Introduccion · tomo IX-B

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VICENTE DE PAÚL OBRAS COMPLETAS TOMO IX / 2

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VICENTE DE PAÚL OBRAS COMPLETAS SAN VICENTE DE PAÚL TOMO IX.

CONFERENCIAS 2 CONFERENCIAS A LAS HIJAS DE LA CARIDAD Trad. de A.

Ortiz sobre la edición crítica de P .

Coste.

Ediciones Sígueme – Salamanca : 1972-1975. 2 vol. [Adquiridos todos los derechos por Editorial CEME, en 1982]* ________ * Las cifras entre corchetes indican el número de la carta en la edición francesa de Coste, el tomo y la página, incluido el tomo XV (Mission et Charité, n.1920, enero-junio, 1970) (N. del E).

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61(61,X,1-7) PLATICA DEL 23 DE JULIO DE 1654 A cuatro hermanas enviadas a Sedán El jueves 23 de julio de 1654, nuestro venerado Padre Vicente dio sus instrucciones a nuestras cuatro hermanas Ana Hardemont, Francisca Cabry, Juana María y Ana Thibault, la víspera de salir para Sedán, adonde iban a asistir a los pobres enfermos.

Mis queridas hermanas, habéis sido escogidas para ir a atender a los pobres heridos en servicio del rey; por eso creo que será conveniente ver las razones que tenéis para poneros en manos de Dios a fin de cumplir bien vuestro oficio.

La primera es que habéis sido escogidas.

¿Y por quién, hermanas mías?

Por Dios, que se ha dirigido a vosotras.

Aunque hay muchas jóvenes en Sedán y en los lugares de alrededor, no ha puesto sus ojos en ellas.

No se ha dirigido a las jóvenes de Sedán, sino a las hijas de la Caridad y a vosotras en especial.

Esta es la primera razón.

Otra razón es que se trata de una obra santa, que es preciso hacer con toda perfección Podríais preguntarme: «¿De dónde saca usted eso?».

Lo dice el Espíritu Santo en la Sagrada Escritura.

Toda obra buena viene de Dios 1.

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Pues bien, si hay algo bueno, es servir a los enfermos, ya que esta obra supera el valor de todas las demás.

Es Dios el que os llama a ello, puesto que se trata de hacer el bien; pues él es el que mueve a todo bien, mientras que es el demonio el que incita al mal, y también el mundo.

¡Salvador mío!

¿Cómo es posible escuchar esas palabras sin derramar lágrimas?: «Voy a hacer lo que un Dios» ________ Conferencia 61.

Ms. titulado Recueil des procès-verbaux des Conseils , p. 131 s. 2 Cor 5,18. 651

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hizo en la tierra».

¿Hay felicidad mayor que ésta?

No la hay, hermanas mías.

La tercera razón es que os ha pedido la reina.

¡Cómo, hermanas mías!

¿Qué somos nosotros para que nos recuerde la reina más grande del mundo, a pesar de que somos unas pobres y miserables criaturas, o mejor dicho, unos pordioseros?

Sí, hijas mías, lo sois vosotras y lo soy yo.

Por tanto, tenemos muchos motivos para humillarnos.

Este es un motivo muy importante: que os manda la reina, aunque esto no es nada comparado con la voluntad de Dios.

Hijas mías, ¡la voluntad de Dios!

Eso sí que os obliga a marchar allá con todo entusiasmo.

Dios quiere que vayáis a atender a aquellos pobres heridos; y tenéis que obedecerle, pues ¿qué son todos los poderes del mundo delante de Dios?

Veamos ahora qué es lo que tenéis que hacer para honrar a Dios en ese trabajo.

Creo, hermanas mías, que no se necesita nada más que la práctica de las virtudes que componen vuestro espíritu: la caridad, la humildad y la sencillez.

Entonces, ¿para qué tenéis que ir a ese sitio?

Para hacer lo que Nuestro Señor hizo en la tierra.

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El vino a reparar lo que Adán había destruido, y vosotras vais poco más o menos con ese mismo designio.

Adán había dado la muerte al cuerpo y había causado la del alma por el pecado.

Pues bien, Nuestro Señor nos ha librado de esas dos muertes, no ya para que pudiéramos evitar la muerte, pues eso es imposible, pero nos libra de la muerte eterna por su gracia, y por su resurrección da vida a nuestros cuerpos, pues en la santa comunión recibimos el germen de la resurrección.

He aquí, pues, hermanas mías, cómo Nuestro Señor hace lo contrario de lo que había hecho nuestro primer padre.

Para imitarle, vosotras devolveréis la vida a las almas de esos pobres heridos con la instrucción, con vuestros buenos ejemplos, con las exhortaciones que les dirigiréis para ayudarles a bien morir o a recobrar la salud, si Dios quiere devolvérsela.

En el cuerpo, les devolveréis la salud con vuestros remedios, cuidados y atenciones.

Y así, mis queridas hermanas, haréis lo que el Hijo de Dios hizo en la tierra.

¡Qué felicidad!

Pero, a fin de honrar a Dios con vuestras acciones, es preciso que vayáis allá con el espíritu de verdaderas hijas de la 652

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Caridad y de mortificación, y no para buscar vuestra satisfacción, vuestros gustos, la estima, el honor o cosas semejantes.

Hermanas mías, tenéis que guardaros mucho de eso, pues en vez de darle gloria Dios, se la quitaríais al buscarla para vosotras.

Hay que mortificar la honra, referir a Nuestro Señor la que os den y huir todo lo que podáis de los aplausos.

Se necesita además mortificación para no hacer lo que os gustaría hacer.

En vez de ir a misa, os quedaréis al lado de ese enfermo.

Es la hora de la oración; si oís a los pobres que os llaman, mortificaos y dejad a Dios por Dios, aunque tenéis que hacer todo lo que podáis para no omitir vuestra oración, pues eso será lo que os mantenga unidas a Dios; y mientras dure esa unión, no tendréis nada que temer.

Pues bien, para conservar esa unión de caridad con Dios, tenéis que manteneros encerradas en vuestro interior, conversando con Nuestro Señor.

También se necesita mortificación, hermanas mías, para sufrir esas pequeñas penas que puede haber en vuestro trabajo y las quejas que los pobres puedan tener de vosotras.

Tenéis que prepararos a ellas, hijas mías.

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Cuando esos señores que atienden a los heridos vayan a veros, quizás oigan quejas de vosotras; los heridos les dirán que no les habéis curado, que los dejáis abandonados desde la mañana hasta quién sabe cuándo.

Pues bien, hermanas mías, tenéis que sufrirlo sin quejaros; no os pongáis a buscar razones para justificaros; no, jamás.

Si el rey, o la reina, o el cardenal van al hospital y les presentan esas mismas quejas, hay que sufrirlo, con la idea de que Dios lo permite así, y no decir nada.

Ese es el medio para llenaros de virtudes y dar gloria a Dios.

Si fueseis orgullosas, si no quisierais padecer nada, si os sintieseis heridas por cualquier ofensa, desedificaríais mucho a quienes vieran vuestra agitación; os despreciarían tanto como ahora os aprecian, y no sin razón, pues no hay nada tan contrario a las hijas de la Caridad como el orgullo.

Eso es, hermanas mías, lo que tenéis que hacer allí; pero, antes de llegar, observaréis por el camino las normas que se suelen cumplir; ya sabéis con cuánta modestia hay que portarse en el viaje.

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No falléis en vuestros ejercicios, haced oración y, cuando haya que terminar, que una dé la señal a las demás. 653

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En las conversaciones, no intervengáis si son malas o inútiles; si son buenas, esperad a que os pregunten para contestar, ya que va contra la modestia y la urbanidad hablar cuando nadie se ha dirigido a nosotros.

Un buen doctor que iba en coche hace algún tiempo se portaba de la siguiente manera: cuando se tenían malas conversaciones, no decía nada, sino que conversaba con Dios; pero cuando se hablaba de cosas buenas, tomaba parte en lo que se decía.

Algunos de sus acompañantes, al verle obrar de ese modo, se convirtieron.

Eso es lo que hizo aquel buen doctor con su ejemplo.

Ya veis cuán importante es edificar a las personas con las que estamos.

Es preciso que las mujeres se callen, si no se les habla.

¡Cuán felices sois, mis queridas hermanas, de que Dios os haya escogido para atender a esos pobres heridos!

Desde el momento en que salgáis de aquí, vuestros ángeles contarán vuestros pasos; todo lo que digáis, hagáis y penséis, contará delante de Dios.

A los grandes del mundo se les conoce por sus éxitos y por el gran número de personas que les acompañan.

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Pues bien, la verdadera nobleza consiste en la virtud y cuando las almas que han trabajado mucho por Dios van al cielo después de esta vida, les acompañan todas sus buenas obras, y cuanto más excelentes y numerosas son, tanto más demuestran la grandeza de sus almas; son como sus damas de honor.

Hermanas mías, ¡qué felices seréis por haber asistido a tantos pobres, cuando comparezcáis ante Nuestro Señor!

Al final de su exhortación, nuestro venerado Padre le dijo a la hermana sirviente: Así pues, hermana, ¿es mañana vuestra partida?

— Sí, Padre.

Si hubiéramos podido encontrar la forma de llegar antes, ya habríamos partido.

Cuando fui a ver a la señora condesa de Brienne, me dijo que la reina le pedía a la señorita Le Gras que nos enviase cuanto antes y que no se preocupase por sus hijas, que ella no dejaría que les faltase nada.

— ¿Les han dado dinero para ir allá, hermana?

— No, Padre; la señorita Le Gras nos dará lo que necesitemos; creo que la reina se lo devolverá.

Cuando fuimos a Châlons, así es como se hizo. 654

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— ¡Bendito sea Dios, queridas hermanas!

Les daré dos cartas de recomendación para Reims.

Vayan a ver al vicario general; le escribiré con este motivo y les recomendaré a él.

— Padre, ¿me permite que le pregunte una cosa?

¿No sería conveniente que, cuando lleguemos, cada una tenga su cargo y que la hermana encargada de la ropa tenga su propia llave?

— Sí, hermanas; me parece bien.

— Padre, antes de que se encargara de la ropa la hermana Juana en Châlons, perdíamos muchas cosas; pero desde que tuvo la llave, algunos se quejaban, pues siempre era preciso ir a buscarla para sacar la ropa necesaria.

— Mirad, hermanas; es menester que haya orden en todo, y no tiene que pareceros mal el que una tenga un cargo y otra otro.

— Padre, a veces hay algunos pobres tan importunos que, cuando una hermana les niega algo, se lo piden a otra; y cuando ésta se lo concede, la alaban, les parece bien todo lo que hace, y aunque las otras hagan las cosas lo mejor del mundo, eso no vale nada a sus ojos.

De ahí nacen muchas veces los desórdenes y hasta la envidia.

Lo mismo pasaba en Châlons.

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Todo lo que las hermanas podían coger en la botica, se lo daban a los enfermos.

Otra cosa que nos podría hacer daño es que las hermanas se quejaran unas de otras, incluso ante los externos.

Quiero decirle esto delante de las hermanas, porque de ahí nacería un gran descrédito para nuestra compañía.

— ¡Jesús!

Hermana, tiene usted razón; le agradezco que hable así; es la cuerda que yo debería haber tocado.

Hermanas, no tienen ustedes que querer más que lo que las otras deseen, y no dar nada sin permiso de sor Ana; si no, vendría la guerra entre ustedes: a una la querrían los enfermos y a otra la odiarían: una les gustaría en todo lo que hace, las otras a su juicio no harían nada bien.

No hay que obrar de ese modo.

De todas esas pequeñas preocupaciones que puedan tener ustedes, no hablen más que con la que ocupa el lugar de Dios; a las otras no hay que decirles nada, ni darles ninguna señal de ello.

Apenas se note entre ustedes cierta frialdad, pueden decirle adiós a la buena opinión que se tiene de la compañía.

Esta es una de las razones que tienen para temer este mal.

¡Cómo! 655

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¡Ser motivo para que se desprecie lo que antes estaba en tan buena consideración!

Guardaos mucho de esto, hermanas mías.

Ruego a la bondad de Dios que les dé su espíritu para llevar a cabo esta santa obra según su voluntad.

Benedictio Dei Patris 62(62,X,7-23) CONFERENCIA DEL 24 AGOSTO 1651 Sobre las tentaciones Queridas hermanas: la conferencia trata de las tentaciones.

Se divide en tres puntos: el primero, de los grandes males que provienen de las tentaciones cuando se usa mal de ellas, y de los grandes bienes que se sacan cuando se las usa bien; el segundo, de las tentaciones más peligrosas para las hijas de la Caridad; y el tercero, de los medios para sacar provecho de las tentaciones y no recibir ningún daño de ellas.

Hija mía, ¿qué daño hacen las tentaciones?

— Padre, me parece que el primer mal es que nos hacen faltar a lo que hemos prometido a Dios.

— ¿Y le parece que se puede sacar de ellas algún bien?

Sí, Padre, cuando se usa bien de ellas.

— ¿Sabe usted, hija mía, lo que es la tentación?

— Padre, me parece que es lo que nos inclina al mal.

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— Queridas hermanas, para saber lo que es la tentación, hay que fijarse en su contrario, que es la inspiración.

La tentación es un movimiento que nos inclina al mal, y la inspiración es otro movimiento que nos inclina al bien.

El diablo nos lleva al mal por la tentación, y Dios nos lleva al bien por la inspiración.

Habéis venido a esta casa por inspiración de Dios; sólo saldríais de ella por la tentación.

Para mejor entenderlo, podéis imaginaros a dos mujeres que se encuentran con una muchacha: Una le dirá: «Hija mía, no vayas con esa compañía; es peligrosa; ________ Conferencia 62.

— Cuaderno de sor Maturina Guérin (Arch. de las Hijas de la Caridad). 656

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evita el trato con ese joven, que puede resultar peligroso».

La otra le podrá decir: «Anda, vete con él; hay que alegrarse y disfrutar de la vida; trata con chicos para que te conozcan; ¡si supieras cómo te quiere ese muchacho!

¡Cuánto te aprecia!

¡Está siempre hablando de ti!».

Por ese ejemplo, queridas hermanas, veis la diferencia que hay entre la inspiración y la tentación.

Una de esas mujeres pretende inclinar a esa muchacha a que vea a aquel joven, a que se entregue a la vanidad y se pierda.

La mujer buena la lleva a obrar bien; la mala, a obrar mal.

Lo comprendéis muy bien; no es necesario explicarlo más.

No vamos a hablar de las inspiraciones; hablamos de las tentaciones, que nos llevan al mal de diversas maneras, a veces bajo la sombra de bien.

La mujer que quiere llevar a la muchacha al mal, no se lo propone como mal; pretende enredarla con la apariencia de bien, por el contento que recibirá de aquel joven.

Así es como Dios nos lleva al bien, hermanas mías, y el diablo nos inclina al mal.

Fijaos en la astucia del demonio para seducirnos: presenta el mal como un bien.

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Es lo que diremos a continuación y probaremos con ejemplos.

Pues bien, mis queridas hermanas, es propio de Dios dirigirnos hacia el mal, lo mismo que hacen la carne y el mundo.

La tentación — insisto en ello — es un movimiento que nos inclina al mal de diversas maneras.

El diablo a veces presenta el mal abiertamente; pero de ordinario lo propone so capa de bien.

Hermana, ¿qué es la tentación y qué es la inspiración?

— Padre, me parece que la inspiración es un buen pensamiento que nos lleva hacia el bien, y la tentación un mal pensamiento que nos lleva hacia el mal.

— ¡Dios la bendiga, hija mía!

— Y usted, hermana, ¿quién la ha movido a venir aquí?

— Me lo ha inspirado Dios.

— Muy bien, hija mía; todo el bien que hacemos se debe a la inspiración, y todo el mal a la tentación.

Nadie se salva más que por la inspiración y el buen uso que ha hecho de ella; y nadie se condena más que por las tentaciones. 657

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Hija mía, nuestras buenas hermanas que están ahora en el cielo ¿han sido tentadas?

— Sí, Padre.

— ¡Ay!

¿qué duda cabe de que fueron tentadas?

Quizás más incluso que algunas de vosotras.

¿Qué diferencia hay entonces entre esas buenas hermanas y las que se salieron de la compañía?

Que éstas usaron mal de la tentación, mientras que las que están en el cielo usaron bien de ella.

Acordaos bien de esto, hermanas mías, y pensad en ello cuando os sintáis inclinadas a algún mal: si consiento en la tentación, entonces es cuando cometo un pecado; si uso bien de ella, tendré mucho mérito.

Hermana, ¿son siempre malas las tentaciones?

— Sí, Padre.

— Sí, hija mía, son siempre malas en cierto sentido y proceden de un mal principio, ya que el diablo que nos las envía lo hace para perdernos.

Por eso tiene usted razón en responder de ese modo.

Las tentaciones son siempre malas por parte del demonio.

Hija mía, ¿es posible aprovecharse de las tentaciones?

— Sí, Padre; muchos santos se han santificado por haberlas superado.

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Hermanas, las razones que tenemos para temer y huir de las tentaciones es que el diablo pretende con ellas llevarnos al pecado y perdernos.

Tenemos que soportarlas con paciencia, ya que el designio de Dios, que permite las tentaciones, es que sepamos aprovecharlas.

¿No habéis oído decir alguna vez lo que se cuenta de la víbora?

Es un veneno, basta con comerse una, por pequeña que sea, para morir.

Pero si está bien aderezada, es uno de los manjares más excelentes que se puede desear.

Lo mismo pasa con las tentaciones, cuando se las usa bien.

¿Y usted, hija mía, cree que los santos fueron tentados?

— Sí, Padre.

¿Y nuestras buenas hermanas que son ya bienaventuradas?

— También.

¿Y las que se han salido de aquí?

— También.

— ¿Y de dónde proviene que las tentaciones les han aprovechado a unas y perjudicado a otras? 658

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— Padre, es que Dios les ha dado la gracia de aprovecharlas bien.

— Muy bien.

¡Que Dios la bendiga, hija!

El santo de los santos, ¿fue tentado?

Dígame, hermana.

— Sí, Padre.

— Sí, mis queridas hermanas.

El santo de los santos fue tentado; el Hijo de Dios no estuvo libre de tentaciones 1.

¡Qué atrevimiento el del diablo, dirigirse al santo de los santos!

¿Hemos de extrañarnos de que tiente a los hombres, si atacó a Nuestro Señor?

Al verle abatido por el hambre en el desierto, empezó a tentarle de gula y le dijo: «Cambia estas piedras en pan».

Otra vez le pidió que se precipitase desde lo alto de una montaña, que era una tentación de orgullo.

Pero eso sería demasiado largo de explicar.

Fijaos bien, hermanas, los santos son santos por el buen uso que han hecho de las tentaciones.

Usted, hermana.

¿Por qué permite Dios que sean tentados sus siervos y sus siervas?

— Creo que lo hace para probarles.

— ¡Dios le bendiga, hija mía!

Es para probarnos y hacernos santos.

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Nos lo enseña san Pablo cuando dice de sí mismo que se veía tentado y afligido por una horrible tentación de la carne, pintando los combates que la carne le presentaba 2.

Nosotros, que somos del mundo, procuramos ocultar nuestras faltas, y los santos las descubrían para mostrar que eran pecadores.

¡Ay!

Es una gracia verse probado por las tentaciones, mis queridas hermanas, y una señal de que Dios nos ama.

Lo permite así para hacernos humildes, cumplidores y fieles.

Es el provecho que san Pablo sacaba de sus tentaciones.

Si no hubiera sentido esa rebeldía, ¿cómo no se habría enorgullecido de tantas gracias como había recibido, después de haber sido elevado hasta el tercer cielo y haber hecho tantas maravillas?

Cuando consideraba esos sucios pensamientos, se decía: «¡Cómo, Dios mío!

¡Si soy un miserable, yo que predico a los otros, y estoy lleno de estos malditos pensamientos!

Si esas personas a las que hablo supieran que estoy lleno de los sucios pensamientos de la carne, si supieran que tengo estos horribles pensamientos, si conocieran ________ 1 Cfr.

Mt 4,1-11 y paralelos. 2 2 Cor 12,1-7. 659

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ese lodazal en que se revuelca mi mente, ¿cómo querrían escucharme?

¿qué dirían de mí?

Sin embargo, ese pueblo se convierte.

¿Y quién es el que los convierte?

No ciertamente yo, pues es imposible que un hombre tan miserable pueda hacer esas maravillas.

No soy yo, Dios es el que lo hace.

Por eso yo no sirvo para nada y toda la gloria es suya».

Así es, hermanas mías, como san Pablo se servía de sus tentaciones para humillarse, para dar gloria a Dios por todo lo que hacía con su gracia.

Es un gran consuelo para las almas buenas saber que las tentaciones no pueden hacerles daño si ellas no quieren, sino que por el contrario pueden servirles de mucho.

Nos lo enseña la Sagrada Escritura.

Dice Santiago: «Alegraos con todo vuestro corazón» 3.

No dice solamente: «Alegraos»; sino que añade: «con todo vuestro corazón», de que el diablo es incapaz de haceros daño.

Este santo dice también: «No temáis al diablo; nos puede tentar, pero no puede jamás obligarnos al mal» 4.

Tenemos la voluntad libre para abrazar el bien y huir del mal.

Por eso, mis queridas hermanas, los miserables condenados lo son por su culpa.

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Pidámosle a Dios que no nos dejemos vencer por la tentación.

Se lee de un santo, muerto en nuestro siglo, que cuando salía por la mañana para ir a la ciudad le decía a su confesor: «Voy a salir, pero no sé si volveré sin haber cometido alguna falta.

Por eso le pido que rece a Dios por mí».

Esto nos enseña a desconfiar de nosotros mismos y a pedirle siempre fuerzas al Señor.

Pasemos al segundo punto.

Ahora, hermanas mías, es cuando tenéis que estar más atentas.

Pues esto es para vosotras.

Lo que hemos dicho hasta ahora se dijo en general.

Pero ¿qué tentaciones son las que atacan a las Hermanas de la Caridad, hija mía?

— Padre, yo creo que la de la vocación es muy peligrosa.

— Hermana, ¿les tienta a veces el diablo con la singularidad, esto es, verse preferida a las demás?

— Sí, Padre.

— ¿Sabéis lo que es la singularidad?

La singularidad, hermanas, consiste en querer estar por encima de las demás; como ________ 3 Sant 1,2. 4 Sant 4,7. 660

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si una hermana pidiera llevar una vida más austera, comulgar con más frecuencia, hacer más mortificaciones, dormir sobre una tabla, todo esto para que la tengan por virtuosa, por mejor que las demás.

Todas esas singularidades nacen en el fondo del orgullo, aun cuando no lo sepáis.

Pero podéis decirme: ¿no es la comunión una cosa buena?

¿no está bien que una se mortifique?

Sí, todas esas cosas son buenas; pero no hay que hacer más que lo que hacen las otras.

Y aun cuando os parezca que queréis comulgar por amor de Dios, por adelantar en la virtud, si miráis bien en vuestro corazón, veréis que pretende secretamente o satisfacerse o ser más estimado que los demás.

Examinaos bien y veréis que es así.

No es que una hermana no pueda pedirle a su superiora comulgar un día en que las demás no comulgan, cuando sienta un gran deseo o por algún otro motivo, o usar las disciplinas o hacer alguna otra mortificación.

Pero apenas el superior le diga: «Hija mía, confórmese con lo que haga la comunidad», no hay que pensarlo más.

Si uno se inquieta, si pone mala cara, es que el diablo intenta excitar vuestro orgullo.

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Hermana, ¿no le parece que el diablo quiere enorgullecernos entonces?

— Sí, Padre.

— Otra clase de tentación es querer cambiar de lugar, de oficio, de parroquia.

Hija mía, ¿le parece que está bien decirle a la señorita, al Padre Portail o a mí que desea hacer más mortificación que la comunidad?

— No, Padre; está mal.

— Fijaos en la astucia del diablo.

Sabe muy bien que, si le dijera a una Hija de la Caridad: «Júzgate superior a las demás», ella se daría cuenta de que eso no está bien.

El sabe perfectamente que rechazaría esos pensamientos.

Pero cubre ese mal con apariencia de bien.

Hija mía, ¿es una tentación pedir que le manden a una parroquia, cuando está en casa, con la idea de que allí estará mejor y conseguirá mejor su salvación?

— Sí, Padre.

— Y si, por el contrario, una de las que están en una parroquia albergase la idea de venir a esta casa y dijese: «Me voy 661

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a perder aquí, si no me cambian; no soy capaz de hacer aquí nada que valga la pena», ¿sería una tentación?

— Sí, Padre.

— Sí, mis queridas hermanas, es una tentación querer cambiar, querer ir a las aldeas, cuando se está en una parroquia; y cuando se está en las aldeas, querer volver a París.

Es una tentación quejarse del lugar en que una está por obediencia.

— ¡Pero es que este sitio, esta ocupación son incompatibles con mi espíritu!

— Hermanas mías, evitad esos pensamientos, miradlos como si vinieran del diablo y decid: «¡Maldita tentación, tú me quieres obligar a dejar el sitio en que Dios me ha puesto!».

En efecto, es Dios el que ha inspirado a vuestro superior enviaros allá, y no debéis intentar salir de allí ni cambiar por cuenta propia.

¿Es una tentación el que una hermana sirviente desee que le quiten del cargo y que se lo pida a sus superiores?

— Sí, Padre; porque hay que estar donde Dios quiere que una esté.

— ¿Es una tentación sentir envidia de la hermana sirviente?

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— Sí, Padre, es una tentación muy peligrosa, que nace del orgullo, y creo yo que, para librarse pronto de ella, hay que declarársela a los superiores.

— Sí, es un buen medio para verse libre cuanto antes.

Así pues, es una tentación, hermanas mías, querer descargarse del cargo de hermana sirviente; y desear serlo es una tentación horrible e insoportable.

Si una hermana tuviera ese deseo, ¿cómo podría tolerar verse marcada por el diablo, que es tan orgulloso que no quiere rebajarse, sino que busca siempre sobresalir?

Hermana, ¿es una tentación sufrir un pensamiento de antipatía contra una hermana, contra la hermana sirviente o alguna oficial?

— Sí, Padre.

— Sí, queridas hermanas, es una tentación horrible.

¿La tenéis en cuenta?

No admitáis nunca un pensamiento de antipatía ni contra una hermana que os haya molestado, ni contra una hermana sirviente que no haga las cosas como os gustaría a vosotras.

Hermanas, guardaos mucho de este mal.

Finalmente, 662

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también es una tentación querer cambiar.

Afirmo que todo cambio es una tentación de suyo, sea cual fuere el motivo, aunque se crea que lo hará mejor en otro lado, que podrá encontrar una hermana más cariñosa.

Es el diablo el que, so capa de bien induce al mal.

Lo mismo ocurre cuando una piensa en dejar su vocación (porque, fijaos, hermanas mías, el diablo obra así para tentaros.

Propone las cosas como muy útiles y agradables, pone un poco de salsa para que parezcan buenas; si ve que uno no accede sus propuestas, que resiste a aquella primera tentación, cambiará de salsa y pondrá esta idea ante la mente: «¡Oh!

Puedes ir a aquel lugar para dar clase a los niños; ejercitarás la caridad tan bien allí como aquí; allí no hay hijas de la Caridad y hay más trabajo para Dios; nadie podrá contradecirte y no ofenderás tanto a Dios como aquí, donde hay tantas ocasiones caer».

Así es como tienta siempre el diablo, con apariencia bien.

Por eso las hijas de la Caridad no deben entregarse a e pensamientos.

¿No os acordáis de lo que hizo la serpiente para tentar a nuestros primeros padres? 5.

Le dijo a Eva: «¿Por qué no comes de ese fruto?».

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Eva respondió: «Es que Dios nos lo ha prohibido»

— «¡Oh!, dijo el diablo, si comieras de él, conoce el bien y el mal».

¿No os parece que el diablo proponía a Eva un bien, ya que le prometía la ciencia del bien y del mal? pero ¿qué es lo que pretendía sino hacerles desobedecer a mandamientos, como lo consiguió?

Y luego fueron desgraciados y si Dios no les hubiese concedido su misericordia después tantas penitencias, estarían perdidos para siempre.

Después que Adán hizo penitencia y lloró su pecado durante más novecientos años, se dice que Dios tuvo piedad de él.

De Eva no nos dice nada la Escritura.

Pues bien, hermanas mías, ¿no les pasa lo mismo a las hijas de la Caridad que dejan su vocación, con el pretexto de trabajar mejor en otra parte?

Nuestro venerado Padre, con el espíritu todo ocupado Dios, dijo varias veces: ________ 5 Gén 3,1-4. 663

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Sí, Salvador mío; sí, Salvador mío, ¡guárdanos de las tentaciones!

Cuando recéis el padrenuestro, poned atención en esas palabras: «No nos dejes caer en la tentación», para pedirle a Nuestro Señor la gracia de no sucumbir a las tentaciones.

¡Dios mío!

Las tentaciones purifican a las almas buenas, las santifican, las hacen humildes y las perfeccionan.

¡Salvador mío!

Ya veis, mis queridas hermanas, si alguna vez hemos tenido una conferencia útil, es ésta, que os tiene que consolar mucho.

Hermana, ¿se acuerda usted de las tentaciones que pueden venir sobre las hijas de la Caridad?

— Padre, una de las que he notado es la de la vocación.

— Bien, hija mía, resumamos un poco todas las que habéis dicho.

La primera es querer aparentar más que las otras; no digo ya ser mejores, pues nunca hemos de compararnos con nadie.

Si uno pudiera ser mejor que los demás, estaría bien; pero querer ser estimado por lo que no es, es una tentación horrible.

La segunda que hemos dicho que es muy peligrosa para vosotras es la de la vocación.

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Sí, hermanas mías; os pregunto cuáles son las señales en que se puede reconocer que una hermana está tentada contra su vocación.

— Padre, creo que es cuando quiere ser preferida a las demás.

— No solamente cuando quiere ser preferida a las demás, sino cuando se pone a criticar lo que se hace en la casa, la conducta de los superiores, lo que hace la hermana sirviente; cuando no parece bien el vestido, diciendo: «Este tocado no está bien; un velo sería mejor que llevar la cabeza al descubierto»; además, quejarse de la comida, decir que no está bien guisada, que tiene mal sabor.

¡Ay, hermanas, si una hija de la Caridad llegara a ese extremo, en qué grave peligro estaría!

Todo eso, criticar lo que se hace en casa, todo eso tiende a destruir la compañía.

Cuando quisieron destruir a París, todos los malvados se pusieron de acuerdo, para conseguirlo, en murmurar contra todo lo que se hacía.

Cuando quisieron acabar con Nuestro Señor, hicieron lo mismo.

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Criticaban todo lo que hacía, su conducta, su predicación; veían mal que comiera con pecadores y que conversara con ellos; criticaban lo que dijo de que destruiría el templo y lo reedificaría en tres días; finalmente, criticaban todo lo que hacía el Hijo de Dios, hasta que consiguieron darle 664

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muerte.

Por eso, cuando se empieza a criticar lo que se hace en casa, se busca eso: destrozar por completo la compañía, arruinarla.

Una se quejará de la comida, otra del vestido, otra de que la tratan con demasiada dureza, otra de que no gobiernan bien, otra de que es difícil vivir de esta manera.

Y luego todas se pondrán a criticar.

¡Ay, hermanas mías!

¿qué es lo que hacéis cuando criticáis alguna cosa, cuando decís: «Tendrían que darnos mejor de comer, tendrían que vestirnos de otro modo; habría que hacer esto y aquello?

Ese es el modo de destruir vuestra compañía, de la que una persona virtuosa (era la señora duquesa de Ventadour) me decía ayer (me gustaría poderlo decir sin que lo oyerais; pero no puede ser y tengo que decirlo): «Padre, no veo ninguna obra y ninguna compañía más útil a la iglesia de Dios que ésta».

Humillaos, hijas mías, al ver cómo os aprecian a vosotras y a la compañía.

Mirad lo que hacéis cuando la despreciáis y cuando criticáis la forma con que se os trata.

Hermanas mías, ¿sois acaso más sabias que Dios?

¿Queréis destruir lo que él ha hecho?

¿De quién habláis cuando habláis de ese modo?

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Habláis de vuestra madre; destrozáis a la que os alimenta, a la compañía que tanto honra Dios.

Hermanas mías, alejaos de eso, por favor.

Si hay algo que os cueste, procurad superarlo.

Un día estuve con un religioso que me dijo que lo que menos le gustaba en el mundo era el vinagre.

Una vez el superior mandó que pusieran a la mesa de la comunidad vinagre para la comida, bien sea porque no hubiera otra cosa, o por penitencia.

Aquel religioso, al ver el vinagre, empezó a sentir la repugnancia de siempre; pensaba dentro de sí: «¿Que haré?

¿tendré que desobedecer para satisfacer mi sensualidad?».

Pero, venciendo su repugnancia, empapó el pan en vinagre y se lo tomó todo, aunque con gran violencia.

Así es como tenéis que hacer para dominar vuestras pasiones; tenéis que superarlas.

Pensad, hermanas mías, cómo viven ahora la mayor parte de los religiosos.

La mayoría carecen de pan.

Un superior de una orden religiosa me escribió hace unos días y me decía: «Padre, la carne es un lujo para nosotros; de pan sólo tenemos media ración.

Si Dios no nos ayuda, no sé lo que vamos a hacer». 665

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¿Qué diremos nosotros después de esto?

Vemos cómo carecen de pan otras personas distinguidas, ¿y una hija de la Caridad se quejará de la comida, murmurará, irá a decírselo a una hermana, y ésta a otra?

A alguna le parecerá mal el vestido.

Hermanas mías, ¿cómo es posible?

Nuestro hermano Mateo, cuando estaba en Lorena, nos decía que veía a las religiosas vestidas de toda clase de colores por no tener tela con que vestirse.

Si alguna encuentra algo que criticar, es que quiere destruir a la compañía.

Cuando oigáis a una hermana que habla de esas cosas, decidle: «Hermana, ¿qué dice usted? ,.No sabe que no hay que hablar nunca de ese modo?».

Estoy seguro de que en vuestros corazones estáis todas dispuestas a obrar así.

¿Qué hacer entonces?

¿Qué medios para no consentir en las tentaciones?

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Hermanas, el primer medio es acordarse de pedírselo a Dios cuando rezáis el padrenuestro; el segundo, que os acordéis de cuáles son las tentaciones que utiliza el diablo para tentar a las hijas de la Caridad; el tercero, mis queridas hermanas, recurrir a Dios, pedirle su ayuda para no consentir en la tentación y decirle: «Dios mío, ¿cómo me envías esta tentación?».

Y si continúa, volver a rezar, decírselo a la señorita, al Padre Portail o a mí.

Mirad, hijas mías, una hermana que es fiel en manifestarse a sus superiores no se verá engañada entonces por el demonio.

Si la tentación continúa a pesar de todo, no os extrañéis, porque Dios ha dicho que serán tentados todos los que quieran vivir santamente.

No seríais hijas de la Caridad si no os tentaran.

Si hubiera alguna sin tentaciones, le sucedería lo que a una persona que yo conozco, que no tenía tentaciones, sino solamente una, la más insoportable de la que yo he oído hablar, que es que pensaba que estaba reprobada porque no tenía ninguna tentación.

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Cuando oía que todos los amigos y servidores de Dios sufrían tentaciones y que los que quieren vivir santamente padecerán persecución, pensaba: «¡Dios mío!

Si esto es así, yo estoy condenada, porque no tengo tentaciones.

Todos a los que Dios ama están llenos de aflicciones y tentaciones, pero yo no tengo ninguna; ¡es que estoy reprobada!».

Mirad, hermanas, cómo hay que decidirse a sufrir la tentación, pues el no tenerla causaba tanta pena a aquella alma de 666

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la que acabo de hablaros.

Por tanto, las que estáis aquí con el propósito de perseverar en vuestra vocación, no tenéis que extrañaros de ello; al contrario, debéis aprovechar la ocasión para animaros, ya que es una señal de que Dios os ama el que os trate de la misma manera que a sus servidores.

Acordaos bien de esto y consolaos con la idea de que Dios permite al diablo que nos tiente para hacernos más virtuosos y fieles a nuestro deber.

Señorita, ¿quiere usted decirnos lo que piensa sobre este tema?

— Padre, al mirar lo que es la tentación, me parecía que debemos temerla.

Creo que nos viene por tres caminos distintos, que son el diablo, el mundo y la carne; que por el primer camino todas las tentaciones no tienen más fin que el de inducirnos a obrar contra la voluntad de Dios, a ofenderle y a perdernos junto con el diablo.

Puede pasar que tomemos la tentación como inspiración divina, o por apariencia de un bien, y que caigamos en la desgracia de unirnos al diablo y renunciar a Dios.

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Si escuchamos las tentaciones del mundo y de la carne, que nos presentan siempre mil razones para que busquemos nuestra satisfacción, es posible que caigamos en la desdicha de seguir nuestro propio juicio y por eso estamos en peligro de caer en mil confusiones.

Si desconfiamos de nuestras fuerzas y de esos tres enemigos, si los rechazamos en vez de escucharlos, si nos humillamos en vez de enorgullecernos, si renovamos nuestros propósitos en vez de desanimarnos, y así con las demás sugestiones, entonces, en vez de ser víctimas de las tentaciones, sacaremos mucho fruto de ellas con la gracia de Dios y en poco tiempo el alma hará grandes progresos en la virtud.

De todas las tentaciones del diablo, la más peligrosa para las Hijas de la Caridad es la que las pone en peligro de perder su vocación.

Otra es la que las induce a buscar su propia satisfacción, el aplauso de las personas del mundo, el orgullo que las aparta del deber de humillarse para mostrarse muy atrevidas y familiares con los grandes, de forma que se olvidan de lo que son y se elevan demasiado.

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Las tentaciones que nos vienen del mundo y de la carne son, según creo, la búsqueda de nuestras 667

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propias satisfacciones, la curiosidad de saber más de lo que se debe, el trato con las personas del mundo, la tendencia a presumir.

Todo esto es muy peligroso para las Hijas de la Caridad y apto para hacerles olvidar lo que son por su condición natural o por la elección que Dios ha hecho de ellas; pues las ha llamado a una compañía que debe permanecer en el ejercicio continuo de humildad, pobreza, sencillez y caridad, no sólo afectivamente por el amor debido a esas virtudes, sino efectivamente por la práctica de sus actos en toda ocasión, ante las personas del mundo, los pobres, las hermanas y una misma.

Para no dejarnos dominar por las tentaciones creo que hemos de estar siempre muy atentas, cuando nos sintamos agitadas de pensamientos y deseos, con el temor de faltar a nuestras obligaciones de cristianas y de verdaderas Hijas de la Caridad.

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Pido a Nuestro Señor Jesucristo que nos dé la gracia de hacer buen uso de todo esto y sobre todo de conocer bien las astucias del espíritu maligno, de resistirle como es debido y también de acordarnos de que el demonio nos puede ciertamente tentar, pero que no podrá arrastrarnos al mal sin nuestra voluntad.

Benedictio Dei Patris... 63(63,X,23-37) CONFERENCIA DEL 9 OCTUBRE 1654 Sobre el escándalo Mis queridas hermanas, el tema de esta conferencia es sobre el pecado de escándalo.

En el primer punto consideraremos las razones que tenemos para no escandalizar nunca a nuestro prójimo con palabras, obras, omisiones y negligencias; en el segundo, los actos que escandalizan al prójimo y los principales pecados que pueden cometer las hermanas; en el tercero, lo que hay que hacer para no escandalizar. ________ Conferencia 63.

— Cuaderno escrito por sor Maturina Guérin (Arch. de las Hijas de la Caridad): 668

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Mis queridas hermanas, es éste un tema muy importante para todo el mundo, pero principalmente para los que se han entregado a Dios y sobre todo para las hermanas de la Caridad, puesto que trabajan en medio del mundo, que ve lo que ellas hacen.

Las que están en el claustro están obligadas a evitar este pecado; pero lo están especialmente aquellos que se mueven en medio del mundo: los sacerdotes de la Misión, las Hijas de la Caridad y todos los que, por sus ocupaciones, necesitan tratar con la gente, han de evitar el escándalo mucho más que los otros, pues pueden ser la ocasión de que otros ofendan a Dios y ser entonces más criminales.

Hija mía, dígame qué razones tenemos para huir del escándalo.

— Padre, la primera razón es que disgusta a Dios y lo odia Nuestro Señor, como lo demuestra al reprender tanto a los judíos por este pecado.

Como medios para evitarlo, me parece que basta con uno: caminar en la presencia de Dios, ya que esta presencia nos guarda contra todo mal que pueda escandalizar al prójimo.

— ¡Bendito sea Dios, hermana!

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Nuestra hermana dice que, para evitar el escándalo hemos de acordarnos de que Nuestro Señor manda que no escandalicemos al prójimo.

Es éste un motivo muy fuerte para que odiemos este vicio.

¡Qué importante es, sobre todo para las personas apostólicas, no escandalizar a nadie!

Y lo es sobremanera para las hermanas de la Caridad, pues están obligadas a estar casi siempre con la gente.

Hermana, ¿qué otra razón tenemos para evitar el escándalo?

— Padre, somos como el espejo del mundo; nos miran y hacen fácilmente lo que nosotras hacemos.

Si una persona tiene alguna mala costumbre y ve a una hija de la Caridad cometer la misma falta, se tomará todavía más libertad para continuar en su mal.

Si alguna de nosotras obra mal ante los pobres, creerán que no hay ningún peligro en obrar del mismo modo, ya que nosotras lo hacemos.

Dice usted entonces que todo el mundo, por así decirlo, tiene sus ojos sobre las Hijas de la Caridad para edificarse por sus buenas acciones o sentirse desedificados por su mal comportamiento.

¿No es verdad? 669

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— Sí, Padre.

— ¡Cuánta razón tiene usted, hermana!

¡Salvador mío, bendito seas por haber dado este pensamiento a esta hermana!

Es verdad, hijas mías, que os miran por todas partes para fijarse en vuestras acciones.

Hermanas, ¿qué sucedería si alguna de vosotras, que más o menos habéis dado buen ejemplo hasta ahora, dierais lugar con vuestra mala conducta a que las buenas personas perdieran el aprecio que tienen de la compañía, de forma que lo que antes les edificaba les llenase ahora de disgusto?

¿Qué castigo podría bastar para castigar a las hermanas que hubieran dado ese mal ejemplo y que con sus escándalos fueran la causa de que se marchitase esta flor tan hermosa?

¡Esa bella rosa, la compañía de Hijas de la Caridad, que edificaba a todo el mundo y que exhalaba tan fragantes olores, estaría a punto de marchitarse!

¿Qué castigo no merecerían las personas que habían contribuido a destruir la obra de Dios?

¡Salvador mío!

Ha dicho usted cosas muy importantes, hija mía.

Si las pensáramos bien, no necesitaríamos más motivos para evitar el escándalo, sino saber que Nuestro Señor no ha mandado que huyamos de él.

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¿No temeremos las amenazas que pronunció contra los y las que dan mal ejemplo?

¿No tendremos sentimiento?

¿Qué es lo que dijo?

Dijo estas palabras que deberían hacernos temblar: «¡Ay de los que escandalizáis a esos pequeños!

¡Ay de los que escandalizáis a las almas inocentes!» 1.

¡Ay de vosotros, sacerdotes de la Misión!

¡Ay de ti, superior de la Misión, si no vivís de forma que edifiquéis a vuestro prójimo!

¡Ay de vosotras, Hijas de la Caridad, si no vivís de una manera digna de vuestra vocación y os escandalizáis las unas a las otras!

No soy yo quien lo digo, sino Nuestro Señor.

¿Y de qué forma podría enseñarlo con más evidencia?

¡Ay de todos los que dan escándalo!

Hermanas mías, la palabra de Dios siempre es verdadera; de forma que nuestra hermana tiene razón al decir que les conviene mucho a las Hermanas de la Caridad tener mucho cuidado para que nadie se escandalice por ellas.

Lo decía también Nuestro Señor en otro lugar: «Más valdría que os colgaran una rueda de molino al cuello y os tiraran al ________ 1 Mt 18,10. 670

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fondo del mar antes que dar escándalo a uno de esos pequeños» 2, Mirad si no ha dicho esta hermana cosas importantes, y si no valen por toda una predicación.

Seguramente me diréis: «Muy bien, Padre; pero ¿qué es el escándalo?».

Es verdad que es preciso conocerlo.

Os diré, hermanas, que el escándalo no es más que la incitación a una acción.

Por ejemplo, una hija de la Caridad murmura de su superiora, se queja de su forma de gobernar, critica todo lo que ordena, murmurando con las demás.

Les da licencia a todas las que le oyen a que hagan lo mismo: eso se llama escándalo.

Se dice que las vestales, si no me engaño, cuando habían hecho algo malo que escandalizaba al prójimo, eran enterradas vivas en castigo de su falta.

Hermanas mías, una hija de la Caridad que da motivos para ofender a Dios, ¿no merecería el mismo castigo?

Sí que lo merece, y más valdría que dejara la compañía antes de servir de piedra de tropiezo a las demás, impidiéndoles avanzar en la virtud; más valdría que tuviera la desgracia de ser enterrada viva, antes que dar un escándalo a esas almas que Dios ha escogido para su servicio.

¿Y por qué?

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Porque lo prohíbe Nuestro Señor y maldice a todos los que escandalizan a los demás.

Por eso el Hijo de Dios va siempre diciendo a los sacerdotes de la Misión, si dan escándalo, a las Hijas de la Caridad y a todos los que dan libertad a los demás para obrar mal: «¡Ay de vosotros que escandalizáis a estos pequeños!».

Podéis preguntarme: «Pero ¿por qué esto?»

Porque el escándalo no es siempre una mala acción, sino sólo atribuida a una acción que da motivos para obrar mal.

Por tanto, dice el mismo Hijo de Dios, ¡ay de vosotros, escribas y fariseos!

¡Ay de vosotros si escandalizáis a esas almas sencillas!

¡Ay de vosotros, les dice a los discípulos que había escogido, si escandalizáis a alguno y si, por causa vuestra, esos escribas y fariseos toman ocasión de continuar con su mala vida!

Si Nuestro Señor dice eso, es menester que haya algunos que caigan en ese mal, para que los justos y las almas buenas sufran y sean afligidas ________ 2 Mt 18,6. 671

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por su bien y para que tengan ocasión de practicar la virtud.

¡Bendito sea Dios!

Hija mía, ¿qué razón tenemos para huir del escándalo?

— Padre, me parece que una de las razones es que somos la causa de que se ofenda a Dios.

— ¡Dios la bendiga, hermana!

Tiene usted razón; mirad, hermanas, siempre que murmuráis de vuestros superiores, que criticáis lo que os ordenan, escandalizáis a todas las que lo oyen y tendréis que responder de ello delante de Dios.

Si pensásemos todos un poco, vosotras y yo: «¡Dios mío!

Siempre que obro mal, me hago culpable ante ti, no sólo del pecado que cometo, sino también del escándalo que doy», hermanas mías, no cometeríamos tantas faltas como cometemos.

Dios mío, ¡no hagamos nunca una acción que dé escándalo!

¿Es posible que no tengamos miedo de que tratemos tan imperfectamente a esta hermosa compañía de forma que la desprecien todos los que la vean?

¿Qué otra razón tiene usted, hija mía?

— Padre, me parece que está muy mal cometer alguna acción o decir alguna palabra de crítica o de murmuración porque damos motivos para que hagan lo mismo los demás.

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— Muy bien, damos motivos para que hagan lo mismo.

Sí, hermanas mías, siempre que una hermana habla mal de otra critica a la compañía, se indigna de las acciones de unas y otras, murmura de todo lo que se hace en casa, habla a una de una manera y a otra de otra, se queja a veces de la superiora, a veces de otra hermana, habla de sus dificultades, particularmente con las que tienen el mismo humor que ella, todo esto es hacer actos que son de suyo malos y llevan consigo una cualidad que se llama escándalo, sobre todo cuando se trata de antiguas, que llevan en la compañía diez, catorce o quince años.

¡Dios mío, cuánto daño hacen!

Pues quienes las oyen se dejan llevar a hacer lo mismo; o si no lo hacen, ¿qué pueden pensar sino que es falso todo el bien que habían oído decir de las Hijas de la Caridad?

¡Qué pena!

¡Hay hermanas que llevan aquí mucho tiempo y que todavía son tan poco mortificadas!

¡Dios mío!

¿qué castigo merecerían las personas que son causa de tales desórdenes?

De todas partes vienen almas sencillas e inocentes a esta compañía, creyendo encontrar en ella los medios 672

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para salvarse, y pasa todo lo contrario: encuentran aquí trampas donde perderse.

Sí, son trampas las que les tendéis cuando, en presencia de ellas, cometéis alguna falta.

¿Qué creéis que dirán en su interior?

Sin duda pensarán: «¡Cómo!

He venido aquí para servir a Dios, pero me he equivocado; no se hace más que murmurar; sólo se habla de ésta o de aquélla; no hay caridad, ni paciencia, ni mansedumbre, ni cordialidad.

¡Me voy a perder aquí!

Más vale que me salga, antes que vivir de esta manera».

Eso es lo que pueden pensar, hermanas mías, cuando las escandalizáis.

¡Salvador mío!

¡Qué desgracia una vez más para esas hermanas, que matan así a esos niños!

Porque se llama niños a los que empiezan a servir a Dios; y vosotras los matáis, ahogando en ellos los buenos deseos que tenían de servirle.

¿No pensáis que pueden enfriarse al ver a unas personas que deberían estar contentas y firmes en el bien, pero que están descontentas, quejándose de todas las correcciones que reciben, unas veces de la vida austera, otras de las reglas y de todo lo que ordenan los superiores?

Hermanas mías, ¿os lo diré?

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Sí, puesto que es verdad; sois otros Herodes cuando hacéis lo que acabo de decir, porque matáis a esos niños apenas empiezan a vivir y hacéis lo posible para que nadie quiera venir ya a la compañía, para que tantas almas santas que hay en el mundo con deseos de entregarse al servicio de los pobres dejen de pensar en venir a esta casa, por el mal olor que sale de ella; y si vienen, Dios permitirá en castigo de vuestros escándalos que no sean hermanas buenas para nada y esta hermosa compañía, que Dios ha formado para sí, empezará a llenarse con no sé qué clase de personas que, en vez de obrar bien, lo estropearán todo, desedificarán al prójimo, tratarán mal a los pobres y no se preocuparán de cumplir las reglas.

Y al final, ¿qué pasará?

Se derrumbará la Compañía, pues no podrá subsistir mucho tiempo sin buenos sujetos.

¡Ay, hermanas mías!

A eso es a lo que tiende el escándalo: a arruinarla por completo.

Cuando una hermana se pone a criticar, va a decírselo a otra, y ésta a otra y a otra, todas se irán estropeando.

Hermanas mías, ¿habrá bastantes suplicios para esas hermanas que matan a esos niños, que son parecidas a Hero673

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des?

¿Qué pueden esperar sino la maldición pronunciada por Nuestro Señor contra los que escandalizan a los pequeños?

Mirad, hermanas mías, Nuestro Señor os pedirá cuentas de esas almas y os castigará por el impedimento que hayáis puesto a su perfección.

A mí me preguntará si he impedido a las Hijas de la Caridad avanzar en la virtud, y al Padre Portail, y a la señorita Le Gras, si dejan de ayudar en esto y si no progresan, y también a todas las Hermanas de la Caridad que hayan sido causa con sus escándalos de que las demás se porten mal.

¡Salvador mío!

¿habrá bastantes suplicios para esas hermanas que así matan a esos pequeños que empiezan a servir a Dios?

Además, hay escándalo recibido y escándalo dado; os ruego que os fijéis bien en esto.

El escándalo dado es cometer una acción mala en presencia de alguien, que con ese mal ejemplo podrá cometer la misma falta.

Siendo esto así, la persona que obra mal ofende a Dios al cometer esa acción mala y se hace aún más culpable por el escándalo, que es una cualidad añadida a esa mala acción.

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El escándalo recibido y no dado es, por ejemplo, como si, al ver a una hermana muy observante de las reglas, otra llegara a escandalizarse de ello y a molestarse porque esa fidelidad al reglamento condena la ligereza de las que se sienten ofendidas por ella.

Es un escándalo recibido que sólo perjudica a la persona que lo recibe.

¿Cómo es esto?

Porque es un escándalo sin motivo.

Una hermana lleva la vista baja, camina con modestia, en la presencia de Dios, habla poco y no puede tolerar que se ofenda a Dios o al prójimo en su presencia; alguna tomará motivo de ello para escandalizarse.

Hermanas mías, tened mucho cuidado de no caer en este defecto, porque seríais semejantes a las arañas que convierten en veneno las más bellas flores; y en vez de excitaros a hacer el bien que se os muestra, haríais lo contrario: convertiríais la miel en hiel.

Estad seguras de que Dios castiga a esas personas.

¿Qué creéis que hacéis cuando criticáis las buenas acciones de nuestras hermanas?

Impedís a esas almas continuar en la práctica de la virtud, y por consiguiente las priváis del mérito que podrían adquirir.

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Eso es el escándalo dado y el recibido.

Pues bien, tenéis que saber que el escándalo dado es siempre pecado, y a veces 674

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mortal; y si uno muere en ese pecado, se condena.

Mirad qué desdicha y cómo hemos de tener mucho miedo a escandalizar al prójimo.

Nos imaginamos a veces que los pecados que cometemos no son más que veniales; pero tengamos cuidado, hermanas, y no nos engañemos.

No es tan difícil como creemos cometer un pecado mortal.

A veces una falta de urbanidad a destiempo, dejarse llevar por una ligereza, o decir una palabra ligera por sorpresa, puede que no sea una falta mortal, aunque sea un escándalo; no es más que pecado venial.

Pero, por ejemplo, si una hermana se queda con el dinero de los pobres o con sus ahorros, para tenerlo en propiedad, o comprar algún libro o cosa semejante, y lo sabe otra hermana; si habla mal de los superiores, si descubre los defectos de las otras hermanas o las desprecia, destrozando la buena opinión que se tiene de ellas, entonces, hermanas mías, ¡Dios sabe si no son ésos pecados mortales!

¡Dios nos guarde de esta desgracia, ya que serían grandes pecados!

Nunca ha habido entre vosotras pecado de escándalo recibido, pero sí escándalo de la clase que acabamos de explicar.

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El escándalo recibido es como si vosotras o el Padre Portail o yo, al ver en la Compañía a una hermana recogida, ecuánime en la conversación, con la vista baja..., si yo fuera tan desgraciado que me pusiera a criticarle, cometería una falta grave, pues me escandalizaría sin motivo y convertiría la miel en hiel.

Lo mismo pasaría con una hermana que se dejara llevar por la misma falta.

Por eso tened cuidado y acordaos de que el que toma ocasión de obrar mal al ver a las otras obrar bien es culpable delante de Dios.

Pues ¡cómo, Dios mío!

¿No me contentaré con servirte con negligencia, como hago, con faltar a la observancia de mis reglas y dejarme llevar por tantas faltas, sino que además sentiré mucho el ver que tal hermana no comete esas mismas faltas, y que condena tácitamente, con el esmero que pone en su perfección, mi libertinaje?

¡Ay!

Si hubiera alguna en esa situación, que tenga mucho miedo del castigo de Dios y se corrija.

Más aún, las que oyen conversaciones contra la caridad, que manda siempre hablar bien de todos, ofenden a Dios lo mismo que las que hablan.

La razón de ello es clara, pues el que puede 675

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impedir un mal y no lo hace es tan culpable como si lo hiciera.

Sí, hermanas mías, si una de vosotras o varias oyen hablar mal o censurar las acciones de la superiora o de una hermana, las que escuchan esas conversaciones y no la contradicen para que deje tales conversaciones, obran tan mal como la otra.

Porque, fijaos bien, hay que oponerse con energía a esas personas y decirles: «Hermana, hermana mía, en nombre de Dios, no diga eso.

¿Es que vamos a destrozar con nuestras conversaciones a nuestra hermana, de la que tenemos motivos para creer que agrada a Dios, que hace tantas cosas buenas, que no tiene nada criticable, al menos delante de los hombres, ya que ante Dios no nos toca a nosotros juzgar?

Si hay en ella algo que le disguste a usted, es que juzga mal sus acciones».

Hermanas, si no obran ustedes así, sepan que faltan contra la caridad.

Si una hermana no dice ni palabra en esa ocasión, si es como una muda que ve obrar mal a otra hermana y no lo impide, lo está haciendo ella misma.

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Y las que no se oponen ni interrumpen esa conversación hacen el oficio del diablo, pues al escuchar son la causa de que las otras continúen en el mal.

Pensemos un poco en esto.

¿Qué desgracia mayor puede acontecernos que la de hacer el oficio de demonios?

Sin embargo, es lo que hacemos cuando tenemos envidia a las que se portan mejor que nosotros, pues solamente el demonio y los que se dejan llevar de su espíritu se sienten molestos por el bien.

¡Dios os guarde, hijas mías, de servir así a nuestro enemigo haciendo su oficio!

Cuando voy por la ciudad y os veo, aunque no me veáis vosotras, siempre siento un gran consuelo al ver vuestra modestia, que es mayor en unas y en otras menor.

Pero os he hablado de lo malo, para que lo evitéis y veáis la diferencia que hay entre el escándalo dado y el escándalo recibido, así como también lo mal que está criticar a las personas que se portan bien.

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También diré, para consuelo de las almas buenas, que si una se escandaliza, por ejemplo, de que una hermana no haga nada sin permiso, le parezca bien todo lo que los superiores ordenan, sea exacta en las más pequeñas normas, se levante a las cuatro y todo lo demás, no es ésta la culpable de dar mal 676

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ejemplo, sino la que recibe de allí un escándalo; si algunas fueran tan imperfectas que convierten así el bien en mal, tienen que tener mucho miedo, ya que la virtud les hace daño a los ojos.

No pueden tolerar su resplandor, ya que las personas virtuosas brillan como soles, y las imperfectas, al no poder edificarse de ello, se ponen a criticarlas por no poder resistir su esplendor.

Quieren apagarlo.

Y en efecto, es lo que hacen al hablar mal de las que deberían hablar bien.

Hermanas mías, ¡cuánto hay que temer a esas personas!

¡Cómo!

¡Una hija de la Caridad, que debería inclinarse tan generosamente al bien, se cree en la obligación de impedirlo!

Si alguna tuviera ese defecto, que tome la resolución de corregirse y de abrazar la virtud, porque, fijaos, no basta con huir del mal, sino que hay que hacer el bien.

¡Estaría bonito ver a una hija de la Caridad llevando solamente el hábito y demás efectos externos, pero sin serlo de verdad!

¡No sería hija de la Caridad más que en apariencia!

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¡Qué desagradable sería ante Dios esa hermana que, en vez de vivir con el espíritu que Dios ha dado a la Compañía, viviera en el espíritu de soberbia, de disimulo y estuviera llena de malos ejemplos!

Más valdría que no fuera hija de la Caridad, pues, en efecto, no lo es.

Podéis decirme: «Pero si lo parece por fuera; observamos en ella ciertas apariencias».

Sí, veis algo en ella, pero no es más que la corteza y una apariencia vana; creéis ver a una hija de la Caridad, pero es solamente el hábito.

¡Salvador mío!

¿qué es esto sino un monstruo que horroriza a Dios y a los ángeles buenos?

Vi últimamente una cosa que viene bien para el caso.

Viéndola de lejos, me pareció que era una imagen muy hermosa, espléndida, bien modelada, que tenía los cabellos dorados.

Al ver esa imagen tan brillante y esplendorosa, pensé que se trataba de algo grande, pero al acercarme, ¿sabéis que era?

Era la muerte, que vista de cerca, daba miedo.

Hermanas, ¿me atreveré a decirlo?

Sí, porque es verdad.

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Si dais escándalo, si no vivís como requiere vuestra vocación, yo mismo, si doy escándalo, si soy causa de que los que están a mi lado no cumplan con su deber, somos esa imagen, pues aparentamos por fuera lo que no somos por dentro; engañamos a los que nos ven, a tantas buenas almas que tienen una buena 677

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opinión de nosotros y que creen que vivimos bien.

¿Qué diremos a Dios en ese caso?

Pensemos en nosotros mismos y preguntémonos: «¿No soy yo esa imagen?

¡Dios mío!

Cuando me ven de lejos, creen que soy una hija de la Caridad; pero quien me vea de cerca, quien escuche mi conversación tan distinta de este nombre que llevo, conocerá que no tengo caridad».

Si Dios nos da a conocer esto, sabed que es una gran gracia que no hemos de despreciar.

¡Salvador mío!

¡qué desgraciadas son las que desmienten así su profesión con su mala vida!

Hijas mías, ¿creéis que Dios os ha llamado de uno y otro lado, a una y otra para que seáis motivo de escándalo y de desedificación para los demás, y para hacer que ofendan a quien deberíais servir con tanta fidelidad y a cuyo servicio deberíais atraer a todo el mundo?

No ha sido ciertamente para eso, sino para honrar a Nuestro Señor y para ayudar al prójimo, con vuestro ejemplo y con vuestras instrucciones, a salvarse.

Si no lo hacéis, faltáis a vuestro deber.

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Bien, se está haciendo tarde y no hemos tratado más que de un solo punto; sin embargo hay aquí materia muy importante para todo el mundo, y principalmente para vosotras.

Creo que sería conveniente dejarlo para otra ocasión.

En esto pueden las Hijas de la Caridad advertir la prudencia de su venerado Padre, que no quiso decidir la continuación de la conferencia sin pedir el parecer del Padre Portail y de otro sacerdote, los cuales dijeron que era un tema tan importante que no se inculcaría nunca demasiado.

Bien, dejémoslo para otro día; entretanto acordémonos de lo que acabamos de decir, para que no escandalicemos a nadie.

Una hermana ha dicho un motivo muy bueno: que muchos tienen sus ojos sobre vosotras para observar todas vuestras acciones; esto os debe mantener siempre en vuestro deber.

¡Qué bien dicho!

Si se practicara bien, no se necesitaría nada más para hacernos evitar el escándalo.

Si sacamos provecho de lo que acaba de decirse, obtendremos dos cosas de la bondad de Nuestro Señor: la primera, que Dios nos perdonará el pasado y nos concederá la gracia de impedirnos caer en el futuro.

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Esperándolo así de su bondad, pronunciaré las palabras de la 678

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bendición, rogándole que al mismo tiempo derrame sobre nosotros la gracia de no escandalizar jamás a nuestro prójimo.

Benedictio Dei Patris... 64(64,X,37-54) CONFERENCIA DEL 15 NOVIEMBRE 1654 Sobre el escándalo El domingo 15 de noviembre nuestro venerado Padre nos dio la conferencia sobre la continuación del pecado de escándalo, que empezó de esta manera.

Queridas hermanas, el tema de esta conferencia es la continuación de la anterior, que trataba del escándalo.

Entonces hablamos solamente del primer punto y de las razones que nos obligan a huir del escándalo.

Hicimos ver cómo hay un escándalo recibido y un escándalo dado, qué son esos escándalos y cómo se cometen.

Acabamos con el primer punto, pero no sé si dijimos una cosa que se me ocurre ahora.

No dejaré de decirla, pues quizás haya aquí algunas que no estuvieron el otro día.

Escandalizar es dar motivo a nuestro prójimo para ofender a Dios.

La malicia del escándalo puede compararse con el daño que haría una persona en un camino para hacer caer a todos los que pasan por allí, poniendo una piedra disimulada pata que tropezase y así poder atraparlos.

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Eso es lo que hace el escándalo, y peor todavía, pues no es el cuerpo el que tropieza, sino el alma la que tropieza con el escándalo del pecado.

También dijimos que Dios castiga de tal modo este vicio que maldice a las personas que escandalizan.

Sí, son maldecidas por Dios.

¡Qué desgracia para los que con sus palabras, sus acciones o sus obras dan motivo de escándalo, incurriendo así en la maldición de Dios!

¡Dios mío, cuántos motivos para examinar nuestras acciones y decir: «Si hago esto, si murmuro ________ Conferencia 64.

— Cuaderno escrito por sor Maturina Guérin (Arch. de las Hijas de la Caridad). 679

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contra los superiores, si critico las órdenes y las normas de la Compañía, si difamo a alguna de las hermanas, le doy motivo a mi hermana para que se porte como yo, y por consiguiente cometo dos pecados»!

Eso es lo que hay que hacer para no obrar mal.

Si habéis caído en eso, tenéis que examinaros y confesaros; pues, mirad, no basta con acusarse del mal, sino que hay que decir si se ha escandalizado a alguien, pues se trata de una circunstancia que agrava el pecado.

Queridas hermanas, si es verdad que todos los que escandalizan son malditos de Dios, y hay tantas personas en el mundo que caen en este pecado, y si es fácil cometerlo en las casas que están dedicadas a su servicio, ¡cuántos escándalos hay en el mundo por ese gran número de personas que no hacen casi nada sin escandalizar a quienes las ven, y que sólo sirven para hacer caer a los demás!

¡Qué agradecidas hemos de estar a Nuestro Señor por habernos sacado de eso!

¡Aun cuando sólo se condenaran esas personas, su número sería muy grande!

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Sin embargo es Dios el que lo ha dicho, y es verdad: «¡Malditos seáis los que cometáis escándalo; más valdría que os colgaran una rueda de molino al cuello y os arrojaran al mar!» 1 Sí, hermanas mías, más valdría que los escandalosos fueran al fondo del mar, pues no habría más condenados que ellos y ya no servirían para hacer pecar a los demás.

Estas son razones muy importantes para hacer que temamos ese vicio, aparte del bien que se saca de dar buen ejemplo con nuestras palabras, pues por la palabra se conoce lo que hay en el corazón.

Lo digo por experiencia, pues no sé de mejor medio para edificar al prójimo que tener cuidado con nuestras palabras.

Otra razón es que hacen el oficio de diablos.

Si hay en la Compañía algunas que dan motivo de escándalo, hacen el oficio de demonios.

Las Hijas de la Caridad que son la causa de que otros pequen y hacen que, por su ejemplo, las demás ofendan a Dios, cumplen el oficio del demonio, que no sabe hacer otra cosa más que inducir al mal.

Notad bien esto; lo repetiré para que os acordéis: escandalizar es ser causa, por nuestras palabras, nuestras acciones y ________ 1 Mt 18,6. 680

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nuestros malos ejemplos, de que nuestro prójimo obre mal o haga el bien imperfectamente y peor de lo que debería hacerlo.

¡Y hace tanto tiempo que lleva portándose así el demonio!

Con tal que se ofenda a Dios, él está contento.

¿Qué es lo que hace una hija de la Caridad que es quejicosa, que murmura, que lo critica todo, que prefiere su juicio al de los superiores, al de sus hermanas y quiere salirse siempre con la suya?

Hace el oficio de diablo.

Es un demonio.

Por eso vemos que esto lleva consigo grandes desórdenes.

Bien, estos son los castigos que os he dicho últimamente que Dios les prepara a las personas escandalosas, que caen bajo la maldición de Dios.

Pasemos al segundo punto, que consiste en ver en qué pueden escandalizar las Hijas de la Caridad.

Pues bien, no es posible citar el gran número de pecados que pueden cometer, tanto de palabra como de obra y de omisión, sobre todo, ¡Salvador mío!, sobre todo las que son más antiguas en la Compañía.

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Hermanas mías, lo digo no para acusaros de escandalosas, pues quiero creer que procuráis evitarlo, sino para que os sirva de antídoto para vuestros vicios y que evitéis las ocasiones.

Pues bien, hay que saber que algunos escándalos son generales y particulares.

Los generales, son por las palabras, obras, omisiones o negligencias que escandalizan al prójimo.

Las ocasiones de dar escándalo son, por ejemplo, si hubiera en la Compañía (no quiero creer que la haya) alguna que hablase mal de otra hermana o criticase ante las demás las disposiciones de los superiores.

Ya está dado el escándalo, porque las que oigan esa conversación recibirán una mala impresión.

Hablar mal de una hermana, decir que tiene mal carácter, que no tiene paciencia, eso sin duda producirá un mal efecto, pues la que lo oyó lo repetirá a las primeras hermanas con las que se encuentre y añadirá que, ya antes de entrar en la Compañía, le habían avisado que no todas las Hijas de la Caridad eran tan buenas como se decía, y que en efecto así era en verdad.

Y ya está dado el escándalo.

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Por eso, mis queridas hermanas, es menester que vosotras y yo nos entreguemos a Dios para tomar desde ahora la resolución de no hablar jamás de nuestro prójimo más 681

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que bien; pues apenas se abre la boca para hablar mal de una hermana, la maldición de Dios cae sobre nosotros.

Acabamos de decir lo que es el escándalo de palabra.

También hay escándalo de obras: por ejemplo, si no se ayuna cuando hay que hacerlo, en los días que el reglamento os manda ayunar.

Entonces hay una que no ayuna, que come a cualquier hora en los días que no son de ayuno, y hasta golosinas, a pesar de que sabe muy bien que no hay que comer fuera de las comidas.

Esto escandaliza a las hermanas, sobre todo aquí.

Hay una antigua que lo hace delante de las nuevas o de las externas.

¡Qué mal hecho está!

Pues esas hermanas creerán que no es tan malo hacer lo mismo, o tendrán motivos para decir que en la Compañía no hay tanta perfección como se cree, ya que hay personas tan imperfectas; y así se desanimarán.

Si hay alguna persona de fuera, se escandalizará; y cuando vea a algunas jóvenes que quieran entregarse a Dios en la Compañía, las disuadirá diciendo: «¿Quiere usted ir a esta casa?

¿Qué va a hacer usted entre esas personas?».

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Y así les dirá el mal que sepa de las Hijas de la Caridad; y la que dio primero mal ejemplo es la causa de todo ese mal, atrayendo a él a otras y al final, si las otras se ponen a hacer lo mismo, caerá la maldición de Dios sobre ellas.

No cabe duda, ipso facto, en el mismo momento en que cometemos una acción que escandaliza, atraemos la maldición de Dios sobre nosotros.

Así es como se puede cometer este pecado por obra.

También se le puede cometer por omisión.

Por ejemplo, cuando una no se levanta a las cuatro.

Si es una sirviente la que lo hace así en las parroquias, su compañera hará lo mismo.

Lo mismo pasa en la oración, pues si una no se levanta a tiempo, pasan las horas, no encuentra ocasión para hacerla, hay que vestirse aprisa y así se deja la oración.

Ese es un pecado de omisión: dejar de hacer lo que hay que hacer.

Después de haber cometido esa falta un día, volverá a caer en ella al siguiente.

Si dos hermanas lo hacen, pronto habrá tres, sobre todo cuando son las antiguas las que faltan.

¡Salvador mío!

Cuando las que deberían ser las primeras en dar ejemplo no lo dan, ¿qué remedio habrá que emplear?

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Cuando vemos a unas hermanas que deberían tener tanto cuidado en observar las 682

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reglas ser las primeras en romperlas, hermanas mías, ¡qué peligroso es eso para todas, sobre todo cuando se trata de la sirviente!

Lo repito una vez más, pues, si eso ocurriera, poco a poco se iría dejando la oración y pronto la abandonaría toda la comunidad.

A eso iríamos a parar.

Por ahí se empieza, para acabar prescindiendo de todas las normas; y esas personas son maldecidas por Dios.

Estos son los escándalos generales que se pueden dar; ahora en particular.

Por ejemplo, si una hermana, después de haber recibido de la superiora algún disgusto, se lo va a decir a otra hermana que es su confidente y se queja ante ella diciendo: «Me han dicho o me han hecho esto y esto».

Hermanas, esto es un escándalo, porque le dais un mal ejemplo a la otra hermana, hacéis que tenga una mala opinión de la superiora y que se desanime y tenga miedo de acercarse a ella.

Por eso, hijas mías, cuando hayáis recibido algún disgusto de vuestros superiores o de vuestras hermanas, no os quejéis y no se lo digáis más que a Nuestro Señor y a la santísima Virgen.

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Las reglas os prohíben escribir cartas sin permiso de los superiores o de la hermana sirviente.

Alguna dirá: «¿Qué mal hay en ello?

Las reglas lo mandan así, pero no obligan bajo pecado».

Es verdad que vuestras reglas por sí misma no os obligan bajo pecado, debido al escándalo que dais.

Una hermana le oye decir a otra que no es malo escribir sin permiso.

Eso la escandaliza.

Y Nuestro Señor prohíbe el escándalo.

Veis entonces cómo no es razonable tomarse la libertad de faltar a la regla, con el pretexto de que no es pecado.

Mirad, siempre se ha observado esta norma de no escribir ni recibir ninguna carta sin que la vean los superiores.

En las Compañías donde esto no se observa, notaréis un gran desorden.

Esa libertad es un medio para destruir una Compañía.

Por eso no hay que escribir ni recibir nunca cartas, sin que las vea el superior.

Cuando queráis escribir, pedidle primero permiso a la señorita; si os lo permite, enseñadle la carta cuando la hayáis escrito.

Si no estáis aquí, enviádsela.

Lo mismo cuando recibáis alguna carta; no la abráis hasta que el superior la vea.

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Si no lo hacéis así, os ponéis en peligro de destruir la Compañía.

Sí, hijas mías, otra hará lo mismo, inducida por 683

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vuestro ejemplo; y así poco a poco se irán relajando las cosas.

Por eso, cuando se llegue a ese extremo, la caridad se resentirá y quedará muy afectada.

También es un escándalo el que una vaya a decirle a otra lo que el confesor le ha dicho en la confesión. «Me ha reprendido de esta falta; me ha prohibido esto».

Y cosas por el estilo.

No podéis hablar de lo que el confesor os ha dicho, a no ser decir que os habéis confesado con él.

El confesor está obligado al secreto so pena de pecado, y el penitente también.

Y si una hermana va a decirle a otra lo que el confesor le ha dicho, ésta hará lo mismo, si es tan imperfecta como la que habló antes.

Si es buena y virtuosa, pensará que la otra es mala; y entonces vendrá el escándalo.

Sabed, mis queridas hermanas, que los penitentes están tan obligados al secreto como los confesores; si una hermana dice alguna cosa de lo que el confesor le dijo, peca con pecado de escándalo.

Otra cosa es que el confesor le haya dicho cosas inconvenientes.

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VINCENTIUS es una herramienta de consulta. Para trabajos académicos recomendamos verificar siempre la referencia en la edición original indicada.

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