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OBEDIENCIA DADA A TRES HIJAS DE LA CARIDAD ENVIADAS A POLONIA

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233 [155,XIII,588-589] OBEDIENCIA DADA A TRES HIJAS DE LA CARIDAD ENVIADAS A POLONIA 16 septiembre 1660 Vicente de Paúl, superior general de la congregación de la Misión y director de la cofradía de hijas de la Caridad, sirvientas de los pobres, establecida en París, a nuestras queridísimas y amadas hijas en Jesucristo, nuestro Salvador, Bárbara Bailly, Catalina Baucher y Catalina Bouy, hijas de dicha cofradia de la Caridad, salud en el amor de Nuestro Señor.

Tomo X · p. 588

Habiendo sido fundada, hace unos ocho años, dicha cofradía de hijas de la Caridad, a instancias de la serenísima reina de Polonia, en la ciudad de Varsovia, para el cuidado de los pobres enfermos, y habiéndonos hecho su majestad el honor, hace algunos meses, de pedirnos otras tres hijas, nos, deseando satisfacer los deseos y las órdenes de tan digna princesa, os enviamos por las presentes a esa ciudad para que recibáis allí las órdenes que os dé su majestad y guardéis la manera de vivir que habéis observado en Francia, bajo la dirección del Padre Desdames o de cualquier otro que sea superior de los padres de nuestra congregación que hay ahora en Polonia, y con el beneplácito de los ilustrísimos y reverendísimos señores obispos de aquellos lugares, exhortándoos a todas a que cumpláis bien con vuestro deber, viviendo sobre todo en una perfecta unión y observancia de vuestros reglamentos.

Esperándolo así de la misericordia de Dios, le suplicamos que él os conserve y os bendiga.

En fe de lo cual firmamos las presentes con nuestra propia mano y mandamos ponerles el sello de nuestra congregación.

Tomo X · p. 588

En San Lázaro de París, el día 16 de septiembre de 1660.

V ICENTE DEPAUL, indigno superior general de la congregación de la Misión y director de las hijas de la Caridad Por dicho padre superior general, TOMÁS BERTHE ________ Documento 233.

Firmado.

Archivo de Cracovia, original. 730

Tomo X · p. 588

234(156,XIII,589-603) CONSEJO DEL 28 DE JUNIO DE 1646 Mis queridas hijas 1, la creación de este consejo supone un comienzo de orden y de fundamento puesto por Dios en vuestra compañía.

Estamos aquí reunidos, tanto para estudiar algunas necesidades, según se practica en todas las comunidades bien reguladas, como para deciros la manera con que vosotras tenéis que gobernar en ella y ver lo que ha de hacer la señorita Le Gras o la hermana sirvienta.

Pero no hemos de comenzar nunca, hija mía, sin haber invocado antes la ayuda del Espíritu Santo.

Para eso será conveniente que digáis la antífona Veni, Sancte Spiritus, con el versículo y la oración, y al final de todo una antífona a la santísima Virgen.

Me parece que será muy oportuno que sea Sancta Maria, succurre miseris, o bien Sub tuum praesidium.

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Lo segundo es algo en lo que tenéis que poner mucho cuidado: no andar pensando, antes de venir aquí, en lo que tendréis que decir; no preocupar vuestro espíritu con una opinión u otra; no hablar según vuestros sentimientos de antipatía o simpatía, sino dejar que actúe en vosotras el espíritu de Dios; no deliberar en vuestro interior: «Diré esto o aquello», sino decir ingenuamente lo que Dios os inspire.

¿Sabéis por qué, hijas mías?

Porque si, antes de venir, vuestro espíritu ha tomado ya la resolución de ser de una opinión o de otra, no será ya libre para juzgar con claridad de lo que se le proponga, y si actúa siguiendo vuestras antipatías o vuestras simpatías, entonces, hijas mías, no será ya el espíritu de Dios el que presida vuestros pequeños consejos, sino vuestras propias fantasías.

¡Cuánto perderíais entonces!

Porque ¿sabéis lo que dijo Nuestro Señor a propósito de los consejos que deben celebrarse en las compañías?

Dijo lo siguiente: «Si estáis reunidos en mi nombre, allí estaré yo en medio de vosotros» 2.

¡Es verdad, hijas mías!

Y si esto es así, conviene dejarle hacer, ________ Documento 234.

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Archivo de las Hijas de la Caridad, original escrito por sor Hellot. 1.

A los consejos asistían solamente las oficialas de la comunidad, san Vicente y el Padre Portail o, en su ausencia, un asistente del santo, a veces dos también a veces asistían dos hermanas antiguas. 2.

Mt 18, 20. 731

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porque podéis creer perfectamente que no estará allí como una piedra.

Está para derramar su luz y su gracia en los corazones; está iluminando los entendimientos e inflamando las voluntades.

Así pues, venid acá para dejaros conducir a lo que él os diga, y no tengáis ningún interés ante la vista más que su mayor gloria en el progreso de la compañía.

El tercer fundamento, que es absolutamente necesario, es el secreto inviolable.

El alma de los asuntos de Dios es el secreto; pues apenas se habla por fuera de lo que aquí pasa, todo se echa a perder y cae en el desorden.

De forma que hay aquí un secreto, muy parecido al de la confesión.

Es menester que nunca se sepa lo que se ha decidido, e incluso que se ignoren las cosas que se han propuesto; nunca, ni directa ni indirectamente, debéis dar a conocer lo que aquí se ha tratado; ni siquiera tenéis que hablar vosotras mismas de ello entre vosotras; como por ejemplo: «¿Qué la parece a usted de tal cosa?

¿No seria mejor lo siguiente?

Vamos a pensar un poco más en esto».

No, hijas mías, jamás tenéis que abrir la boca entre vosotras, jamás hay que hablar de lo que aquí se ha tratado.

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Os diré la forma con que habrá de actuar la señorita, ya que ella es ahora la hermana sirvienta, a la que le toca presentar los asuntos.

Pues bien, en cualquier asunto hay siempre un pro y un contra.

Por tanto, le toca a ella, cuando proponga un asunto, decir en primer lugar las razones que hay para hacerlo; y luego expondrá las razones que lo impiden, como por ejemplo: «Se debe hacer esta cosa por tal y tal razón; pero hay otras razones en contra, que son tal y tal».

Para pedirles consejo a las demás, se dirigirá primero a la que esté a su derecha, y luego a la siguiente, y luego a la otra.

La hermana a la que haya pedido el parecer hará una inclinación antes de comenzar y dirá luego: «Señorita, me parece que por tales y tales razones es conveniente hacer o no hacer esto».

Porque siempre hay que decir las razones.

Luego cuando haya terminado, hará una nueva inclinación.

Cuando asista el superior, será conveniente que se pongan de pie; así también cuando se levante la hermana sirvienta, me parece que será muy conveniente que se levanten todas las demás.

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Si la segunda hermana no es del mismo parecer que la primera, podrá decir: «Me parece que por tales y tales razones 732

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no debería ser así».

Pero esto sin nombrar a la hermana de la que está hablando.

Y dirá las razones que aconsejan obrar de otro modo.

Si la tercera no es del parecer de la una ni de la otra, podrá decir: «Me parece que por tal y tal razón no sería conveniente hacer esto de esta manera ni de aquella, sino más bien de esta otra; y por esta razón que me parece impedirlo, creo que esto podría resolverse de esta otra manera».

Después de todo esto, le toca a la hermana sirvienta que haya recogido los votos seguir la opinión que le parezca más oportuna.

Y si no quiere seguir ni a las unas ni a las otras, dirá: «No decidiremos hoy de este asunto; habrá que pensarlo delante de Dios».

O bien, si desea pedirme consejo, puede decir: «Hablaré de ello con el Padre Vicente; ya veremos lo que es mejor».

También tenéis que tener cuidado, hijas mías, de no insistir en vuestras opiniones, sino decirlas sencillamente, sin empeñaros en querer que las sigan.

Por el contrario, tenéis que desear siempre que se haga más caso a las demás que a vosotras.

Ahora, hijas mías, se presenta un asunto en el que es necesario saber vuestra opinión.

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Se trata de esa pobre Jaqueline, que tenéis aquí.

Tiene un mal carácter, que es causa de muchos pequeños desórdenes, por los cuales sería necesario que no continuase en la compañía.

Está continuamente quejándose y esto puede causar daño a los espíritus débiles que no la conocen todavía.

Y como se muestra continuamente disgustada de lo que se hace, se pone por todas partes a contar cosas ridículas que pueden causar mucho perjuicio.

Si uno se opone a lo que ella quiere, resulta insoportable y no es capaz de corregirse; y lo que todavía es peor es que me parece que, como no creo que esté a gusto, no podrá conseguir aquí su salvación y que se portará mejor cuando se encuentre sola.

Finalmente, hijas mías, no tiene sentido común.

Tenéis que mirar, por otra parte, que se trata de una hermana que ha hecho muchos servicios a los pobres y que es de las más antiguas; incluso me parece que es casi de las primeras que empezaron a servirles en la compañia.

Por esta razón, parece que sería mejor que la conserváramos en ella.

¿Qué le parece, hermana? 733

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La hermana respondió que le parecía necesario separarla de la compañía, por los desórdenes que está causando.

Pero, teniendo en cuenta los servicios que ha hecho, sería conveniente no despedirla.

— Hija mía, ¿y cómo le parece a usted que puede hacerse esto?

La hermana dijo: Poniéndola en alguna aldea en donde pudiera ser suficiente con una que asistiese a los enfermos y ayudarla allí como se pudiera.

De este modo, estaría separada de la compañía sin estar totalmente fuera de ella; esto sería un gran bien para la comunidad.

— ¿Y a usted, hermana?

¿Qué le parece?

La hermana dijo que, aunque se la pusiera en una aldea, no dejaría de estar siempre diciendo las mismas cosas, pero que le parecía que lo mejor sería dejarla en casa por el resto de sus días, permitiéndole hacer lo que quisiera y cuidar de que se le diera de comer por amor de Dios.

La hermana siguiente fue de la misma opinión y añadió: Las demás no seguirán su ejemplo, al ver que se la tiene solamente por amor de Dios.

— ¿Y qué dice sobre ello la señorita Le Gras?

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La señorita dijo que era necesario que se marchase, puesto que tenerla aquí como voluntaria sería un mal ejemplo para las demás.

Aparte de eso, no era seguro que de esta manera se quedase en paz, dado que al primer antojo que se le ocurriese volvería a comenzar como antes; al menor descontento que tuviese, se dirigiría a las recién venidas o a las que a ella le pareciesen ser las más débiles; y que lo principal era lo que había dicho nuestro venerado Padre, que aquí no conseguiría su salvación.

En cuanto a lo de mandarla a una aldea, fue allí precisamente donde empezó a estropearse; pero que si, por su propia cuenta, ella quería retirarse a la suya o a cualquier otra y trabajar allí para ganarse alguna cosa, la compañía podría ayudarle de algún modo a mantenerse.

A este propósito, ella había pensado que, si la señora de Lamoignon necesitase a alguien, podría ponerla en alguna de sus casas; ésa habría sido una buena solución; y que ella misma se encargaría de pedírselo.

Por otra parte, también habría pensado que, si se la pudiera 734

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poner en las Petites-Maisons, también estaría bien.

Pensando en ese lugar, dicha hermana dijo que le parecía bien ir allá, pero que era menester que fuera con el pretexto de servir a los pobres, ya que entre sus caprichos siempre le había quedado a aquella buena hermana el deseo de servir a los pobres, pues decía que había dejado su pueblo para eso.

La señorita añadió también que, a este propósito, le había escrito al señor cura párroco de Petites-Maisons, que le había contestado que allí necesitaban mucho a una y que el medio ordinario para conseguirlo creía que era que al principio estuviera de limosna y ver luego a los señores administradores; que a veces hay que estar esperando mucho tiempo, pues las que llevan sus bienes no necesitan más que llevar una orden del señor procurador general, pero que si ésta entraba para servir a los pobres y con la recomendación del Padre Vicente, creía que se podría conseguir fácilmente.

Nuestro muy venerado Padre, después de haber escuchado atentamente todo lo anterior, le preguntó al Padre Alméras, su asistente, lo que pensaba.

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Este dijo que no la conocía, pero que por el informe que de ella se había hecho creía que era necesario retirarla y pensaba que sería conveniente ponerla en alguna aldea, tal como se había dicho, o en casa de alguna señora, como la señorita había pensado de la señora de Lamoignon, o con alguna otra persona distinguida, en donde ella pudiera ir y venir con libertad y hacer lo que mejor le pareciese, sin que nadie le contradijese ni controlase lo que hacía.

Después de todo esto, el Padre Vicente respondió: ¡Bendito sea Dios!

Creo, hijas mías, que por todas las razones que habéis dicho es menester que salga.

Pero ¿de qué manera?

No sé realmente lo que será mejor, porque tenerla aquí, como está ahora, no puede ser, y libre, mucho menos; esto daría muy malos ejemplos y pronto habría otras que, por no conocer las razones, se empeñarían en obrar de la misma manera, creyendo que también a ellas se les toleraría esa conducta.

Y en una aldea, ella seguirá pensando en los malos tratos que pretenderá haber recibido y no dejará de murmurar.

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Lo que la señorita ha propuesto de Petites-Maisons le sería muy conveniente, y ha hecho usted bien en pensar en ello; pero no dejo de ver grandes dificultades.

Si estuviera allí establecida 735

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la Caridad, podría hacerse fácilmente; pero, en primer lugar, se necesita mucho tiempo para poder ingresar y es muy difícil hacerlo.

Os puedo asegurar que hará por lo menos veinticinco años que intervine por primera vez en un asunto para hacer que metieran gente en Petites-Maisons, y nunca me han hecho caso.

Pero, aun cuando así fuera, ella no duraría allí mucho tiempo y esto podría hacer daño a la compañía.

En primer lugar, la conocerían por ser de la compañía.

Después, allí son todas personas locas y trastornadas, gente de muy mal carácter, que están continuamente gruñendo y refunfuñando.

No hacen más que discutir.

En fin, hay tan poco espíritu de comprensión mutua que no pueden vivir dos juntas y se han visto obligados a separarlas.

Cada una se hace por su cuenta la comida.

Esta seguramente no pasaría ni un mes sin haberse enfadado con otra de tan mal carácter como ella e inmediatamente nos llegarían quejas de los señores administradores.

Y esto podría hacer mucho daño a la compañía.

No obstante, habrá que estudiarlo; pero temo que allí no podría conseguir su tranquilidad.

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Si a ella se le ocurriera por sí misma marcharse a algún sitio y vivir allí tranquilamente, como se ha dicho, creo que sería lo más conveniente.

Bien, dejaremos hoy este asunto sin resolver.

La segunda pregunta que he de hacerles es saber si creen que hemos de quedarnos con la pequeña Catalina.

¿Qué le parece a usted, señorita?

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La señorita dijo que era una chica muy buena, pero que tenía un defecto que era preciso considerar: no cabía esperar de ella que pudiera hacer ningún trabajo en la casa, debido a su incomodidad, que es tan grande que, cuando está de rodillas, no puede levantarse sin apoyarse y, cuando se pone a andar, tiene que ir sosteniéndose en lo que encuentra por el camino; pensando un poco, podría hacerse de ella una maestra de escuela, que estuviera siempre en casa sin salir, aparte de que era algo casi necesario tener una así, que sólo fuera apta para eso, a fin de dejarla allí siempre; porque, cuando hay una que vale para otra cosa, a la primera necesidad que surge, acuden a ella, tiene que dejar la escuela y así no van las cosas bien; ella podría, debido a su gran docilidad, ser un buen ejemplo para la compañía. 736

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— ¿Y usted, hermana, qué me dice?

Tenga mucho cuidado en lo que hemos dicho hace poco, que no hay que dejarse llevar por respeto ni por consideración alguna; y aunque sea hermana de un hermano nuestro, esto no tiene que influir para nada en su forma de pensar.

La hermana respondió que ella no la consideraba apta más que para eso; que incluso pensaba que no podría hacerse respetar por culpa de su defecto físico, pero que también vale para las sangrías que se hacen en casa.

Las demás hermanas dijeron que no la conocían lo bastante para juzgar sobre su capacidad para alguna de esas cosas, pero creían que su enfermedad no le permitiría hacer otras cosas ni otros ejercicios más fuertes, y que podría hacer algo de eso.

— ¡Pobre muchacha!

¡Cuánta pena me da!

Creo que lo mejor será, sin embargo, que la despidamos.

Porque podríais quizás destinarla a la escuela; pero a lo mejor no se acomoda a ello, o podría llevarla por algún tiempo, pero no para siempre.

Podría aburrirse, e incluso cansarse de ella, al ver a las demás haciendo cada una una tarea diferente.

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Y pienso que lo mejor será atenerse a las reglas, esto es, no aceptar hermanas que no sean aptas para toda clase de ocupaciones.

Sí, creo que lo mejor será eso, tanto por la indisposición corporal de esta, como por el carácter de la otra de la que hablábamos antes.

Tenéis que considerar, hijas mías, cuán necesario es, para mantener vuestra compañía, que esté compuesta de personas que sean enteramente idóneas tanto de cuerpo como de espíritu, a fin de que puedan desempeñar en ella todas las funciones; y si en alguna, especialmente en lo que se refiere al espíritu, se encontrasen cualidades contrarias, no habría que admitirla.

¿Quien es tan buen jardinero, dice el Hijo de Dios, que no arranca a veces la hierba? 3.

Un jardinero que visita frecuentemente su jardín, cuando observa una planta que se aprovecha y que da fruto, la riega, la cultiva y se complace en ella.

Por otra parte, cuando ve otra que no hace ningún progreso, la arranca porque es inútil y no sirve para nada.

Está ocupando ________ 3.

Mt 7, 19. 737

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terreno sin dar ningún provecho.

El jardinero que obra de ese modo es prudente y avisado.

También sabéis, hijas mías, que basta con una sola oveja tiñosa para contagiar a todo el rebaño.

¿Y qué diría un amo si su pastor, por no haber apartado a una oveja, hubiese dejado que se estropeasen las otras cien?

Ciertamente, eso sería un gran mal y con razón estaría enfadado con él.

Pues bien, hijas mías, puesto que la Providencia os ha dado en cierto modo la misión de dirigir vuestra compañía, seríais malas pastoras si, por no haber advertido las malas costumbres de algunas que podrían comunicarse a las otras, dejaseis que se estropease toda la compañía.

¡Que Dios os guarde de eso!

Otra de las cuestiones que hay que examinar es ver a quién pondremos en San Pablo.

¿A quién le parece a usted, señorita?

¿En quién ha puesto sus ojos?

La señorita dijo que se necesitaba una que tuviera muchas cualidades y dotes no comunes y que, por eso, era conveniente que sor Ana 4 dijera algo de lo que hay que hacer allí, a fin de que se pudiera juzgar mejor.

— Bien, sor Ana, dijo el Padre Vicente, díganos un poco lo que pasa por allí.

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La hermana dijo que, en primer lugar, la Caridad no estaba tan en orden como en las demás parroquias, que no había rentas seguras y que era preciso que la hermana se preocupara de recibir todos los meses el dinero de las damas, encargarse de todos los gastos de la comida que se lleva a domicilio y dar cuentas a finales de cada mes; que además había que mandar hacer los medicamentos.

Y como hay damas que los mandan buscar, hay que tenerlos preparados, porque, si se les niegan, sería de temer que no quisieran dar ya nada para la Caridad.

Que venían muchos pobres, de los que no recibían comida, a solicitar algún remedio y otras cosas; que el señor párroco había prohibido absolutamente que se les diera algo, ya que era excesivo el número y no están debidamente controlados por la Caridad; que se necesita saber hacer muy bien las ________ 4.

Ana Hardemont. 738

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medicinas y sangrar, porque acude el médico a donde viven y ve parte de lo que allí se hace.

— Hija mía, será necesario redactar por escrito las normas que habré de observar y hacer que las firme el señor cura, ponerlas en limpio y clavarlas en un sitio en el que las puedan ver.

Bien, señorita, ¿quién cree usted que es apta para eso?

— Comprendo que ha de tratarse de una hermana entendida, que conozca un poco ese mundo y que tenga buen espíritu.

La señorita dijo que la única que se le ocurría de momento era sor Guillermina 5.

— ¿La conoce usted, hermana?

¿Qué le parece?

La hermana dijo que no la conocía y que, por eso, ella había pensado en sor Bárbara 6, pero que pensaba que, como la señorita las conocía a las dos, habría estado acertada en juzgar cuál era la más adecuada.

A esto dijo la señorita que sor Bárbara no tenía fuerzas suficientes ya que es mucho el trabajo.

Sor Ana dijo que había pensado en la hermana Isabel Martin como en una persona dotada de todas las cualidades requeridas y que habría reparado así todas las faltas que había hecho.

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Como le dijeran que ya la habían destinado a otro sitio, respondió que le parecía bien la que había propuesto la señorita.

De la misma opinión fue también la hermana siguiente, que la conocía bien, Entonces dijo el Padre Vicente: — Entonces, que vaya ella.

In nomine Domini!

Tenemos que hablar ahora de las hermanas que hay que enviar a Nantes.

La señorita propone en primer lugar a sor Isabel 7, la de Liancourt, o a sor Bárbara, que está ahora de visita en los niños expósitos, para ser hermana sirviente.

Hermana, ¿cuál le parece a usted más indicada?

La hermana respondió que sor Isabel.

Todas las demás fueron de la misma opinión.

— Hija mía, dijo el Padre Vicente, y en el caso de que no la podamos enviar, ¿le parece bien lo que se ha dicho de enviar a sor Bárbara? ________ 5.

Guillermina Chesneau. 6.

Bárbara Angiboust. 7.

Isabel Martin. 739

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Todas las hermanas dijeron que sí.

— ¿Y si no pudiera ir sor Bárbara?

Si surgiera algún inconveniente, ¿podría usted, hermana, decirme otra?

La hermana a la que preguntó nuestro padre dijo que había pensado en una; pero no la aprobaron las demás.

El Padre Vicente concluyó: — Bien, nos quedaremos entonces con sor Isabel; y en el caso de que no sea posible enviarla, tomaremos a sor Bárbara.

A continuación dio lectura a la lista que le había dado la señorita, y en la que figuraban sor Antonieta, de Montreuil 8, sor Catalina Bagard, Sor Petra de Villers, sor Petra de Sedán, sor Margarita Noret y Marta, la de Santiago.

Las demás hermanas no tuvieron nada que objetar a la elección de la señorita, y dijeron que estaba todo muy bien.

La propuesta siguiente fue sobre las que solicitaban ser recibidas en la compañía y, entre otras, una que pedía permiso para ir a despedirse de sus padres.

La señorita dijo que podría ser esto una prueba.

Pero nuestro veterano padre indicó que más valía atenerse a la máxima del Hijo de Dios, que no lo aconsejaba; entonces se concluyó que se le dijera que no fuese.

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A continuación se propuso si se haría un locutorio; la señorita dijo que se le había ocurrido hacerlo así como algo muy necesario, a fin de que no entrase toda clase de personas y que los que vinieran a ver a una hermana no vieran a todas las demás, ni lo que hacía la comunidad, e incluso para impedir que entrasen todos los que se acercan por aquí.

El Padre Vicente preguntó si deseaba la señorita poner allí una reja.

Ella dijo que se haría lo que le pareciera mejor al padre.

Y él contestó: — Se trata de saber, hijas mías, si es conveniente que tengáis un locutorio; me parece que, por todas las razones que ha dicho la señorita, sería muy necesario.

Pero, por otro lado, hemos de temer, sobre todo si se pone una reja, que con el correr del tiempo esto se convirtiera en una congregación religiosa.

Podría haber ciertos espíritus en la compañía a los que se les podría ocurrir esto y basasen en estos comienzos sus designios para desconcertar todo el orden que Dios desea ________ 8.

Probablemente Montreuil. cerca de Paris. 740

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mantener en esta compañía.

Podría además ser esto un aliciente para las hermanas de las parroquias, que entonces podrían preferir mejor estar en esta casa debido a esta observancia y creer que así hay aquí más regularidad que en otras partes.

Además, la misma gente, al ver un locutorio, podría pensar que se trata de religiosas.

Así pues, hijas mías, mirad a ver si os conviene tener un locutorio.

La hermana dijo que le parecía muy necesario, por todas las razones que se habían dicho, pero que creía que no era menester poner una reja, por lo motivos también mencionados.

Las hermanas siguientes fueron de la misma opinión; una de ellas añadió que sería también muy conveniente que asistiese una compañera.

— Hija mía, se trata de ver en primer lugar si hay que poner un locutorio; luego habrá que ver si tiene que asistir una compañera.

¿Qué dice el Padre Alméras?

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El Padre Alméras dijo que era conveniente tener un locutorio, pero que no se necesitaba ni mucho menos que hubiera una reja, porque esto es propio de las religiosas y que algunas podrían llegar algún día, si no se ponía oportunamente cuidado de cortar todo lo que pudiera dar esa impresión, a querer ser religiosas; además, si las hermanas de las parroquias son libres para hablar con la gente, podría creerse que aquí hay más recato.

En cuanto a lo de la compañera, no le parecía necesario, ya que las mismas hermanas de las parroquias van solas de ordinario; que las recién venidas, al no ver hablar más que de ese modo, pensarían que estaban perdidas al encontrarse solas con los hombres, y que era conveniente prepararlas para ello, para que, siempre que las circunstancias exijan que vayan separadas, no les resulte extraño verse solas; pero que, para quitar todo peligro, sería conveniente que se tuviera siempre la puerta abierta, para que las que van y vienen puedan ver lo que pasa dentro y los que están allí se mantengan en su obligación.

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El Padre Vicente reanudó su discurso y dijo: — Bien, hijas mías; me parece que es conveniente que tengáis un locutorio, pero no es oportuno que haya rejas.

Pues, si vieran eso, dirían: «¡Lo único que les falta ya es que cierren 741

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