Documento · tomo X
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5 DE JULIO DE 1646
la puerta!».
Y quizás, con el tiempo, habría alguna que dijese: «Sería mucho mejor que fuéramos religiosas».
Las otras la escucharían y no sabemos lo que podría suceder.
De momento, no hay que tener miedo de que esto ocurra.
Pero, si es posible, conviene remediar de antemano lo que podría pasar; eso, hijas mías, sería todo lo contrario de lo que Dios pide de vosotras.
Por lo que se refiere a la compañera, no tomaremos ahora ninguna decisión; habrá que pensar en ello.
Entretanto le pido a Dios que quiera presidir él mismo este consejo, que sea él mismo su alma y que no permita que se actúe por ningún otro motivo más que por él; que quiera darnos su luz, discernimiento y resolución y que, puesto que él ha querido que haya una virtud que lleva el nombre de consejo, que es un don del Espíritu Santo, él os la conceda por obra del mismo Espíritu Santo.
Sub tuum praesidium... 235 [157,XIII,604-618] CONSEJO DEL 5 DE JULIO DE 1646 El tema de este consejo, mis queridas hijas, es sobre la modestia en los hábitos y especialmente en el tocado.
La modestia exterior es como una señal de todo lo que se lleva dentro.
Por ella es por donde se juzga del orden o desorden de nuestras almas y por ella es por donde se puede conocer en qué anda ocupado nuestro espíritu.
Si esto es así, se trata, hijas mías, de ver si las que están en la compañía usan debidamente de su hábito y de su tocado y si se sirven de ellos de la manera debida, y a ver si se ha introducido algo que no va como debería ir.
Porque la hija de la Caridad que se relaja hasta el punto de no llevar el tocado en la forma con que debería llevarlo, demostrará que lleva el espíritu lleno de algo que no es de Dios, porque si fuera verdaderamente hija de la Caridad y no tuviera ningún otro deseo más que el de agradarle, se preocuparía de mantenerse en la actitud que a él le gusta.
Por el contrario, si dedica todos ________ Documento 235.
Archivo de las Hijas de la Caridad.
Original escrito por sor Hellot. 742
sus cuidados a arreglarse de una forma que no está bien y que a ella le gusta más, se pondrá a hacerlo muchas veces y continuará lo mismo, y será fácil adivinar que es por otra persona por la que lo hace; y eso, hijas mías, sería un mal muy grande.
Dígame, hija mía, sabe usted de alguna en la Compañía en que se note esto.
La hermana respondió que a veces se veían algunas hermanas que enseñaban algo de cabello, pero que creía que era porque lo tenían naturalmente bajo; esto quizás era el motivo de que la cofia no estuviera lo bastante apretada para tenerlo oculto.
No puede decir exactamente el número de las que lo llevan así.
La siguiente fue de la misma opinión y la tercera añadió que en algunas se notaba cierta negligencia.
La señorita añadió que el número era bastante grande y que hasta le habían avisado alguna vez que en algunas se notaba cierta afectación.
Cuando lo oyó nuestro venerado Padre, continuó: — Bien, se trata ahora de ver si será conveniente avisarles.
Hay algunas razones para hacerlo así y otras lo contrario.
Las razones en favor son que me parece que vuestra compañía ocupa cierto rango en la iglesia de Dios y que no se debe tolerar en ella nada que no sea modesto y bien ordenado.
Y como hemos dicho, la modestia es la señal que hace ver los movimientos del interior.
Esta es una razón para que se amoneste a las que estén algo relajadas.
Otra razón es que, si lo hacen adrede y se complacen en ello, es algo que no se debe tolerar.
La tercera razón es que haría daño a la reputación de la compañía ver en ella a algunas hermanas que enseñasen los cabellos.
¡Dios mío!
¿Qué iban a decir de ella?
Porque entre todas las vanidades no hay ninguna tan peligrosa como la que se saca del arreglo del cabello, pues es lo que embellece el rostro.
¡Ay, no!
¡No hay nada tan malo!
He aquí, por tanto, las razones que parecen aconsejar que hay que amonestarlas.
En contra está lo que habéis dicho, que quizás ellas no creen que sea malo y que esto podría hacerlas pensar en ello; que podrían tomarlo a mal, molestarse, murmurar de ello y 743
cansarse.
Por eso, parece que más vale permitir que obren a su aire como de ordinario y no darles motivo a que piensen mal en donde ellas quizás no vean ningún mal.
¿Le parece a usted, hermana, que hay que amonestarlas?
La hermana replicó que la parecía que había que hacerlo, sea cual fuere el motivo por el que se portaban así, puesto que, si lo hacían sin malicia, no lo tomarían a mal; y si lo hacían por afectación, no les gustaría demostrar que era por eso y por consiguiente procurarían corregirse.
Esta opinión fue seguida por las demás.
Después de esto, el Padre Vicente continuó: — Alabo a Dios con todo mi corazón, hijas mías, por las luces que os da y porque os ha dado a conocer que era preciso corregir esto.
No; esto no debe permitirse de ninguna manera.
Es menester que cada una sea como debe ser, y así es como lo ordena la iglesia.
Los cánones dicen que no hay que permitir a un sacerdote decir misa si no lleva el cabello como debe, e incluso que se les prohíba decirla aunque esto resulte antipático.
Bien.
¡Bendito sea Dios!
Hagamos lo que debemos hacer.
Es menester que demostremos a Quién pertenecemos.
Por eso, es conveniente que se les amoneste.
Queda por ver la manera como hay que hacerlo.
Hermana, ¿cómo le parece a usted que habrá que hacer esta advertencia?
A esto dijo la hermana que creía que esto habría que hacerlo con mansedumbre y sin darles ningún motivo para pensar que ellas lo hacían adrede, sino que se suponía que no tenían la oportunidad de hacerse con una cinta para recoger el cabello.
La segunda dijo que sería conveniente amonestarles familiarmente y decirles que quizás no sepan peinarse bien y que se les quiere enseñar.
Estas opiniones fueron seguidas por la tercera.
A ello añadió la señorita que algunas veces se les decía lo que se les había dicho en una conferencia que se tuvo expresamente para eso, esto, es, que eran serpientes; y que quizás fuera conveniente repetírselo una vez más.
Así opinaron también las otras.
También dijo que quizás fuera conveniente que las avisase alguna de las hermanas consejeras, como de pasada, ya 744
que podrían tener más confianza en ellas.
El Padre Vicente dijo que esto podía hacerse alguna vez, pero que, sin embargo, siempre que pudiera hacerse, los avisos tenían que reservarse a la superiora.
La señorita dijo también que había otra falta de modestia que era no llevar ajustadas las mangas de la camisa; esto hace que a veces se les vea a algunas los brazos hasta muy adentro.
A ello dijo el Padre Vicente que había que tener cuidado con eso y que sería necesario, cuando se viera algún defecto como ése, tener alguna conferencia sobre ello.
La segunda propuesta que se hizo fue la de saber si dos de nuestras hermanas debían ir todos los días por la tarde a visitar a los enfermos.
Nuestro venerado Padre lo propuso de la siguiente manera.
— Hijas mías, hemos de ver si es conveniente que dos de vosotras vayan todos los días, por la tarde, a visitar a los pobres enfermos de la parroquia para consolarles.
Hay algunas razones poderosas para excitarnos a este ejercicio, pero hay también otras que parecen aconsejarnos que no lo hagamos.
Para inducirnos a eso tenemos el hecho de que la visita a los pobres es de suyo una acción muy agradable a Dios; que esas visitas puedan ser de mucha utilidad a los enfermos, que pueden a menudo carecer de instrucción, pues nuestras hermanas que les llevan los remedios por la mañana no pueden detenerse mucho tiempo para hablarles, por tener que servir a otros muchos; que esto incluso puede ser útil para vosotras, ya que nuestras hermanas se irán haciendo a ver a los enfermos y a hablar con ellos y podrán incluso informarse si las encargadas de servirles cumplen bien con su obligación.
He aquí cuatro razones que parecen aconsejar que se adopte esta práctica, tanto para la gloria de Dios como la totalidad del prójimo y para nuestro interés, considerado en la misma gloria de Dios y servicio del prójimo.
En contra de esto tenéis que parece que no es conveniente a una hermana ir a visitar y consolar a los enfermos, que la misma iglesia reserva esto a los eclesiásticos, que las demás parroquias no lo hacen así y se contentan con una hermana que les sirve de manera ordinaria, que el señor párroco o sus 745
eclesiásticos podrían disgustarse y creer que queremos entrometernos en lo que les importa a ellos.
Podrían decir: «Eso es tomarse demasiadas libertades.
¿No es bastante con que las que tienen que servir a los pobres vayan por la mañana a llevarles sus remedios y, a la comida, su ración, y que tengan que ir otras por la tarde a consolarles?».
Podrán decir todo esto, hijas mías, y otras cosas que no sé.
Hay en nuestra casa algunos pobres destinados para eso; y me acuerdo que al principio nos enteramos de que el señor párroco o sus coadjutores se alarmaron, de forma que tuvimos que volver a pedir permiso para continuar.
Pues bien, ved, hijas mías, si por todas estas razones, no sería quizás más conveniente dejar de hacerlo.
¿Qué le parece a usted, hermana?
La hermana respondió que le parecía conveniente hacerlo, por las razones que se habían dicho y que, respecto a las que parecían estar en contra, había dos que podían fácilmente solucionarse, esto es, la de que no era conveniente a las mujeres, ya que es ésta precisamente nuestra profesión; y a la otra, de que las demás parroquias no lo hacen, se puede replicar que en ésta la comunidad lleva una vida distinta, más sedentaria que allí.
En cuanto a las normas de la iglesia y los intereses del señor párroco, ella no tenía nada que decir.
El Padre Vicente respondió que la iglesia no tenía normas ni órdenes sobre esto, pero que tampoco lo prohibía.
Y le preguntó a la hermana siguiente qué es lo que opinaba.
Ella dijo que le parecía muy útil hacerlo, por todas las razones ya indicadas; y que, como siempre hay remedio que llevarles por la tarde, podrían hacerlo las hermanas que estuvieran encargadas de la visita y que, siendo así, no darían la impresión de que iban por otro motivo y podrían consolar a los enfermos, aprender a hablar con ellos e informarse de si están contentos con las encargadas de servirles.
La hermana añadió que, para que la cosa no transcendiera, la parecía oportuno que no se hiciera todos los días, sino solamente alguna vez entre semana.
Cuando el Padre Vicente le preguntó a la señorita qué es lo que ella pensaba, ésta dijo que había considerado siempre este ejercicio como de gran utilidad tanto para los enfermos como 746
para las hermanas, y no había pensado que pudiera haber algún inconveniente en hacerlo todos los días, ya que en las demás parroquias hay damas que van todos los días a visitar a los enfermos y que, como en ésta no las hay, las visitas de nuestras hermanas sustituirían a aquellas; sin embargo, por las razones que se habían dicho, le parecía oportuno que se hiciese como se había propuesto y que el consejo que había dado una de las hermanas de llevar los remedios visitando a los enfermos, le parecía una buena solución, y que sería conveniente que fueran siempre juntas una nueva y una antigua, y que cambiando con frecuencia de hermana, no se darían cuenta de que había otras distintas de las que están para servir a los enfermos.
Entonces, nuestro venerado Padre, reanudando su discurso, dijo: — Alabo a Dios, hijas mías, y cada vez encuentro más motivo para alabarle por las luces que os da para conduciros siempre a lo que es mejor.
Si, será muy útil que se visite a los enfermos y es muy conveniente que las que los visiten les lleven los remedios que hay que llevarles por la tarde.
Me parece muy bien esa otra condición que habéis puesto de que no se haga todos los días.
Eso podría ser un inconveniente para esta casa, ya que no siempre podría haber hermanas disponibles.
Además, los mismos enfermos podrían sentirse molestos.
Más vale que sea así.
También es muy conveniente que la visita la hagan una antigua con una nueva; la nueva escuchará y se irá formando con lo que dice la antigua, para servirse de ello cuando la encarguen de ir con otra más nueva que ella.
De todo lo anterior le preguntó el Padre Vicente al Padre Alméras, su asistente, qué es lo que le parecía; este lo encontró todo muy bien y dijo que no creía que, haciéndolo de la manera como se había decidido, pudieran encontrar ningún inconveniente el señor párroco y sus coadjutores; por el contrario, tendrían motivos para estar más satisfechos de la asistencia que se prestaba a sus enfermos, viendo que sería una nueva atención la que con ellos se tenía, al enviar por la tarde a ver si estaban contentos con la hermana que les había servido por la mañana. 747
Entonces nuestro venerado Padre mandó llamar a sor Isabel Martín y a sor Enriqueta, la de Saint-Germain, les invitó a sentarse y se dirigió a la primera: «Bien, sor Isabel, le dijo, ¿para que ha venido usted?».
Ella respondió: «Para hacer la voluntad de Dios».
Y el Padre Vicente, muy contento con esta respuesta, se dirigió al Padre Alméras: «Padre, le dijo, ¿qué le parece?
¿desearía usted algo más?»
Y volviéndose a ella, le dijo: «Bien, hija mía; ¡bendito sea Dios por haber venido usted a hacer su voluntad!
Se ha presentado una gran ocasión para ello, que es la fundación que ha de hacerse de vuestra compañía para servir en un hospital de una de las más famosas ciudades del reino; y la divina providencia le ha escogido a usted para que sea hermana sirviente».
Ella respondió que se sentía incapaz para ello.
Y nuestro venerado Padre, tomando de nuevo la palabra, dijo: — Se trata ahora de ver si una hija de la Caridad que tiene que ser sirvienta en un país lejano, con seis o siete hermanas, en una nueva fundación, necesita una o dos hermanas que le sirvan de consejeras.
Hay razones en pro y razones en contra para ello.
En favor de esta decisión tenéis que, estando lejos de Paris, no tendrá a nadie a quien pueda pedirle consejo de cómo tiene que portarse, tanto con los pobres, como con sus hermanas y con los señores administradores.
Se presentará algún asunto imprevisto, del que no habrá oído hablar nunca; estará perpleja y sin saber qué hacer.
Surgirán varios asuntos a la vez; se verá todavía mas desconcertada.
Una persona no puede atender a todo.
Cuando haya consultado esto con una o con dos hermanas, y estas hayan confirmado su parecer, se sentirá más segura y su espíritu se quedará tranquilo.
Por otra parte, ellas han ido allá para obedecer a los administradores.
No se necesita consejo para eso.
Una sirvienta en una casa no tiene por qué pedir consejo si hace lo que le manda su amo.
Además, al tomar consejo de una o de dos hermanas, no siempre encontraría sus avisos convenientes y podría obrar de otra manera; pues es preciso advertir que, cuando la superiora le pregunta a alguien su opinión, puede muy no hacer lo que se le ha aconsejado, si le parece que es mejor obrar de otra forma.
Y si esto sucede, las hermanas 748
podrían quizás sentirse molestas de que no haya seguido su consejo.
Además, las otras hermanas podrían sentirse celosas de las consejeras y esto podría ser motivo de divisiones entre ellas.
De modo que parece, por todas estas razones, que valdría más que no las hubiera.
¿Qué le parece a usted, hermana?
Entonces la hermana respondió que le parecía conveniente que las hubiera, por las razones que se habían mencionado, y que no había por qué tener miedo de que las demás hermanas sintieran envidia de las que hubieran sido nombradas para ello, sabiendo muy bien que había sido por elección de los superiores.
Las demás dijeron que eran de la misma opinión, y que esto sería un gran alivio para la hermana sirviente.
Se trató luego de saber si sería suficiente con una o si se necesitarían dos.
Una de las hermanas dijo que ella creía que, de ordinario, podría bastar con una y que, si se presentaba algún asunto en que se necesitasen más, podría consultar con otra más.
La hermana siguiente dijo que le parecía bastante con una, ya que, como solamente serían seis, si era menester que la hermana sirviente llamase a dos, la mitad de la comunidad sería del consejo.
Las otras dos opinaron como la primera, de que no hubiera más que una de ordinario y dos en caso de necesidad.
De esta misma opinión fue la señorita.
Cuando le invitó al Padre Alméras a decir lo que pensaba, él dijo que le parecía muy bien que, en los asuntos más importantes, que quizás no se presentasen más que una vez cada seis meses, la hermana pudiera consultar con una tercera.
Que esto podría incluso hacerse sin que las demás se dieran cuenta de que era para pedirle consejo.
La quinta pregunta fue sobre si el consejo debería celebrarse en un día determinado, o si se tendría solamente cuando hubiera necesidad de él.
Las dos primeras hermanas a las que se preguntó dijeron que les parecía oportuno que se hiciera más bien cuando se presentara la ocasión, y no en un día determinado, ya que 749
surgían a veces asuntos que era necesario resolver con diligencia y que no habían podido preverse de antemano.
La siguiente fue de esta misma opinión por la misma razón, pero añadió que, cuando se presentasen esos asuntos, no podría esperarse hasta el día de consejo para decidir.
La última fue de la misma opinión.
Y la señorita, invitada a decir la suya, dijo que le parecía que, para darle más seriedad al asunto, sería conveniente que se celebrase en un día determinado, al que habrían de atenerse; que era posible prever una parte de las cosas que podrían suceder; pero que esto no impedía que, de surgir algo urgente, se reunieran para ver qué es lo que habría que hacer, que las que vieran a la hermana sirviente y a las hermanas hablar frecuentemente entre sí no siempre pensarían que se trataba de algún asunto, mientras que por el contrario, al ver que tenían un día fijo para la reunión, les darían más crédito.
Cuando el Padre Vicente le pidió el parecer al Padre Alméras, éste respondió que hasta entonces no había visto que fuera necesario celebrarlo con más frecuencia que alguna que otra vez, pero que, por las razones alegadas por la señorita, le parecía oportuno que fuera todas las semanas; que, cuando estuvieran reunidas las hermanas, si tenían algo que decir, lo dijeran entonces; y si no tenían nada, la superiora podría decir: «Hermanas, hemos venido aquí porque es el día señalado y nos lo manda la regla, pero no me consta que haya nada importante de momento; si les parece bien, dejémoslo para la semana próxima».
Tomo X · página PDF 748Entonces el Padre Vicente dijo: — Después de esto, estamos de acuerdo en que de ordinario no hay más que una sola hermana para consejera de la hermana sirviente y que, cuando ésta no esté, se podrá llamar a otra, que será preciso nombrar; y que cuando haya alguna cosa importante, podrá aconsejarse de las dos, o sea, que podrá llamar a una tercera, sin que esto se note, y preguntarle: «Hermana, ¿qué le parece tal cosa?», sin que las demás se den cuenta de que es para pedirle consejo; y no hay por qué temer que las demás se muestren celosas; no, no hemos de creer que nuestras hermanas sean tan imperfectas.
Tampoco hemos de pensar que las opiniones distintas sean motivo de división, ya 750
que Dios estará en todo para hacer que se opine según su voluntad.
Pero todavía no se ve con claridad si habrá de tenerse el consejo un día determinado, o si convendrá tenerlo de vez en cuando.
Si se tiene un día señalado, habría que temer que esto pareciese demasiado.
Los administradores podrían decir: «Hoy es vuestro día de consejo; ¿qué es lo que habéis decidido?», o alguna otra cosa que estaría fuera de propósito.
No tomaremos ninguna decisión sobre esto; incluso me retracto de lo que dije últimamente, de que se tuviera aquí todas las semanas.
Hay comunidades en las que solamente se celebra cada quince días, o menos todavía; ya avisaremos sobre esto.
También hay que quitar ese nombre de consejera.
Resulta un poco presuntuoso.
Normalmente se las llama con el nombre de ayuda 1 Bien, ¡bendito sea Dios!
¿Y qué le daremos a sor Isabel para que haga su viaje?
Porque es preciso hacerle algún regalo.
Veamos qué virtud le vamos a entregar.
La primera le dio el amor de Dios.
La segunda le dio la caridad, que no consiste solamente en el amor de Dios, sino también en el del prójimo, especialmente de los pobres a los que tendrá que asistir y a las hermanas que tendrá que gobernar.
La tercera le dio la humildad, porque habría de serle muy necesaria.
La cuarta le dio la paciencia en todas las tribulaciones con las que podría tropezar.
La señorita le dio la cordialidad con las hermanas.
El Padre Alméras, invitado a que le hiciera algún regalo, dijo que él había pensado desearle la caridad, pero que, al ver que ya se la habían cogido, había puesto sus ojos en la paciencia, que también la cogieron, pero que él lo que más le deseaba era una paciencia alegre y sin ningún enfado, contenta de sufrir siempre todo lo que Dios quisiese.
El Padre Vicente, tomando la palabra, dijo: — Hija mía, aquí tiene unas grandes riquezas; yo se las deseo en toda su plenitud.
Lo que quiero especialísimamente para usted es el cumplimiento de la voluntad de Dios, que no ________ 1.
Una cruz señalaba que aquí debería colocarse el pasaje añadido en apéndice por sor Hellot sobre la elección del confesor de Nantes. 751
consiste únicamente en seguir lo que los superiores nos prescriben, aunque, como usted ha dicho, sea éste un camino seguro para cumplirla, sino en responder a todos los movimientos interiores que Dios nos envía.
A esto era a lo que se mostraba tan fiel nuestra hermana María Despinal y lo que yo le pediré a Dios para usted.
Todavía tenemos otro asunto que tratar, esto es, a ver si hemos de mandar que vuelva a casa una hermana con la que no está contenta una dama.
Cuando le dijeron que había allí una hermana que la conocía, se dirigió a ella.
Esta dijo que la conocía como persona terca en su manera de pensar, de tal forma que no era posible hacerla volver atrás; dijo además que era un poco mundana.
El Padre Vicente, habiendo oído esto, replicó: Esas son unas buenas razones para hacer que vuelva a casa.
Pero en contra de ello está el que las damas, al ver que ha sido por el testimonio que han dado de que no les gusta — pues no se trata de que no sea una buena hermana, sino que esa dama es una persona a la que no todas le caen bien — , al ver, digo, que se la retira por ese motivo, podrán aprovechar la ocasión, a la menor cosa que vean en otra hermana que no acabe de gustarles, para quejarse y para pretender que la retiren también.
Hermana, vea entonces si le parece conveniente que se la retire, teniendo en cuenta esto que he dicho.
La hermana que dijo que la conocía respondió que sí y que esto serviría muy bien para corregir su carácter, puesto que en casa no tendría tanta libertad para llevar la contraria como con una hermana sola.
La que habló a continuación dijo que, por todas estas razones, era muy conveniente que volviera a casa y que, si no se hacía esto enseguida, como la dama no lo ha dicho abiertamente, no podría pretender que se la ha retirado por causas de ella.
Todas las demás pensaron lo mismo.
La señorita dijo que esto podría hacerse tan bien que la mencionada dama no se diera cuenta siquiera. 752
A nuestro venerado Padre le pareció bien.
Y , al intentar proponer a otra para poner en su lugar, se dio cuenta de que era demasiado tarde y dijo: — Bien, señorita, encárguese usted de pensar en alguna.
Y , poniéndose de rodillas, rezó el Sub tuum praesidium y dijo a continuación: — Le pido a Jesucristo, hijas mías, que agradezca él mismo a su Padre todas las gracias que concede a vuestra compañía y que se complazca en darnos una vez más el conocimiento y el cumplimiento de su santísima voluntad.
Benedictio Domini nostri Jesu Christi...
En esta relación me olvidé de incluir la propuesta de un confesor para nuestras hermanas de Nantes.
El Padre Vicente dijo que había allí un hombre distinguido, que había sido lugarteniente general en Nantes 2 y que se había hecho eclesiástico, sin beneficio alguno, sino sólo por devoción, y que se había ofrecido para servir a nuestras hermanas en todo lo que pudiera.
Mirad, pues, hijas mías, si es conveniente que sea él el confesor ordinario o que vayan ellas ordinariamente a otro distinto y que de vez en cuando acudan a él.
Es una persona muy buena, hombre de oración y que quiere mucho a vuestra compañía.
Todas las hermanas estuvieron de acuerdo en que, si él aceptaba este encargo, sería muy provechoso a nuestras hermanas.
La señorita propuso que, aunque se le nombrase, sería oportuno que algunas veces al año acudiesen a un confesor extraordinario.
Nuestro Padre dijo que esto era necesario y que se les permitía a las religiosas cuatro veces al ano, por el concilio de Trento.
También me olvidé de decir, al comienzo de esta charla, que el Padre Vicente, al ver que la señorita se levantaba para hablarle, y a todas las hermanas con ella, les dijo: — Eso está muy bien y creo que es conveniente que, cuando se levante la hermana sirviente, se levanten también todas las demás. ________ 2.
El señor de Jonchères. 753
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