Conferencia · tomo IX-A
CONFERENCIA DEL 5 DE MARZO DE 1651 Sobre la confesión
5 DE MARZO DE 1651
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C ONFERENCIA DEL 5 DE MARZO DE 1651 Sobre la confesión Mis queridas hermanas, el tema de esta conferencia es sobre la confesión.
Se divide en tres puntos.
El primero es sobre las razones que obligan a las Hijas de la Caridad a saber confesarse bien; el segundo, sobre las faltas que pueden cometer en sus confesiones; el tercero, sobre los medios para hacer buenas confesiones.
Es un tema muy importante, hermanas mías, ________ Conferencia 48.
— Apuntes tomados por sor Juliana Loret (Arch. de las Hijas de la Caridad). 506
ya que, si no nos confesamos bien, estamos en peligro de cometer quizás algún sacrilegio.
— Hermana, díganos por favor, lo que piensa sobre este tema.
— Padre, sobre el primer punto he pensado que una de las razones que nos obligan a saber confesarnos bien es que no podemos enseñar debidamente a los enfermos a confesarse si antes nosotros no lo sabemos hacer.
Otra razón es que este sacramento es como un segundo bautismo, ya que nos devuelve la gracia; esto nos obliga a acercarnos a él con una buena preparación.
Las faltas que se pueden cometer son: no tener pureza de intención de acudir a él puramente para ponernos en estado de agradar a Dios; buscar excesivamente nuestra propia satisfacción.
Los medios para confesarse bien son la debida humildad y el pensamiento de la enormidad del pecado, etcétera.
— Muy bien, hija mía, ¡que Dios la bendiga!
Usted, hermana, díganos sus pensamientos.
— Padre, me parece que, si no hacemos una buena confesión, estamos en peligro de cometer un sacrilegio.
— Esta hermana indica como primera razón, que si la confesión no se hace bien, cometemos un sacrilegio y aumentamos el número de nuestros pecados, y en vez de los diez que teníamos, salimos con once; y si uno muere entonces, mis queridas hermanas, es condenado.
¿Y qué faltas pueden cometerse al confesarse?
— Padre, me parece que son: no examinarse bien, disimular los pecados y no darlos a conocer tal como son.
— ¡Ay!
Sí, hermanas mías, disminuir las faltas y hacer que no se conozca tal como son es una gran falta.
¡Cuánta gente se habrá condenado por eso!
— Padre, me parece que es la vanidad la que busca excusas, y no nos gustaría que viesen nuestras faltas tan grandes como son.
— Ciertamente, se trata de un espíritu de vanidad, de un espíritu diabólico, cuando, en vez de acusarse, se excusa uno.
Her507
manas mías, no es ningún descrédito para una hermana dar a conocer sus faltas.
No, por el contrario; cuando se abre tal como es y dice: «Yo he hecho esto y esto; he sido tan miserable que he cometido este pecado», entonces se ve que es el espíritu de Dios el que la hace hablar.
— Usted, hermana, ¿por qué razones le parece que las Hijas de la Caridad tienen que saber confesarse bien?
— Padre, me parece que nuestra predestinación depende de una buena confesión y que hemos de pensar que es quizás la última vez que Dios nos concede la gracia de confesarnos.
— Ciertamente, mis queridas hermanas, nuestra predestinación depende quizás de este acto; y a este propósito, os diré que en una reunión algunos prelados me confesaron que habían tomado la determinación, siempre que se confesasen o celebrasen, de pensar que aquélla sería quizás la última vez.
Fijaos, hermanas mías, son unos prelados los que nos dan ejemplo.
— También me parece que, si Dios me concede la gracia de volver una vez más a confesarme, podría ir a otra confesión mejor dispuesta.
— Nuestra hermana dice que podemos hacer una buena confesión para prepararnos a otra.
Puede ser, porque confesarse bien a fin de confesarse mejor otra vez, es muy bueno; y en efecto, el buen empleo de las gracias que Dios nos concede no es solamente meritoria para la acción presente, sino también para la próxima y para todas las demás.
— Pero, ¿en qué defectos se puede caer en la confesión?
— Se pueden disimular las faltas, creyendo que se trata de cosa poco importante y que otra vez lo haremos mejor, o bien disminuirlas para que el confesor no nos desprecie.
— Nuestra hermana dice que, si se dejan pasar cierta faltas por cualquier motivo, ¿qué pasará, hermanas mías?; sería una gran desgracia.
El espíritu maligno se hace el amo.
Finalmente, la que deja de confesarse bien cae en grandes faltas en privado y en público.
Pero, por el contrario, cuando hacemos una buena confesión, enseguida se nos devuelve la gracia de Dios, reviven todas las buenas obras que habíamos hecho, y aumenta nuestra 508
fe, nuestra esperanza, nuestra caridad y amor a Dios, nuestra templanza nuestra humildad, en fin todo lo demás.
Usted, hermana, ¿qué razones tienen las Hijas de la Caridad para saber confesarse bien?
— Padre, creo que es para adquirir la gracia de Dios.
— Muy bien: para adquirir la gracia de Dios.
Deberíamos sentirnos felices de que todo el mundo conociese nuestras faltas; un santo ha dicho que hay que estar dispuestos a decir los pecados en medio del mercado.
— Las faltas que cometemos en la confesión son el respeto humano, que proviene o de la vanidad, o incluso de la costumbre; y la falta de contrición; esto ha de temerse mucho más cuando a veces nuestras faltas nos parecen ligeras.
Me parece que es conveniente decir alguna falta grave de la vida pasada e incluso varias.
— Sí, es una gran medio, para excitarse a contrición, decir algunos graves pecados de la vida pasada: «¡Dios mío! yo hice esto en mi juventud»; porque lo malo es que a veces no se tiene suficiente pesar de las faltas ordinarias.
Pero dígame, hija mía; si una hermana va a confesarse sin demostrar ningún pesar de sus faltas, ¿es buena su confesión?
— No, lo principal es la contrición.
— Pero, hermana, ¿está bien acusarse siempre de las mismas faltas?
— No, porque hay que trabajar en corregirse; pero, si alguna vuelve a caer en ellas, hay que decirlas.
— Fijaos, hermanas mías, es preciso que lo diga por algunas almas escrupulosas; hay algunas faltas en las que es imposible evitar que caigamos.
Los mismos santos, según dice el Espíritu Santo, caían siente veces al día 1; eran ciertas distracciones de espíritu, pensamientos ligeros, incluso en sus plegarias, y otras faltas semejantes.
Sin embargo, esto podría preocupar a una pobre mujer.
¿Qué hay que hacer entonces?
Cuando se cae continuamente en las mismas faltas, hay que humillar________ 1.
Prov 24,16. 509
se delante de Dios, desear estar unidos con él y decir: «¡Ay,Dios mío!
¡Cuántos motivos tengo para humillarme delante de ti y de desear verte!», y luego con paciencia hacer actos de esperanza, de humildad, entregarse a Dios, excitarse a la contrición y al propósito de la enmienda.
Pero dígame, hija mía, una hermana que no viese bien las amonestaciones que se le dan, ¿haría una buena confesión?
— No, Padre.
— ¿Es un defecto, hermana mía, el andar eligiendo confesores?
— Sí, Padre.
— ¿Qué piensa usted, hija mía, de una hermana que quisiese un confesor y no quisiese otro?
— Padre, una hermana que quiere un confesor y no quiere otro, es que tiene un apego demasiado grande y se busca a sí misma.
— Pero, me diréis, es que él me conoce mejor y me impresiona más lo que me dice.
No es eso, hermanas mías; se trata de un apego, por no decir de un amor, que podría ir siendo cada vez peor.
Mis queridas hermanas, creedme, se trata de una inclinación peligrosa, y por así decirlo, de cierto afecto del corazón que, si no se remedia prontamente, podría hacer que la confesión fuese nula.
Pido a Dios que conceda la gracia a nuestras hermanas de no apegarse jamás a ningún confesor, ni en esta parroquia ni en aquélla, y dirijo con toda mi alma esta oración a Dios, por Jesucristo nuestro Señor, para que ninguna de vosotras se apegue a ningún confesor, porque esto sería lo que la perdería.
Con la ayuda de Dios, hermanas mías, no mañana, sino el miércoles, celebraré la santa misa por esta intención.
¿Puede decirse que el confesor es demasiado duro, o demasiado blando, o quejarse de que no dice nada?
— No, Padre.
Está mal decir: «¡Si repitiera los pecados que se le han dicho!».
¿Dar a conocer lo que él ha dicho, es también una falta?
— Sí, Padre. 510
— Sí, sin duda, hermanas mías; es una falta y muy grande, porque el penitente también está obligado al secreto con el confesor; y una persona que se pone a decir: «Me ha dicho esto y esto», peca mucho.
Si él no se portase bien, si dijese, por ejemplo, alguna palabra halagüena: «Ninguna me ha complacido tanto y me ha dado tanta satisfacción por su conducta, como usted», o alguna otra palabra que demuestre afecto, entonces, hermanas mías ¡cuidado con esto!
¡Dios mío!
¡Qué peligroso es esto!
Que lo diga, pero ¿a quién?
A los superiores, y a nadie más.
Usted, hija mía, dígame, una hermana si se pone a discutir sobre la penitencia, o que rehúsa la que le han impuesto, y no quiere confesarse con un confesor, porque pone penitencias que no le agradan, ¿hace mal?
— Sí, Padre, me parece que es una falta grave.
— Una falta grave, sin duda, hermanas mías; me acuerdo a este propósito de unas hermosas palabras de san Agustín: «La persona que rehúsa su penitencia, rehúsa el perdón».
Una persona que va a confesarse sin examinar su conciencia, sin contrición, o sin deseos de aceptar la penitencia, o de restituir los bienes ajenos que posee, ¿comete una falta?
— Sí, Padre.
— El pecado no se perdona nunca sin la restitución.
Ahorrar de los bienes de los pobres en alguna parroquia para apropiarse de ellos, ¿es un pecado?
— Sí, Padre.
— ¡Dios mío!, hermanas mías, es un sacrilegio; porque es tomar algo que pertenece a Dios y aplicárselo a sí mismo, y no creo que ninguna de vosotras caiga en este pecado; no, no hay ninguna, por la gracia de Dios, porque ese pecado no se perdonaría jamás sin restitución, y no solamente en lo que se refiere a los bienes, sino también al honor.
Nunca hay que hablar de los demás, ni siquiera en el confesionario; si no podéis ocultar el mal ajeno, valdría más callar vuestro propio pecado; pero ¿sería quitar el honor a una hermana el decir sus faltas a la superiora, para que ponga remedio? 511
No, hay que decírselo; pero no a otras personas; porque quitar alguna cosa no es nada, pero quitar el honor es perderlo todo.
Hermanas mías, si alguna vez os pasa esto, os ruego que no volváis a hacerlo.
Usted, hermana, díganos por favor, lo que ha pensado.
— Padre mío, la primera razón para aprender a confesarnos bien es que, si no, muchas veces nos veríamos en peligro de cometer sacrilegio.
La segunda razón es que no podríamos enseñar a los pobres, ni tampoco a los alumnos de las escuelas, si no lo supiésemos hacer bien nosotras mismas.
— Esta es, hermanas mías, una buena razón: porque estáis con los pobres, y sobre todo con las niñas, a las que tenéis que enseñar a hacer buenas confesiones.
Por eso el Padre [Vicente] 2, dirigiéndose al sacerdote que le acompañaba, le dijo: Le ruego que ponga por escrito todo lo que hay que enseñar a las niñas sobre este tema; la hermana que está encargada de las recién venidas, se lo enseñará, porque es de grandísima importancia; y le pido que todos los años, mientras vivamos, tengamos una conferencia sobre este tema; os ruego a todos, a usted Padre, a la señorita, y a usted, hermana, que me lo recuerden.
Siga usted, hermana.
— Padre, entre las numerosas faltas que pueden cometerse al confesarse, he observado tres principales.
En primer lugar, hablar demasiado.
Esto pasa cuando se dicen faltas que no se han hecho, cuando se habla de los asuntos domésticos, cuando se descubren las faltas del prójimo, y finalmente cuando se habla de cosas que no son de confesión.
En segundo lugar, hablar demasiado poco; por ejemplo, cuando no se dice el número ni la circunstancia de los pecados más notables, cuando se callan algunos pecados, por miedo a ________ 2.
El manuscrito pone Portail, lo cual sin duda es una distracción de la copista, puesto que san Vicente es el que habla, y debía ser el padre Portail el sacerdote que le acompañaba. 512
Tomo IX-A · página PDF 500que el confesor nos riña, cosa que no deberíamos temer, o por cualquier otro motivo.
En tercer lugar, no hablar bien, esto es, disimular los peca dos para que no aparezca lo que son, o expresarse como si se tuviesen dudas: «Si he hecho esto o aquello, pido perdón a Dios», cuando la verdad es que no hay duda en ello, o excusar se, o callar un pecado para decírselo a otro confesor.
Me parece que todas estas cosas son faltas graves.
Sobre los medios para hacer una buena confesión, creo que basta con observar los cinco puntos, con la gracia de Dios.
— Está bien, hermana, ¡Dios la bendiga!
Señorita, ¿quiere usted decirnos sus pensamientos?
— Padre, ¿le parece bien que le ponga una pregunta sobre lo que se ha dicho?
— Sí, con mucho gusto.
— Si el confesor no tiene intención de dar la absolución más que en el caso de que se haga la penitencia que ha impuesto, el que no haga la penitencia, ¿recibe la absolución?
— No, hermanas mías; el confesor no os da la absolución más que con la condición de que cumpláis la penitencia que os impone, y no la recibís si no cumplís la penitencia.
La señorita prosiguió: He pensado, como primera razón, que el sacramento de la penitencia bien recibido ayuda mucho a las almas a glorificar a Dios, poniéndolas en ese estado por la reconciliación que se logra con su bondad, y que le perdone todos sus pecados.
La segunda razón es que, si no hacemos todo lo posible para recibir bien este sacramento, despreciamos en cierto modo la gracia que Dios nos ofrece en él, y en donde se nos aplica el mérito de la muerte del Hijo de Dios.
Y como tercera razón, nos ponemos en peligro de morir impenitentes y fuera de la gracia de Dios; lo cual nos estaría bien merecido por haberlo rehusado.
En el segundo punto, las faltas que se puedan cometer contra la preparación para confesarse b en son muy numerosas; pero hay tres o cuatro principales.
La primera consiste en no te513
ner deseos de corregirse, por estar en una disposición que nos impide conocer nuestras altas, o no confesarlas; esto impide que las podamos declarar.
Otra falta consiste en no excitarse a tener dolor sensible, o simplemente dolor en la voluntad, por haber ofendido a Dios; pero esto lo podríamos hacer fácilmente, poniéndonos a considerar la bondad de Dios y el amor que nos tiene y nuestra malicia por haberle ofendido.
La tercera falta es el temer dar a conocer nuestros pecados, a nuestro confesor tal como son.
Una falta muy grave e importante es no poner esfuerzo, en cada uno o en todos en general, en trabajar por corregirnos y en pedir a Dios la gracia para ello.
En el tercer punto, sobre los medios para disponernos a hacer bien nuestras confesiones, lo primero que tenemos que hacer es tener una alta estima y un gran deseo de recibir este sacramento, y para esto conocer bien todo lo que nos puede servir.
En segundo lugar, ir al confesionario con la idea de que somos criminales; pensar que vamos a hablar con Dios, sin fijarnos en la persona del sacerdote que nos escucha; acusarnos lo más criminal e inteligiblemente que podamos, sin dar a conocer que son las demás la causa de que hayamos ofendido a Dios, y sobre todo procurando no revelar la persona que sea cómplice de nuestro mal, a no ser en casos de grave necesidad; no ocultar nada.
En tercer lugar, después de haber terminado nuestra acusación, hemos de permanecer en la confusión que nos deben haber dado nuestros pecados, escuchando con mucha reverencia y humildad las amonestaciones de nuestro confesor, recibiendo la penitencia con la admiración de que Dios permita que nos pongan tan poca, renovando nuestra atención en el pesar de haber ofendido a Dios y en la esperanza de su misericordia, escuchar la santa absolución, imaginándonos que es entonces cuando el mérito de la sangre del Hijo de Dios derramada sobre nuestras almas borra nuestros pecados.
De esta forma que514
daremos de nuevo totalmente admitidos a la gracia de Dios y seremos agradables a la Santísima Trinidad.
— ¡Alabado sea Dios hermanas mías!, me siento sumamente edificado por lo que se ha dicho.Creo que os confesáis bien, y puedo deciros, para el consuelo de muchas, que mientras he sido vuestro confesor he tenido un gran consuelo.
La mayor parle lo hacían muy bien, y quiero creer que lo seguís haciendo todavía mejor y que, en vez de decaer, cada vez lo hacéis de una forma más perfecta.
¡Animo pues, mis queridas hermanas!
¡Qué felices seréis si hacéis vuestras confesiones con las cualidades que se han dicho, de un buen examen, de contrición, de un firme propósito de enmendaros de una confesión entera y de una satisfacción perfecta!
¡Bendito sea Dios creer que si obráis de esta manera, Dios os colmará de sus gracias, hermanas mías!
Porque ésta es la base de la perfección.
Es lo que le pido con todo mi corazón, a pesar de mi indignidad; y de su parte, pronunciaré sobre vosotras las palabras de la bendición.
Benedictio Dei Patris... 49[49,IX,572-580) C ONFERENCIA DEL 25 DE ABRIL DE 1652 Sobre el buen uso de los avisos Mis queridas hermanas, esta conferencia se divide en tres puntos: el primero es sobre las razones que tenemos para aprovecharnos de los avisos que se nos hacen; el segundo, sobre las faltas que podemos cometer cuando nos advierten de nuestros defectos; el tercero, sobre los medios para aprovecharse de los avisos que recibimos.
Como el Padre Vicente se había retrasado por algún asunto especial, el padre Portail empezó a preguntar a las hermanas.
La primera hermana dijo que una de las razones para que nos aprovechemos de los avisos que se nos hacen es la cari________ Conferencia 49.
— Ms.
SV . 9, p. 222 s. 515
dad que tienen con nosotras los superiores.
Si es caridad, por su parte, soportar nuestros defectos e imperfecciones, todavía es mayor caridad avisarnos y desear que nos corrijamos.
Otra razón es que, si no nos avisan de nuestros defectos, seguiremos con ellos.
Dirigiéndose a otra hermana, el padre Portail le dijo: ¿Qué faltas se pueden cometer cuando se nos avisa de nuestros defectos?
— Padre, me parece que la falta más grave que se puede cometer es no recibir ese aviso como venido de Dios, que nos avisa por medio de nuestros superiores, sino ponerse a murmurar y a quejarse por ello con otra hermana.
— Entonces, ¿cree usted que el medio para aprovecharse de los avisos es creer que Dios habla por boca de los superiores, — Sí, Padre.
Otra hermana dijo: — Lo que nos obliga a recibir con agrado que nos avisen de nuestras faltas, es que se trata de un medio para hacer que muera nuestro amor propio, que procura ocultar sus faltas todo lo posible.
Si nos cuesta soportar el favor que nos hacen al avisarnos, con mucha más razón nos costaría reconocer nosotras mismas nuestras faltas.
Uno de los medios para aprovecharse de los avisos consiste en que digamos nosotras mismas nuestros defectos a la superiora, cuando los conocemos.
Otro consiste en pensar con frecuencia en los defectos de los que nos han avisado, para corregirnos de ellos.
No hay ningún medio tan seguro como pedir muchas veces a Dios esta gracia, apoyándonos en nuestra debilidad.
— Tiene usted razón, hermana, al decir que hay que recurrir a Dios, ya que muchas veces nos proponemos recibir bien los avisos que nos hacen, pero, cuando llega el momento de hacérnoslos, con frecuencia carecen de efecto nuestros propósitos.
Otra hermana dijo que Dios nos pediría cuenta de los avisos que nuestros superiores,e incluso nuestros iguales, hacen el favor de hacernos. 516
Entonces llegó nuestro muy venerado Padre.
Se puso de rodillas, como de costumbre, preguntó al padre Portail si había comenzado la conferencia, y una vez que recibió su respuesta afirmativa, exclamó: «¡Bendito sea Dios!
¡Bendito sea Dios, hermanas mías!
Y dirigiéndose a la hermana que estaba hablando, le dijo: Hija mía, díganos lo que piensa usted sobre el tema de la conferencia.
— Padre, he pensado que lo que nos obliga a aprovecharnos de los avisos que nos hacen, es en primer lugar que no nos conocemos a nosotras mismas; y por tanto, tenemos necesidad de alguien que nos quiera avisar.
— Tiene usted razón, hija mía; estamos ciegos y no nos conocemos a nosotros mismos.
Un ciego no ve nunca el sol; nosotros no vemos nunca nuestro rostro.
Ese es, hermanas mías, un buen pensamiento; fijaos bien en él.
Siga usted, hija mía, díganos lo que ha pensado.
— Padre, he pensado que Dios nos pedirá cuenta muy estrecha de los avisos que nos han dado.
— ¡Dios la bendiga, hermana!
Fijaos, hermanas mías, es una verdad muy cierta, enseñada en la Santa Escritura, que Dios nos pedirá cuenta de los avisos que se nos den; y si no hacemos buen uso de ellos, hay muchos motivos para temer, hermanas mías, que Dios nos abandonaría, si se colmase la medida de nuestras ingratitudes; pues una hermana que se dejase llevar por los sentimientos de la naturaleza al ser reprendida de sus defectos, caería luego en un endurecimiento de corazón, de tal manera que nada le llegaría a impresionar.
Cuanto menos le agrade lo que puedan decirle por su bien, más motivos de queja tendrá para protestar de lo que se le dice.
Si se impone algún reglamento para el buen orden de la casa, murmurará; si ve a una hermana cumplidora de su deber, la despreciará y la tachará de beata; todo esto no son sino tentaciones contra la vocación y turbaciones en su ánimo, por no haberse aprovechado de los avisos ni haber resistido a los movimientos de la naturaleza corrompida. 517
Fijaos, hermanas mías, Judas no se preocupó de combatir su avaricia; y por eso se perdió.
Si una Hija de la Caridad obrase de esta manera, acabaría saliéndose, aunque Dios no deje de seguir concediéndole sus gracias; porque tampoco se las quitó a Judas, a pesar de que conocía su vicio.
El sol brilla lo mismo sobre el ciego que sobre el que ve con claridad; pero en vano, porque el ciego no ve.
Usted, hermana, ¿qué es lo que ha pensado sobre el tema de esta conferencia?
— Padre, he pensado, como usted ha dicho, que el no aprovecharse de los avisos es ir endureciéndose poco a poco.
También he pensado que no bastaba contentarse con los avisos de los superiores, sino además pedirles a los que están con nosotros que hagan el favor de avisarnos de nuestros defectos.
Padre, yo le he pedido este servicio a mis hermanas y les he prometido que, siempre que me lo hagan, rezaré por su intención tres padre nuestros y tres avemarías y que me acordaré de ellas en la santa comunión.
— ¡Dios la bendiga, hija mía!
¡Que Dios la bendiga por seguir esa hermosa práctica!
Mis queridas hermanas, me gustaría que existiese entre vosotras, esa práctica de rogaros unas a otras que os avisaseis de vuestras faltas, y especialmente a vosotras, hermanas sirvientes, a fin de dar mayor libertad a las hermanas que están con vosotras, para que os dijesen lo no bueno que en vosotras podrían haber advertido.
Cuando una hermana os pida que la aviséis, tenéis que hacerlo con gran respeto y humildad y, después de haberos excusado, decirle: «Es verdad, hermana, que he notado esto en usted; pero quizás no se ha dado cuenta».
Es necesario avisar a las hermanas sirvientes lo mismo que a las demás, ya que incluso los santos tienen necesidad de ser avisados.
Los discípulos eran enviados de dos en dos, como nos enseña hoy la iglesia, precisamente para ejercer la caridad fraterna 1. ________ 1.
Lc 10,1-9. 518
Pues bien, hijas mías, hay dos clases de avisos: los avisos generales y los particulares.
Los primeros son los que se hacen en las conferencias para todas.
Avisar a una hermana que es arrogante en su porte, que habla con los hombres, es un aviso particular.
Si no se aprovecha de él, es para su condenación.
El Padre Vicente, dirigiéndose a otra hermana, le preguntó: — Hija mía, ¿qué faltas cree usted que se pueden cometer cuando nos av san de nuestros defectos?
— Padre, una gran falta es dejarse llevar del malhumor y de la pasión; luego, demostrar ese malhumor ante las hermanas, que se escandalizarían.
Yo reconozco que he faltado mucho en esto.
— ¿Ha pedido usted perdón a la hermana con la que se ha portado de esa forma, hija mía?
— Lo he hecho algunas veces.
— Recordad, mis queridas hermanas, que hay que pedirse mutuamente perdón cuando se ha desedificado o disgustado a las hermanas, a fin de curar por este medio la herida que se les haya hecho.
Nuestro muy venerado Padre nos demostró en esta ocasión su profundísima humildad, diciéndonos una cosa que no sabíamos.
Nos contó que había cometido una falta con un hermano que le daba cuentas de cierto asunto.
Le hablé, nos dijo, con demasiada energía, que hasta los demás pudieron oír.
Me parece que también estaba allí el padre Portail.
Y repitió las mismas palabras dos o tres veces, para dar al padre Portail la ocasión de confesar que estaba presente; pero el padre Portail no dijo ni una sola palabra.
Al día siguiente, añadió el Padre Vicente, mientras trataba conmigo el mismo hermano, volví a hablarle con cierta acritud.
Reconocí mi falta al hacer el examen, y en pleno capítulo me puse de rodillas y dije: «Hermano, le pido perdón por haberle hablado con calor», y le rogué que pidiese a Dios que me perdonase. 519
Hermanas mías, es lo que tenemos que hacer cuando hemos faltado.
La señora esposa del general de las galeras solía tener el genio algo pronto; apenas se daba cuenta de que se había impacientado, se ponía de rodillas delante de su señorita de compañía y le pedía perdón.
Hermanas mías, haced vosotras lo mismo; es el mejor medio para conservar la unión; porque si habláis o reprendéis con pasión, molestáis y herís a vuestra hermana.
Ella os podrá tomar antipatía; verá mal todo lo que digáis o lo que hagáis; creerá que no hace nada a vuestro gusto; la horrorizaréis.
Pero pedidle perdón, demostradle que estáis arrepentidas de vuestras faltas, y de esta forma le quitaréis la amargura de su corazón.
Cuando nos avisan de nuestros defectos, o cuando avisamos a las demás hermanas, no pasará nada malo, a no ser cuando se hace con pasión.
Nuestros superiores tienen obligación de avisarnos; aunque vean que una hermana murmura y que no recibe bien las advertencias, no pueden dejar de avisarle, pues tarde o temprano sacará provecho de ello.
No os extrañéis de que esté triste y abatida, pues el aviso es una medicina y una sangría para echar fuera el mal humor.
Cuando os llevan una medicina muy amarga, condes asco, queréis desecharla, os quejáis antes de tomarla, pero acabáis tomándola, porque sabéis que os curará.
La que es avisada tiene que procurar superar su mal genio, en medio de las protestas y de las emociones de la naturaleza, y aprovecharse bien de las advertencias, aunque ni siquiera sepa de qué la están avisando, y recurrir a Dios en su pequeño oratorio, o delante del Santísimo Sacramento, exclamando en lo más profundo de su corazón: «¡Ay, Dios mío!
¡Cuánto me cuesta!
Me reprenden de una falta que no conozco.
Pero, Dios mío, si las demás se dan cuenta de ella, bendito seas para siempre!».
Mis queridas hijas una hermana se aprovechará de los avisos, si hace buen uso del favor que le hacen las que la reprenden.
Esto es adornar la Compañía, cubrirla de oro y de piedras preciosas.
Os recomiendo sobre todo, hermanas mías, la prác520
tica de nuestra hermana que, ha dicho pedía a las demás que la avisasen de sus defectos.
¿Y cuándo hay que hacerlo?
Empezad esta misma tarde, si se presenta la ocasión.
¿Y cuándo continuar?
Mañana y siempre, hermanas mías.
Siempre, porque si adoptáis esta práctica en la Compañía y usáis b.en de las advertencias que se os den, estad seguras de que vuestra Compañía será una de las más santas de la iglesia de Dios.
Si no lo hacéis, causaréis su ruina; se preguntará: «¿Dónde está esa bella Sión, de la que todos hablaban tan bien, esa hermosa Compañía de Hijas de la Caridad?
¿Dónde está la modestia, el orden, el cuidado y vigilancia de los pobres?
¿Donde está ese recato en no hablar con los hombres en no dejarles entrar en sus habitaciones?
¿Dónde están aquellas hermanas muertas santamente?»
No se verá por ningún sitio.
Hijas mías, se trata de hacer algo muy importante para afirmar bien vuestra Compañía.
Pondré los medios para remediar esos defectos de que me avisan.
Hermanas, si por culpa de la señorita Le Gras, por la del padre Portail, por la de una hermana sirviente, por mi culpa, no progresáis en la virtud tendremos que responder de ello ante Dios, quien nos pedirá cuentas.
Aquí vimos cómo el Padre Vicente, nuestro muy honrado Padre, deseaba nuestra perfección, con qué cuidado la buscaba y también la necesidad de convencernos, a pesar de los resentimientos de la naturaleza, de que nuestros superiores tienen la obligación de velar sobre nosotros, ya que habrán de dar cuenta muy estrecha.
El Padre Vicente añadió: Se me olvida una cosa...; no me acuerdo; padre Portail, haga usted el favor de recordármela, o bien díganos algún pensamiento que pueda ser útil a la Compañía.
— Padre, me parece que una de las cuestiones más importantes es que recibamos de buen agrado las amonestaciones que nos den los superiores sobre nuestros defectos. 521
— Sí, Padre; ¡ya lo creo que es necesario!
Se trata de un pensamiento interesante.
¡Que Dios le bendiga!
Sí, hermanas mías; hemos de sentirnos muy contentos de que nos avisen de nuestros defectos.
Cuando estamos enfermos, nos parece muy bien que avisen a nuestro Padre, que se lo digan al médico y que le den a conocer perfectamente nuestra enfermedad.
¿Y por qué, hermanas mías? sencillamente, para recibir algún consuelo y que nos compadezcan, ya que cuando nos compadecen, nos sentimos aliviados.
Es muy justo que lo deseemos.
Cuando estaba ya a punto de morir, nuestro Señor también deseaba esta misma satisfacción, y para él la mayor pena era que nadie le compadeciese cuando estaba en la cruz.
Pues bien mis queridas hermanas, el pecado hace que nuestra alma caiga enferma con una enfermedad mortal; hemos de sentirnos muy contentos de que se avise al médico, esto es, a los que pueden poner algún remedio.
Hijas mías, ¿por qué no vais a hacer vosotras lo que se hace en una casa religiosa que conozco?
Cuando la superiora, después de conocer que hay una hermana que ha cometido alguna falta, le dice: «Hija mía, ha cometido usted esta falta; me lo han avisado».
La hermana se pone entonces de rodillas y responde: «Madre, no solamente he cometido la falta que usted me dice, sino que ésta y ésta circunstancia la hacen todavía más grave de lo que han dicho».
Tened en cuenta, hijas mías, la virtud de esas buenas religiosas.
Aunque haya alguna que sienta repugnancia al recibir la corrección de sus faltas, pasa por encima y promete con alegría y prontitud hacer todo lo posible por enmendarse y corregirse.
Hermanas mías, eso es precisamente lo que hay que hacer: no permitir que a una le arrastre la pasión, superar y rechazar esa tristeza y esa turbación que desea apoderarse de su corazón.
Señorita, por favor, haga el favor de decirnos cuáles son los pensamientos que se le han ocurrido sobre la necesidad que tenemos de ser avisados de nuestros defectos.
— Padre, tenemos que recibir de buen agrado los avisos, recordando aquellas palabras que dijo nuestro Señor a aquél que 522
le dio un bofetón para castigarle por haber dicho la verdad: «Si he hablado mal repréndeme» 2.
Las faltas que se pueden cometer en eso son enfadarse, murmurar, ponerse a buscar excusas.
Un medio para que nos aprovechemos de los avisos consiste en creer que nos han hecho un gran favor cuando nos avisan de algún defecto.
— ¡Es muy hermoso todo eso!
¡que Dios la bendiga, señorita!
Fijaos, hermanas mías, cómo nuestro Señor, que es la misma inocencia deseaba ser reprendido y se sometía a ello.
Hermanas mías, procurad aceptar bien todas estas prácticas, a fin de que vuestra Compañía pueda afirmarse cada vez más en la virtud; y como las gracias de Dios operan según la disposición que encuentran en la persona que las recibe, disponeos a recibir la bendición que os va a dar el más miserable y el mayor pecador de todos los hombres, que se ofrece a él para pedirle la gracia de aprovecharse bien de todo lo que se ha dicho y de cumplir siempre su santísima y adorable voluntad.
Es lo que también deseo para todas vosotras con todo mi corazón, mis queridas hermanas.
Benedictio Dei Patris... 50[50,581-591) C ONFERENCIA DEL 2 DE FEBRERO DE 1653 Sobre el espíritu de la Compañía Después de haber rezado el Veni Sancte Spiritus como de ordinario nuestro muy honorable padre empezó de este modo: Hijas mías, esta conferencia se divide en tres puntos: el primero es sobre las razones que nos obligan a saber bien en qué consiste el espíritu de la Compañía de Hijas de la Caridad; el segundo, sobre lo que es ese espíritu; el tercero, sobre los medios para adquirirlo. ________ 2.
Jn 18,23.
Conferencia 50.
— Ms.
VS. 9, p. 227 s. 523
Hermana, ¿ha hecho usted oración sobre este tema?
¿Qué le parece?
¿por qué tienen que saber las Hijas de la Caridad cuál es el espíritu de su Compañía?
— Padre, no he pensado mucho en ello, pero me parece que es menester que hagamos todas nuestras acciones con un espíritu de caridad, a imitación de nuestro Señor.
— Bien dicho, hija mía.
Pero, antes de seguir adelante, es preciso que sepáis, hermanas mías, que a todas las Compañías que ha creado para su servicio les ha dado Dios un espíritu particular, así como el aprecio y la práctica de la virtud adecuada a dicho espíritu; es como el alma de la Compañía, lo que la hace vivir.
Los animales muertos, separados de su espíritu, no valen más que para tirarlos al muladar; su cuerpo ya no tiene ninguna acción.
Para daros a entender, hermanas mías, cómo ha obrado Dios en relación con las Compañías, os diré que ha dado a los Capuchinos el espíritu de pobreza, por el que tienen que ir hacia Dios, viviendo despegados de todas las preocupaciones y de todas las cosas particulares.
A los Cartujos les ha dado el espíritu de soledad; están casi siempre solos; su mismo nombre está indicando su espíritu, ya que las cárceles no se llamaban antes cárceles, sino «cartujas»; su espíritu los hace continuamente prisioneros de nuestro Señor.
A los jesuitas Dios les ha dado un espíritu de ciencia para comunicársela a los demás.
El espíritu de las Carmelitas es la austeridad; el de Santa María, que ama mucho a Dios, es el de la mansedumbre y la humildad.
Ved, pues, mis queridas hermanas, cómo Dios da su espíritu de forma diferente a unos y a otros de tal manera que el espíritu de unos no es el espíritu de otros.
Cuando Dios hizo la Compañía de Hijas de la Caridad, le dio también un espíritu particular.
El espíritu es lo que anima al cuerpo.
Es muy importante que las Hijas de la Caridad sepan en qué consiste ese espíritu, lo mismo que es también importante que una persona, que va a hacer un viaje, sepa cuál es el camino para el sitio adonde quiere dirigirse.
Si las Hijas de la Caridad no conociesen su espíritu, ¿a qué se dedicarían ellas especialmente? 524
Dígame, hermana, ¿es necesario que las Hijas de la Caridad sepan en qué consiste su espíritu?
— Sí, Padre.
— ¿Por qué?
— Porque, si no lo supiesen, harían una cosa distinta de lo que tienen que hacer.
— ¿Y usted, hermana?
¿Por qué razón es necesario que una Hija de la Caridad sepa cuál es su espíritu?
— Me parece, Padre, que una Hija de la Caridad que no conociese su espíritu se parecería a una persona que, sin conocer su oficio se empeñase en practicarlo; obraría de una forma muy distinta de como debería hacerlo; es menester que lo aprenda antes de practicarlo.
— Es cierto, hermanas; si una hija de Santa María llevase la vida de una Carmelita, no haría lo que Dios pide de ella.
— Bien, sor Antonieta, ¿por qué razón cree usted que las Hijas de la Caridad tienen que saber cuál es su espíritu?
— Es necesario, Padre, que todas sepan cuál es su espíritu; si alguna por devoción quisiese vivir como una religiosa, causaría molestias a sus compañeras y dejaría mucho que desear en el servicio a los pobres.
— Bien dicho hija mía.
Si las Hijas de la Caridad supiesen los designios de Dios sobre ellas y cómo quiere que lo glorifiquen, juzgarían dichosa su vocación y por encima de la de las religiosas.
No es que tenga que considerarse por encima de ellas; pero la verdad es que no conozco ninguna Compañía religiosa más útil a la iglesia que las Hijas de la Caridad, si se penetran bien de su espíritu en el servicio que pueden hacer al prójimo, a no ser las hermanas del Hospital Mayor y las de la plaza Real 1, que son Hijas de la Caridad y religiosas al mismo tiempo, ya que se dedican al servicio de los enfermos, aunque con la diferencia de que les sirven en sus propias casas y no asisten más que a los que les llevan, mientras que vosotras vais a buscar al enfermo en su casa y asistís a todos los que morirían sin ________ 1.
Las Hospitalarias de la Caridad de Nuestra Señora que estaban encargadas desde 1629, de un hospital para mujeres enfermas. 525
vuestra ayuda, porque no se atreven a pedirla.
En esto obráis como obraba nuestro Señor.
El no tenía una casa donde acogerlos; iba de ciudad en ciudad, de aldea en aldea y curaba a todos los que encontraba.
Bien, hermanas mías, ¿no os demuestra esto la grandeza de vuestra vocación?
¿Habéis pensado bien en ello alguna vez?
¡Hacer lo que Dios mismo hizo en la tierra!
¿Verdad que hay que ser perfectas?
Sí, hermanas mías.
¿Verdad que habría que ser ángeles encarnados?
¡Oh!
Pedid a Dios la gracia de conocer bien la grandeza de vuestra ocupación y la santidad de vuestras acciones.
No penséis en la grandeza de las religiosas; estimadlas mucho y no busquéis excesivamente su trato; no porque este trato no sea bueno y excelente, sino porque la comunicación de su espíritu particular no es propio para vosotras.
Y esto es verdad tanto de los religiosos como de las religiosas.
No tenéis que dirigiros jamás ni a los unos ni a las otras en vuestras necesidades, ya que tenéis que tener mucho miedo de tomar parte en otro espíritu diferente del que Dios ha dado a vuestra Compañía.
¿Cómo podríais recibir consejo de una persona religiosa, cuya vida es totalmente distinta de la vuestra y que sólo puede aconsejar ordinariamente según sus máximas y según su espíritu?
Por eso, hermanas mías, en nombre de Dios, no tratéis con ellos.
Además, no podríais hacerlo sin perjudicar al servicio de los pobres o de los niños, que tienen necesidad continua de vuestros servicios, bien sea para que vayáis a buscarlos en sus casas, bien para que les preparéis en vuestra casa lo que necesitan.
A este propósito, es menester que alabe aquí a dos hermanas nuestras.
Cuando se enteraron de que iba a dar la profesión a una religiosa de la Visitación, vinieron para ver la ceremonia y, al verme, me pidieron permiso.
Y aunque yo sentía en mi espíritu alguna dificultad en concedérselo, no dejé de acceder a sus deseos.
Y una de ellas me dijo: Padre, algunas veces nos ha dicho la señorita Le Gras que no tuviésemos esa curiosidad y que no tratásemos con las religiosas. 526
— ¿Cómo, hermana?
¿Es que no le molestaría dejar de acudir a verlo?
— Padre, me dijo, estoy indiferente; haré todo lo que me ordene.
— Váyase, pues, hermana; mortifíquese en esto.
Es menester, hermanas mías que alabe esta acción que es realmente digna de elogio.
Si os portáis bien, como lo hizo esa hermana, os alabaré; si no, os reprenderé.
Este hecho puede serviros a todas de ejemplo hijas mías, porque si nuestra hermana hubiese pedido consejo a una religiosa, seguramente ella no le hubiese impedido ir a ver aquella ceremonia, y desde luego, según su espíritu, por un buen motivo; y nuestras hermanas hubiesen perdido entonces el mérito de la renuncia a su propia voluntad y de la pequeña mortificación que pudieron hacer entonces.
Las Hijas de la Caridad tienen que fijarse bien en la humildad y en la deferencia de nuestro muy venerado Padre en la respuesta que dio a nuestra hermana.
He aquí, pues, la importancia que tiene que os aconsejéis de las personas que os pueden aconsejar y a las que Dios les ha comunicado vuestro espíritu.
Nuestro bienaventurado Padre, el obispo de Ginebra, lo explica muy bien en su introducción: «Si un obispo quisiera seguir el espíritu de un Cartujo y vivir como él, ya no viviría el espíritu que Dios ha dado a su cargo y de esta forma no cumpliría con su deber».
Así pues, hermanas mías, es importante que no tengáis trato con las personas religiosas.
Pero, fijaos bien, no tenéis que decírselo; pues entonces ellos creerían que es por desprecio.
¡Ni mucho menos!
¡Todo lo contrario!
El aprecio que les debéis tener os pone muy por debajo de ellas.
Por tanto, no es conveniente que digáis que lo tenéis prohibido; pues ¿qué pensarían entonces, sin saber las razones que tenemos para opinar de esta forma?
¡{)h!
¡Qué necesario es, hijas mías, que os entreguéis a Dios para conocer vuestro espíritu!
Una cosa que os puede servir mucho es pensar en las virtudes de las hermanas difuntas, que fueron tan grandes; no dudéis de que algunas de ellas fueron santas; en527
contraréis en ellas las señales del verdadero espíritu de la Hija de la Caridad.
Pensad en cómo eran, qué es lo que hacían y animaos a imitarlas.
Hermana Francisca, ¿en qué consiste el espíritu de las Hijas de la Caridad?
— Padre, me parece que consiste principalmente en la obediencia a los superiores y en la observancia de las reglas.
Según eso, creo que será entonces cuando posean el espíritu que Dios quiere que tengan.
— Esas son dos señales para conocer si se tiene el espíritu de una Hija de la Caridad: se ha dicho que una señal es la paciencia en los sufrimientos, a imitación de nuestro Señor; y usted añade otra señal: la sumisión a los superiores.
¿Y qué más señales sabe usted, hija mía, del espíritu de la Caridad en una hermana?
— Padre, la exactitud en la observancia de las reglas, la tolerancia y la condescendencia.
— Bien, esa es la tercera señal de las Hijas de la Caridad; las tres son muy necesarias para esforzarse en imitar a nuestro Señor: no basta con trabajar en el servicio de los pobres, hay que saber tolerar y condescender unas con otras.
¿Quién no tiene necesidad de esa tolerancia?
Fijaos en un marido: por mucho amor que tenga a su mujer, le tiene que tolerar muchas cosas Que no se imagine que habrá de ser siempre como el día de la boda, o que el segundo año será como el primero, o el tercero como el segundo; cambiará de humor, y por eso tendrá que tolerarla.
De la misma forma, la mujer tendrá que tolerar a su marido y pensar que todos los días cambiará de disposición y que por la tarde ya no tendrá el mismo humor que por la mañana.
Lo mismo pasa con nosotros, hermanas mías.
A veces estamos de tan mal genio y con tan mal humor que apenas nos podemos soportar a nosotros mismos; nos ocurre con frecuencia que estamos tan descontentos de nosotros mismos que nos arrepentimos por la tarde de lo que hicimos por la mañana.
Esa ex528
periencia de nuestra propia conducta, ¿no debería ayudarnos a tolerarnos mutuamente?
Estarán juntas dos Hijas de la Caridad.
Aunque tengan cierta virtud, no siempre estarán del mismo humor, y sin embargo es preciso que estén unidas y que sean cordiales entre sí.
Una estará triste, la otra alegre; una se sentirá satisfecha, la otra descontenta.
Si os fijáis bien, no estamos ni una sola hora en el mismo estado.
¿Y qué otra cosa podemos hacer, hermanas mías, sino soportarnos mutuamente y practicar esa virtud tan necesaria de la condescendencia?
Acordaos, por favor, de esta práctica, porque sin ella, hermanas mías no seríais Hijas de la Caridad sino hijas de la discordia y de la confusión; y esto daría mal ejemplo al prójimo y escandalizará a muchos.
Tened cuidado en no equivocaros con frecuencia creyendo que vuestra hermana está de mal humor.
No, no es ella la que está así, sino tú.
Por eso tenéis que ocultar la pena que tenéis.
Y si no podéis desechar ese pensamiento de que está de mal humor, condescended con lo que desea, con tal que no sea en algo que vaya contra la voluntad de Dios.
Si obráis así, cumpliréis con vuestras obligaciones, contentaréis a Dios y él será glorificado en vosotras.
Pero, si por desgracia, las Hijas de la Caridad llegaran a olvidarse de la tolerancia y de la condescendencia, los que las vieran se ofenderían y dirían: «Esas no son Hijas de la Caridad, sino demoniejos que se destrozan entre sí».
Hermanas mías, evitad ese desorden entre vosotras, ya que veis qué necesario es saber tolerar a las demás.
Pero quizás alguna me pregunte: «Padre, ¿cuántas veces tendré que aguantar a la otra durante el día?».
Responderé, hermanas mías: Tantas como ocasiones se presenten.
Si os aguantáis dos veces, cuatro veces, estupendo; son otros tantos diamantes y piedras preciosas que añadís a vuestra corona, y es lo que más os puede ayudar a formar en vosotras el espíritu de la Caridad.
Entregaos pues, a Dios, hermanas mías, para una cosa tan importante.
Si adoptáis esta práctica, atraeréis muchas bendiciones sobre vosotras y sobre la Compañía, de la que Dios ha querido servirse.
La buena señora presidenta de Goussault en529
tendía muy bien esta verdad.
Me decía un día, en el lecho de muerte, a propósito de esta fundación, que ella tanto quería: «Esté seguro Padre, de que esta Compañía será muy útil al prójimo y hará mucho fruto».
Mis queridas hermanas estas advertencias no pueden quedar inútiles, y para eso tenéis que entregaros a Dios para que se cumplan sus designios sobre vosotras.
Se está haciendo tarde.
Encomiendo a vuestras oraciones a nuestras hermanas de Polonia, que dan tan hermosas señales de poseer el espíritu de las verdaderas Hijas de la Caridad.
Ya sabéis, hijas mías, cómo han llegado a Polonia y qué bien las ha recibido la reina.
Esta, después de haberlas dejado algún tiempo para que fueran tomando el aire del país y aprendiendo un poco su lenguaje, les dijo: «Bien, hermanas mías, ya es hora de empezar a trabajar.
Sois tres; quiero que se quede una conmigo; usted, sor Margarita 2; las otras dos se irán a Cracovia a servir a los pobres».
Pero sor Margarita respondió: «Señora, ¿qué es lo que decís?
Las tres estamos para servir a los pobres, pero en vuestro reino tenéis otras muchas personas más capaces que nosotras para servir a Vuestra Majestad.
Permítanos, señora, que hagamos aquí lo que Dios quiere de nosotras y lo que hacemos en otras partes». «Entonces, hermana, ¿es que no me quiere usted servir?». «Perdonadme, señora, ¡pero Dios nos ha llamado para servir a los pobres».
¿Verdad que es muy hermoso todo esto, hermanas mías?
¡Salvador de mi alma!
Dios ha permitido este ejemplo para animaros a vosotras.
Hermanas mías, ¡pisotear la realeza!
¡Cuánta virtud se necesita, hermanas mías!
¿No es preciso para esto tener verdaderamente el espíritu que Dios ha dado a la Compañía?
¡Qué felices sois por haber sido llamadas a ella!
¡Y más felices seréis todavía si perseveráis!
Pero también, ¡qué desgracia para un alma que, por no haber querido sujetarse a las reglas de la Compañía, haya faltado a su fidelidad con Dios y se vea privada de sus gracias, de forma ó, al disminuir su fer________ 2.
Sor Margarita Moreau. 530
vor poco a poco, se vea a punto de dejar la Compañía, con alguna vana pretensión que la tentación le presente!
¡Qué vergüenza debería sentir esa persona!
Pero no creo que haya ninguna de esas en la Compañía.
Si alguna hubiese y no se sintiese conmovida por este ejemplo, ¿qué podría hacerse para conmoverla?
No es, hermanas mías, que no podáis veros sujetas a tentaciones, pero hay que resistir con coraje, y entonces la tentación no será más que una prueba de la verdadera y sólida virtud.
Me olvidaba de deciros que la reina de Polonia al hablar con nuestras hermanas de los niños expósitos de París, añadió que esas niñas, una vez educadas, podrían ser admitidas en la Compañía y que sor Margarita le respondió sin haber pensado mucho en ello: «Perdonadme, señora, nuestra Compañía no está formada ni compuesta de esa clase de personas.
Sólo se reciben en ella a las vírgenes».
Dios fue el que la hizo hablar de esta manera, hermanas mías, para advertirnos que en la Compañía no tiene que haber más que personas puras y castas.
Por eso os he recomendado tantas veces que huyáis del trato frecuente con los hombres, aún cuando fueran santos.
¡Oh!
¡Cuánta importancia tiene que tengáis un especial aprecio a esta virtud!
Os lo digo expresamente, no admitáis a los hombres en vuestras habitaciones, ni siquiera a vuestros confesores, aunque se trate del padre Portail.
Recordadles que os lo han recomendado, a no ser que se trate de un caso de enfermedad.
No os he dicho, hermanas mas, que nuestras pobres hermanas de Polonia están en una ciudad donde mueren muchos de peste; y aunque ya han tomado todas las precauciones posibles, no dejan de estar en peligro.
Las encomiendo a vuestras oraciones.
¿Sabéis lo que ha hecho el padre Lamberto 3 con sor Mar________ 3.
Lamberto aux Couteaux nació en Fossemanant (Somme) en 1606 ingresó en la Congregación de la Misión en agosto de 1629.
Fundó la casa de Toul en 1635, quedándose de superior hasta 1637.
En 1638 inauguró el establecimiento de Richelieu (Indre-Loire), donde desempeñó durante cuatro años las funciones de párroco y superior.
En 1642, la asam531
garita, al enviarla al lugar indicado para que sirviera a los pobres?
La ha puesto bajo la dirección de sor Magdalena Drugeon; y ella lo ha aceptado de buen grado.
Demos gracias a Dios.
Entonces nuestros muy venerado Padre se puso de rodillas y dijo: Sé bendito, Dios mío, por las gracias que has concedido a los miembros de esta pequeña Compañía.
Sigue concediéndoselas, Dios mío, por favor, y no permitas que abusen de ellas y se gloríen de sí mismas; concédeles por el contrario la gracia de humillarse a medida que las vas elevando, y que admiren tu poder para lograr tan grandes maravillas en unas personas tan bajas.
Y cuando la hermana sirviente le pidió la bendición para toda la Compañía, su caridad dijo con gran humildad: ¡Ay!
¡Dios mío!
¡Soy un miserable pecador que tengo que dar la bendición a unas almas tan santas y a sus sirvientes!
Pero como así lo queréis, pronunciaré las palabras de bendición Benedictio Dei Patris... ________ blea general le nombró asistente del superior general.
Lo encontramos de nuevo en Richelieu en 1645, 1650 y 1651.
Fue por poco tiempo superior ¿«des Bons Enfants» (1646-1649) después de San Carlos (1650).
San Vicente tenía en él tal confianza que le encargó la visita de la casa de San Lázaro, de la Rosa y de Toul y a las casas de las Hermanas de Nantes y Angers.
Instado san Vicente por la Propaganda Fide, en 1647, para designar a un padre que desempeñase la Coadjutoría de Babilonia, no encontró a nadie más digno que Lamberto aux Couteaux.
En su respuesta a monseñor Ingoli se expresa así: «Le confieso, monseñor, que privarme de él me cuesta tanto como dejarme sacar un ojo o cortarme un miembro».
El proyecto no se realizó.
En él se fijó también san Vicente para establecer la Congregación en Polonia donde la reina llamaba a los misioneros.
El padre Lamberto marchó en 1651.
Todo estaba por hacer en este país, castigado por la guerra y devastado por la peste.
Dios ben dijo sus trabajos, pero por poco tiempo, pues murió el 31 de enero de 1653, víctima de su abnegación hacia los apestados (Notices t II, 1-28). 532
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