Introduccion · tomo IX-A
Introducción e índices del tomo
VICENTE DE PAÚL OBRAS COMPLETAS TOMO IX / 1
Tomo IX-A · página PDF 3VICENTE DE PAÚL OBRAS COMPLETAS SAN VICENTE DE PAÚL.
TOMO IX.
CONFERENCIAS 1 Conferencias de los Hijos de la Caridad Trad. de A.
Ortiz sobre la edición crítica de P .
Coste.
Ediciones Sígueme – Salamanca : 1972-1975. 2 v.: Volumen 1, páginas 21-642; Volumen 2, páginas 651-1313. [Adquiridos todos los derechos por Editorial CEME, en 1982]* ________ * Las cifras entre corchetes indican el número de la carta en la edición francesa de Coste, el tomo y la página, incluido el tomo XV (Mission et Charité, n.1920, enero-junio, 1970) (N. del E).
1(1,IX,1-13)* CONFERENCIA DEL 31 DE JULIO DE 1634 Explicación del reglamento El último día de julio de 1634, el Padre Vicente, en su tercera y última conferencia, dio a la pequeña Congregación de las Hijas de la Caridad las reglas y las instrucciones para practicarlas.
A continuación va lo que se ha recogido.
Se puso de rodillas, así como toda la Compañía, y después del Veni Sancte, empezó de esta forma: Mis buenas hijas, os decía, el último día que os hablé, que hace algún tiempo que estáis reunidas para vivir con un ideal común, y que sin embargo, todavía no habéis tenido ningún reglamento que ordene vuestra manera de vivir.
La divina Providencia os ha conducido en esto como condujo a su pueblo, que, desde la Creación, estuvo más de mil años sin ley.
Nuestro Señor hizo lo mismo con la primitiva Iglesia; pues, mientras él estuvo en la tierra, tampoco hubo ninguna nueva ley escrita, y fueron sus apóstoles los que, después de él, recogieron sus enseñanzas y sus disposiciones.
La Providencia os ha reunido aquí a vosotras doce, y, al parecer, con el designio de que honréis su vida humana en la tierra.
¡Oh!
¡qué ventaja estar en una comunidad puesto que cada miembro participa del bien que hace todo el cuerpo!
Por este medio podréis tener una gracia más abundante.
Nuestro Señor nos lo ha prometido cuando dijo: «Cuando estéis dos reunidos en mi nombre, yo estaré en medio de vosotros» 1.
Con ma________ Conferencia 1.
— Arch. de las Hijas de la Caridad; el original es manuscrito de Luisa de Marillac. 1.
Mt 18,20. 21
yor razón, cuando estéis varios con el mismo designio de servir a Dios, mi Padre y yo vendremos a poner nuestra morada en ellos, si ellos nos aman 2.
Por las personas que tienen un mismo espíritu y que, en ese mismo espíritu, se unen unas con otras para honrar a Dios, es por quienes el Hijo oró en la última oración que tuvo antes de su pasión, diciendo: «Padre mío, te ruego para que los que me has dado sean uno, como tú y yo somos uno» 3.
Veamos pues, mis queridas hijas, de qué manera tenéis que pasar las veinticuatro horas que forman la jornada, lo mismo que las jornadas forman un mes, y los meses los años, los cuales os conducirán hasta la eternidad.
Es preciso, mientras os sea posible, que os ajustéis a las horas; pues tendréis un gran consuelo cuando penséis al levantaros: «Todas mis otras hermanas, en cualquier lugar que estén, se levantan ahora para el servicio de Dios».
Así pues, os levantaréis a las cinco 4, mientras que los quehaceres de la Caridad puedan permitir que os acostéis a las diez, ya que es menester que os conservéis bien para el servicio de los pobres y para dar a vuestros cuerpos sus justas necesidades.
Vuestro primer pensamiento tiene que ser para Dios; dadle gracias por haberos preservado por la noche, mirad brevemente si le habéis ofendido, dadle gracias o pedidle perdón, ofrecedle todos vuestros pensamientos, los movimientos de vuestro corazón, vuestras palabras y obras; prometed no hacer nada que le disguste; y todo lo que hagáis durante el día sacará su fuerza de esta primera ofrenda hecha a Dios; porque, fijaos, hijas mías, si no se lo ofrecéis todo a Dios, perderéis la recompensa de vuestras acciones.
San Pablo dice cuánto perdéis cuando vuestro espíritu, en su primer pensamiento, se llena de otra cosa que no sea Dios.
El diablo hace todo lo posible, al despertaros, pa________ 2.
Jn 14,23. 3.
Jn 17,11. 4.
En un principio las hermanas se levantaban a las 5 de la mañana y se acostaban a las 10 de la noche, pero en la Conferencia del 15 de octubre de 1641 se estableció que se levantaran a las 4 de la mañana y se acostaran a las nueve de la noche, porque la experiencia les había demostrado de que así podían hacer mejor la oración de la mañana. 22
ra meteros otros pensamientos.
Por eso, ejercitaros bien en este ejercicio, como buenas cristianas y verdaderas Hijas de la Caridad.
La primera cosa que tenéis que hacer después de levantaros y estando un poco vestidas, es poneros de rodillas para adorar a Dios.
¿Qué creéis que es adorar a Dios?
Es rendirle un honor que sólo le pertenece a El, y reconocerlo como vuestro creador y soberano Señor.
Le pediréis luego su santa bendición, inclinándoos para recibirla con devoción y con la intención de que haga todos vuestros pensamientos, palabras y acciones, agradables a su divina Majestad y os dé el querer hacer todas las cosas por la gloria de su santísimo amor.
Después de vestiros y haber hecho la cama, os pondréis en oración.
Hijas mías, este es el centro de la devoción, y tenéis que desear mucho habituaros perfectamente a ella.
No, no creáis que unas pobres mujeres de aldea, ignorantes como vosotras podéis ser, no tienen que pretender realizar este santo ejercicio.
Si Dios es tan bueno y lo ha sido ya con vosotras al llamaros al ejercicio de la caridad, ¿por qué vais a creer que os negará la gracia que necesitáis para hacer bien la oración?
Que no se os ocurra nunca esto.
Yo me he sentido hoy muy edificado, al hablar con una buena joven aldeana, que es ahora una de las almas más grandes que conozco Empezad siempre todas vuestras oraciones por la presencia de Dios; porque a veces, sin esto, una acción dejará de resultarle agradable. fijaos bien, hijas mías, aunque no vemos a Dios, la fe nos enseña su santa presencia en todas las cosas, y este es uno de los medios que hemos de proponernos: está presente en todo lugar, penetrando íntimamente en todas las cosas e incluso en nuestros corazones; y esto es todavía más cierto que el que estamos todas presentes aquí, porque nuestros ojos nos pueden engañar, pero la verdad de Dios en todo lugar no fallará jamás.
Otro medio para ponernos en la presencia de Dios, es imaginarnos que estamos delante del Santísimo Sacramento del altar.
Allí es, queridas hijas, donde recibimos los más hermosos testimonios de su amor.
Amémosle mucho y acordémonos que dijo, 23
Tomo IX-A · página PDF 11mientras estaba en la tierra: «Si uno me ama, vendremos a él» 5, refiriéndose a su Padre y al Espíritu Santo; y las almas serán conducidas por su santa Providencia lo mismo que un barco por su piloto.
Tened mucho cuidado de dar cuenta de vuestra oración lo antes que podáis hacerlo.
No podéis imaginaros cuán útil os será esto.
Decíos mutuamente con toda sencillez los pensamientos que Dios os ha dado, y sobre todo mantened con cuidado las resoluciones que hayáis tomado en ella.
La bienaventurada hermana María de la Encarnación 6 se sirvió de este medio para adelantar mucho en la perfección.
Ella daba cuidadosamente cuenta de todo a su criada.
¡Oh! sí, hijas mías, no podéis imaginaros cuánto os aprovechará esto, y el gusto que daréis a Dios obrando de esta manera.
Fijaos, la buena Santa Magdalena ocultaba en su corazón los buenos pensamientos que recogía de las palabras de Nuestro Señor; y lo mismo se dice de la Santísima Virgen 7.
Los buenos pensamientos que Dios nos da en la oración son verdaderas reliquias; recogedlas cuidadosamente, para ponerlas en práctica, y alegraréis el corazón de Dios; de esta forma seréis el gozo de Dios, y todos los santos se alegrarán por ello.
Id todos los días a la santa Misa, pero id con una gran devoción, y estad en la iglesia con gran modestia, siendo ejemplo de virtud para todos los que os vean.
Voy a poner como ejemplo a una buena señora, llamada señora Pavillon, que desde hace muchos años sigue admirando a toda su parroquia 8.
Parece como si su caminar y su postura fueran visiblemente en la presencia de Dios; parece casi insensible a todas las cosas, excepto al pecado.
Dejará que la pisoteen antes que ser de otra manera. ________ 5.
Jn 14,23. 6.
Bárbara Avrillot, señora de Acarie y en religión María de la Encarnación, fundadora de las Carmelitas reformadas en Francia.
Célebre por sus virtudes y milagros, y beatificada en 1791.
Murió en Pontoise el 18 de abril de 1618, a la edad de 53 años.
Su vida fue escrita por Andrés Duval, amigo de san Vicente y doctor de la Sorbona. 7.
Lc 2,19. 8.
Grandchamp (Sarthe) según un manuscrito. 24
Tomo IX-A · página PDF 12De esta forma, hijas mías, hay que estar reverentemente en la iglesia, principalmente durante la santa Misa.
¿Qué pensáis hacer durante ella?
No es solamente el sacerdote el que ofrece el Santo Sacrificio, sino todos los que asisten a él; estoy seguro de que, cuando estéis bien instruidas en este punto, tendréis gran devoción; porque es el centro de la devoción.
Hijas mías, sabed que, cuando dejéis la oración y la santa Misa por el servicio a los pobres, no perderéis nada, ya que servir a los pobres es ir a Dios; y tenéis que ver a Dios en sus personas.
Tened, pues, mucho cuidado de todo lo que necesitan y vigilad particularmente en ayudarles en todo lo que podáis hacer por su salvación: que no mueran sin los sacramentos.
No estáis solamente para su cuerpo, sino para ayudarles a salvarse.
Sobre todo, exhortadles a hacer confesión general. y soportad sus malos humores, animadles a sufrir por el amor de Dios, no os irritéis jamás contra ellos y no les digáis palabras duras; bastante tienen con sufrir su mal.
Pensad que sois su ángel de la guarda visible, su padre y su madre, y no les contradigáis más que en lo que les es perjudicial, porque entonces sería una crueldad concederles lo que piden.
Llorad con ellos; Dios os ha constituido para que seáis su consuelo.
Ved, hijas mías, la fidelidad que debéis a Dios.
El ejercicio de vuestra vocación pide el recuerdo frecuente de la presencia de Dios; y para hacerlo más fácil, utilizad las señales que os dé el sonido del reloj, y haced entonces algún acto de adoración.
Hacer este acto es decir en vuestro corazón: «Dios mío, yo te adoro», o bien: «Tú eres mi Dios», «Dios mío, yo te amo con todo mi corazón», «Me gustaría, Dios mío, que todo el mundo te conociese y honrase para honrar los desprecios que sufristeis en la tierra».
Al comienzo de vuestros actos, podéis cerrar los ojos para recogeros.
Haced el examen antes de comer durante el espacio de uno o dos Misereres, y esto sobre las resoluciones que hayáis tomado en la oración.
Que estas resoluciones sean, en cuanto sea posible, sobre la práctica de una virtud particular, y que, de ordinario tiendan a combatir la imperfección a la que estáis más 25
Tomo IX-A · página PDF 13inclinadas; pues, fijaos, hijas mías, el más justo cae siete veces al día 9; unas se ven sujetas a la vanidad, otras a la inmodestia.
En eso es en lo que tenéis que trabajar: en vencer vuestras malas costumbres.
Hay que ser muy modestas y recatadas y dominar mucho la vista.
Una mirada perdió a David, que era un hombre de bien.
Es casi imposible que una persona inmodesta por fuera sea modesta por dentro.
Y si me preguntáis cuánto tenéis que permanecer en la misma resolución, os contestaré: mientras os sintáis inclinadas al vicio que queráis combatir.
Guardaos mucho de las palabras ligeras y demasiado bromistas.
El mejor medio de ser recatadas es pensar muchas veces que Dios os ve.
El tiempo que os quede después del servicio a los enfermos tenéis que emplearlo bien; no estéis nunca sin hacer nada; ejercitaos en aprender a leer, no para vuestra utilidad particular, sino para poder ser enviadas a los lugares en donde podáis enseñar.
¿Sabéis lo que la divina Providencia quiere hacer de vosotras?
Manteneos siempre en disposición de ir a donde la santa obediencia os envíe.
Guardaréis el silencio después del examen de la noche hasta el día siguiente por la mañana después de la oración, para que este recogimiento, que ha de ser visible por fuera, favorezca el trato de vuestros corazones con Dios; guardadlo sobre todo después de la oración que hagáis a Dios antes de acostaros, y después de haber recibido su santa bendición.
Acostaos con modestia y dormíos con un buen pensamiento Esto será para vosotras un medio fácil para acordaros de Dios al despertar; y por la mañana tendréis el espíritu mejor dispuesto para hacer vuestra oración.
Comulgaréis los domingos y los días de fiesta y algún que otro día de devoción, pero siempre con el permiso de vuestros confesores 10. ________ 9.
Prov 24,16. 10.
Conviene hacer notar que san Vicente sigue, en este punto, la opinión de los autores espirituales de la época, y en particular la de 26
Como la obediencia perfecciona todas nuestras obras, es necesario que, entre vosotras, haya siempre una que tenga el lugar de la superiora.
Unas veces será una, y otras otra.
Así lo hacemos también nosotros en las misiones; ¿no lo creéis necesario?
¡Que Dios reciba con agrado la sumisión que le habéis hecho para honrar la sumisión de su Hijo a san José y a la santísima Virgen!
Tened cuidado, hijas mías, en mirar siempre a la que ocupe el lugar de superiora, como a la santísima Virgen; ved incluso a Dios en ella, y os aprovecharéis más en un mes que lo que os aprovecharíais en un año entero sin eso.
Al obedecer, aprenderéis la santa humildad; y al mandar por obediencia, enseñaréis a las otras con utilidad.
Os quiero decir, para excitaros a la práctica de la santa obediencia que, cuando Dios me puso al lado de la esposa del señor General 11, me propuse obedecerla como a la santísima Virgen; ¡y sabe Dios cuánto bien me ha hecho esto!
Honrad a las damas de la Caridad tened siempre con ellas mucho respeto, honrad también a los enfermos, y miradlos como a vuestros dueños.
Así pues, sor María 12, la de San Salvador 13, usted será durante todo el mes superiora de su hermana; Micaela, de Bárbara 14, en San Nicolás; Margarita, de sus hermanas en San Pablo; y para usted hermana la de San Benito, su buen ángel será su guía; y en el hospital, la señorita Le Gras.
Sed muy cordiales unas con otras, y que las de otras parroquias vengan aquí de vez en cuando para que las ayudéis en la práctica de vuestro reglamento.
Me queda por decir los frutos que obtendréis de esta mane________ san Francisco de Sales ( Introducción a la vida devota , c. xx, parte II),mucho más rígida que la tradición primitiva y la actual. 11.
Señora de Gondy, esposa del General de las Galeras. 12.
María Joly. 13.
Al principio san Vicente designaba con el nombre de pila seguido de la parroquia en la que servían a los pobres.
Más tarde jamás omite el tratamiento de sor, como puede observarse en las Conferencias sucesivas. 14 Bárbara Angiboust. 27
ra de vivir.
El primero es que tenéis que creer que, si hay alguna criatura que puede esperar el cielo, son las que sean fieles a esto.
¿Por qué?
Dios lo ha prometido.
Estad seguras de que, al observarlo, cumpliréis la santísima voluntad de Dios.
San Clemente 15 tenía este sentimiento; decía que el que vive en una comunidad, observando su regla no tiene nada que temer.
En segundo lugar, es el comienzo de un grandísimo bien, que quizás dure perpetuamente.
Sí, hijas mías, si entráis en la práctica de vuestro reglamento con el plan de cumplir la santísima voluntad de Dios, hay grandes esperanzas de que vuestra pequeña comunidad dure y aumente.
Pero también tenéis que temer que, si lo descuidáis y no lo cumplís, no tendrá más remedio que desaparecer.
¡Oh!
¡Tened cuidado! ;Qué desorden!
Se trataría nada menos que de dejar un bien que Dios ha decidido quizás desde toda la eternidad, y para el que os ha escogido.
¡Qué felicidad si lo cumplís según su deseo!
Vuestra comunidad no durará solamente algún tiempo, sino que después de vuestra vida os servirá de motivo para aumentar vuestra gloria en el cielo.
En tercer lugar, de vuestra fidelidad depende quizás la vida de diez mil personas.
¡Cuántos maridos devueltos a sus mujeres, de padres y madres a sus hijos!
Quizás seréis vosotras la causa de que se salven muchos, que no se salvarían de otra manera Pero ¿cómo es que os ha escogido Dios para tan grande bien?
Esa es la voluntad de Dios, escoge personas de poco valor.
Escogió a los apóstoles para derribar la idolatría y convertir a todo el mundo.
Sabed, hijas mías, que Dios empezó la Iglesia por unos pobres y decid: «Yo tampoco soy nada; por eso Dios me ha escogido para hacerle un gran servicio.
Dios lo ha querido.
Jamás me olvidaré de mi bajeza y adoraré siempre su gran misericordia sobre mí». ________ 15.
Luisa de Marillac interpretó mal el pensamiento de san Vicente quien habla probablemente del papa Clemente VIII que no ha sido canonizado (cfr.
Conferencia 30. p. 295). 28
En cuarto lugar, ved qué desgracia sería si, habiéndoos escogido Dios para esta santa obra, llegáseis a fallar por vuestra culpa.
A la hora de la muerte, Dios os lo reprocharía y os diría: «Vete, desgraciada; por no haber seguido tu reglamento y por no haber socorrido a los pobres enfermos, eres la causa de que gran cantidad de personas hayan muerto antes de tiempo y de que vuestra pequeña comunidad no perdure».
Pues bien, puesto que se trata de un bien y es razonable que continúe, he aquí algunos medios.
El primero es pedirle a Dios la gracia de vivir en la observancia del pequeño reglamento que se os ha propuesto.
El segundo es que hay que esforzarse y proponerse cumplirlo ahora, y decir en vuestros corazones: «Sí, Dios mío, yo me propongo entrar en la práctica del bien que Tú nos has enseñado; ya sé que soy débil, pero, con tu gracia, lo puedo todo, y tengo confianza en que me ayudarás; por el amor que te inclina a enseñarnos tu santa voluntad, yo te suplico que nos des la fuerza y el coraje de cumplirla».
El tercer medio para observar vuestro reglamento es vivir en una gran cordialidad y caridad las unas con las otras.
Las personas que han sido escogidas para un mismo ejercicio tienen que estar también unidas en todas las cosas.
Estas hermanas han sido escogidas para el cumplimiento de un fin; pero la obra no durará si vosotras no os amáis mutuamente, y este vínculo impedirá que se deshaga.
Nuestro Señor dijo a sus apóstoles: «Vosotros, mis apóstoles, si queréis permanecer en el plan que yo he tenido desde toda la eternidad, tened gran caridad entre vosotros» 16.
Hijas mías, vosotras sois débiles, es cierto; pero soportad mutuamente vuestras imperfecciones las unas de las otras.
Si no lo hacéis, la obra se derribará, y otras pasarán a ocupar vuestro sitio.
Y como es fácil que surjan antipatías, será bueno que cambiéis, con el permiso de los superiores y el beneplácito de las damas superioras.
San Pedro y san Pablo y san ________ 16.
Jn 15,12. 29
Bernabé tuvieron también muchas diferencias 17.
Por eso no hay que extrañarse de que las tengan algunas pobres hijas débiles.
Hay que estar dispuestas a ir a donde quiera que se os ordene, e incluso a pedirlo y decir: «Yo no soy ni de aquí ni de allí, sino de todas partes a donde Dios quiere que vaya».
No hagáis como los hijos de Zebedeo que, bajo mano, pidieron a Dios unos sitios que, por su bien, no les concedió 18.
Vosotras habéis sido escogidas para estar de esta forma bajo la disposición de su Divina Providencia; y si no queréis someteros a ella por entero, perderéis mucho.
Otro medio es un despego total del padre, de la madre, de los parientes y de los amigos, de forma que solamente seáis para Dios.
Y para obtener ese gran bien, hay que despojarse de todo y no tener nada propio.
Los apóstoles tenían este despego.
Por un escudo alcanzaréis ciento; tantas como son las damas, serán también vuestras madres; de forma que, hijas mías, la Providencia jamás os faltará.
¿No tendréis ánimos para entregaros a Dios, que piensa tanto en vosotras?
No pretendáis reservaros nada para vuestra subsistencia; fiaos siempre de la Providencia.
Los ricos pueden caer en necesidad por ciertas circunstancias que con frecuencia suceden, pero no caerán nunca jamás en necesidad los que quieren depender enteramente de Dios.
¿No es bueno vivir de esta forma, hijas mías?
¿Que hay que temer?
Dios ha prometido que las personas que tengan cuidado de los pobres no carecerán nunca de nada.
Hijas mías, ¿no preferís las promesas de Dios a los engaños del mundo?
Dios se ha obligado a proveer a vuestras necesidades.
El sexto medio es que todos los años hagáis los ejercicios para renovar vuestros santos propósitos, y esto cada una en el tiempo y lugar que se juzgue oportunos y donde la obediencia os envíe.
Quizás sea conveniente que sea en este lugar.
Otro medio para mantener a la Compañía en una exacta observancia del reglamento, es que cada una de vosotras deis cuen________ 17.
Hech 15,37-40. 18.
Mt 20,21. 30
ta todos los meses a la encargada de todas vosotras, y que en este lugar se tenga un pequeño retiro sobre el bien que hacéis para animaros.
Esto, con la gracia de Dios, lo haré yo mientras pueda, o alguno de los nuestros.
Hijas mías, como tema de vuestra oración, ejercitaos toda esta semana en considerar las gracias que habéis recibido de Dios, incluso desde vuestra infancia, los peligros de los que habéis oído decir a vuestros padres que os ha librado la Providencia de Dios; y para eso, repartid vuestra vida en varios períodos, desde el bautismo y los demás sacramentos y especialmente desde la vocación, y decid: «Cuando yo ni siquiera existía, Dios pensaba en llevarme a una comunidad que sería para mí un medio de salvación».
¡Y cuántas gracias os quiere conceder en el ejercicio de vuestra misión!
Conozco a una persona que se ha visto muy tocada por el amor de Dios al conocer una gracia que recibió en su nacimiento, sin la que quizás no hubiera podido nunca ser bautizada.
No podéis imaginaros cuánto le ha servido esto.
Decid, hijas mías: «Desde toda la eternidad Dios ha pensado en hacerme este bien, e incluso cuando yo ni siquiera tenía sentimientos de gratitud y de acción de gracias».
Y pensad en vuestros corazones cuál es la resolución que tenéis que tomar, y proponeos observar toda la vida vuestro reglamento de servir a los enfermos.
Continuad durante ocho días este ejercicio, y después tomaréis para el resto del mes las meditaciones de la Introducción 19; y no lo dejéis, por favor.
Pero, hijas mías, todas nuestras resoluciones nada sirven sin la gracia.
Por eso es necesario que le pidamos a Dios que nos fortifique, y que trabajemos animosamente.
Para eso entregaos a Dios, a la santísima Virgen, e invocad a san Luis 20 y a los demás santos, que han sido tan felices por servir a Dios en vuestros quehaceres. ________ 19.
Introducción a la vida devotade san Francisco de Sales a quien san Vicente profesaba gran veneración. 20.
San Luis, rey de Francia quien visitaba con frecuencia a los enfermos del Hospital General de París (cfr. las Conferencias 15 y 101). 31
Animo, hijas mías; ved qué misericordia ha tenido Dios con vosotras al escogeros las primeras para esta fundación.
Cuando Salomón quiso construir el templo de Dios, puso como fundamento algunas piedras preciosas para testimoniar que lo que quería hacer era muy excelente.
¡Quiera la bondad de Dios concederos la gracia de que vosotras, que sois el fundamento de esta compañía, seáis eminentes en la virtud!
Pues, si sois poco virtuosas, haríais daño a todas las que os sigan, si quiere Dios bendecir este comienzo.
Lo mismo que los árboles no producen frutos sino según su especie, ¿creéis que las que vengan después de vosotras querrán tender a mayores virtudes que las que vosotras habéis practicado?
Entonces, todas las hijas declararon que querían someterse a los consejos que acababan de oír y practicar el reglamento que se les había dado.
Todo el mundo se puso de rodillas, y el Padre Vicente añadió: Que la bondad de Dios quiera imprimir de tal forma en vuestros corazones lo que yo, miserable pecador, acabo de deciros de parte suya, que podáis siempre acordaros de ello para practicarlo y ser de esta forma verdaderamente Hijas de la Caridad.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén. 2(2,IX,14-18) C ONFERENCIA DEL 5 DE JULIO DE 1640.
Sobre la vocación de Hija de la Caridad El tema de la conferencia es sobre lo bueno que es ser Hijas de la Caridad: lo que significa y lo que es necesario para ser verdaderas y buenas Hijas de la Caridad.
La felicidad del cristiano está en permanecer siempre en el ________ Conferencia 2.
— Arch. de las Hijas de la Caridad; el original es manuscrito de Luisa de Marillac. 32
estado que los hace más agradable a Dios, de forma que no haya nada en ellos que le pueda disgustar.
Dos clases de personas en el mundo pueden permanecer en este estado: las primeras están en su ocupación y solamente se preocupan en el cuidado de su familia y en la observancia de los mandamientos; las segundas son aquellas a las que Dios llama al estado de perfección, como los religiosos de todas las Ordenes y también aquellos que El pone en comunidades como las Hijas de la Caridad, las cuales, aunque por ahora no tengan votos 1, no dejan de estar en este estado de perfección, si son verdaderas Hijas de la Caridad.
Pues bien, para ser verdaderas Hijas de la Caridad, es preciso haberlo dejado todo: padre, madre, bienes, pretensión de tener un ajuar; es lo que el Hijo de Dios enseña en el Evangelio 2.
Además hay que dejarse a sí mismo, pues, si se deja todo y se reserva uno su propia voluntad, si no se deja a sí mismo, no se ha hecho nada.
Ser Hijas de la Caridad, es ser hijas de Dios, hijas que pertenecen por entero a Dios, pues el que está en la caridad está en Dios, y Dios en él 3.
Hay que cumplir enteramente la voluntad de Dios observando sus mandamientos y los de la santa Iglesia, obedeciendo a los superiores, observando el reglamento y guardando la uniformidad.
Sí, hijas mías, hay que trabajar seriamente en todo esto.
Hasta ahora mis quehaceres me han impedido ayudaros; pero muchas veces los remordimientos de conciencia que siento, me hacen tomar la resolución de hablaros cada quince días sobre este tema.
Por tanto, hay que revisar vuestro reglamento y obrar de manera que, aunque estéis en diversos lugares vuestros ejercicios, vuestra oración y vuestras preces antes de la comida se tengan a la misma hora.
Pasemos a los medios para ser buenas Hijas de la Caridad.
Hay que pedírselo a Dios con frecuencia en todas vuestras ora ________ 1.
Luisa de Marillac y otras cuatro hermanas hicieron los votos por primera vez el 25 de marzo de 1642. 2.
Lc 14,33. 3. 1 Jn 4,16. 33
ciones, ofrecerle todas vuestras acciones por este fin, ya que por vosotras mismas no podéis obtener este gran bien.
Pobres aldeanas, porqueras como yo, no tenemos que presumir de nosotros mismos.
El segundo medio es querer ser verdaderas Hijas de la Caridad.
¿No lo queréis así todas?
¿No os decidís ahora a ello?
Después de haber obtenido el consentimiento de todas, el Padre Vicente añadió: Haced ahora este acto; decid todas en vuestros corazones: «Sí, Dios mío, deseo con todo mi corazón y quiero ser verdadera Hija de la Caridad, con la ayuda de tu santa gracia».
Así es como se hacen los actos interiores, como también los de fe, esperanza y caridad.
Para ser verdaderas Hijas de la Caridad, hay que hacer lo que hizo el Hijo de Dios en la tierra.
¿Y qué es lo que hizo principalmente?
Después de haber sometido su voluntad obedeciendo a la santísima Virgen y a san José, trabajó continuamente por el prójimo, visitando y curando a los enfermos, instruyendo a los ignorantes para su salvación.
¡Qué felices sois, hijas mías, por haber sido llamadas a una condición tan agradable a Dios!
Pero habéis de tener también mucho cuidado en no abusar y en trabajar por perfeccionaros en esta santa condición.
Tenéis la dicha de ser las primeras llamadas a este santo ejercicio, vosotras, pobres aldeanas e hijas de artesanos.
Desde el tiempo de las mujeres que servían al Hijo de Dios y a los apóstoles, no se ha hecho en la Iglesia de Dios ninguna fundación para este fin.
Humillaos mucho y velad por haceros todas perfectas y santas, puesto que no podéis esperar que las que vengan después de vosotras, para seguir vuestro ejemplo, sean mejores que vosotras, ya que de ordinario cada cosa produce algo semejante a ella misma.
Por tanto, no rebajéis vuestra condición, o, más bien, no la deshonréis, no seáis causa con vuestro ejemplo de que unas mujeres imperfectas se vean encargadas de un oficio tan digno.
Como, en el decurso del tiempo, las hermanas habían tomado algunas costumbres que perjudicaban a su perfección, se 34
plantearon dos cuestiones; en primer lugar, si ofendían a Dios quejándose de sus compañeras unas con otras.
El Padre Vicente respondió que nada rompía tanto la unión y la caridad como este defecto, y que antiguamente, en una comunidad, cuando los religiosos se visitaban su primera palabra era: «Hermano dígame alguna buena palabra que me edifique».
Igualmente, añadió nuestro veneradísimo Padre, cuando os visitéis, cuidad de no decir nada que os escandalice.
Si sois Hijas de la Caridad, es preciso ante todo que la tengáis entre vosotras; ¿no lo queréis así?
Y preguntando a todas, les hizo prometer que se excusarían entre sí.
También preguntaron si, cuando estaban descontentas, bien sea de su superiora, bien del trabajo que tenían con los enfermos o en la casa, o bien cuando tenían alguna tentación y tristeza y cuando todas estas penas les hacían pensar en salirse de la Caridad, hacían bien las hijas en consolarse entre sí, y si, cuando el superior o la superiora eran avisados de sus faltas, podían dirigir sus sospechas sobre ésta o aquélla, enfadarse y murmurar de ella.
Sobre el primer punto, el Padre Vicente, nuestro veneradísimo superior nos hizo ver que estos desahogos son contagiosos y que las hermanas que se consuelan de esta forma comunican su mal a las demás y quizás las hieren de muerte.
Si éstas murmuran y salen de la Caridad, las que les han desedificado con sus malas conversaciones tendrán que responder ante Dios de toda la gloria que ellas le hubieran dado, de todo el servicio que ellas hubieran podido hacer y de todo el bien que hubieran hecho en la Compañía.
De esta forma hemos visto cuán grande era ese mal y con qué cuidado teníamos que evitarlo.
A propósito de los avisos de las faltas, el Padre Vicente dijo: Hijas mías, no solamente no tenéis que enfadaros cuando sabéis que algunas de vuestras acciones han sido manifestadas a vuestros superiores, sino que tenéis que desearlo.
¿Por qué creéis que todas las órdenes religiosas y todas las comunidades 35
lo hacen así?
Sin ese bien no podrían subsistir, ¿Cómo podría un superior guiar a los suyos, si están a cien leguas, poco más o menos, sin esta ayuda?
¿Cómo podríamos nosotros, en nuestras casas, y en las parroquias, guiaros sin estas advertencias?
¡Oh!
Creed que es totalmente necesario y una de las mejores prácticas de las comunidades.
Un superior o una superiora encargada de muchos asuntos no podría saber lo que sucede en la casa sin ese medio.
Pues bien, hijas mías ¿no creéis que es esto necesario?
Así lo confesaron todas y prometieron no tomarlo nunca d mal, ni quejarse de ello, como también no desahogarse de esas penas.
¡Animo, hijas mías!
¡bendito sea Dios por las buenas resoluciones que acabáis de tomar para su servicio!
Ellas os perfeccionarán en la vocación a la que se os ha llamado.
Suplico a su bondad que os dé las gracias necesarias para guardarlas, y para uniros cada vez con mayor perfección en su santo amor.
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén. 3(3,IX,18-26) C ONFERENCIA DEL 19 DE JULIO DE 1640 Sobre la vocación de Hija de la Caridad El jueves, 19 de julio de 1640, nos dio el Padre Vicente la segunda conferencia sobre la vocación de las Hijas de la Caridad, y empezó de esta manera.
¡Animo, hijas mías!; de nuevo estamos reunidos para hablar de la excelencia de vuestra vocación y para conocerla mejor, a fin de reparar las faltas en las que me han hecho caer mis continuas ocupaciones, retrasando tanto tiempo mis deseos de enseñaros lo que tenéis que saber sobre este tema.
Quizás, mis ________ Conferencia 3.
— Arch. de las Hijas de la Caridad; el original es manuscrito de Luisa de Marillac. 36
queridas hijas, la justicia de Dios me tendrá que castigar de ello en el purgatorio.
Sin embargo, he tenido un consuelo en todo esto: desde hace diez o doce años que ha empezado vuestra Compañía, vosotras habéis honrado la conducta del Hijo de Dios en la fundación de su Iglesia, el cual estuvo treinta años sin aparecer, para trabajar solamente tres, y no dejó nada por escrito a sus apóstoles.
En todo lo que habéis hecho, hijas mías, estos años pasados, os habéis guiado por la costumbre; pero, con la ayuda de Dios, en el porvenir tendréis vuestras pequeñas reglas.
Así pues, la finalidad de esta conferencia será la de daros a conocer el plan de Dios en la fundación de las Hijas de la Caridad, ya que todos los obreros del mundo tienen algún plan en sus obras.
El mismo Dios no hizo nunca nada sin este plan.
Su plan, en la institución de los Capuchinos, fue formar hombres que enseñasen la penitencia con su ejemplo; suscitó a los Cartujos para honrar sus soledad y cantar sus alabanzas; a los Jesuitas, para llevar una vida apostólica; y así a los demás.
Por tanto, tenemos que ver el plan de Dios en vuestra fundación.
Vosotras, pobres campesinas, ¿no os sentís consoladas y admiradas al mismo tiempo de una gracia tan grande de Dios, que todavía no conocéis pero que conoceréis algún día?
Honrad pues el plan que Dios ha tenido desde toda la eternidad en este propósito; y aunque os parezca hasta el momento muy pequeño y casi nada, sabed que es muy grande, ya que se trata de amar, servir y honrar la vida de su Hijo en la tierra.
Pero quizás, hijas mías, no sepáis cómo se puede amar a Dios soberanamente.
Os lo voy a decir.
Se trata de amarlo más que a cualquier cosa, más que al padre, a la madre, a los parientes, a los amigos, o a una criatura cualquiera; amarlo más que así mismo, porque, si se presentase alguna cosa contra su gloria y su voluntad, o si fuese posible morir por él, valdría más morir que hacer algo contra su gloria y su puro amor.
Ved, hijas mías, cuán grande es el plan de Dios sobre vosotras, y la gracia que os concede al permitiros servir ya a una tan grande cantidad de pobres y en tan diversos lugares.
Esto 37
exige diversas clases de reglamentos.
Las hermanas de Angers tienen el suyo; se necesitará uno para las que sirvan a los pobrecitos niños, otra para los que sirvan a los pobres del hospital, otro para las que sirvan a los pobres de las parroquias, otro para las de los pobres galeotes y también otro para las que se queden en la Casa 1, a la que tenéis que mirar y amar como la de vuestra familia.
Y todas estas reglas tienen que trazarse sobre la regla general, de la que os voy a hablar.
La Providencia ha permitido que la primera palabra de vuestras reglas sea de esta manera: «La Compañía de las Hijas de la Caridad se ha fundado para amar a Dios, servirle y honrar a Nuestro Señor, su dueño, y a la santísima Virgen».
¿Y cómo le honraréis vosotras?
Vuestra regla lo indica haciéndoos conocer el plan de Dios en vuestra fundación: «Para servir a los pobres enfermos corporalmente, administrándoles todo lo que les es necesario; y espiritualmente, procurando que vivan y mueran en buen estado».
Fijaos, hijas mías: haced todo el bien que queráis; si no lo hacéis bien, no os aprovechará de nada.
San Pablo nos lo ha enseñado.
Dad vuestros bienes a los pobres; si no tenéis caridad, no hacéis nada 2; no, aunque deis vuestras vidas.
¡Oh, mis queridas hermanas!
Hay que imitar al Hijo de Dios que no hacía nada sino por el amor que tenía a Dios su Padre.
De esta forma, vuestro propósito, al venir a la Caridad 3, tiene que ser puramente por el amor y el gusto de Dios; mientras estéis en ella, todas vuestras acciones tienen que tender a este mismo amor.
El medio principal y más seguro para adquirir este amor, es pedírselo a Dios, con gran deseo de obtenerlo.
¿De qué os serviría llevar una sopa, un remedio, a los pobres, si el motivo de esta acción no fuera el amor?
Ese era el motivo de todas las acciones de la santísima Virgen y de las buenas mujeres que servían a los pobres, bajo la dirección de nuestra Señora y de los apóstoles, santa Magdalena, santa Marta, santa María Salo________ 1.
La Casa madre de las Hijas de la caridad. 2. 1 Cor 13,3. 3.
Compañía de las Hijas de la Caridad. 38
mé Susana y santa Juana de Cusa, mujer del procurador de Herodes, a las que os sentís tan felices de suceder.
Honráis también al Hijo de Dios procurando que todo los enfermos estén siempre en buen estado, esto es, en gracia de Dios.
¡Qué honor y consuelo podéis tener, hijas mías, al ver cómo Dios os ha concedido un medio tan fácil de servir a los cuerpos, a vosotras que, por vosotras mismas, jamás podríais esperar realizar grandes hechos caritativos, ni poder ayudar en la salvación de las almas!
El que lo hagáis por amor de Dios no sería bastante, ya que entre aquéllos a quienes podáis servir, habrá muchos que serán enemigos de Dios por los pecados cometidos desde hace mucho tiempo, y por los que quizás tengan ganas de cometer después de su enfermedad, si de enemigos de Dios no procuráis cambiarlos en amigos de Dios por una verdadera penitencia.
Por eso, hijas mías, es preciso que sepáis que el designio de Dios en vuestra fundación ha sido, desde toda la eternidad, que lo honréis contribuyendo con todos vuestras fuerzas al servicio de las almas, para hacerlas amigas de Dios, esto es, disponiéndolas con gran cuidado a recibir los sacramentos, y esto incluso antes de que os ocupéis del cuerpo.
Hay que hablarles con tanta caridad y afabilidad que vean que sólo el interés de la gloria de Dios y de su salvación os lleva a hacerles esta proposición.
Hacedles pensar en la importancia de recibir los sacramentos en esas disposiciones, de forma que se aprovechen sus almas; y cuando estén reconciliados con Dios, decidles que no habrá ningún momento en su vida, ningún sufrimiento, que Dios no recompense, aunque no se mueran hasta dentro de cincuenta años.
Durante sus enfermedades, tened mucho cuidado de prepararlos para la muerte y de que tomen buenas resoluciones para bien vivir, si Dios permite que se curen.
De esta forma, hijas mías, de enemigos que eran de Dios, se convertirán en amigos de Dios.
¡Qué consuelo en el cielo, si tenéis la felicidad de ver allí a aquellas almas que, por su presencia, aumentarán la gloria que Dios os dé! 39
Tomo IX-A · página PDF 27No es eso todo.
Dios tiene además otro plan, mis queridas hermanas: el de vuestra propia perfección; porque, hijas mías, ¿de qué os serviría ganar todas las almas para Dios si perdéis la vuestra?
Por otra parte, ¿cómo trabajaríais en vuestra propia perfección, teniendo tantos quehaceres?
Vuestra regla os lo enseñará, ya que el segundo artículo os dice que os améis las unas a las otras como hermanas que ha unido Jesucristo con el vínculo de su amor.
¿No os parece esto muy apremiante?
Hijas mías, sería mucho decir: «Amaos como hermanas»; pero todavía puede apremiar mucho más vuestro corazón el deciros: «Como hermanas que Jesucristo ha unido con el vínculo de su amor».
Mis queridas hermanas, ved cuán obligadas estáis a un gran amor unas con otras, si no queréis correr el peligro de despreciar la gran gracia que Dios os ha hecho al daros la vocación de sus más queridos amigos.
Este santo amor no puede tolerar, mis queridas hermanas, que tengáis en el corazón ningún rencor mutuo.
Por eso, si lo tuvieseis alguna vez, o estuvieseis desedificadas de las otras, pedíos en seguida perdón mutuamente, con un corazón afectuoso y deseoso de agradar a Dios, de amarlo, de amaros mutuamente por amor a él y de soportaros en vuestras pequeñas dificultades e imperfecciones naturales.
Otro medio para perfeccionaros es la mortificación de los sentidos.
¡Oh!
¡qué gran secreto nos enseña san Pablo en algunas de sus epístolas, cuando hablándole al pueblo que había instruido, le dice: «Queridísimos hermanos, os tengo que hablar de cosas muy bajas y muy vulgares, pero es necesario que mortifiquéis vuestros miembros, a fin de que, como sirvieron para iniquidad, sirvan ahora para la justicia» 4.
Lo mismo os digo a vosotras, mis queridas hermanas: mortificad vuestros sentidos y en seguida encontraréis en vosotras un cambio y gran facilidad para el bien.
Tenemos cinco sentidos exteriores y tres que son interiores.
Los exteriores son la vista, el olfato, el oído, el gus________ 4.
Rom 6,19. 40
to y el tacto.
Son otras tantas ventanas por donde el diablo, el mundo y la carne, pueden entrar en nuestros corazones.
Por eso, empezad por la vista; acostumbraos a tener vuestra vista moderadamente baja, ya que, como estáis al servicio de personas seculares, es menester que no las asuste el exceso de vuestra modestia.
Esto podría impedir hacer el bien que puede hacerse con una jovialidad moderada.
Abstenéos solamente de esas miradas fijas, mirando a un hombre o a una mujer fijamente entre los dos ojos, y de ciertas miradas remilgadas que son demasiado peligrosas y cuya herida no se siente de momento.
Podéis también mortificar este sentido en la iglesia, por las calles y en otras muchas ocasiones de curiosidad, desviándola de todos esos objetos por amor de Dios.
Nuestro olfato tiene también necesidad de ser mortificado, bien sea aceptando de buen grado los malos olores, cuando se presentan, sin hacer remilgos, especialmente con vuestros pobres enfermos, y también absteniéndoos de los buenos olores, cuando podáis sentirlos; pero esto sin que se den cuenta los demás.
Cuando le preguntaron sobre si había algún mérito en abstenerse de poner perfumes en la ropa o en los vestidos, el Padre Vicente, no pudiendo concebir que jamás hubiese pensado nadie tener tan gran vanidad, demostró una gran extrañeza, y su extrañeza fue toda una respuesta.
Sin embargo, añadió que sería una grandísima falta para una hija de la Caridad el tener solamente este pensamiento.
Podemos también mortificar muchas veces nuestro gusto, aunque sólo sea tomando el trozo de pan que menos nos gusta, yendo a la mesa sin demostrar el gran apetito que a veces podemos tener, absteniéndonos de comer fuera de las horas, dejando lo que más agrada a nuestro gusto, o una parte de lo que nos está permitido comer.
El sentido del oído es también una ventana peligrosa por don de lo que se nos dice entra algunas veces tan fuertemente en nuestros corazones, que produce allí mil y mil desórdenes.
Tened mucho cuidado con él, hijas mías; con frecuencia la ca41
ridad se ve en gran peligro por culpa de los sentidos.
Por eso,hay que mortificarlos tanto como se pueda.
No escuchéis de buen grado, sino separaos inmediatamente de las maledicencias, de las malas palabras, y de todo lo que podría herir vuestro corazón e incluso vuestros sentimientos sin necesidad.
El tacto es el quinto de nuestros sentidos.
Lo mortificamos absteniéndonos de tocar al prójimo y no permitiendo a los demás que toquen, por deleite sensual, no solamente nuestras manos, sino cualquier parte de nuestro cuerpo.
La práctica de esta mortificación, hijas mías, os ayudará mucho a perfeccionaros y a cumplir el plan de Dios en vuestra fundación.
Animaos mucho mutuamente, y de ahí se seguirá otro bien, por el buen ejemplo que les daréis a las demás; porque, mis queridísimas hermanas, instruir con las palabras es mucho, pero el ejemplo tiene un poder muy distinto sobre los corazones.
San Francisco lo sabía muy bien, cuando decía a veces a uno de sus hermanos: «Vayamos a predicar», y luego se contentaba con ir a pasear por la ciudad con él; y como, a la vuelta, el hermano le dijese: «No habéis predicado». «Sí, hermano mío, le respondió el santo; porque nuestro porte y nuestra modestia eran una predicación para este pueblo».
Sed pues modestas, hijas mías, por favor, y trabajad intensamente en vuestra perfección.
No os contentéis con hacer el bien, sino hacedlo de la forma que Dios quiere, esto es, lo más perfectamente que podáis, haciéndoos dignas siervas de los pobres.
¡Qué consolado me sentí, mis queridas hermanas, uno de estos días!
Es preciso que os lo diga.
Oía yo leer la fórmula de los votos de los religiosos hospitalarios de Italia, que era en estos términos: «Yo hago voto y prometo a Dios guardar toda mi vida la pobreza, la castidad y la obediencia y servir a nuestros señores los pobres».
Ved, hijas mías, es muy agradable a nuestro buen Dios honrar de esta forma a sus miembros, los queridos pobres.
El fervor con que el Padre Vicente leyó las palabras de estos votos indujo a algunas hermanas a testimoniar el sentimiento que experimentaban.
Al representar la felicidad de estos bue42
nos religiosos que se entregaban así por entero a Dios, le preguntaron si, en nuestra Compañía, no podría haber hermanas admitidas a hacer semejante acto.
Su caridad nos respondió de esta manera: Sí, desde luego, hermanas mías, pero con esta diferencia: que los votos de esos buenos religiosos son solemnes, y no pueden ser dispensados de ellos ni siquiera por el Papa; pero, de los que vosotras podéis hacer, el obispo podría dispensar.
Sin embargo, valdría más no hacerlos que tener la intención de dispensarse de ellos cuando una quisiera.
A esta pregunta: «¿Sería conveniente que las hermanas los hiciesen en particular según su devoción?», su caridad respondió que había que guardarse mucho de ello, porque si alguna tenía este deseo, debería hablar con sus superiores, y después de eso quedarse tranquila, tanto si se lo permitían como si se lo negaban.
El Padre Vicente, invadido de un gran fervor, empezó a elevar su corazón y sus ojos al cielo y pronunció estas palabras: ¡Oh, Dios mío!
Nos entregamos totalmente a Ti; concédenos la gracia de vivir y morir en la perfecta observancia de una verdadera pobreza.
Yo te la pido para todas nuestras hermanas presentes y lejanas.
¿No lo queréis también así hijas mías?
Concédenos también de la misma forma la gracia de vivir y morir castamente Te pido esta misericordia para todas las hermanas de la Caridad y para mí, y la de vivir en una perfecta observancia de la obediencia.
Nos entregamos también a Ti, Dios mío, para honrar y servir toda nuestra vida a nuestros señores los pobres, y te pedimos esta gracia por tu santo amor.
¿No lo queréis así también vosotras, mis queridas hermanas?
Todas nuestras hermanas dieron de muy buena gana su consentimiento con testimonios de devoción y se pusieron de rodillas.
El Padre Vicente nos dio su bendición de la forma ordinaria, pidiendo a Dios la gracia de cumplir enteramente su voluntad.
¡Bendito sea Dios! 43
4(4,IX,26-35) CONFERENCIA DEL 2 DE AGOSTO DE 1640 Sobre la fidelidad al levantarse y a la oración En la reunión del jueves, día 2 de agosto de 1640, el Padre Vicente, observando que algunas hermanas no habían venido sin excusa razonable, empezó por señalarnos cuán importante es perseverar en la vocación a la que Dios nos ha llamado.
Ved, hijas mías, cómo hemos de tener mucho cuidado en no perder ninguna ocasión de perfeccionarnos.
Habéis visto que el designio de Dios, al llamaros para ser Hijas de la Caridad, es el de santificaros para honrar la voluntad de Dios y la de su Hijo, que pasó treinta años trabajando en la tierra antes de enseñar y de curar a los pobres enfermos.
Por tanto, mis queridas hermanas, es preciso que trabajéis con plena conciencia.
No os basta con llevar el nombre de Hijas de la Caridad, esto es, de hijas de Dios; hay que aprovechar además las ocasiones de aprender los medios de perfeccionaros, como son las conferencias, que pretenden precisamente eso.
Dios tiene tantos deseos de que realicéis y sigáis la vocación a la que os ha llamado que, según dice un gran santo, si vuestro Padre y vuestra madre, para impedirlo, se pusiesen a través de la puerta que tenéis que franquear, deberíais pasar por encima de ellos.
Pero diréis: «Es mi padre, es mi madre».
No importa, pasad por encima.
Con mucha mayor razón, mis queridas hermanas, tenéis que superar todas las dificultades que se opondrían a las ocasiones de haceros perfectas Hijas de la Caridad. «Pero es mi superiora parroquial».
Aunque fuera vuestro confesor, habría que pasar por encima.
Hijas mías, empezaremos esta conferencia hablando de la necesidad de que todas las cosas estén reguladas.
Veis cómo el orden de Dios se manifiesta tanto en la naturaleza como en ________ Conferencia 4.
— Arch. de las Hijas de la Caridad; el original es manuscrito de Luisa de Marillac. 44
la gracia; veis cómo todas las estaciones no dejan de seguirse unas a otras: el día sucede a la noche; los pájaros tienen su lugar propio en invierno y en verano; las plantas dan flores y frutos en el tiempo oportuno.
Finalmente, queridas hermanas, si no seguimos nuestras reglas, no haremos nada que valga la pena, porque el desorden es el camino de la perdición.
Del infierno, que es su lugar, se dice que no solamente no hay orden, sino que hay un desorden y un horror sempiterno 1.
Os levantaréis a las cinco 2 exactamente.
De esta primera acción depende todo el orden de la jornada.
Hay que adquirir animosamente esta costumbre, que no es muy difícil, con tal que tengáis salud y que hayáis tomado, por la noche, el descanso necesario, que tiene que ser de siete horas; porque, si os lo impide alguna enfermedad, habría que reparar por la mañana el tiempo que no hemos descansado durante la noche.
Se le preguntó entonces al Padre Vicente si le estaba permitido a una hermana descansar por la mañana cuando un ligero dolor o cualquier otra preocupación la había despertado por la noche, o cuando, por culpa suya, no se fue a acostar a la hora debida, o también cuando, por estar un poco enferma, no suele dormirse habitualmente hasta por la mañana.
Hermanas mías, contestó el Padre Vicente, no es razonable que se levante tarde la que, por culpa suya, no ha tenido descanso por la noche; esto sería un continuo desorden; sería salir del orden en que Dios quiere que estemos; es preciso que tenga cuidado de atenerse a las horas fijadas por la regla.
Y además habría que temer que la naturaleza se acostumbrase a ese sueño de la mañana; esto llegaría a suceder infaliblemente.
Os diré sencillamente qué es lo que yo hago.
Me sucede muchas veces que no duermo por la noche; pero, a no ser que la fiebre me obligue a sudar, me levanto siempre a las cuatro, que es la hora de la comunidad, pues tengo la experiencia de que me acostumbraría fácilmente a levantarme más tarde.
Por eso, ________ 1.
Job 10,22. 2.
Cfr. nota 4 a la Conferencia 1 (31 de julio de 1634). 45
Tomo IX-A · página PDF 33mis queridas hermanas, haceos un poco de violencia, y luego veréis cómo todo nos resulta fácil, ya que nuestros cuerpos son como los asnos: acostumbrados a un camino siempre lo siguen.
Y para hacer que esta costumbre os sea más fácil, seguid la regla a la hora de ir a acostaros.
Como se indicase que las hermanas de las parroquias están obligadas a recibir a la gente, unas veces a los pobres, otras veces a los vecinos que impiden los ejercicios y hacen que no se puedan retirar siempre a la hora debida, respondió: — Fijaos, hijas mías; hay que ser generosas para adquirir la perfección por medio de la práctica exacta de vuestras reglas.
Decidles a los que os entretienen en la horas en que tenéis que ir a algún ejercicio: «Es el tiempo de nuestra comida, o el de retirarnos».
Si se lo decís tranquilamente, no se enfadará sino por el contrario los edificaréis.
Dios quedará glorificado, puesto que le sois fieles, y obtendréis de aquí una gran ventaja para vuestra perfección.
Así pues, después de levantaros a las cinco, adoraréis a Dios de rodillas, os entregaréis a su bondad, le daréis gracias por todos sus favores y le pediréis su santa bendición.
Os vestiréis, haréis la cama y a las cinco y media os pondréis en oración.
¡Oh, hijas mías! estimad mucho este santo ejercicio de la oración y sed cuidadosas con él, porque es el vivero de toda la devoción Es menester que os diga a este propósito que uno de estos días he recibido una gran edificación de un magistrado que hizo su retiro hace un año en nuestra casa.
Al hablarme del examen que había hecho sobre su reglamento de vida, me dijo que, por la gracia de Dios, no creía que hubiese faltado dos veces en hacer su oración. «Pero, ¿sabéis, Padre, cómo hago mi oración?
Examino de antemano lo que tengo que hacer durante la jornada, y de allí derivan todas mis resoluciones.
Tendré que ir a palacio; tengo tal causa en que pleitear; me encontraré quizás con alguna persona de condición que, con sus recomendaciones me querrá corromper; con la gracia de Dios me guardaré mucho de ello.
Quizás se me haga algún regalo que me agrade 46
mucho; no lo tomaré.
Si tengo que desechar a alguien, le hablaré con mansedumbre y cordialidad».
Pues bien.
¿Qué os parece, hijas mías, esta manera de oración?
¿no os sentís edificadas por la perseverancia de este buen magistrado, que podría excusarse con la cantidad de sus quehaceres, pero que no lo hace, por el deseo que tiene de ser fiel a la práctica de sus resoluciones?
Podéis hacer vuestra oración de esta manera, que es la mejor; porque no hay que hacerla para tener pensamientos elevados; para tener éxtasis y raptos, que son más dañosos que útiles, sino solamente para haceros perfectas y verdaderamente buenas hijas de la Caridad.
Vuestras resoluciones, por tanto, tienen que ser de esta manera: «Yo iré a servir a los pobres; procuraré hacerlo de una forma sencillamente alegre para consolarles y edificarles; les hablaré como a mis señores.
Hay algunos que me hablan raras veces; lo sufriré.
Tengo la costumbre de contristar a mi hermana en tal o tal ocasión; me abstendré de ello.
Ella me está fastidiando a veces en esta cosa; la soportaré.
Esa dama me huye; esa otra me injuria; procuraré no salir de mi habitación y demostraré el respeto y el honor al que estoy obligada.
Cuando estoy con esa persona, casi siempre recibo algún daño para mi perfección; en cuanto sea posible evitaré la ocasión».
Así es, según creo, hijas mías, cómo tenéis que hacer vuestras oraciones.
¿No os parece este método útil y fácil?
Tal fue el parecer de todas las hermanas y nuestro muy honorable Padre añadió: — Pues bien, mis queridas hermanas, practicadlo de esta forma, por favor.
Como algunas le indicasen la dificultad que tenían en hacer oración les respondió: — Una señora 3 que he conocido se sirvió mucho tiempo de la mirada de la santísima Virgen para todas sus oraciones.
Miraba primeramente a sus ojos, y luego decía en su espíritu: «¡Qué ojos tan hermosos y tan puros!; jamás los has utilizado más ________ 3.
Probablemente santa Juana Francisca Fremiot de Chantal. 47
que para dar gloria a mi Dios.
¡Cuánta pureza resplandece en tus santos ojos!
¡Qué diferencia con los míos, por los que he ofendido tanto a Dios!
No quiero concederles tanta libertad, sino que, por el contrario, los acostumbraré a la modestia».
Otras veces miraba su boca y decía: «¡Oh santa boca!
¡Cuántas veces te has abierto para alabar a Dios, para instruir al prójimo, para edificarlo!
Jamás te has abierto para cometer un pecado.
¡Qué diferencia con la mía que ha hecho siempre lo contrario!
Quiero, mediante la gracia de Dios y de tu caridad, Virgen Santísima, vigilar más de cerca mis palabras y particularmente abstenerme de las que son de mala edificación y que contristan al prójimo».
De esta forma, aquella dama miraba particularmente a la santísima Virgen.
Y esto le sirvió varios años como tema de oración.
Se indicó al Padre Vicente que a veces las dos hermanas de la parroquia no sabían leer, y se le preguntó si era conveniente que se detuviesen en los principales misterios de la vida y pasión de nuestro Señor, de los que habían oído hablar más frecuentemente.
El respondió: — Eso está bien, hijas mías; pero sería de desear que meditaseis los días de fiesta en los evangelios que entonces se leen.
Y estos evangelios podréis aprenderlos por medio de un constante uso en la casa 4, porque es necesario que las hermanas amen el lugar en donde tienen que ser formadas, para hacerse capaces de trabajar en la santificación de los demás y en el servicio de los pobres.
He conocido a algunas personas que no sabían leer y escribir, y que, sin embargo, hacían perfectamente bien su oración.
Mis queridas hermanas, os basta con amar a Dios para ser muy sabias.
Pero, me dirán algunas, los libros y las ciencias ayudan mucho a ello.
Os engañáis, si así lo creéis.
Un día, un hermano de la Orden de san Francisco 5 decía a san Buenaventura: «¡Qué ________ 4.
Cfr. nota 1 de la Conferencia 3 (19 de julio de 1640). 5.
Fray Gil a san Buenaventura, ministro general de la Orden franciscana. 48
feliz es usted, Padre mío, por ser tan sabio y por hacer tan bien la oración!
¡Cuánto le ayuda a ello!». «Hermano mío, para hacer bien la oración, la ciencia no es necesaria, sino que basta con amar mucho a Dios.
Por eso, la mujer más humilde y el hermano más ignorante del mundo, si aman a Dios, hacen la oración mejor que yo».
Esto alegró a aquel buen hermano hasta tal punto que, saltando de gozo, dijo: «Amemos, pues, mucho a Dios, nosotros los ignorantes, y haremos bien la oración».
Otro, al preguntar a santo Tomás de qué libros sacaba aquellos conceptos tan hermosos y tan altos que tenía de Dios, recibió esta respuesta: «Señor, si le parece, le llevaré a mi biblioteca».
Y santo Tomás lo llevó delante del crucifijo y le dijo que no estudiaba otra cosa que aquél.
Mis queridas hermanas, aquellas de vosotras que no sepan leer, harán muy bien, mientras no se aprendan los evangelios de las fiestas del año, en detenerse en la pasión de Nuestro Señor.
Los religiosos de san Francisco no toman jamás otra materia.
Se me ocurre que les sería provechoso utilizar estampas.
Ved cuán útil resultó esto a la señora de que os he hablado.
Tened estampas un poco grandes de los principales misterios de la vida y pasión de Nuestro Señor; y por la tarde, después de las oraciones del examen, en vez de la lectura, que la superiora enseñe una de esas estampas a su hermana y le diga: «Hermana, he aquí mañana el tema de su oración».
Luego, que la coloque en un sitio donde puedan reunirse al día siguiente por la mañana.
Si os faltan los pensamientos, mirad esa imagen, utilizad el método de aquella buena señora, y no os olvidéis tampoco del que usaba el magistrado en vuestras resoluciones, que han de ser el punto principal de nuestra oración.
Algunas hermanas se quejaron entonces de que se olvidaban de las resoluciones o de algún otro tema, y el Padre Vicente les respondió: — Hijas mías, he conocido a otra señora del mundo muy virtuosa que llevaba en su manga una estampita.
La sacaba, sin que nadie se diese cuenta, la miraba, tenía algunas aspiraciones hacia Dios y se la volvía a meter con toda tranquilidad.
Esta 49
práctica la tenía muy unida a la presencia de Dios.
Habituaos, por favor, también vosotras, a esta santa presencia, que os es muy necesaria.
En ella encontraréis ayuda para vuestra protección.
Hay diversas maneras de practicarla: podéis ver a Dios en el cielo, considerarlo en todas partes, o bien en particular, en cada criatura visible o incluso en vuestro corazón.
Algunas hermanas observaron que les resultaba difícil hacer la oración antes de salir para llevar los remedios a los enfermos, sobre todo en verano, a causa del calor.
El Padre Vicente les dijo: — Mis queridas hermanas, haced siempre lo que podáis, a fin de que, siendo la oración vuestra primera ocupación, vuestro espíritu se llene de Dios para todo el resto de la jornada.
Es verdad que hay que preferir, en caso de necesidad, el servicio a los enfermos; pero, si tenéis cuidado, encontraréis tiempo para todo.
A los enfermos no se les purga durante los calores excesivos.
EL diablo hace todo lo que puede para impedirnos hacer oración, porque sabe muy bien que, si es él el primero en llenar nuestro espíritu de pensamientos frívolos, será también el dueño para toda la jornada.
Por eso, hijas mías, os exhorto todo lo que puedo a que hagáis vuestra oración antes de salir y a hacerla juntas.
Sin embargo, si os veis justamente impedidas, la haréis más tarde y en la iglesia.
Pero que esto sea lo más raramente posible.
Sed exactas, por favor, en la práctica de este santo ejercicio, y rendid cuentas la una a la otra del empleo del tiempo de vuestra oración y especialmente de vuestras resoluciones, lo que tenéis que decir con toda sencillez.
Después de haber oído a algunas hermanas que se lamentaban de que se dormían en la oración, el Padre Vicente añadió: — Hay que tener mucho cuidado con esta tentación, porque es una de las más ordinarias.
Es verdad que el sueño puede estar motivado por una mala noche, o por el excesivo trabajo del día anterior.
Pero es la excepción.
Si una se acostumbra a dormirse en la oración, para romper esta costumbre sería menester estar de pie, besar la tierra, o renovar de vez en cuando la atención porque, si no lo remediamos, esta mala costumbre volverá 50
Tomo IX-A · página PDF 38todos los días.
¿No sabéis que hay un diablo, cuyo ejercicio consiste en adormecer a las personas que rezan?
Agita todos los humores del cuerpo de tal forma que llena la cabeza con los vapores que adormecen.
Pues bien, hijas mías, pido a Dios que os santifique por la práctica de vuestras reglas, que os conceda la gracia de imitar a su Hijo, que quiso trabajar treinta años antes de enseñar al prójimo, y que os dé su santa bendición para ello.
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Así sea. 5(5,IX,35-39) C ONFERENCIA DEL 16 DE AGOSTO DE 1640 Sobre la fidelidad al levantarse y a la oración El jueves, 16 de agosto de 1640, día de san Roque, el Padre Vicente dijo: — Hermanas mías, aunque soy el más miserable pecador de la tierra, quiere la bondad de Dios que os venga a hablar de su parte, y le pido que pueda hacerlo para su gloria y para vuestra edificación.
Me había prometido daros hoy vuestro pequeño reglamento, pero algunos asuntos me lo han impedido; incluso ha faltado poco para que no pudiese venir hoy, ya que he tenido que irme lejos dentro de la ciudad; por eso, dispongo de poco tiempo para hablaros.
La hermana más antigua 1 recordó que al final de la última reunión se dijo que, por tratarse de un tema práctico, sería conveniente empezar dando cuenta de lo que se hace.
El Padre Vicente, resume aquellos puntos, y empezando por el de levantarse a las cinco 2, preguntó a las hermanas, una des________ Conferencia 5.
— Arch. de las Hijas de la Caridad; el original es manuscrito de Luisa de Marillac. 1.
Luisa de Marillac. 2.
Cfr. nota 4 de la Conferencia 1 (31 de julio de 1634), p. 22. 51
pués de otra.
Se vio que, por la gracia de Dios, ninguna faltaba a ello.
¡Bendito sea Dios!; hay que seguir así, porque no basta con comenzar.
¿Y la oración?
A eso sí que no tenéis que faltar nunca, si hay medio para ello.
¿Os acordáis del método de aquel buen magistrado?
Algunas hermanas dijeron que lo habían practicado así.
Hijas mías, prosiguió él, no es que haya que emplear todo el tiempo de nuestra oración previendo las cosas que tengamos que hacer y los medios para hacerlas bien.
Pero hay que considerar el tema que hay que meditar, hablar con Dios y por su amor, el cual, estoy seguro, os guardará cada vez con mayor fuerza.
Haréis que vuestra resolución sea sobre las acciones de la jornada, principalmente sobre las que os hacen tender a la perfección y al cumplimiento de vuestras reglas, para honrar mejor a Dios en vuestra vocación.
Pues bien, hijas mías, dijimos en la última reunión que uno de los medios para vivir ordenadamente era el de aplicaros a vuestras ocupaciones externas con diligencia, sin retrasarse en ningún sitio y despidiendo a las personas que vengan a vuestra casa, sea cual fuere su condición, a la hora de vuestros ejercicios.
¿Se observa esto?
Como este punto es muy difícil, el Padre Vicente añadió: — Mis queridas hermanas, no faltéis, por favor, porque de aquí depende la práctica de vuestro reglamento.
Algunas veces es la timidez la que impide a una hermana decir a su vecina: «Hermana, es tiempo de retirarnos».
Ved cómo hay que hacerlo.
Estáis dos.
Imitad la conducta de los soldados en la guerra.
Ordinariamente uno es más débil que el otro.
El que no lo es tanto, cuida de lo necesario.
De la misma forma es preciso que entre vosotras, las más resueltas, bien sea por humor o por virtud, se encarguen de poner término a los obstáculos que provienen de las relaciones externas, pero esto con mansedumbre y caridad.
Y sobre todo, que la otra her52
mana no se oponga a ello, aun cuando las personas que haya que despedir le sean más conocidas que a su compañera.
A la cuestión que se le planteó, de si las Hijas de la Caridad podían recibir amigas en su habitación e incluso invitarlas a dormir allí, el Padre Vicente respondió: — Hijas mías, guardaos muy bien de llevar nunca a nadie a vuestras habitaciones, bajo cualquier pretexto que sea; eso sería muy peligroso.
— Díganos, por favor, Padre, dijo una hermana, cómo podremos practicar la devoción de esa señora de la que su caridad. nos habló la última vez y que tenía en su manga una estampa de la santísima Virgen.
— Podéis hacerlo así: al comienzo de alguna acción o de alguna entrevista, de vez en cuando, a lo largo de la jornada, llevad la mano al rosario que pende de vuestra cintura, o bien. a la medalla o a la cruz que hay allí.
Elevad vuestro espíritu a Dios y decidle: «Dios mío, que yo diga esta palabra o que realice esta acción para tu gloria y por tu amor».
Nuestro muy honorable Padre preguntó a las hermanas si acordaban de aquella acción de la señora.
Algunas respondieron que sí y que habían aceptado aquella práctica.
Sor Margarita Lauraine, que por entonces servía a los pobres de San Lorenzo, contó que, al pasar por la plaza, donde se decían tonterías y se jugaba durante la feria, le entraron ganas de volverse para ver una cosa, pero que, en vez de ceder, tomó la cruz de su rosario y dijo: «Dios mío, más vale que te mire a Ti que no a las locuras del mundo».
— ¡Oh!
¡Dios la bendiga, hija mía!
Así es como hay que hacer.
¿Creéis, mis queridas hermanas, que esta buena hermana no ha hecho nada, que no ha hecho una gran cosa en esta acción?
¡Sí que lo ha hecho!
¡una gran cosa!
¿Y qué es lo que ha hecho?
Ha penetrado en los cielos, y ha enviado un dardo de amor al corazón de Dios.
El mismo Dios es el que lo dice: «La oración corta y fervorosa penetra en los cielos» 3.
Son dardos ________ 3.
Eccl 35,21. 53
de amor muy agradables a nuestro buen Dios, y por eso los recomiendan mucho los santos Padres que conocían su importancia.
Por eso, hijas mías, os exhorto a que os acostumbréis a ello y a que penséis muchas veces en la obligación que tenéis de haceros perfectas en la condición en que estáis.
Vosotras no conocéis su grandeza.
Pero yo no puedo dejar de deciros, hijas mías, que es una de las mayores que hay en la iglesia, después de la de las religiosas del hospital, de las que os hablaré algún día.
¿No os impresiona el corazón pensar: Dios me ha escogido a mí, pobre muchacha del campo, para una obra tan santa?
Ha dejado que pasase mi madre, todos mis parientes, tantas otras personas de mi aldea, y ha puesto sus ojos sobre Genoveva, Juana, María, etc., para ser las primeras.
¡Oh!
¡Qué gran gracia de D os!
¡Oh!
¡es la obra de la divina Providencia!
¡Seréis benditas para siempre!
Esta consideración, mis queridas hermanas, os dará seguramente el deseo de una gran perfección Creo que hablamos en la última reunión de la cordialidad que tenéis que tener las unas para las otras.
Os he recomendado que no soportéis en vuestros corazones nada que disguste a vuestras compañeras, que no os desedifiquéis jamás las unas a las otras.
Mis queridas hermanas, acordaos que es esa la base de vuestra unión, que os es tan necesaria.
Sed fieles a esta práctica, y veréis cómo se deriva de aquí un gran bien.
Especialmente servirá para prevenir muchas murmuraciones que tienen lugar con frecuencia, si no se pone cuidado en ello.
Nadie disgusta tanto a Dios como un murmurador.
¿Qué es lo que hace un asesino?
Mata el cuerpo de una persona, cuya alma quizás será bienaventurada en el cielo.
Pero, os pregunto, ¿qué es lo que hace el murmurador?
Algo peor.
No mata el cuerpo, pero con una sola palabra quizás mata gran número de almas.
Hijas mías, una hermana que dijese a otra el disgusto que ha recibido quizás del superior o de la superiora, que se quejase de estar en un lugar en donde no encuentra satisfacción, que tuviese la tentación de retirarse y lo dijese, quejándose de aquellos que son la causa de su falta de ánimo, sí, hijas mías, os digo que 54
VINCENTIUS es una herramienta de consulta. Para trabajos académicos recomendamos verificar siempre la referencia en la edición original indicada.