Carta · tomo VII

AL SEÑOR DUPONT-FOURNIER, ABOGADO DE LAVAL

Tipo
Carta
Tomo
VII
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Yo me encuentro mejor, gracias a Dios y a sus remedios.

He tenido un acceso de fiebre motivado por algún enfriamiento, que me daba escalofríos como de ordinario; se trata de una especie de calentura a la que soy muy propenso.

Se ha curado una de mis piernas, que llevaba mal hace casi un año; ya no tengo necesidad de curarla.

Y la otra está mejor, gracias a Dios; he mandado que me la curen de la manera que usted me ordenó.

También me atengo a sus consejos para la renovación de los cauterios, que me purgan mucho desde hace algún tiempo.

Pero prefiero creer que lo que más bien me hace son las oraciones y la novena que usted ha mandado hacer por mí.

Nunca la caridad me ha parecido tan apreciable y tan amable como ahora.

¡Bendito sea Dios que manifiesta tan bien su amor en el de usted, a quien doy de nuevo las gracias con todo mi corazón!

Lo que le he dicho de la pierna que tengo ulcerada no es que deba desear que se cure por completo.

Dirección: A la señorita Le Gras. 2891 [2792,VII,462-464] AL SEÑOR DUPONT-FOURNIER, ABOGADO DE LAVAL 5 marzo 1659 Señor: La gracia de Nuestro Señor sea siempre con nosotros.

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Su hijo, que sigue en Cahors 1, me ha mandado una carta para que se la envíe a usted; al mismo tiempo me pide que favorezca los deseos que usted tiene de retirarse a un seminario.

Lo haría con mucho gusto, señor, a no ser por las dificultades que encuentro.

En primer,lugar, en todas partes hay que pagar pensión, y una pensión considerable, y no sé a quién dirigirme que pueda y que quiera contribuir a pagar la suya, según le indiqué en la carta que tuve el honor de escribirle anteriormente. ________ Carta 2891.

— Reg. 1, f.º 42, copia sacada del original «firmado y apostillado». 1.

Francisco Fournier, sacerdote de la Misión. 395

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En segundo lugar, su avanzada edad no le permite seguir una vida de reglamento y sujetarse a los ejercicios y prácticas de un seminario.

En tercer lugar, por esa misma razón yo me haría problema de conciencia de contribuir a hacerle entrar en las órdenes sagradas, especialmente en el sacerdocio, ya que son desgraciados aquellos que entran en él por la ventana de su propia elección y no por la puerta de una vocación legítima.

Sin embargo, es grande el número de aquellos, ya que miran el estado eclesiástico como una condición tranquila, en la que buscan más bien el descanso que el trabajo; de ahí es de donde vienen esos grandes desastres que vemos en la iglesia, ya que se atribuye a los sacerdotes la ignorancia, los pecados y las herejías que la están desolando.

Por eso decía san Juan Crisóstomo que habrá pocos sacerdotes que se salven.

¿Y por qué?

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Porque Dios no da las gracias necesarias para cumplir con las obligaciones de este estado sagrado más que a aquellos que llama su bondad, y no llama nunca a aquellos en los que no ve las cualidades apropiadas o no tiene el designio de dárselas; a todos los demás les deja hacer y permite, en castigo de su temeridad, que hagan más daño que bien y que finalmente se pierdan.

Así pues, es preciso haber sido llamado por Dios a esta santa profesión; esto se ve incluso en Nuestro Señor, que era sacerdote eterno y que sin embargo no quiso ponerse a ejercitar ese estado más que después de aquel testimonio del Padre eterno, cuando dijo: «He aquí mi Hijo muy amado, escuchadle» 2.

Este ejemplo, junto con la experiencia que tengo de los desórdenes que provienen de los sacerdotes que no procuran vivir según la santidad de su carácter, me obliga a advertir a los que me piden consejo para recibir el sacerdocio que no se comprometan a ello si no tienen una verdadera vocación de Dios, una intención pura de honrar a Nuestro Señor por la práctica de sus virtudes y las demás señales seguras de que su divina bondad les ha llamado a ello.

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Y está tan metido en mí este sentimiento que, si no fuera ya sacerdote, no lo sería jamás.

Es lo que le digo con frecuencia a los que pretenden el sacerdocio y lo que he dicho más de c;en veces predicando a los pueblos del campo.

Así pues, señor, me tomo la confianza de decirle en nombre de ________ 2.

Mt 17, 5. 396

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