Documento · tomo X
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25 DE OCTUBRE DE 1646
236 [158,XIII,618-628] CONSEJO DEL 25 DE OCTUBRE DE 1646 Nuestro venerado Padre, después de haber invocado como de ordinario al Espíritu Santo con el Veni, Sancte Spriritus, preguntó cuáles eran los asuntos que había que tratar.
La señorita le dijo que había una muchacha de Angers, que había estado en la compañía cerca de un año y que, durante este tiempo, había dado muy buen ejemplo a todas las hermanas, cumpliendo muy bien las reglas, asidua en todas las prácticas, sin retroceder ante los oficios más bajos y sirviendo a los enfermos con un afecto especial; sobre todo era una mujer de gran oración, hasta el punto de que algunas decían que era demasiado recogida.
Había salido de la compañía por una grave enfermedad que padeció y que le dejó la imaginación herida.
Y como quedó su espíritu alterado con ciertas fantasías, ella misma pidió salir.
Así se le permitió, temiendo que le durase aquella perturbación que sentía.
Pero apenas regresó a su país, sintió mucho habernos dejado y demostró que tenía grandes deseos de volver; comunicó estos deseos al señor abad de Vaux, que se ocupa de nuestras hermanas en Angers, que nos ha escrito varias veces.
Incluso en sus viajes a París ella nos ha hablado siempre de los deseos que tenía de que se la recibiera de nuevo.
A pesar de todas las negativas que se le han dado, ha seguido perseverando y esperando.
Finalmente, dijo la señorita que, cuando pasó por Angers, esta buena muchacha volvió a presentarse a ella con grandísimos deseos de volver a entrar.
Desde que salió, se le presentaron varias ocasiones de hacerse religiosa, pero ella no quiso aceptarlo, sino que había perseverado siempre en el servicio de los pobres, yendo voluntariamente al hospital, a las horas que sabía que se les servía, y pedía con insistencia que la admitieran de nuevo en la compañía, bien sea en la casa de París, bien en los hospitales de Nantes o de Angers, para llevar allá sus bienes, ser supernumeraria y no servir de carga a nadie, aunque desempeñando las mismas funciones que las demás en la medida que se lo permitiera su salud ________ Documento 236.
Archivo de las Hijas de la Caridad.
Original escrito por sor Hellot. 754
La señorita añadió, dirigiéndose a nuestro venerado Padre, que le había prometido exponer sus deseos a su caridad para ver qué es lo que podía hacerse por ella.
Entonces nuestro venerado Padre dijo: Mirad, hermanas, se trata de un asunto en el que hay razones para recibirla en los hospitales de su país, y también razones por las que parece que no hay que recibirla.
Las razones que inclinan a recibirla son que parece que así lo quiere la caridad; ella lo desea ardientemente, y parece que sería contra la caridad no recibirla.
Otra razón es que no se salió por sí misma, no porque se hubiera cansado de su vocación ni de las faenas de aquí, sino por enfermedad, y por una enfermedad que le quitaba la libertad de juicio.
Otra razón es que se arrepintió enseguida de haber salido, tal como se deduce de lo que demostró al señor abad de Vaux sus deseos de volver, en los que ha perseverado desde entonces.
Está también en su favor el buen ejemplo que siempre dio en la compañía.
Pues bien, parece ser por todas estas razones que hay que recibirla en esta casa.
Está el motivo de la caridad que debe tenerse en todas partes, su perseverancia y su ejemplo.
Además que, estando allí, en su país, si acaso volviera a recaer en su enfermedad, sería más fácil ponerla en manos de sus parientes, que estarán más cerca, que no despedirla desde aquí, que originaría más gastos.
Además podría, si estuviera allí en su país, ir durante todo el día al hospital a servir a los enfermos para volver a acostarse en su casa.
De modo que, por estas razones, parece que sería más conveniente recibirla en Angers, o en Nantes, mejor que en París.
Por lo que se refiere a no admitirla de ninguna manera está la posibilidad de que, al no haber sabido quedarse la primera vez, tampoco se quedará la segunda.
La experiencia nos demuestra que de todos los que salen y vuelven de nuevo, no queda ni uno solo.
Yo he visto muchas veces salir a algunos de nosotros, volver luego, después de haber hecho instancias por el estilo y de haber demostrado deseos maravillosos, pero que a partir de entonces no han sabido quedarse.
Es que no tienen 755
vocación; no tienen disposición para lo que hay que hacer; no pueden estar sometidos a nadie y están sujetos a inquietudes.
Por eso no se quedan la segunda vez como no se quedaron tampoco la primera.
Así pues, por esta razón parece que deberíamos estar contentos de no tener ya a esa muchacha.
Si ella siente esos deseos, quizás se los dé Dios para perfeccionarla en los ejercicios que hace; por eso parece que sería preferible que ella se quedase allí y que no viniera, para ir durante el día a servir a los pobres y retirarse a su casa.
Nuestro reglamento prohíbe que asociemos a la compañia a ninguna persona de fuera.
De forma que, para evitar de antemano todos los Inconvenientes que podrían surgir, parece que lo mejor sería no recibirla de ninguna manera.
¿Qué le parece a usted hermana?
La primera hermana fue del parecer que no se la recibiera de nuevo.
La segunda opinó que se la podía admitir para Angers.
La tercera, la cuarta y la quinta opinaron que convendría readmitirla, debido al buen ejemplo que daría en la casa; además, al traer sus bienes, no sería una carga para nadie.
Parecía que era más conveniente admitirla en París que en cualquier otro sitio, ya que podría dar molestias a nuestras hermanas, si recaía en su enfermedad, y que al ser de un carácter algo inquieto, aquí tendría consejo suficiente para reponerse mejor.
Nuestro venerado Padre le preguntó a su asistente qué le parecía.
Este le dijo: — Padre, mientras usted hablaba, me acordé de lo que el Padre... me decía últimamente de un dominico, que estaba en un convento de una ciudad que pertenecía al Gran Turco y que, habiéndose mareado un día por haber tomado vino en exceso, y habiendo perdido el uso de razón, dijo que quería hacerse turco.
Los que estaban con él le hicieron repetir aquello varias veces.
Al ver que insistía en esta idea, lo llevaron al gobernador y allí dijo lo mismo que había dicho a los demás.
El gobernador le recordó que era religioso.
El dijo que era lo mismo, que renunciaría a ello y que quería hacerse turco.
Le desvistieron inmediatamente y le pusieron ropa de turco con el turbante.
Al día siguiente, cuando se le pasaron los vapores del vino y volvió a sus cabales, al verse entre los 756
turcos y vestido como ellos, se quedó muy extrañado y empezó a preguntar: «¿Dónde estoy?)-- Le dijeron: «¿No sabes que te has hecho turco?»_ «¿Yo?, replicó, ¡Dios me valga!
Prefiero morir cien veces antes».
Le dijeron entonces todo lo que había dicho y había hecho.
No se acordaba de nada, pero siguió diciendo que era cristiano y religioso.
El gobernador le expuso los tormentos que esto le costaría y le concedió dos días para pensar en ello, al cabo de los cuales él siguió declarándose cristiano y murió en esta confesión.
Después de dos o tres años, los griegos compraron su cuerpo en doscientos escudos.
Pues bien, Padre, se me ha ocurrido este pensamiento mientras usted hablaba de esa buena muchacha, considerando que, cuando ella pidió salir, no tenía el juicio libre, y que, puesto que ha perseverado en su intento, es de creer que no era esa su voluntad, y por tanto que no ha hecho nada para que no pueda ser recibida de nuevo.
Por eso, Padre, yo sería de la opinión que se la admitiera, y mejor en París que en cualquier otra parte, por razones que se han dado.
Después de esto, el Padre Vicente le preguntó a la señorita su opinión; ella dijo: —Padre, yo había pensado que sería más conveniente recibirla en los hospitales de cerca de su país.
Pero, por las razones que se han dicho, creo que será más a propósito que sea aquí, no ya porque hay motivos para temer que vuelva a sus padres en sus enfermedades, ya que actualmente tampoco está con ellos, sino sólo porque, en el caso de caer enferma, eso podría ocasionar molestias a nuestras hermanas.
Aquí podremos hacerla trabajar unas veces en una aldea, otras en otra.
No sé que haya dado ningún motivo de preocupación, fuera de su enfermedad.
A veces era un poco distraída, pero creo que era por dedicarse a la oración con más intensidad de lo que sus fuerzas le permitían.
Pero se dice que esto ya ha pasado.
Se debió a un padre que la dirigía, que llevaba la devoción hasta el extremo y que hacía ir de la misma manera a todas sus dirigidas; y aquello era demasiado para esta buena muchacha.
Me han dicho que ha dejado todo eso y que desde entonces se ha moderado mucho; de forma que espero, con la ayuda de Dios, que su ejemplo servirá de mucho en la compañía y que hará aquí mucho bien. 757
Tomo X · página PDF 755Después de esto, nuestro venerado Padre dijo: — Yo me habría inclinado de parte de las que proponen la exclusión.
Pero como la mayoría es de la opinión que vuelva a ingresar, lo acepto de buena gana y pido a Dios que bendiga la resolución que se ha tomado y que le dé a esta buena hija todas las gracias que le son necesarias.
Veamos ahora otro asunto, por favor.
Entonces la señorita expuso que era necesario cambiar a una de las hermanas que estaba con los condenados a las galeras, puesto que son dos personas de carácter opuesto que no se llevan bien entre si.
Pero, como es preciso que haya allí una que sepa escribir, creo que tendremos que dejar allí a sor Nicolasa, que es ahora la hermana sirviente.
Sólo hace ocho meses que entró en la compañía y ha estado aquí muy poco tiempo.
Estuvo con los niños, en donde lo hizo muy bien.
Pero desde que se ha visto la primera, se ha vuelto autoritaria y no obra más que según se le antoja.
Por eso he pensado que, para observarla, para ver cómo se gobierna y para enseñarla a que sea sumisa, podríamos poner allí a sor Margarita Guton que, a mi parecer, tiene bastante inteligencia y dotes de gobierno para hacer todo esto sin ruido.
Nuestro venerado Padre dijo sobre ello: — En este asunto hay que mirar dos cosas: una, si es necesario cambiar; otra, si sor Margarita Guton es la que se necesita para mandar allá.
¿Ha sido hermana sirviente en algún sitio?
Le respondieron que sí y que lo había hecho muy bien.
El prosiguió: —Bien, hermana, ¿qué le parece a usted?
Una hermana respondió que le parecía muy bien; otra, lo mismo, pero que era de temer que la otra, por haber sido antes hermana sirviente, no quisiera someterse.
Otra dijo que la hermana que no quisiera someterse no sería verdadera hija de la Caridad y que, por eso, si ésa tenía tal carácter, seria conveniente darle otra que estuviera por encima de ella, para que intentase amansarla, y que ella creía que la hermana propuesta era apta para ello. 758
Las demás fueron de la misma opinión, así como también el asistente de nuestro venerado Padre y la señorita, por lo cual se concluyó lo siguiente: — Doy gracias a Dios, hijas mías, de veros a todas de la misma opinión y siguiendo el lado de la razón; porque lo razonable es separar a esas dos hermanas.
El inconveniente que podría surgir es que esa hermana no pudiera someterse y que faltase a la discreción.
Por ello, vamos a intentar hacerlo así, aunque sin perjuicio de cambiarla cuando se vea necesario.
¿Tiene usted alguna otra cosa, señorita?
— Padre, dijo la señorita, el otro asunto que tenemos que ver es que tenemos aquí una hermana, natural de Turene, joven de buena familia, con unos parientes que tienen fama de ricos, y que vino a la compañia sin saber muy bien de qué se trataba.
Desde el principio se vio que sentía cierta repugnancia, sobre todo cuando trató de tomar el hábito, y desde entonces ha continuado siempre desdeñando la manera de vivir que llevamos.
Pero, como tiene buen corazón y está bien educada, no da a conocer todo lo que piensa.
Sin embargo, cuando está con alguien libremente, manifiesta que no se encuentra a gusto.
Cuando marché a Bretaña, le ofrecí llevármela, diciéndole que podía con toda tranquilidad marcharse conmigo, y que debía hacerlo así si no tenía el propósito de trabajar duramente.
Había estado antes enferma y volvió a recaer luego, estando delicada siempre desde entonces.
Es difícil de alimentar y casi no se le puede hacer tomar nada.
No trabaja en ninguna cosa y casi lo único que hace es un poco de costura.
Por lo demás, no se sabe en qué emplearla.
Hemos intentado con la escuela.
No hizo nada.
La pusimos durante algún tiempo con los niños y pensé llevarla allá de nuevo, pero me pidieron que no la mandásemos.
De forma Padre, que deseo consultar si será conveniente despedirla.
Está por otra parte la razón en contra de que sus parientes son personas de autoridad, que harán mucho ruido con esto.
Está también el señor de Mondion, párroco de Sache, que nos quiere mucho y que es él el que nos la envió, y me parece que se disgustará si la despedimos. 759
Entonces el Padre Vicente dijo: —Tenéis que ver, hermanas mías, que se trata de una joven en la que no se ve ninguna vocación y que quizás no habría tardado mucho tiempo en marcharse ella misma si no hubiera sido por temor a sus padres, que sin duda se habrán quedado muy contentos de deshacerse de ella.
Si no reconoce precisamente que está descontenta, la verdad es que lo demuestra bastante bien y que no le gusta estar con vosotras.
En cuanto a mí, os diré, por lo que la conozco, que está aquí para dar a su padre y a su madre la satisfacción de tenerla lejos de ellos.
Viviendo de la manera que vive, no creo que pueda hacer nunca nada con ustedes.
En el mundo podrá hacer algo y salvarse.
En contra de esto está lo que ha dicho la señorita.
Sus padres se sentirán avergonzados de que se la devolvamos y el señor de Mondion podrá enfadarse, ya que ha venido por él.
Su disgusto podrá hacer incluso que en otras ocasiones que pudieran presentarse no se muestre tan amable con vosotras.
Por eso tenéis que ver en esto dos cosas; la primera, que se trata de una joven en la que no se ve vocación.
¿Qué le parece a usted, hermana?
La hermana le respondió que, como la joven no tenía vocación y que no parecía tener ganas de hacer ningún servicio en la compañía, no había que tener en cuenta el disgusto de los unos ni de los otros, sino despedirla.
Lo mismo opinaron todas las demás, aunque alguna indicó que, puesto que sus padres podrían decir que se había puesto enferma, convendría avisarles de que efectivamente lo estaba, y que quizás así la retirarían ellos mismos.
El asistente de nuestro venerado Padre y la señorita también fueron partidarios de despedirla.
Entonces nuestro venerado Padre dijo: — Doy gracias a Dios, hijas mías, de ver que todas están de acuerdo en la misma decisión, y que es eso lo que hay que hacer.
También le doy gracias de que no hayáis tenido para nada en cuenta el respeto humano, tratándose de la gloria de Dios y del bien de la compañía.
Hijas mías, nunca habéis de pensar de otro modo.
Miremos siempre y en todas las cosas a Dios y jamás al qué dirán, cuando se trata de los intereses de 760
Dios.
Bien, señorita, estoy de acuerdo en que la despidan y que sea lo antes posible.
No anden ustedes con más consideraciones; cuanto antes se haga, mejor.
La señorita le preguntó cómo habría que hacerlo; y él continuó: —Hay que escribir a sus padres y al señor párroco de Saché, que fue el que os la envió, sin aguardar respuesta de ellos.
Díganles que la enviarán dentro de cuatro o cinco días, y no dejen de mandarla.
A su madre dígale que se encuentra indispuesta, y al señor párroco dígale todo lo que ocurre.
Habiéndosele objetado que, si se hacía inmediatamente, tendría que ser por nuestra cuenta, ya que ella no había traído nada, fue de la opinión que era preferible hacer todos los gastos necesarios antes que tenerla por más tiempo.
Y preguntó si había todavía algún punto que tratar.
La señorita expuso que había una joven en Angers, que asistía a los enfermos bajo las damas de la Caridad, que empezaban a establecerse en aquella ciudad, la cual tenía grandes deseos de entregarse a Dios en la compañia; que era una joven fuerte y experta, de buen espíritu y que ofrecía grandes esperanzas, pero que estaba sujeta a un mal que era una especie de epilepsia, de la que sin embargo no se veía atacada con frecuencia ni con mucha fuerza.
Nuestro venerado Padre dijo: — En este caso tenéis que saber que se trata de una enfermedad molesta y que puede muy bien causar no pocas incomodidades y aumentar incluso con los años; es una enfermedad que excluye de las órdenes y hace que el que la padezca no pueda recibirlas sin dispensa.
Aunque, por tratarse de una joven, esto no tenga tanta importancia, yo sé muy bien que una comunidad bien ordenada no la recibiría.
Por eso parece que no se la debería admitir.
Esto en cuanto a las razones.
Además, al estar ya ocupada en un trabajo en el que está haciendo mucho bien, parece que sería mejor dejarla allí, puesto que la tentación más ordinaria de los que hacen algún bien en el mundo es la idea de que lo que han dejado valía más que lo que han tomado.
Y esto muchas veces les hace abandonar. 761
En favor tenéis que se trata de una joven de sentido común, de buen juicio, fuerte y mañosa, que son cualidades muy necesarias para una hija de la Caridad y respecto a las cuales parece ser que su indisposición no es muy considerable.
¿Qué le parece a usted, hermana?
La hermana dijo que le parecía que no debíamos cargarnos con esa clase de enfermos.
Otra hermana añadió que hace poco habíamos visto cómo una había fracasado por haber creído que lo hacía mejor ella sola.
Las otras hermanas fueron de la misma opinión.
El asistente de nuestro venerado Padre dijo que, en cuanto a la indisposición, él creía que no tenía por que ser ningún obstáculo; pero que, puesto que aquella joven lo estaba haciendo bien en aquel sitio, le parecía bien dejarla allí, no sea que aquí no pudiera hacer lo mismo.
— Y usted, señorita Le Gras, ¿qué dice?
Ella respondió: —Padre, me parece que, en cuanto a la enfermedad, no es ningún impedimento; pero, por la otra razón que se ha dicho creo que será más conveniente dejarla todavía allí algún tiempo, ya que estando ocupada en el servicio de los pobres y viendo quizás que aquí no lo estaba, esto le podría desanimar.
Además, ella goza del aprecio de todo el mundo y aquí se daría cuenta de que no se la apreciaba.
Si Dios la quiere, él conservará sus deseos y le dará más fuerzas con el tiempo.
Por eso me parece, Padre, que convendrá dejarla allí.
Entonces nuestro venerado Padre dijo: Siento un gran consuelo y hay muchos motivos para esperar y creer que Dios ha presidido este consejo por la uniformidad que ha dado a vuestros sentimientos en la elección de las cosas más razonables.
Bien, lo dejaremos por ahora y le pediremos a Dios que dé cada vez más su bendición a este consejo.
El consejo es un don del Espíritu Santo.
Hay que pedírselo, para que jamás deis vuestra opinión sin haberos dirigido antes a él.
Cuando se proponga algún asunto, elevad vuestro espíritu a Dios para preguntarle qué es lo que quiere que hagáis y digáis vosotras.
Pidámoselo todos juntos y démosle gracias por todo.
Sub tuum praesidium... 762
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