Carta · tomo VI
A GUILLERMO DESDAMES
8 de junio de 1657
en una época en que los soldados que habían estado aquí invernando tenían que dejar los cuarteles para ir al ejército; de este modo, antes de la partida, pudieron asistir muchos de ellos, especialmente varios capitanes y soldados franceses, a las predicaciones y al catecismo durante una semana.
Hubo muchos que hicieron la confesión general con unos sentimientos extraordinarios, antes de ir a exponerse a los peligros de la guerra.
Tengo que confesarle que no recuerdo haber tenido durante toda mi vida un consuelo tan grande como el que sentí al ver a unas personas de su condición, que llevaban tantos años sin haberse acercado a los sacramentos, derramando lágrimas a los pies de sus confesores y haciendo propósitos verdaderamente cristianos y muy extraordinarios para unas personas que llevan armas.
Todo ello es un efecto singularísimo de la misericordia de Dios, por el que espero que tendrá usted la caridad de ayudarnos a darle gracias. 2374 [2278,VI,313-315] A GUILLERMO DESDAMES París, 8 de junio de 1657 Padre: La gracia de Nuestro Señor sea siempre con nosotros.
Hace ya tiempo que no recibo carta de usted, pero no me preocupa, ya que sé todos los impedimentos que tiene para escribirme y he tenido noticias suyas por medio del Padre Ozenne, que me dice todo lo que sabe de usted.
¡Bendito sea Dios por ese cuidado tan extraordinario que ha tenido de usted y por la buena conducta que usted ha observado, con su misericordia, y que ha edificado a todo el mundo!
Le confieso que nuestra compañía está tan contenta de usted como podría estarlo de un verdadero misionero; en cuanto a mí, siento por ello uno de los consuelos más sensibles que pueden experimentarse.
Puede usted imaginarse cómo le damos gracias a Dios por todo ello y cuáles son los sentimientos de aprecio y de cariño con que le recordamos, al ver su paciencia y su fidelidad.
Pero, por otro ________ Carta 2374 (CF).
— Archivo de Cracovia, original. 302
lado, Dios sabe también la aflicción en que estamos por esas agitaciones que usted sufre en su cuerpo y en su alma, en sus tareas y en sus feligreses, con tantos temores, revueltas, persecuciones, ultrajes, trabajos, pobreza y todas las dificultades que le aprietan por todas partes y que nos llenan el alma de dolor, siempre que nos hablan de los peligros a los que se ve usted expuesto y que la caridad de Dios y el celo de un pastor vigilante le hacen soportar con tanto coraje y firmeza.
¡Quiera la infinita bondad de Dios sacar su gloria de esa fuerza y confianza que le da en él, robusteciéndole cada vez más en su espíritu para que obre siempre según sus inspiraciones, llevándole de virtud en virtud para hacerle llegar finalmente al estado de perfección al que su bondad le llama, así como también darle la calma a esa pobre Polonia tan agitada y su primer vigor a la iglesia que sufre y languidece!
Estas son las súplicas que le dirigimos incesantemente y que seguiremos dirigiéndole, con su gracia, mientras que las cosas sigan como están.
Le ruego, Padre, en nombre de Nuestro Señor, que vele con un cuidado especial por su salud, que no deje que le falte nada de lo necesario, que le pida usted dinero a cualquier comerciante o a cualquier francés que quiera recibirlo en Francia, en donde nosotros se lo entregaremos con gusto; y si no encuentra a nadie que le preste, recurra al Padre Ozenne, que lo encontrará más fácilmente y al que le he encargado que le dé todo cuanto le pida.
Tenía mucha pena al saber que estaba usted solo, como también al enterarme que el Padre Duperroy se había visto obligado a marcharse por una enfermedad que parece incurable; sin embargo, acabo de saber dos cosas que disminuyen este miedo: la primera, que todavía hay esperanzas de que se cure ese buen siervo de Dios; y la segunda, que el seminarista que les había dejado ha vuelto a casa de ustedes y que les ayuda efectivamente en el servicio de la parroquia, por lo que doy gracias a Dios.
Espero ciertamente que su providencia adorable proveerá a todas sus necesidades y que será durante toda la eternidad su recompensa por todos los servicios que ustedes le rinden y los buenos ejemplos que da a la compañía, a la que encomiendo a sus oraciones, al propio tiempo que me encomiendo a mí mismo. 303
Tomo VI · página PDF 303VINCENTIUS es una herramienta de consulta. Para trabajos académicos recomendamos verificar siempre la referencia en la edición original indicada.