Conferencia · tomo IX-B

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17 DE JUNIO DE 1657

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Conferencia
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IX-B
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plos que haya podido darles en el desempeño de su cargo.

Las hermanas de Santa María también acostumbran hacerlo así cuando dejan el cargo.

Y hasta se les impone alguna penitencia.

Creo que será conveniente que se haga aquí lo mismo.

Dios le ha inspirado a esta hermana la idea de hacer este acto para que nos acordemos de ello, pues se me había olvidado.

¡Que Dios la bendiga, hermana!

Las otras dos oficialas hicieron lo mismo y nuestro venerado Padre les puso a todas ellas como penitencia y para obtener de Dios la gracia que necesitan las hermanas recién elegidas para empezar bien su cargo, que dijeran las letanías del santísimo Nombre de Jesús y que oyesen la misa al día siguiente por estas mismas intenciones.

Y así acabó la conferencia.

Sancta Maria, succurre miseris... 81[81,X,271-287] CONFERENCIA DEL 17 DE JUNIO DE 1657 Sobre la práctica de no pedir nada y no rehusar nada (Reglas comunes, art. 8) La conferencia de hoy será sobre vuestra regla octava.

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Dice así: «Harán todo lo posible para ponerse en aquel estado tan recomendado por los santos y que con tanta exactitud se practica en las comunidades observantes, de no pedir ni rehusar cosa alguna de la tierra; pero si tuvieren una verdadera necesidad de alguna cosa, la podrán proponer sencillamente y con indiferencia a las personas a quienes toca proveerlas; hecho esto, quedarán con sosiego, ya les sea negada o concedida».

Hijas mías, ya os he dicho muchas veces que todas vuestras reglas tienden a convertiros en verdaderas Hijas de la Caridad, y por consiguiente en verdaderas hijas de Nuestro Señor, y que tenéis que mirarlas como reglas dadas por Dios.

Esto tiene que obligaros a que os esforcéis por observarlas fielmente y de este modo os conducirán con seguridad por el mar tempestuoso de 866

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este mundo y os servirán de bajel para llevaros al puerto tan anhelado del paraíso.

Entre todas las virtudes, hijas mías, he aquí una de la mayor importancia: la de no pedir ni rehusar nada, que se practica en todas o al menos en la mayor parte de las comunidades.

Se requiere esta virtud especialmente en la vuestra por medio de la santa regla de no pedir ni rehusar nada.

Pues bien, para hablaros con utilidad de ella, seguiré el orden acostumbrado, haciéndoos ver en primer lugar las razones que obligan a la Compañía de la Caridad en general y a cada una de vosotras en particular a entregarse a Dios para abrazar y observar con amor esta regla, a fin de entrar en el verdadero y perfecto espíritu del cristianismo; en el segundo punto diremos en qué consiste esta virtud; y en el tercero hablaremos de los medios para practicar bien esta regla de no pedir ni rehusar nada.

Hijas mías, cuando decimos que no hay que pedir ni rehusar nada, podría alguna preguntarse de qué manera hay que entender esto.

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Por eso hemos de aclarar la cuestión y saber que se trata de que no hay que pedir las cosas temporales; pues las espirituales sí que hay que pedirlas con insistencia, ya que así lo quiere Nuestro Señor que nos dijo en el evangelio: «Pedid y recibiréis, llamad y se os abrirá» 1.

Por consiguiente, no decimos que no haya que pedir a Dios por las necesidades que se refieren al alma, como son las virtudes, la fuerza para vencer las pasiones, su santa gracia; cuando decimos que no hay que pedir nada, hay que entenderlo de las cosas que se refieren a la tierra y que no sirven de nada para el cielo, como por ejemplo pedir estar en esta parroquia en lugar de otra, con esta hermana, tener tal ocupación y dejar tal otra, pedir un vestido de tal manera y de tal tela en lugar de tal otra, querer llevar consigo algo especial, que no sea común a las demás.

Se trata de cosas que no merecen ser pedidas ni buscadas por unas personas que se han entregado a Nuestro Señor para servirle, en las que no cabe ningún afecto a las criaturas, a no ser por amor de Dios.

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En una palabra, no está permitido a un alma querer cualquier otra cosa con preferencia a Dios.

Dios tiene celos del amor de ________ 1 Mt 7,7. 867

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sus esposas y no lo quiere compartir con nadie.

Apenas queremos una cosa más que otra, es señal de que Dios no es el único objeto de nuestro amor.

Veis entonces la importancia que tiene que nos entreguemos a él para mantener esta práctica.

Así pues, hijas mías, repito que la primera razón que tenemos para observar esta regla es porque se trata de una práctica que nos conduce a la indiferencia, la cual hace que un alma que ha llegado a ese estado casi no sepa si quiere o no quiere, pues solamente está apegada a Dios y no quiere más cosas que las que él quiere y como él las quiere.

¡Qué felicidad la de un alma que ha llegado a ese estado!

Enseñadme una hermana con esta disposición, tal como hay varias entre vosotras, gracias a Dios, que cuando se le dice: «Hermana, venga», ella viene, y cuando se le dice: «Hermana, vaya para allá», ella va.

Cuando veáis a una hermana obrar de esta manera, podéis decir que tiene su corazón indiferente, v ésta es la mayor satisfacción que puede tenerse en este mundo.

¿Qué mayor contento podríais tener que querer o no querer aquello mismo que los superiores quieren o no quieren?

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Hijas mías, ¿queréis estar muy unidas a Dios y tener un corazón como él?

Pues no hay mejor medio que no querer otra cosa más que lo que él desea que tengamos, estar dispuestas a obedecer en todo, como los servidores de aquel centurión del que nos habla el evangelio: «Yo tengo servidores; cuando les digo que vayan, ellos van» 2.

De la misma manera, hay personas que, a la menor señal de la voluntad de los superiores, inmediatamente se ponen a ejecutarla; decidle: «Es preciso hacer esto», y lo hacen sin preocuparse de si sería mejor hacer otra cosa.

Mis queridas hijas, enseñadme una hermana que sea como os acabo de decir, y os aseguro que esa hermana no tiene más entendimiento ni más voluntad que la de Dios.

Cuando se ha llegado a ese estado, puede uno decir: «vivo yo, pero no soy yo, sino Jesucristo quien vive en mí» 3.

Es san Pablo el que lo dice.

Esto es: vivo yo en cuanto a la vida del cuerpo, con una vida animal, pero no es de esa vida de la que yo vivo; es Jesucristo el que hace que yo no viva ________ 2 Mt 8,9. 3 Gál 2,20. 868

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solamente de esa vida animal, puesto que es él quien vive en mí.

Por eso vivo como Nuestro Señor quiere que viva, conformándome a él todo lo que es posible, de manera que el que me vea, verá una imagen que representa a Jesucristo.

Hijas mías, ¡qué felices seréis si entráis en la práctica de esta regla!

Hermanas mías, ¡ojalá le conceda Dios a la Compañía de la Caridad la gracia de llegar a este estado!

¡Qué felicidad sería entonces la vuestra!

Cada una de vosotras, contenta de su estado, no tendría ya ningún motivo para desear una situación más elevada.

¡Cómo!

¡No querer más que lo que Dios quiere, no tener otra satisfacción más que la de cumplir su voluntad!

La verdad es que no hay condición más alta que la que nos une con Dios.

Y el medio para conseguir esta unión es no pedir ni rehusar nada.

Pero si una se empeña en ir a aquel lugar, en cambiar de cargo, si además insiste pidiéndole a la señorita Le Gras que la saque de allí, y al Padre Portail que se ocupe de eso, ¡ay!

¡cuán alejada está de lo que Dios pide de ella!

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Creo que no hay entre vosotras ninguna de esa clase y que todas vosotras queréis realmente no pedir ni rehusar nada, o al menos deseáis ser así, con la gracia de Dios.

Pero si hubiera alguna que pensase y hablase de esa manera, que se corrija y le diga a Nuestro Señor: «Señor, no deseo ninguna cosa; me someto por entero a tu santa voluntad, tal como se manifiesta por medio de los superiores».

Esta es, pues, la primera razón.

La segunda razón que tenemos para no pedir ni rehusar nada es que, al portarnos de ese modo, ya no tenemos voluntad, pues siempre estaremos satisfechos, tanto en un lugar como en otro.

Pues bien, esas personas, a pesar de vivir todavía en la tierra, viven como si no vivieran en ella, pues empiezan ya a gustar de las delicias del paraíso y a participar de la felicidad de los bienaventurados.

¿En qué creéis que consiste la felicidad de los santos del cielo?

En que no tienen más voluntad que la de Dios ni desean otra cosa más que lo que Dios quiere.

En eso consiste su felicidad.

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Y de esta forma, cuando un alma se muestra conforme con la voluntad de Dios, cuando no tiene ninguna queja del estado en que se encuentra, realmente, hijas mías, eso es empezar el cielo en la tierra, y no creo que haya ninguna felicidad comparable en este mundo.

¿No 869

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es verdad, hijas mías, las que así lo practicáis, que experimentáis vosotras mismas lo que os digo?

¿Sentís algún placer mayor que conformar vuestra voluntad con la de Dios?

Creo que todas estaréis en este estado, unas más y otras menos.

Pero las que hayan recibido de Dios la gracia de estar bien afianzadas en él comprenderán muy bien la felicidad que hay en llegar a tan alto nivel.

Pero, Padre, dirá alguna, ¿cree usted que yo puedo llegar a eso, siendo una pobre aldeana?

Sí, hija mía; las que sirven a los pobres sin tener afecto a un lugar ni a otro, las que sólo buscan contentar a Dios, las que no piden ni rehusan nada, que las envíen a otro sitio o que las dejen donde están, las que siempre se muestran lo mismo, os aseguro que no conozco personas más felices que ésas y que no conozco un estado más feliz que ése.

Hijas mías, cuando lleguéis a pensar en vuestro interior: ¿qué es lo que quiero?, y reconozcáis que no queréis más que lo que Dios quiere, ¿no es verdad que experimentáis un gozo, una paz interior y un consuelo tan grande que es imposible expresar?

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He aquí, pues, dos razones, entre otras muchas, que tenía que deciros a este propósito.

Pero, Padre, me diréis también, ¿qué es lo que hizo Nuestro Señor?

¿No siguió acaso su voluntad?

Hijas mías, Nuestro Señor no hizo nunca su propia voluntad; al contrario, cumplió siempre la voluntad de su Padre celestial 4, que era su director.

Si somos hijos de Dios, debemos parecernos a él; y si sois verdaderas Hijas de la Caridad, que quiere decir lo mismo que hijas de Nuestro Señor, ¿no es verdad que tenéis que seguir su ejemplo?

Todos los santos han seguido esta práctica, y entre otros san Pablo.

Cuando Dios lo derribó de su caballo, cuando su conversión, ¿qué es lo que le dijo a Nuestro Señor?: «Aquí estoy en tierra, le dijo; ¿qué quieres que haga?» 5.

No hizo otra cosa más que preguntar cuál era la voluntad de Dios; eso es la indiferencia; ya no hace lo que él quiere ni puede decir otra cosa más que ésa: «Señor, ¿qué quieres que haga?

Estoy pronto a obedecerte».

Nuestro Señor le ordenó que fuera a buscar a ________ 4 Jn 6,38. 5 Hech 9,6. 870

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Ananías para que le instruyera.

Y así lo hizo.

¡Salvador de mi alma!

¡Quién nos diera más deseos de entrar en sentimientos semejantes!

Hijas mías, una persona que ha llegado hasta aquí está muy adelantada en la gracia de Dios, ya que era eso lo que practicaba Nuestro Señor, lo que hizo san Pablo y también el señor obispo de Ginebra 6.

¿En qué grado tan eminente lo practicaba este último!

Decía en cierta ocasión: «Si fuera religioso, no me gustaría nunca pedir nada ni rehusar nada.

Pero no puedo hacerlo, pues soy obispo y me veo obligado a mandar, en virtud de mi cargo».

En otra ocasión decía también: «Me siento tan indiferente que si Dios no me dijera: ¡Ven a mí!, no me apresuraría en caminar hacia él».

En fin, este bienaventurado apreció tanto esta práctica que la convirtió en regla especial para las hijas de Santa María, para obligarlas a no pedir ni rehusar nada.

Es bonito leer lo que se refiere de la suegra de san Pedro en el evangelio 7.

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Aquella mujer, sintiéndose enferma de una fiebre molesta, oyó decir que Nuestro Señor estaba en Cafarnaún haciendo grandes milagros, curando a los enfermos, echando el demonio de los posesos, y otras maravillas.

Ella sabía que su yerno estaba con el Hijo de Dios y podía decirle a san Pedro: «Hijo mío, tu maestro es muy poderoso y es capaz de librarme de esta enfermedad».

Poco tiempo después, Nuestro Señor fue a su casa, en donde ella no mostró ninguna impaciencia por su mal; no se quejó, ni le dijo nada a su yerno, ni siquiera al mismo Jesús; pues podía haberle dicho: «Sé que tú puedes curar toda clase de enfermedades, Señor; ten compasión de mí».

Sin embargo, no dijo nada y Nuestro Señor, al ver su indiferencia, ordenó a la fiebre que se retirase; y en aquel instante quedó curada.

Mis queridas hermanas, cuando vengan sobre nosotros algunas molestias, no hemos de preocuparnos, ni siquiera por las enfermedades o los achaques; no hemos de desear vernos libres de ellas, sino dejar todo eso en manos de la Providencia y saber que nos basta con que Nuestro Señor nos vea y sepa que pa________ 6 San Francisco de Sales. 7 Cfr.

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Mt 8,14-15. 871

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decemos por su amor y por imitar los grandes ejemplos que él nos dio, especialmente en el huerto de los olivos, cuando aceptó el cáliz 8 para excitarnos a la indiferencia; pues, aunque le pidió al Padre que pasase de él aquel cáliz, si fuera posible, sin que tuviera que beberlo, añadió inmediatamente que se hiciera la voluntad de Dios, demostrando que se encontraba en una perfecta indiferencia ante la vida o la muerte.

Esto es, mis queridas hermanas, lo que os obliga a estar siempre sometidas a lo que Dios quiera enviaros, y a acostumbraros de tal forma a la indiferencia que ninguna cosa humana sea capaz de proporcionaros ninguna turbación o descontento.

¡Salvador de mi alma, concédenos la gracia de entrar en este espíritu!

Mirad, hermanas mías, esto parece duro a la carne; pero un alma que ama a Dios, un alma que quiere salvarse, ese alma no encuentra en ello tanta dificultad como a primera vista pudiera parecer.

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En cuanto al segundo punto, que trata de saber en qué consiste la práctica de no pedir ni rehusar nada en cuanto a las cosas temporales, no tengo nada especial que deciros, ya que la cosa habla por sí misma y no creo que sean necesarias más explicaciones.

En cuanto al tercer punto, sobre los medios para practicar bien esta regla, el primer medio es considerar con atención las ventajas que de aquí se derivan para las almas que se esfuerzan en ello, y hacer oración sobre este punto; hablar de él cuando se reúnen dos o tres hermanas, charlar sobre lo que aquí se ha dicho, en vez de hablar sobre tonterías o cosas malas.

El segundo medio para obtener esta virtud es considerar las desventajas que hay en hacer lo contrario a esta práctica.

El tercero es considerar que por medio de esta virtud os convertiréis en perfectas Hijas de la Caridad.

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Os preguntáis a veces sobre cuál es el medio para superar vuestras pasiones, estáis preocupadas por saber qué hay que hacer para convertiros en verdaderas Hijas de la Caridad; pues bien, hijas mías, observad esta regla, practicad las virtudes que componen vuestro espíritu, que consiste en la humildad, la sencillez y la caridad; ése es el medio para haceros muy virtuosas. ________ 8 Cfr.

Mt 26,39-44 872

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Como cuarto medio, hay que pensar, como ya hemos dicho, que la cosa no es tan difícil como parece, aunque al comienzo resulte un poco dura.

Si os acostumbráis a ello, lo haréis sin ningún esfuerzo, con la gracia de Dios; pero es preciso que le pidáis esa gracia.

Otro medio consiste en mortificarse en las ocasiones en que os cueste un poco.

Podéis estar seguras, mis queridas hermanas, que si os mortificáis bien, como hemos dicho, entraréis en esa indiferencia y por consiguiente en la verdadera libertad de los hijos de Dios.

¡Qué dicha llegar a ese estado!

Teníamos a un hermano nuestro que, al hablar de la oración, decía: «Mire, Padre, cuando Dios quiere que me mortifique en alguna cosa, en la bebida, en la comida, en el hablar o en el mirar, entonces tengo buenos pensamientos en la oración; me vienen en montón; de forma que lo que más necesito entonces es elegir entre los que me parecen más apropiados».

Os estoy hablando de un hermano ignorante, hijas mías, y Dios le ha dado la gracia de poder decir: «Me vienen en montón».

He de confesaros que esto me impresionó.

¡Cómo!

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¡Un pobre hermano que ha llegado hasta tal punto en su oración!

De aquí podemos deducir que la mortificación es el medio para hacer bien la oración.

Seguramente recordaréis lo que os dije en una charla que os di sobre la mortificación, cómo debe extenderse a todos los sentidos, impidiendo a los oídos que oigan lo que no es necesario, a los ojos ver, al gusto deleitarse en comer fuera de lo necesario; por ejemplo: cuando estoy en una parroquia o en un hospital, comeré lo que me está permitido comer en casa, observando el mismo orden, tanto en la cantidad como en la calidad: si no se usa vino, no beberé vino; si hay fruta en abundancia, no tomaré más que lo ordinario.

Aunque esté lejos de casa, no haré nunca nada que no esté conforme con lo que allí se hace; por ejemplo, me gustaría mucho ir a tal parroquia con tal hermana; es una buena ocasión para mortificaros y decírselo al Padre Portail o a la superiora; tenéis que hacerlo y decirles: «Padre, señorita, creo que es mi obligación advertirle que me gusta mucho estar en tal sitio con tal hermana, con la que me desean enviar: mire usted si será con873

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veniente enviarme allá».

Así es, mis queridas hermanas, como proceden los siervos de Dios y como debéis hacer vosotras.

También es una buena ocasión de mortificaros cuando quieren mandaros a un sitio al que sentís repugnancia; cuando una hermana siente esa repugnancia, ¿comete una falta al decirlo o no?

No está mal decirlo, contentándose con ofrecer esa pena a Nuestro Señor y con pedirle la gracia para poder superarlo; pero lo mejor sería no decir nada.

Hay mortificaciones interiores, o sea, que hay que mortificar el entendimiento, impidiendo que se llene de vanas curiosidades.

A la memoria le gustaría acordarse del pasado, de la juventud, de los placeres y pasatiempos, de las personas que nos ayudaron a ello, para sentir un poco de alegría; o, por el contrario, acordarse de los que nos han causado algún disgusto, para sentir indignación contra ellos.

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Hijas mías, hay que mortificar el recuerdo de todas esas cosas y no hablar de ellas, sino hablar de cosas buenas, de las virtudes de nuestras hermanas y cuando sintamos afecto a alguna cosa de la tierra, acordarse de que debemos despreciarlas y elevar entonces el corazón a Dios para decirle: «Dios mío, ¡qué feliz seré si logro entrar en estas prácticas!

¡cómo podré entonces avanzar en la virtud!».

Pero, Padre, me diréis, ¡qué duro es eso de mortificarse durante toda la vida!

— Sí, hijas mías, es menester que nos decidamos a mortificar todos nuestros deseos, cuando no son conformes con la voluntad de Dios.

Pero apenas empecemos a practicar esto, todo nos resultará más fácil.

Al principio se sentirá alguna dificultad; pero después de siete u ocho días de esfuerzo, o todo lo más treinta días, ya no sentiréis afecto a ninguna cosa y os encontraréis en un estado en el que casi no sabréis si queréis o no queréis.

¡Qué felicidad!

No digáis que es imposible llegar a eso; conozco almas en medio del mundo que son tan indiferentes que no les gustaría hacer nada por su propia elección.

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He conocido y conozco algunas de las que ahora me acuerdo, que me decían: «Si me negara a hacer lo que me ordenan o hiciera alguna cosa según mi voluntad, no podría encontrar nunca descanso».

Cierta señora que conozco no podía hacer la cosa más pequeña si no se lo ordenaban.

Pues bien, si las personas que 874

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viven en el mundo son capaces de tender a esta perfección y de conseguirla, con mucha más razón estamos obligados nosotros a entregarnos a Dios para entrar en esta santa práctica, ya que él mismo nos lo pide en nuestra regla, que nos obliga a tal sumisión a las órdenes de la divina providencia que hemos de aceptarlas todas con agrado, sin rehusar nada ni desear otra cosa.

Esa es la mayor felicidad que puede caberle a un alma en este mundo.

Por el contrario, una hermana que sigue su propia voluntad y ve con disgusto lo que se le ordena, o se molesta cuando le niegan alguna cosa, ¡Salvador mío!, ¡en qué estado tan desgraciado se encuentra!

¡Dios mío!

¡Pobre Compañía de la Caridad, qué pronto llegarías a tu fin si te encontrases en un estado tan deplorable!

Hijas mías, cuando veáis a algunas que dicen: «Quiero hacer esto; no quiero hacer aquello», ¡qué gran aflicción para todas! «Pero, Padre, dirá alguna, yo acabo de entrar y todavía no tengo fuerzas para ello».

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Si no eres bastante fuerte, pídele a Dios la gracia de serlo. «Pero, Padre, dirá otra, yo no puedo conseguirlo; me gustaría con todo el corazón, pero, cuando llega la ocasión, fallo en esta regla.

Tengo un espíritu tan decidido que no puedo plegarlo a hacer lo que me ordenan.

Siento repugnancia a todo lo que los demás quieren que haga».

Hijas mías, si hubiera alguna con ese espíritu, tened compasión de vosotras mismas, porque estaría cerca la desolación.

Pedidle a Nuestro Señor que os dé la docilidad de su espíritu y esforzaos en adquirirla.

Esforzaos todo lo que podáis en vencer vuestro carácter y tened la firme confianza de que Dios os robustecerá con su gracia. «Pero, Padre, yo soy ya antigua; ¿no me estará permitido tener más libertad que las jóvenes?

¿Voy a estar tan sujeta como las que acaban de llegar?».

Hijas mías, ¡qué escándalo le daría usted a las demás, si cometiese esa falta!

Usted es ya antigua en la Compañía, como dice; pues precisamente por eso tiene que ser la primera delante de Dios en la práctica de las virtudes propias de una verdadera hija de la Caridad.

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Las hermanas antiguas están obligadas a una virtud mayor que las que vienen detrás de ellas.

No solamente le pide Dios más virtud a una antigua que a una nueva, sino que, a medida que vamos 875

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avanzando en edad estamos más obligados a trabajar por nuestra perfección.

Y yo que, como sabéis, tengo ya setenta y siete años, debo tener más perfección que otro que tenga sólo sesenta años; y cuanto más avance en edad, más obligado estoy a tender a ella, a imitación de aquel que nunca hizo su propia voluntad, sino que estuvo siempre dispuesto a obedecer a su santa Madre y a san José 9 durante su infancia y su vida oculta, y a los jueces, a pesar de su maldad, durante su pasión.

Por eso, mis queridas hermanas, yo no veo ninguna excusa para que os podáis dispensar de esta santa práctica, en cualquier estado en que os encontréis, ni en salud ni en enfermedad, ya que siempre podréis tener esta conformidad con la voluntad de Dios. «Pero, Padre, cuando esté enferma, cuando tenga fiebre o esté con un dolor de cabeza insoportable, ¿no me será posible pedir siquiera un vaso de agua?».

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— En ese caso, no quiero decir que no esté permitido, especialmente en esas fiebres ardientes en las que parece que un sorbo de agua le devuelve a uno la vida, ni me gustaría tachar de imperfección a una hermana que, en ese caso, pidiera algún refrigerio; pero también os aseguro que, si se priva de ello y lo soporta todo por amor de Dios, hará un acto de virtud tan agradable a su divina Majestad que merecerá recibir una unción en el alma infinitamente superior al alivio del que se ha privado al rehusar o al dejar de pedir aquello que tanto necesitaba.

El hombre no vive sólo de pan, sino de la palabra de Dios 10 de forma que las personas que usan menos de los alimentos que parecen tan necesarios para la vida sienten más esos consuelos que acostumbra dar Nuestro Señor a los que se privan voluntariamente de ellos por su amor.

San Bernardo les decía a los que se extrañaban de la austeridad de sus religiosos: «El mundo conoce bien nuestros trabajos y mortificaciones y por eso se lamenta y tiene compasión de nosotros.

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Pero no conoce las dulzuras y consuelos interiores que sentimos; no comprende que un acto de mortificación nos da una satisfacción mucho mayor que el esfuerzo que pusimos en hacerlo.

Por eso se extraña y se compadece de nosotros». ________ 9 Cfr.

Lc 2,51. 10 Dt 8,3. 876

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Hijas mías, si lo hiciéramos así, tendríamos un montón de consuelos.

Acordaos de lo que os dije de aquel hermano que recibía tantas gracias después de haberse mortificado.

Si aceptásemos las mortificaciones como venidas de la mano de Dios, sea cual fuere el motivo por el que nos vienen, sobre todo nuestros disgustos y penas interiores, la Compañía de las Hijas de la Caridad sería un paraíso en la tierra.

Estad seguras de que una hermana que procure mortificarse adquirirá un montón de virtudes.

Ya os dije en otra ocasión cómo un buen religioso de una orden muy austera se había acostumbrado de tal forma a la mortificación que ya no le costaba ningún esfuerzo y les decía a sus hermanos: «¿Pero qué hacemos aquí?

Hemos venido a obedecer, pero nos sucede todo lo contrario, ya que todas las cosas nos obedecen a nosotros».

Mirad, hijas mías, si queremos vivir en libertad, mortifiquemos nuestras pasiones, pues es propio de la mortificación dar descanso al alma, de forma que siempre estará contenta con lo que le pasa y no pide ni rehúsa nada.

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Mis queridas hermanas, ¿no os parece admirable estar dotadas de una virtud que hace que no queramos nada más que la voluntad de Dios?

Suponed que ahora estamos en libertad, o de seguir nuestras inclinaciones con todas las desventajas que esto supone, o de alcanzar el estado de los bienaventurados que están en el cielo, conformándonos en todo con la voluntad de Dios.

Si estuviera la elección en vuestras manos, ¿no desearíais inmediatamente entregaros a Dios para poneros en este santo estado?

Mis queridas hermanas, no dudo de que todas estáis en esta disposición.

Pero, como no basta con tener buena voluntad, si no se siguen los efectos, es preciso pedirle a Dios la gracia de ponerse en este estado y empezar a ejercitarse en él, aceptando con agrado todo lo que nos den, aunque haya algo que repugne a nuestros sentimientos, y que nunca jamás se oiga en esta casa: «¿Cómo es que me dan este cuello?

¿A qué se debe este cambio?

¿Por qué me dan esta ropa?

Yo no quiero esto».

Hijas mías, quiero creer que no se da este defecto entre vosotras, aunque se haya dado otras veces.

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Entregaos a Dios para practicar esta virtud, que impedirá muchas críticas contra las disposiciones de los superiores; hemos de ver siempre en 877

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su voluntad la voluntad de Dios, sin imaginarnos que todo está desordenado, que la casa ha cambiado y que ya no es como era.

Hijas mías, tened cuidado con esto, ved de dónde proceden esos sentimientos y no os engañéis.

No es la casa la que ha cambiado, sino vosotras mismas.

Cuando salisteis de aquí, erais muy recogidas y estimabais la práctica de vuestras reglas; pero os disipasteis y os olvidasteis de todo esto durante vuestra ausencia; y al volver a casa, os parece que ésta ha cambiado, al ver en ella ciertas prácticas que vosotras no observais.

¡Oh Salvador nuestro!

Concédenos la gracia de corregirnos de todas estas faltas y de ponernos en este santo estado.

¡Salvador mío!

Tú que eres la misma caridad y el padre de las Hijas de la Caridad, que no hiciste nunca tu propia voluntad, sino siempre la de tu Padre, que quisiste estar sometido a tu santa madre y a tu padre putativo san José, concédeme la gracia de no querer jamás otra cosa más que lo que quiere tu Padre celestial.

En eso está la verdadera felicidad.

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Concédenos, Señor, la gracia de empezar desde ahora mismo esa vida bienaventurada que poseen los santos en el cielo, que consiste en no tener más que el mismo querer y no querer con Dios.

¡Salvador mío!

Si concedes a las Hijas de la Caridad esta gracia de no pedir ni rehusar cosa alguna, ellas empezarán su paraíso en esta vida y gozarán de algún modo de la vida bienaventurada que tú posees y que nos has merecido.

Esta es, mis queridas hermanas, la súplica que le hago a Nuestro Señor.

Pero no he contestado todavía a cierta objeción que se me podría hacer; por ejemplo: «Puede ser que no se den cuenta de que me falta alguna cosa necesaria; ¿qué he de hacer entonces?».

Hijas mías, he aquí lo que se hace en San Lázaro: hay un hermano celador de la pobreza, que se encarga de preguntarle a cada uno si le falta alguna cosa; y él procura proporcionársela.

Creo, señorita, que haría usted bien en obrar de esta manera con las hermanas.Padre, dijo la señorita, ¿le parece bien que le indique las dificultades que podrían surgir en eso, debido a los diferentes sitios de donde vienen las hermanas y en días distintos?

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Eso nos ha obligado a hacer lo siguiente: cuando la hermana encargada de los hábitos, o yo misma, nos damos cuenta de algu878

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na necesidad, lo atendemos personalmente; otras veces son las hermanas las que nos lo indican; y cuando creemos necesario, señalamos mansamente las razones que hay para rehusar alguna cosa.Quizás sea conveniente obrar así para las de fuera, dijo el Padre Vicente, pero creo que convendría introducir esta práctica con las que viven en casa. 82(82,X,287-304) CONFERENCIA DEL 5 DE AGOSTO DE 1657 Uso de los bienes puestos a disposición de las hermanas (Reglas comunes, art. 9) Mis queridas hermanas, el tema de esta conferencia es la regla nueva que dice que no hay que servirse de lo que está destinado al uso de otra hermana sin permiso de la superiora, ni quejarse de que hayan permitido a otra el uso de lo que está destinado a nosotros.

El primer punto son las razones que tenemos para observar bien esta regla; el segundo punto son las faltas que se pueden cometer contra ella; el tercer punto, los medios para entrar bien en la práctica de esta regla.

Después de la lectura del artículo de esta regla, el Padre Vicente empezó su explicación poco más o menos de la manera siguiente.

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Mis queridas hermanas, ésta es la regla novena, que os ha dado Nuestro Señor y que dice que las Hermanas de la Caridad no deben utilizar sin permiso lo que está destinado al uso de sus compañeras, ni han de quejarse cuando se le da a otra hermana lo que era de su uso.

Comprendéis bastante bien este artículo en general, pero conviene que bajemos a los detalles.

Así pues, se manda que nunca use una hermana lo que es de otra hermana, por ejemplo los libros, las estampas, los rosarios, los pañuelos, etcétera, sin permiso.

Pero cuando la superiora dé ese permiso, la hermana ________ Conferencia 82.

— Ms.

SV 3, p. 153 s. 879

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no debe quejarse de que otra hermana use lo que le pertenece.

¿Por qué ver con malos ojos lo que hace vuestra hermana por orden de la superiora?

Nadie tiene que ver en ello nada digno de reproche.

Si hay alguna razón que alegar, tiene que ser a la superiora, y nunca a las demás, a no ser a la hermana sirviente, cuando estáis fuera de casa 1.

Pues bien, para tratar de esto, es preciso que veamos las razones que nos obligan a guardar esta regla.

La primera razón es la general, que consiste en el consuelo que siente una hermana que guarda las reglas.

Cuando empieza a pensar en su corazón: ¿soy fiel en la observancia de mis reglas?, y resulta que es así, ¡cuánta satisfacción recibe!

Es imposible de expresar.

Tenemos entre nosotros algunos padres y hermanos que son tan cumplidores en la observancia de las reglas que, pase lo que pase, nunca faltan a ellas.

No dudo de que también entre vosotras habrá muchas que no querrían faltar en lo más mínimo, ya que todas vuestras reglas tienden a haceros santas.

Padre, ¿qué es lo que dice usted?

¿En qué autoridad se basa para ello?

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— Lo afirmo con la autoridad del difunto Papa Inocencio VIII 2, que decía: «Mostradme una persona que haya guardado fielmente las reglas de su congregación o de la comunidad en que está y la declararé santa sin más milagros; sólo se necesita eso para canonizarla».

Así pues, mis queridas hermanas, no hay necesidad de peregrinar a Jerusalén ni de vivir con tanta austeridad; basta con guardar las reglas.

Una hermana que se muestra fiel a la observancia de sus reglas, hace más que si realizara las mayores obras del mundo.

Mostradme a la hermana que más trabaje en la Caridad, que sirva a los pobres galeotes, a los locos y que obre maravillas por todos los sitios por donde vaya; si no observa sus reglas en todos los puntos, eso no vale nada en comparación con un alma que es fiel a las mismas.

Aun cuando estuvierais con los soldados, como una de las hermanas que está aquí presente, todo lo que hicierais sería muy poca cosa. ________ 1 La casa madre. 2 En todos los demás lugares san Vicente atribuye estas palabras a Clemente VIII. 880

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Encomiendo a vuestras oraciones a nuestra querida hermana de la que acabo de hablar; es Juana Cristina Prévost, que estaba en Sedán.

La reina la mandó ir a asistir a los pobres soldados heridos.

¡Quién iba a creer, mis queridas hermanas, que las Hijas de la Caridad iban a ser escogidas por Dios para esta tarea en el ejército!

¡Los hombres van allá para matar, y vosotras vais para dar la vida!

¡Salvador mío, bendito seas por la gracia que has concedido a esta Compañía!

También os encomiendo a las hermanas María y Marta 3, que están en La Fère.

Toda la ciudad está muy edificada y me han escrito sobre ellas con gran admiración y aprecio; y no sólo a mí, sino a toda la corte, asombrados del bien que están haciendo.

Entre otras cosas que de ellas me dicen, me aseguran que son muy fieles a sus reglas.

¡Hermanas mías!

¡Cuánto vale una hermana que es verdadera hija de la Caridad!

¡Cómo no van a hablar bien de ella!

No es que trabajen para que las alaben; pero necesariamente las alabarán aunque ellas no quieran, pues es imposible que la virtud no aparezca en donde realmente está.

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Podéis imaginaros cómo pensarán también de ellas en el cielo y cómo Dios mirará lleno de gozo a esas almas que no se preocupan más que de agradarle, empleando todo su tiempo, todas sus fuerzas, su salud y su misma vida en el servicio a los enfermos.

Sí, las mirará con placer; Dios ve a las que observan sus reglas y se complace en ellas.

¿Os extrañáis de que alaben a nuestras hermanas por observar sus reglas, si hasta los mismos ángeles se alegran de ello?

¿No es éste, mis queridas hermanas, un gran motivo para que observemos bien las reglas, y especialmente ésta?

El segundo motivo que nos obliga a observar bien esta regla es que, si se falta en esto, se va contra la ley natural, que prohibe servirse de las cosas de otro en contra de su voluntad, que es la primera ley que Dios ha puesto en el corazón del hombre.

Y digo que «la ha puesto Dios», porque no ha sido ni un sacerdote, ni un profeta, sino el mismo Dios el que imprimió esto en el corazón del hombre: no hacer a los demás lo que uno no quiere que le hagan los otros.

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Por ejemplo, se trata de una hermana que tiene un rosario y una estampa, que pone ________ 3 Isabel María Brocard y María Marta Trumeau. 881

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en la cabecera de su cama; tiene también su pañuelo para el cuello, sus zapatos y otras cosas.

Son cosas suyas, pues se las han dado para que se sirva de ellas.

Pues bien, según la ley natural y la regla que hemos leído, ninguna hermana puede tocar lo que le pertenece a la otra, si la superiora no se lo permite.

Cuando conviene, por ejemplo, enviar a una hermana a algún sitio, resulta que no tiene rosario; la superiora podrá decirle: «Hermana, tome éste».

Entonces la hermana no obra en contra de la ley, ya que la superiora, a la que corresponde disponer de todas las cosas que se refieren al bien de las hermanas, lo ha ordenado de ese modo; y la hermana que ha cogido el rosario de otra, con permiso de la superiora, cumple con la voluntad de Dios, de forma que, cuando la otra vuelva y no encuentre su rosario, no tiene por qué ver con malos ojos este hecho ni tiene que quejarse de ello ante las demás.

Y si tiene algo que decir, debe acudir a la superiora, ya que todo lo que tenéis no es vuestro, sino de la comunidad, y los superiores tienen derecho a disponer de ello como lo crean más conveniente.

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Ese es el motivo de que tenga que contentarse aquella hermana, después de habérselo dicho a la superiora, sin ir a quejarse con Juana, ni con María, ni con ninguna otra.

La tercera razón es que parte de vosotras habéis hecho voto de pobreza, y las demás tienen el propósito de hacerlo.

Cuando entrasteis en la Compañía, estabais todas resueltas a abrazar la pobreza, porque de lo contrario no se os habría recibido.

Cuando se presenta una muchacha, se le dice: «Sabe usted que no podemos tener nada como propiedad particular.

Si quiere ser usted hija de la Caridad, tiene que estar usted decidida a ello».

Si no lo acepta, no se le recibirá.

Es menester que diga si es su voluntad imitar a Nuestro Señor en su pobreza.

Si dice: «No, yo no puedo decidirme a despojarme de todas las cosas sin tener libertad para guardar alguna cosa para mí», hay que despedirla, pues no puede recibirse nunca a las que no estén decididas a seguir el ejemplo de Nuestro Señor y de la Santísima Virgen, que no tenían nada propio.

Por tanto, a las hermanas se les recibe con esta condición.

Si está resuelta a guardar la pobreza, se obliga a ello.

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Si no tiene este propósito y a pesar 882

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de ello, para poder ser recibida, finge que lo tiene, entonces peca mortalmente.

En cuanto a las que han hecho voto de pobreza, tienen la obligación de contentarse con lo que tienen por orden de sus superiores y sufrir de buena gana que éstos dispongan de ello de la manera que juzguen conveniente.

La pobreza quiere decir que no se tiene la disposición de ninguna cosa y que no se desea poseer nada en privado; pues apenas nos empeñamos en disponer de algo según nuestra voluntad, entonces dejamos de ser pobres, y eso en el mundo se llama robo.

Pues bien, en las comunidades se dice que es una falta contra la pobreza querer disponer de alguna cosa en contra de la voluntad de los superiores.

Hablaremos de esto en otra ocasión, lo más pronto que podamos, pues hemos de tratar de las cosas más importantes para la Compañía.

Por ahora os diré solamente que una hermana que se sirve del dinero de los pobres para utilizarlo en estampas o en otras cosas de devoción, comete un robo, dado que sólo se le entregó aquel dinero para auxiliar a los pobres.

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Pero, por lo que a vosotras se refiere, una hermana que se sirve sin permiso de algo que pertenece a otra hermana, falta contra esta regla.

Padre, dirá alguna, si mi hermana me dice que puedo usar lo que ella tiene, ¿puedo hacerlo sin faltar a la regla?

— Entonces podéis hacerlo, pero con moderación.

Una hermana le dice a otra que utilice libremente todo cuanto tiene; es una bondad de su parte obrar de esta manera; pero de esto no se sigue que pueda la otra abusar de la bondad de su hermana, reteniendo lo que ésta le prestó o sirviéndose de ello por demasiado tiempo; pues sería un verdadero abuso si se lo apropiase, de forma que no se lo quisiera devolver.

¡Cómo!

¿Voy a ser yo mala, porque la otra hermana es buena?

Sería contra el voto de pobreza obrar de ese modo y darle a mi hermana motivos para que se molestase.

En fin, la cuarta razón es que en la comunidades donde se falta a esta regla, donde unas se toman la libertad de servirse de lo que pertenece a las otras o de ocultarlo, no hay más que discordia; fácilmente se llega a la desunión y al recelo, a la murmuración, y hasta a la antipatía y el odio de unas hacia 883

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otras; no veréis allí más que desorden y confusión.

Yo no sabría deciros lo malo que es todo eso.

Vosotras no podéis daros cuenta de ello, pero es una verdadera lástima ver el desconcierto que eso produce en una casa.

Una dice: «Me han cogido esto»; otra dice: «Fulana de tal está usando una cosa que me pertenece; me lo había dado la superiora; me ha desaparecido esto».

En fin, hermanas mías, es imposible que haya caridad y cordialidad entre vosotras si no observáis esta regla.

No sé si se dan estos desórdenes en esta casa.

Pero si hubiera entre vosotras alguna que fuera causa de algo semejante, convendría que hiciera penitencia y le pidiese perdón a Dios.

Pues bien, después de todo lo dicho mirad si es razonable que toméis la resolución de no tomar nunca nada de lo que está destinado al uso de vuestras hermanas, ya que eso va contra la ley que Dios ha puesto en el corazón del hombre, contra el voto de pobreza, es causa de muy grandes desórdenes en las comunidades.

Esto en cuanto al primer punto.

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Es inútil que os explique ahora el segundo punto, que trata de las faltas que podemos cometer contra esta regla, ya que os he dicho el primero y el segundo punto al mismo tiempo; pero añadiré que la que se queja a un tercero o a un cuarto comete una falta grave.

Una hermana a la que se le haya cogido algo sin permiso de la superiora y que va a decirle a otra: «¿Qué diría usted de tal hermana que me ha cogido un libro, o una estampa, o algo semejante?

¿Le parece esto razonable?», ésta se lo dirá luego a otra; pues bien, aunque sea verdad lo que dice, hace mal en decirlo, ya que la regla prohíbe que nos quejemos de ello, a no ser ante los superiores.

Hijas mías, estad decididas a no caer nunca en este defecto.

Vuestra hermana hace mal en tomarse esa licencia; sed buenas vosotras y sufrid eso por amor de Dios; y en vez de molestaros contra ella, mostraos contentas de que ella os proporcione la ocasión de practicar la virtud, uno de cuyos actos vale por sí solo más que todos los bienes del mundo.

Sí, mis queridas hermanas, las virtudes tienen un valor tan alto que el oro, la plata y las piedras preciosas no valen nada a su lado.

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Así pues, cuando observéis esta regla haréis dos cosas: en primer lugar, practicaréis la pobreza, de la que habéis hecho 884

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voto; en segundo lugar, haréis un acto de mortificación, diciéndole a Dios: «Dios mío, tengo motivos para quejarme de mi hermana; pero no lo haré, por amor tuyo».

¡Qué agradable será esta virtud a su divina Majestad!

Pueden darse sin embargo casos especiales en los que cabe decir a la superiora las dificultades que surjan, como por ejemplo cuando se le ha cambiado a una hermana la ropa o alguna otra cosa; le habían entregado esa ropa de tela más fuerte porque la necesitaba, o bien se la habían forrado para preservarla del frío en invierno, por causa de su enfermedad; si le dan una ropa más ligera, podría sentirse mal.

Lo mismo si se tratara de una camiseta; resultará que, si no se pone algo más, se le enfriará el estómago y no podrá resistir sin caer enferma.

Entonces la sencillez pide que se lo diga a la superiora: «Yo tenía tal cosa, que le han dado a otra hermana; pero esto me proporciona tales molestias; me parece que la necesito, aunque haré lo que le parezca bien a usted».

Eso es lo que la sencillez permite que se haga.

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Después de ello, la hermana debe atenerse a lo que ordene la superiora, tanto si se lo concede, como si se lo niega.

En todo esto no hay nada que esté mal; pero decírselo a una hermana y quejarse de aquella a la que se lo han entregado, eso va contra la regla; porque estáis difamando a aquella pobre hermana, que no conoce vuestra preocupación.

Ella ha hecho lo que le han dicho, y usted la está deshonrando, haciéndola pasar por una hermana poco discreta, que coge y se sirve de lo que ha encontrado.

Eso es lo que pensará la hermana con la que usted se queja, sin saber que tenía permiso para ello.

Creo que también puede citarse entre las faltas que se cometen contra esta regla cuando la hermana que está encargada de mirar por las necesidades de las demás entrega una ropa desgastada o un cuello sin secar: si la hermana a la que se le entrega le disgusta y demuestra su enfado con murmuraciones, es una falta contra la pobreza.

¡Cómo!

¡Quejarse de la Providencia, que ha hecho que os entreguen esa ropa y ese cuello, y enfadarse con esa hermana!

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Todavía hay más, hijas mías; si esa hermana dijera: «No lo quiero, haga el favor de darme otro; si no, no me lo pondré», la falta sería más grave.

Y todavía sería peor si fuera a decírselo a otra y si, no contentándose 885

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con lo que ha hecho, le dijese a su compañera o a la primera con quien topase: «¡Pues sí que tiene gracia tal hermana!

Me ha querido entregar un vestido todo roto y deshilachado, que no vale casi nada!

Le he dicho que se lo dé a las otras; que a mí no se me trata de ese modo».

¡Salvador mío!

¡Qué pecado tan grande el que ha cometido esa hermana!

¡Salvador de mi alma! ;Que Dios os preserve a todas de esa desgracia!

La pobreza nos obliga a contentarnos con lo que se nos da; ¿y podrá vivir una hermana con ese espíritu, cubierta con el hábito de sirviente de los pobres?

Quiero creer que no haya ninguna así entre vosotras, mis queridas hermanas.

Pero estad seguras de que las verdaderas Hijas de la Caridad, en vez de quejarse cuando se les da alguna cosa basta y poco fina, se alegrarán y se sentirán muy dichosas de que sus hermanas tengan lo mejor; incluso les dará apuro verse tratadas mejor que las demás.

Esa es la señal para reconocer si sois de ese número: si escogéis siempre lo peor para vosotras, en contra de la naturaleza que procura siempre satisfacerse en todo, si no nos mantenemos en guardia contra ella.

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Ya veis cómo todo lo que os digo tiende a guardar el voto de pobreza.

Pero hay también otra cosa que le es contraria, que es no estar contentas con la manera de hacer los hábitos en casa y querer llevarlos a la moda, o peor aún, si una hermana a la que le diesen un hábito como el que se os da se pusiera a decir: «¡Vaya hábito que nos dan!

¡Pues sí que está mal hecho!», y lo mandase a un sastre para que lo arreglase de otro modo.

¡Dios mío!

¡qué gran falta cometería esa hermana!

— Pero ¿y si ella misma se pusiera a arreglarlo?

— ¡Cómo!

¿Una hija de la Caridad podría dejarse llevar por esa vanidad?

Es diferente, hijas mías, arreglarse el hábito por necesidad, como por ejemplo para guardarse del frío, y hacerlo para presumir o con el pretexto de estar mejor.

¡Salvador mío!

¡Qué palabras: presumir, estar mejor...!

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Si hubiera alguna que tuviera esas ideas, que estando lejos comprase otra tela más fina que la que aquí se utiliza, otros cuellos de mejor calidad, otros zapatos mejor hechos, un rosario más bonito, algún libro, ¡Dios mío!, sería entonces cuando habría que temer con razón la ruina de la Compañía, si no se pusiera pronto remedio.

Este es el motivo 886

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de que tengáis que manteneros siempre conformes con lo que aquí se hace.

Puedo deciros, hermanas mías, que una señal más de la divina Providencia sobre vosotras, que tenéis que apreciar y que yo admiro muchas veces, es que se os dé todo en esta casa.

Este es el mejor medio para que no caigáis en los defectos que os acabo de indicar.

En cuanto a las que residen lejos y no es posible proporcionarles los hábitos desde aquí como pasa con las de París y sus alrededores, ya verá lo que hay que hacer el visitador, a quien se le encomendará este asunto, cuando vaya por Nantes, por Angers o por los demás sitios.

San Francisco, yendo a visitar en cierta ocasión una casa de su orden, vio que se había hecho una iglesia más hermosa de lo que se había ordenado o que la habían hecho de manera diferente de las otras.

Aquel santo se sintió tan impresionado al ver que los religiosos habían faltado a la pobreza que empezó a gritar: «¡Cómo!

¡Hacen esto mientras yo vivo todavía!

¡Viviendo el pobre pecador Francisco, sus propios hijos se atreven a cometer esta falta!

¡Dios mío!

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¡Que la derriben!». «Padre, pero si ya está hecho el gasto!; no tendremos dinero para construir otra».

— «¡No importa!

No comeré ni beberé hasta que la destruyan».

Y de esta forma la hizo derribar, porque era demasiado hermosa.

Hijas mías, cuando los visitadores que os enviamos de vez en cuando encuentran que las Hijas de la Caridad están vestidas con tela más fina, llevando cuellos más bonitos, tienen que remediar ese desorden avisando de ello a los superiores.

¡Y ay de vosotras si no lo hacen y no escriben contra ello!

A lo que llevamos dicho añadiré que se trata de un acto de religión que tenéis que practicar, ya que no está permitido a una persona de una comunidad comprar nada para su satisfacción particular.

¿Creéis que las religiosas tienen libertad para disponer de alguna cosa y de hacerse los hábitos a su gusto?

No; es su congregación la que manda hacérselo y la que les proporciona todo lo que necesitan.

Así pues, mis queridas hermanas, tenéis esto en común con las religiosas, ya que una hermana no tiene que comprar nunca nada para apropiárselo, a no ser con permiso; y aun en ese caso, tiene que ser una cosa con 887

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forme con la de las otras y que pueda servir a la comunidad.Por eso admiro la conducta de la divina Providencia, que ha puesto entre vosotras la santa costumbre de que no os compréis vosotras los hábitos, ni que sean unos diferentes de los otros; pues no podéis imaginaros la envidia que esto suscita cuando se ve a una hermana vestida de manera distinta de la otra.

Si una lleva un hábito distinto, bien sea por su forma, bien por su hechura, las que lo vean murmurarán entre sí: «¿Por qué esa hermana usa una tela más bonita que las demás?

¿Es que ella es más que nosotras?

¡Ved cómo le gusta presumir!».

Y las demás comentarán: «¿De qué se extraña usted?

Es una hermana vanidosa que sólo piensa en singularizarse».

Veis entonces lo necesario que es que os conforméis en todo con las demás, ya que de no hacerlo así surgirán por todas partes las envidias y los celos.

Por eso tenéis que darle gracias a Dios como autor de todas vuestras reglas, y de esta en especial, que os obliga a no tener ninguna cosa para vuestro uso, sin que os la entregue la superiora o la que está encargada de velar por la pobreza.

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Pasemos al tercer punto de esta charla, que es sobre los medios que hay que emplear para observar bien esta regla.

Mis queridas hermanas, el primer medio es comprometerse a practicar la regla octava, sobre no pedir ni rehusar nada.

— Pero, Padre, ¿no podré pedir otra ropa cuando tenga el hábito deshecho?

— No, no diré nada; se ve perfectamente; y basta con que se sepa.

Por eso no tengo que preocuparme de ello.

¡Ay, mis queridas hermanas!

No puedo pensar sin admiración en una cosa que he visto.

Se trata del padre de Gondi, sacerdote del Oratorio.

Lo conocí cuando estaba en la corte y tenía que cambiarse tres veces cada día, y luego lo he visto con una pobre sotana raída y con los codos remendados.

Lo he visto con mis propios ojos.

¿No es un gran motivo de admiración ver semejante cambio?

Pues bien, el primer espíritu de aquel hombre era mundano; pero el segundo le venía de Nuestro Señor Jesucristo, que le enseñaba a despreciar todas esas vanidades y a abrazar la pobreza.

¿Queréis saber de qué espíritu sois vosotras?

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Lo conoceréis en esto: aquellas que aman la pobreza verán con agrado lo que os digo; pero, si hay alguna con el espíritu del mundo, dirá 888

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dentro de sí misma: «¡Dios mío!

¡Pero qué dice este hombre!

¿Es posible hacer lo que él enseña?

¿No podré comprar nada y, si lo hago, tengo el espíritu del mundo?».

Y entonces se llenará de inquietud y malestar.

¿Por qué?

Porque tiene el espíritu del mundo.

Hijas mías, pongámonos en presencia de Nuestro Señor y veamos si nos sentimos felices de seguir a Nuestro Señor y a la santísima Virgen en la pobreza, sin tener nada que no nos hayan dado.

Si os veis en esta disposición, ¡bendito sea Dios!

Pero si sentimos alguna repugnancia por esta regla, es señal de que tenemos el espíritu del mundo.

Sí, si nos cuesta que nos den los hábitos, la ropa o alguna otra cosa desgastada es que tenemos el espíritu de orgullo y el del mundo; y una hermana que se encuentre en esa situación no debe descansar hasta obtener el medio de salir de allí, mediante la oración y el sacrificio; en sus meditaciones deberá siempre tender a inclinar su voluntad hacia ese lado, hasta que se sienta movida a amar la pobreza y esta práctica de no pedir ni rehusar nada.

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Algunas veces pienso en el bien que todo esto produce, ya que desde hace muchos años Dios nos ha concedido la gracia de practicarlo así en San Lázaro.

Nunca se oye a nadie quejarse de lo que le dan ni decir: «Necesito tal cosa y no me la dan».

No tengáis miedo de que se oiga nada de esto por allí.

Ultimamente les pregunté si se oían estas quejas y me dijeron: «Padre, gracias a Dios se observa bastante bien este artículo».

¿Y quién se encarga de mirar por los demás?

Entre los hermanos, hay un hermano que atiende a las necesidades de los hermanos; entre los clérigos, un clérigo; y entre los sacerdotes, un sacerdote.

Por ejemplo, hay un hermano que les pregunta a los otros: «Hermano, ¿necesita usted alguna cosa?»; el otro responderá: «No; por ahora creo que me basta con lo que tengo».

O, si tiene necesidad de algo, se le da.

Así es como lo hacemos, hijas mías.

Si aceptáis esta práctica, encontraréis un tesoro en la tierra.

Ya sabéis que los religiosos de san Francisco hacen voto de pobreza y que es ése su espíritu característico.

Sin embargo, al no tener más que a la Providencia, viven mejor que si poseyeran muchas cosas.

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Se han abandonado en manos de la Provi889

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dencia y de allí se sigue que no les falta nada o, si les falta algo, Dios les atiende enseguida.

Hijas mías, ¿creéis que, después de haber abrazado el estado de Nuestro Señor, podrá faltaros alguna de las cosas necesarias para vivir?

No; es un tesoro, y le doy gracias a Dios — os lo repito una vez más — con todas las entrañas de mi alma por la gracia que ha concedido a la Compañía de que las hermanas no compren nada.

¡Pero qué dicha, hermanas mías, ser de esta forma semejantes a las religiosas y a los capuchinos, si queréis!

Porque los capuchinos no tienen nada propio ni compran nada; y vosotras tenéis esto en común con ellos.

Pero alegraos de que se os dé todo, ya que estáis en el estado de Nuestro Señor y de la santísima Virgen.

Otro medio para entrar en la práctica de esta regla es considerar lo siguiente: si no guardo esto, obro contra mi regla y contra la ley natural, establezco una división, soy causa de que no se oigan más que murmuraciones.

En estos momentos, hijas mías, estáis todavía como en la cuna, de forma que, si no guardáis vuestras reglas, la Compañía no podrá subsistir.

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¿Seré yo acaso tan desventurada que tenga el espíritu del mundo y sea de las que no guardan las reglas?

Si las demás obran como yo, se acabaron las reglas.

Todas estas consideraciones, hijas mías, podrán serviros como segundo medio.

El tercero es que las que seáis celosas aviséis a la superiora al Padre Portail o a mí, cuando veáis que se falta a esto, y nos digáis: «Padre (o señorita), me parece que no guardamos bien esta regla».

Si la hermana encargada de atender a las necesidades de las demás no lo hace como es debido, podéis decírselo a la señorita Le Gras o a las oficialas: «Me parece que esa hermana no cumple bien con su cargo».

El cuarto y último medio es que penséis en las preocupaciones que tiene un alma que no observa las reglas.

Ella sabe que Dios quiere que las observe; y como no cumple su voluntad, tiene miedo — y con motivo — de no estar en su gracia o, al menos, de no ser vista con agrado por Dios.

Esa es la preocupación de que os hablo, y que sigue siempre al pecado; de modo que esa hermana no tiene descanso cuando se acuerda de que le ha cogido tal cosa a otra hermana, o de que se ha com890

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prado algo o se lo ha hecho ella misma.

Una hermana que siente estos remordimientos no encuentra paz ni sosiego.

Cuando piensa: «He escandalizado a la Compañía; no sólo he faltado yo, sino que he sido causa de que las demás hagan lo mismo, o hayan quedado desedificadas de mí», realmente, hijas mías, es una gran preocupación para esa persona.

Después de esto, todavía hay otra cosa más tremenda que la que acabamos de decir: Dios les quita las gracias que les había dado.

Como tienen su corazón endurecido y no tienen en cuenta esos remordimientos de conciencia que su bondad les daba para que se corrigiesen, él les quita la gracia de amar su vocación y el gusto que sentían al realizar actos de virtud.

Ya no tienen ningún entusiasmo en el servicio de Dios.

Si miran para arriba, descubren una nube entre ellos y Dios, que les hace decir con pena: «Dios sigue siendo mi Dios, pero mi infidelidad me quita el placer de gozar de él».

¡Pobre hermana la que ha llegado a ese extremo!

Ya no puede salir de allí, al menos cuando lleva algún tiempo en ese estado.

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Al principio, sí que podía; pero cuando tiene ya muchos años carece de fuerzas para romper con sus malas costumbres, porque se ha hecho indigna de las gracias de Dios.

Y de este modo ya no tiene más que un poquito de fe, pero carece de caridad y de confianza en Dios.

¿Por qué?

Porque se ha endurecido en la infidelidad a sus reglas.

Llega la hora de la muerte, pero le resulta difícil prepararse para ella, cuando ha vivido de ese modo, porque ha despreciado sus reglas; no ha querido guardarlas, especialmente ésta, y se encuentra ahora impotente para servirse de sus facultades.

Es como un paralítico, incapaz de hacer el más pequeño movimiento.

Pero, Padre, ¿se curará?

— Hijas mías, lo dudo mucho, pues es una cura muy difícil.

Cuando una hermana ha llegado a esa situación, es muy de temer que no pueda salir de ella.

La pobre hermana está como muerta: tiene paralizada la cabeza, la lengua, los brazos, las piernas y todo su ser.

¿Hay algún remedio para ella?

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Ha rechazado ya todos los remedios y aquella prudencia que le decía tantas veces: «Hermana, deja esa afición que tienes a distinguirte por encima de las demás; deja esa cosa y haz como las otras; mortifica ese vicio o esa pasión por la 891

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que te dejas arrastrar tantas veces»; sin embargo, ella no ha hecho ningún esfuerzo para romper con todo ello y ahora ya no tiene la gracia para hacerlo, de modo que, si no está perdida por completo, hay muchos motivos para temer por ella.

Hijas mías, ¿no os parece que sería una situación muy extraña el que una hermana fuera tan miserable que dijese: «Que me digan lo que quieran; yo quiero vivir así»?

Hijas mías, que Dios nos preserve de esa desgracia y nos conceda la gracia de vivir en esta santa práctica de la pobreza.

Si se pudiera ver a un alma que ama la pobreza, que huye de todo cuanto tenga alguna relación con el espíritu mundano, se vería que ese alma es tan luminosa como el sol; pues, como desprecia las cosas de la tierra, Dios la hace rica en virtudes, le aumenta la fe y la confianza en premio a la fidelidad que observa; pues cuando piensa: «Yo guardo mis reglas, gracias a Dios», esto le da cierta seguridad de que Dios no la abandonará jamás.

También aumenta así la caridad.

A medida que una hermana se va aficionando a la pobreza, crece en ella el amor de Dios.

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Tiene su corazón en Dios y, como se priva de las comodidades del mundo por amor a Dios, Dios le da la gracia de que na ame más que a él, y que lo ame con todo su corazón.

Como no se detiene en pensar en sí misma, ni en sus hábitos, ni en escoger esa ropa, ese cuello, ese piqué, esos zapatos y ninguna cosa de la tierra, entonces ama a Dios con todo su corazón, y su amor lo es todo para ella.

¿Y cómo no lo va a amar, si ha dejado de amar todo lo demás?

Su corazón no puede vivir sin amar.

¿A quién se entregará entonces?

A Dios, y a nada más.

Hijas mías, ¡qué felices seréis si entráis en esta práctica!

Seréis hermanas que aman la pobreza y que crecen en la virtud día tras día.

Hijas mías, ¿no queréis entregaros a Dios para entrar en la observancia de esta regla?

Así quiero creerlo, puesto que vuestros rostros me dicen que todas estáis decididas a ello.

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Los rostros son signos de la disposición del corazón, ya que ordinariamente dan testimonio de lo que hay dentro; de forma que, al veros, me parece que todas me decís: «Sí, Padre; le doy mi palabra de que no quiero jamás desear ropa especial, ni nada que no esté conforme con las máximas de la casa».

Le ruego a Nuestro Señor que os conceda esta gracia y se la pediré 892

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mañana en la santa misa, a fin de que ninguna de vosotras se pierda en ese espíritu de vanidad.

Es el ruego que con todo mi corazón le hago a Nuestro Señor. 83(83,X,304-318) CONFERENCIA DEL 26 DE AGOSTO DE 1657 Cuidar de los bienes de los pobres y de la comunidad (Reglas comunes, art. 10) Hijas mías, el tema de esta charla es la continuación de la explicación de las reglas.

Hablaremos de la décima, que consiste en tener mucho cuidado al administrar los bienes de los pobres y los vuestros.

Leamos el artículo y veamos lo que dice: «Se harán gran cargo de conciencia si no economizan el dinero y manejan bien los demás efectos que estuvieren a su cargo para uso de las hermanas, etcétera».

Hijas mías, esto está claro y casi no necesita ninguna explicación; sin embargo, no dejaremos de decir algunas cosas para que lo comprendáis mejor.

Afirmo, pues, que las hermanas que están aquí o en otros sitios, como en los hospitales o las parroquias, y que llevan la administración de alguna cosa, están obligadas a cuidar mucho de ella y usarla con fidelidad.

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En primer lugar, porque se trata de un bien que pertenece a Dios, dado que es un bien de los pobres.

Por eso tenéis que tratarlo con mucho cuidado, no sólo por pertenecer a unos pobres que tienen mucha necesidad de ello, sino porque es un bien de Nuestro Señor Jesucristo.

Mirad, hijas mías, una de las cosas de las que tengo más miedo, o al menos que temo tanto como las demás, es que haya algunas personas en la Compañía que no cuiden con fidelidad del bien de los pobres.

Y la razón es que resulta muy difícil administrar bien el dinero, que a los más prudentes les cuesta trabajo no apropiarse de lo que no es suyo, aunque sean santos, como los apóstoles.

Esa necesidad de ________ Conferencia 83.

— Ms.

SV 3, p. 165 s. 893

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administrar dinero lleva consigo el peligro de apropiárselo, si no anda uno con mucho cuidado.

Pero, Padre, ¿tiene usted algún ejemplo en el evangelio que nos obligue a creerlo?

— Sí, hijas mías, tenemos un ejemplo de ello en la persona de Judas, a quien Nuestro Señor había hecho apóstol suyo, que le había seguido por todas partes y que hasta había hecho milagros.

Pero aquel miserable deicida, al verse con dinero en las manos, ya que Nuestro Señor lo había escogido como administrador de su Compañía, recibía y daba sin llevar cuentas; esto hizo que le entraran ganas de quedarse con algo y que se sintiera molesto al ver que se utilizaba en cosas referentes a Nuestro Señor, como demostró cuando se puso a murmurar contra la Magdalena porque derramaba su ungüento precioso sobre la cabeza del Maestro; de forma que, por su administración del dinero se convirtió de apóstol del Hijo de Dios en el hombre más malvado del mundo.

Sí, hijas mías, nunca ha habido un hombre tal malvado como Judas.

Pero, Padre, ¿fue el dinero lo que hizo que Judas se volviera tan malo?

— Sí, hijas mías.

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— ¿Fue entonces el dinero el que le hizo cometer aquel deicidio, que es el crimen más grande que se puede cometer?

— Sí, la administración del dinero pudo conseguir eso y tuvo fuerza suficiente para corromper a Judas, que había estado en la escuela de Nuestro Señor, pues los doctores no alegan ninguna otra razón de su perdición más que ésta.

Por tanto, si la administración del dinero fue la causa de que aquel desventurado, de apóstol que era, se convirtiese en un ladrón y un miserable, ¿no habremos de temer nosotros, hijas mías?

¿quién estará libre de peligro?

Cada una de vosotras podríais deciros: ¿Tengo yo más vocación que Judas?

¡Ay, no, ya que lo llamó Nuestro Señor personalmente!

¿Tengo yo más gracias de Dios que Judas?

¡Sería una gran temeridad creerlo así!

¿Va a tener una pobre hija de la Caridad más gracias que Judas, que había sido llamado por el autor mismo de todas las gracias y vivía en su compañía?

Una pobre hija de la Caridad no puede pensar así sin caer en presunción.

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De forma, queridas hermanas, que no puedo deciros en este aspecto más que lo siguiente: las que tenéis dinero entre manos, corréis el peligro de convertiros en Judas, si no Ponéis mucho cuidado. 894

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¿Y cómo cayó él en semejante desgracia?

Así fue como empezó; comenzó a pensar: «No sé si durará mucho tiempo esta compañía; tiene pocas probabilidades de salir adelante.

Por eso ej necesario que me guarde algo.

Por lo menos, si llegara a desaparecer, me quedará con qué atender a mis necesidades».

Por ahí es, hermanas mías, por donde el demonio empezó a tentarle: fue por la avaricia.

Y poco a poco fue atesorando dinero.

Cuando tuvo ya algo de dinero en su bolsillo, cayó en una apatía tan grande ante las cosas santas que no podía ya sufrir que le hablaran de Nuestro Señor.

Después, empezaron a venirle pensamientos de blasfemia y dudas de si aquel hombre, a quien había reconocido antes como creador del cielo y de la tierra y había venerado como mesías, no sería quizás un farsante.

Esto le produjo una ceguera tan grande que pensaba si no sería un falso profeta.

Y cayendo de un pecado en otro maldecía las palabras de Nuestro Señor, murmuraba de las acciones más santas que se realizaban, como pasó con lo que hizo la Magdalena.

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Aquel hombre malvado, al ver lo que ésta había hecho en honor de Nuestro Señor, se puso a criticar: «La verdad es que se trata de una cosa inútil.

¿Cómo es posible que alabe este hecho un hombre que pasa por Hijo de Dios y que alaba la pobreza?

¿No habría sido mejor vender ese ungüento y darle el dinero a los pobres?».

No decía esto por el deseo que tuviera de favorecer a los pobres, sino porque había visto frustrada su ambición, pues pretendía quedarse con una parte de los beneficios.

Esto fue lo que le hizo murmurar e indignarse contra su maestro.

Pero no pararon aquí las cosas.

Fue en busca de los príncipes de los sacerdotes, que sabía que eran enemigos de Nuestro Señor, y les dijo tantas cosas en contra suya que se convencieron de que él era también uno de sus enemigos.

Esto les dio ánimos para tentarle a fin de que vendiera a su maestro; y así lo hizo, poniéndose inmediatamente de acuerdo en el precio.

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Y cuando vio que iban a ajusticiarle empezó a reconocer su falta y a arrepentirse, se fue a los príncipes de los sacerdotes y les dijo lleno de dolor y de aflicción: «He cometido por dinero una mala acción; he vendido la sangre del justo» 1 y les tiró el dinero.

Hecho esto, fue a colgarse. ________ 1 Mt 27,4. 895

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