Carta · tomo VII
A LUIS RIVET, SUPERIOR DE SAINTES
traerles hasta París a gastos pagados, si fuera necesario.
Les pido sobre todo que descansen y se repongan tranquilamente de los males que han sufrido, sin ahorrar nada en ello.
Luego vuelvan con la mayor comodidad que puedan.
Tendré una alegría indecible al verles y abrazarles de nuevo. 2746 [2648,VII,244-245] A LUIS RIVET, SUPERIOR DE SAINTES 25 agosto 1658 Le ruego que proporcione ropa al hermano Cristóbal.
¡Dios mío!
¿Cómo no lo hizo usted apenas llegó?
Vio usted su necesidad, sabía que era hermano nuestro y que nos haría usted a nosotros mismos ese favor; sin embargo, lo dejó usted con sus harapos.
Además, dejó usted que se marcharan o, mejor dicho, despidió usted a esos dos negros que pasaron por su casa, sin darles acogida, ni hacerles descansar más que una noche solamente, después de tantas fatigas y calamidades como han sufrido.
Desde entonces no hemos recibido noticias de ellos y tengo miedo de que Luis l, que es un muchacho muy bueno, se haya enfadado de haber encontrado en una de nuestras casas tan poco consuelo y ayuda, a pesar de haberse visto tratado aquí como uno de nuestros hermanos, ya que trabajaba lo mismo que ellos; quizás, con ese desprecio que se le ha hecho, haya tomado la resolución de apartarse de nosotros.
Sería de desear, Padre, que en adelante tenga usted un poco más de caridad con los de la compañía o con los que tienen relación con la compañía, cuando pasen por allí y se vean en apuros, como ha ocurrido con esas personas. 2747 [2649,VII,245-247] A SANTIAGO PESNELLE, SUPERIOR DE GENOVA 30 agosto 1658 No dudo de que es la santa humildad la que le inspira esos sentimientos que usted muestra a propósito de su cargo de supe ________ Carta 2746.
— Reg. 2, 114. 1.
Luis Vourec.
Carta 2747.
— Reg. 2, 208. 212
rior; pero, como es Dios el que gobierna todas las cosas con su adorable sabiduría, hemos de pensar que es él el que guía a la compañía en general, y a cada una de las casas en particular, y que todas ellas estarán bien gobernadas si, por nuestra parte, somos fieles a la práctica de las máximas del evangelio y de las observancias de nuestro instituto.
Usted ha entrado ya seguramente en estas disposiciones desde que se propuso mantener en esa familia la unión y la fidelidad al cumplimiento de las reglas, que son los dos fines principales de un buen gobierno.
Me pregunta usted por los medios que hay que emplear para ello.
Se necesitaría mucho tiempo para contestarle.
I e diré solamente que, para conservar la paz y la caridad entre los suyos, hay que acostumbrarles a que se pidan mutuamente perdón de rodillas siempre que se les haya ocurrido hacer o decir algo que altere en lo más mínimo esa caridad.
Un día, una superiora de religiosas me decía que en su comunidad reinaba una gran unión; yo le pregunté a qué atribuía la causa de ello; me respondió que, después de Dios, se debía a la práctica que tenían las hermanas de pedirse mutuamente perdón por las palabras ásperas o contrarias al respeto que hubieran podido dirigirse; y efectivamente observé que también era muy útil entre nosotros ese remedio, ya que procuré introducir esta práctica y recurrir yo también a ella, cuando caigo en alguno de esos defectos.
Ya verá usted, Padre, cómo esta práctica de humildad, si la introduce usted en su casa, será como un bálsamo precioso que suavizará las picaduras de la lengua y los resentimientos de los corazones.
En cuanto a la fidelidad al reglamento y a las prácticas, aparte del buen medio que usted propone, que es dar ejemplo, le servirá de mucho no tolerar que falten a ellas los demás sin amonestarles y sin imponerles a veces alguna penitencia, sobre todo en el caso de los que vuelven a caer en los mismos defectos.
Obra usted según el espíritu y la voluntad de Dios al demostrar una gran gratitud al señor cardenal 1 por sus incomparables beneficios, y al expresarle con frecuencia nuestro humilde agradecimiento.
No hay que tener miedo de excederse respecto a él, aunque su humildad no quiera permitirlo, ya que su bondad paternal no parece tener límites con nosotros. ________ 1.
El cardenal Durazzo. 213
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