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DECLARACION DE SAN VICENTE RELATIVA A LA FUNDACION DE CRECY
hacen turcos, ha puesto en mis manos la cantidad de 30.000 libras para que sean utilizadas por mí y por mis sucesores en la asistencia y redención de los pobres esclavos por los sacerdotes de nuestra congregación que residen desde hace unos diez años en las ciudades de Argel y de Túnez en Africa, asistiendo a los pobres esclavos.
Así prometo hacerlo, tanto por mí como por mis sucesores los superiores generales en nuestra Compañía.
En fe de lo cual firmo la presente con mi propia mano, haciéndola sellar con mi sello ante los notarios abajo firmantes.
En San Lázaro de París, el día 20 de diciembre de 1655.
V ICENTE DEPAUL, RALLU, PAISANT 185 [116,XIII,386-387] DECLARACION DE SAN VICENTE RELATIVA A LA FUNDACION DE CRECY [Entre 1654 y 1660] 1 El infrascrito, Vicente Depaul, superior de la congregación de la Misión, certifica ante todos los interesados que hemos mantenido en la ciudad de Crécy, diócesis de Meaux, a tres o cuatro sacerdotes desde la fundación de nuestra Compañía en aquel lugar, trabajando incesantemente en la Misión de dicha diócesis en los sitios adonde les enviaba el señor obispo de Meaux o su vicario general y asistiendo a dicho señor en las visitas que hacía por su diócesis, yendo delante de él a predicar, catequizar y oír en confesión a la pobre gente y disponerla de esta forma a recibir la gracia de la visita, y que se ha continuado obrando de este mismo modo hasta el año/1654/, en que retiré a dos de dichos sacerdotes para que nos ayudasen a trabajar en esta diócesis y en las de alrededor, dejando solamente en nuestra casa de Crécy a un sacerdote, con un ________ Documento 185.
Reg. 1, fº 72 v.º, según la minuta autógrafa. 1.
La fecha no se indica en el manuscrito.
Fue en 1654 cuando la casa de Crécy se vio reducida a un solo sacerdote. 445
Tomo X · p. 386hermano y un criado, y que el sacerdote celebra allí todos los días la santa misa en nuestra capilla, confesando todos los domingos en la parroquia y visitando a todos los enfermos que se lo piden, en espera de que se arreglen las diferencias que han surgido entre el señor obispo y el señor Lorthon, secretario del rey.
En fe de lo cual escribo y firmo la presente con mi propia mano y le pongo el sello de nuestra Compañía, V ICENTE DEPAUL 186.
CARTA ESCRITA DESDE MADAGASCAR A LOS MIEMBROS DE LA CONGREGACIÓN DE LA MISIÓN POR EL PADRE DUFOUR [Julio 1656] Mis queridos señores y hermanos: La gracia de nuestro Señor sea siempre con nosotros.
Les ruego acepten que les diga con toda sencillez el viaje que he hecho por mar y que les exponga mis faltas para que huyan ustedes de ellos lo mismo que huyen los buenos pilotos de los más peligrosos escollos.
En primer lugar, he sido perezoso a la hora de observar exactamente todos los días y poner por escrito muchas de las cosas tan dignas de observación que hubieran podido contribuir a mi propia perfección, a la de mi prójimo y a la gloria de Dios.
Hay hombres que, lo mismo que las abejas, saben sacar miel de las flores más amargas; si yo hubiese sido uno de ellos, hubiera podido recoger fruto para mí y para los demás, no solamente de lo bueno sino también de lo malo que he visto en ________ Documento 186.
Se ve que esta carta del P .
Dufour no fue terminada.
Probablemente porque le sobrevino la muerte.
Fue el P .
Bourdaise, sacerdote de la Misión, que se quedaba solo en la misión el que la envío con algunas otras a S.
Vicente en el mes de febrero no la recibieron hasta comienzos de agosto de 1657.
Annales,C.M. (1939) 194. 446
este gran viaje.
Pero si me encuentro culpable en este aspecto, no menos criminal me reconozco por no haber tenido suficiente celo a fin de procurar que Dios fuera bien servido e impedir que lo ofendieran en nuestro barco.
Es verdad que me parece que yo tenía por ello una gran pena, cuando oía jurar a alguno o escuchaba palabras deshonestas, injuriosas o de maledicencia, o cuando me enteraba de que se había cometido alguna mala acción; y hasta me esforcé a veces en poner remedio a ello, pero al ver que muchos de los que iban embarcados no lograban romper con sus costumbres malas y escandalosas, tengo motivos para creer que no recé suficientemente a Dios por ellos, ni hice todo lo que debía y podía haber hecho por corregirles y enmendarles, pues ¿acaso resulta algo imposible para un hombre animado de verdadero celo por la salvación de las almas y de la gloria de Dios?
Puedo decir realmente que tuve algún celo, pero que no fue secundum scientiam ni estuvo acompañado de la prudencia requerida, dado que estuvo vacío de compasión y lleno de imaginación, y en vez de producir buenos efectos resultó mucho más perjudicial que provechoso.
Esto me obliga a reconocer mejor que nunca que sin la paciencia un misionero no hará nunca nada que valga la pena, pero que hará maravillas con esa virtud que, como dice el apóstol Santiago, sólo lleva a cabo obras perfectas: patientia opus perfectum habet.
La verdad es que no conviene usar de tolerancia ni mostrar una cobarde y condenable condescendencia con el mal, pero que siempre hay que saber poner un poco de aceite con el vinagre y, cuando tengamos que hacer alguna corrección a nuestro prójimo, añadamos un poco de mansedumbre a la fortaleza, imitando a la Sabiduría increada que dispone todas las cosas con la misma suavidad que energía: attingit a fine usque ad finem fortiter et disponit omnia suaviter.
Por eso, el misionero que navega con marineros y con soldados necesita una paciencia extraordinaria y tiene que hacer de ella una provisión mucho mayor que de galleta; abyssus abyssum invocat y un defecto nos precipita muchas veces en otro mayor, como yo mismo he podido aprender por propia experiencia, pues al no tener suficiente paciencia, he hablado demasiado.
Un antiguo soldado decía en cierta ocasión que no se arrepentía nunca de haber callado, pero sí de haber hablado demasia447
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Y yo puedo asegurar que si a veces me he equivocado al guardar silencio, la verdad es que me he tenido que arrepentir noventa y nueve veces por cada cien que he hablado.
Y mi error ha sido tanto mayor cuanto que sé muy bien que no puedo hablar mucho sin equivocarme, como nos dice el Espíritu Santo en aquellas palabras: in multiloquio non deerit peccatum.
A mi juicio, un misionero no debería hablar nunca más que cuando la caridad le obligara a ello o fuera necesario hacerlo; de esta forma evitaríamos un gran número de palabras ociosas, llenas de aspereza, de vanidad, de maledicencia, de murmuración y de indignación; el tiempo que se pierde y que se hace perder a los demás en muchos discursos inútiles, podría entonces emplearse útilmente.
Confieso, sin embargo que he hablado demasiado poco en favor de los pobres enfermos a los que podía consolar con tanta mayor facilidad cuanto que eran pocos, ya que nunca hubo más de seis a la vez a bordo, exceptuando a los que se mareaban, que no solían quejarse y que no tenía aquello mucha importancia.
Los visitaba de ordinario dos veces al día, por la tarde y por la mañana.
Hablaba de vez en cuando con los cirujanos, el enfermo, el cocinero y a veces con el capitán para que les dieran lo necesario para el mantenimiento del cuerpo.
De ordinario aquello producía buen efecto para aquel día.
Pero, si a veces se preocupaban de tratarlos bien durante un día, los descuidaban el resto de la semana y más tiempo todavía y no sólo no se preocupaban a veces de tratarlos bien, sino que incluso les hacian mal en contra del consejo del sabio, que dice que no hay que afligir más al afligido: Non est danda afflictio afflicto.
Pues bien, se les añadía una nueva aflicción a estos afligidos, diciéndoles que fingían estar enfermos, que todo aquello no era más que vagancia y pura pereza.
Yo sentía mucho que les trataran de aquella manera y me esforzaba en darles algún consuelo, sufriendo con paciencia que me hablaran secamente cuando les pedía alguna cosa para aliviarles.
A pesar de todo esto, tengo que acusarme de no haber sido bastante atrevido y de no haberme hecho santamente inoportuno para proporcionarles mayor asistencia y cuidado.
La verdad es que he sido un desgraciado, que he cuidado demasiado poco de los demás y excesivamente de mi, especialmente al 448
Tomo X · página PDF 446principio del viaje, pues condescendí de buena gana con los que me llamaban para desayunar por la mañana, me secularicé demasiado, cuidé poco de la sobriedad y me traté bien, dormí demasiado, busqué demasiado mi propia satisfacción y trabajé demasiado poco.
Dios me concedió la gracia de conocer durante el viaje que una persona no necesita tomar más alimento en el mar que en tierra y que, si al principio se imagina que tiene necesidad de tomar un dedo de vino por la mañana, no por ello tiene que acostumbrarse a hacerlo luego, teniendo en cuenta sobre todo que esto hace a un sacerdote menos respetable ante los laicos, que de momento le ponen la mejor cara del mundo, pero cuando se ausenta hacen la anatomía más exacta de sus acciones, no olvidándose de decir que ese sacerdote bebe lo mismo que los demás y que no tiene más virtud que las personas comunes.
Y no hemos de extrañarnos de que critiquen estas acciones que son tan poco reprensibles, dado que incluso hablan mal de las que son dignas de elogio y que aprueba la mayoría de las personas.
Porque ¿hay algo más laudable que esforzarse en desterrar el vicio de un barco y hacer que reine allí la virtud, acabar con las malas costumbres y autorizar las prácticas piadosas, compadecerse de los miserables y dar algún consuelo a los afligidos, exhortar a la observancia de los mandamientos de Dios y de la iglesia y animar a la devota y santa frecuencia de los sacramentos, rezar por los criminales y por los pobres prisioneros, hablar en favor de la verdad y en defensa de la justicia, preocuparse finalmente de cumplir con su deber como hombre de bien?
Sin embargo, por todos estos motivos y por cada uno de ellos en particular me han criticado, se han burlado de mí y me han despreciado.
Dios es testigo de que, después de haber oído blasfemias y juramentos, al intentar poner remedio a ello y corregir a los delincuentes, aun sin emplear el más mínimo rigor, algunos espíritus de mala índole no sólo me han mirado mal, sino que además han desgarrado mi fama con sus lenguas y han intentado acabar con la buena reputación de los que aprovechaban mis avisos y aceptaban mi corrección.
Diré incluso con gran dolor que, cuando quise disponerlos a celebrar la cuaresma santamente y sabiendo muy bien que había suficiente aceite, legumbres y pescado para toda la tripulación, con lo que no 449
Tomo X · página PDF 447había ninguna necesidad de comer carne más que en carnaval, a saber, tres veces por semana, los domingos, los martes y los jueves, cuando le propuse a un oficial que tenía la intención de darles permiso para que así lo hicieran, se ofendió mucho por ello y me dijo que haría comer carne a los suyos cuando quisiera; y otro de los principales, para complacerle, le dijo que había que comer carne el sábado, presumiendo de su autoridad y diciendo que había que acabar con los pequeños papas en su barco.
Pero hubiera sido poco importante en el fondo que se contentaran con criticar los consejos que yo daba en particular, pero perdiendo todo respeto a la palabra de Dios y a su carácter me criticaron muy duramente lo que decía en mis sermones, asegurándome que si hubieran tenido autoridad para hacerme callar me habrían prohibido el púlpito para siempre.
Realmente, si hubiera dicho alguna cosa en contra de la fe o de las buenas costumbres, o en perjuicio del honor y de la obediencia que todos los hombres están obligados a guardar con sus superiores tanto espirituales como temporales, o si en vez de predicar contra el vicio en general hubiera tocado imprudentemente las faltas de alguno en particular, merecería verme privado del ministerio y seria muy digno de reprensión; pero no acusándome de nada más que de recomendar la paciencia a los pobres marineros y a los soldados que, además de lo que tienen que soportar todos los días, están siempre sujetos a sufrir más sin razón alguna, les invito a pensar si es éste un motivo justo para prohibirme la predicación.
Incluso odiaban y veían mal a los que venían a confesarse conmigo, amenazándoles con golpearles, no ya directamente si volvían a confesarse de nuevo conmigo, pero sí cuando volvían al lugar acostumbrado, con el falso pretexto de que aquello era un desorden y de que los que estaban descansando se veían molestados con sus idas y venidas.
Todo esto, mis queridos hermanos, me obliga a renovar mis deseos y plegarias en favor de los que me trataban de aquel modo.
Dios me concedió la gracia de superar el mal con el bien y de ganar con la paciencia una gran victoria sobre la cólera de mis enemigos.
Me esforcé cada vez más en hacerles bien; y los efectos de mi buena voluntad para sus cabezas, los abrasaron en caridad para con Dios y en amor hacia mí.
Y no sólo no se opusieron finalmente 450
a que yo hiciera algo para llevar a los del barco a vivir bien, sino que al contrario me ayudaron a que pudiera realizar todos los ejercicios, sobre los que Dios derramó una gran bendición.
Se notaba que los que me habían querido quitar el púlpito eran de los más atentos a mis exhortaciones y daban suficientes pruebas de que sacaban de ellas mucho provecho: grandes y pequeños acudían en montón a mis catecismos, que tenía regularmente tres veces por semana; y los hombres ya hechos no se avergonzaban de responder como niños y demostraban estar muy agradecidos a Dios por el bien que les hacía por medio de su ministro.
Se mostraban igualmente asiduos en acudir a la lectura espiritual que hacía los días que no teníamos catecismo, leyendo unas veces la vida de los santos, otras el Pedagogo cristiano , otras un tratado de devoción propio para las gentes del mar compuesto por el R.
P .
Fournier, otras el A.B.C. de las almas devotas, o finalmente algo del excelente Granada, observando muchas veces que, lejos de aburrirse al escucharme, me pedían con frecuencia que siguiera todavía un poco más No quiero pasar en silencio cómo a lo largo de toda la cuaresma teníamos por la tarde una reunión en cubierta, a la que asistían gran número de marineros y de soldados que pagaban cada uno su escote para tener parte en nuestro banquete o charla espiritual, en la que nos divertíamos todos familiarmente, con alegría y devoción, con las historias que tendían siempre a llevarnos más a todos al amor de la virtud y al odio a los vicios.
Y al final de cada ejemplo yo decía unas palabras para sacar alguna moraleja y señalaba a todos los oyentes los frutos que podíamos y teníamos que sacar de allí.
No les digo nada más, pues con lo dicho ya tienen bastante para juzgar por esa muestra la calidad de nuestras charlas y conocer los buenos discursos que teníamos en nuestras conferencias, rogándoles que crean que las apreciaban mucho y asistían a ellas con mucho gusto y afecto.
Y no solamente en este punto, sino en muchos otros secundaban las buenas intenciones que yo tenía de emplear bien el tiempo y de derramar abundantemente el temor y el amor de Dios en todos los corazones.
Así se veía, cuando dejaban enseguida de juzgar cuando yo les avisaba que iba a empezar la lectura o el 451
catecismo; en segundo lugar, porque se preocupaban de ponerse de rodillas por la mañana y tarde para rezar en particular, cuando yo se lo indiqué; en tercer lugar, porque se pedían mutuamente perdón cuando se habían ofendido y me prometían amarse en adelante como hermanos; en cuarto lugar, porque cuando oían jurar a alguno, o escuchaban alguna palabra sucia, o veían alguna mala acción en realidad o en apariencia, me avisaban y los culpables veían bien que les reprendiera, no sólo confesando sus crímenes, sino más aún por su enmienda; en quinto lugar, cuando alguno encontraba alguna cosa, me rogaba que la tomara para restituirla; en sexto lugar, algunos me decían que querían quedarse conmigo en Madagascar a pesar de que al principio aborrecían aquel lugar tanto como al infierno; en séptimo lugar, el enfermero, el cocinero y los demás no me rehusaban como antes lo que les pedía para los enfermos, y todos en general se mostraban contentos de estar conmigo y querían que los acompañase al viaje del Mar Rojo, sintiendo mucho la decisión que yo había tomado de quedarme en Madagascar, ya que mi misión consistía en no ir a ningún otro sitio más allá.
Tomo X · página PDF 450Finalmente su afecto se echó de ver en la confianza que me tenían, viniendo todos generalmente a confesarse sin exceptuar a uno solo, a pesar de que muchos llevaban varios años sin confesarse, hasta diez incluso.
Por todo ello sea dada gloria a Dios, que es el único autor de todo bien y que, cuando quiere, hace con unos pobres instrumentos obras muy hermosas y no deja nunca de dar gracias extraordinarias a los que llama para dirigir las almas.
De manera que he de confesar que, aunque la gracia no siempre se muestra sensible, yo me siento tan robustecido con los socorros del cielo absolutamente extraordinarios que puedo decir para la mayor gloria de Dios que no hay nada que no esté dispuesto a hacer o a tolerar valientemente para cooperar a dicha gracia de Dios, y afirmo con el apóstol: Quis me separabit, etc.
Todo lo que se me había dicho para desanimarme me anima más todavía y únicamente el pecado es lo que me asusta.
Pero quizás al hablar de este modo caiga en un defecto que es bastante ordinario en mí, que es la vanidad, que hace que yo no tenga siempre igualdad de ánimo, que me ponga a veces alocadamente triste y a veces vanamente exaltado.
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dría quizás ser excusable de ello, si solamente me hubiera entristecido de ver la gran miseria de los pobres salvajes del Cabo de Buena Esperanza, que son realmente dignos de lástima en cuanto al alma, por vivir sin el conocimiento de Dios, y en cuanto al cuerpo, pues son tan pobres que no me atrevo a decirlo por miedo a hacer daño a vuestros corazones: la verdad es que los he visto comer piojos con muy buen apetito.
Lo peor es que he caído en la tristeza por haber sentido en el mismo Cabo un frío muy grande y un calor que me parecía insoportable el mismo día.
En segundo lugar, por haberme visto obligado a separarme del Padre Prévost, habiéndose ido él a un extremo de Madagascar y yo al otro.
En tercer lugar, por no tener bastante memoria para aprender el lenguaje de Madagascar.
En cuarto lugar, por haberme interesado poco de la salud del cuerpo.
En quinto lugar, por no acordarme bastante de nuestro querido hermano Cristóbal.
En sexto lugar, por encontrar alguna resistencia a mi voluntad.
En séptimo lugar, finalmente, por oír hablar de Madagascar con cierto desprecio.
Es verdad que también tuve motivos de tristeza bastante razonables, como cuando vi en el fuerte de Table Baye a cuatro o cinco católicos al servicio de los holandeses hugonotes, sin ninguna libertad para practicar nuestra santa religión.
Pedí a su gobernador que les permitiera confesarse conmigo; él me trató muy amablemente y les dio este permiso delante de mí, pero luego no quiso darles medios para que lo pudieran hacer, excepto a uno que vino por otros motivos a nuestro barco y aprovechó la ocasión.
También he tenido mucha pena al ver a muchos de nuestros católicos pasar 1¿1 quincena de Pascua sin confesarse ni comulgar, tomando a mal parte de lo que les decía en mis exhortaciones de que los que dejaran de comulgar en pascua incurrían en excomunión.
También tengo miedo de no haber dado suficientes gracias a Dios por los favores que he recibido de su bondad especialmente en seis o siete ocasiones: 1º me ha dado la gracia de hablar diversas lenguas, etc.; 2º me ha concedido el viento tal como era de desear; 3º me ha bendecido una cofradía que hemos erigido en el mar... 453
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