Carta · tomo VII

A JUAN LE VACHER, CONSUL DE TUNEZ

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Carta
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VII
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503
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administradores abandonen a los enfermos.

Vea usted la carta que me tomo el honor de escribirles sobre este asunto.

Procure descansar bien después de haber trabajado tanto, y cuide de su salud.

Soy en el amor de Nuestro Señor su muy humilde servidor, VICENTE DEPAUL indigno sacerdote de la Misión Le adjunto la letra de cambio pagable a su nombre.

Dirección: Al Padre Get. 2918 [2819,VII,503-507] A JUAN LE VACHER, CONSUL DE TUNEZ París, 18 abril 1659 Padre: La gracia de Nuestro Señor sea siempre con nosotros.

He recibido hoy su querida carta del 20 de marzo; con mi respuesta a dicha carta contestaré también a las del 14 de enero, 3 y 9 de febrero, que recibí últimamente.

Mañana mismo enviaré al señor de Lafargue el recibo del dinero que le envió para el rescate de Martissans de Celhay, para que vea que ya ha sido rescatado y que ha hecho usted las diligencias necesarias para que pueda volver a su país.

¡Dios mío, Padre!

¿Cuándo podrá usted enviarnos un recibo semejante de la libertad de Domingo de Lajus?

¿Y cuándo se lo podremos entregar a su pobre mujer y a los cinco o seis hijos que tiene?

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¿No hay ninguna posibilidad de hacer que su patrono rebaje el precio a menos de seiscientas piastras?

Se trata de un precio excesivo para una persona que no tiene nada y a la que se le ha dado como pura limosna el dinero que ha recibido usted para él.

Le ruego que lo rescate lo antes que pueda y lo devuelva a Francia en la primera ocasión; adelante todo lo que se necesite y, si es ________ Carta 2918.— Archivo de la Misión, copia escrita en parte de mano del secretario, que añadió al dorso: «Copias de las cartas escritas por el Padre Vicente al Padre Le Vacher los días 17 y 18 de abril de 1659». 429

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preciso, pida dinero prestado; mandaré que se lo paguen apenas me diga usted lo que ha entregado por su rescate.

El señor Delaforcade nos ha dado su palabra, aunque fueran necesarias las 180 piastras que usted indica, junto con las 460 que me dice usted que ya ha recibido.

Acuérdese de enviarnos recibo de todo.

¿No ha recibido usted las 1.200 libras que me dice el Padre Get que le envió el pasado mes de septiembre para el rescate de Amable Coquery, que nos recomendó el Padre Chaduc, superior del Oratorio de Dijon?

No me dice usted nada de ello.

Ya no hay nada que hablar sobre Alejandro de Guerre; sus malas palabras se han disipado como el humo; apenas conocieron su manera de ser dejaron de hablar de él.

No he dejado de enviarle a la señora duquesa de Aiguillon su carta y su certificado.

Pondremos atención en ese consejo que usted nos da de no enviar a nadie a Berbería hasta que se !haya puesto algún remedio a los pasados desórdenes.

No obstante, a su señor hermano le gustaría volver a Argel, aunque tiene miedo lo mismo que usted de que le quiten todo lo que lleve y le traten mal.

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Doy gracias a Dios de que haya recibido los mil escudos que le enviamos y de que haya mandado la mitad al hermano Barreau.

El Padre Get tiene orden de enviarle las 16 piastras que tomó usted de su dinero para el señor caballero de Romilly, ya que éste ha recibido o recibirá pronto las 50 libras que se le envían.

Me dice usted que el hermano Barreau le ha girado en contra una letra de cambio de 450 piastras, que le debe el gobernador de Tabarque 1, con la esperanza que le había dado dicho señor gobernador de pagarle esa cantidad, pero no lo ha hecho, y temo mucho que no lo haga.

No sé por qué ese pobre hombre se deja engañar de esa manera, hasta llegar a prestar no solamente su dinero, sino también el dinero de los demás.

Si no ha pagado usted esa letra, creo que no debería pagarla hasta que no haya recibido con qué.

Me dice usted que ha empezado a entramparse lo mismo que él y que debe ya 1.200 escudos.

Esto me llena de preocupaciones.

Atribuye usted la causa de este proceder a los pocos beneficios que le dejó el consulado el año pasado.

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Comprendo perfectamente que esto haya contribuido a esa situación; pero usted debería haber ________ 1.

Juan María Canalle. 430

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disminuido sus gastos en la misma proporción.

Sin embargo, los ha aumentado usted a más de 2.000 escudos, siendo así que los ingresos fueron sólo de 720.

Y solamente la mesa, para las dos personas que son ustedes, suben a casi 1.200 escudos.

Esto me asusta.

Sé muy bien que tiene usted algunos criados pero; ¿por qué varios?

¿Es que no le basta con uno?

También sé que a veces se acercan por su casa otras personas a las que no puede usted negar la comida; pero lo que no debe hacer usted de ninguna manera es tener la mesa abierta a todo el mundo, mantener a las personas en su casa y darles alojamiento sin que paguen pensión, tanto si son franceses como extranjeros, pobres o ricos, recomendados o sin recomendación, sobre todo cuando no puede usted soportar esos gastos con sus propias fuerzas.

Porque, en conciencia, no puede usted acudir a préstamos para dar impresión de esplendidez y de liberalidad, y ni siquiera para hacer obras de caridad, después de haberle pedido que no lo hiciera.

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Me dirá usted que es difícil impedirlo, teniendo el cargo que usted tiene; yo le respondo que todavía será más difícil que podamos enviarle el dinero para pagarlo y que, si usted conociera nuestra pobreza, no le daría mucha vergüenza dar a conocer la suya a todos los que la piden, tal como es necesario para poder acomodar y equilibrar los ingresos y los gastos.

En nombre de Dios, Padre, guarde la debida mesura en el futuro.

Dios no le exige que vaya usted más allá de los medios que le proporciona.

Le doy las gracias de que, con su bondad infinita, le haya preservado hasta ahora de esas infamias con que le habían amenazado.

La señora condesa de Tonnerre nos ha devuelto los cien escudos que usted proporcionó a su hijo.

Se los enviaré al Padre Get para que se los mande.

Envié la carta de usted a dicha señora; si ella me contesta antes de que anochezca, encontrará usted la respuesta en este paquete.

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Hace unos días nos dijo que el señor Guerraut, banquero de Malta, tenía orden de entregar a dicho señor caballero las cuatro mil piastras que necesita para el rescate; pero lo más seguro sería enviarle este dinero desde aquí, tal como usted propone.

No puedo menos de llenarme de aflicción al saber los enormes sufrimientos de los pobres esclavos y verme completamente impotente para poder aliviarles; ¡quiera Dios tener piedad de ellos!

Dudo mucho de que sea posible obtener el, pasaporte para Isaac 431

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y Jacob Alcalay por todo el tiempo que usted desea, el señor de Brienne no quiso dárselo a la señora duquesa de Aiguillon, que se lo solicitaba para ellos, a no ser para un año.

Entregué las cartas que me envió el señor caballero de Ravelon.

Creo que le ha contestado ya el señor Poussay y que todos los demás le contestarán enseguida.

Uno de nuestra compañía vio en Reims al señor presidente Coquebert, que le dijo que vendría pronto a París y que hablaría conmigo sobre dicho señor caballero.

Veremos a ver si lo hace.

Nuestro Señor le trata a usted como trató siempre a los santos, guiándolos hacia la santidad y la gloria a través de diversas tribulaciones.

No se contenta con los trabajos extraordinarios que soporta usted en su servicio, sino que incluso le prueba, según veo, con penas interiores, que son más molestas que las corporales.

¡Quiera su divina bondad que, en la medida en que le aumenta las cruces, multiplique también sus gracias para que pueda llevarlas con valentía!

No dejaré, Padre, de ofrecerle con frecuencia a Dios con esta intención.

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Le escribí ayer una nota que el señor Langlois me pidió para rogarle expresamente que ayude en todo lo que pueda al señor de Beaulieu, su corresponsal en Túnez, y que además responda por él en caso de necesidad hasta la cantidad de 6.000 libras.

Me dijo que nos enviaría hoy su promesa para garantizarnos de todo lo que pudiera usted salir fiador de esa persona; pero no lo ha hecho.

Quizás me lo envíe antes de que salga esta carta; en ese caso, se lo diré a usted; de lo contrario, no conviene que se comprometa usted en nada por dicho señor de Beaulieu, ya que, si él no ha mantenido su palabra, no tengo yo obligación de mantener la mía.

V ICENTE DEPAUL indigno sacerdote de la Misión 2919 [2820,VII,508-509] A LUCAS PLUNKET, SACERDOTE DE LA MISIÓN, EN SAINT-MÉEN París, 19 abril 1659 Padre: La gracia de Nuestro Señor sea siempre con nosotros. ________ Carta 2919.

— Archivo de la Misión, copia del siglo XVII 432

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Me he enterado de que le costaba a usted algún trabajo enseñar el canto y las ceremonias; no me extraña, ya que todo el mundo encuentra dificultades en hacer las buenas acciones, e incluso las mejores; pero lo que me apena es que se haya dejado usted vencer por la naturaleza y se haya sometido a sus sugestiones.

¿No sabe usted, Padre, que la virtud cristiana consiste en superarlas y que, si se niega usted a hacer este pequeño servicio a Dios, se hace indigno de rendirle otros mayores, según aquellas palabras del Salvador: «Si no sois fieles en lo poco, tampoco lo seréis en lo mucho» 1? dice usted, sin embargo, que no ha entrado en la congregación de la misión para eso.

¿Entonces para qué ha entrado?

¿No ha venido usted a obedecer?

¿No se lo prometió así a Dios?

¿No ha venido usted a hacer lo que hacen los demás misioneros?

¿No se lo prometió así a la compañía?

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Pues bien, sabe usted perfectamente que no estamos únicamente para hacer misiones, sino también para enseñar a los eclesiásticos las cosas que tienen que saber y practicar en su condición; de forma que, si no cumple usted con el oficio que le han dado en el seminario, tendrá que hacerlo otro, ya que es de obligación.

¿Es posible, Padre, que ahora que es usted sacerdote, más obligado que nunca a hacerse útil a la iglesia, rechace las funciones que se le han encomendado para contribuir a formar buenos sacerdotes?

¿Qué dice usted a esto?

Que si trabaja usted en los lugares y de la manera que mejor le van a su espíritu, dará más fruto que el que puede dar así.

Pero eso es algo que no se puede usted prometer; al contrario, debe tener usted miedo de que, si sacude el yugo de la santa obediencia, Dios retirará de usted su espíritu y le abandonará a sus propios sentimientos.

Y entonces, ¿a dónde irá usted?

¿qué es lo que hará?

Si sigue usted en Francia, estará en peligro de quedarse en la calle, como tantos otros pobres sacerdotes de Irlanda.

Y si vuelve a su país, ¿qué hará usted allí?

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Hay otros muchos obreros que se encuentran impedidos, no solamente de seguir viviendo, sino sobre todo de poder trabajar, por la persecución de los herejes.

Así pues, de cualquier lado que usted se vuelva, se verá en peligro de llevar una vida muy triste y de sufrir tremendos remordimientos de conciencia en la hora de la muerte.

Piense bien en ello, Padre, y haga ahora lo que le habría gustado ________ 1.

Lc 16, 10. 433

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VINCENTIUS es una herramienta de consulta. Para trabajos académicos recomendamos verificar siempre la referencia en la edición original indicada.

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