Carta · tomo VII
A ESTEBAN BIENVENU, SACERDOTE DE LA MISIÓN, EN LE MANS
2826 [2728,VII,372-374] A ESTEBAN BIENVENU, SACERDOTE DE LA MISIÓN, EN LE MANS [Noviembre o diciembre de 1658] 1 Padre: He leído con tristeza su carta, al ver que me pide usted permiso para marcharse.
¿Qué le hemos hecho para que nos deje?
¿Qué disgusto ha recibido usted de la compañía para alejarse de ella?
La única razón que usted me da es que está enfermo; le ruego que considere que no hay nadie que no se sienta a veces indispuesto y que a cualquier lugar que vayamos, llevamos con nosotros nuestro cuerpo, que está sujeto a la enfermedad.
A ello añado que le resultará difícil encontrar en otra parte el mismo trato en sus enfermedades que el que da a sus hijos la compañía.
Tiene médicos de pago, tiene remedios y tiene personas que los saben administrar; para todas las demás necesidades prevé de todo lo demás con mucha caridad para consuelo y alivio de sus enfermos. ________ 1.
San Vicente se olvida de su carta del 20 de agosto de 1657 a sor Bárbara.
La carta 2825 parecería mejor situada el 21 de noviembre de 1657.
¿No se habrá engañado el copista?
Carta 2826 (C no F).
— Archivo de la Misión, minuta de mano del secretario. 1.
Esta carta debe situarse ciertamente entre noviembre de 1658 y octubre de 1659.
Todo induce a creer que fue enviada poco después de la carta del 26 de octubre.
El secretario escribió las dos minutas una tras otra en la misma página. 318
Por eso mismo es su intención que en la casa en que está cuiden de usted, siempre que se sienta mal; y me parece que no han dejado de hacerlo.
No obstante, si hubiera alguna cosa que decir, convendría que me la dijera para remediarlo.
Me imagino que es usted de una complexión delicada; pero siempre le he visto en situación de hacer lo que hacen los demás y nunca he sabido hasta ahora que tuviera usted una enfermedad notable ni que tenga ahora nada que le impida seguir el ritmo ordinario.
Pero, aun cuando fuera verdad que está usted aquejado de una enfermedad considerable, no es éste un motivo suficiente para romper la promesa que ha hecho usted a Dios de vivir y morir en la compañía.
¡Dios mío, Padre!
¿Qué quiere usted hacer?
¡Ser infiel a Dios, que le ha llamado, volver la espalda a su vocación, que le ofrece tantos medios para poder salvarse, y perder en un momento una eternidad de gloria, que sólo se le concede a la perseverancia!
¡Ay, Padre!
¡Cuánto lo sentiría usted en la hora de su muerte, si hubiera cometido esa falta!
Porque es de esas faltas que no tienen remedio, ya que, al abandonar el estado en que Dios le ha puesto, estaría usted en grave peligro de que Dios le abandonase en ése que habría escogido usted según su voluntad.
Guárdese mucho de seguirla.
Haga algunos días de retiro para considerar la importancia que tiene hacer la voluntad de Dios y cumplirle los votos que le ha hecho en repetidas ocasiones.
Está usted obligado a ello, tal como le hice ver en la carta que le escribí el pasado mes de octubre, cuando le declaré que yo no puedo ni quiero, de palabra ni por escrito, permitirle que se salga de la compañía, ni por consiguiente concederle lo demás que solicita, ya que soy verdaderamente, en el amor de Nuestro Señor, su muy humilde servidor.
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