Conferencia · tomo IX-A

CONFERENCIA DEL 5 DE JULIO DE 1640 Sobre la vocación de Hija de la Caridad

5 DE JULIO DE 1640

Tipo
Conferencia
Autoría / fuente
San Vicente de Paúl
Tomo
IX-A
Extensión
4.465 palabras
Página inicial
20 (PDF)
Asunto principal
La Vocación De Hija De La Caridad
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2(2,IX,14-18) C ONFERENCIA DEL 5 DE JULIO DE 1640.

Sobre la vocación de Hija de la Caridad El tema de la conferencia es sobre lo bueno que es ser Hijas de la Caridad: lo que significa y lo que es necesario para ser verdaderas y buenas Hijas de la Caridad.

La felicidad del cristiano está en permanecer siempre en el ________ Conferencia 2.

— Arch. de las Hijas de la Caridad; el original es manuscrito de Luisa de Marillac. 32

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estado que los hace más agradable a Dios, de forma que no haya nada en ellos que le pueda disgustar.

Dos clases de personas en el mundo pueden permanecer en este estado: las primeras están en su ocupación y solamente se preocupan en el cuidado de su familia y en la observancia de los mandamientos; las segundas son aquellas a las que Dios llama al estado de perfección, como los religiosos de todas las Ordenes y también aquellos que El pone en comunidades como las Hijas de la Caridad, las cuales, aunque por ahora no tengan votos 1, no dejan de estar en este estado de perfección, si son verdaderas Hijas de la Caridad.

Pues bien, para ser verdaderas Hijas de la Caridad, es preciso haberlo dejado todo: padre, madre, bienes, pretensión de tener un ajuar; es lo que el Hijo de Dios enseña en el Evangelio 2.

Además hay que dejarse a sí mismo, pues, si se deja todo y se reserva uno su propia voluntad, si no se deja a sí mismo, no se ha hecho nada.

Ser Hijas de la Caridad, es ser hijas de Dios, hijas que pertenecen por entero a Dios, pues el que está en la caridad está en Dios, y Dios en él 3.

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Hay que cumplir enteramente la voluntad de Dios observando sus mandamientos y los de la santa Iglesia, obedeciendo a los superiores, observando el reglamento y guardando la uniformidad.

Sí, hijas mías, hay que trabajar seriamente en todo esto.

Hasta ahora mis quehaceres me han impedido ayudaros; pero muchas veces los remordimientos de conciencia que siento, me hacen tomar la resolución de hablaros cada quince días sobre este tema.

Por tanto, hay que revisar vuestro reglamento y obrar de manera que, aunque estéis en diversos lugares vuestros ejercicios, vuestra oración y vuestras preces antes de la comida se tengan a la misma hora.

Pasemos a los medios para ser buenas Hijas de la Caridad.

Hay que pedírselo a Dios con frecuencia en todas vuestras ora ________ 1.

Luisa de Marillac y otras cuatro hermanas hicieron los votos por primera vez el 25 de marzo de 1642. 2.

Lc 14,33. 3. 1 Jn 4,16. 33

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ciones, ofrecerle todas vuestras acciones por este fin, ya que por vosotras mismas no podéis obtener este gran bien.

Pobres aldeanas, porqueras como yo, no tenemos que presumir de nosotros mismos.

El segundo medio es querer ser verdaderas Hijas de la Caridad.

¿No lo queréis así todas?

¿No os decidís ahora a ello?

Después de haber obtenido el consentimiento de todas, el Padre Vicente añadió: Haced ahora este acto; decid todas en vuestros corazones: «Sí, Dios mío, deseo con todo mi corazón y quiero ser verdadera Hija de la Caridad, con la ayuda de tu santa gracia».

Así es como se hacen los actos interiores, como también los de fe, esperanza y caridad.

Para ser verdaderas Hijas de la Caridad, hay que hacer lo que hizo el Hijo de Dios en la tierra.

¿Y qué es lo que hizo principalmente?

Después de haber sometido su voluntad obedeciendo a la santísima Virgen y a san José, trabajó continuamente por el prójimo, visitando y curando a los enfermos, instruyendo a los ignorantes para su salvación.

¡Qué felices sois, hijas mías, por haber sido llamadas a una condición tan agradable a Dios!

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Pero habéis de tener también mucho cuidado en no abusar y en trabajar por perfeccionaros en esta santa condición.

Tenéis la dicha de ser las primeras llamadas a este santo ejercicio, vosotras, pobres aldeanas e hijas de artesanos.

Desde el tiempo de las mujeres que servían al Hijo de Dios y a los apóstoles, no se ha hecho en la Iglesia de Dios ninguna fundación para este fin.

Humillaos mucho y velad por haceros todas perfectas y santas, puesto que no podéis esperar que las que vengan después de vosotras, para seguir vuestro ejemplo, sean mejores que vosotras, ya que de ordinario cada cosa produce algo semejante a ella misma.

Por tanto, no rebajéis vuestra condición, o, más bien, no la deshonréis, no seáis causa con vuestro ejemplo de que unas mujeres imperfectas se vean encargadas de un oficio tan digno.

Como, en el decurso del tiempo, las hermanas habían tomado algunas costumbres que perjudicaban a su perfección, se 34

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plantearon dos cuestiones; en primer lugar, si ofendían a Dios quejándose de sus compañeras unas con otras.

El Padre Vicente respondió que nada rompía tanto la unión y la caridad como este defecto, y que antiguamente, en una comunidad, cuando los religiosos se visitaban su primera palabra era: «Hermano dígame alguna buena palabra que me edifique».

Igualmente, añadió nuestro veneradísimo Padre, cuando os visitéis, cuidad de no decir nada que os escandalice.

Si sois Hijas de la Caridad, es preciso ante todo que la tengáis entre vosotras; ¿no lo queréis así?

Y preguntando a todas, les hizo prometer que se excusarían entre sí.

También preguntaron si, cuando estaban descontentas, bien sea de su superiora, bien del trabajo que tenían con los enfermos o en la casa, o bien cuando tenían alguna tentación y tristeza y cuando todas estas penas les hacían pensar en salirse de la Caridad, hacían bien las hijas en consolarse entre sí, y si, cuando el superior o la superiora eran avisados de sus faltas, podían dirigir sus sospechas sobre ésta o aquélla, enfadarse y murmurar de ella.

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Sobre el primer punto, el Padre Vicente, nuestro veneradísimo superior nos hizo ver que estos desahogos son contagiosos y que las hermanas que se consuelan de esta forma comunican su mal a las demás y quizás las hieren de muerte.

Si éstas murmuran y salen de la Caridad, las que les han desedificado con sus malas conversaciones tendrán que responder ante Dios de toda la gloria que ellas le hubieran dado, de todo el servicio que ellas hubieran podido hacer y de todo el bien que hubieran hecho en la Compañía.

De esta forma hemos visto cuán grande era ese mal y con qué cuidado teníamos que evitarlo.

A propósito de los avisos de las faltas, el Padre Vicente dijo: Hijas mías, no solamente no tenéis que enfadaros cuando sabéis que algunas de vuestras acciones han sido manifestadas a vuestros superiores, sino que tenéis que desearlo.

¿Por qué creéis que todas las órdenes religiosas y todas las comunidades 35

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lo hacen así?

Sin ese bien no podrían subsistir, ¿Cómo podría un superior guiar a los suyos, si están a cien leguas, poco más o menos, sin esta ayuda?

¿Cómo podríamos nosotros, en nuestras casas, y en las parroquias, guiaros sin estas advertencias?

¡Oh!

Creed que es totalmente necesario y una de las mejores prácticas de las comunidades.

Un superior o una superiora encargada de muchos asuntos no podría saber lo que sucede en la casa sin ese medio.

Pues bien, hijas mías ¿no creéis que es esto necesario?

Así lo confesaron todas y prometieron no tomarlo nunca d mal, ni quejarse de ello, como también no desahogarse de esas penas.

¡Animo, hijas mías!

¡bendito sea Dios por las buenas resoluciones que acabáis de tomar para su servicio!

Ellas os perfeccionarán en la vocación a la que se os ha llamado.

Suplico a su bondad que os dé las gracias necesarias para guardarlas, y para uniros cada vez con mayor perfección en su santo amor.

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Amén.

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2 (¡pobre párroco!).

Tenía un pueblo tan bueno y tan obediente para hacer todo lo que le mandaba que, cuando les dije que vinieran a confesarse los primeros domingos de mes, no dejaron de hacerlo.

Venían y se confesaban, y cada día iba viendo los progresos que realizaban sus almas.

Esto me daba tanto consuelo y me sentía tan contento, que me decía a mí mismo: «¡Dios mío!

¡Qué feliz soy por poder tener este pueblo!».

Y añadía: «Creo que el papa no es tan feliz como un párroco en medio de un pueblo que tiene un corazón tan bueno».

Y un día el señor cardenal de Retz 3 me preguntó: «¿Qué tal, Padre?

¿cómo está usted?».

Le dije: «Monseñor, estoy tan contento que no soy capaz de explicarlo». «¿Por qué?». «Es que tengo un pueblo tan bueno, tan obediente a cuanto le digo, que me parece que ni el santo padre ni su eminencia son tan felices como yo».

Sí, hermanas mías, esto da un consuelo admirable, al ver cómo un rebaño camina con obediencia.

Hermana, dijo el Padre Vicente, ¿cuáles son las ventajas que se siguen de la obediencia?

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— Padre, me parece que la virtud de la obediencia no va nunca sola, sino que ordinariamente va acompañada de otras muchas virtudes, especialmente de la humildad, del amor de Dios y otras muchas.

— Bien dicho, hija mía; la obediencia no va nunca sola; porque la veréis junto con el temor de Dios, el amor al prójimo, a la vocación y a todas las demás virtudes.

¿No veis, por el contrario, mis queridas hermanas, la verdad de esto?

Dadme una hermana que no sea obediente.

Observadla bien.

Veréis que le ________ 2.

En Clichy, cerca de París. 3.

Enrique de Gondi, Obispo de París desde 1598 a 1622. 580

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falta todo y que no tiene virtudes ni amor de Dios, ya que ese amor no es bastante fuerte para obligarle a pedir permiso de lo que hay que hacer.

En fin, como ha dicho nuestra hermana, el ser obediente es signo, y muy claro, de una gran virtud.

Por el contrario, la desobediencia es señal de que hay poca virtud.

Hermana, un seglar no se escandalizaría si pidiese a una hermana que fuera a un lugar, que le hiciera tal y tal cosa, y la hermana le dijese: «Señor, me gustaría hacerlo, pero no puedo sin permiso».

Y si alguno os regalase ropa, o unas Horas o algo semejante, ¿creéis que vería mal que no lo aceptaseis sin permiso?

— No, Padre; por el contrario, esto le daría buen ejemplo.

— Y si os diesen unos zapatos, un rosario, o cualquier otra cosa, ¿creéis que deberíais tomarlo?

— No, Padre.

— Y si insistiesen para que lo aceptarais, tendríais que responder: «Señor, no puedo tomar nada sin permiso».

¿Creéis que se sentiría poco edificado con eso?

Por el contrario, vería con admiración que unas pobres hermanas viven de esa manera, porque hay algo divino en todo ello.

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Habéis de creer, mis queridas hermanas, que si hay algo que mantiene a la Compañía es que nuestras buenas hermanas que se han ido al cielo aceptaron esta práctica.

Si una hermana dice: «No tengo necesidad de estar siempre pidiendo permiso cuando recibo esto o aquello; se trata de poca cosa», ¿creéis que cumple la voluntad de Dios y que puede perseverar en su vocación?

— No, Padre; al contrario, de esa manera irá cayendo cada vez más.

— Dice usted bien, hermana; la Compañía es como el mar, que no puede sostener un cuerpo muerto; es preciso que lo rechace, porque es incapaz de sufrir la corrupción.

Si en una Compañía alguna quiere vivir su propia vida, esto es, seguir su propia voluntad, está muerta y la Compañía no la puede tolerar; Dios y el ángel de la Compañía la echarán fuera; esa es la piedra de toque. 581

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¿Le parece a usted que es así?

Si una hermana recibe y lee alguna carta sin dársela a la superiora, o la envía sin permiso, ¿cree usted que puede estar contenta?

— No, Padre.

— ¡Claro que no, hijas mías!

Y usted, hermana, ¿cree que los seglares se van a escandalizar de ver a una hermana que no quiere tomar nada ni hacer nada sin permiso de sus superiores?

— No, Padre; por el contrario, quedarán edificados.

— Hermanas, ¿lo creéis así?

Todas las hermanas se levantaron para responder: — Sí, Padre.

— Si así lo creéis, ¿queréis que nos entreguemos a Dios, vosotras y yo, para no hacer nada sin permiso de los superiores?

¿Verdad que estáis de acuerdo en que las que no quieren hacer nada sin permiso, dan buen ejemplo a toda la Compañía y consuelan mucho a los superiores?

— Sí, Padre.

— ¿No queréis hacerlo todas así?

— Sí, Padre.

— ¡Que Dios os bendiga, hermanas mías!

Y hemos dicho ya los dos primeros puntos.

Nos queda por ver las faltas que se pueden cometer contra esta práctica.

Hermana, ¿qué faltas se pueden cometer principalmente contra esta práctica?

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— Me parece, Padre, como ya han dicho otras hermanas que se puede faltar de muchas maneras.

— Fijaos, hermanas; hay cosas para las que no es necesario pedir permiso; son las que están ordenadas por nuestras reglas; en las demás, sí que hay que pedir permiso, ya que la misma regla dice que no hay que hacer nada sin permiso.

Todo lo que hacéis para cumplir con las reglas lo hacéis ya con permiso, como levantarse, ir a la mesa o al examen.

Dios os llama allí y cuando vais, lo hacéis por obediencia.

Por ejemplo, suena la campana y os dice: «Levantaos, hermanas».

Así conocéis la volun582

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tad de Dios.

Las que se levantan, cumplen la voluntad de Dios;pero las que se queden en la cama a pesar de lo que la regla les manda, tienen que pedir permiso.

Si la noche anterior prevén que van a necesitar descansar más, han de pedir permiso a la señorita; y de esta forma obedecerán quedándose en la cama.

Las hermanas que están en las parroquias tienen que dirigirse a la hermana sirviente: «Hermana, le ruego me permita quedarme un poco en la cama».

Si se trata de la hermana sirviente, le dirá a su compañera: «Hermana, me parece que tengo necesidad de descansar»; y la otra hermana le dirá: «Hágalo usted, por favor».

Dígame, hermana, una que tienen necesidad de comer algo fuera de las horas ordinarias y lo hace sin permiso, ¿va en contra de la voluntad de Dios?

— Sí, Padre.

La hermana que estaba conmigo me decía que era un pecado contra la virtud de la sobriedad; cuando ella creía que yo lo necesitaba, me animaba a comer; pero ella no quería hacer lo mismo, en parecidas circunstancias.

— ¡Es muy hermoso!

¡Buena hermana sirviente!

Pero, hija, el comer después de haber pedido permiso, ¿es obedecer?

— Sí, Padre.

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— ¿Hace mal la que, tanto para tomarse mayor libertad como para poder hablar, no quiere ir a la primera mesa?

Pues todas tenéis que acudir a ella, a no ser las oficiales, que no pueden hacerlo a causa de sus ocupaciones.

— Sí, Padre.

Desobedece a la regla; y la libertad que quiere tomarse es también otra falta.

— Pero, hija, si no va después de haber pedido permiso por algún motivo, ¿cumple la voluntad de Dios?

— Sí, Padre.

He aquí, pues, tres cosas que, según nuestra hermana, no pueden hacerse contra la regla: no levantarse al sonido de la campana, comer fuera de hora y no querer acudir a la primera mesa.

Bien, hermana, le voy a preguntar una cosa: una hermana que quisiera comprarse algo, unas Horas, un rosario o algo semejante, sin permiso, ¿obraría contra las reglas?

— Sí, Padre. 583

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— ¿Y si le diesen alguna otra cosa?, ¿debería tomarla sin permiso?

— No, Padre.

— ¿Podría hacerlo con permiso?

— Sí, Padre.

Yo recibí una vez un libro de un buen párroco sin permiso.

Se lo dije luego a mi hermana.

Pero ya no volveré a hacerlo, Padre.

— No, hija mía, no lo haga usted.

Piense en la gran edificación que habría recibido aquel buen sacerdote si hubiese rechazado su libro, diciendo que necesitaba permiso para ello.

Una persona que le viera obrar así se convertiría, si era mala, y adquiriría seis grados de virtud, si antes tenía cinco.

Hermana, ¿estaría mal dar dinero, si se tiene?

— Sí, Padre.

— Usted, hermana; ¿es un defecto tomar o entregar dinero a algún pariente o conocido?

— Sí, Padre.

— ¡Ya lo creo!, hermanas mías, porque la pobreza dice que no hay que tener nada en contra de las reglas.

La hermana que había hablado anteriormente se levantó y dijo: Padre, cuando estaba en el pueblo, nos daban trigo algunas veces.

— Pero, hija mía, ¿es que no lo necesitabais?

— Sí, Padre; porque no teníamos.

— Entonces, hija mía, hicisteis bien; pero, si hubieseis tenido hubierais hecho mal al aceptarlo.

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— Padre, una dama de la Caridad, al volver de un viaje, dirá: «Mire, hermana, el rosario que le he traído; le ruego que lo tome».

Como no se trata de un pobre, sino de una dama, ¿estaría mal aceptarlo?

— Sí, hija mía, no hay que tomarlo, y no tengáis miedo de desedificar a nadie; al contrario, adquiriréis mejor fama, porque se fían de vosotras y os entregan el dinero para atender a los pobres.

Esas damas tendrán entonces más confianza en vosotras 584

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y dirán: «¿Cómo van a tomar nada esas hermanas de lo que se da a los pobres, si no quieren recibir nada sin permiso?».

¿Y usted, hermana?

Una hermana que recibe cartas y las abre sin permiso de sus superiores, ¿obra contra la obediencia?

— Sí, Padre.

— ¿Entonces, está mal escribir y recibir cartas sin enseñarlas?

— Creo que sí, Padre.

— Prometed a Dios portaros bien en esto, porque es la puerta de perdición para las Hijas de la Caridad, hasta el punto de que, si no las enseñáis, es señal de que hay dentro alguna queja o algo que no queréis que se vea, y por consiguiente algo malo.

¡Oh, Señor!

¡Cuántas personas hay en nuestra casa que se han guardado las cartas dos y tres días sin abrirlas hasta que las viera el superior!

Hermana, ¿está bien ir a visitar a algún que otro pariente y rogarles que vayan a visitaros ellos mismos?

— No, Padre.

— Hermanas mías, me parece que esto no se da entre vosotras.

Si se diese, llegarían a despreciaros los mismos a quienes visitáis.

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Usted, hermana; una hermana que compra zapatos elegantes, que manda hacer un corpiño bordado, que compra guantes y arregla sus cabellos, ¿obra según la obediencia?

— No, Padre.

— Hermanas, mías, las que quieran llevar zapatos elegantes o corpiños bordados, están ya medio fuera.

No deseéis nada de lo que no tengan las demás; porque, si tenéis algo que no se usa en casa, pecáis de singularidad. - — ¿Y usted, hermana?

Si una hermana aprende a leer y a escribir, o a sangrar sin permiso, ¿van en contra de la voluntad de Dios?

— Sí, Padre.

— Sí, hija mía, obra en contra de la voluntad de Dios, que quiere que una hermana no se ponga a hacer nada en contra de 1 a obediencia, sino que se conforme a lo que está ordenado. 585

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Fijaos, mis queridas hermanas, no podéis ser todas iguales: unas valen para los enfermos y otras para las escuelas.

Les toca a los superiores mirar para qué valéis.

No todas sirven para sangrar, pues hay algunas que tienen las manos demasiado torpes.

Los dedos de la mano no son iguales en todas; por eso no todas podéis ser semejantes.

Se dice en san Pablo: «Unos profetizan, otros son apóstoles o evangelizan» 4; y Dios se complace en ver esta variedad en las cosas espirituales, lo mismo que en las temporales.

Por tanto, hermanas mías, tenéis que estar contentas con vuestras ocupaciones; pero que ninguna se meta a hacer nada en contra de la obediencia.

Si una hermana que es buena para la escuela se empeñase en aprender a sangrar, quizás no aprendería nunca y lo estropearía todo.

¡Quiera Dios que, por haber sangrado sin saber, no hayáis herido a nadie, ni le hayáis causado daño alguno, ni le hayáis dado muerte!

Una hermana que quisiese cambiar de confesor, hacer ciertas penitencias o mortificaciones, o rezar el oficio de la Virgen, ¿peca contra la obediencia?

— Sí, Padre, porque se pierde.

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— No hermanas mías; no hay que hacer nada sin permiso del confesor que se ponga aquí, o de la señorita.

¡Que Dios las bendiga!

Hija mía, una hermana que pide una cosa a los superiores. y no la obtiene, y se marcha enfadada diciendo para sus adentros: «Ya no les pediré nada; me lo niegan todo; no quiero pedirles nada», ¿de qué espíritu estaría animada, hija mía?

— Del espíritu de orgullo.

— Bien dicho: del espíritu de soberbia.

No hay que pronunciar jamás esa palabra diabólica, hija del orgullo.

¡Quiera Dios que estéis muy lejos del mismo!

Si os niegan lo que pedís, es porque no os conviene o es para probaros.

Por eso tenéis que seguir pidiéndolo.

Quizás os permitan mañana lo que hoy os han negado. ________ 4.

Ef 4,11. 586

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¿Comulgáis sin permiso?

No, no deberíais hacerlo.

¿Dejáis de comulgar por vuestra cuenta?

Tampoco debéis hacerlo.

¿Qué habéis de hacer para pedir y para recibir permiso de tomar la disciplina?

Apruebo que todas tengáis disciplinas, pero también apruebo que no os sirváis de ellas sin permiso.

Pero quizás me digáis: «Padre, nos está diciendo usted muchas cosas, un montón de cosas; pero ¿no se cansarán nuestros superiores de que les pidamos tantas cosas?».

No, hermanas mías, jamás se cansarán de eso vuestros superiores; al contrario, se sentirán muy consolados, al ver que una hermana no hace nada sin permiso.

Por lo que se refiere a vuestras reglas, tenéis permiso para seguirlas, y sobre eso no tenéis que pedir permiso; pero para todo lo demás, sí.

Las que están en una parroquia, al saber que dicen un sermón en algún lugar de devoción, no tienen que ir sin permiso de su hermana sirviente.

La misma hermana sirviente tiene que pedírselo a su hermana.

Para lo de mayor importancia, es menester que las hermanas de las parroquias vengan a pedir permiso a la señorita y que le escriban las que están en los pueblos.

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Me diréis: «Padre, ¿no podríamos pedir un permiso general para todas las cosas necesarias?».

Tenéis que guardaros mucho de hacer esto, y nosotros procuraremos no darlo, porque entonces careceríais del mérito que se obtiene en cada petición de permiso.

Tengo que deciros además que hay algunas que sacan a la fuerza los permisos.

Son las que tienen un espíritu pequeño y se preocupan e inquietan si no se les trata con condescendencia.

No está bien sacar el permiso por la fuerza.

Pedidlo siempre con indiferencia y no insistáis jamás si veis que no les gusta concederlo.

Decid dentro de vosotras mismas: «Si me lo conceden, muy bien; si me lo niegan, quizás lo hagan para mortificarme».

Dios decía a Moisés: 5 «Es verdad que tú se lo has permitido, pero ha sido por causa de su dureza», De la misma forma, se ________ 5.

Mt 19,8. 587

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concede a veces a una hermana un permiso, cuando se ve que no es capaz de dejarse llevar por la voz de la razón.

Me preguntaréis: «Un confesor de la parroquia donde yo esto y, ¿no podría darme permiso para hacer alguna penitencia?».

No, no puede.

Su jurisdicción no llega hasta allí; no tiene poder más que para confesaros y para permitiros o prohibiros la comunión.

Bien, hijas mías, ¿qué hemos de hacer para practicar bien todo esto?

Si alguna vez hemos tenido una conferencia importante, ha sido ahora.

Sé muy bien que la mayor parte de vosotras lo practicáis ya, pero os ruego que lo hagáis todas; al obrar así, cumpliréis la voluntad de Dios en la tierra, como la cumplen los ángeles en el cielo, y gozaréis de una paz y de una tranquilidad de espíritu inconcebible.

Las mayores sobre todo tienen que dar ejemplo en esto, ya que, si ellas se permiten obrar sin pedir permiso, las jóvenes las imitarán creyendo que no es nada malo.

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Por el contrario, si ellas son fieles en pedir permiso, edificarán a las más jóvenes, al prójimo, y sentirán ellas mismas un gran consuelo, en vez de la pena extraña e inimaginable que sentirían por haber faltado y desedificado a las demás.

Teniendo esto en cuenta, el primer medio que hay que emplear es pensar con frecuencia: «Estoy empezando una vida bienaventurada, que continuaré luego en el cielo».

Como segundo medio, acostumbraos a la mortificación; mortificarse, es no hacer cada uno su voluntad, que le gustaría ir unas veces por aquí y otras veces por allá.

Hay que superar esos movimientos y mantenerse firme en la obediencia.

En tercer luga r, pedid incesantemente esta gracia a Dios.

No hay nada tan fácil como pedir permiso de lo que uno quiere hacer.

La misma urbanidad lo exige a veces.

Bien, hijas mías, estos son más o menos los medios que habéis de emplear para habituaros a esta práctica.

Pido a nuestro Señor Jesucristo que os conceda ver y conocer que es ésta una de las conferencias más importantes que hemos tenido jamás.

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Ruego a su divina bondad que os mantenga fuertes en esta práctica, lo mismo que mantuvo a nuestras buenas hermanas que 588

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se encuentran ahora entre los bienaventurados del cielo.

Procuremos imitarlas y especialmente en esta práctica, con lo que la Compañía quedará muy edificada.

¡Oh Salvador de nuestras almas, que has escuchado lo que se ha dicho y has sido tú mismo tan obediente que preferiste morir antes que desobedecer!

¡Quisiera tu divina bondad, por la obediencia de que nos diste ejemplo en la tierra, concedernos la que tanto necesitamos para no hacer nada en contra de la gloria de Dios!

Y como tenemos necesidad, hermanas mías, de su gracia, os ruego que ofrezcáis vuestra primera comunión a Dios para alcanzar de él la gracia de no hacer nunca nada en contra de esta práctica.

De esta forma no tendréis por qué sentir envidia de las Carmelitas, porque seréis tan felices como ellas, podréis dar gloria a Dios en el estado al que os ha llamado lo mismo que se la dan ellas en el suyo.

Señorita, ¿quiere usted decirnos sus ideas?

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— Padre, no tengo nada que decir después de lo que ha dicho su caridad, a no ser que siempre he observado que tiene mucha razón en todo esto y que todas las que han salido de la Compañía, se han salido únicamente por haber estado apegadas a su propia voluntad y por su afecto a estas sigularidades.

— Así pues, señorita, dice usted que las que se han salido y han perdido su vocación, ha sido por haber seguido su propia voluntad y por no haber hecho lo que acabamos de decir.

Dice usted mucho en pocas palabras.

Fijaos bien, hermanas mías, en lo que acaba de decir la señorita; es de mucha importancia; y no hagáis como las que se han salido, sino entrad en la práctica de la obediencia, estando seguras de que se trata de la obra de salvación que os conducirá hasta el eterno santuario.

Poned mucha devoción, por favor, cuando decís estas palabras: «Fiat voluntas tua?» y repetidlas con frecuencia durante vuestra oración, cuando escucháis la palabra de Dios, para demostrarle que estáis sometidas en todo a su voluntad.

Luego nuestro muy venerado Padre se puso de rodillas y añadió: 589

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Mis queridas hermanas, esta es la súplica que hago a Dios, y le pido expresamente que, cuando pronuncie las palabras de la bendición, nos haga capaces de cumplir su santa voluntad, vosotras y yo miserable pecador, que no he hecho nunca más que mi propia voluntad, y que derrame sobre vuestros corazones la gracia de no hacer nunca nada sin permiso de las reglas o de vuestros superiores.

Tal es lo que le pido con todo mi corazón Benedictio Dei Patris...

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