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SERMÓN DE SAN VICENTE SOBRE LA COMUNIÓN

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El orden que voy a seguir para enseñar será tan fácil que todos serán capaces de entenderlo, tanto los ignorantes como los sabios, tanto los pequeños como los grandes, desechando toda clase de cuestiones vanas e inútiles y cualquier investigación superflua.

Es como cuando un doctor le pregunta a un niño si es cristiano.

El niño responde que sí, por la gracia de Dios.

Vosotros, queridos niños, cuando decís que sí por la gracia de Dios, decís que es solamente Dios el que os ha hecho cristianos, por su gracia, sin que lo hayáis merecido vosotros, y que no es vuestro padre el que os ha hecho cristianos, sino que se lo debéis solamente a Dios, que os podía haber hecho nacer de padres paganos.

Así os dais cuenta de que no es tampoco la doctrina de un hombre lo que os hace cristianos, sino Dios.

Gratia Dei sum id quod sum. 18 [15,XIII,30-33] SERMÓN DE SAN VICENTE SOBRE LA COMUNIÓN Que no hay que recibir el cuerpo de nuestro Señor indignamente.

Hay que reservar la demostración para su lugar oportuno.

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El Padre eterno nos ha demostrado el cuidado con que hemos de disponernos a recibir a nuestro Creador en nuestras almas, ya que él mismo, al enviarlo a este mundo, quiso prepararle un palacio lleno de todas las perfecciones en el vientre virginal de su bienaventurada Madre.

El Espíritu santo quiso también señalar este mismo respeto que se le debe al cuerpo de nuestro Señor cuando, al rechazar los medios de la naturaleza para la formación de este cuerpo, quiso ser él mismo su hacedor tomando lo más puro de la sangre de la Virgen.

Si el Padre y el Espíritu santo han querido contribuir así a esta disposición, ¡qué es lo que deberá hacer el hombre, ________ Documento 18.

Autógrafo.

Archivo de la Misión, original.

Este sermón parece ser meramente un esquema del siguiente, ambos están escritos uno a continuación del otro.

La escritura tiene rasgos mucho más parecidos a los de las primeras cartas de S.

Vicente que a los de las siguientes. 39

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cuando Dios le concede la gracia de poder comulgar de él, atendiendo a las condiciones de uno y de otro, del que recibe y de la cosa recibida, siendo ésta infinita y todopoderosa, y aquél por el contrario un pobre gusano de la tierra y un poco de humo!

Y no hemos de excusarnos pensando en que la cosa requiera alguna aparatosidad especial y un cuidado extraordinario exigido para una acción extraordinaria.

No, lo único que se necesita es la disposición del corazón, el olvido de las vanidades pasadas, una viva comprensión del gran amor que Dios nos ha demostrado en este sacramento y una correspondencia de amor por nuestra parte; todo lo cual puede muy bien hacerse sin cambiar de lugar.

Por tanto, no es menester irse a las Indias, ni cubrirse de polvo y de ceniza para conquistar tan gran bien.

El pobre labrador necesita ganarse la vida con el sudor de su frente.

El comerciante atraviesa los mares para ganar un poco de dinero, que con frecuencia pierde en medio de una tempestad.

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Pero aquí, donde se trata de ganar, no un poco de pan ni un trozo de vil metal como es la plata, sino todos los tesoros del mundo, solamente se necesita la pura aplicación del corazón; pues no se trata de recibir un brebaje medicinal, que puede hacer quizás más mal que bien, ni de tomar un alimento, que sólo puede afectar a este miserable esqueleto corporal, sino del alimento del alma, que tiene que vivir eternamente.

Nuestro Señor instituyó para ello este augusto sacramento, verdadera base y centro de la religión, la noche antes de su pasión, mediante un testamento solemne que hizo ante sus apóstoles, juzgando que no podía expresar debidamente el amor que tenía por el hombre más que dejándole su cuerpo; y esto lo hizo para que, puesto que ya hemos sido reconciliados con Dios por su muerte y su pasión, experimentemos sus efectos todos los días mediante la recepción de su cuerpo, ya que la miseria del hombre es tan grande que, si no hay algún antídoto para su alma, fácilmente se deja arrastrar por sus malas inclinaciones y sus sentimientos corrompidos y depravados.

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¡Oh digna y admirable institución, que sobrepasa la capacidad del entendimiento humano, que los ángeles no pueden menos de admirar y que ninguna lengua es capaz de expresar y ningún entendimiento de comprender!

¡Cuán digno 40

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es de veneración que un Dios infinito se quiera rebajar hasta el punto de dejarse contener por una criatura finita, que aquel que no pueden abarcar los cielos y que es llevado por las alas del viento quiera encerrar su admirable grandeza en un alma pobre y ruin, que el sol mismo oculte su esplendor encerrado en una cueva oscura del pecho del hombre!

No, es algo que no es posible ni dado pensar al entendimiento humano.

¿Es que hay algo más extraordinario que esto en todo el mundo?

Vemos cómo los padres dejan todos sus bienes a los hijos y se exponen al peligro de muerte por su salvación; pero nunca se ha oído que les hayan dado a comer su propio cuerpo.

Considerando todo esto, ¿qué castigo merecerá el que lo recibe indignamente?

El hijo que ha puesto una piedra para que tropiece su padre y se caiga puede ser desheredado según la ley.

Y los que no han hecho más que conspirar contra el rey son reos de muerte.

¡Con cuánta mayor razón lo será aquel que quiere recibir a Dios en su alma llena de suciedades y villanías!

Los antiguos tiranos mandaban atar un cuerpo muerto a otro vivo para hacerlo morir mil veces en un momento.

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Eso mismo es lo que hace el que quiere poner a su Creador vivo en su alma muerta por el pecado.

Por otra parte, ¡cuán felices son aquellos que lo comen como es debido!

Pues, en primer lugar, se les aplica infinitamente el mérito de la pasión de Nuestro Señor.

Ese alma se convierte de sucia e inmunda en limpia y agradable a Dios, de posada que era de los demonios pasa a ser templo del Espíritu santo y sede de la divinidad.

Por el contrario, los que lo reciben indignamente son reos de la muerte y pasión de Nuestro Señor y, por tanto, dignos del fuego eterno en el otro mundo y de las penas que san Pablo dice en esta vida, a saber, de enfermedades, pobreza y muerte prematura.

Pues, decidme, ¿qué injuria se comete entonces contra Nuestro Señor y contra los ángeles que le asisten, al querer alojarlos al lado del demonio?

¿Quién de nosotros no se sentiría sumamente ofendido si, al ir a ver a un amigo que lo ha convidado a su casa, éste lo aposentara en una habitación con su mayor enemigo, bien provisto de espadas y puñales?

Ese mismo trato es el que le da el que quiere alojarse junto al diablo. 41

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VINCENTIUS es una herramienta de consulta. Para trabajos académicos recomendamos verificar siempre la referencia en la edición original indicada.

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