Carta · tomo VIII
A SANTOS BOURDAISE SACERDOTE DE LA MISIÓN, EN MADAGASCAR 1
3117 [3013,VIII,156-160] A SANTOS BOURDAISE SACERDOTE DE LA MISIÓN, EN MADAGASCAR 1 [Noviembre 1659] 2 Le manifestaré en primer lugar, Padre, el justo temor en que estamos de que no esté usted en esta vida mortal, teniendo en cuenta el poco tiempo que sus hermanos que le han precedido, acompañado y seguido, han vivido en esa tierra ingrata, que ha devorado a tantos buenos obreros enviados a roturarla.
Si todavía sigue vivo ¡qué grande será nuestra alegría cuando estemos seguros de ello!
No le costaría mucho trabajo creerlo si supiera hasta que punto llega la estima y el afecto que tengo por usted que es tan grande que ninguna persona puede tener con otra uno igual.
La última y breve relación que nos envió usted 3 nos ha hecho ver la virtud de Dios en usted y esperar un fruto extraordinario de sus trabajos, y nos ha hecho derramar lágrimas de alegría y de gratitud para con la bondad de Dios, que ha tenido un cuidado admirable y de usted y de esos pueblos que evangeliza, por su gracia, con tanto celo y prudencia por parte suya y con tan buena disposición por parte de ellos para convertirse en hijos de Dios.
Pero al mismo tiempo hemos llorado con su dolor y su pérdida en la muerte de los padres Dufour, Prévost y Belleville, que encontraron su descanso en lugar del trabajo que fueron a buscar y que aumentaron la pena de usted cuando esperaba de ellos mayor alivio.
Esta separación tan pronta ha sido siempre desde entonces una espada de dolor para su alma, lo mismo que lo había sido antes la muerte de los padres Nacquart, Gondrée y Mousnier.
Nos ha expresado usted también su sentimiento al darnos la noticia de su fallecimiento que me he visto tan conmovido por su enorme aflicción como por esas grandes pérdidas.
Parece como si Dios le ________ Carta 3117.
— ABELL Y, o.c., 1.
III, cap.
I, sec.
IX, art. 7, 185. 1.
San Vicente ignoraba todavía la muerte de aquel misionero, que aconteció el 25 de junio de 1657. 2.
Los misioneros a los que se confió esta carta dejaron París el 4 de noviembre de 1659. 3.
El santo tiene ante la vista las dos cartas del 19 de febrero de 1657. 145
tratara como trató a su Hijo; lo envió al mundo para establecer su iglesia por su pasión; y parece que quiere introducir la fe en Madagascar solamente por sus sufrimientos.
Adoro su divinas disposiciones y le ruego que cumpla en usted sus designios.
Hay quizá alguno muy especiales sobre su persona, ya que entre tantos misioneros fallecidos le ha dejado con vida.
Parece como si su voluntad, al querer el bien que ellos desearon realizar, no ha querido impedir su efecto al quitarles de este mundo, sino producirlo por medio de usted, al conservarle con vida.
Sea lo que fuere, Padre, hemos sentido mucho la privación de esos buenos siervos de Dios y hemos tenido grandes motivos para admirar en esta última ocasión extraordinaria los recursos incomprensibles de su providencia.
Bien sabe él que con todo corazón hemos besado la mano que nos hería, sometiéndonos humildemente a sus golpes tan sensibles, aunque no podíamos comprender las razones de una muerte tan repentina en hombres que prometían mucho, en medio de un pueblo que está pidiendo instrucción y después de tantas señales de vocación que se manifestaban en ellos para hacerse cristianos.
Sin embargo, esta pérdida, lo mismo que las anteriores y los sucesos que luego han tenido lugar, no han sido capaces de disminuir en lo más mínimo nuestra decisión de socorrerle ni la de exponer la vida de los cuatro sacerdotes y un hermano que enviamos, los cuales, sintiendo inclinación a su Misión, nos han insistido mucho en que los enviásemos... 4.
No sé quién se sentirá más consolado por su llegada, usted, que los ha estado esperando tanto tiempo, o ellos, que tienen un grandísimo deseo de verse con usted.
Mirarán en usted a Nuestro Señor y a usted en Nuestro Señor; le obedecerán como a mí mismo, con su gracia.
Para ello le pido que tome su dirección.
Espero que Dios bendecirá la autoridad de usted y la sumisión de ellos.
No habría estado tanto tiempo sin recibir socorros, si no hubieran fallado dos embarcos que se hicieron.
Uno se perdió en las orillas del Nantes; iban en él dos de nuestros padres y un hermano, que se salvaron por una protección especial de ________ 4.
El santo hacía aquí el elogio de los misioneros que enviaba a Madagascar.
Abelly ha suprimido este pasaje. 146
Dios; murieron cerca de cien personas.
El otro, que partió el año pasado, fue tomado por los españoles y tuvieron que volverse otros cuarto de nuestros padres y un hermano.
De forma que no ha querido Dios que le llegase desde aquí ninguna ayuda ni consuelo, sino que ha querido que le llegara inmediatamente de él mismo; él ha querido ser su primero y su segundo en esta obra apostólica a la que le ha destinado para demostrar que el establecimiento de la fe es asunto suyo y no obra de los hombres.
Así es como lo hizo también al comienzo de la fundación de la iglesia universal, escogiendo solamente a doce apóstoles, que marcharon por toda la tierra para anunciar la venida y doctrina de su divino Maestro.
Pero cuando empezó a crecer esta santa semilla, su Providencia hizo que aumentase el número de obreros, y él hará también que su iglesia naciente, multiplicándose poco a poco, se vea provista finalmente de sacerdotes que vivan para cultivarla y extenderla.
¡Ay Padre, qué feliz es usted por haber puesto los primeros fundamentos de este gran proyecto, que habrá de enviar tantas almas al cielo, que no hubieran entrado nunca si Dios no derramase en ellas el principio de vida eterna por los conocimientos y los sacramentos que les administra!
¡Ojalá pueda usted con ayuda de su gracia seguir mucho tiempo en ese santo ministerio y servir de regla y de entusiasmo a los demás misioneros!
Es la súplica que muchas veces le hace toda la compañía, ya que siente una devoción especial en encomendar a Dios a usted y sus trabajos.
Pero en vano le pediríamos a Dios su conservación, si usted mismo no cooperase a ello.
Le ruego pues, con todo el cariño de mi corazón que tenga mucho cuidado de su salud y de la de sus hermanos.
Puede juzgar por su propia experiencia la necesidad recíproca que tenemos unos de otros y lo mucho que les necesita el país.
El temor que manifiesta de que nuestros queridos difuntos hayan adelantado su muerte por el exceso de sus trabajos le tiene que obligar a moderar su celo.
Mas vale tener fuerzas de más que carecer de ellas.
Pida a Dios por nuestra pequeña congregación que tiene mucha necesidad de hombres y de virtud, por las grandes y diversas cosechas que se ofrecen en todas partes, tanto entre los eclesiásticos como entre los pueblos. 147
Tomo VIII · página PDF 147VINCENTIUS es una herramienta de consulta. Para trabajos académicos recomendamos verificar siempre la referencia en la edición original indicada.