Conferencia · tomo IX-A
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16 DE MARZO DE 1642
10[10,IX,60-66] CONFERENCIA DEL [16 DE MARZO DE 1642] 1 Sobre el servicio a los enfermos Sigue la conferencia con los motivos que tenemos para servir a los pobres enfermos corporal y espiritualmente y enseñarles a utilizar sus enfermedades, a disponerse para la muerte y a tomar fuertes resoluciones de vivir mejor cuando queden curados.
Esta conferencia tuvo lugar el 2.º domingo de cuaresma, y el Padre Vicente nos hizo el honor de estar presente al comienzo.
Después de haber planteado el tema, mandó a las hermanas que expusiesen sus pensamientos.
En primer lugar, los motivos.
El primer motivo, dijo una hermana, es que los pobres tienen el honor de representar a los miembros de Jesucristo, que considera los servicios que se les hacen como hechos a él mismo 2, El segundo, que las almas de los pobres tienen en sí la imagen de Dios, y por consiguiente tenemos que honrar en ellos a la Santísima Trinidad.
El tercero es la recomendación que el Hijo de Dios nos ha hecho con sus palabras y ejemplos; para demostrarles a los discípulos de san Juan que era el Mesías, les dijo que los pobres eran evangelizados y los enfermos eran curados 3.
El cuarto es que ayudar a que se salve un alma, es cooperar en el cumplimiento perfecto de los planes de Dios en la muerte de Jesucristo.
Motivos de otra hermana: — Un poderoso motivo es que por el servicio a los pobres honramos lo que el Hijo de Dios hizo en la tierra y su santa humanidad (varias hermanas han pensado en este motivo).
Otro ________ Conferencia 10.— Arch. de las Hijas de la Caridad, el original es manuscrito de Luisa de Marillac. 1.
El tema de esta conferencia corresponde al que se trató el 16 de marzo de 1642, segundo domingo de cuaresma. 2.
Mt 25,34-40. 3.
Lc 7,22. 74
es la obligación que tenemos de ayudar a nuestro prójimo como nos gustaría ser ayudados, si tuviésemos necesidad de ello.
Como Dios no ha permitido que tuviésemos bienes para hacer grandes limosnas, por los menos tenemos que emplearnos en el servicio de los pobres con la fuerza y la poca capacidad que él nos da.
Otra hermana observó que los pobres son abandonados por todos los demás, tienen muchas necesidades y necesitan consuelo en sus aflicciones, no siempre saben lo que es Dios, y a veces ni siquiera han pensado en su salvación.
Y esa hermana, como la mayor parte de las demás, se humilló mucho pensando en la gracia que Dios le había dado llamándola a una vocación tan santa, y tomó la resolución de estimarla más y de ser más fiel a Dios en ella.
Motivos de otra hermana: — Feliz de pertenecer a una Compañía que lleva el nombre de Hijas de la Caridad, tiene que honrar en ella a los pobres, mirar a los pobres niños expósitos como tales, y servirles, mientras esté destinada a ello, como si se tratase del mismo Hijo de Dios, tal como él lo pide.
Como el fin principal de las Hijas de la Caridad es imitar la vida de Jesucristo en la tierra, dicha hermana quiere utilizar la suya en el servicio de los pobres, ya que el Hijo de Dios murió en la Cruz por ellos, como por nosotras.
Y así seremos verdaderas Hijas de la Caridad y no sólo de nombre.
El último motivo es hacer todo el servicio que se pueda a los pobres por amor a Dios y el deseo que tenemos de verlo un día en su gloria.
Varias hermanas dieron como motivo la gratitud por la gran gracia que Dios les había hecho por llamarlas a una vocación que se parece a la del Hijo de Dios en la tierra; se humillaron por las negligencias que habían tenido hasta entonces, e hicieron nuevas resoluciones de mayor fidelidad a Dios.
El pensamiento de que los pobres son miembros de nuestro Señor fue para todas un motivo poderoso para servirles con mayor cuidado y caridad del que hasta ahora han tenido. 75
Otra hermana: Como ella no tiene nada, y sin embargo la limosna es muy agradable a Dios, quiere entregarse por entero a los pobres, y honrar la vida del Hijo de Dios, que murió por ellos.
Otra hermana: Como ella ha sido llamada por Dios a la Compañía de las Hijas de la Caridad, tiene que servir a los pobres espiritualmente, esto es, ayudarles a conocer a Dios y a usar los medios para salvarse; y corporalmente, esto es, administrarles los alimentos y remedios con mucho cuidado y cordialidad.
Otra hermana: Como Dios quiere ser servido por nosotras en la persona de los pobres, yo los miraré en Jesucristo y les serviré por amor a él.
Otra hermana: Ver a Dios en la persona de los pobres y representarse, con deseos de imitarlas, la mansedumbre, humildad y caridad, que Jesucristo practicaba al servirles en la tierra, sin tener acepción de personas, a todos igualmente, según su necesidad.
Otra hermana: A Dios le agrada mucho el servicio que se hace a los pobres por su amor.
Ella se consideraba indigna de su vocación y creía que cualquier otra lo haría mejor.
Sin embargo, se sometía a las órdenes de la divina Providencia que la había llamado a la Compañía, y se comprometía a visitar a los pobres con el ánimo de honrar la santa vida de Jesucristo.
Medios para ayudar a los pobres enfermos a utilizar bien la enfermedad que Dios les envía, expuestos por las Hermanas de la Caridad en la conferencia indicada.
Después de haber saludado a los enfermos de una forma modestamente jovial, informarse del estado de su enfermedad, compadecer sus penas y decirles que Dios os envía para ayudarles y aliviarles en todo lo que podáis, hay que preguntar por el estado de sus almas, explicarles que tienen que recibir sus enfermedades de la mano de Dios para su mayor bien y que, en su amor eterno, él permite esa enfermedad para llevarlos a él, ya que muchas veces en la salud no pensamos más que en 76
trabajar para la vida del cuerpo y no nos preocupamos de nuestra salvación.
Después de esto, sugeridles un acto de fe en general, que abarque todos los artículos de nuestra fe y un acto de conformidad con la voluntad de Dios, especialmente en lo que se refiere a la aceptación de la enfermedad.
Enseñadles que algunas veces Dios nos aflige por nuestros pecados, otras veces para darnos ocasión de manifestarle nuestro amor.
Habladles con cordialidad, por ejemplo: «Mi querido hermano, o mi querida hermana, en medio de sus grandes dolores piense en los del Hijo de Dios, pídale que una los de usted a los suyos y se los ofrezca al Padre por sus pecados».
Otras veces decidles: «Mi querido enfermo, piense que, puesto que Jesucristo ha sufrido tanto por usted, también tiene usted que sufrir por su amor, ya que no es razonable que el siervo vaya por un camino distinto del de su amo 4.
Piense también que Dios ha permitido que su cuerpo esté enfermo para la curación de su alma, a la que hay que tener un gran respeto, ya que ha sido creada para el cielo, en donde estará eternamente con Dios.
Para ayudarle a tener paciencia, pídasela muchas veces a Dios, y tenga frecuentemente en su boca el santo nombre de Jesús». «Sé muy bien, amigo mío, que su pobreza aumentará sus penas por las incomodidades que recibirán con ella su mujer y sus hijos; pero, para aliviar esos pensamientos, piense en la pobreza del Hijo de Dios y de su santa Madre, que no tenía donde alojarse cuando vino al mundo; él mismo dijo que no tenía dónde descansar su sagrada cabeza 5.
Hermano mío, ¡qué gran consuelo es éste!» «Hermano, una cosa que le tiene que consolar en su mal es que, aunque sea muy grande, no es nada en comparación con lo que sufrió nuestro Señor por nosotros en la Cruz.
Si sufre pacientemente y por amor a Dios, él le aumentará la gloria que tendrá en el cielo.
Este mal pasará, y el consuelo de haber sufrido por amor a Dios y de haberse conformado con su voluntad le quedará siempre y Dios le amará más.» «Fíjese, hermano mío; esa enfermedad que Dios le ha enviado ________ 4.
Mt 10,24. 5.
Mt 8,20. 77
le ayudará quizás a evitar las penas del infierno, que durarán una eternidad.
Esté seguro de que con ella disminuirá mucho lo que tenga usted que sufrir en el purgatorio por sus pecados, pero con una condición: que haga buen uso de ella y la sufra por amor a Dios.
Por el contrario, perderá usted mucho si se impacienta en su mal; no le digo: si se queja, ya que la queja no es una falta de paciencia.»
Una hermana observó que sería conveniente, al entrar en la habitación de los enfermos, ver en ellos a nuestro Señor en la cruz, y decirles que su cama tenía que representarles la cruz de nuestro Señor en la que ellos sufren con él.
Reflexiones de otra hermana: Si el enfermo nos manifiesta algún descontento, indicarle que, cuando estamos enfermos, es por permisión de Dios, y que en este estado tenemos que preguntarnos qué es lo que nos gustaría en el momento de nuestra muerte haber hecho en nuestra vida, e intentar reparar todos nuestros pecados en esta enfermedad por medio de la conformidad con la voluntad de Dios, la paciencia, el sufrir la pobreza y los dolores que experimentamos y la unión de nuestros sufrimientos a los de Jesús en la cruz.
Otra hermana: Invitar al enfermo a utilizar bien su enfermedad, mostrándole que su mal ha sido permitido por Dios, su Creador, a quien tiene que adorar, amar y al que debe someterse.
Esa hermana demostró mucha gratitud por el hecho de que, con su gracia, Dios la escogió para hacerlo conocer y amar y para que imitase así la conducta de su Hijo en la tierra.
La mayor parte de las hermanas observaron que deberían, apenas empezar a servir a los pobres enfermos, ayudarles a que se aprovechasen de su estado, y para eso indicarles que, si estamos en pecado mortal, todo lo que hacemos y sufrimos no puede ser agradable a Dios y que todos nuestros sufrimientos y nuestras penas resultan inútiles.
A continuación, informarse sobre el tiempo de su última confesión y comunión, y mostrarles que la gracia de Dios es la vida del alma, lo mismo que el alimento es la vida del cuerpo, y que, si estamos mucho tiempo sin comer, nuestro cuerpo dejaría de vivir. 78
11(11,IX,66-76) CONFERENCIA DE JUNIO DE 1642 Sobre la obediencia Mis queridísimas hermanas, nuestra conferencia de hoy será un tema de los más importantes que hay para vuestra perfección, la santísima obediencia, virtud tan agradable a Dios, que el Espíritu Santo ha dicho, por los Padres de la Iglesia, que la obediencia vale más que el sacrificio 1, e hizo que su Hijo la practicase durante treinta años en la tierra, hasta la muerte.
Jesucristo prefirió la santa obediencia a su propia vida.
¿No dijo a san Pedro, cuando quería impedir que los judíos le prendiesen: «¿No queréis que haga la voluntad de Dios mi Padre, que consiste en obedecer a los soldados, a Pilato y a los verdugos?
Y si no fuese porque tengo que cumplir esta santísima voluntad, habría legiones de ángeles que me vendrían a liberar?» 2, ¡Oh, virtud santa!
Hijas mías, no seréis agradables a Dios mientras no seáis obedientes.
¿Pero sabéis cómo hay que practicar esta virtud?
En muchas ocasiones; porque tenemos que obedecer al santo Padre, a los obispos, a los párrocos, a nuestros confesores, directores y superiores, al rey, a los magistrados.
Y todos los que tienen algún cargo de superiores, están también obligados a la obediencia; yo, tan malo como soy, estoy obligado de tal manera que, si los que me pueden mandar me enviasen a los confines del mundo, estaría obligado a ir.
Por lo demás, por la misericordia de Dios, preferiría antes morir que faltar a ello.
Estamos además obligados a obedecer nuestras reglas y a la divina Providencia; y vosotras, a las damas de la Caridad.
Hijas mías, ¡ojalá supieseis cuán necesaria es la obediencia a las Hijas de la Caridad!
Sí, os lo digo, es más necesaria para ________ Conferencia 11.— Arch. de las Hijas de la Caridad; el original es manuscrito de Luisa de Marillac. 1. 1 Re 15,22. 2.
Mt 26,52-54. 79
vosotras que para cualquier otra comunidad.
¿Qué es lo que os puede obligar al servicio de Dios en vuestra santa vocación sino la obediencia?
¿Sabéis lo que es para vosotras la obediencia?
Es lo mismo que un barco para los que están en la mar.
El barco guarda a los que están dentro y los guía hasta el puerto.
Si el barco se rompe y queda destrozado en medio del mar, perecerán todos los que están dentro.
Lo mismo pasa con vosotras, mis queridas hermanas; mientras permanezcáis en una exacta obediencia a vuestros superiores, a vuestra regla y a la divina Providencia, iréis directamente a Dios; pero, si prescindís de ella, seguramente naufragaréis.
Vosotras no tenéis ocasión para obedecer al santo Padre, a los obispos ni a los magistrados, sino a vuestros superiores.
Pero veamos cómo conviene obedecerles y en qué consiste la verdadera obediencia.
Hay que obedecer voluntariamente, puntualmente, alegremente, prontamente, con el juicio, y sobre todo por amor a Dios.
Debéis una entera obediencia a vuestro director.
Y como Dios me ha dado en cierta forma vuestra dirección a mí, a pesar de mi indignidad, estáis obligadas a lo que yo os ordene.
A las que conozco de entre vosotras (que son muchas), les he recomendado que se contenten, en las confesiones ordinarias, con la acusación de tres pecados: porque, por la misericordia de Dios, me atrevo a decirlo, ninguna de las que he confesado cometen pecados mortales, y en este caso, bastará la acusación de los tres pecados veniales que os den más vergüenza.
Vuestra memoria podrá retenerlos con mayor facilidad, y os resultará más fácil hacer sobre cada uno de ellos los actos de contrición o de atrición y tomar la resolución de corregiros de ellos.
Si os acusáis de un gran número de pecados, ¿cómo podríais detestarlos todos y quedar libres de ellos?
Hermanas mías, no podríais hacerlo.
Practicad, pues, la obediencia en este punto, y este acto alcanzará la misericordia de Dios para enmendaros de los pecados de los que no os acusáis por obediencia.
Hace algún tiempo tuve un consuelo muy grande en este sentido.
Uno de los grandes siervos de Dios que conozco me decía de nuestras hermanas de Angers: «Señor, no conozco a 80
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Lo hacen aprisa; pero todo parece salir de un corazón verdaderamente penitente.
Se acusan con tanta amargura y prontitud que bien se ve que no buscan más que la gracia de Dios».
A ellas se les ha impuesto la misma práctica que a vosotras, hermanas mías.
Sed obedientes en este punto, por favor.
Estáis obligadas a obedecer a vuestros confesores en lo que concierne a la confesión, como el cumplimiento de las penitencias, los medios para evitar ofender a Dios, pero no en cosas que estuviesen mal.
Por eso, ellos cuidan muy bien de no mandaros nada de esta clase y no aconsejaros en contra de vuestras reglas, pues, en ese caso, no estaríais obligadas a obedecerles.
Además, estáis obligadas a obedecer a vuestras hermanas superioras.
En este aspecto, hijas mías, quiero deciros que uno de estos días, estando en un monasterio de las Anunciadas, según creo, me dijo su superiora que la llamaban ancilla.
Esto me hizo pensar en vosotras.
Esta palabra ancilla, mis queridas hermanas, es una palabra latina que quiere decir sierva; ese fue el título que la santísima Virgen adoptó cuando dio su consentimiento al ángel para el cumplimiento de la voluntad de Dios en el misterio de la Encarnación de su Hijo; lo cual me ha hecho pensar, mis queridas hermanas que, en adelante, en vez de llamar a las hermanas superioras con ese nombre de superioras no utilizaremos más que la palabra de hermana sirviente.
¿Qué os parece?; les dijo nuestro queridísimo Padre a algunas de las hermanas.
Y su proposición fue aceptada.
Dijo también: — Así es también como se califica al santo Padre, y todas sus cartas llevan estas palabras: «Urbano, siervo de los siervos de Jesucristo».
Y también las superioras de la compañía del Hôtel-Dieu han tomado este nombre desde el comienzo de su fundación.
Tal fue el deseo de su buena presidenta Goussault 3. ________ 3.
Presidenta de las Damas de la Caridad del Hospital General de París, elegida en la reunión celebrada en su misma casa entre enero y marzo de 1634. 81
Así pues, mis queridísimas hermanas, debéis obediencia a aquella de vosotras que ocupe este cargo, en todo le que se refiere al servicio de los pobres y a la práctica de vuestras reglas.
Tenéis que obedecer también a la dirección de la divina Providencia, aceptando y recibiendo de la mano de Dios todo lo que se os mande.
Pero, hijas mías, veamos qué razones tenemos para obedecer.
La primera es que la obediencia es tan agradable a Dios, que nos ha hecho decir por los santos Padres de la Iglesia que valía más que el sacrificio.
Pues bien, mis queridas hermanas, no ignoráis la grandeza del sacrificio, puesto que en todo tiempo Dios ha hecho que se le ofrecieran sacrificios para aplacar su divina justicia, justamente irritada contra el hombre a causa de sus pecados; y puesto que él ha dicho, por la voz de la Iglesia, que la obediencia vale todavía más, ved cuánto debéis estimarla.
Otra razón es que el Hijo de Dios ha querido sujetarse a ella y la practicó perfectamente durante treinta años, y la santísima Virgen, durante toda su vida, con san José.
Se ha dicho del Hijo de Dios que fue obediente hasta la muerte de cruz 4.
Hijas mías, ¿qué motivo más poderoso podríais tener para amar y practicar la santa obediencia?
Otro motivo para amar la obediencia es que de ordinario nos engañamos a nosotros mismos, y nos dejamos cegar por nuestras pasiones, de forma que tenemos necesidad de alguien que nos guíe para hacer el bien.
Creedme, mis queridas hermanas, la obediencia tiene que ser vuestra principal virtud.
Pero, hijas mías, ¿cómo hay que obedecer?
Prontamente, alegremente, con el juicio y, sobre todo para agradar a Dios.
Al obedecer, pensad: «Yo doy gusto a Dios», o, lo que es lo mismo: «Yo agrado a Dios», Hijas mías, pensad que, si se da gusto a Dios, es éste un medio para sujetar las repugnancias que podríamos tener para obedecer. ________ 4.
Flp 2,8. 82
Es menester que la obediencia sea pronta, porque, hijas mías, ir pesadamente, con retraso, disminuye mucho el mérito de esta virtud, desedifica a vuestras semejantes y contrista a los superiores; de ahí puede seguirse que preferirá más hacer ella lo que os ha mandado, y a veces lo hace.
Así pues, mis queridas hermanas, sed diligentes en obedecer.
El ejemplo de la santísima Virgen, yendo a Belén y yendo a Egipto, os tiene que servir de modelo.
También es necesario que vuestra obediencia se preste voluntariamente, y no por fuerza, ni por temor a disgustar, o de que se os reprenda.
Y si sentís un poco de repugnancia, como suele suceder, hijas mías, es preciso superar esa repugnancia animosamente; de lo contrario, vuestra obediencia sería sin mérito.
También es preciso que la obediencia vaya acompañada de la sumisión de juicio.
¿Qué es lo que quiere decir, hermanas mías, con sumisión de juicio?
Es hacer lo que se os ha ordenado con convicción de que eso será lo mejor, aunque os parezca que lo que se os manda no está tan bien como lo que vosotras pensáis, y que eso será lo mejor porque la santa obediencia es agradable a Dios.
Muchas veces, hijas mías, nuestro juicio es ciego, y se nos oculta el conocimiento de lo mejor, lo mismo que pasa a veces con los rayos del sol, cuando se pone por medio alguna nube; no es que el rayo no exista, sino que desaparece por algún tiempo.
De esta forma sucede que el conocimiento de lo mejor nos queda oculto por la preocupación de alguna pasión; esto nos da a conocer que la mayor seguridad consiste en seguir la obediencia.
El objeto principal de vuestra obediencia, mis queridas hermanas, tiene que ser agradar a Dios.
¡Oh, qué felicidad para una pobre y mala criatura poder agradar a Dios!
¿No es ésta una gran felicidad?
Todo lo que hagáis por obediencia resulta agradable a él, puesto que es doblegarse a su voluntad, y éste es el ejercicio de los bienaventurados.
Por el contrario, si dais oídos a vuestra propia voluntad, incluso en las mejores cosas del mundo, os ponéis en peligro de seguir la voluntad del diablo 83
que, al cambiarse en ángel de luz, nos excita al bien para llevarnos a algún mal.
Así pues, mis queridas hermanas, procurad alabar a Dios por medio de vuestra obediencia.
Vuestras prácticas de obediencia se ejercen de ordinario en relación con la hermana que está con vosotras en las parroquias.
No miréis, mis queridas hermanas, si esa hermana os resulta agradable.
A veces la tentación, y vuestra propia voluntad, os sugerirán que, si fuese una hermana distinta, le obedeceríais con agrado. «Pero, me diréis, ésta es tan desabrida y me habla con tanta aspereza que no me es fácil obedecerla».
Mis queridas hermanas, cuidad mucho de que este pensamiento no se detenga en vuestro espíritu; imaginaos que el mismo Jesucristo o la santísima Virgen quieren que os acordéis de lo que os he dicho; que al obedecer a vuestra hermana, dais gusto a Dios, y seguramente esta sumisión y obediencia, que os resultaba tan difícil, se os hará más fácil.
También se os puede ocurrir este pensamiento: «Esta es de tan mal humor que lo que dice que hagamos un día, al día siguiente ya no lo quiere».
Hijas mías, no os extrañéis.
Si Job se quejaba a Dios de que muchas veces se sentía contrario a sí mismo, de tal forma que lo que quería por la mañana le disgustaba por la noche 5, ¿por qué vosotras, de humores tan diferentes, no vais a tener las mismas dificultades?
¿Y sabéis como se arregla todo?
Con un poco de paciencia.
Tened cuidado, hermanas mías, de que vuestras repugnancias, cuando una hermana os manda cualquier cosa, no os hagan responder: «Hágalo usted misma».
Mis queridas hermanas, ¡qué palabras! «¡hágalo usted misma!».
Palabra del infierno, palabra de desorden y desunión.
Es una palabra de desgracia; «¡hágalo usted misma!»: esa palabra no tiene que salir jamás de la boca de una Hija de la Caridad.
El Padre Vicente insistió tanto en esta frase, que nos hizo conocer perfectamente que su significado era muy peligroso. ________ 5.
Job 7,3-4. 84
La obediencia que debéis a vuestras reglas es de una gran importancia.
Les debéis obediencia desde el día de vuestra entrada en la Compañía; porque no habéis sido admitidas sin haber dicho que así lo queríais.
De ordinario se os concede bastante tiempo para pensar en ello; no se os oculta nada.
Por eso, mis queridas hermanas, tenéis que ser sumamente puntuales, hacer caso de todas las advertencias e ir inmediatamente a sitios adonde os llama la campana para los ejercicios, porque faltar a un ejercicio es faltar a todos, lo mismo que pisotear un mandamiento, es faltar contra todos.
Y tened cuidado; si hoy descuidáis la práctica de un punto de vuestras reglas, mañana faltaréis a dos, luego a tres, y finalmente Dios os retirará su gracia; de ahí es de donde provienen muchas veces las tibiezas y los cansancios en la vocación; finalmente, Dios ya no se digna mirarnos, y nosotros nos lo merecemos.
Ese buen Dios no quiere que demos satisfacción a otras personas, en perjuicio del amor que le debemos a él, lo mismo que los esposos de la tierra, que no quieren que sus mujeres miren con ojos tiernos a nadie más que a ellos.
Y él nos enseña esta verdad, diciendo que es un Dios celoso.
Sí hijas mías, es un Dios celoso 6, y el Esposo de nuestras almas.
No es conveniente que le irritemos.
Una hermana preguntó si era mejor obedecer a las damas, cuando ellas quieren lo que la hermana no quiere.
En ese caso, hijas mías, no os pongáis en peligro de molestar a esas buenas damas, ya que sin dificultad tenéis que hacer lo que os ordene la hermana de la casa.
Proveed a vuestros pobres enfermos de todo lo que necesitan y marchad adonde la obediencia os llame, sin decírselo.
Y de venir a las reuniones, hermanas mías, no faltéis nunca a ellas, ni siquiera para ir a un sermón, pues, aunque sea muy bueno oír sermones, sin embargo tenéis que preferir estas reuniones, que se celebran para enseñaros lo que estáis obligadas a hacer; y todo lo que aquí se dice es para todas vosotras y para cada una en particular; no ________ 6.
Ex 20,5. 85
pasa así con los sermones.
No digo que no los tengáis que oír cuando podáis, sino que el día de las reuniones, tenéis que preferir venir aquí.
¿Sabéis cómo tenéis que ser obedientes con la santísima Providencia?
Mis queridas hermanas, respetadla mucho cuando tengáis que cambiar de casa, pensando que es esa divina Providencia la que lo ordena, y no digáis nunca: «Es esa hermana, es esa ocasión la que me hace salir de este lugar».
Creed, por el contrario, que se trata del cuidado que la divina Providencia tiene de vosotras.
No sé si fue en esta conferencia el Padre Vicente nos dijo: — Hijas mías, tenéis que tener tan gran devoción, tan gran confianza y tan gran amor a esta divina Providencia que, si ella misma no os hubiese dado este hermoso nombre de Hijas de la Caridad, que jamás hay que cambiar, deberíais llevar el de Hijas de la Providencia, ya que ha sido ella la que os ha hecho nacer.
Tenéis que practicar también esta virtud con la divina Providencia en las incomodidades que encontréis en los cambios que os he dicho, convencidas de ella es la que permite estas incomodidades para vuestro mayor bien.
Y de esta forma, las aceptaréis y no os sentiréis turbadas por ninguna pena que os pueda acontecer.
Que cada una examine en qué ha faltado en la práctica de la obediencia, y encontraréis en vosotras muchas faltas.
Hijas mías, se trata de prácticas muy importantes, y tenéis que dedicaros a ellas con mayor seriedad de lo que lo habéis hecho en el pasado.
Antes de esta charla, he hablado con tres hermanas que me han dicho que habían faltado mucho en esto y que querían humillarse delante de la Compañía.
Y el Padre Vicente las fue llamando una tras otra; ellas le fueron pidiendo perdón a Dios y a la Compañía de las faltas que habían cometido, de las que el mundo había tenido conocimiento y había quedado desedificado, y prometieron corregirse, con la gracia de Dios. 86
El Padre Vicente continuó de esta forma: — Hermanas mías, se han notado otras faltas de mucha importancia en la Compañía; y no os esforzáis bastante en corregiros.
La mayor parte habéis confesado que vuestros pecados eran la causa de la caída de vuestro piso, y yo con vosotras, el más miserable pecador de todos; y habéis reconocido todas en particular que la mayor falta que había entre vosotras era la desunión.
Un cuerpo no puede ser perfecto si la unión no es entera.
¿No es preciso, hermanas mías, que en un cuerpo humano, la cabeza tenga su función, y los brazos y las piernas la suya?
Si los brazos quisiesen caminar y los demás miembros dedicarse a un oficio distinto del suyo, sería un cuerpo mal hecho, sin orden ni concierto.
Lo mismo pasa, hijas mías, cuando dos hermanas no están bien unidas entre sí.
¿No veis que, cuando la cabeza está enferma, los demás miembros la ayudan?
Así es preciso que suceda con vosotras: ayudaos las unas a las otras en vuestros defectos, pensando que, si hoy ayudáis a alguna de vuestras hermanas, bien sea en sus enfermedades corporales, o bien en caso de mal humor, mañana esa hermana, o alguna otra, os ayudará de la misma manera.
Otra gran falta es que, cuando tenéis alguna dificultad, en vez de manifestárnosla a nosotros o a la hermana de la casa, vais a quejaros a alguna de vuestras hermanas, que quizás esté tan descontenta como vosotras, o que es incapaz de aliviaros.
Había además otras faltas, de las que ahora no me acuerdo.
Bien, continuó el Padre Vicente, mis queridas hermanas, ¿no confesáis que la mayor parte de vosotras han caído en estas faltas?
Nos pusimos de rodillas, y algunas manifestaron sus errores, y prometieron ser más cuidadosas en el futuro.
Entonces el Padre Vicente pidió esta gracia a Dios para la Compañía y añadió: — Hijas mías, el Padre Portail me ha hecho pensar en una cosa que creo será útil y agradable para todas; es que tengamos una conferencia sobre vuestras hermanas difuntas desde que empezó vuestra Compañía.
Este será el primer tema de nuestra 87
Tomo IX-A · página PDF 75reunión, con la ayuda de Dios, dentro de quince días.
Os ruego que os dispongáis para ello con dos oraciones que haréis por esta intención, una mañana, ya que tendréis la memoria bien fresca, y la otra en vuestra casa, por la mañana, el día en que se os comunique la fecha de la reunión.
El tema será el siguiente.
Primer punto, del provecho que podrá sacar la compañía recordando las virtudes de dichas hermanas, tanto en su vida como en su muerte; segundo punto, acordarse y decir las virtudes que se advirtieron y sobresalieron en ellas; tercer punto, esforzarse en practicar esas mismas virtudes, a imitación suya, por el amor de Dios.
¡Bendito sea Dios, mis queridas hermanas!; suplico a su bondad que os conceda a todas la gracia de amar su santa obediencia, de practicarla, a imitación de su Hijo, con vuestros superiores, con vuestras reglas, y con la santa Providencia, y que os dé a este efecto la bendición del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén. 12(12,IX,77-79) C ONFERENCIA DE [JULIO DE 1642] 1 Sobre las virtudes de Margarita Naseau Memoria de lo que se dijo en la conferencia que tuvo el Padre Vicente con las Hijas de la Caridad sobre el tema de las ocho primeras hermanas fallecidas, cuyo primer punto se encuentra escrito en el original.
Segundo punto, que consiste en considerar las virtudes que cada una ha observado en nuestras hermanas que ya se han reunido con ni-S ________ Conferencia 12.
— Ms.
Déf. 2, p. 101 s. 1.
Esta conferencia «sobre el tema de las ocho primeras hermanas fallecidas» se anunció en la conferencia anterior para celebrarse quince días más tarde. 88
Sor Margarita Naseau fue la primera en servir a los pobres enfermos de la parroquia de San Salvador, en la que se estableció la Cofradía de la Caridad el año 1630.
Margarita Naseau, de Suresnes, es la primera hermana que tuvo la dicha de mostrar el camino a las demás, tanto para enseñar a las jóvenes, como para asistir a los pobres enfermos, aunque no tuvo casi ningún maestro o maestra más que a Dios.
No era más que una pobre vaquera sin instrucción.
Movida por una fuerte inspiración del cielo, tuvo el pensamiento de instruir a la juventud, compró un alfabeto y, como no podía ir a la escuela para aprender, fue a pedir al señor párroco o al vicario que le dijese qué letras eran las cuatro primeras; otra vez les preguntó sobre las cuatro siguientes, y así con las demás.
Luego, mientras seguía guardando sus vacas, estudiaba la lección.
Veía pasar a alguno que daba la impresión de saber leer, y le preguntaba: «Señor, ¿cómo hay que pronunciar esta palabra?»
Y así, poco a poco, aprendió a leer; luego instruyó a otras muchachas de su aldea.
Y entonces se resolvió a ir de aldea en aldea, para enseñar a la juventud con otras dos o tres jóvenes que había formado.
Una se dirigía a una aldea, y otra a otra.
Cosa admirable, emprendió todo esto sin dinero y sin más provisión que la divina Providencia.
Ayunó muchas veces días enteros, habitó en sitios en donde no había más que paredes.
Sin embargo, se dedicaba a veces de día y de noche a la instrucción, no sólo de las niñas, sino también de las personas mayores, y esto sin ningún motivo de vanidad o de interés, sin otro plan que el de la gloria de Dios, el cual atendía a sus grandes necesidades sin que ella se diese cuenta.
Ella misma contó a la señorita Le Gras que una vez, después de haber estado privada de pan durante varios días, y sin haber puesto a nadie al corriente de su pobreza, al volver de misa, se encontró con qué poder alimentarse durante bastante tiempo.
Cuanto más trabajaba en la instrucción de la juventud, más se reían de ella y la calumniaban los aldeanos.
Su celo iba siendo cada vez más ardiente.
Tenía un despego tan grande, que daba todo cuanto tenía. aun a costa de carecer ella de lo necesario. 89
Hizo estudiar a algunos jóvenes que carecían de medios, los alimentó por algún tiempo y los animó al servicio de Dios; y esos jóvenes son ahora buenos sacerdotes.
Finalmente, cuando se enteró de que había en París una cofradía de la Caridad para los pobres enfermos, fue allá, impulsada por el deseo de trabajar en ella; y aunque seguía con gran deseo de continuar la instrucción de la juventud, abandonó sin embargo este ejercicio de caridad, para abrazar el otro, que ella juzgaba más perfecto y necesario; y Dios lo quería de esta manera, para que fuese ella la primera hija de la Caridad, sierva de los pobres enfermos de la ciudad de París.
Atrajo a otras jóvenes, a las que había ayudado a desprenderse de todas las vanidades y a abrazar la vida devota.
Tenía gran humildad y sumisión.
Era tan poco apegada a las cosas que cambió de buen grado en poco tiempo de tres parroquias, a pesar de que salía de cada una de ellas con gran pena.
En las parroquias se mostró siempre tan caritativa como en el campo, dando siempre todo lo que podía tener, cuando se presentaba la ocasión; no podía rehusar nada, y le hubiera gustado tener a todo el mundo en su casa.
Hay que advertir que entonces todavía no existían las comunidades formadas ni regla alguna que le impidiese obrar de esta manera.
Tenía mucha paciencia; no murmuraba jamás.
Todo el mundo la quería, porque no había nada que no fuese digno de amor en ella.
Su caridad era tan grande que murió por haber hecho dormir en su casa a una pobre muchacha enferma de la peste.
Contagiada de aquel mal, dijo adiós a la hermana que estaba con ella, como si hubiese previsto su muerte y se marchó a San Luis 2, con el corazón lleno de alegría y de conformidad con la voluntad de Dio.s ________ 2.
Servía a los pobres de San Nicolás y fue a morir al hospital de San Luis. 90
13(13,IX,79-94) CONFERENCIA DEL 25 DE ENERO DE 1643 Imitación de las jóvenes campesinas Todas las hermanas se pusieron de rodillas, suplicaron al Padre Vicente que pidiese perdón a Dios por ellas, por el mal uso que habían hecho de la gracia de su vocación y de todas las instrucciones que habían tenido la dicha de recibir de su caridad y prometieron portarse mejor en el futuro.
Aquel caritativo Padre, en su bondad, pidió enseguida perdón a nuestro buen Dios y la gracia que necesitaban todas sus hijas.
Hermanas mías, me había propuesto hablaros el día de santa Genoveva, y como aquella gran santa era una pobre muchacha de aldea, me parecía que hubiese sido conveniente hablar de sus virtudes y de las verdaderas aldeanas, ya que ha querido la bondad de Dios llamar principal y primeramente a jóvenes campesinas para componer vuestra Compañía.
Y aunque no haya podido hablaros aquel día, por cierto impedimento que surgió, me parece muy a propósito no cambiar de tema, ya que es muy razonable que esta gran santa, ahora en el cielo, honrada en la tierra por los reyes y todo el mundo, nos haga ver que ella se hizo agradable a Dios con las virtudes de las verdaderas campesinas, que practicó con gran perfección.
En primer lugar, hijas mías, sabed que, cuando os hablo de las campesinas no pretendo hablaros de todas, sino sólo de aquéllas que tienen las virtudes de las buenas campesinas; así como también, al hablar de las campesinas; no pretendo excluir a todas las jóvenes de las ciudades, ya que sé muy bien que en las ciudades hay muchas que tienen las mismas virtudes de las del campo, y tenemos motivos para creer que incluso en vuestra Compañía hay algunas de ellas, y no puedo verlo sin gran ________ Conferencia 13.— Arch. de las Hijas de la Caridad; el original es manuscrito de Luisa de Marillac. 91
consuelo.
¡Bendito sea Dios, hijas mías!, ¡bendito sea Dios!
Y también es verdad que en las aldeas hay algunas, demasiadas, que tienen el espíritu de las mujeres de la ciudad, y principalmente las que están cerca.
Parece que este ambiente es contagioso y que el trato de unas con otras sirve para comunicar las malas inclinaciones.
Os hablaré con mayor gusto todavía de las virtudes de las buenas aldeanas a causa del conocimiento que de ellas tengo por experiencia y por nacimiento, ya que soy hijo de un pobre labrador, y he vivido en el campo hasta la edad de quince años.
Además, nuestro trabajo durante largos años ha sido entre los aldeanos, hasta el punto de que nadie los conoce mejor que los sacerdotes de la Misión.
No hay nada que valga tanto como las personas que verdaderamente tienen el espíritu de los aldeanos; en ningún sitio se encuentra tanta fe, tanto acudir a Dios en las necesidades, tanta gratitud para con Dios en medio de la prosperidad.
Os diré pues, mis queridas hijas, que el espíritu de las verdaderas aldeanas es sumamente sencillo: nada de finuras, nada de palabras de doble sentido; no son obstinadas ni apegadas a su manera de pensar; porque la sencillez las hace creer simplemente lo que se les dice.
De esta forma, hijas mías, tienen que ser también las Hijas de la Caridad; en esto conoceréis que lo sois de verdad, si todas sois sencillas, si no sois obstinadas en vuestras opiniones, sino sumisas a las de las demás, cándidas en vuestras palabras, y si vuestros corazones no piensan en una cosa mientras que vuestras bocas dicen otra.
Mis queridas hermanas, quiero creer esto de vosotras ¡Bendito sea Dios!
¡Bendito sea Dios, hijas mías!
En las verdaderas campesinas se observa una gran humildad, no se glorían de lo que son, ni hablan de su parentela, ni piensan que tienen inteligencia, y van con toda sencillez; y aunque unas tengan más que las otras, no por ello se sienten superiores, sino que viven igualmente con todas.
No sucede lo mismo con las jóvenes de las ciudades, que muchas veces presumen de lo que no tienen, están hablando siempre de su casa, de su pa92
rentesco y de sus comodidades.
Hijas mías, las verdaderas Hijas de la Caridad están y deben estar cada vez más alejadas de este espíritu; creo que, por la gracia de Dios, así será, ya que, aunque entre vosotras haya personas de toda clase y condición, todas son iguales, y así es como tiene que ser; las hermanas de la Casa tienen que tomar el verdadero espíritu de las buenas campesinas y vivir lo mismo que ellas.
Es preciso que os diga, mis queridas hermanas, que recibo un gran consuelo siempre que veo entre vosotras a las que tienen verdaderamente este espíritu; ¡bendito sea Dios!
¡Sí, os lo digo, hijas mías, cuando me las encuentro por la calle, con el cesto a la espalda, no sabéis la alegría que experimento.
¡Bendito sea Dios!
La humildad de las buenas campesinas impide también que tengan ambición; os hablo de las «buenas», hijas mías, porque sé muy bien que no todas son tan virtuosas y que también hay en el campo personas que tienen el espíritu tan ambicioso como en las ciudades, pero hablo siempre de las buenas, de las que no se han contagiado del espíritu de las ciudades.
Esas pues, mis queridas hermanas, no quieren más que lo que Dios les ha dado, ni ambicionan mayor grandeza, ni más riqueza, que la que tienen, y se contentan con vivir y vestir.
Mucho menos se preocupan de decir palabras hermosas, sino que hablan con humildad.
Si se las alaba, no saben por qué; por eso no escuchan las alabanzas.
Su hablar es sencillo y sincero.
Hijas mías, ¡cómo hay que estimar esta santa virtud de la humildad, que hace que uno no se sienta apenado cuando lo desprecian, y que incluso llega a amar el desprecio!
Los santos apóstoles se gloriaban de los desprecios.
San Pablo dice «Hemos sido considerados como mondas de manzanas y como estiércol del mundo» 1 Mis queridas hijas, así es cómo las Hijas de la Caridad, se tienen que juzgar; y en esto conoceréis que sois verdaderas Hijas de la Caridad, si sois muy humildes, si no tenéis ambición, ni presunción, si no os creéis más de lo que sois, ni más que las otras, bien sea en el cuerpo, bien en las condiciones del ________ 1. 1 Cor 4,13. 93
espíritu, bien por vuestra familia o por vuestros bienes, o por vuestra virtud, lo cual sería la ambición más peligrosa.
Utilizad buenamente los dones de Dios; atribuidle la gloria, si os ocurre que habéis hecho algo bueno, o imitad a las verdaderas jóvenes del campo que dicen y hacen sencillamente todo lo que saben sin mirar lo que dicen o hacen.
Una señal muy segura de que sois verdaderas Hijas de la Caridad, es que amáis el desprecio, porque no os faltará ocasión de recibirlo.
¿Y por qué no lo ibais a tener?
El Hijo de Dios lo recibió en abundancia; por eso decía que su Reino no era de este mundo.
¡Cuál tiene que ser el de las Hijas de la Caridad?
No otra cosa, ¡hijas mías!
¡y bendito sea Dios porque están muy lejos de pensar lo contrario!
Las campesinas, mis queridísimas hijas, tienen gran sobriedad en su comida.
La mayor parte se contenta muchas veces con pan y sopa, aunque trabajen incesantemente y en trabajos fatigosos.
También vosotras, hijas mías, tenéis que obrar así si queréis ser verdaderas Hijas de la Caridad: no miréis lo que se da, ni mucho menos si está bien preparado, sino solamente comer para vivir.
Y es menester que las de las ciudades que quieran ser Hijas de la Caridad, acepten vivir de esta manera.
No son ellas solas las que viven de este modo; en gran número de lugares raramente se come pan.
En el Limousin 2 y en otros sitios se vive la mayor parte del tiempo de pan hecho de castañas.
En el país de donde yo procedo, mis queridas hermanas, se alimentan con un pequeño grano, llamado mijo, que se pone a cocer en un puchero; a la hora de la comida se echa en un plato, y los de la casa se ponen alrededor a tomar su ración, y después se van a trabajar.
Hijas mías, ¡qué necesaria es la sobriedad a las Hijas de la Caridad!
En eso conoceréis que lo sois de verdad, si conserváis con cuidado esta sobriedad de las aldeanas y especialmente de las que han sido llamadas desde el principio a servir a los pobres, porque vivían con una gran sobriedad. ________ 2.
Antigua provincia de Francia, unida definitivamente a la corona en tiempos de Enrique IV . 94
No os digo que comáis poco pan.
No, mis queridas hermanas; san Bernardo dice que hay que comer suficiente pan; pero os digo que, en lo demás, las Hijas de la Caridad tienen que contentarse con poco.
¡Bendito sea Dios porque parece que esta práctica existe ya entre vosotras!
¡Bendito sea Dios por ello!
Conservadla bien, hijas mías, si queréis tener el espíritu de las verdaderas campesinas, en el que Dios os ha llamado al servicio de los pobres enfermos.
No penséis que estáis peor alimentadas, hermanas mías, que las personas de fuera.
En cualquier tiempo que sea, hay muchas peor alimentadas que vosotras, a pesar de que tienen que trabajar.
Hace ya algunos días, nuestro hermano Mateo 3 nos escribía desde Lorena, y su carta, toda empapada en lágrimas, me indicaba las miserias de aquel país y especialmente las de más de seiscientas religiosas: «Padre, el dolor de mi corazón es tan grande, que no se lo puedo decir sin llorar, por la grandísima pobreza de estas buenas religiosas que socorre su caridad, y que yo no podría ni mucho menos expresar.
Sus hábitos casi no pueden ser reconocidos.
Están remendados de verde, de gris, de rojo; finalmente, de todo lo que pueden tener.
Han tenido que usar zuecos».
No se preocupan de tener suficiente pan.
Todas ellas son personas de buenas casas, que han tenido muchos bienes.
¿No sería una vergüenza para las Hijas de la Caridad, siervas de los pobres, si deseasen buenos platos, mientras que sus amos sufren de esta manera?
Así pues, tened por seguro que, si queréis ser de verdad buenas Hijas de la Caridad, es menester que seáis sobrias, que no gustéis de buenos guisados, tanto las viudas de gran condición como las que son verdaderamente de aldea.
Ninguna distinción, ninguna diferencia, cuando se es verdadera ________ 3.
Mateo Regnard nació en Brienne-Napoleón el 25 de julio de 1592.
Entró en la Congregación de la misión en octubre de 1631.
Pronunció los votos en octubre de 1644 y murió el 5 de octubre de 1669.
Fue el gran distribuidor de las limosnas de san Vicente en Lorena y le sirvió de mucho con su audacia, sangre fría y destreza. 95
Hija de la Caridad.
¿Y sabéis, mis queridas hermanas, de qué vivía la santísima Virgen cuando estaba en la tierra, y de que vivía nuestro Señor?
De pan.
Entró en casa del fariseo 4, nos dice la Sagrada Escritura, para comer pan; y en otros varios lugares, lo mismo.
Solamente se dice una vez que comió carne: fue cuando comió el cordero pascual con sus apóstoles; y otra vez que comió pescado asado.
¡Bendito sea Dios!
Las aldeanas, mis buenas hermanas, tal como era la gran santa Genoveva, tienen también una gran pureza; nunca se encuentran a solas con los hombres, ni les miran jamás al rostro, ni escuchan sus galanterías; no saben lo que es un piropo.
Si se dijese a una buena aldeana que es hermosa y gentil, su pudor no lo podría sufrir; ni siquiera comprendería lo que se le dice.
De la misma forma, hijas mías, es menester que las Hermanas de la Caridad no escuchen jamás tales palabras; porque aceptarlas con gusto sería un crimen; que ni siquiera contesten a ellas con palabras contrarias, porque todas esas maneras de entretenerse no valen para nada.
Tened mucho cuidado.
Y si las palabras son tan peligrosas, ¿qué sería de las acciones?
Hijas mías, jamás tenéis que estar solas con los hombres, aunque se trate de un sacerdote.
Tocar las manos de los pobres, ¡oh, no!, no hay que hacerlo, si no es por necesidad.
Preocuparse de si se les da gusto o no, no hay que pensar en ello, pero sin dárselo a entender y sin ofenderles.
Finalmente, hermanas mías, conoceréis que sois verdaderas Hijas de la Caridad si vuestro espíritu no se detiene en la compañía de los hombres más que para servir a vuestros pobres, sin más preocupación que vuestra obligación por el amor de Dios.
Y guardaos mucho de tener atractivos para los hombres, bien sea por vuestro ojos, o bien por vuestras palabras.
Sed también muy cuidadosas de no oír nada que pueda perjudicar en lo más mínimo a la pureza que tenéis que tener, para participar de la de las verdaderas campesinas, tal como fue santa Genoveva, que os tiene que servir mucho de ejemplo.
Mis queridísimas her________ 4.
Lc 7,36; 11,37; 14,1. 96
manas, ¡bendito sea Dios, que hasta ahora os ha preservado de todos estos peligros!
Os diré también, hermanas mías, que las verdaderas campesinas son muy modestas en su trato, mantienen su vista recogida, son modestas en sus hábitos, que son corrientes y vulgares.
Así tienen que ser las Hijas de la Caridad.
No tienen que entrar en las casas de los grandes a no ser cuando tengan algo que hacer allí por el servicio de los pobres, e incluso con miedo, sin observar lo que hay allí y hablando a todos con gran circunspección y modestia.
Últimamente me quedé muy edificado.
Había llevado a un buen hermano a un lugar en donde estuvimos algún tiempo; y como le preguntase algún detalle, me dijo: «¡Lo siento, Padre!
No sé nada.
No he observado nada.
No le podría decir lo que hay allí».
Esta modestia me impresionó mucho.
¡Bendito sea Dios, hijas mías!
Os digo esto para animaros a la práctica de esta virtud y para daros a conocer que si queréis ser verdaderas Hijas de la Caridad, os tiene que servir el ejemplo de la Santísima Virgen.
Ella tenía tan gran modestia y pudor que, aunque la saludaba un ángel para ser madre de Dios, sin embargo, su modestia fue tan grande que se turbó, sin mirarlo.
Esta modestia, mis queridísimas hermanas, os tiene que enseñar a no ofrecerles ningún atractivo a los hombres.
Hijas mías, ¡qué peligroso es esto!
Desconfiad siempre de vosotras mismas, y seguramente adquiriréis esta modestia tan necesaria.
Nuestra buena santa Genoveva amó también mucho la pobreza, como buena aldeana; y todas las buenas Hijas de la Caridad tienen que tomar afecto a la práctica de esta virtud.
Os hablo de la práctica, hijas mías; no bastaría con amar la virtud desde fuera; hay que amar las necesidades que pueden acontecer, y no quejarse de las que se sufren.
Querer tener lo que no se tiene hijas mías, no es la pobreza de las verdaderas campesinas, que se contentan con lo que son, bien sea en el vestir, bien en el alimento.
Y por lo que se refiere a sus bienes, nunca piensan en ellos, e incluso no presumen de los que tienen, sino que son 97
aficionadas a la pobreza.
Trabajan como si nada tuvieran; y en esto, hijas mías, se conocerá que sois verdaderas Hijas de la Caridad, si no ambicionáis nada, si os contentáis con lo que se os da, por la gracia de Dios.
Las que Dios llamó primero a vuestra manera de vivir han obrado de esta forma.
Hijas mías, ¿qué pensáis de la vida del Hijo de Dios y de la de su santa Madre?
Una vida de perfecta pobreza.
¿No os acordáis de que todos aquellos, a los que el Hijo de Dios llamó para que le sirviesen, aprendieron de él a practicar la pobreza? «Si queréis ser perfectos, dejadlo todo y seguidme» 5.
¿Habéis oído decir alguna vez, mis queridas hermanas, que se ha engañado quizás alguno de los que tuvieron confianza en Dios?
¡Ni mucho menos, hijas mías!
Dios es demasiado bueno, y sus promesas son verdaderas.
¿No sabéis que les ha prometido a todos los que dejen cuanto tienen por amor suyo que tendrán el céntuplo en este mundo y la gloria en el otro? 6, ¿No es verdad, mis queridas hermanas, que la mayor parte de vosotras habéis experimentado la verdad de estas promesas?
¿Cuántas madres y hermanas habéis encontrado por cada una de las que habéis dejado?
¿No es verdad?
Y todas las hermanas respondieron que sí.
Y sobre los bienes, yo estoy seguro, hijas mías, que vosotras habéis encontrado mucho más de lo que dejasteis, cualquiera que sea la pobreza que habéis guardado.
Estos últimos días, hijas mías, se ha dado cuenta de todos los gastos hechos desde que las primeras Hijas de la Caridad pusieron sus cosas en común.
¿A cuánto creéis que han subido los gastos?
A veinte mil libras, hijas mías.
¿Y de dónde ha venido todo esto, sino de la Providencia de Dios, como consecuencia de sus promesas?
Hijas mías, ¡bendito sea Dios!
¡qué bueno es fiarse de él Amad, pues, mucho la santa pobreza, que os hará poner toda vuestra confianza en Dios, y no os preocupéis más de vuestro alimento ni de vuestro vestido.
Aquel que mira por los ni________ 5.
Mt 19,21. 6.
Mt 20,29. 98
ños y por las flores de los campos no os faltará.
Se ha comprometido de palabra, y sus palabras son muy verdaderas.
¿Habéis visto jamás a personas más llenas de confianza en Dios que los buenos aldeanos?
Siembran sus granos, luego esperan de Dios el beneficio de su cosecha; y si Dios permite que no sea buena, no por eso dejan de tener confianza en El para su alimento de todo el año.
Tienen a veces pérdidas, pero el amor que tienen a su pobreza, por sumisión a Dios, les hace decir: «¡Dios nos lo había dado, Dios nos lo quita, sea bendito su santo nombre!» 7 Y con tal que puedan vivir, como esto no les falta nunca, no se preocupan por el porvenir.
Hijas mías, puesto que las primeras de vuestras hermanas fueron llamadas principal y primeramente de entre las buenas campesinas y de las que tenían más este espíritu de pobreza, ¿no tenéis motivos para conocer, por la práctica de esta virtud, si sois verdaderas Hijas de la Caridad?
Tenéis que practicarla en este punto: no preocuparse del porvenir; hacer vuestros gastos todo el año según vuestra costumbre y, si os sobra, traedlo a la casa, y esto para ayudar a educar a las hermanas para servir a los pobres.
No tenéis derecho más que para vivir y vestiros; el resto pertenece al servicio de los pobres.
Hijas mías, ¿no habéis oído decir alguna vez que Dios escogió a los pobres para hacerlos ricos en la fe? 8 ¿Y qué creéis que es esta elección que ha hecho Dios de las campesinas?
Hasta el presente, las religiosas llamadas al servicio de Dios eran todas ellas hijas de casas ricas.
¿Qué sabéis, digo yo, hijas mías, si, al llamaros Dios para su gloria y para el servicio de los pobres, su bondad no quiere quizás probar vuestra fidelidad para mostrar esta verdad, que Dios escogió a los pobres para hacerlos ricos en la fe?
La fe es una gran posesión para los pobres, ya que una fe viva obtiene de Dios todo cuanto razonablemente queremos.
Hijas mías, si sois verdaderamente pobres, sois también verdaderamente ricas, ya que ________ 7.
Job 1,21. 8.
Sant 2,5. 99
Dios es vuestro todo.
Fiaos de él, mis queridas hermanas.
¿Quién ha oído decir jamás que los que se han fiado de las promesas de Dios se han visto engañados?
Esto no se ha visto nunca, ni se verá jamás.
Hijas mías, Dios es fiel en sus promesas, y es muy bueno confiar en él, y esa confianza es toda la riqueza de las Hijas de la Caridad, y su seguridad.
¡Qué felices seréis, hijas mías, si no os falta nunca esta confianza!
Porque seréis entonces verdaderas Hijas de la Caridad, y participaréis del espíritu y de las buenas prácticas de las verdaderas aldeanas, que tienen que ser vuestro modelo, ya que Dios se ha servido primero y principalmente de ellas, para empezar vuestra Compañía.
¡Bendito sea Dios, hijas mías, que nos hace conocer en santa Genoveva la bondad de las verdaderas campesinas!
¡Qué consuelo siento, mis queridísimas hermanas, cuando me encuentro con alguna de vosotras. que sé que tiene este espíritu y virtudes verdaderamente generosas!
Sí, hijas mías, hay entre vosotras algunas dignas de admiración.
¡Bendito sea Dios, hijas mías!
Cuando veo y me encuentro por los caminos a personas de condición que tienen verdaderamente el espíritu de las buenas aldeanas, que llevan un cesto a la espalda, que van cargadas por las calles y caminan con modestia que da devoción, hermanas mías, ¡cuánto consuelo me da esto!
¡Bendito sea Dios por las gracias que les concede!
Una de las principales virtudes de las Hijas de la Caridad que tienen las cualidades de las campesinas, es la santa obediencia.
Hijas mías, esta virtud es tan necesaria o más que cualquier otra, ya que tenéis que practicarla igualmente en las cosas difíciles que en las fáciles.
Tenéis que ir tanto a los lugares a los que tengáis repugnancia como a los que deseáis, y esto sin ninguna queja, pensando siempre que es preciso obrar así, ya que vuestros superiores lo ordenan, y que, por consiguiente, tal es la voluntad de Dios.
Sed dóciles y manejables bajo la guía de la divina Providencia, lo mismo que un caballo con su jinete; id unas veces por la derecha, otras por la izquierda, tal como se os ordena.
Pero los sentidos dirán: «Empezaba a acostum100
brarme a esta parroquia, a este barrio, a estas damas» «¡No importa!
La obediencia es la que me saca; hay que salir con prontitud y alegría».
¿No sabéis, hijas mías, que no hay que tener en el mundo ninguna amistad que pueda perjudicar al amor que habéis de testimoniar a Dios por vuestra sumisión y obediencia?
No hay mayor obediencia que la de las verdaderas aldeanas.
Vuelven de su trabajo a casa, para tomar un ligero descanso, cansadas y fatigadas, mojadas y llenas de barro; pero apenas llegan, tienen que ponerse de nuevo a trabajar, si hay que hacer algo; y si su padre y su madre les mandan que vuelvan, en seguida vuelven, sin pensar en su cansancio, ni en el barro, y sin mirar cómo están arregladas.
Así es cómo tienen que hacer las verdaderas Hijas de la Caridad.
Vuelven a mediodía del servicio a los enfermos para tomar su comida, pero si el médico o alguna hermana dice: «Hay que llevar este remedio a un enfermo», no tiene que fijarse en qué situación están, sino olvidarse de todo por obedecer, y preferir la comodidad de los enfermos a la suya.
En esto, mis queridísimas hermanas, es donde conoceréis que sois verdaderas Hijas de la Caridad.
¡Bendito sea Dios, hermanas mías!
Creo que estáis casi todas en esta disposición.
¿Pero sabéis, hijas mías, cómo se deben hacer estos actos de obediencia?
Con alegría, mansedumbre y caridad, y no por mera obligación, ni de una forma negligente, sino con tal fervor que demostréis que no queréis ahorrar vuestro esfuerzo en el servicio de Dios al servir a vuestros pobres, y sin fijarse en los lugares a donde se os envía, ni en las personas que os mandan, sino estar dispuestas a cambiar de lugar, bien sea París, o bien los pueblos, un lugar cercano o apartado.
De esta forma, mis queridas hermanas, seréis verdaderas Hijas de la Caridad, imitaréis a nuestro Señor y a la santísima Virgen en su obediencia, cuando se os mande quedar o cambiar de lugar, por orden y designio de la divina Providencia, a la que tenéis que ver siempre en los motivos para practicar la santa obediencia.
En nombre de Dios, hijas mías, tened mucho cuidado en la obligación que tenéis de haceros virtuosas, si queréis que Dios 101
os conceda la gracia de ser verdaderas Hijas de la Caridad.
Si supieseis la obligación que tenéis de perfeccionaros y qué desgracia es hacerse indigna de una tan santa vocación, hermanas mías, lloraríais lágrimas de sangre.
Sí, hijas mías, os lo digo una vez más: ser llamadas por Dios para una obra tan santa, y no reconocer en la práctica sus obligaciones, merecería ser llorado con lágrimas de sangre.
Es un pensamiento que he tenido hoy, hermanas mías, miserable de mí, al verme tal como soy, en un estado que debería hacerme tan perfecto; hermanas mías, tengamos juntamente mucho miedo.
Tenéis que tener muchas veces este pensamiento y decir: «Dios mío, me has escogido a mí, pobre e indigna criatura, para ponerme en un estado que sólo tú conoces (sí, hijas mías, sólo Dios sabe la perfección de vuestro estado) y yo soy un cobarde, al no trabajar por tener las condiciones requeridas».
¡Qué desgraciadas seríais si, por vuestra culpa, perdierais vuestra vocación, o si, por vuestra cobardía, no os esforzaseis en adquirir la perfección que Dios quiere en aquellas que le sirven en este estado!
Pensad en ello, hijas mías, pensad en ello muchas veces, pero en serio, y como en una cosa de la mayor importancia. «¡Oh!
¡Yo he sido elegida y escogida para una vocación tan santa, y pongo tan poco cuidado en ello!».
Si supieseis lo que es esta infidelidad, sentiríais horror de ella.
Por eso, hijas mías, tomad de nuevo buenas y valientes resoluciones de estimar más que nunca vuestra vocación y de intentar trabajar con mayor fidelidad en la perfección que Dios os pide.
Todas las hermanas dijeron que tenían estas disposiciones.
¡Bendito sea Dios!
¡Bendito sea Dios, hermanas mías!
Sabed, hijas mías, que si alguna vez os he dicho algo importante y verdadero, es lo que acabáis de oír: que os tenéis que ejercitar en manteneros en el espíritu de verdaderas y buenas campesinas.
Vosotras, a las que Dios, por su gracia, lo ha dado naturalmente, dadle gracias por ello, y las que no lo tenéis, trabajad en adquirir la perfección que os acabo de indicar en las verdaderas campesinas.
Si alguna de las familias más elevadas se presenta en vuestra casa, con el deseo de entrar en vuestra 102
Compañía, hermanas mías, es preciso que sea para vivir en el cuerpo y en el espíritu como las jóvenes que tienen verdaderamente las virtudes de las campesinas, tal como las tuvo nuestra gran santa Genoveva, tan honrada ahora por su sencillez, su humildad, su sobriedad, su modestia y obediencia, y todas las demás virtudes que hemos advertido en las buenas aldeanas.
¡Bendito sea Dios!
¿pero qué digo?
Hay más todavía: ésa era la práctica del Hijo de Dios en la tierra, cuya vida tenéis que honrar vosotras especialmente en vuestras acciones.
Que el Espíritu Santo derrame en vuestros corazones las luces que necesitáis, para caldearlo con un gran fervor y 'laceros fieles y aficionadas a las prácticas de todas estas virtudes, para que, por la gloria de Dios, estiméis vuestra vocación en cuanto vale y la apreciéis de tal manera que podáis perseverar en ella el resto de vuestra vida, sirviendo a los pobres con espíritu de humildad, de obediencia, de sufrimiento y de caridad, y seáis bendecidas.
En el nombre el Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. 14(14,IX,94-113) C ONFERENCIA DEL 26 DE ABRIL DE 1643 Sobre la unión entre los miembros de la Comunidad EL 26 de abril, el Padre Vicente, nuestro muy honorable Padre, nos hizo la caridad de darnos una conferencia sobre el peligro de la desunión en la Compañía de Hijas de la Caridad y nos dijo: — Hijas mías, el tema que hoy tenemos es de grandísima importancia, pues se relaciona nada menos que con la continuación o la disolución total de vuestra Compañía.
Por eso, hermanas mías, es preciso que cada una en particular eleve su espíritu a Dios, que nos pongamos en su presencia y que le su________ Conferencia 14.— Arch. de las Hijas de la Caridad, el original es manuscrito de Luisa de Marillac. 103
pliquemos a su bondad que nos dé los pensamientos que necesitamos para ello.
En las conferencias anteriores, he observado que teníais necesidad de alguna ayuda para encontrar los motivos, las razones de las cosas que se os proponían.
Por eso he pensado que valía la pena cambiar de método, para daros mayor facilidad en comprender las cosas que se os enseñan, y esto os servirá mucho para hacer oración.
Os hablaré por medio de preguntas, como se hace en el catecismo.
Esta conferencia tiene tres puntos.
El primero es sobre las razones que hay para desear que no haya nunca desunión en vuestra Compañía.
¡Hijas mías, qué justo es que lo deseemos mucho' Si hay algunas que no pueden responder, les ruego que no se preocupen, porque las que saben hablar poco a veces obran mejor, y las que comprenden y dicen bien las cosas que se les proponen, a veces no obran tan bien, a pesar de que también hay quienes dicen y obran bien.
Es preciso, hijas mías. que las que dicen bien se humillen mucho (es una gracia de la que conviene que muestren su agradecimiento al Señor), y que las que no pueden comprender lo que se les propone, ni decir lo que piensan, confíen en Dios y tomen nuevas resoluciones de obrar bien.
Bien, hermana mía, dígame qué razones tenemos para desear que no haya nunca desunión en la Compañía, bien sea en particular en alguna de las hermanas, o bien en general, como si toda la Compañía estuviese dividida queriendo unas una cosa y las otras otra.
En primer lugar, ¿qué os parece que significa la palabra desunión?
Es una cosa que tiene que estar entera y que se separa.
Por ejemplo, aquí está mi cuerpo: todos mis miembros juntos forman un sólo cuerpo; están unidos entre sí, mientras están unidos al cuerpo; pero, si me cortasen la mano, ¿no veis que habría entonces desunión?
Pues bien, lo que constituye la unión en el cuerpo de la comunidad es la uniformidad: la observancia de las mismas reglas, una misma manera de vestir, un mismo acuerdo.
No habría unión si las hermanas tuviesen deseos con104
trarios y murmurasen; ¡que Dios libre a vuestra Compañía de todo esto!
Diga, pues, hermana mía.
— Me ha costado mucho entender lo que significa esa palabra unión.
He creído, Padre, que se trataba de una virtud que su caridad nos ha enseñado muchas veces, y que tenemos que tenerla todas juntas para cumplir la voluntad de Dios.
— ¿Y usted, hermana?
¿Por qué razón tenemos que desear que no haya nunca desunión en la Compañía?
— Señor, es que donde hay unión y acuerdo hay también amor a Dios y al prójimo; y donde hay desunión, nos encontramos con el odio a Dios y al prójimo.
— ¿Y usted, hermana?
— Me parece que la unión es causa de paz y de tranquilidad, y que la desunión origina la guerra y la inquietud.
— Dice usted bien, hermana.
Fijaos, hermanas mías, todas las guerras y las miserias que veis, vienen de la desunión, que causa siempre turbación e inquietud.
Otra hermana dijo: la unión conserva a las personas en SU vocación, y la desunión la hace perder con frecuencia.
— Esto es lo que ordinariamente sucede, hermanas mías.
Bien, continuemos, espero que esta manera de conferencia servirá más que las otras.
¿No os parece?
Todas dijeron que así lo creían.
— Bendito sea Dios, hermanas mías; siento en mi corazón tanto consuelo y edificación como confusión tuve en la última; no por vosotras, no, hermanas mías, sino por mis propias miserias.
¿Y usted, hermana?
¿Qué razones tenemos para desear que haya siempre unión en la Compañía?
— Señor, me parece que la desunión es semejante a un edificio que se derrumba.
— Tiene razón, hermana.
Veis una casa bien construida y que parece muy sólida; si empieza a resquebrajarse, por ejemplo, si falla una viga, no solamente caería la viga sino también el techo; de esta forma, en vez de unión la casa estaría en 105
confusión.
Por eso, cada particular tiene que procurar evitar la discordia, porque infaliblemente, si no se remedia, todo el cuerpo se resentirá.
Usted, hermana, la que viene a continuación, díganos alguna razón.
— Señor, una razón muy poderosa es que la unión alegra o contenta a Dios, que está siempre donde hay paz.
Por el contrario, la desunión alegra al diablo; el corazón desunido se parece al infierno; está siempre en la inquietud y la zozobra; la discordia, que nace de la desunión, lo pone todo en continuo desorden.
— Hija mía, ¡cuán cierto es lo que dice!
Otra hermana dijo: — La unión es la imagen de la santísima Trinidad, que se compone de tres personas, unidas por amor.
Si estamos muy unidas juntamente, todas no seremos más que una misma voluntad y una gran conformidad; la desunión, por el contrario, nos ofrece la imagen del infierno, donde los demonios están en continua discordia y odio.
— Ved, pues, hijas mías, cuán obligadas estáis a manteneros en la unión, que tanto agrada a Dios, que tanto disgusta al diablo y que tan útil OS resulta a vosotras mismas.
Agradeced mucho a Dios la gracia que os concede de conocer esta verdad.
¿Y usted, hermana?
¿Qué razón tenéis para que la Comunidad de Hijas de la Caridad esté siempre en una perfecta unión?
— Me parece, Padre, que la unión tiene que alegrar a Dios, porque donde está la paz, allí está Dios; y que, por el contrario, la desunión disgusta a Dios y alegra al diablo, que no busca más que la discordia y la desunión para perdernos.
— Bien dice, hermana; Dios no quiere habitar en donde hay desunión, y para señalarnos esto, al aparecerse a sus apóstoles después de su resurrección, sus primeras palabras son estas: «¡La paz sea con vosotros!» 1 ________ 1.
Lc 24,36. 106
¿Y usted, hermana?
— La unión me parece que es la imagen de la Santísima Trinidad.
Las tres personas no son más que un solo y mismo Dios; están unidas desde toda la eternidad por el amor.
De esta forma nosotras no tenemos que ser más que un solo cuerpo en varias personas, unidas juntamente con vistas a un mismo fin, por amor a Dios.
Por el contrario, la desunión me parece que es la imagen del infierno, donde los diablos y los condenados están en perpetua discordia y odio.
— Hermanas mías, fijaos, esta hermana está en lo cierto.
En el cielo no puede haber ninguna desunión.
Hubo una en cierta ocasión; ¿sabéis cómo?
Lucifer y una parte de los ángeles, al querer elevarse por encima de su ser, fueron precipitados inmediatamente al infierno; y los que quedaron unidos en obediencia y sumisión a Dios permanecieron y permanecerán eternamente en el cielo.
Si hubiese entre vosotras desunión y no se pusiese remedio, habría que separar necesariamente a las que fuesen causa de ella.
Otra hermana dijo: — La unión es tan excelente que Nuestro Señor quiso darse a nosotros bajo ese hermoso nombre de comunión.
Por eso, tenemos que desear grandemente que la unión permanezca siempre entre nosotras, ya que Dios la quiere tanto.
— ¿Y usted, hermana?
¿Que le parece?
— Puesto que la unión es causa de tan grandes bienes y, por el contrario, la desunión causa tan grandes males, me parece, Padre, que tenemos que hacer todo lo posible para mantener la unión entre nosotras.
— Pido a Dios con todo mi corazón, hijas mías, que os conceda siempre la gracia de pensar en esta necesidad de la unión, y os conserve el recuerdo de todos los males que causa la desunión que vosotras mismas habéis señalado; rompe el amor de Dios y del prójimo, engendra odios e inquietudes, hace perder la vocación, contrista a Dios, hace a las almas indignas de la santa comunión, o separa a las unas de las otras; entre vosotras, hijas mías, la desunión provocaría todos estos desórdenes 107
y muchos otros, mientras que la unión os traería muchos bienes en las comunidades y en todas partes donde os encontréis.
Otra hermana dijo: — Me parece que una de las razones más poderosas que tenemos para impedir que haya desunión entre nosotras es que, si estuviésemos en discordia, disgustaríamos a Dios, que quiere tanto la unión, no sólo entre las criaturas racionales, sino también entre todas las cosas creadas por su omnipotencia, que las ha provisto a todas en su naturaleza de medios de unión, incluso en las cosas contrarias.
Y como el designio de Dios, en la creación de nuestras almas, ha sido el de unirnos a él y, para ayudarnos a ello, envió a su Hijo a la tierra, seríamos muy miserables si no amásemos la unión, y nos pusiésemos en peligro. por la desunión y la discordia de perder lo que Dios nos ha dado por su amor.
Eso sería oponerse directamente a la santísima voluntad de Dios.
Otra razón para manternos siempre en una perfecta unión es que la desunión en la Compañía sería un obstáculo para la recepción de las gracias de Dios, de las que tanta necesidad tiene para perdurar; podría suceder que fallase o, lo que sería peor, que fuese un escándalo para el mundo y que Dios quedase sin ser glorificado por los servicios que su bondad quiere que se le hagan al prójimo por su amor.
— Hijas mías, si llegase a haber desunión entre vosotras, podría ser que Dios, irritado, deshiciese vuestra Compañía.
Lo cual no sucedería sin grave daño para todas aquellas que lo hubiesen ofendido de esa manera, pues bien se lo merecerían; pero, ¡que desgracia si se considera el bien que se hace, y, más todavía, el que se podría hacer!
¿Habría un infierno bastante riguroso para castigar a los que hiciesen semejante mal?
Hijas mías tened mucho cuidado.
¡Bendito sea Dios por inspirar el tema de esta conferencia!
Espero que resultará de esto un gran bien; me siento muy consolado.
Y vosotras, hijas mías, ¿no os parece necesario que tratemos de esta materia?
Todas las hermanas mostraron su alegría por esta conversación. 108
— ¡Bendito sea Dios, hijas mías!
Su bondad es la que os ha inspirado a todas decir lo que habéis dicho.
Pero Esforzáos en sacar provecho de todo, porque puede ser para vosotras una notable instrucción, incluso tan útil como un sermón.
Pero, ¿qué es lo que digo?
Sin duda alguna, lo que Dios os hace decir a vosotras tiene que ser un buen sermón.
¡Animo, hermanas mías!
Mirando siempre a la que hablaba, dijo: dígame alguna razón, hermana.
Tenemos que temer mucho la desunión, porque si dos hermanas visitan mucho a los enfermos y tienen entre ellas alguna discordia, es muy difícil que no salga a relucir; y con esto el prójimo quedaría escandalizado.
— Ved, hermanas mías, cuán cierto es lo que dice esta buena hermana, que la desunión hace que, si una quiere una cosa la otra quiera otra distinta, la gente que se da cuenta de ello queda desedificada, y los pobres tendrán motivos para no recibir con agrado los consejos que les den por su bien.
Dirán: «Ved esas Hijas de la Caridad; no están de acuerdo entre sí».
Hermanas mías, la desunión, incluso entre particulares, dirige fácilmente a una comunidad hacia su ruina.
Mi cuerpo es uno en todos sus miembros; si se hace solamente en mi mano una incisión que separe las carnes, todo el cuerpo se resentirá.
Lo mismo sucede con las comunidades: cuando hay una parte en discordia, todo el resto padece; y los que se dan cuenta de ello se escandalizan y no solamente dicen: «Son Juana y Margarita las que se portan de esa manera»; sino que «son las Hijas de la Caridad».
Por solamente dos que estén desunidas, el cuerpo entero de las Hijas de la Caridad padece y sufre escándalo; pero si todas están unidas, entonces edifican al prójimo, y se da gloria a Dios.
Otra hermana dijo: — Señor, la desunión es una cosa muy mala, porque arroja a Dios de nuestra alma, y no podemos acercarnos a la santa Comunión cuando estamos en discordia.
— Hijas mías, esa es una buena observación, porque Dios prohíbe que se acerquen al santo altar aquellos que están, des109
unidos con el prójimo; lo ha dicho con estas palabras: «Si vas a ofrecer el sacrificio y recuerdas que tienes algo contra tu prójimo, vuelve a reconciliarte con tu prójimo» 2.
Sí, hijas mías, ¡ir a la santa Comunión con la desunión en el corazón, mientras uno está en discordia contra el prójimo, hay que guardarse mucho de ello!
Sería superar en crueldad a aquel juez que, para hacer morir miserablemente a un hombre, ordenó que fuese atado con un cadáver boca a boca, estómago a estómago, a fin de que, a medida que el cuerpo se corrompiese, la podredumbre infectase al vivo, y lo llevase poco a poco a la muerte.
Sería peor y más indigno todavía alojar a Dios, que es la vida misma y el autor de la vida, en un corazón infectado por la desunión.
¿No sería querer poner a Jesucristo con los diablos?
Ved, hijas mías, si no tenemos motivos para temer la desunión entre vos otras, ya que os podría ser tan perjudicial.
¡Bendito sea Dios por el conocimiento que os da de todo esto!
Es preciso usar bien de esta gracia.
Una hermana dijo: — La desunión entre nosotras sería un gran mal, porque Dios no podría aceptar el servicio que le hacemos; sería ofendido por las que deberían glorificarle.
Engendraría entre nosotras aversiones y murmuraciones, y los enfermos no podrían ser atendidos con caridad.
Por eso, tenemos que evitar con cuidado que haya desunión entre nosotras, tanto en general como en particular.
— Por lo que a mi se refiere, dijo otra hermana, he pensado que si tuviese desunión no podría sucederme nada peor y que mi alma estaría en medio de grandes inquietudes.
— Es verdad, hermana.
¿Y usted, hermana?
— He pensado, Padre, que tenemos que desear estar siempre juntas en unión, porque la desunión es contraria a la caridad que hemos de tener unas con otras.
Y Dios, para castigarnos por estas faltas, retiraría sus gracias.
— Yo he pensado que, si hubiese desunión entre nosotras, ________ 2.
Mt 5,23-24. 110
Dios ya no se serviría de nosotras para cooperar en las gracias que quiere conceder a los pobres que tenemos que servir.
— ¿Y usted, hermana?
— Me parece que tenemos que impedir todo lo que podamos que la desunión se introduzca en nuestra Compañía, porque no solamente estaríamos desunidas corporalmente, sino, lo que es peor, estaríamos desunidas con Dios y no podríamos llegar a la perfección que él nos pide.
Otra hermana observó que nos sería difícil tener unión y caridad con los extraños, si nos habituásemos a estar desunidas entre nosotras.
— Me parece, dijo otra, que hemos de tener mucho cuidado de tener siempre unión entre nosotras, para servir de ejemplo a las que vengan después, y para hacernos agradables a Dios; si estuviésemos desunidas, nos pareceríamos a las vírgenes fatuas 3, que no tenían aceite en su lámpara, porque estaríamos sin caridad.
Otra hermana dijo que había que desear mucho la unión entre nosotras por el amor de Dios, al que tenemos que amar mucho.
— Yo he pensado, añadió otra, que teníamos que amar mucho la unión, porque la desunión fue la que hizo condenar a Lucifer.
— Bien dicho, hermana.
Lucifer estaba unido con Dios perfectamente, como los demás ángeles; la desunión se introdujo entre los ángeles, y los que la causaron fueron echados del paraíso y enviados al infierno por toda la eternidad.
Hijas mías, ¡qué peligroso es estar en desunión!
Sois felices porque Dios os ha concedido la gracia de no conocer este peligro.
— Una señal de que Dios nos quiere siempre unidas, observó una hermana, es que, en las mismas cosas de la naturaleza, los contrarios tienen medios para unirse.
Hemos de creer que su finalidad en nuestra creación es la unión de nuestras almas con él, lo cual supone la unión con el prójimo, porque de otra ________ 3.
Mt 25,1-13. 111
forma estaríamos sin la caridad, que es necesaria para la unión con Dios.
Otra razón de esta misma hermana es que la desunión en la compañía produciría una oposición a las gracias que necesita para su continuidad; de ahí provendría quizás que fallaría, o lo que sería peor, que sería escándalo para el mundo, y que Dios dejaría de ser glorificado por los servicios que su bondad quiere obtener de ella.
— ¡Hijas mías, bendito sea Dios!
¡Bendito sea Dios!
Os aseguro que esta manera de platicar me edifica mucho.
No sería capaz de deciros el consuelo que siento, con la esperanza de que esto os servirá para que aprendáis por este medio a descubrir las razones para obrar o decir las cosas que se os propongan.
Creo que las que no han hablado indicarían otras varias razones; pero lo que se ha dicho nos muestra abundantemente que tenemos muchas razones para seguir siempre en una gran unión de las unas con las otras, porque vemos que la unión es causa de toda clase de bienes, tanto espirituales como temporales, y la desunión es la causa de todos los males, como por otra parte nos enseña la misma experiencia.
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