de predicar, de catequizar e incluso de escribir y componer un diccionario de la lengua del país.

Entretanto se le ocurrió la idea de levantar doce cruces en honor de los doce apóstoles y de ir a plantarlas en las principales aldeas de la isla.

Para ello pidió y obtuvo el permiso del señor gobernador.

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Y cuando estaba a punto de partir para hacer ese viaje, se despidió de todo el mundo como si fuera camino de la muerte.

Y aunque por esos lugares no hay demasiada seguridad para nosotros, él no se preocupó de tomar para su defensa ningún arma ni escolta, sino que se marchó acompañado sólo de un negrito, con el que intentaba instruirse en la lengua del país.

Padeció mucho en aquel viaje, tanto por la escasez de víveres que tenía que sufrir, como porque los habitantes de aquellas aldeas no querían vender nada a los extranjeros, y porque 212

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las lluvias eran por aquella temporada casi continuas y había que pasar los ríos crecidos sin puentes ni barcas.

Y si uno deja secarse o enfriarse sobre sí los hábitos empapados de agua, cae ordinariamente enfermo de gravedad, muchos incluso de los naturales mueren por este motivo.

Sin embargo, el celo de aquel hombre apostólico le impidió fijarse en todo esto, de forma que no se preocupaba de enjugarse ni de cambiarse, creyendo que sería demasiada delicadeza para un misionero tratarse de ese modo.

Así pues, después de que el buen Padre Dufour había plantado ya once de aquellas cruces, a las que llamaba estaciones y ante las cuales rezaba sus oraciones, cuando procuraba plantar la duodécima en tierra, la plantó en su corazón, pues se vio atacado por la enfermedad de la que murió.

Le sobrevino en primer lugar una gran fiebre que, después de tres días, le dejó muy débil, aunque en los pequeños intervalos que le dejaba, seguía oyendo las confesiones de los otros enfermos.

Finalmente su excesivo trabajo, junto con la fiebre alta, le debilitó hasta el punto de marearse enseguida, apenas se levantaba un poco.

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Aquella debilidad corporal no impidió la fortaleza de su espíritu.

Las virtudes heroicas que ejerció, incluso en lo más duro de su enfermedad, demostraron bien esta verdad, sobre todo su paciencia ante los dolores más agudos, su resignación con la voluntad de Dios, su devoción en recibir los últimos sacramentos y su ardiente caridad que no tenía límites.

Todo esto causaba la admiración de quienes le veían.

Finalmente, después de dieciocho días de enfermedad, Dios quiso recompensar sus trabajos y sufrimientos y lo llamó a él por una santa muerte para que empezase una vida bienaventurada en el cielo.

Tenemos motivos para hablar de esta manera si pensamos en la vida tan santa que llevó, tanto antes de ser recibido en la compañía como después de entrar en ella, según he sabido de buena fuente.

En una palabra, se le ha mirado siempre como un verdadero modelo, un espejo de inocencia y un tejido continuo de buenas obras; nunca advertí en él ningún defecto, a no ser que quiera considerarse como tal el exceso de virtud y de mortificación que en él se apreciaba, sobre todo en Santa María.

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