Carta · tomo VIII
A LUISA DE MARILLAC
3068 [2967,VIII,110-111] A LUISA DE MARILLAC [Septiembre de 1659] 1 Le ruego a la señorita Le Gras me indique cuáles son las hermanas que ha elegido para Vaux 2, que es la casa del señor procurador general 3 y cuándo podrán estar en disposición de partir.
La señora Fouquet urge mucho.
Ya me enteraré dónde se aloja el señor procurador del rey de la ciudad y se lo mandaré a la señorita Le Gras, así como las cartas de «placet» que pide.
El Padre Maillard 4 no está aquí ahora; mañana le podré dar esas cartas.
No urge tanto la partida de Narbona, ya que será según creo, de aquí a siete u ocho días 5. 3069 [2968,VIII,111-113] A JUAN DE FRICOURT, CLERIGO DE LA MISIÓN, EN SAINTES 1 París, 7 septiembre 1659 Mi querido hermano: La gracia de Nuestro Señor sea siempre con nosotros.
Me indica usted en su última que está lleno de dudas, que no tiene ningún afecto ni por las reglas ni por los ejercicios y que espera que yo pueda poner algún remedio a ello.
Me gustaría hacerlo, mi querido hermano, y lo quiero mucho más aún por el hecho de que su preocupación me es muy sensi________ Carta 3068.
— Archivo de la Misión, copia 1.
Cf. nota 5. 2.
Vaux-le-Viconte, hoy en el municipio de Maincy (Seine-et-Marne). 3.
Nicolás Fouquet. 4.
Procurador de la casa de San Lázaro. 5.
Las hermanas destinadas a Narbona salieron de París el 12 de septiembre.
Carta 3069.
— Archivo de la Misión, copia del siglo XVII. 1.
Juan de Fricourt, nacido en Nibas (Somme) el 7 de marzo de 1635 entró en la congregación de la Misión el 20 de junio de 1656, hizo los votos en Saintes el 20 de octubre de 1658. 99
ble por la estima y el afecto que siempre le he tenido.
Pero para curar su mal hay que conocerlo.
A mi parecer, creo que es una cobardía de la voluntad y una pereza del espíritu por las cosas que Dios le pide.
No me extraño de ello, ya que naturalmente todos los hombres están en esta situación.
Y si me pregunta: ¿de dónde viene la diferencia que hay entre ellos, ya que unos son fervorosos y otros flojos?, le responderé que aquéllos sobrepasan mejor que éstos las repugnancias de la naturaleza y que éstos no se esfuerzan en superarlas; que los primeros están en paz, puesto que no tienen el corazón repartido por habérselo dado enteramente a Dios, mientras que los otros están inquietos ya que, queriendo amar a Dios, no dejan de amar a otras cosas que no son Dios, y esas cosas son las satisfacciones del cuerpo que hacen al alma pesada para la práctica de las virtudes.
Esto es lo que engendra y alimenta la pereza, que es el vicio de los eclesiásticos.
Es el estado que más horroriza a Dios.
Sí, la tibieza es un estado de condenación.
¡Mi querido hermano, cuántos motivos tenemos para temblar usted y yo, al saber que es maldito todo aquel que realiza con negligencia al obra de Dios!
¡Dios míos, qué buena lección nos das por medio de los labradores del campo, de los artesanos de las ciudades y de los soldados que van a la guerra!
Trabajan sin cesar y sufren mucho por cosas que han de perecer con ellos; y nosotros, para salvarnos, para que Dios sea honrado y servido en la tierra la pasión de Jesucristo sea aplicada eficazmente a las almas que ha creado para el cielo, no queremos aceptar ningún esfuerzo ni vencer nuestras malas inclinaciones.
Y llamo malas a todas las que nos apartan de nuestras obligaciones de la vocación, ya que ésta, al comprometernos en el seguimiento de Nuestro Señor, nos obliga también a renunciar a nosotros mismos, esto es, a nuestra voluntad y a nuestro juicio, a las satisfacciones, a los bienes, a los parientes, etcétera; lo cual se hace por la observancia de nuestras reglas y de nuestras funciones; y entonces la fidelidad que pongamos en ello nos traerá el reposo del espíritu y la perfección deseada, pero se necesita coraje para enfrentarse con las dificultades.
Decídase, pues, mi querido hermano, de una vez para siempre, a pasar por encima de su desgana; pídale muchas veces a Dios la gracia de someterle la parte inferior. 100
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