Carta · tomo VIII
A UN SUPERIOR1
Padre Boussordec está dispuesto a partir cuanto antes.
Le llevará con la ayuda de Dios las hojas y las meditaciones que pide el señor obispo de Marsella 5.
Soy en el amor de Nuestro Señor su muy humilde servidor, VICENTE DEPAUL indigno sacerdote de la Misión 3176 [3068,VIII,227] A UN SUPERIOR1 Las ocupaciones que tienen cierto relumbrón, como la de los ordenandos, suscitan con frecuencia la emulación.
No hay que extrañarse de que algunos le contradigan, en medio de otros muchos que le aprueban.
Las buenas obras, lo mismo que las malas, están sujetas a la censura y los que nos son contrarios no dejan de tener buena intención.
Por eso hemos de conservar la estima y el respeto que les debemos; creernos con ellos que somos indignos de esta ocupación y que otros lo harían mejor.
Aprovechémonos de este sentimiento y entreguémonos a Dios más que nunca para procurar rendirle con fidelidad este pequeño servicio. 3177 [3069,VIII,227-229] LUISA DE MARILLAC A SAN VICENTE [Enero 1660] 1 Mi veneradísimo Padre: Siento de vez en cuando un gran dolor por el estado en que se encuentra y por la pena de verme privada del honor de hablar con usted temiendo que mi cobardía y mi amor propio ________ 5.
Esteban de Puget, obispo de Marsella desde 1644 hasta que murió en 1668.
Carta 3176.
— ABELL Y, o. c, segunda edición, 2.ª parte, 124. 1.
Probablemente Edmundo Jolly, superior en Roma.
Carta 3177 (CA).
— Archivo de las hijas de la Caridad, original. 1.
Fecha señalada al dorso del original por el hermano Ducournau. 213
y los demás peligros de mi salud vayan creciendo, a pesar de ser siempre la misma.
Reflexionando en la situación presente de la compañía me inquieta también no poder hablarle de ella, temiendo que le cause molestia la lectura.
Sin embargo, me parece necesario, mi veneradísimo Padre, decirle que tengo miedo de que decaiga de varias maneras.
En primer lugar, me he dado cuenta de que en varias parroquias las damas empiezan a desconfiar de ellas, aunque creo que estoy segura de que no conozco a ninguna que les haya dado verdadero motivo, a no ser las que, por su celo en aliviar a los pobres, reciban limosnas de las señoras para distribuirlas y no se sujetan a hablar de ello con las oficialas, que se enfadan por ese motivo.
Parece que nuestras hermanas no son ni tan estimadas ni tan queridas, ya que son tratadas más duramente y hay lugares en que por desconfianza tienen cierto recelo de ellas; y en algunos sitios se les ha prohibido en plena reunión darles nada, ni siquiera el carnicero que proporciona la carne a los pobres.
No es que tuviesen en su poder ninguna cosa de consideración; pero, con que hubiese un poco, eso les bastaba.
Esto me ha hecho pensar, mi veneradísimo Padre, en la necesidad que hay de que las reglas obliguen a la vida pobre, sencilla y humilde, temiendo que, si empiezan a llevar una vida que requiera mayores gastos y si hacen cosas que exigen guardar la clausura en parte, esto obligaría a buscar medios para poder vivir de esa manera, y ser una congregación interior y sin acción, buscando un alojamiento para estar separadas de las gentes mal vestidas, ya que el moño, como dicen algunas, y ese nombre de hermana no dan ninguna autoridad, sino más bien desprecio.
Y sé que no solamente las hermanas, sino también otras que estarían obligadas a honrar los planes de Dios en el servicio espiritual y corporal de los pobres enfermos, se sienten muy inclinadas a esta manera de pensar tan peligrosa para la prosecución de la obra de Dios, que usted, mi veneradísimo Padre, ha sostenido con tanta firmeza en contra de todas las oposiciones.
Siento mucho tener que darle este disgusto.
Si usted ve que Dios quiere otra cosa distinta de lo que se ha hecho hasta 214
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