Carta · tomo VIII

NICOLAS ETIENNE A SAN VICENTE

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3435 [3296,VIII,464-512] NICOLAS ETIENNE A SAN VICENTE Del Cabo de Buena Esperanza, 1 marzo 1661 1 Mi queridísimo y venerado señor y Padre: No puedo menos de escribir aquí, con el gran apóstol de los gentiles: «!Oh profundas riquezas de la sabiduría y conocimiento de Dios!

¡Cuán incomprensibles son sus juicios y cuán imposibles de rastrear sus caminos!» 2, ya que desde hace varios años nos esforzamos en llegar a la isla de San Lorenzo, por otro nombre llamada Madagascar, para trabajar en la viña del señor y, habiendo puesto en ello todo el interés y todas las preocupaciones imaginables, volvemos sin haber podido hacer nada sólido y seguro para mantener a los nuevos convertidos y separar al resto de sus habitantes de la tiranía y esclavitud de Satanás.

Pues, ¿qué sería posible esperar de su caridad, Padre, que no haya hecho usted por esta tierra?

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Su compañía es pequeña; sin embargo, apenas se presentó una ocasión para ir allá, enseguida proporcionó usted un número considerable de obreros para cultivar la viña, tal como se ve en la muerte gloriosa de sus queridos hijos, los padres Nacquart y Gondrée, los primeros que roturaron aquella tierra, de los que el último no duró más que tres meses, y el otro, dos años después de haber visitado las aldeas y de haber llamado al conocimiento de la verdadera fe a un número bastante grande, murió en olor de santidad, tal como se deduce de lo que han escrito sus sucesores y lo estima que de él tuvieron los franceses y los habitantes nativos, y que siguen teniendo todavía en el presente.

El Padre Mousnier, llevado por el celo de llevar como primer mensajero el anuncio del evangelio de Nuestro Señor Jesucristo a los lugares donde era desconocido su santo nombre, se fue apenas llegado a veinticinco jornadas de su residencia, ________ Carta 3435.

— Archivo de la Misión. carpeta de Madagascar, copia.

Nicolás Etienne supo en Holanda, a principios de julio de 1661, la muerte de San Vicente, que había tenido lugar el 27 de septiembre de 1660. 1.

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Nicolás Etienne continuó su carta después del 1 de marzo de 1661. 2.

Rom 11,33. 481

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despreciando el hambre y la sed, estando dos o tres días sin encontrar agua en medio de los grandes calores que hacen en aquel país, haciéndose a sí mismo este callado reproche que, si tantos hombres jóvenes van allá con tanto empuje, excitados quizás por el único motivo de ganancia o de honor, él con mayor razón tenía que ir, ya que se jugaba en ello la gloria de Dios y la salvación de las almas.

Y en aquel viaje perdió la vida.

Pero ¿por qué digo que la perdió, si, según dijo el Hijo de Dios, encontró, no ya la vida débil, enferma y sujeta a mil accidentes de este mundo, sino la vida inmortal, gloriosa y libre de toda clase de miserias?

¿Qué decir de los padres Dufour, Prévost y Belleville?

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El primero se destacó siempre en nuestra compañía como un astro brillante, no sólo por sus exhortaciones y predicaciones fervorosas y frecuentes, sino sobre todo por la práctica de todas las virtudes que demostraba, y especialmente por su celo de las almas, que se apoderó de él de tal manera que ni las tempestades, los vendavales, los escollos, los naufragios, todas las molestias aparejadas a unos cuantos maderos carcomidos flotando sobre un mar embravecido y huracanado, ni las incomodidades que se encuentran en los países extraños, pudieron impedirle que durante diez o doce años estuviese rogando a los superiores que le concedieran la gracia de poder morir más allá de los mares entre los infieles.

Lo cual obtuvo finalmente en el año 1655 con un gran contento de su corazón y un deseo ferviente de procurar, tanto como pudiese, la gloria de Dios y la conversión de las almas.

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Y esto mismo se pudo apreciar en el barco, donde estuvo predicando, catequizando, instruyendo a los ignorantes, reprendiendo a los delincuentes, tanto grandes como pequeños, sin tener en cuenta el respeto humano, de forma que, una vez que el barco estuvo a punto de perderse por no ver tierra y haciendo mucha agua, hizo reunirse a todo el mundo y, dirigiéndose a los oficiales que no tenían ya ninguna esperanza, les dijo que levantasen la mano ante Dios y prometiesen hacer lo que él les dijera, asegurándoles de parte de Dios que si lo hacían, verían tierra dentro de quince días.

Y así lo hicieron, y les hizo prometer a todos que harían una confesión general y una comunión.

Y lo cumplieron, excepto dos, que murieron sin sacramentos. 482

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Pero finalmente llegó el día, y al no ver tierra fueron a buscar a aquel santo hombre apostólico, diciéndole que se daban cuenta que había llegado el fin de su vida.

El, sin extrañarse, poniendo su confianza en Dios, les dijo que todavía no se había puesto el sol y que acudiesen a las vísperas que él iba a cantar.

Lo hicieron.

Y he aquí, ¡oh maravillas de Dios, que jamás abandona a los que esperan en él!, que en medio de las vísperas un marinero exclama: «¡Tierra!

¡Tierra!».

Lo cual alegró y consoló a todo el mundo, tanto más cuanto que esa tierra tan deseada era la de Madagascar.

Entonces aquellos que más lo habían odiado y perseguido cambiaron de sentimientos, teniéndolo desde entonces por un santo, como yo mismo pude escucharles.

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En fin, una vez llegado a esa isla tan deseada, sólo pudo quedarse en ella ocho días, pero no para reponerse y descansar, ya que en aquel poco tiempo hizo mucho, bien sea por las pláticas que les dirigió a los franceses y los actos de caridad que practicó-con los enfermos, como por las muchas conferencias que tuvo con el Padre Bourdaise sobre los medios para hacer progresar los negocios de Jesucristo en aquellas tierras y destruir los de Satanás.

Luego se volvió a embarcar enseguida y se dirigió a Santa María, que es una isla apartada doscientas leguas del fuerte, en donde apenas llegado, después de haber abrazado a su querido compañero el Padre Prévost, visitó a los enfermos que había en gran cantidad, tomó a su servicio a un joven negro que le sirviese de intérprete y le llevase las doce cruces que había mandado hacer para plantar en las doce montañas de esta tierra, pero, no habiendo podido plantar más que once, plantó la duodécima en su corazón, pues se vio atacado por la enfermedad de que murió, después de haber sufrido intolerables fatigas.

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Era además uno de los hombres más mortificados que jamás hemos conocido nosotros, los cuatro sacerdotes, que tuvimos el honor de estar bajo su dirección al mismo tiempo en el seminario.

¡Y quiera Dios que, como fuimos sus hijos y sus sucesores en sus viajes, podamos ser igualmente sus imitadores en sus virtudes!

El Padre Prévost, después de haber llevado una vida conforme a la de su compañero el Padre Dufour, murió también 483

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en aquella isla de Santa María, ejerciendo la caridad con más de doscientos enfermos que acabaron allí al mismo tiempo sus días.

El Padre de Belleville murió antes, en el viaje.

La pérdida de tan grandes y valientes obreros no le ha impedido, Padre, enviar otros a esas tierras, que parecen no ser más que un cementerio para sus queridos hijos.

De forma que se puede decir de ella lo que los israelitas decían de la tierra de promisión: Illa terra devorat habitatores suos 3.

Proporcionó usted otros nuevos misioneros para el año 1658, los padres Boussordec y Herbron; pero, habiendo encallado el barco en un banco de arena, les impidió ir a socorrer al Padre Bourdaise.

Finalmente, en el año 1659 envió otros cuatro sacerdotes, que se vieron de igual forma impedidos, por haber sido apresados por los españoles.

Mas ¿qué?

Todo esto no es suficiente para hacerle abandonar la empresa ni abandonar a su querido hijo, que se quedó solo durante siete u ocho años.

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Vuelve a enviar de nuevo cuatro sacerdotes, los padres Daveroult, de Fontaines, Feydin y yo, un clérigo, un hermano y un doméstico, para procurar una vez más socorrerle y ayudarle a soportar el suave yugo del Hijo de Dios en la conquista de las almas; pero Dios, cuyos juicios son adorables, tampoco lo ha querido esta vez, bien sea por que esos pueblos se han hecho indignos de ello, o bien para probar nuestra constancia; pero más bien creo que es por mis pecados tan enormes y en tan gran cantidad como los he cometido, y también por los escándalos y los malos ejemplos que he dado tanto a los de la compañía como a los externos durante todo nuestro viaje.

Quiera Dios perdonármelo todo y concederme la gracia de hacer penitencia el resto de mis días.

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Esta es la gracia que le suplico p¿da insistentemente a Dios para mí, a fin de que no sea ya en adelante la causa de que el Padre Bourdaise y esos pobres neófitos se ven privados e impedidos de los socorros que su caridad les quiere seguir enviando, y que tampoco yo mismo me vea obstaculizado de ir a socorrerles y servirles el resto de mis días; porque le confieso, mi queridísimo Padre, con toda ingenuidad, que no hay nada que quiera tanto como morir por Nuestro Señor Jesu________ 3.

Núm. 13,33. 484

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cristo en países extraños.

Es lo que le pido muy frecuentemente todos los días y por lo que no dejaré de importunarle hasta que me lo conceda.

Espero de su bondad que le hará la misma súplica por mí y que, apenas esté de regreso, me volverá a enviar, no ya para tener cuidado de los demás, ya que no hay nadie en la Compañía que sea tan indigno como yo, por ser joven, ignorante, soberbio y vicioso.

Se necesita un hombre de experiencia, que tenga mucha práctica en las ciencias y en los asuntos del mundo, ya que nunca faltan muchas y grandes dificultades; pero sobre todo se necesita un hombre de virtud sólida, no de dos días sino de varios años, y que haya conseguido muchas señaladas victorias sobre sí mismo; porque la experiencia dice claramente que si uno no tiene una virtud fuerte, ejercitada y probada por largos años, se da con las narices en tierra, con gran detrimento de la religión cristiana.

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Y se necesita además que aquel a quien confíe usted este cargo esté lleno de fuerza y de salud como de celo y santidad; porque los trabajos de los países extraños, por la poca experiencia que de ellos tengo, piden necesariamente todo esto.

¡Quiera, pues, nuestro buen Dios concederle la gracia de que aquel a quien escoja para tan alta empresa sea otro san Francisco Javier y que yo tenga la felicidad de estar bajo su dirección!

Me consideraría muy feliz y muy obligado para con usted.

CAPÍTULO I D E NUESTRA PARTIDA DE PARIS PARA NANTES Los padres Daveroult, de Fontaine, Feydin, el hermano Patte y yo, después de haber recibido gran número de consejos de su caridad paternal, tras haber obtenido su bendición y haberle abrazado como por última vez salimos de San Lázaro el cuatro de noviembre para ir a encontrarnos con el señor duque de la Meilleraye en Nantes, adonde llegamos el día que nos había ordenado en su carta, a saber, el 12 de dicho mes.

Por el camino enseñamos, según la costumbre de nuestra congregación, la doctrina cristiana delante de las puertas de las fondas y en otros lugares, cuando se presentaba la ocasión.

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Les hacíamos hacer a los externos que se encontraban con nosotros el exa485

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men particular antes de comer y de cenar, y también el general,el itinerario, las letanías del santo nombre de Jesús por la mañana, con algunas canciones espirituales, las de la santísima e inmaculada Virgen María después de comer con un poco de lectura de la vida del apóstol san Pablo por el Padre Godeau 4.

Y nosotros nos dedicábamos especialmente a la observancia de nuestras reglas, sabiendo muy bien que son como los canales por donde vienen a nuestras almas las gracias, los favores y las bendiciones celestiales.

Por eso procurábamos organizar la jornada poco más o menos como la organizan en nuestras casas.

El viernes igualmente hacíamos lo que se acostumbra hacer por la mañana, y por la tarde teníamos la conferencia, y esto lo hemos observado siempre.

Pero toda la gloria de ello ha de atribuirse a Dios y el bien obtenido a la bondad y facilidad de las personas que componían nuestra compañía; mientras que el mal y el escándalo que pudo deslizarse tiene que atribuírseme sólo a mí, que soy la piedra de tropiezo y el oprobio de sus hijos.

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Dios permitió por el camino que a la carroza en que íbamos, mientras corría a rienda suelta por Etampes, se le rompiese una sopanda, que hizo que volcase el cuerpo de la carroza, y rompiéndose entonces la portezuela donde yo iba, mi pie salió fuera, lo cual fue causa de que la rueda pasase por encima dos o tres veces.

Creí que estaría destrozado todo mi pie y de esta forma que se había roto también mi viaje; pero Dios quiso que se quedase todo en un susto y que al cabo de cinco o seis días estuviese totalmente curado.

Habiendo llegado, pues, a Nantes, fuimos todos a saludar al señor duque que, a decir verdad, nos sorprendió de antemano con las palabras que nos dirigió, pero no llegó a asustarnos, ya que todos estábamos resueltos a lo que Dios quisiera que nos pasase.

Pero la bondad divina que se había servido de usted para quitar todos los obstáculos e impedimentos que se presentasen a la ejecución de nuestros designios, cambió de aspecto todas las cosas.

Esto hizo que aquel buen duque nos mostrase a partir de entonces mucho afecto.

Nos invitaba con frecuencia ________ 4.

La vie de l'apôtre saint Paul , Paris 1647.

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La obra volvió a ser editada en 1651 y traducida al inglés en 1653. 486

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a su mesa y yo pasé varias horas a solas con él cara a cara platicando de cosas de piedad y especialmente de los planes que tenía para Madagascar de establecer allí la religión católica tan sólidamente como se pudiese, mandando hacer para ello varios fortines en aquella tierra y poniendo allí a los nuestros.

Espero que, si Dios prolonga su vida, servirá mucho al progreso de la fe en aquel país y al desarrollo de nuestra compañía.

Siente gran estima hacia su persona y un amor semejante hacia sus hijos.

Me lo demostró cuando me despedí de él, pues me abrazó derramando calientes lágrimas.

Durante todo el tiempo que estuvimos en Nantes observamos exactamente todo lo que se practica en nuestra casa, hasta la lectura en la mesa, aunque a veces acudiendo allá varias personas.

Estábamos casi siempre en nuestro alojamiento y, después de cumplir con nuestro deber, nos ocupábamos de arreglar o preparar nuestras pláticas para la misión que íbamos a tener en el barco.

Estando a punto de partir para La Rochelle, nos decidimos por nuestra cuenta a ir por mar.

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Pero los señores deanes y el señor Beaulieu, con quienes tenemos grandes obligaciones por el trato y las señales de amistad con que nos han tratado, hacían todo lo posible por disuadirnos, lo mismo que otras muchas personas, sin embargo, considerando que en el barco donde iba nuestro equipaje había treinta y ocho personas que deberían ser nuestras ovejas, no me pude decidir a abandonarlas, prefiriendo morir con ellos antes que verlos morir sin sacerdote y sin pastor; pues ciertamente hubiera sido ése uno de los mayores disgustos que nos hubiese podido ocurrir y no dudo de que Dios me juzgaría por ello.

Así pues, con esta resolución le pedí a aquellos señores que aceptasen ir en el coche del correo y que no tuviesen a mal que el hermano Patte, los padres Boutonnet, Cordelet y yo fuésemos por mar.

Hicieron muchos esfuerzos por disuadirme, pero persistí en mi propósito, esperando que Dios me concedería la gracia de llegar a buen puerto, ya que en ello solamente se trataba de su gloria. 487

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CAPÍTULO II DE NANTES A LA ROCHELLE Finalmente, después de veinticuatro días de estancia en Nantes, nos embarcamos en la Fosse en un barco, a eso de las once y media del día 6 del mes de diciembre, día de san Nicolás, patrón de los navegantes y mío, a quien rogué en la santa misa que nos sirviese de piloto y de guía.

Pero Dios permitió que nuestra embarcación estuviese detenida once horas en un arenal frente al puerto de la Vigne, donde echamos el ancla y descendimos a eso de las seis de la mañana en una chalupa, el 7 del mes, domingo, para oír la santa misa y comulgar el hermano Patte y yo, en Saint-Pierre-de-Bouguer, en donde encontramos un motivo de gran edificación, que era que después de haber dicho el sacerdote: Domine, non sum dignus, venía otro sacerdote, reuniendo a todos los niños y rezando delante de todo el pueblo, rodeado de un gran número de jóvenes, el Pater, el Ave, el Credo, el Confiteor, el Benedicite, la acción de gracias, los mandamientos de Dios, los sacramentos y algunas otras oraciones, todo en latín y en francés.

Después de lo cual repetía todavía un compendio de los misterios de nuestra fe.

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Y esto se observa todas las fiestas y los domingos.

¡Dios mío!

Cómo me gustaría que esta santa práctica se conservase en todas las iglesias del mundo!

El día siguiente, el 8 del mes, consagrado a la Inmaculada Concepción de la bienaventurada Virgen María, madre de Dios, echamos el ancla en la rada de Paimboeuf; y, después de haber celebrado allí la santa misa, llegamos al puerto de Saint-Nazaire, donde estuvimos cinco días y partimos el sábado 13 del mes, con viento por detrás, lo cual nos hacía esperar que estaríamos en La Rochelle en menos de 24 horas.

Pero Dios, que todo lo hace para nuestro mayor bien, dispuso las cosas de otro modo; pues al querer doblar las dunas de Burdeos, como nuestro capitán se había alejado de la ruta una diez leguas, el señor de los vientos permitió que se levantase un viento del noroeste que rompió el palo mayor en dos trozos, que cayeron al mar con la vela mayor.

Pero lo que fue más molesto todavía es que nos llevó hacia un banco de arena llamado Soulac, lo cual hizo que todos perdieran la esperanza de salvarse.

Y o estaba por 488

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entonces bastante enfermo por el mareo, vomitando de noche y de día, sin poder tomar nada, cuando el señor Guelton, el hermano Patte, el patrón del barco y el piloto vinieron a decirme derramando lágrimas que ya no había esperanzas de vida y que me aprestase a darles la absolución general.

Hice, pues, que me levantasen enseguida de encima de mi jergón y proferí lo mejor que pude una absolución general; después pedí que me llevasen a la escotilla, no tanto para ver la impetuosidad de aquel mar huracanado como para procurar lástima; apenas llegué a aquel lugar, me pareció que recobraba las fuerzas y la seguridad de vivir.

Esto me indujo a asegurarles que no perecerían, sino que tuviesen confianza en la bondad y misericordia de Dios.

¡Cosa extraña y digna de admiración!

Apenas les exhorté a esperar en Dios, en aquel mismo instante el viento del noroeste se trocó en viento de norte.

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Esto nos hizo evitar el banco de Soulac, que debería haber sido nuestra sepultura sin la protección especial de Dios, pues el viento estaba tan furioso que nuestro barco, llamado la Maréchale, habiendo partido de PortLouis el 14 de diciembre para ir a La Rochelle a tomar las vituallas necesarias para el viaje a Madagascar, perdió entonces la chalupa y, según nos dijeron, al mismo tiempo que se rompió el mástil, un cabo rasgó en pedazos la vela mayor y un marinero que estaba en la punta de la verga mayor cayó muerto de repente sobre cubierta.

Y al querer echar el ancla para aguardar y esperar el buen tiempo, se rompió apenas llegar al fondo.

Finalmente, después de evitar el banco, nos vimos llevados con nuestro palo de mesana y su vela, que no valían nada, por estar desechos, hacia las costas de España, en donde de pronto un viento contrario nos rechazó hacia la desembocadura de la ría de Burdeos.

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Estuvimos dos o tres días a la deriva y a merced de las olas, sin que nadie se atreviese a aparecer por el puente, ya que las olas lanzaban sobre él siete u ocho moyos de agua, y si nuestra barca no hubiera sido tan fuerte y tan bien trabada hubiera hecho agua y nos hubiéramos hundido.

En medio de estos peligros les propuse a todos los compañeros, tanto soldados como marineros, que hiciesen el voto en honrar a la inmaculada Virgen María alrededor de la media 489

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noche, día consagrado a esta fiesta de la octava de la Concepción; todos los aceptaron con agrado.

Este voto fue de decir doce misas en su honor, de lo que me encargué yo con la gracia de Dios, confesarnos y comulgar todos, como también lo hicimos, y finalmente de vestir a doce pobres, lo cual le escribí que hiciera usted, ya que no hay por aquí necesidad de vestir a doce pobres, por estar en un país cálido; y además la mayor parte de los que habían hecho este voto se fueron y son pobres artesanos.

Sólo uno me ha dado una pistola 5, y los demás me lo han prometido.

Pero, en medio de la incertidumbre de aquellos pobres y del futuro tan dudoso, le conjuro y le suplico que tenga la bondad de ordenar que sean vestidos doce pobres, cada uno con un paño buriel.

Además de las oraciones que hacíamos mañana y tarde, rezábamos el oficio de la Inmaculada Concepción.

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Y a pesar de ello, Dios nos dejó de visitarnos con otro nuevo vendaval, que nos llevó a las costas mismas de España; y careciendo de mástil y de velas no podíamos llegar a ningún puerto, lo cual aumentaba nuestro dolor, ya que teníamos treinta y seis personas sin pan, sin carne y sin agua, que gritaban de hambre y de sed.

En esta extrema situación, hicimos todo lo posible por encallar cuatro o cinco días, prefiriendo nuestras vidas a nuestro cargamento y mercancías; pero tampoco pudimos hacerlo.

Esto hacía que todos desesperasen de la salvación.

Y tengo vergüenza de decir que un hombre tan malvado como yo, que soy el peor de todos los pecadores y he cometido tantos crímenes, abominaciones y pecados en la vida pasada, merecedores tanto del fuego eterno como del temporal, y que todos los días sigo ofendiendo a su divina Majestad con mis irreverencias, mi poca devoción y mis frecuentes escándalos, he recibido consuelos y gracias en tal abundancia, que en medio de un peligro tan evidente no sentí miedo alguno, mientras que los demás sollozaban y se morían de miedo.

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Y aunque esas palabras de Nuestro Señor: «El que quiera salvar su alma la perderá, y el que pierda su alma por mí la encontrará» 6, sean muy fáciles de entender cuando las consideramos sólo en teoría, no resulta lo mismo cuando hay que practicarlas.

Pues cuando ________ 5.

Moneda de oro de valor variable. 6.

Mt 10,39. 490

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uno se encuentra en la ocasión en que no cabe más remedio que retroceder, y cuando hay que perder la vida para encontrarla en Dios, cuando la muerte cuelga sobre la cabeza de uno y uno se da cuenta de que, si obedece a Dios, tiene que morir, entonces el pavor se apodera de la parte más baja del alma y pone al espíritu en unas tinieblas tan negras que aquel precepto, que antes parecía tan claro, desaparece de los ojos de la razón y se rodea de pronto de una noche de oscuridades increíbles, de forma que incluso aquellos a quienes las ciencias y la prudencia humana han dado una más clara visión de espíritu no conciben como es debido esta virtud tan excelente.

Sólo aquéllos a los que Dios se digna por un favor especial comunicar algunos rayos de su divina luz pueden comprender la fuerza y el sentido de estas palabras.

En lo cual demuestra claramente nuestra pobre naturaleza sus debilidades y su miseria.

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En fin, en esta extrema situación plugo a Dios visitarnos y consolarnos el 21 de diciembre, día en el que se solemniza la fiesta del glorioso apóstol de las Indias, santo Tomás, después de haber estado durante quince días en medio de angustias y calamidades en este vasto y terrible océano.

Nos envió, pues, un ángel hacia San Sebastián, que nos retiró con dieciocho de sus compañeros a San Juan de Luz.

Aquel ángel era un verdadero piloto, persona muy honrada, que había salido en su barca con sus compañeros a pescar. visto, avisó al señor Guelton, que les mandó gritar en lengua española que acudiesen a bordo, que no teníamos ni mástil ni velas, que éramos franceses, salidos de Nantes para La Rochelle, y que un golpe de viento nos había empujado hasta aquel lugar, y que les daríamos lo que quisiesen para que nos llevaran a San Juan de Luz.

Nos pusimos, pues, de acuerdo con el piloto por 60 libras y algunos barriles de aguardiente para sus hombres.

Amarraron su chalupa a nuestra barca y, a fuerza de remo, condujeron nuestra embarcación a aquel lugar al despertar el día.

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Una vez llegados pusimos pie en tierra; pero, bien sea por la enfermedad, bien por el poco alimento que habíamos tomado en aquellos días, bien por el movimiento y la agitación del mar, yo casi no podía sostenerme en pie.

Aquel día oímos la santa misa, después de lo cual dimos orden de que 491

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proporcionasen a nuestra barca todos las cosas que necesitaba, palos, cuerdas, vituallas y velas; al día siguiente, 23 de dicho mes, después de haber entregado trece luises de oro y de haber dejado a Cordelet que se volviese en la barca, a fin de que tuviera cuidado del equipaje, partí de dicho San Juan de Luz en correo, caminando de noche y de día, con el señor Boutonnet y el hermano Patte, a toda prisa, para procurar de este modo coger el barco Maréchale, si es que no había partido, llegando antes la barca y la barca antes que yo.

Tardamos seis días y medio en llegar a La Rochelle, con un tiempo muy frío y muy molesto por causa de las heladas, de forma que casi siempre estábamos en peligro de caer, pero Dios nos conservó lo mismo que nos había conservado en la barca.

Llegamos finalmente a La Rochelle el 29 de diciembre, a las seis o siete de la tarde, con admiración de gran parte de la ciudad que nos creían hundidos por las aguas, y principalmente de nuestros padres, que ya no nos esperaban, teniendo que partir al día siguiente.

Le dejo que se imagine la alegría que por eso tuvimos unos y otros.

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Al día siguiente fui a saludar al señor obispo, que me demostró un gran cariño, lo mismo que a los religiosos y las comunidades, que ya hacían celebrar misas de requiem por mi alma.

Por mi parte, le aseguro que estaba muy sorprendido por la alegría que todos tenían de mi llegada, incluso los hugonotes.

Recibí algunas visitas que procuré devolver, especialmente de los religiosos y de los reverendos padres jesuitas y del Oratorio.

Durante el poco tiempo que estuvimos en aquella ciudad, el Padre Dehorgny, que hacía por entonces su visita a Luçon, nos honró con su presencia, lo cual nos consoló mucho.

CAPÍTULO III D E LA OCUPACIÓN DE LOS PADRES DAVEROULT, DE FONTAINES Y FEYDIN EN LA ROCHELLE Ellos partieron de Nantes el 3 de diciembre y se dirigieron a La Rochelle el día 5; al llegar fueron a saludar al señor obispo, que los recibió con gran afecto y cordialidad, ofreciéndose a él para hacer lo que desease de ellos durante todo el 492

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tiempo que tuviesen la dicha de permanecer en la ciudad.

El les pidió por medio de uno de sus capellanes que quisiesen hacerle algunos servicios en una parroquia de la ciudad, pobre, destituida y abandonada de su pastor, llamada la parroquia de San Juan; y él mismo se lo pidió personalmente más tarde.

Obedecieron, pues, a su voz como a la voz de Dios, al ver la necesidad tan grande de ayuda y de asistencia que tenía aquella iglesia; por otro lado, les vino bien que los señores del barco a los que se habían ofrecido al principio para ir allá a residir, no lo juzgaran conveniente.

Uno de ellos celebraba todos los días la misa, y otro en las hospitalarias.

Confesaron allí durante todas las fiestas de Navidad y durante toda la misa de media noche.

El Padre de Fontaines, que había llegado a dicha ciudad el 18 de dicho mes, tuvo el catecismo; lo mismo hicieron unos y otros en la prisión; a fin de disponer de todas las personas que estaban allí detenidas a pasar bien aquellas fiestas.

Se ofrecieron igualmente a los hermanos de la Caridad para ayudarles en el servicio a los enfermos.

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Todos los religiosos y las comunidades tomaban parte en su dolor y aflicción, en la creencia que todo el mundo tenía de que habíamos muerto.

CAPÍTULO IV D E NUESTRA LLEGADA AL BARCO El Padre Daveroult partió de La Rochelle con el hermano Patte y todo el equipaje el último día del año para dirigirse al barco, a fin de empezar bien las primicias del año 1660.

Así lo hizo con algunas confesiones que oyó, con la misa que celebró, con la predicación y más tarde con las vísperas que cantó.

Nosotros nos quedamos aún dos o tres días en la ciudad para poner orden en el resto de nuestros pequeños asuntos; y a continuación partimos con la bendición del señor obispo, a quien se la habíamos pedido y que nos envió a su capellán trayéndonos de su parte unos corporales, purificadores, palias y tres grandes recipientes de santos óleos, que aceptamos.

Se quedó tres o cuatro horas con nosotros, hasta que estuvimos en el agua, diciéndonos que le había dado esta orden el señor obispo que. si no hubiese sido por su enfermedad, hubiera venido 493

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él personalmente; tanta es la estima que ese buen prelado le tiene a usted y a toda su compañía.

Me rogó mucho que le escribiese desde San Lorenzo.

Llegamos, pues, a dicho barco de la Maréchale el día tres de enero los padres de Fonteines, Feydin, mis compañeros y yo, junto con el señor Boutonnet y el señor Cordelet.

Fuimos muy bien recibidos por los oficiales.

Se nos dio como habitación la cámara de los cañoneros llamada Santa Bárbara, por ser la más cómoda para nosotros.

También nos ofrecieron la toldilla y la habitación del capitán, pero se lo agradecimos, tanto por miedo a incomodarlos como por nuestra propia incomodidad.

Mandaron, pues, que nos prepararan cinco literas hechas de correas y lonas, con una hamaca, y nos dieron como criado al único cañonero, que tenía que dormir en nuestra habitación.

Estuvimos quince días a bordo antes de levar ancla; durante esos días examinamos entre nosotros qué era lo que teníamos que hacer y tuvimos algunas conferencias sobre ese asunto.

El primer domingo del año el Padre de Fonteines fue a celebrar la misa a la isla de Aix, es un lugar donde no hay sacerdotes.

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Son sus capellanes los sacerdotes del Oratorio, que solamente van allá para las cuatro fiestas del año.

Dista de La Rochelle unas tres o cuatro leguas.

Sólo hay allí ocho o diez familias, a las que visité el día de Reyes, después de haber celebrado en aquel lugar la san!a misa.

Están pasablemente instruidos en los misterios de nuestra fe.

Su iglesia está totalmente arruinada; sólo hay una pequeña capilla bajo tierra.

Mientras estuve en aquella isla, me trajeron la noticia de que había muerto un hombre a bordo de nuestro barco.

Lo mandé buscar y entretanto hice que excavaran una fosa junto al mar y, como era ya tarde y no se veía con claridad, di órdenes para que me avisasen en dónde lo habían puesto, junto con el señor Coulon, criado del señor duque de La Meilleraye; pero tuve la desgracia de que no me avisaran, sino que lo enterraron los marineros por su cuenta.

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Al día siguiente vino a buscarme el hermano Patte, que me trajo un paquete de cartas de parte suya, por donde conocí la pena y al propio tiempo la resignación de su alma con la voluntad de Dios por nuestra muerte, que le habían anunciado, e igualmente el fallecimiento del buen Padre Perraud, por el que 494

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hemos celebrado todos tres misas, así como también la ordenación que había concedido Su Santidad a nuestra casa de Roma.

Todo ello nos alegró mucho, esperando que Dios se querría servir de la pequeña comunidad para reformar al clero de Italia, como lo había hecho ya con el de Francia.

También me enteré de que aquel muerto que había enviad o a buscar para enterrarlo era el hermano Ambrosio 7.

Lo había visitado en el barco cuando estaba enfermo y le induje a confesarse, pero no lo había conocido como tal, a pesar de que él tuvo oportunidad de decírmelo.

Esto me extrañó.

Se podría hacer aquí una pequeña reflexión sobre la desgracia de los que se separan de la Compañía, pues, habiéndose separado aquel pobre muchacho de debajo de las alas de su buena madre sin su permiso, Dios permitió que, aunque muriese después de haber recibido todos los sacramentos, fuese la burla y la irrisión de la mayor parte de los del barco, ya que estaba totalmente desnudo y sin calzado, abandonado como un miserable del que nadie quería preocuparse.

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Le encontraron después de su muerte una cruz, un rosario y cuatro escudos blancos, que el capitán entregó al hermano Patte para que nos los diera.

Los aceptamos solamente con la condición de que servirían para comprar algunos remedios para los enfermos.

Por eso le pedimos al hermano Patte que fuera a comprarlos a La Rochelle y para ver si habíamos recibido quizás alguna carta cada uno.

Durante el tiempo que estuvo en la rada el barco, murieron cuatro o cinco, más por el rigor del frío que por cualquier otra enfermedad; pues no sé si se había conocido desde hacía mucho tiempo un invierno tan duro y que hubiese durado tanto.

Hice también una visita al castillo de la isla de Oléron, para procurar que viniese con nosotros un arquitecto que me había hecho esperar el señor Véron, nuestro capitán, con la condición de que yo fuese personalmente a buscarlo.

Pero aquel buen hombre no se atrevió a realizar un viaje tan largo.

Nos hubiera hecho mucha falta un hombre tan necesario y si tiene usted la bondad de enviarnos uno en los primeros barcos, le ________ 7.

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Ambrosio Tumy, nacido en Argenteuil (Seine-et-Oise), recibido en la congregación de la Misión como hermano coadjutor el 10 de agosto de 1644, a los 20 años de edad; hizo los votos en diciembre de 1652. 495

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dará una gran satisfacción a nuestro pequeño establecimiento, así como también albañiles, carpinteros, serradores y ebanistas.

Le escribí varias cartas desde San Juan de Luz, Burdeos, Saintes y La Rochelle desde el barco, sin poder recibir ninguna suya que me indicase que las había recibido.

Esto me causó, porqué no decirlo, una especie de tristeza, sabiendo la preocupación que tendría por el accidente que todos creían que nos había ocurrido, tanto más cuanto que ya habíamos recogido ancla e hinchado velas y por consiguiente no teníamos esperanza de recibir carta suya hasta dentro de dos o tres años.

Adiós, pues, queridísimo y veneradísimo padre nuestro.

Le pedimos mis compañeros y yo su santa bendición, ya que no tenemos esperan%a de volver a verle hasta el cielo, para que podamos navegar mejor sobre este vasto y terrible elemento.

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CAPÍTULO V D E LAS COSAS MAS IMPORTANTES DE NUESTRA NAVEGACIÓN El 18 de enero de 1660, domingo y día consagrado a la Cátedra de san Pedro en Roma emprendimos nuestro viaje a Madagascar, después de haber celebrado la santa mise, Dios nos dio un tiempo muy favorable, que nos llevó y nos hizo llegar felizmente a las Canarias el jueves 5 de febrero.

Echamos el ancla en la rada de Santa Cruz, cerca de la isla de Tenerife.

Fuimos visitados por muchos españoles, que nos demostraron una gran alegría por la paz entre las dos coronas.

Unos días antes los señores capitanes habían abierto las órdenes del señor duque de la Meilleraye sobre lo que tendrían que hacer, tanto durante su ruta como en Madagascar y vieron que dicho señor deseaba que no hicieran ni emprendieran nada de importancia sin comunicármelo.

Me expresaron, pues, su voluntad y me hicieron leer todo lo que había contenido en dichas órdenes.

Por eso juzgaron conveniente que yo fuese a saludar al gobernador y a asegurarle la paz entre los dos reyes.

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Nos recibió con muy buena acogida y, mientras estaba con él, le escribió al generalísimo de todas las islas, por medio de un servidor que le había enviado para avisarle de nuestra llegada, que nos hiciera dar todo lo que necesitásemos para el 496

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barco, y que él mismo se dirigiría dentro de poco al fuerte Apenas había salido yo, entró él.

Esto me obligó a tener que rendirle pleitesía.

Nos recibió al Padre Daveroult y a mí con testimonios de gran cordialidad.

Es un señor y anciano venerable y de gran piedad.

Estuvimos conversando alrededor de media hora y tres cuartos de hora, parte en lengua francesa, parte en la española; y él demostraba tener tanta alegría por la unión entre los dos monarcas que ordenó, en aquella misma hora, aprestar una chalupa para ir a manifestársela a nuestros capitanes a bordo.

Le supliqué muy humildemente que quisiera retrasar la visita hasta el día siguiente, ya que era persona de edad y achacosa, como dije, y no había hecho más que bajar del caballo y estaba la noche encima, todo lo cual podría perjudicar a su salud.

Y aunque su edad me obligaba a usar este lenguaje, lo hacía más todavía para que los capitanes fuesen advertidos de ello y tuviesen tiempo de recibirlo según sus méritos.

No dejó al día siguiente, muy de mañana, de venir a bordo; y lo primero que pidió fue la misa.

Acogió muy bien a los oficiales.

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No quiso comer, excusándose por su enfermedad y contentándose sólo con unas gotas de aguardiente.

Su venida a nuestro barco admiró a todos los españoles y a todos los demás barcos extranjeros que estaban en la misma rada, ya que nunca había hecho este honor a ningún otro.

Le escribí, Padre, desde esta isla por medio de un comerciante de SaintMalo, lo mismo que hice también con el señor duque, tal como me lo había rogado él mismo.

En estas islas hay una montaña muy considerable por su altura; se dice que es una de las montañas más altas del mundo y que se ve desde treinta leguas por un lado.

Y o la pude ver desde 15 ó 16 leguas.

El sábado, después de haber ofrecido el muy augusto sacrificio de la misa para que quisiera el Padre eterno darnos un tiempo favorable, levamos ancla a eso de las cinco de la mañana, 7 de febrero, y dejamos aquella rada de Santa Cruz para llegar en nuestra travesía a las islas de Cabo Verde.

Y durante el camino, como el tiempo estuvo en calma durante tres o cuatro días, pudimos pescar a 58 brazas de agua algunos atunes, que es un pescado muy bueno. 497

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El miércoles, 18 de febrero, doblamos el Cabo Verde a eso de las cuatro de la tarde y echamos el ancla a eso de veintidós brazas en medio de una gran bahía, dentro de dicho cabo, al lado de una pequeña isla donde habitan los flamencos.

Aquella misma tarde vimos a cuatro navíos holandeses que anclaban junto a dicha isla; al día siguiente, a esos de las 9 de la mañana, vinieron a inspeccionarnos (había dos flotas). una de ellas tenía el pabellón en el palo mayor y podía tener hasta dieciocho piezas de cañón; la otra doce; y las otras dos, de ocho a diez piezas de cañón cada una, en forma,de fragata, que se pusieron cerca de nosotros.

Llegaron con viento norte y nos dieron órdenes de que marchara una comisión nuestra a su barco; nos negamos a ello y ordenamos que vinieran ellos mismos a nuestro barco.

No quisieron ellos.

Y entonces nos separamos para procurar ganar la rada de Rufisque y poder tener aguas propias.

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A día siguiente, viernes, 20 de dicho mes, fue enviada nuestra chalupa, con el señor Guelton a bordo, a la isla donde están los flamencos, para conocer del gobernador la decisión de los cuatro barcos; nos respondió que había hecho aquello solamente por motivos de seguridad, dado que el señor Dunesque los había saqueado bajo pabellón francés.

Este gobernador se mostró muy amable con el señor Guelton.

Los dos fuertes nos saludaron con ocho o diez cañonazos.

Los cuatro barcos y nosotros se los devolvimos aquel mismo día a las cuatro de la tarde, echamos el ancla en la rada de Rufisque, a ocho brazas de agua, con la arena en el fondo.

CAPÍTULO VI D E CABO VERDE Y SUS HABITANTES Rufisque es una tierra firme a dos leguas del cabo.

La situación del lugar es bastante agradable.

Es un país llano, con gran cantidad de bosques siempre verdes que se entienden hasta muy lejos.

Habitan allí hasta seis o siete mil personas.

Sus casas son chozas cubiertas de juncos.

Son negros y están totalmente desnudos.

Su religión es conforme en casi todo con la de Mahoma.

Su ocupación consiste en hacer tela de algodón, ir a 498

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pescar en pequeñas canoas de trozos de árbol y cazar con flechas y con dardos.

El agua es muy salobre y sólo es posible encontrar agua dulce a una o dos leguas dentro de la tierra.

Hay aves de corral en gran número y de caza, cabritos, vacas y caballos.

El mijo y el arroz, con los que hacen su pan, no son tan comunes.

Beben vino de palmera, que, cuando está fresco, resulta bastante agradable al gusto.

Hay un rey en ese país que tiene su residencia a varias leguas del cabo, es muy poderoso y tiene siempre tres o cuatro mil caballos en su casa.

Quiere mucho a los blancos, esto es, a los extranjeros, y no permite que se les haga ningún mal y ninguna injusticia.

Los habitantes de Dieppe se acercan allá con frecuencia y son muy buenos amigos suyos.

Mientras estábamos allí, llegó un barco suyo y esto me dio oportunidad para escribirle por su medio.

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Los portugueses tenían con ellos mucho comercio en los años pasados, pero ahora son los holandeses y los flamencos los que ocupan la mayor parte de sus fuertes, hasta el punto de que en Rufisque, donde antes había muchos, ahora quedan solamente diez o doce, y sin sacerdotes desde hace dos años.

Nos pidieron que fuéramos a decirles misa.

Así pues, al día siguiente echamos el ancla.

El Padre Feydin y yo fuimos a decirles misa.

La mar estaba gruesa y se llevó nuestra chalupa contra una roca, que debía haber sido el lugar de nuestra sepultura si Dios, por medio de una ola, no nos hubiese rechazado y, de esta manera, preservado del peligro.

Al poner pie en tierra, me puse de rodillas para suplicar a la bondad de Dios que tuviese piedad de aquellas pobres almas y que no permitiese que se perdieran.

Luego fuimos con nuestro capitán a saludar al gobernador del lugar.

Después fuimos a casa de los portugueses, donde celebramos el santísimo sacrificio de la misa y dejamos un pozal de agua bendita.

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Nos expusieron sus miserias y nos pidieron que, mientras estuviésemos en la rada, fuéramos todos los día a decir misa en su capilla, bastante limpia, pero sin ornamentos sacerdotales, y que les oyéramos en confesión.

Y como les poníamos alguna dificultad, nos dieron tantas razones y demostraron tener tan gran deseo de ello, que nos hubiésemos juzgado culpables y con la obliga499

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ción de responder delante de Dios si no hubiésemos accedido a su santa petición.

Comimos todos en casa de ellos.

Después de lo cual mi compañero y yo fuimos a distraernos al bosque y a rezar el oficio.

Habiéndonos rodeado un montón de niños, les enseñé nuestro crucifijo y el retrato de la santísima e inmaculada Virgen María, Madre de Dios, que todos admiraron y cubrieron de besos.

Con una tiza roja les señalé a todos una cruz roja en el pecho y ellos recibieron con esto una gran alegría.

Creen en un solo Dios, un paraíso, un infierno y estiman mucho a Jesucristo, al que consideran como un gran profeta; pero no hacen ninguna mención de la Virgen.

Les hubiese gustado mucho venirse con nosotros, con tal que hubiésemos ido a Francia.

La mayor parte hablan pasablemente el francés por causa de los habitantes de Dieppe, que van allí con frecuencia.

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Al regresar por la tarde a bordo, tratamos entre nosotros lo que deberíamos hacer durante todo el tiempo que estuviéramos en aquel lugar y se creyó conveniente que el Padre Daveroult, que entendía el portugués, fuese todos los días con uno de nosotros a celebrar allí y tener por la mañana y por la tarde alguna instrucción en lengua portuguesa, como también para oír las conferencias que duraron cinco o seis días, durante los cuales fue allá por la mañana y por la tarde y confesó a treinta y nueve o cuarenta.

Pues, aunque dije que no había más que diez o doce en aquel lugar, no dejaban de vivir algunos otros a cuatro o cinco leguas de aquel lugar.

Y además tienen algunas fincas donde hay esclavos, a los que han convertido a nuestra fe.

El día de san Matías, el Padre Daveroult, asistido por el Padre Feydin, bautizó solamente a dos niños y al día siguiente a otros cuatro sin ceremonias, por no haber sido advertidos y no podrían volver de nuevo a tierra.

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Fue ciertamente, mi muy querido Padre, una gran alegría para sus hijos poder en un país bárbaro engendrar hijos de Nuestro Señor Jesucristo y reconciliar a los que se habían separado de él por el pecado.

Solamente había una cosa que nos daba pena: dejarlos sin ayuda y asistencia.

¡Quiera Dios que su caridad pueda obtener de Su Santidad una Misión para este país!

Los obreros tendrían una gran cosecha, tanto por la cantidad de habitantes 500

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que allí se encuentran como por el amor y el afecto que el rey siente por los franceses.

Y además sería aquella una escala intermedia para los misioneros que fuesen a Madagascar.

¡Ay!

No puedo en estos momentos, mientras trazo estas líneas, dejar de exclamar lo mismo que el gran san Francisco Javier, apóstol de nuestro siglo, en contra de esos doctores que tienen más capacidad que caridad, más ciencia que conciencia, y que dejan que se pierdan todos los días, solamente por su culpa, tantas almas que se salvarían si ellos acudiesen a socorrerlas.

El 28 de febrero, domingo, levamos ancla,,después de haber dicho la misa, para ir a encontrarnos con la línea.

El día de san José cayó al mar uno de nuestros marineros; pero, bien por las intercesiones de aquel gran santo o porque algunos días antes había cumplido con sus devociones, Dios lo salvó y lo preservó de las olas de aquel elemento.

El 22 del mes de marzo pasamos la línea equinoccial a mediodía y cantamos el Te Deum en acción de gracias.

El calor no es tan excesivo como yo había creído y como lo describen los antiguos.

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No nos molestó mucho, aunque estábamos ya en cuaresma; y le confieso que era más fácil de soportar que el de Francia en el mes de agosto, aunque el sol estaba a pico sobre nuestras cabezas.

El 3 de abril, el Padre Feydin, uno de nuestros queridos compañeros cayó enfermo de una fiebre continua y de un flujo de vientre, que lo pusieron en peligro de muerte Estuvo cinco o seis semanas bastante molesto; pero ahora, por la gracia de Dios, se encuentra bastante bien, excepto algunas veces su estómago que le hace daño.

El 7 del mismo mes Dios nos concedió la gracia de pasar los Abre-ojos; son ciertos peligros 8 que se extienden durante más de cincuenta leguas por el mar, en la costa del Brasil; y cuando no se les puede doblar, se ve uno obligado a volverse a su país o a ir a invernar a Brasil Esto nos obligó una vez más a cantar el Te Deum en acción de gracias.

El viernes, 7 de mayo, nos encontramos al despuntar el día con dos navíos holandeses que venían del cabo de Buena Esperanza.

Podíamos estar ya a unas treinta leguas de allí al sudeste-noroeste; y aquel mismo día vimos tierra a las 7 de la ma________ 8.

Arrecifes. 501

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unas ocho o diez leguas al norte de la bahía de Saldaña.Como nos sobrevino la noche, no pudimos tener conocimiento de Saldaña.

Pero a las 7 o las 8 de la tarde, viniendo el viento por oeste y oeste-sudoeste, con muy mal tiempo, corrimos el riesgo de dirigirnos a la costa y perdernos, por no estar más que a tres o cuatro leguas de tierra.

Pero Dios nos preservó también esta vez.

Estuvimos ocupados toda aquella noche en confesar a nuestros hombres y en animarles a esperar en la misericordia de Dios, esperando a cada momento la muerte, aunque yo seguía creyendo que Dios nos preservaría y no sentía en mí mismo ningún miedo, estimando que sería feliz de morir cumpliendo con las funciones de un buen soldado, con la espada en la mano, esto es, confesando a nuestras ovejas.

Jamás n?e hubiera imaginado que un alma al borde de la muerte y tan cargada de crímenes como la mía pudiese tener una paz y una tranquilidad tan grande y una confianza en Dios como yo tuve.

Sólo aquellos que lo han experimentado pueden imaginárselo y estar convencidos de ello.

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Por eso los servidores de Dios no tienen que tener miedo de pasar los mares para ir a socorrer a sus hermanos, por muchas fatigas y peligros que haya.

El sábado, día 8 de ese mes, estando sólo a cuatro o cinco leguas de tierra, y no pudiéndonos alejar de allí, nos vimos obligados a caer en la Table Bay a eso de las 7 a las 8 de la tarde, como no teníamos más remedio que acercarnos a la costa echamos el ancla a diez u once brazas, muy cerca del litoral.

El domingo tuvimos muy mal tiempo que continuó hasta el lunes y nos vimos obligados, para evitar la costa, a tirar un cable para que nos pudiesen llevar al puerto de los señores holandeses.

El lunes después del domingo de Pentecostés el gobernador nos recibió en su fuerte con gran magnificencia.

El martes el tiempo se hizo muy molesto y, para colmo de desgracias, al echar una segunda ancla, se cortó nuestro cable.

Se cree que esto fue por culpa de otro dejado en la rada.

Volvinos a echar al mismo tiempo otra ancla en su sitio.

Pero, al aumentar este viento en vez de disminuir, se rompió nuestra ancla maestra y se partió el cable de la otra.

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Esto nos llevó hacia la costa alrededor de las 8 de la mañana del miércoles 19 de dicho mes de mayo.

Durante toda la noche estuvimos confe502

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sando a nuestros hombres, que no aguardaban más que la muerte.

Pero, al llegar el día, vimos que habíamos sido preservados por la providencia de Dios, de los escollos, que no estaban lejos de nosotros; y la mar era tan grande que sólo cuatro o cinco personas hubieran podido salvarse a nado aquella noche.

Habiéndonos enviado el señor gobernador una chalupa sobre un carro, pues nuestro barco había perdido la suya, no pudimos ponerla en la mar, a causa del ímpetu y de la furia de aquel elemento.

Nos embarcamos, pues, el señor capitán Véron y yo, no sin peligro, pues nuestra chalupa se llenó de agua en un golpe de mar.

Esto hizo temer al capitán que se rompería en pedazos, pues ya estaba reventada.

Pero Dios nos conservó también esta vez, y gracias a él no tuvimos más desgracia que el miedo que pasamos y que nos mojamos un poco.

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CAPÍTULO VII DE NUESTRAS OCUPACIONES EN EL BARCO No dudo, Padre, que está usted deseando, antes de que empiece a narrar lo que hicimos en esta tierra de Buena Esperanza y de qué forma nos hemos comportado, que le hable de cuál fue nuestra ocupación y el empleo en el barco durante los cuatro meses enteros que estuvimos en él.

Por eso se lo indicaré aquí brevemente.

Desde el día que nos embarcamos hasta nuestra llegada al. cabo de Buena Esperanza hemos celebrado todas las fiestas y los domingos, excepto tres o cuatro días que el tiempo no lo permitió y además un día o dos a la semana, y esto en la habitación del capitán, aunque era hugonote, pero nunca jamás impidió ni puso obstáculo a nuestras devociones, dejándonos libre su habitación.

Uno solo de nosotros era quien decía la misa; los demás comulgaban en ella, revestidos de sobrepelliz y estola, cada uno por turno.

Todos los domingos bendecíamos el agua y predicábamos a las dos los sermones de misión; después de lo cual decíamos las vísperas y completas semitonadas, revestidos de sobrepelliz y bonetes cuadrados, como en Richelieu.

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Esto lo hemos observado durante toda nuestra navegación así como también en todas 503

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las fiestas.

Rezábamos por la tarde y por la mañana las oraciones públicas de la misma forma que observa nuestra congregación durante las misiones.

Tuvimos la bendición de los cirios el día de la Purificación de la Bienaventurada Virgen María y dimos velas o todos los principales oficiales.

El día de Ceniza tuvimos la ceremonia acostumbrada y se la pusimos a todos los católicos, habiéndoles dirigido el día antes un pequeño discurso para disponerles a que la recibieran bien y pasar santamente este tiempo de cuaresma que, por la gracia de Dios, observamos como en nuestras casas, a no ser que se comía carne el domingo, el lunes, el martes y el jueves, debido al calor, a las enfermedades y demás molestias del mar.

Por eso tuvimos que darles de comer carne, excepto los miércoles, viernes y sábados.

El domingo de Pascua florida distribuimos los ramos a todos los de nuestra religión, habiendo hecho provisión de ellos en Cabo Verde, y predicamos por la tarde sobre el juicio final, habiéndoles hablado la tarde anterior de la obligación que todos tenían de confesarse y comulgar durante esta quincena y de la forma de hacerlo bien.

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El jueves santo cantamos la misa mayor en la toldilla, que era bien vistosa para ser un barco, e hicimos un pequeño monumento en la habitación del capitán para poner allí a Nuestro Señor al día siguiente y lo llevamos, después de terminarse la misa, en la forma acostumbrada.

Luego tuvimos la desnudación de altares y cantamos las tinieblas a las que asistió la mayor parte de la gente.

Lo mismo hicimos también el miércoles y el viernes y cada dos horas asistíamos delante del Santísimo Sacramento con sobrepelliz junto con alguno de nuestros católicos.

El viernes santo prediqué la pasión desde las 6 hasta las 7 y media de la mañana; después de lo cual empezamos el servicio como de ordinario, en el que cantó la pasión el Padre Feydin.

Todo el mundo hizo la adoración de la cruz; luego fuimos a buscar a Nuestro Señor y acabamos el servicio a causa del mal tiempo.

El día de Pascua celebramos todos la misa con la mayor solemnidad que nos fue posible; en ella comulgaron la mayor 504

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parte de nuestras ovejas y tuvimos antes de darles a Nuestro Señor la plática de comunión que se dice en nuestras misiones, y en la que Dios dio su bendición; sus ojos respondían más que sus voces a las preguntas que les hacía, haciéndolo así incluso los principales y aquellos de los que menos hubiese creído.

Después de comer les hablé del misterio y a continuación cantamos las vísperas.

El Padre de Fonteines y el Padre Feydin explicaban el catecismo alternativamente tres veces a la semana durante la cuaresma y hacían las exhortaciones uno tras otro.

El Padre de Fontaines reunía todos los días a los jóvenes y rezaba con ellos un día el rosario y al día siguiente los siete salmos, y por la tarde charlaba con ellos muchas veces sobre lo que les había enseñado en el catecismo y otras instrucciones.

Todo nuestro rebaño, que estaba compuesto de alrededor de ciento ocho o ciento diez católicos, cumplió con su deber en Pascua, a excepción de tres o cuatro; los demás eran de la religión, en número de treinta y seis o cuarenta, y algunos de ellos venían al servicio divino y asistían a nuestras pláticas, aunque no se convirtió ninguno.

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Nuestras ocupaciones de la jornada estaban reguladas poco más o menos como en nuestras casas, excepto que aquí había que acomodarse al tiempo, a los lugares y a las personas.

Después de la oración mental y del oficio divino rezábamos el itinerario, para que Dios quisiese darnos una feliz navegación.

Luego hacía cada uno la lectura de su Nuevo Testamento y se entregaba al estudio de lo que más necesitaba.

Entre una y dos, después de comer, leíamos todos juntos las cartas de san Francisco Javier para procurar conformarnos con él, ya que lo habíamos tomado como patrono y modelo.

Los viernes no omitíamos tampoco lo que se practica por la mañana en nuestras casas, encerrándonos para ello en la pequeña habitación del Sr.

Karkadiou, capitán, e inmediatamente después de aquella acción empezábamos nuestras conferencias, que era unas veces sobre las cinco virtudes que componen el espíritu de la Misión, otras veces sobre nuestras reglas y nuestras necesidades y sobre las del barco, para ponerlas remedio.

Hemos hecho pocas repeticiones, ya que el lugar no lo permitía hacer. 505

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Hemos cuidado de los enfermos uno tras otro, cada uno durante una semana, visitándolos dos veces cada día y llevándoles agua bendita.

Tuvimos conferencias extraordinarias sobre los sacramentos, y en la de la visita a los enfermos resolvimos que ninguno de nuestros sacerdotes les llevase a los enfermos nada de comer, ni les aconsejase que se hicieran sangrar, ni les tomaran el pulso, sino que le dejara todo este cuidado (para seguir el manual al pie de la letra) al hermano Patte, que les visitaría también dos veces al día y nos pasaría aviso de los que se pusieran peor; tenía además orden de decirles que, si deseaban tener algún alivio en su enfermedad, fuesen a confesarse antes de que él les aplicase sus remedios, para que Dios les diese su bendición.

Y lo hacían la mayor parte de ellos.

Y ese buen hermano se dedicaba tan bien a su oficio que todos lo querían, tanto grandes como pequeños, hugonotes como católicos; y estoy seguro de que Dios lo envió a aquel barco para bien y consuelo de todos mientras estuvimos allí, no habiendo a bordo más que un joven aprendiz, que estuvo incluso enfermo durante bastante tiempO.

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Puede usted deducir de todo esto cuáles podían ser sus trabajos, tanto para tener cuidado de nosotros, como por haber estado casi siempre durante nuestra navegación ocupado con unos veinte o veinticinco enfermos, sin que ninguno muriese.

Y creo que este favor, bastante extraordinario para viajes de largo recorrido, se lo concedió Dios como respuesta al gran interés y caridad que tuvo con ellos, así como le dio igualmente una salud muy buena y perfecta, como la que siempre ha tenido.

Parecía que después de tantas gracias y favores como Dios nos hizo durante el curso de nuestra navegación (que hasta el cabo de Buena Esperanza puede juzgarse como uno de los más felices que haya habido, excepto la muerte de un solo hombre, sin mal tiempo, sin encuentros molestos, sin división, sino con una unión bastante grande y una disciplina bastante regular, como ha podido ver por lo ya dicho), deberíamos llegar a buen puerto para pisar felizmente aquella isla afortunada de San Lorenzo.

Pero Dios no ha querido que sea así.

¡Sea para siempre bendito y glorificado su santo Nombre! 506

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CAPÍTULO VIII DE NUESTRA OCUPACION EN LA TABLE BAY , EN EL CABO DE BUENA ESPERANZA Después de haber expuesto brevemente cuáles fueron nuestras ocupaciones en el barco de la Maréchale, creo que estoy obligado a darle igualmente cuenta de los diez o doce meses que tuvimos que pasar en el cabo de Buena Esperanza.

Sepa pues, Padre, que habiendo llegado el jueves 20 de mayo a tierra el Padre Daveroult y yo un poco mojados me dirigí inmediatamente con los señores Véron y Guelton a casa del señor gobernador, quedándose el Padre Daveroult en la orilla para cuidar de los que estaban en tierra y se salvaban a nado, de los que murieron dos o tres por estar embriagados de aguardiente; le pedimos, pues, al señor gobernador que aceptase socorrernos en nuestra desgracia y nos aconsejase lo que deberíamos hacer.

Comimos allí y recibimos de él todos los agasajos posibles.

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Siempre se mostró muy educado con nosotros, a pesar de tener diferente religión, portándose ya no como un amigo con sus amigos, sino como un hermano con sus hermanos, como un padre con sus hijos y sobre todo su señora esposa, como podrá ver a continuación, que prescindiendo de su religión es una de las mujeres más prudentes que he visto.

Todo el mundo la quiere.

No he visto nunca en ella la menor pasión, a pesar de que la he tratado con frecuencia.

Cualquier asunto u ocupación que tuviese, era tan dueña de sí que parecía como si no hiciese nada, incluso en algunas disputas que con ella tuve, por ser hija de un ministro de Rotterdam y estar muy versada en la Escritura.

No se muestra obstinada, lo cual es bastante raro; y creo que no sería muy difícil convertirla, si fuese viuda.

Me quedo confundido cuando escribo esto de una hugonote, estando tan lleno de pasiones, aunque soy sacerdote y desempeño la función de apóstol, que en vez de iluminar y servir a los demás, soy para ellos una piedra de tropiezo y de escándalo.

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Habiendo llegado a tierra después de comer, los padres de Fontaines y Feydin nos alojamos cerca del fuerte, donde estuvimos quince días solamente, tanto porque teníamos que tratar con una hospedera bastante difícil, como porque necesitá507

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bamos encontrar todos los meses doscientas veinticinco libras,sin otros pequeños gastos imprevistos, a pesar de estar mal alimentados y peor alojados.

Juzgue cuál podría ser mi pena al tener a siete personas en los brazos y no tener dinero, estar en un cabo del mundo, en un lugar desconocido entre paganos y herejes.

No habría sido ciertamente pequeña si Dios no nos socorriera; ésa era toda mi confianza.

Añada a ello las ocupaciones que tuve durante el primer mes, que eran: 1.º atender a nuestra pequeña familia en una situación en que no faltan preocupaciones, 2.º a los señores capitanes y a ciento cuarenta personas de su tripulación, tanto para consolarlos como para poner paz entre ellos, pues es muy difícil en semejante ocasión que no haya divisiones, tanto entre los oficiales como en el resto de la tripulación, 3.º al señor gobernador a donde tenía que ir casi todos los días, ya que no trataba con los señores capitanes más que en mi presencia, y los señores capitanes no decidían nada sin habérmelo comunicado, ya que así se lo había ordenado en sus instrucciones el señor duque de La Meilleraye.

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El hermano Patte, al que habíamos dejado en el barco para cuidar de nuestro equipaje hasta que pudiésemos enviarle una barca para traerlo a tierra, llegó el 24 de dicho mes con todos los bultos.

Viendo, pues, a nuestras personas y nuestras cosas con seguridad, me puse a buscar alguna casa donde nosotros mismos nos pudiéramos hacer la comida y vivir de la misma manera que hacíamos en nuestras casas.

Dios favoreció maravillosamente nuestros planes y nos sirvió mucho la batería de cocina que habíamos traído de Nantes, los platos, las escudillas, los cuartillos y todas las demás cosas necesarias que habíamos comprado para formar nuestra pequeña comunidad de Madagascar.

Por eso, habiendo encontrado en una alquería habitada por católicos romanos, a una legua del fuerte, dos habitaciones, una cocina y un granero, con nuestros instrumentos de madera y un plato de pescado los días que él pescase, y esto mediante veinte libras al mes, se lo propuse a la compañía, que lo aceptó muy contenta.

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Pero como necesitábamos el permiso del señor gobernador, me dirigí a él con una humilde súplica, a la que al principio pareció que se oponía, tanto porque temía que pudiésemos tra508

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mar algún complot con todos los oficiales y soldados del barco que estaban acampados a la mitad del camino, como por el recelo que sentía de que esos soldados, que son la mitad de ellos católicos, fuesen a misa, de lo que es muy celosa su Compañía, ya que lo prohíbe expresamente, y tramasen alguna revuelta contra él.

Pero como no cesaba de urgirle en este punto, indicándole incluso que nuestra hospedera nos había despedido y que nos veríamos obligados a dormir fuera y además le dábamos nuestra palabra de que no haríamos nada que pudiera perjudicarle ante la Compañía, él accedió a mi petición, pero con la condición de que hiciéramos nuestras oraciones a puerta cerrada y que no abriéramos a nadie, ni a sus soldados ni a los nuestros y que yo le diese palabra de ello.

No lo quise hacer, diciéndole que yo era pastor de todos los hombres de La Maréchale, y que por eso serían bienvenidos todos los que viniesen, que ofendería a Dios si obrase de otra manera, y que les abriría no sólo a ellos, sino también a los suyos, si venían a oír misa, o bien a que les administrase los sacramentos.

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Demostró que no estaba contento con esta respuesta, de forma que el intérprete, señor Guelton, me rogó que aceptase sus condiciones que eran, a juicio suyo, razonables, por estar bajo una Compañía que sentía horror a los sacerdotes y que, si obrara de otro modo, los pondría a todos en peligro de ser maltratados junto con nosotros. «No importa, le dije; dígale al señor gobernador que no puedo concederle lo que desea de mí en este punto; que tendría que responder de ello delante de Dios; que estoy contento de morir por la salvación de las almas y será para mí una gloria inmensa poder imitar en esto al Hijo de Dios, que no desdeñó derramar por ellas hasta la última gota de su sangre, y que esa fue la finalidad que me hizo abandonar mi patria, mis padres y los pocos bienes que Dios me ha dado.

En fin, dígale que, si no acepta que nos quedemos en sus tierras, a pesar de ser sus aliados, nos marcharemos bajo la dirección y la protección de Dios».

Y no se lo dije solamente una vez sino tres o cuatro, estando interiormente dispuesto a todo lo que quisiera Dios que nos sucediese.

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Y como él vio mi resolución, empezó a ablandarse y me concedió la casa que le pedía, sin exigir de mí nada que me impidiese administrar los sacramentos a quienes lo 509

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desearan y me dijo solamente que impediría que vinieran a vernos los católicos.

Y con este plan, todos los domingos, durante seis o siete meses, nos envió a aquella casa una guardia para impedir que se acercaran los soldados católicos, e incluso a dos de ellos les impuso un castigo por haber oído misa.

Esto no impidió sin embargo que confesáramos y diéramos la comunión a algunos, con permiso de la guardia, que era consciente de nuestra religión.

Incluso el señor gobernador nos dijo en varias ocasiones, en presencia de mucha gente, que tuviésemos cuidado con nuestros guardias, que el fiscal podría hacernos su visita y que si nos encontraba diciendo misa nos confiscaría todo lo que tuviésemos; que si él le pedía mano fuerte, no podría resistirse a ello.

Pero luego hemos sabido que todo esto lo decía por pura política y que el señor gobernador no hacía esto más que para que sus ministros no tuvieran nada que reprocharle.

El mismo no estaba de acuerdo con ello, ya que me dijo muchas veces que la religión debería ser libre.

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Por eso, cuando nos hacía el honor de visitarnos, aparte del tiempo oportuno que escogía, cuando se decían nuestras misas, enviaba siempre a alguien para saber si nos molestaban.

Y nosotros lo recibíamos en el lugar donde celebrábamos la misa, ya que no disponíamos de otro más adecuado y que estaba adornado con un gran crucifijo de seis a siete pies de alto, que nos había regalado la señora duquesa de Aiguillon y que a la señora gobernadora le pareció muy devoto y muy bien hecho.

Esto le obligó a decirle a su marido, según me han contado, que nunca había visto otro cuadro más hermoso e impresionante, que tenía entre otras cosas a la Magdalena al pie de la cruz.

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El día cuatro de julio salimos del fuerte y llegamos a nuestra alquería, donde empezamos a vivir un poco más tranquilos y de la forma en que hacíamos las cosas en nuestras casas de Francia, aunque no ciertamente por lo que a mí respecta, ya que tenía que estar casi todos los días en el fuerte al lado de los oficiales durante casi todo el mes de junio para los asuntos del señor mariscal, haciendo todos los días nuevas proposiciones por una parte y por otra por escrito a las que era preciso satisfacer, en relación con el barco, sus aparejos, sus vituallas, sus armas y ciento cuarenta hombres acampados en la orilla del 510

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